Nuevas imprecisiones históricas del investigador Luis Pérez Sabido | Víctor Salas

El domingo 20 de septiembre, en un rotativo local, el investigador «emérito», Luis Pérez Sabido, hace referencias a la vida artística de la maestra Nina Shestakova (+), todas falsas. Dice el investigador que Nina «emigra a París, donde se integra a los Ballest Rusos de Montecarlo, de George Balanchine».  Es obvio que si los ballets son de Montecarlo, no pueden estar en París, a  donde Nina Shestakova emigró. La Compañía llamada Les Ballets Rusos de Monte Carlo, fue dirigida y manejada por los empresarios René Blum y el famosísimo Vasily Grigorievich Voskresensky, mejor conocido como el Coronel de Basil. Les Ballets Rusos de Montecarlo, se funda con el propósito de mantener el repertorio de los Ballets Rusos de Diaguilev, quien había fallecido en 1929.  Para dirigir a la compañía los empresarios Rene Blum y el Coronel de Basil, contrataron a Serge Grigoriev como director de  escena y a George Balanchine y Leonid Massine como coreógrafos. Queda claro, pues, que la compañía los Ballets Rusos  de Montecarlo, ni estuvo en París, donde Nina radicaba, ni fue «de George Balanchine», como apunta el emérito investigador.

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Debussy, Guevara Ochoa y Tchaikovsky, cuerpos de agua musicales en el concierto de la OSY | Víctor Salas

El concierto de la OSY de los días 7 y 9 de febrero del año en gracia, podrían ser considerados un intercambio cultural entre dos países unidos por toda la raigambre histórica hispana, pues un intérprete, un director y un compositor de dicho país se presentaron en el teatro Peón Contreras, para, así, crear vínculos cognoscitivos de suma importancia para los melómanos meridanos. Además, las obras del concierto trajeron hasta los oídos de la asistencia el cuerpo de agua, el viento de antaño contenidos en la obra de Claude Debussy, hombre del sonido de la modernidad, primero de los impresionistas musicales y famoso por haber compuesto el Claro de Luna, aunque en esta ocasión se tocaron su Petit Suite, con cuatro secciones musicales entrañables, tan entrañables como las ejecuciones solistas de Joaquín Melo y Paolo Dorio, el uno en la flauta y el otro en el clarinete, quienes extrañamente, al concluir la obra, no fueron invitados a ponerse de pie y recibir los aplausos que se merecían. Eso no importó. Ellos sabían que habían hecho muy bien la tarea, y se dieron un fuerte y cómplice apretón de mano, rubricado con una sonrisa de placer y satisfacción por haber cumplido cabalmente su responsabilidad ante la partitura debusiana.

El peruano Jesús Puma entró al escenario trayendo entre las manos una especie de vírgula dorada y brillante: su saxofón, instrumento calificado de sensual, pero de cuya garganta brotan sonidos muy alejados de ese concepto y se acercan más a los que el propio músico calificó como exóticos. En tan sólo once minutos el joven intérprete supo dar a conocer la magnitud de su dominio al instrumento y nos paseó por una amplia gama sentimental, de manera sugerente, tan discreta como impecable. Su ejecución fue como los destellos de luz que salían del cuerpo del saxo que domina a la perfección. Al concluir la Rapsodia para saxofón alto y orquesta, el público y los músicos en el escenario se unieron en una sola y larga ovación, que lo comprometieron a regalar una pieza más que también fue muy gustada. Tranquilo, como si nada bueno hubiera hecho, salió del escenario para entre bastidores recibir la calurosa felicitación del director invitado de la noche.

Cuatro Estampas Peruanas, de Armando Ochoa Guevara, es una obra emblemática en el composicional peruano y con la que guarda una especial relación el director y compositor invitado por la OSY, Fernando Valcárcel, quien empleó un lenguaje ecuánime y de viva comunicación con los atrilistas para darle un auténtica veracidad musical a la obra de su paisano, dividida en cuatro partes con títulos muy notables y atractivos: Vilcanota, Qorikancha, Yaraví y Huayno y Danza Criolla.

