Guadalupe Amor, a 20 años de su partida | Víctor Roura

[Un 8 de mayo, de hace ya dos décadas moría, a los 82 años de edad, la poeta Guadalupe Amor, una mujer que por su belleza atrajo en su momento a grandes pintores que deseaban desnudarla para capturarla en sus obras… belleza que ocasionara tormentos e insensibilidades en torno suyo desde la adolescencia, elementos que se fueron desgranando con el paso de los años hasta causar provocadoras insolencias que aún hoy en día son recordadas como gracias desquiciadas con un problema central que le pesaba demasiado: el de vivir, decía, «en un país mediocre»…]

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Guadalupe Amor era, y según parece lo fue desde muy joven, una persona insoportable. Siempre quería ser el centro de atención. «Guadalupe era una adolescente y estaba muy lejos de admitir ataduras —dice Elvira García en su libro Redonda Soledad: la vida de Pita Amor (Grijalbo, 1997)—. Corrían los años treinta. Quería salir a la calle, ir más allá de la colonia Juárez, subirse a un fotingo [carro pequeño de alquiler] y asomarse a otros rumbos, aunque fuese nada más desde el automóvil… También deseaba conocer a los pintores y escritores que su hermana Carolina entrevistaba y con quienes entablaba amistad. En otras palabras, le urgía sentirse mayor de edad, y así ir de aquí para allá. Pero como los preceptos de la casa eran muy estrictos, entonces ideaba la manera de llamar la atención y comunicar que no tenía interés en respetarlos. Se paraba en el balcón, lo cerraba con llave, tiraba ésta a la calle y se desnudaba por completo. Ahí permanecía largo rato, dejándose observar por los viandantes, hasta que un miembro de su hogar la descubría y corría en busca de la dichosa llave que, por supuesto, no aparecía fácilmente. Todos los parientes se abochornaban con esa escena; ella, en cambio, se vestía con toda parsimonia después de haber tomado el sol a los ojos de la ciudad».

 

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          Hoy Dios vino a visitarme

          Hoy Dios vino a visitarme,

          y entró por todos mis poros,

          cesaron dudas y lloros,

          y fue fácil entregarme,

          pues con sólo anonadarme

          en la exaltación que tuve,

          mi pensamiento detuve,

          y al fin conseguí volar.

          ¡Sin moverme, sin pensar, 

          un instante a Dios retuve!               

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Elvira García supo utilizar la palabra correcta. A Guadalupe Amor le encantaba «abochornar» a los demás, porque nadie le interesaba. Para la poeta, ella era, fue, lo único valioso en esta vida. A los 15 años abandonó la casa paterna para ser sostenida por un rico ganadero: José Madrazo, quien le triplicaba la edad.

De su departamento en las calles de Río Duero, en la colonia Juárez de la Ciudad de México, que le pagaba el empresario sin vivir necesariamente con ella, se han contado innumerables cosas. De ahí salía después de la una de la tarde, perfectamente maquillada, para recorrer la ciudad en busca de un acompañante. Sus fiestas nocturnas eran interminables.

«¿Qué hacía Guadalupe, además de correr de un lado para otro de la capital, asistiendo a sus compromisos sociales? —se pregunta la periodista Elvira García—. No hay testimonios que indiquen que ya escribía o empleaba su tiempo en alguna actividad profesional. Probablemente se limitara a disfrutar su vida amorosa y a frecuentar diversos grupos culturales para saber a cuál deseaba integrarse».

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A partir de los años cuarenta, y rodeada de intelectuales de la talla de Salvador Novo, Enrique González Martínez, Manuel González Montesinos, Enrique Asúnsolo, Xavier Villaurrutia y Alfonso Reyes, empezó a publicar sus poemas:

      Mi egoísmo se incubó en la soledad,

      quizá entonces no sea tan egoísmo.

      Si mi niñez, más que niñez, fue abismo,

      no es raro que en mi mente sea verdad

      que lo único que vale es el ser mismo.

También fueron famosas, en el momento, sus reuniones con diversos pintores para los cuales, presurosa, posaba, sin distingo de ningún tipo, desnuda (los óleos de Raúl Anguiano, Juan Soriano y Diego Rivera son, tal vez, los más sobresalientes en este aspecto).

Pero conforme pasaban los años, Guadalupe Amor iría perfeccionando su irascible carácter. «Poseía una inmensa y sorprendente capacidad para transformarse en cuestión de minutos —dice Elvira García—. Si su plan inicial era ser fascinante, se mostraba seductora, simpática y bromista. Si a mitad de la fiesta se sentía rechazada o lastimada por alguien, cambiaba de estrategia y se preparaba para atacar. Se volvía una pantera sensual, una leona o un áspid, según las circunstancias. Peleaba para conquistar, humillar o acabar con el otro».        

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El acabose ocurrió, sin embargo, a fines de los cincuenta cuando, sin quererlo, Guadalupe Amor tuvo un hijo a consecuencia de un efímero amorío con un joven abogado (el pintor Juan Soriano aseguraba que era un primo de Juan José Arreola), que sirvió a José Madrazo, quien aún la sostenía a pesar de las descaradas infidelidades de ambos, para cortar por completo con esa insana relación, asunto que sumió en la locura a la poeta.

«El niño nació el 19 de diciembre de 1959 —dice Michael Karl Schuessler en su libro La undécima musa: Guadalupe Amor (Diana, 1995)— y, al escuchar su primer llanto, Pita se dio cuenta que jamás sería capaz de cuidarlo. Su temperamento simplemente no podía tolerar las exigencias de la maternidad. Su hermana Carolina se encargó del bebé, y Pita constantemente lo visitaba y jugaba con él. Un día como tantos otros llegó Pita a la casa de Carito en San Jerónimo para pasar el día con su hijo. Al buscar a Manuelito no lo pudieron localizar en ninguna parte hasta que, finalmente, una sirvienta encontró a la criatura sumergida en una pila de agua. Lo llevaron inmediatamente al hospital, pero ya era tarde: Manuelito estaba muerto».

Según Raúl Anguiano, «allí perdió la razón Pita Amor». Soriano explicaba que dicho acontecimiento no era para sorprenderse, tomando en cuenta las peculiaridades de la poeta: «Pita tuvo un hijo con un primo de Juan José Arreola. Pero Pita lo mismo se hubiera acostado con él que con otro o que con nadie, porque era completamente chiflada de verdad. El ganadero José Madrazo tenía a varias señoras, varias mujeres, a las cuales les regalaba pieles según la importancia de la relación, y Pita siempre estaba peleando la piel que no le había llegado hace un año. Unas relaciones como de puta… de puta de lujo, claro. También cuentan que ella, cuando tuvo el niño, le entró un ataque de veras muy fuerte de locura y quiso matarlo. Entonces Carito se lo llevó a su casa. Esto fue motivo para que Pita empezara a ir todos los días con Carito a llorar, para hacer escenas. Carito estaba verdaderamente hecha pedazos. Para ella fue algo tremendo. La tragedia pasó en un segundo: sonó el teléfono y fue a contestar. Dejó al niño allí con la sirvienta que lo cuidaba. Luego oyó una gritería, salió de la casa corriendo y llevó al niño a una clínica, pero ya estaba muerto. Lo del hijo lo tomó primero muy dramáticamente y todo; pero no era una verdad, tampoco. Era más verdad en Carito; para ella sí fue una cosa tremenda. Pita decía cosas, pero era representación».

