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Peter Handke, Premio Nobel a la tradición literaria

El Premio Nobel 2019 entregado al escritor austriaco Peter Handke se puede interpretar como el reconocimiento a una trayectoria literaria más allá del personaje de que se trate, del punto de la Tierra en la que escriba, de un estilo, una tradición escritural. Y es así porque más allá de las posiciones políticas del autor de El miedo del portero al penalti, sobre su país, sobre la guerra en los Balcanes, es un escritor con méritos para obtenerlo. Tiene al menos media centena de textos publicados, entre novelas cortas y largas, obras de teatro, ensayo y poesía, en las que ha demostrado ser un maestro del lenguaje, un perfeccionista, un estilista.

Se trata de un escritor que canonizó muy pronto, antes de los 30 años de edad, con una reconocida con traducciones a casi todas las grandes lenguas del orbe, países que cuentan con una industria editorial importante; quien cuenta historias, a través de relatos y novelas breves y de largo aliento que no admiten una clasificación sencilla y en las que destaca como un esgrimista de la lengua, alguien que puede ser utilizado perfectamente como ejemplo para aprender el alemán, señalan en charla por separado con Litoral el profesor universitario Herwig Weber y el escritor, ensayista y crítico literario Héctor Orestes Aguilar.

Coinciden en que al parecer se hizo a un lado ese obstáculo que parecía impedirle ser elegido al que es considerado el máximo galardón literario otorgado en el mundo, y que merecía desde hace años, por sus posiciones políticas, en particular su apoyo a los serbios en la guerra de los Balcanes que abarcó la década de 1990, en particular a su líder Slobodan Milosevic, a cuyo funeral incluso acudió, pero literariamente no es una sorpresa, él es un gigante de la literatura en lengua alemana y haberle otorgado el Nobel es un acto de justicia hacia la literatura.

Herwig Weber, profesor en la Universidad del Claustro de Sor Juana, recordó que el anunciado como ganador del premio 2019 el pasado jueves 10 de octubre, junto con la polaca Olga Tokarczuk como galardonada de 2018 –año en que el premio se suspendió por los escándalos de acoso sexual que sacudieron a la Academia Sueca-, empezó su trayectoria literaria poco después del final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), perteneciente al llamado Grupo 47, que se propuso renovar la literatura en lengua alemana tras la conflagración, para diferenciarse de lo hecho durante y antes del nazismo.

En los años 60 y 70 escribió una literatura muy vanguardista, conceptual, justamente en esa búsqueda de aquello que lo diferenciara del pasado. En teatro de puede apreciar en obras como Gaspar e Insultos al público, cuyos montajes significaban hacer uso de efectos técnicos muy impresionantes para la época; en lugar de escenografía usaba todo el equipo de luces y de elementos técnicos de detrás del escenario como escenografía profunda, de una manera coreográfica, anota Héctor Orestes, mientras que en narrativa también destaca su preferencia por las novelas breves, complementa Weber.

Éste, recuerda que de 1970 es su novela corta El miedo del portero al penalti, que se volvió un éxito y con ello el escritor famoso y aclamado; una obra muy psicológica, con un uso del lenguaje muy fino, casi perfecto, poético, porque el autor es un estilista, cada frase está limpiamente estructurada, lo que convierte a esa publicación inicial una pequeña joya. Posteriormente escribió un guion para una película que también se volvió un éxito, El cielo sobre Berlín (1987), también conocida como Las alas del deseo, que dirigió Win Wenders y trata del destino de un ángel en la capital alemana que se enamora de una mujer y luego se vuelve humano. Este texto es igualmente muy poético.

Luego publicó una novela también corta, en la que habla de la muerte de su madre, hecho que le impactó mucho, titulada Desgracia impeorable (1972), y que es una obra muy triste y trágica. Al entrar la octava década del siglo pasado, Handke empezó a escribir novelas más grandes, voluminosas, casi naturalistas, como de la tradición del siglo XIX, en las que hace grandes descripciones de las cosas, de la naturaleza, de momentos, personajes, como se puede apreciar en títulos como La tarde de un escritor (1987) o El año que pasé en la bahía de nadie (1994), al mismo tiempo se vuelve un escritor más meditativo.

Al respecto, Héctor Orestes destaca su exquisita escritura en prácticamente todos los géneros literarios, aunque la principal es en la narrativa; es una gran prosista en lengua alemana que ha llevado a ciertos límites la descripción de asuntos de la memoria inmediata que son recuperados por el lenguaje de manera asombrosa, es un gran relator de la nostalgia instantánea, de acontecimientos muy recientes y eso le da su gran estatura internacional como escritor con un oficio increíble. Se trata, dice, de uno de los escritores que supieron conjugar la gran tradición de potentísimos narradores alemanes, austriacos y suizos con la cultura pop, en la que se formó. También resalta su aportación a la poesía.