Tchaikovski, es un compositor siempre del agrado del público, al que hace bailar desde sus asientos o marcar el compás con las manos y pies. El mueve y conmueve, sin importar si se escucha una de sus obras de ballet, sus sinfonías o conciertos. “Tchaikovski es Tchaikovski” dice la gente para reiterar lo especial de la obra del compositor ruso. En esta ocasión Fernando Valcárcel seleccionó la Suite del ballet La Bella Durmiente”, e hizo muy bien, porque la obra se posicionó en el otro extremo del concierto, encendió luces y agitó árboles y campanas sentimentales, y finalmente consiguió que el público, al abandonar el teatro lo hiciera tarareando alguna parte de las contagiosas melodías de la celebérrima obra del compositor ruso.

¿Para qué ser artista en esta ciudad (de Mérida)? | Víctor Salas

Los padres de muchas personas que expresaban el deseo de convertirse en artista, les decían que «estás loco, de eso no vas a vivir para nada». Cuando la insistencia del aventurado personaje era múltiple, se aceptaba aquella petición a cambio de tener una carrera sólida, de preferencia universitaria, para tener el recurso para sostener dignamente a una familia. De ahí que veamos a ingenieros, odontólogos, médicos como músicos o coralistas, y con anterioridad, los actores eran oficinistas, burócratas o maestros que en su tiempo libre se dedicaban a sus deseos artísticos.

Han pasado muchos años, en que la lucha por hacerse la vida dentro del arte se ha convertido en una real batalla perdida, y sobresale en ella la seguridad de la burocracia, pero en ningún caso, las condiciones económicas para que una persona pueda dedicarse y vivir exclusivamente del arte.

Entre la lucha por ser una entidad importante en el arte y el avance de la infraestructura artística, se ha llegado a la risible paradoja de que los veladores, personal de mantenimiento, choferes, secretarias o personal de apoyo de cualquier institución de arte y cultura tenga plaza, es decir sueldo asegurado de por vida, vacaciones pagadas, días de asueto, días económicos, aguinaldo, gastos médicos pagados, prestaciones, adquisición de vivienda y seguridad de una jubilación. O sea, quienes no son, nunca han sido ni serán artistas tienen el placer de la seguridad del salario quincenal, mientras un bailarín, un cantante, un actor o un pintor tienen que someter sus capacidades creativas al escrutinio de concursos para devengar un ocasional dinero, para realizar una obra, pero de ninguna manera para su desarrollo de vida humana, porque cuando se logra un dinerito vía premios a proyectos, hay que justificar hasta el giro de la moneda que se pone encima de un mostrador al pagar una mercancía.

Pero, además, el noventa por ciento de los burócratas de arte y cultura no son ni artísticos ni cultos porque muchos de ellos llegaron a las oficinas de cultura por amiguismo, o simpatías con la superioridad. En la Sedeculta, hay secretarias que de amas de casa fueron a parar a las oficinas del máximo jefe. ¿Cómo fue eso? No es difícil imaginarlo.

Pero hay cosas más absurdas aún, que explican por qué el artista vive desprotegido, descobijado y con el Jesús en la boca. En el Conaculta, sólo la sección de proyectos tiene un edificio que ha de costar millones de pesos en renta, aparte mobiliario, comunicaciones, papelería, luz, agua y un largo etcétera. Los encargados de recibir analizar y aprobar proyectos son gestores que ganan miles de pesos mensuales. ¿Y el artista? Para dar curso a la pretensión de apoyo económico, de parte de un artista, sus letras y papeles tienen que subir una enorme pirámide burocrática que cuesta millonadas al presupuesto de arte y cultura. De nuevo queda a la luz, la seguridad del lado del trabajador no artista y el santiamén de parte del que posee la visión de la creatividad. Viendo las cosas en la frialdad de los pesos y centavos, para otorgar un presupuesto artístico de cien mil pesos, el estado gasta millones en personas ajenas totalmente al arte. ¿Se darán cuenta de esta irrealidad las autoridades que distribuyen el presupuesto? ¿Es corregible esta realidad? Me parece que el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, tendría que aplicar sus criterios de otorgamientos económicas directas, en vez de la montaña de trabajadores ajenos a la creación artística.