Por algo, Guadalupe Amor le dijo a su biógrafo Schuessler que no valía la pena hablar del pasado. «Me  molesta la gente que habla del pasado —dijo la poeta—. Por eso no son felices. Lo único que cuenta es este momento, ahora; esa es la felicidad. Yo soy muy feliz».

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El desprecio que sentía Guadalupe Amor por la gente común era natural en ella. Cuando la veían pasar los peluqueros que vivían cerca de la casa del pintor Juan Soriano, le gritaban por su nombre. La poeta, aseguraba Soriano, se volteaba, irritada, para contestar que no le hablaran porque eran hijos de criados e iban a morir siendo criados.

«Siempre es una aventura, y no siempre agradable, acompañar a Pita durante sus paseos cotidianos por la Zona Rosa —escribe su biógrafo Michael Karl Schuessler—. Un día le presumió a su sobrina que nunca ha sido tan desgraciada como para tener que subir a un pesero, mucho menos a un camión, ya que viaja exclusivamente en los taxis omnipresentes de la Ciudad de México. Por consiguiente, sus encuentros más frecuentes (y crueles) son con los ruleteros. Atraviesa la calle Bucareli, sin importarle si el semáforo está en rojo, amenazando a todos los conductores con su bastón, parándose de vez en cuando en mitad de la calle, esgrimiéndolo a lo que se acerque, lista para enfrentarse con cualquier coche que se atreva a acercarse. Esta imagen quijotesca termina cuando detiene un taxi, claro, con el bastón, y sube, lentamente, no aceptando jamás la ayuda del chofer quien, para ella, no constituye una persona decente».                    

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          Amor que te multiplicas…

          Amor que te multiplicas

          cuando en celos te conviertes

          y toda tu esencia viertes,

          pues amenazas, suplicas,

          callas y luego replicas,

          tramas venganzas ocultas,

          a un tiempo imploras e insultas,

          eres víctima y verdugo,

          fabricas tu propio yugo,

          y en tu infierno te sepultas.

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Un día, después de un paseo sumamente desagradable, confiesa Schuessler, «al llegar a nuestro destino, el pobre taxista cometió el grave error de tutearme. Al percibir esta inmensa falta de respeto, Pita lo amonestó: ‹¿Cómo se atreve a tutear a este señor. Es un príncipe y usted es basura›. El taxista dejó de hablar y yo me puse completamente rojo».

En el momento de pagarle, el taxista le preguntó a Schuessler si su mano no se ensuciaría con el menor roce de la suya ya que, según la poeta, la tenía «puerca de dinero». El biógrafo intentó, en vano, explicarle cómo era la señora, pero al oír aquella conversación Guadalupe Amor la interrumpió con una letanía de insultos:

¡Es usted positivamente odioso! —dijo la escritora al taxista. ¡Indio rabón, inmundo! ¡Nariz de mango! ¡Hijo de criada!

Ay, seño —replicó el taxista—, ya no estamos en tiempos de la Conquista.

Menos mal —respondió la poeta—, porque si estuviéramos ya te habrían matado por indio.

Las anécdotas no finalizan. En una ocasión le presentaron un periodista a Guadalupe Amor. Ella, soberbia e iracunda, dijo que un periodista no podía ser tan feo como el que le acababan de presentar pero, por cortesía, lo saludaba. Días después, el periodista se la topó casualmente en la Zona Rosa. Se acercó a ella, caballeroso y gentil, sólo para oírla gritar, acalorada e intolerante, que ningún hombre tan feo tenía el derecho de interrumpirla en su camino. También son legendarios sus bastonazos a todo aquel que, en los restaurantes, se negaba a comprarle un poema, que no todos, por cierto, conllevan la maestría que algunos admirados críticos de la diva dicen que poseen. Porque, mujer extravagante al fin (y la extravagancia adquiere relevancia en los círculos de la ociosidad burguesa), lo que, después de todo, se admiraba de ella era precisamente su «locura» y no su plataforma literaria:

      Mi locura es portentosa

      mi locura es de espejismo,

      mi vida de cataclismos

      y es de locura la rosa

      y la alada mariposa

      y mis pensamientos mismos.

      Es de platino mi mente

      y mi locura ascendente.                                 

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Mujer desprejuiciada, tal como las heroínas mexicanas de mediados del siglo XX (ya en el cine o en el arte, desde una María Félix hasta una Nahui Olín, admiradas por su enjundioso carácter o por su despilfarro corporal), Guadalupe Amor fue amada por demasiados hombres, pero no necesariamente correspondidos, que la encumbraron, agradecidos, al cenit cultural (al grado de que, por ejemplo, Alfonso Reyes se refiriera a ella como «un caso mitológico» antes incluso de ser convertida en un mito de la urbe por su fragorosa presencia en la Zona Rosa).

La mujer que jamás se inclinaba de no ser para recoger una pulsera de oro, detestaba México. Como María Félix, esa otra mujer que despreciaba la fealdad nativa mexicana, Guadalupe Amor dijo a Mary Lou Daubdeuh, en 1978, que por México no daba nada: «Es que en México no tiene uno seguridad. La gente es malvada. Es una raza maldita. En la calle te empujan, te roban, te insultan. Y los taxistas, no se diga. Te encierran en el carro y bajan los seguros para que cuando te cobren de más y protestes no te puedas bajar. Es un país de cobardes, un país de imbéciles donde triunfan los mediocres; la gente es sucia; ¿y los hombres? Insultan a las mujeres, no las respetan, es un asco de país. Vivo aquí por necesidad. En París nunca me cobró un chofer de taxi y es que yo era tan bonita».

(Estamos ciertos de que Donald Trump jamás la ha leído, ni de que es considerada por la crítica de la mafia cultural como una poeta de ascenso verbal, ni conoce su discurso, para fortuna nuestra, porque podría basar su tesis, la de Trump, en la de ella…)

Pero ahí están sus letras para el que quiera acercarse a esta mujer edulcorada, cursilona, impetuosamente loca que arrancara más de un suspiro masculino y que, por eso mismo, se confundiera su quehacer poético, en realidad a punto, ¡ay!, siempre de conseguir la redondez, con su actitud alterada de la vida. Una mujer como Pita Amor siempre va a hacer falta en las noticias frivolonas del comercio del arte.