Coinciden en que su ensayo de 1996 sobre la guerra de los Balcanes, Drina (Justicia para Serbia), y su asistencia al entierro de Milosevic, al que no fue ni la familia del serbio, y que fueron un escándalo en Europa, le alejó del Nobel, pero ahora se ha hecho justicia, al recordar que al recibir en 2004 el Nobel, la también austriaca Elfriede Jelinek declaró que más que ella lo merecía Handke.

Herwig Weber refiere que el ganador del Nobel 2019 es uno de los tres grandes escritores que ha tenido Austria en la posguerra, los otros dos son Elfriede Jelinek (1946), una magnífica novelista, poeta, dramaturga, ensayista, guionista, traductora y activista feminista que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2004, y Thomas Bernhard (1931-1989), novelista, dramaturgo y poeta.

Los tres fundaron un género conocido como novela antipatria, que asume un postura crítica hacia Austria, de su impotencia para documentar y reconocer su colaboración con el nacionalsocialismo (nazismo), en particular Handke, quien reclama que su país siempre se ha presentado como agredido y no como colaborador o agresor durante la Segunda Guerra Mundial. No vive en su país sino en París.

En México, los libros de Hencke los publica Alianza, cuya directora editorial, Valeria Ciompi, coincide en que se trata de un acto de justicia porque reconoce por sobre todo a una trayectoria literaria sólida, a un autor con aportes indiscutibles a la literatura contemporánea, en particular en el terreno narrativo, una institución en las letras europeas que ya tenía varios años en las ternas.

Dice que son pocas las posibilidades de que el escritor visite América Latina en general y México en particular, pues se trata de una persona reservada, que desde ya ha dicho que no dará entrevistas y que todo lo concerniente al Nobel se trate desde la editorial, en cuya sede en España están por la traducción al castellano de su más reciente obra, La ladrona de frutas, que data de 2017, después de lo cual se publicará simultáneamente en todo el mercado de habla hispana, lo cual se espera sea en 2020.

Handke nació en 1942 en la pequeña localidad de Griffen, en el estado austriaco de Carintia, y como escritor se dio a conocer con el breve texto radiofónico La inundación (1963). Perteneciente al Grupo 47, formado por escritores y críticos alemanes y austriacos que buscan renovar la literatura en lengua germana, entre ellos los también ganadores del Nobel Heinrich Böll y Gunther Grass, son representadas sus primeras obras teatrales Profecía, Insultos al públicoEl pupilo quiere ser tutor y La cabalgada sobre el lago Constanza. En 1966 publica Los avispones, su primera novela, y cuatro años después El miedo del portero al penalti, la que le proporcionó trascendencia internacional. Desde entonces ha sido traducido a numerosos idiomas.

De acuerdo con críticos y conocedores, sus obras más destacadas son Los avisponesEl miedo del portero al penaltiCarta breve para un largo adiósEnsayo sobre el cansancio y Lento en la sombra.



FUENTE: LITORAL DE NOTIMEX



 

Ángeles Mastretta: Los caminos de la vida narrativa | Vicente Francisco Torres

Ángeles Mastretta (Puebla, 1949) encarna, con todas sus complejidades, el caso de la escritora mexicana de fines del siglo XX. Las dos últimas décadas del siglo XX vieron la moda de las autoras, misma que propiciaron la mercadotecnia, el florecimiento de un sinfín de grupos de estudios de género, decenas de congresos dedicados a la literatura escrita por mujeres, el nacimiento de un vasto grupo lector femenino, los volúmenes armados exclusivamente con materiales de escritoras y, sobre todo, la calidad de unas cuantas estrellas, como Ángeles Mastretta, por supuesto.

Según mi muy particular apreciación, creo que el fenómeno ha sido más comercial que artístico ?hecho que no es exclusivo de la literatura escrita por mujeres, sino de la literatura en general?, como podemos ver en los casos de Laura Esquivel y Zoe Valdés. Mientras la cubana ofende al lector cuando le dice que una mujer arrojó en un aborto el diamante que había tragado un mes antes (La hija del embajador), la mexicana, sin advertencia alguna, en la segunda página de su exitosa novela Como agua para chocolate nos quiere ver la cara de tontos y aparece con un golpe de varita mágica varios costales de sal después que una mujer ha llorado amargamente.

Tres cartas

Veamos cuáles son los valores literarios que apartan a Mastretta de las autoras catapultadas por los contadores y la publicidad.

Desde Arráncame la vida (1985), Mastretta puso sobre el tapete tres cartas fuertes: un estilo, una temática y el papel protagónico de las mujeres que tantas lectoras le dio.

La noción de estilo, aunque parezca un anacronismo, no lo es si recordamos que él es la marca de todo trabajo creativo de calidad y lo hace diferente del de otros autores pero, sobre todo, del de sus contemporáneos. El estilo es también la calidad de elaboración del lenguaje con que la autora construye su mundo.