Es probable que, al suprimir la costosa y gordísima burocracia artística y cultural, se pueda poner los ojos en los artistas y darles la seguridad laboral, económica y la posibilidad de un trabajo continuo y digno, sin tener que ofrecer indignantes «gracias» a fulano de tal, por la oportunidad de participar en este evento.

A mis setenta años y después de más de cincuenta de ellos dedicados al arte y la cultura, llego a la conclusión de que mi madre tenía razón al decirme que me dedicara a algo distinto al arte, que es lo que hago actualmente, debido a la «virtud humana» de dos funcionarias de la Sedeculta.

Las clases sociales y los riesgos al volante | Víctor Salas

Vamos hacia un Nuevo Año, cuyo significado es el inicio de una nueva década o de un nuevo lustro, según se le quiera cronometrar.

Nuestra sociedad, en su conjunto, continúa yendo de bien a mejor, en términos materiales, aunque en los psíquicos y conductuales exprese formas muy desventuradas de actuar, ésas que tienen desenlaces dolorosos y catastróficos.

En estos tiempos, el avance material se mide por la obtención de aparatos considerados de confort humano, como lo son, en primer lugar, un coche y, en segundo, un buen y caro teléfono celular.

Ambos aparatos se han convertido en el más alto riesgo para sus poseedores. ¿Por qué? Porque hasta hace muy poco tiempo resultaba harto difícil comprar un coche o un objeto de la red móvil. En estos días, cualquier hijo de vecino puede tener un vehículo de medio uso, nuevo, de buena marca o de marca baratona. Ello ha producido que hasta en la clase social más desposeída se pueda ver a la familia con coche, y no se diga con un celular. Es decir, con anterioridad, las clases sociales que tenían acceso a la educación, a las normas urbanas y a la conducta moderada eran las poseedoras de aquellos beneficios industriales. Esto marcaba una norma urbana, social y de convivencia respetuosa. Al crearse el sistema de adquisición de esos productos por medio de la financiación, el asunto cambió radicalmente. Al volante se puede ver hoy a todo tipo de personas. Las que ya en el interior de su vehículo adquieren un extraño sentimiento de supremacía e indiferencia ante la adversidad y la circunstancia de sus alrededores.

Adentro de su carro, el dueño se siente propietario único de las calles, avenidas, esquinas, escarpas, señales de tránsito y de todo lugar por donde su vehículo es llevado. La consideración no existe, el respeto al derecho ajeno o comunitario no existe, el vínculo amoroso con la vida desaparece y su lugar es ocupado por el peligro, al desatender las nociones sociales relatadas en las líneas anteriores.

«Con un coche puedo hacer lo que quiera», dicen los aspirantes a propietarios y, cuando lo son, cumplen cabalmente esa sentencia: Hacen lo que se les pega la gana, sin importarles perjuicios a nadie, pero a nadie. A todo eso le agregamos un celular, y el mundo se encuentra en las manos de un inconsciente que es capaz de poner en peligro su vida y la de los demás. La prueba de ello es tanta muerte en el Periférico y/o carreteras de la entidad, en la que perecen niños, jóvenes, mujeres y hombres en plenitud de vida.

Todos saben que la velocidad es mortal. Que lo mismo significa el platicar cuando se tiene un volante en la mano y que el alcohol es la cuña que aprieta el triángulo de la peligrosidad. El conductor yucateco es amigo de las dos primeras cosas y, regularmente, de las tres: velocidad excesiva, teléfono celular durante el manejo y guiar alcoholizado.

Sería interesante saber quiénes mueren al volante en mayor cantidad, si los de clase media baja o los de clase alta.