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Cuando sucedió el terremoto de 1985, Guadalupe Amor se mostró satisfecha por el percance telúrico. «Fue una poda de nacos», declaró. Hermosa en su momento, hermosura que compartiera desgranadamente con hombres que le pudieran servir en sus fines artísticos (hay que recordar que no sólo escribió una veintena de libros y la grabación de un disco que reúne varias de sus poesías, sino también intervino en el cine, el teatro y la televisión, en Canal Once, en el programa La Señora de la Tinta), aborrecía todo lo que consideraba un estorbo en su vida. Se ufanaba de haber escrito 2,000 sonetos y 1,900 liras (cinco versos, tres heptasílabos y dos endecasílabos), que incluían su propio epitafio (que no es propiamente una lira, sino una sexteta con cinco octosílabos y un decasílabo mal puntuados):

      Es tan grande la ovación

      que da el mundo a mi memoria.

      Que si cantando victoria

      me alzase en la tumba fría.

      En la tumba fría me hundiría

      bajo el peso de mi gloria.

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Hace 20 años dejó de existir la poeta, que a cabalidad nadie sabe de dónde le provinieron la locura y la codicia, ambas condiciones en su momento exaltadas por los varones arrobados de su belleza. Un caso señero de nuestra literatura, en efecto.



FUENTE: NOTIMEX

FOTO:INTERNET

EDICIÓN Y CORRECCIÓN: REDACCIÓN ARTE Y CULTURA EN REBELDÍA

Bebamos, soñadores, antes de quedar sedientos | Víctor Roura

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Este jueves 13 de febrero el británico Peter Gabriel cumple 70 años de vida. Sin contar a Genesis, la banda con la que se diera a conocer, posee en su haber más de medio centenar de grabaciones de las cuales probablemente sólo una decena es de su total autoría, ya que los otros o son compilaciones o música para cine o audiciones en vivo o colaboraciones con varios músicos.

Pero Peter Gabriel es Peter Gabriel…

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Después de haber grabado el álbum doble The Lamb Lies Down on Broadway, en 1974, Peter Gabriel abandonaría el grupo británico Genesis para dedicarse a su carrera como solista, misma que creció de manera desmesurada en cuatro décadas (desde mediados de los setenta a la fecha, con la debida advertencia que en un lapso de 20 años no ha producido una obra realmente suya) con apenas, y esto es lo relevante, un puñado de discos, acaso una decena, porque lo último, que no ha sido poca cosa: nada menos que la fundación de la orquesta New Blood para grabar sus composiciones sinfónicamente.

omo con Sting que dejara a Police para perfeccionar su camino musical, de modo similar Peter Gabriel (Surrey, Inglaterra, 1950) se ha introducido en sí mismo, en diferentes etapas, para definir su creación musical. Primero de manera ardua: cuatro discos de 1977 a 1982; luego espaciadamente: tres discos en tres lustros (de 1986 a 2002 grabó SoUs y Up): de modo intermitente sus dos pistas cinematográficas Passion y Birdy; sus sesiones en vivo como Secret World Live en 1994; su trabajo colectivo para despedir el milenio: Ovo, del año 2000, que más que una meticulosa labor individual consistió en un laboratorio de ideas improvisadas, trabajos con el fin de tratar de llegar hasta el fondo de su veta creativa, dejándolo prácticamente exhausto. (Y no hablemos de las generosas colaboraciones con múltiples artistas acorde a su propia ideología cultural como, digamos, Johnny Warman.)

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Pero no sólo eso.

El compositor, además, se ha interesado por todas esas músicas, tradicionales o no, que se realizan fuera del orbe gravitacional de la centralizadora industria roquera, que no quiere sino recuperar y ganar con amplio margen, rápidamente, sus inversiones. De ahí que, a principios de los ochenta, Peter Gabriel organizara el Festival Womad, consistente en agrupar conjuntos instrumentales de los países no desarrollados —o en vías de— tales como los africanos, asiáticos e incluso (latino)americanos. El festival fue, evidentemente, un total fracaso económico, aunque no cultural. Fue precisamente su ex grupo Genesis, con un concierto solidario, el que lo ayudara a recuperar su cuantiosa pérdida financiera.

Otra actividad sorprendente de Peter Gabriel es su habitual participación en la programación escolar para un contacto permanente con las tradiciones musicales. Con el paso de los años, y viendo que, pese a su denodado empeño, las casas discográficas seguían ignorando las otras músicas del mundo, Peter Gabriel se construyó, en las afueras de Bath —en su natal Reino Unido—, los estudios de Real World, su propia compañía grabadora que ha dado a conocer a veintenas de magníficos, mas desconocidos y [¿ex?]anónimos, instrumentistas y compositores cuyo mercado no se halla en el descarado despliegue mercantilista de los centros comerciales establecidos a instancias de las discográficas transnacionales.

Es ingente esta labor, sin duda. En 2014 Peter Gabriel editó un álbum triple para celebrar el primer cuarto de siglo de su Real World Records que, a la fecha, ha grabado alrededor de medio centenar de discos. Su caso es señero, acaso sólo equiparable a las búsquedas sonoras que hace el californiano Ry Cooder (1947) respaldando a y respaldándose con diversos músicos del mundo

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Ya desde 1980, con su tercer álbum personal, Peter Gabriel derrumbaba mitos y convenciones de la música financiada por las grandes empresas: con su pieza “Biko”, convertida en un clásico himno contra el apartheid en Sudáfrica, se internaba, con solvencia y esmero, en la independencia roquera. Pero sus decires no son nada más de palabra: no sólo se preocupa por las intervenciones ecologistas de Greenpeace sino, en 1992 (una década después de haber lanzado por vez primera su necesario Festival Womad), funda el programa Witness, el cual consiste en la entrega de videos a los activistas en favor de los derechos humanos para que sus denuncias sean objetivamente irrefutadas. También se sabe de sus colaboraciones con Amnistía Internacional. Al igual que Bono, el vocalista de U2, Peter Gabriel viaja por el mundo (vivió una temporada en Dakar para mirar de cerca los problemas de la miseria humana) no como turista ejecutivo, como lo hace Bono, sino como un ser afligido por el pesaroso desengaño político que tiene en la penuria al orgullosamente “globalizado” mundo. Pero lo hace con discreción, nunca con énfasis exhibicionista, como ya saben quién.

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A fines de los setenta, cuando Peter Gabriel edita su primer disco solista, ya hay en él esa inquietud por las letras que digan algo, por la música perfecta (¡cuando se integra a la poderosa banda Genesis tiene apenas 16 años de edad!), por la sonoridad conceptual de un trabajo discográfico: en la canción “Moribund, the burgermeister” habla del caos en la plaza del mercado, de la fiera multitud, de algunos cuerpos que saltan al aire y de gritos que dicen que se ahogan en un torrente de agua, “otros se arrodillan mirando a un salvador que emerge del barro / oh, madre, me está devorando el alma: / destruyendo la ley y el orden voy a perder el control”.