El estilo de Mastretta está dado por la voz de una mujer que cuenta siempre con gracia, y gracia no significa aquí frivolidad, sino la capacidad alada para seducir al lector, para que sus historias sean como un canto de sirenas que uno escucha plácidamente a sabiendas de que no podrá escapar fácilmente de los efectos hipnóticos. Esa voz tocada por la gracia, que no construye un párrafo sin producir efecto en el lector, será capaz de lograr una amplia gama de efectos que van desde el humor hasta la indignación, pasando por la ternura, la cursilería y el desenfado. Si tenemos presente que el trabajo de Mastretta, por el tiempo en que ubica sus ficciones, se asocia al de Mariano Azuela y al de Martín Luis Guzmán, veremos que la palabra gracia la define muy bien al contraponer su estilo ligero al mayestático de las novelas del ciclo de la revolución.

Íntimamente ligado con la gracia, encontramos el desenfado, que podemos observar cuando Catalina, antes del parto, durante tres meses, engaña al marido con un adolescente repartidor de leche. Esto nos lleva a un rasgo fundamental de la literatura de Mastretta: en lugar de la moralina, plantea una manera sencilla y natural de asumir el placer de los sentidos.

 

De la hondura a la superficialidad

En esta su primera novela, Mastretta supo elegir dos tipos de personajes que aglutinan una serie de rasgos atractivos y representativos de las parejas mexicanas: Catalina, una mujer tradicional y oprimida ?aunque también tendrá amoríos?, y su esposo Andrés, un macho, militarote, pero sobre todo un político. Y esto es sólo una pequeña muestra del perfil de Andrés porque Catalina, cuya vida transcurre paralela a la actuación de los caudillos revolucionarios, ejemplificará, en todas sus gamas (sumisión, silencio que se convierte en complicidad, vida social que es un número de actuación, convidada de piedra) la vida de la esposa de un político mexicano.

Arráncame la vida tiene una singularidad en la novela mexicana del siglo XX: prolonga hasta nuestros días la novela de la revolución, pero desde uno de sus ángulos más insólitos: si Los de abajo dio la visión de los humildes y La sombra del caudillo ejemplificó el punto de vista de los políticos encumbrados, Mastretta crea la óptica de la esposa del hombre de poder, de un político emanado del régimen revolucionario. Andrés es machista, posesivo (cuando Catalina se corta el pelo, la increpa: “¿Por qué te cortaste mi pelo?”), despojador y masacrador de campesinos. Es un típico ejemplo de los gobernantes emanados de la revolución: asesino de periodistas, cínico, demagogo y leguleyo, llega a ordenar que se investiguen sus propios crímenes.

Esta novela, que conjuga la literatura artística y la vendible, que va de la hondura a la superficialidad y de la amenidad a la pesadez, muestra el presidencialismo y el dedazo (Martín Cienfuegos sucesor de Fito), pone en evidencia las zancadillas y los golpes bajos de los hombres de poder y entrega una conclusión, hasta hoy, válida: el político mexicano cumple su ciclo de crímenes y canalladas, recibe homenajes y muere en su cama, firmando con tinta verde.

Sutil homenaje a Puebla

Si los amores de Catalina se dan al mismo tiempo que el surgimiento y auge de los protagonistas de la revolución hecha gobierno, a la protagonista le tocan también los años de esplendor del bolero (1930-1960), al que por cierto la novela debe su título. Asimismo, el bolero, con las letras melosas, el acompañamiento musical virtuoso y su dicción perfecta y seductora, sirve en esta obra, como en la vida cotidiana, para tender puentes entre los enamorados. Como parte de la recreación epocal de la novela, Mastretta hará que Catalina se haga amiga de Toña la Negra y, en casa de la masajista, conozca a Andrea Palma, uno de los símbolos del cine de perdidas, a las que tanto cantó Agustín Lara, autor de la desgarrada letra del bolero ?hay musicólogos que la clasifican como tango? que da título al libro.

Si en Arráncame la vida Mastretta puso un vivo interés en momentos arquetípicos de nuestra historia y en el planteamiento, sin obviedades, de la condición de la mujer mexicana, Mal de amores (1996), fiel a ese mundo, no será una novela histórica sino una novela en la historia.

El tiempo argumental se inicia en el porfiriato, cruza las agitadas aguas revolucionarias y concluye en los días posteriores a la lucha armada, que no cambió la situación de los oprimidos de antaño pero hundió al país en un desaforado baño de sangre.

El primer tiempo de la novela resulta la versión bonita y vitalista de Al filo del agua, pues mientras en la novela de Agustín Yáñez los personajes asumen una actitud pasiva en ambientes áridos y conventuales, en la novela de Mastretta las nubes que anticipan los hechos sangrientos se ciernen sobre tertulias en donde la gente hace música, literatura y política. Las mujeres de Yáñez son enlutadas y no tienen voz sino monólogos; sus deseos brotan y desaparecen entre rezos y sermones. Las mujeres de Mastretta son seres extrovertidos que cantan, tocan el piano, van de paseo, visten con gracia, se perfuman y hasta participan en las reuniones para derribar al tirano. Mientras en Al filo del agua Madero es un hombre chaparrito a quien los tapatíos sólo conocen por rumores, en la de Mastretta, Milagros, una mujer liberal y liberada, pega carteles en varias calles de Puebla para convocar a la recepción de don Francisco I. Madero. Y en este punto es justo reconocer que, sin aspavientos, Mastretta, en sus dos novelas, ha rendido un sutil homenaje a la ciudad de Puebla, su tierra natal.