Si el resultado fuera afirmativo hacia la primera clase, mi teoría acerca de la falta de educación y apreciación de los productos materiales, en las clases sociales desacostumbradas al confort, resultaría comprobatoria de mis palabras. Entonces, cabría la posibilidad de un estudio profundo y una propuesta educativa que corrigiera el desprecio a la vida entre los conductores clasemedieros.

El folclore, sin antecedentes, de la misma arquitectura de la mentira | Víctor Salas

Me daré tiempo para escribir el libro sobre la historia del Ballet Folclórico Yucateco. En este momento me distraen dos obras muy importantes: las biografías del maestro Alfredo Cortés Aguilar y la bailarina Cynthia Ricalde Zurita, que estoy seguro verán la luz social el año próximo.

En determinadas artes yucatecas su vida es casi como producto de la generación espontánea; es decir, de los antecedentes de ellas, o se les convierte en las «chítalas» callando o se les minimizan hasta lo insulso. Nunca los autoproclamados historiadores eméritos de nuestra historia cultural proporcionan antecedentes debido a que, al no haberlos, dan la imagen de una grandeza de matute.

Nuestro folclore institucional tuvo en nuestra entidad antecedentes valiosísimos y determinantes para su posterior logro presupuestal debido al amor que doña María Esther Zuno de Echeverría sentía por las manifestaciones populares de nuestra patria. Es ella quien pide a cada entidad federativa la creación de los ballets folclóricos de cada estado; por un respeto a la petición de la esposa del primer mandatario del país, es que los gobernadores, dócilmente, contrataron a bailarines para las agrupaciones de esa naturaleza.

Pero, en Mérida, antes que aquella solicitud surgiera se dieron casos muy particulares de la actividad de nuestro folclore. Por ejemplo, el de la maestra Socorro Cerón Herrera, a quien el cronista de la ciudad Renán Irigoyen Rosado (q.e.p.d.), la exaltó en una larga crónica publicada en un rotativo de la ciudad, en la que la reconoce como una difusora y preservadora de nuestro folclore. Sin ese antecedente artístico no habría el presente. ¿Alguien habla de la maestra Cerón en sus actividades folclóricas?

El caso más extraño es el del maestro Pepe Cervera, quien era maestro de folclore en la Escuela de Bellas Artes e integró el Grupo Folclórico Yucatán, con el cual, en el año de 1967, nuestro estado concursó en un certamen nacional de danza folclórica, en el cual se premiaron como los mejores bailarines del país a Nancy Alcocer y al propio Pepe Cervera. Además, un cuadro costumbrista titulado «El Gremio», también fue premiado como lo mejor del concurso nacional. En la foto publicada el 10 de agosto de 1967, son reconocibles, de pie, Víctor Salas, Luis Lara, Luis Sozaya, Richard Gómez, Manuel Godoy y Manuel Acevedo, quien durante muchos años fue locutor. Por tener la cara tan cubierta con el rebozo, es difícil reconocer a las bailarinas. Era director de Bellas Artes el escultor y maestro de historia Enrique Gottdiner. Todos los bailarines teníamos un salario mensual y cobrábamos por nómina, que era manejada por un percusionista de la Típica Yucalpetén al que le decíamos solamente don Víctor. Este señor vivía con toda su familia, en la propia escuela de Bellas Artes, que estaba ubicada en la calle 59 entre 62 y 64. También era responsable de un archivo musical de la Típica Yucalpetén.

Como vemos, no es verdad, como asegura un historiador, que el Ballet Folclórico del Estado fue la primera agrupación profesional porque recibía un salario. El pago de nómina se efectuaba en efectivo y cada uno de los asalariados le daba un moche al pagador. Era una costumbre de gratitud. No se veía nada mal, porque todos lo realizaban por su propia voluntad. En otras palabras, era la manera de actuar en aquellos años.

Antes del Grupo Folclórico Yucatán, los hermanos Joaquín, Consuelo y Lupita Cortés formaron un grupo folclórico con el que hacían funciones semanales en «el ruedo del rancho del Charro», de la colonia Alemán. De ellos hablaré en mi próxima entrega.