En este mismo disco (sus cuatro primeras grabaciones se intitulan de idéntica manera: Peter Gabriel, volúmenes primero al cuarto), en “Here comes the flood”, también transmite su pesadumbre por la especie humana, asunto que ha hecho a lo largo de su carrera sin caer en la depresión: “Harto, el bajo mundo navegaba en las alturas. / Olas de acero arrojadas al cielo. / Y mientras los clavos se perdían en la nube, / la cálida lluvia empapaba a la multitud. / Señor, aquí llega el diluvio. / Diremos adiós a la carne y a la sangre / si de nuevo los mares quedan en silencio. / Si queda alguien vivo / será quien dio sus islas para sobrevivir. / Bebamos, soñadores, antes de quedar sedientos”.

Si ya desde sus primeros discos su escepticismo era demasiado visible (en la canción “Mother of violence”, del segundo álbum, decía que cada vez se hacía más difícil respirar y “creer en cualquier cosa”), cuantimás posteriormente, con un poco menos de 70 años de vida y la madurez en su cenit, que logra cristalizar, de forma paradójica, en hermosas piezas sonoramente complejas pero abiertamente accesibles: la absorción de los sonidos del mundo, y la disposición suya de ser copado por mentalidades musicales tan contrarias a su cultura, han hecho de Peter Gabriel un compositor y un instrumentista realmente sin par en la escala del rock contemporáneo.

Su vanguardismo, en un medio donde la vanguardia no es sino una etiqueta pop comercializadora más, es tan palpable que su propia música se distancia, en verdad, kilométricamente de los demás productos roqueros. Su Up del año 2002 (disco que ha tardado en salir una década, si tomamos en estricta consideración que su anterior trabajo en el estudio de grabación data de 1992: Us) es, artísticamente, una propuesta musical invaluable de principios del siglo XXI. Un disco perfecto, por donde lo quiera uno escuchar.

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Es una verdadera lástima que las nuevas disposiciones auditivas digitales lo hayan distanciado bruscamente del acto mismo de grabar conceptos sonoros al percatarse, Peter Gabriel de que con una sola canción ahora los “artistas” consiguen ser reproducidos, sin necesidad de acudir a un disco completo (donde se puede, o podía, apreciar la propuesta creativa del autor), miles de millones de veces en impulsos espontáneos colectivos necesariamente transitorios…



FUENTE: NOTIMEX



 

2019, setenta años de la mafia cultural | Víctor Roura

[El domingo 6 de febrero de 1949 surge un suplemento cultural en el ya desaparecido diario Novedades que encumbraría, en una estrategia calculada y fortalecida conforme pasaban los años, a determinados personajes del intelecto artístico por una decisión muy suya manteniéndose en el poder cultural pese a que el implacable tiempo ha ido mermando al cerrado grupo con sus muertes naturales. Pero la costumbre del poder es una y la misma, no importa si ésta se establece en los rigores del pensamiento reflexivo.]

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El poder tiene numerosos, predeciblemente leales, seguidores. No sólo político, sino en todos los órdenes de la vida.

      No se diga el cultural.

      Cuando Fernando Benítez se introdujo en los medios de comunicación, inaugurando en 1949 el suplemento “México en la Cultura” en el periódico Novedades no sólo creaba un centro de congregación intelectual sino, sobre todo, un poderoso núcleo cultural de amistades que, en las acertadas palabras de Luis Guillermo Piazza, en poco tiempo se afianzaría en una mafia que, como todas las mafias, sería muy pronto un coto de privilegios donde la inclusión sería permanentemente vigilada y rigurosamente calificada.

      Como tal, pese a la intervención de personajes considerados de ilustre progresismo, el grupo no advertiría en sus estatutos, si bien nunca escritos, el modelo de la democracia sino todo lo contrario, aunque suene paradójico, porque de paradojas siempre se ha visto expuesto el quehacer cultural del país.

      Conservadora a su pesar, la mayoría de los que conformaron esa famosa mafia (porque no todas las mafias se hacen de fama y prestigio) de la cultura vivió determinando y juzgando las actitudes y los trabajos de los creadores que giraban en su entorno, pues su ventaja era que tenían una tribuna donde verter o airear sus facultades, sus decisiones, pareceres y reprobaciones, opiniones y veleidades, simpatías y antipatías, sus alabanzas y sus detracciones, sus violencias y sus amabilidades, sus lucideces pero también sus arbitrios, y aprovechándose de  este espacio fue categorizando y evaluando la actividad cultural mexicana en un momento en que no existía tal rango clasificatorio, porque México apenas entraba a una etapa de composición social tras sólo dos periodos sexenales (Lázaro Cárdenas, 1934-1940, y Manuel Ávila Camacho, 1940-1946) luego de los complejos, convulsos y aparatosos acomodamientos políticos que dejara la Revolución unas cuantas décadas atrás.

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Fernando Benítez ?que viviera 88 años, de 1912 a 2000? era ya un periodista consagrado en los años cuarenta dirigiendo incluso El Nacional, el periódico del gobierno, acatando los nombramientos a modo cuando el funcionario acomodaba sus piezas, con cauto descaro, en los distintos medios de comunicación (¡para seleccionar al conductor nocturno de noticias Televisa tenía que contar con la aprobación del presidente de la República, por ejemplo!), afirmándose éstos ?los medios de comunicación? en su preclara sobrevivencia.

      Cuando a Fernando Benítez lo despiden de la dirección de El Nacional, luego de la inesperada muerte del entonces secretario de Gobernación, amigo de Benítez, el periodista decide ahora apostar por la cultura mirándola abatida, desolada, sin liderazgo alguno. Según Víctor Manuel Camposeco, autor de la historia de los primeros pasos en la cultura de Benítez, en uno de los libros de la colección “Periodismo Cultural” que la Secretaría de Cultura eliminó de sus obligaciones (para pasarle la responsabilidad al Fondo de Cultura Económica), muy probablemente Fernando Benítez se gastó en un bar los 500 pesos que le abonara el periódico como último pago por su dirección editorial. Lo que no dice Camposeco es que 500 pesos para 1948 era, en efecto, muchísimo dinero, cantidades excesivas que los políticos, por costumbre, compartían a los periodistas favorecidos.

      De ahí que se entienda el sencillo traspaso de Benítez al Novedades con la intención de crear en ese periódico un suplemento cultural. Después de todo, Fernando Benítez era, y lo fue siempre, amigo de todos los presidentes de México. ¿A quién no conviene un personaje de ese talante en una empresa periodística?

      Fernando Benítez se inicia en la cultura durante la administración de Miguel Alemán Valdés (1946-1952) empezando, a la vez, a distribuir los dones creativos de acuerdo a sus particulares perspectivas ajustadas, sobre todo, a sus cercanías o distanciamientos entre sí: la inteligencia también puede ser estratégicamente sectorizada, elitista o autoritaria y causar canales exclusivos de propia beneficencia. Porque la inteligencia es una cosa y la ambición otra cosa. Porque el buen hombre no necesariamente es un artista y el artista no siempre es un buen hombre.