Un arquetipo de la novela de la revolución

En Mal de amores hallamos feminismo, pero éste se da por añadidura, sin alegatos hembristas; es incluso un logro que los hombres propician pues Emilia transita de un lado a otro del país. Va a Estados Unidos, se hace doctora empírica y tiene dos parejas sexuales porque lo propician y aceptan su padre, el padre de Daniel (uno de sus amantes), el doctor Zavalza (el otro de sus amantes) y, por supuesto, su madre y su tía Milagros.

Ignacio Trejo Fuentes acertó al afiliar estas dos novelas de la autora a la historia y, de paso, aleja a Mastretta de una clasificación empobrecedora: “Entre ambos libros hay cierta similitud, sobre todo en los tiempos y en los espacios en que se desarrollan, pero principalmente por el hecho de que las figuras centrales de los dos son mujeres. ¿Se trata de muestras de lo que algunos llaman literatura femenina? De ningún modo: otros narradores mexicanos (García Ponce, Melo, Sainz, Galindo) han hecho novelas con protagonistas femeninos memorables sin caer por eso en tales etiquetas (un decir bastante recurrido indica que la mejor novelista mexicana es Juan García Ponce debido a la cantidad de mujeres que pueblan su obra). En todo caso, Mastretta recupera en su literatura (para su literatura) personajes atractivos, y si son femeninos se debe a circunstancias ajenas a marrulleros proselitismos”.

A este respecto, Mastretta ya se ha pronunciado: “Tengo un litigio con la frase literatura femenina, porque así como no hay medicina femenina y masculina, lo mismo pasa con la arquitectura, la ingeniería, la política o la literatura: sirve o no sirve (…) Lo importante es investigar si las novelas son buenas o malas, si están bien contadas, no si son masculinas o femeninas.”

Mal de amores no es otra novela de la revolución; es un arquetipo de novela de la revolución, con sus tres momentos fundamentales: el porfiriato cruel, sangriento y tecnificado, los jaloneos con que los caudillos ensangrentaron el país y la culminación reaccionaria que testimoniaron escritores como Mariano Azuela y Rafael Bernal. En este contexto ubica la autora su historia de pasión y coloca también a Emilia, un personaje libérrimo cuya vida resulta todo un ejemplo; es un modelo educativo, tal y como sugiere su nombre con resonancias de Rousseau. Junto a las caracterizaciones de Porfirio Díaz (necio y autoritario), Madero (tibio y políticamente ingenuo), los hermanos Serdán (valientes y, sin metáfora, de armas tomar), Villa y Zapata (cerriles e ingenuos pues después de entrar a la capital y ver desfilar a sus hombres desde el Palacio Nacional, se marchan porque no les interesa gobernar), los personajes literarios de Mastretta se perfilan trazados con mano maestra: Josefa y Diego amorosos y comprensivos; Milagros independiente y entregada a su voluntad; y Daniel, que como personaje de La vorágine jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia. Si toda novela se construye y amplía con una variedad de recursos, Mastretta teje seductoramente una serie de episodios que incrusta como pedrería en el cuerpo de su novela; por ejemplo el encuentro de Daniel y Emilia dentro de un temazcal, o la muerte de la mujer cuyo hijo recogió el doctor Zalvalza.

A partir de esta novela, Mastretta empezará a deslizar una especie de aforismos, aciertos expresivos que no funcionan aislados sino como parte inseparable de la trama: “La paz es para los viejos y los aburridos ?dijo Milagros?. Ella quiere la dicha, que es más difícil y más breve, pero mejor.”

Las buenas costumbres de una sociedad cerrada

Precisamente las frases acuñadas para que el lector las señale en su ejemplar, se acentúan en Mujeres de ojos grandes (1990), libro que reúne un conjunto de historias que juegan a respetar y a transgredir los conceptos tradicionales de cuento.

Mujeres de ojos grandes es un conjunto de narraciones que, como los buenos cuentos, desde el primer párrafo atrapan al lector pero, en muy pocas ocasiones, se ciñen al esquema tradicional de planteamiento, desarrollo y desenlace (como el de la tía Clemencia Ortega, o el de Teresa la loca que buscaba corbatas y llaveros). Sin embargo, es justamente con el uso de estos momentos y con su transformación que el libro se singulariza e innova.