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Si eran amigos, todo en su derredor era bueno; pero si no lo eran, sus defectos saltaban a la vista demasiado visibles. Este empeño por fortalecerse culturalmente atrajo graves consecuencias, como la admiración, indivisible, a ciertas figuras con obra mediana, por ejemplo, en la narrativa, sobradamente exaltada por la mafia, de autores como Juan García Ponce, Salvador Elizondo o Sergio Pitol; el mismo Carlos Fuentes anda a veces con tropiezos en su escritura, y errada ocasionalmente en sus conceptos de investigación, obras que han pasado por insuperadas y gloriosas, merecedoras de tesis universitarias y estudiadas hasta el cansancio por un profesorado dispuesto a no discutir con los resultados aprobatorios de los consagrados intelectuales, renuentes a los debates, problema que se ha extendido de manera ininterrumpida por siete décadas.

      Porque lo que ha traído este consentimiento generalizado ha sido una pléyade de cortesanos que ha continuado los tópicos impuestos para acomodarse resueltamente a la diestra del poder. De ahí que esta persistencia temática haya durado tanto tiempo, al grado de que, ya desaparecidos casi todos los que reinaron y vigorizaron esta mafia cultural, la teoría cultural, promovida y establecida a partir de la década de los cincuenta, permanezca inamovible, casi incólume, siendo aún beneficiada por las instituciones del Estado, cuestión que podemos observar, con claridad, con el magnífico trato que habían recibido, por lo menos visiblemente hasta antes del inicio presidencial morenista, dos grupos antípodas entre sí como Clío y Nexos, a los que el gobierno federal había compensado generosamente en su economía personal. No sólo eso. La mafia cultural en su totalidad dependía directamente, para su sobrevivencia, de la cortesía gubernamental: desde Miguel Alemán Valdés hasta Enrique Peña Nieto, doce sexenios, setenta y dos años, de consentimiento financiero. Que no es poca cosa. La costumbre se hizo ley. Por eso la desavenencia actual, la muina, la incomprensión, el choque, el enfado.

      La muerte de Fernando del Paso, ocurrida el 14 de noviembre de 2018, hizo olvidar a los dolientes, por ejemplo, su adhesión a la burocracia gubernamental porque, finalmente, Del Paso fue beneficiado enormemente por el funcionariato cultural, como toda la mafia que reinara la mitad del siglo XX (1949-1999).

      [Y aquí el señalamiento de los acomodamientos en el poder nada tiene que ver con los pensamientos o los resultados artísticos de los creadores, que una cosa no tiene que ver con la otra, porque en el caso de Fernando del Paso, por ejemplo, estamos hablando, en efecto, de un escritor de altura: su José Trigo, digamos, es una novela insuperable. Hablo, sobre todo, de las cercanías con el poder, complejas en sus resoluciones prácticas, que no teóricas, éstas de sencilla expiación cuyo máximo modelo, en México, lo tenemos en Octavio Paz, uno de los lúcidos exponentes de las tesis de la cortesanía y el principado, aunque en vida siempre el poeta dependió del Ogro Filantrópico para sobrevivir a sus anchas. ¡Cuán difícil resulta cruzar el puente entre lo dicho y lo hecho!]

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Cuando empieza el siglo XXI fallece Fernando Benítez, la cabeza visible de ese núcleo avasallador y arbitrario (¡porque ay de aquél que se opusiera a sus ideas, desterrado que era del círculo privilegiado!), aunque su secuela beneficiadora continuara hasta el día de hoy con becas, distinciones, galardones, viáticos, viajes, compensaciones, mimos, alud económico, que durante el salinato encontrara su máxima expresión. Octavio Paz influyó con su amigo el mandatario para crear el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, ese enorme centro de beneficencia para una mafia férrea y centralizadora.

      Y, sí, en esta eclosión mafiosa participaron ilustres personalidades del intelecto, que en nada disminuye sus talentos aunque sí visibiliza sus infamias.

      Pero en nombre de esta obnubilación admirativa se han cometido, efectivamente, numerosas mezquindades y vilezas.

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En una ocasión, cuando el periódico La Jornada aún estaba instalado en el número 68 de la calle de Balderas, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, todavía ni un año teníamos de iniciar aquella aventura periodística, me hallé al ya desaparecido Sergio González Rodríguez y a Fernando Solana Olivares cargando tantos voluminosos libros que hasta el sudor perlaba, incontenible, sus respectivas frentes. Esperaban el elevador, impacientes. Estaba yo a punto de preguntarles por qué el ejercicio extenuado cuando en ese momento apareció Fernando Benítez, su jefe (Solana Olivares y González Rodríguez eran, ambos, secretarios de redacción del suplemento cultural de La Jornada), quien, encolerizado por algún motivo, les gritaba:

      ¡Órale, pendejos, que no tengo su tiempo!

      Ignoro cuántas vueltas dieron para obedecer a su patrón en el cargamento de libros que le llegaban, por veintenas a la semana, al director del suplemento.

      Yo los miré, a Sergio y a Fernando, moviendo la cabeza de un lado a otro, compadeciéndolos.

      Pero sabía que, pese a aquella ingratitud, los dos secretarios de redacción siempre iban a hablar de la generosa actitud de don Fernando en la prensa cultural. Porque es como una costumbre referirse así a un escritor de fama, adjetivo que la misma mafia se impuso para congraciarse consigo misma.

      Empezaba 1985, faltaban todavía tres años más para que su economía personal, para cada uno de los miembros de esta fortalecida mafia cultural, se estableciera con una firmeza nunca antes vivida: en 1988 Carlos Salinas de Gortari les concedería la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes para que dispusieran a su antojo del presupuesto anual otorgado por el gobierno federal, que la mafia utilizó para su sagrado provecho.

      ¿No las primeras becas que concedió el Conaculta fueron otorgadas para el propio jurado que determinaría las compensaciones de esa nueva instancia benefactora suya?

      ¿No el poeta Marco Antonio Montes de Oca se vio sorprendido al ser abordado por la prensa para preguntar por su proyecto ganador y el afamado escritor no estaba enterado de su fortuna por el solo hecho de ser amigo de Octavio Paz?

      ¿No esta misma mafia era la que no concedía reconocimientos si los creadores no los solicitaban mediante una inscripción o una petición suscrita?

      ¿No existe, aún, un jurado que determina premios y castigos artísticos?

      René Avilés Fabila murió en octubre de 2016 sin haber obtenido el Premio Nacional de Literatura tras haberlo solicitado casi por una década, misma situación que aconteciera con el también ya fallecido, en diciembre de 2016, Guillermo Samperio. Porque no coincidían con los pareceres del glamoroso jurado que determina estas circunstancias. Porque los premios, en realidad, muchas veces no son reconocimientos sino compensaciones.

6

El suplemento del Novedades se sostuvo de 1949 a 1961, año en que fuera expulsado Fernando Benítez de ese diario, donde publicara 665 números de “La Cultura en México”. Después, amigo de presidentes, Fernando Benítez se trasladaría a la revista Siempre! para continuar creando el suplemento ahora con el nombre invertido: “México en la Cultura”. Con dinero de por medio proporcionado por la Presidencia de la República, la mafia cultural prosiguió, indemne, su labor intelectual con el mismo objetivo de crearse, con sus insignes inteligencias, para sí un altar.

      Y esa fue, es, la línea idónea para afianzar un grupo con múltiples satisfacciones en su interior. Como en la política, que los miembros de un partido callan las atrocidades internas para poder continuar impunes con los indebidos exabruptos, lo mismo sucede en cada secta.

      No podía ser de otra manera también en la cultura, por supuesto.

      Estas siete décadas no fueron en balde para sus creadores, no así para el adjetivador de este poderoso núcleo, el escritor argentino, avecindado en México, Luis Guillermo Piazza (1922-2007) quien en su libro La mafia (1968) apunta varias obscenidades acometidas por estos intelectuales, que le valieran, a Piazza, el destierro cultural, por cierto.

      Los ínclitos fundadores de esta mafia se han ido diluyendo por el implacable tiempo.

      Pero sus enseñanzas no han disminuido, pues las apreciamos, a veces con demasiada alevosía, en algunas publicaciones contra los que no pertenecen a su mismo círculo, silenciando su paso por este mundo. Emmanuel Carballo (1929-2014) entendía muy bien este encajoso procedimiento: decía que no había nada peor para un creador que el silencio en torno suyo, práctica que realizaba con premeditada alcurnia la mafia cultural, paradójicamente considerada “progresista” por la prensa mexicana. Y los que hacíamos notar estas minucias éramos, sencillamente, unos resentidos del sistema, fácil manera de saldar el espinoso asunto, tal como comentó una vez Hugo Hiriart a un reportero que lo entrevistaba para un periódico que yo dirigía.

      Roura está resentido con el Conaculta porque ha pedido becas pero no las ha obtenido, dijo Hiriart.

      El reportero le dijo que Víctor Roura no había pedido ninguna beca, pero Hiriart desestimó la afirmación zanjando el asunto: él estaba en lo cierto, no el reportero, y allí se acababa el tema.

      Pero yo no he pedido, hasta este momento de mi vida, ninguna beca a ninguna institución cultural. Sin embargo, no me sorprendió el hecho pese a la demoledora inteligencia de Hugo Hiriart simplemente porque su creencia se ajusta perfectamente a los cánones discursivos proclamados por la mafia: quien no está con ella, está contra ella.

      Y punto.

      No hay vuelta de hoja.

Para eso precisamente se crean grupos, no para pluralizar culturalmente al país sino para apropiarse sectariamente, si dicho núcleo prospera, de los posibles beneficios que la práctica intelectual trae consigo.

Las enseñanzas de la mafia cultural, con poderosos profesores como Fernando Benítez, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Jaime García Terrés u Octavio Paz, han sido resistentes a los cambios sexenales, permanecido impertérritas en la práctica y absolutamente indispensables, por el simulacro, bien plantado y planteado, del progresismo político que no daña ni perjudica las entrañas del sistema establecido, ni en las decisiones que se toman en las burocracias oficiales: la apariencia crítica es un detonador satisfactorio en las políticas oficiales.

¡Porque ahora resulta que haber servido a Díaz Ordaz y a Luis Echeverría, o a Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, o a Vicente Fox y Felipe Calderón, o a De la Madrid y Peña Nieto, tal como lo hicieron numerosos creadores inmersos en la mafia cultural, ha sido parte de un irremediable orgullo del que hoy se congratulan pensadores y artistas!

Setenta años después…



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Los 110 años de Fante, el Dios de Bukowski | Víctor Roura

1

Este año es el 110 aniversario de John Fante, el padre literario de Charles Bukowski, que en agosto del próximo año se celebra su centenario natal.

      Cuando a Bukowski le preguntaban quién lo había influido en la escritura, jamás dudaba en contestar que no había otro sino sólo Fante, a quien recorría una y otra vez.

      Y en este abril se cumplieron los 110 años del nacimiento, en Colorado, de este distinguido autor poco valorado en las letras del mundo.

2

John Fante adquirió notoriedad luego de su muerte, ¡al grado de que el Lifetime Achievement Award lo galardonó en 1987, cuatro años después de su fallecimiento! Hijo de emigrantes italianos, trabajó como guionista en Hollywood cuando esta labor no era millonariamente remunerada. Charles Bukowski lo tuvo como su tutor literario, razón por la cual ?al adquirir aquél la fama de escritor contracultural con la que fue bendecido en vida? fue redescubierto por el mundillo bibliográfico.

      Lo cierto es que, mientras vivió, Fante no las tuvo todas consigo. Inédita hasta 1985, Un año pésimo ?escrita a lo largo de la década de los sesenta? no es, ni con mucho, su mejor novela, pero contiene todos esos elementos que harán de su tetralogía sobre Arturo Bandini, acaso su alter ego, esa perfecta concepción prosística que, en cuatro volúmenes (Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Camino de Los Ángeles y Sueños de Bunker Hill), unifica una poderosa historia sobre los desterrados de este reino.

      Veinte años después de publicada por Black Sparrow Press, Anagrama ?en una traducción de Antonio-Prometeo Moya? virtió al español, por fin (en 2005), la novela que nos faltaba leer de Fante: Un año pésimo, la más debilitada, en efecto, pero que, hacia el final de su lectura, exhibe trazos de grandiosa percepción humana, tal como Bandini, a quien, a un paso de cometer incalificados improperios, le vuelve la sangre al corazón en los momentos decisivos.

      En Un año pésimo, Dominic Molise tiene diecisiete años y su futuro, a ojos vista, no era nada próspero. “Estaba en Roper, Colorado, haciéndome más viejo cada minuto que pasaba ?cuenta el propio Molise?. Me faltaban seis meses para cumplir dieciocho años y terminar el bachillerato. Medía un metro sesenta y dos de estatura y en tres años no había crecido ni un centímetro más. Tenía las piernas arqueadas, los pies hacia dentro y unas orejas dignas de Pinocho. Tenía los dientes torcidos y más pecas en la cara que un huevo de codorniz”.

      Un desastre, el jovencito Molise, y él mismo se daba lástima. Señor, murmuraba para sí, porque en aquella época era un creyente que hablaba con sinceridad a su Dios: “Señor, ¿es esto lo que quieres?, ¿para esto me has puesto en la tierra? Yo no te pedí nacer. No tuve absolutamente nada que ver con eso y sin embargo heme aquí, formulando preguntas justas, inquiriendo por los motivos, así que respóndeme, dame una señal: ¿es ésta la recompensa que obtengo por tratar de ser un buen cristiano, por doce años de clases de doctrina católica y cuatro de latín?, ¿es que he dudado alguna vez de la Transustanciación, de la Santísima Trinidad o de la Resurrección?”