Lo más notorio del volumen es que ninguna de estas narraciones protagonizadas por tías de la narradora llevan título. Se presentan como partes de una novela, pero cada una entrega una historia cerrada con variantes como éstas: el desenlace epifánico sólo aparece en unos cuantos textos porque a menudo nos topamos con que el final no es intenso, sino se diluye a lo largo del relato, o simplemente se insinúa con ingenio y malicia (el de tía Charo). A veces nos enfrentamos de sopetón únicamente con el final intenso de un cuento (el de la tía Mari), hecho que parece decirnos que la divisa de esta manera antitradicional de enfrentar el relato proviene de Goethe: “En realidad ?le dijo a Paulina, al poco tiempo de conocerla?, los finales son indignos del arte. Las obras de arte son siempre inconclusas. Quienes las hacen, no están seguros nunca de que las han terminado. Sucede lo mismo con las mejores cosas de la vida. En eso, aunque fuera alemán, tenía razón Goethe: Todo principio es hermoso, pero hay que detenerse en el umbral”.

Noé Cárdenas, en el momento de la aparición del libro, hizo una valoración muy acertada y consonante con el estilo del volumen: “Lo sabroso del chisme practicado por un oído y una lengua expertos (los de la voz narradora) incita a escuchar con bastante interés estas historias, independientes una de otra pero todas emanadas de un contexto bien determinado: la Puebla de las décadas del treinta y del cuarenta, más o menos, donde se producen historias de mujeres de clase acomodada que sortean las buenas costumbres de una sociedad cerrada y conservadora para consumar algún íntimo designio.



FUENTE: NOTIMEX



 

Las ocho décadas de Beatriz Espejo, cuentista por naturaleza | Julián Crenier

La escritora Beatriz Espejo (Veracruz, 19 de septiembre de 1939) cumple 80 años de vida. Una de las narradoras y ensayistas más importantes de México, autora de libros como El cantar del pecador, Muros de azogue, Alta costura y La hechicera, accede a una entrevista con Notimex una semana antes de su cumpleaños para hacer un recuento de su vida y su carrera.

¿Cómo fue su infancia?

Muy feliz. Fue una infancia dichosa en la cual cimenté mi vida posterior. Era un hogar donde mi madre cumplía bien con sus roles maternos, mi padre los suyos de gran proveedor y yo era una niña muy aplicada que adoraba a su hermano. Tampoco fui una de esas niñas aplicadas que no dejan que les copien la tarea, incluso mis compañeras me querían mucho porque dejaba que lo hicieran. Hacía lo que se me pegaba la gana y, dentro de los límites de la educación, lo que se me ocurría. Siempre me sacaba diez en las materias, pero seis en conducta.

La doctora Wilson

¿Cómo le llegó la inquietud por la literatura?

Yo estudié en escuela de monjas casi toda mi vida. Un día nos mandaron a hacer una composición o un escrito sobre la guerra y la paz. No la novela de Tolstoi, sino sobre el significado que entendíamos de cada una. Todas las alumnas escribieron sobre la «malvada guerra» y la «bendita paz», lo típico. A mí, por otro lado, se me ocurrió la historia de una doctora Wilson que se encargaba de curar a los heridos de una guerra. Mis compañeras se burlaron mucho de mí, pero yo seguí leyendo mi cuento feliz. Ya cuando mi maestra lo revisó me dijo enseguida que debía estudiar un doctorado en letras. Tenía 12 años de edad y desde ese entonces decidí que quería estudiar literatura.

¿Tuvo algún enfrentamiento con sus padres por ello?

Cuando le dije a mi padre que quería estudiar letras se quedó perplejo y con los ojos medio azorados, pero no se opuso. Mi madre tampoco. Sólo tuvimos un diálogo que incluso se sigue replicando hasta hoy en día:

»Papá, ya sé lo que quiero estudiar: letras.

»Ah, caray. ¿Ya sabes en lo que te vas a meter?, respondió.

»Sí, ya sé.

»Ah, pues qué bueno, adelante».

Desde ese momento Beatriz Espejo supo el camino que quería tomar y el oficio al cual dedicaría su vida. A los 17 años entró a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en una de sus épocas doradas y comenzó una de las mejores etapas de su vida:

Mi experiencia en la Facultad fue maravillosa, fueron años de dicha y de gloria. En ese tiempo había maestros extraordinarios como Eduardo Nicol, Sergio Fernández, María del Carmen Millán y Xavier de Icaza y López-Negrete, el mejor maestro que tuve. Era un aristócrata medio loco y poco ortodoxo que se sabía todos los chismes de los escritores. Eso me ayudó mucho.

El padre Arreola

¿Cómo comenzó a escribir formalmente?

Nunca tuve ningún problema en desarrollarme en mi oficio, incluso mi padre siempre me instaba mucho a que me convirtiera en escritora. Él era muy amigo del embajador de Líbano y recuerdo que un día tenía una gran urgencia por llevarme a la embajada. Al principio no sabía por qué, pero ya que llegamos vi que estaba nada más y nada menos que Rómulo Gallegos. Para ese entonces ya había leído CantaclaroCanaima y Doña Bárbara. Yo creo que por eso mi padre pensó que me interesaría conocerlo. Lo vi detrás de una ventana, solo. Lo estuve mirando como una hora, pero no me atreví a hablarle. Estaba muy chica y era muy tímida, pero son momentos así que lo incitan a uno a seguir.