3

El adolescente Molise está perdido, obviamente, como tantos otros millares de jovencitos que se cuestionan su estar aquí y ahora.

      “¿Estás jugando conmigo? ?pregunta Molise a Dios?, ¿se te han ido las cosas de la mano?, ¿has perdido el control?, ¿ha tomado Satanás el poder? Sé sincero conmigo, porque vivo atribulado todo el tiempo”.

      No obstante, era un privilegiado. O se creía un privilegiado. Uno entre millones. A pesar de las múltiples contrariedades, él contaba, a diferencia de tanta juventud defectuosa, con una virtud que, confiaba, le cambiaría completamente la vida: “En aquella época daba yo buenas zancadas, tenía paso de pistolero, la desenvoltura del típico zurdo, con el hombro izquierdo algo caído y El Brazo colgando a su aire, como una culebra; mi brazo, mi bendito brazo, el brazo santo que procedía de Dios, y aunque el Señor me había creado de un pobre albañil, me había cubierto de oro al colgarme de la clavícula aquel prodigio”.

      Era el zurdo más grande del mundo… si bien el mundo aún lo ignoraba. Su pobreza impedía que todos lo conocieran, y su edad. Su edad. Todavía no era adulto, y por mucho brazo de oro que tuviera nadie se lo creía. Pero, ¿no todos los grandes beisbolistas procedían de cunas humildes? ¿Quién iba a decir que el empobrecido Babe Ruth se convertiría en un rico hombre con los años? Por eso Dominic Molise hablaba con su brazo. Era su único consuelo. El Brazo siempre lo calmaba. El buen Brazo izquierdo se hacía cargo de la situación.

      Le decía: “Tranquilo, chico, es la soledad, estás totalmente solo en el mundo; ni tu padre ni tu madre ni tu fe pueden ayudarte, nadie ayuda a nadie, sólo tú puedes ayudarte y por eso estoy aquí, porque somos inseparables y nos ocuparemos de todo”. ¡Oh, Brazo, Brazo fuerte y leal!, se decía Molise, “háblame con dulzura. Háblame de mi futuro, de los aplausos de las multitudes, de la pelota colándose a la altura de las rodillas, de los bateadores entrando y saliendo descalificados, fama, fortuna y victoria, todo eso tendremos. Y un día moriremos y yaceremos juntos en la misma fosa. Dom Molise y su estupendo Brazo, el mundo del deporte se estremecerá de dolor, el telegrama del presidente de la nación a mi familia, las banderas a media asta en todos los estadios del país, los admiradores llorando sin ninguna vergüenza, la biografía en cuatro partes publicada en el Saturday Evening Post: El Triunfo Sobre la Adversidad, la Vida de Dominic Molise”.

4

Pero, bueno, mientras el futuro permaneciera en ese distante sitio, Dom Molise sufría en el presente. Enamorado inútilmente de Dorothy Parrish, la hermana de su mejor amigo Kenny, el mismo que lo animaba a fugarse del pueblo para probar fortuna con los Cubs de Chicago. Al fin y al cabo, Dom Molise era el mejor pítcher del mundo: el dinero vendría con facilidad desde el primer dolarizado contrato.

      Pero el padre de Molise no creía en esa patraña.

      Eres bueno, chico, dijo a su hijo cuando éste le confesó sus intenciones?, pero no lo bastante duro. ¿Sabes de qué estoy hablando? Esos hombres son de hierro. Son duros, están curtidos. Te machacarán en el campo. Te matarán. Te partirán el corazón.

      Y si su padre no lo apoyaba, de todos modos él se iría. Era ya una obsesión. La pobreza estaba matando al adolescente. Así que, con su amigo Kenny, roba la indispensable hormigonera de su padre albañil para venderla y con el dinero poder fugarse del maldito pueblo. Sin embargo, una serie de inesperadas situaciones harán cambiar la originaria estrategia de ambos muchachos: la abuela que es testigo imprevisible del robo, el súbito arrepentimiento de Kenny y la propia conciencia de Dominic que en el último momento prefiere enfrentar las cosas de cara con su padre, quien, de buen corazón pese a sus visibles incompetencias e inepcias, sacrifica lo más preciado de sus instrumentos de trabajo (al fin y al cabo casi siempre está desempleado, prefiriendo vivir en casas ajenas, lejos de su abandonada familia) para poderle dar el dinero a su hijo y largarse, sí, a probar suerte en el orbe profesional del beisbol.

      No obstante a Dominic le ha dicho que le han prestado los escasos dólares, pero cuando el niño descubre el tamaño del sacrificio paterno, casi se conmociona: ¡la hormigonera que él se quería robar para su provecho finalmente su padre la ha mal vendido para satisfacer a su hijo, a ese hijo que quién sabe si alcanzó su objetivo financiero, si pudo pagarle a su padre el adeudo con el que le mostró (¡por fin!) cuánto lo quería, si logró conquistar al mundo deportivo!

5

Para Charles Bukowski, John Fante era como un Dios, según él mismo apuntó en el prólogo al libro Pregúntale al polvo, que Anagrama en 2001 agregó a su colección “Panorama de Narrativas” 21 años después de que Empúries / Paidós la diera a conocer en español en una traducción de Antonio-Prometeo Moya, la misma edición que la barcelonesa Anagrama incorporó a su catálogo.

      En la Biblioteca Municipal de Los Ángeles, Bukowski dio involuntariamente con ese volumen de Fante. “Pasé unos minutos hojeándolo ?escribió Bukowski?. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedió con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia”.

      Sí: John Fante tuvo sobre Bukowski un efecto poderoso.

      No por otra cosa sino porque la escritura de Fante es asombrosamente parecida a la suya: Bukowski, sin saberlo, escribía como Fante. Cuando Bukowski tenía 19 años de edad, se publicó por vez primera, en 1939 (hace exactamente ocho décadas), Pregúntale al polvo, novela con todos los ingredientes bukowskianos que harían alterar y conmover al propio Bukowski 40 años después.

      “Fante fue para mí como un Dios ?apuntó Bukowski en el prólogo de este libro en su edición norteamericana de 1980?, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarlos en paz, que no hay que llamar a su puerta”. Sin embargo, sí lo conoció: cuatro años antes de la muerte de Fante, Bukowski tuvo la oportunidad de rendirle personalmente pleitesía. Así se enteró de las desgracias y de las frustraciones de este autor, que no conoció en vida, a diferencia de Bukowski, la fama y la consecuente derrama económica. Fante trabajó como guionista de tercera en Hollywood y no obtuvo, nunca, ningún reconocimiento por su literatura sino, y sobre todo en Europa, hasta después de su muerte.

      Bukowski se entusiasmó con el estilo fanteano, porque creyó leerse a sí mismo.