¿Cómo fue la experiencia del taller de escritura de Juan José Arreola?

Yo a Juan José lo vi por primera vez en una conferencia que dio en el auditorio de la Facultad. Recuerdo que estaba hablando acerca de Góngora y que no entendí absolutamente nada. Sin embargo, quedé fascinada. Después me enteré de que tenía un taller para escritores jóvenes y que no cobraba nada, así que fui. Él tenía una serie de normas y nos instaba a que creáramos y le lleváramos cosas. Compartí ese taller con gente como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Salvador Elizondo. Juan José era una persona sumamente generosa y para todos nosotros fue un maravilloso maestro, como un padre.

¿Cree que los mentores son importantes para un escritor o que con la mera lectura basta para formarlos?

Cada escritor tiene su manera de acercarse a la literatura. Yo llegué gracias a Arreola. Leí Varia invención y Confabulario con mucho cuidado y a partir de ahí escribí los 15 cuentos de La otra hermana [1958]. Cuando se los llevé al taller, los leyó y me dijo:

—¡La felicito! ¡Es usted una escritora!

Después de eso decidió publicar mi libro. Era muy joven, creo que tenía como 17 años. Juan José aceptaba propuestas de todo tipo, para nada trataba que escribiéramos como él, buscaba que cada quien encontrara su propio camino.

Borges y Cortázar

¿Cómo fue su encuentro con Jorge Luis Borges?

En ese entonces me había sacado una lotería de 25,000 pesos y los gasté todos en irlo a ver. Lo fui a buscar a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires de la cual era director y tuvimos una sesión de trabajo en la que yo estuve muda todo el tiempo. No le llevé textos porque me daba pena, pero disfruté de la charla con él. Duró como cuatro horas, tenía una dicción espléndida y una sintaxis oral impecable.

¿Y con Cortázar?

Cuando él vino a México mi marido lo iba a entrevistar acerca de política y yo de literatura. Cuando uno entrevista a alguien se debe informar muy bien acerca de esa persona, y eso fue justo lo que hice: leí todos sus cuentos. Cuando vio que conocía bien su obra le dio mucho gusto y tuvimos una plática muy rica que duró como dos horas. Con esa entrevista fue que acabé ganando el Premio Nacional de Periodismo.

La figura femenina

Lo que ha predominado en su carrera ha sido el cuento, pero ha explorado distintos géneros como el ensayo y la novela.

Yo soy cuentista por naturaleza, pero he hecho de todo. Ahora me encuentro muy metida en el ensayo y la traducción, la cual ya no volveré a hacer porque es muy difícil, en especial la poesía. También he hecho dos novelas: Todo lo hacemos en familia [2001] y ¿Dónde estás, corazón? [2014]. La segunda se la dediqué a Ana Lilia Cepeda porque en un desayuno ella contó que el Marqués de Valero estaba enamorado de una novicia y ordenó que, al morir, enviaran su corazón en una caja de plata al convento [que hoy se conoce como Ex Templo de Corpus Christi, ubicado en la Avenida Juárez de la Ciudad de México]. Cuando reconstruyeron el convento encontraron justamente esa caja con el corazón adentro.

Su literatura le da vida a personajes construidos alrededor de lo que ha vivido, lo que ha escuchado y lo que ha reflexionado. Son protagonistas en los cuales predomina, sin duda, la figura femenina. Se basa muchas veces en sus abuelas, en su madre y, en ocasiones, en ella misma.

Yo no podría inventar un hombre con cabeza de dragón o una fábula fantástica, ese simplemente no es mi estilo. Siempre tomo cosas de la realidad. Por ejemplo, en Viviré para ti, uno de mis cuentos favoritos, se trata de la historia de cómo se conocieron mis padres, allá en Veracruz. Ese cuento me encanta porque es muy romántico. Otro que se llama En un rincón de la memoria trata sobre cómo mi abuelo perdió su hacienda a manos de Felipe Carrillo Puerto y cómo tuvo que salir huyendo para que no lo mataran.

La pareja literaria

¿Qué significa ser mujer en la escena literaria mexicana?

Yo lo viví bien, nunca me sentí postergada ni ninguneada. Mi primer libro lo publicó Arreola, el segundo el gran José Revueltas y ya el tercero mi marido. Entonces siempre estuve patrocinada por hombres. Sin embargo he escrito mucho sobre mujeres escritoras, tanto mexicanas como extranjeras. Pero para mí fue una suerte. Una suerte porque este México se ha vuelto muy pero muy violento. Acabo de terminar una serie de cuentos de un concurso que están haciendo en Guadalajara y leí uno en particular que me partió el alma. En este momento no recuerdo cómo se llama, pero toca el tema de las niñas que se embarazan a los 12 o 13 años, violadas, que no saben ni siquiera quién es el padre. Es terrible, nunca imaginamos que llegaría a esto. Después de leer ese cuento no pude dormir.

 ¿Cómo fue ser una pareja literaria con Emmanuel Carballo?

Fíjate que fue muy bueno, éramos una excelente pareja porque yo era la escritora y él era el crítico. Cuando nos preguntaban cómo nos llevábamos, Emmanuel siempre se apresuraba a contestar:

—No ha habido problemas porque si le digo que me gusta, no me lo cree, y si le digo que no me gusta, se enoja.

De rehiletes culturales

En el año de 1961 fundó la revista El rehilete junto a personajes como Margarita Peña, Carmen Rosenzweig y Blanca Malo, y tenía como propósito brindarle a escritores emergentes la oportunidad de publicar. En un principio difundieron, sobre todo, textos de creación, pero con el paso del tiempo fueron incorporando tanto artículos como ensayos. Se mantuvo a flote durante diez años, cosa poco común para una revista literaria, y fue un punto de partida para muchos escritores jóvenes que acabarían encumbrándose más adelante.

¿Me podría platicar un poco de la revista? ¿Cómo surgió la idea?

Cuando estaba haciendo mi tesis de doctorado me di cuenta de que López Velarde hacía revistas junto con sus amigos y le pregunté a Margarita Peña si le interesaría hacer una, la cual tuviera un consejo editorial formado por puras mujeres. Eso sin ningunear a los hombres, también les dimos cabida. Yo siempre he tenido buena relación con los hombres y creo que es porque tuve una muy buena relación con mi papá. En cuestiones literarias lo que siempre quise hacer, y lo sigo haciendo hasta la fecha, es buscar buena literatura, ya sea de hombres o de mujeres. De eso se trata.

 ¿Cuál era el proceso de selección para los textos que publicaban? ¿Cómo se daban cuenta cuando un escritor valía la pena?

Era una cuestión de gustos y de suerte. Además estábamos muy abiertas a propuestas. Muchos jóvenes llegaban y nos ofrecían textos. El mismo René Avilés Fabila publicó por primera vez con nosotras. Jaime Labastida, que es un extraordinario poeta, también publicó en la revista. El mismísimo Carlos Pellicer nos regaló unos sonetos y no nos cobró ni un peso. En fin, era muy bonita.

¿Cómo observa el periodismo cultural mexicano hoy en día?

Desdichadamente ha bajado mucho de categoría. Los espacios son cada vez más reducidos por razones obvias y hacen falta más periodistas que se dediquen a la cultura. Además, el periodismo cultural tiene un enemigo mortalísimo que es el teléfono. Deben de buscar la manera de actualizarse a esta nueva etapa. También hace falta que los mismos artistas hagan más trabajo de investigación y de crítica.

La segunda casa

¿Qué significa la UNAM en su vida?

Es mi segunda casa. Yo entré a la UNAM a los 17 años como estudiante y ahora soy investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas.

¿Cómo es la vida académica?

Es dura. Los claustros académicos son difíciles, hay mucho antagonismo y mucha grilla. Pero en mi caso no se ha complicado demasiado porque yo no he dejado que se complique. Siempre me he enfocado en mi trabajo y nunca en lo que dicen los demás. He seguido adelante.

¿Cómo es balancear la vida artística con la académica?

A pesar de todas mis obligaciones y de la carga de trabajo del Instituto, estoy tratando de escribir una novela. Lo que yo tengo es que soy muy disciplinada, es una de mis grandes cualidades, porque además soy muy amiguera. Sigo yendo a la Universidad, sigo viendo a mis amigos, sigo escribiendo, sigo cometiendo errores de todo tipo, pero sigo. Vivita y coleando hasta que la muerte me lo impida. La literatura es sumamente demandante, prácticamente no hay descansos. El único descanso que tiene un escritor es la lectura.



FUENTE: NOTIMEX



 

La historia negra del cine mexicano

El documental La historia negra del cine mexicano (2016), del director y editor Andrés García Franco (1981), se presentará por primera vez en todo el país a través de la Comunidad de Exhibición Cinematográfica (Cedecine), de la Red Nacional de Espacios Alternativos de Exhibición Cinematográfica.

La película —que reflexiona sobre el pasado de la industria fílmica nacional— fue el proyecto ganador del Quinto Concurso de Ópera Prima del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), por lo que fue producido por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine).

Ha sido premiado como el Mejor Documental del Latin American Studies Association (LASA) Film Festival 2018; la Mejor Postproducción y el Mejor Valor Iconográfico en el Festival Pantalla de Cristal en 2017 y como el Mejor Documental en el Rubber Film Festival 2016.

De acuerdo con García Franco, después de estudiar cine redescubrió el texto El libro negro del cine mexicano (1960), escrito por Miguel Contreras Torres (1899-1981) —tío de su madre—, en el cual se revela la situación del cine en México de los años 50, mermado por el monopolio de salas en manos de William O. Jenkins.

El proyecto documental partió de materiales de archivo, fragmentos de películas de Contreras Torres y testimonios de investigadores; mismo que se proyectará durante septiembre y octubre en salas de la Comunidad Cinematográfica Alternativa, la cual ofrece diversas perspectivas del séptimo arte, como una estrategia de formación de públicos y de reflexión sobre la condición humana.

García Franco es director y editor de cine egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM y del San Francisco Art Institute.

Su cortometraje La invención de Morel fue premiado en el Festival de San Sebastián y por Kodak en el Festival de Cannes en 2007. Ha dirigido series como Entre correr y vivir, producida por TV Azteca, y la segunda temporada de Relatos de mujeres, en codirección con Raúl Quintanilla y producida por Canal Once.



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Teatro Universitario, actualidad y origen del Cervantino | Evangelina del Toro

El Teatro Universitario de la Universidad de Guanajuato, que diera origen al Festival Internacional Cervantino (FIC) por la puesta en escena de Entremeses Cervantinos, participará en la edición 47 de este encuentro cultural y artístico con dicha pieza, además de Retablillo jovial y Dos hombres en la mina.

Hugo Gamba Briones, director de la compañía de teatro, precisó que la selección de estas obras se debe a que están relacionadas con los comienzos del festival, en particular los Entremeses Cervantinos, en homenaje a Miguel de Cervantes y de donde adopta el nombre dicho encuentro.

«Sigue siendo un fenómeno como lo fue en un principio. Es fundamental, no sólo para Guanajuato, sino para el país. Llevamos algunos años presentando estas obras en El Cervantino, como otras más», expuso.

En entrevista con Notimex, recordó que la compañía se ha presentando desde el inicio del festival, y aunque por un tiempo dejaron de exhibir Dos hombres en la mina y Retablillo jovial, se retomaron debido a que son representativas de la muestra.

«Es maravilloso poder participar, porque el público que viene es tan diferente frente al que nos presentamos habitualmente. Al venir de diferentes partes del mundo, da una comunicación muy especial y distinta. Las obras han evolucionado, si bien siguen manteniendo la esencia original, y ahora contamos con mayor producción, mejor vestuario», refirió.

En cuanto al escenario utilizado para las representaciones, mencionó que la Plaza de San Roque no es la misma de hace 40 años, pues ahora está rodeada de bares y restaurantes que no tienen un control adecuado, y con el ruido afectan las presentaciones de los diversos grupos.

Debido a lo anterior, Gamba Briones precisó que trabajan en tener una mejor sonoridad, a fin de que las muestras sean cada vez mejores. Consideró que la evolución del Festival ha sido positiva, ya que ante un mundo tecnológico, apoyar las manifestaciones culturales en vivo es elemental para el país.

Teatro Universitario se presentará con las obras mencionadas en el Mesón de San Antonio, Plaza de San Roque y Mina El Nopal, entre el 10 y 26 de octubre, con más de 115 actores.

Precisó que Retablillo jovial, del dramaturgo asturiano e integrante de la Generación del 27 Alejandro Casona, tendrá dos funciones y consiste en una mezcla de tres obras sobre la tradición literaria española.

Por su parte, Dos hombres en la mina, del escritor húngaro Ferenc Herczeg —con dos funciones— es un performance donde el público forma parte de la presentación, que se realiza en la Mina El Nopal con las protecciones necesarias, pues se conduce a los asistentes por un pasillo de 150 metros para llegar a un socavón.

Finalmente, se planea representar en cuatro funciones los Entremeses de Miguel de Cervantes, el mayor representante del Siglo de Oro español, los cuales buscan jugar con la realidad burlándose de los grandes supuestos de la sociedad y, así como en el Quijote, exponen aquellos momentos en los que la humanidad se muestra menos cuerda.



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David Huerta, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

El poeta, ensayista y traductor David Huerta (Ciudad de México, 1949) recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2019, por su “ejemplar anomalía que ha problematizado todo discurso poético”. 

Los escritores Miguel Casado, Luz Elena Gutiérrez de Velasco, Aurelio Major, Anna Caballé Masforroll, Amelia Gamoneda y Anne-Marie Métailié, quienes integraron el jurado, argumentaron que su obra se sitúa «en el centro de toda consideración crítica sobre la lírica hispanoamericana actual». 

«Su maestría, sumada a una indeclinable vocación cívica, se ha impuesto como un modelo para las siguientes promociones literarias, sobre todo a partir de la publicación de Incurable en 1987, que se constituyó casi de inmediato en un punto de inflexión necesario y ya convertido en cauce por el que han discurrido los más diversos caudales», precisa el acta resolutiva difundida durante este lunes por los organizadores de la Feria. 

Por este premio que reconoce una vida de entrega a la literatura, David Huerta recibirá este reconocimiento el próximo 30 de noviembre durante la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara; el monto económico del galardón consiste en 150 mil dólares.

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