      Pregúntale al polvo es la historia del escritor Arturo Bandini, el alter ego ?como ya se apuntó líneas arriba? de Fante (tal como Henry Chinaski era el de Bukowski), que lucha por sobrevivir en los arrabales de Los Ángeles. En un deprimente restaurante conoce a la mexicana Camila López, de quien se enamoraría perdida e inútilmente. A partir de ahí, Fante se regodea en su misoginia, se adentra al mundo perverso del sadomasoquismo, se interna en las miserias del alcohol y las drogas, en las esferas del odio y el amor oprimido. Cuando empieza a pensar en la atractiva Camila y en su despreciable origen latino, Bandini se enorgullece de su raíz anglosajona. El asunto eterno, mal entendido, inexplicable, discriminatorio, racista, incomprensible, vertebral, insolidario o solidario, de las migraciones.

      La primera vez que salieron, Bandini le miró directamente sus pies.

      ?Las sandalias que calzas ?dijo?, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?

      [Hay que recordar que la traducción de la novela proviene de un español y para los españoles los malditos latinoamericanos son unos “sudacas” asquerosos y grasientos, hijos de la mala madre, seres inferiores de una tierra ínfima, por eso fácilmente conquistada.]

      Luego de decirle a Camila lo que tenía que decirle, Arturo Bandini enderezó la espalda y se alejó contoneándose, silbando de satisfacción: “En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en recogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas. Yo era norteamericano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos, los norteamericanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los norteamericanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América”.

      La reproducción ideológica no ha cambiado desde entonces, sino todo lo contrario. La novela exhibe el odio supremo que reinaba, y reina, en las tierras del imperio vecino. Como buen hijo de migrantes, Fante no callaba lo que en torno suyo giraba.

6

Cuestión de nacionalismos adoptados: al igual que Bukowski, alemán en la sangre pero ferviente patriota estadounidense, Fante llevaba en las venas la sangre italiana pero era un pundonoroso y soberbio yanqui (o como varios hijos de mexicanos que ya olvidaron el español, como en el caso del dreamer Carlos Santana).

      La piel se me pone chinita con estos temas, caray.

      Ambos, Fante y Bukowski, despreciaban literariamente a todos aquellos que no formaran parte de su aldea global. Pregúntale al polvo, en efecto, es una historia bukowskiana en el sentido que se lee fluidamente, rabiosamente, donde tienen cabida el desamparo y el sufrimiento del submundo social no atendido ni visualizado por quienes detentan los poderes económicos. Bandini desea ser un famoso escritor, pero su desastrosa vida sólo lo hace cometer estupideces que lo arrastran, cada vez más, a la desesperación sin freno.

      A pesar de que, al final de la novela, consigue buenos contratos con su casa editorial, Bandini ya no tiene remedio porque Camila, esa infeliz mexicanita, lo ha trastornado por completo. La busca con ferocidad y cuando por fin la encuentra nada más es para insultarla y rebajarla por su, según él, inferioridad femenina (“para mí serás siempre una obrerita tonta, una violetera del querido México”). A tal grado es el sometimiento que la pobre Camila siente en Los Ángeles (ella también reniega de ser mexicana, quiere ser una norteamericana sin conseguirlo por sus visibles atributos físicos) que cambia su López por Lombard a ver si con eso modifica su suerte (¿no Jennifer López decidió mejor convertirse en Estados Unidos en JLo?). Pero ya ha conocido a Bandini y su destino está trazado: será suya cuantas veces el hombre lo quiera hasta que ella se enamore de un tuberculoso y las drogas la perturben de por vida.

7

Amor y odio. Cuando Bandini siente que la está perdiendo, reconoce que es la hembra más hermosa que ha tenido entre sus brazos. Y no puede recuperarla nunca más. La busca en los hospitales y en los sitios más inesperados, en vano. La última vez que vio a Camila “nada tenía que decir con los labios, pero sus facciones cadavéricas, el tamaño y blancura excesivos de los dientes, la sonrisa asustada me hablaron con diáfana elocuencia del horror que presidía sus días y sus noches”. Camila desapareció haciendo enloquecer, casi, a su amado verdugo. El amor bukowskiano, desde los tiempos de Fante, es, y ha sido siempre, románticamente imposible.



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Toledo, al margen de la cúpula intelectual. La representación de la cultura mexicana | Víctor Roura

Se cuenta que al principio de la década de los ochenta, antes de que el presidente Carlos Salinas de Gortari obsequiara a Octavio Paz un Consejo cultural para que a su manera se repartiera el dinero la cúpula intelectual que él, Paz, lidereaba, el director del Instituto Nacional de Bellas Artes, entonces la dependencia que velaba por los intereses de la cultura nacional, esperaba en su oficina a Francisco Toledo, el llamado, por méritos propios, a ser la figura de la pintura mexicana que aún la representaba el también oaxaqueño Rufino Tamayo, quien nadie, hasta ese momento, le hacía sombra.

Se acababa de inaugurar, con bombo y platillos, el Museo Tamayo en Chapultepec en la Ciudad de México. En 1981. Le faltaban todavía diez años por vivir a Tamayo, quien muere, longevo, en 1991 a los 91 años de edad. Hasta el fin de sus días gozó del consentimiento oficial, como lo hizo la mayoría de la intelectualidad festejada con grandilocuencia en los periodos priista y panista. Porque hasta los más (supuestamente) críticos vieron coronados sus objetivos y caprichos ya con una designación diplomática, o mediante viajes alrededor del mundo para simbolizar al país en diversas actividades culturales, en coloquios particulares, con becas perennes o incluso con la construcción de un museo (o la sede de un espacio para tal fin, como ocurrió, por ejemplo, con el Museo del Estanquillo que en vida le perteneciera a Carlos Monsiváis).

Toledo no participaba de dichas gracias. A diferencia de la clásica codicia que suele identificar a los creadores nacionales, que buscaban el mimo económico consiguiéndolo con abrumadora ventaja, Toledo con su propio dinero edificó monumentos ya históricos en su natal Oaxaca, donde se puede señalar, físicamente, la obra tangible de Toledo, no así de Tamayo, por muy grande pintor que haya sido.

Cuando apenas tuvo un percance incendiario en su biblioteca, el gobierno no demoró en regalarle (prestarle, facilitarle, condonarle, servirle) una casa en Coyoacán al poeta Octavio Paz, misma que a su muerte recuperó. Ricardo Garibay cuenta en un libro suyo cómo el presidente Gustavo Díaz Ordaz le donaba cheques cada mes por una cantidad exacerbada de miles de pesos después de llevar a cabo, Gobernación por órdenes del mandatario, el asesinato masivo el 2 de octubre de 1968. Y el escritor hidalguense se sintió orgulloso de ser tomado en cuenta y recompensado por, según dijo, su prístina literatura.

Durante las primeras becas que otorgó (iba a apuntar se otorgó) el Gran Jurado del Sistema de Creadores, una le fue otorgada al vate Marco Antonio Montes de Oca. Nadie se hubiera incomodado con la noticia de no haber sido por una propia impertinencia del poeta, amigo cercano de Paz, cuando al ser entrevistado de manera imprevista acerca del proyecto que presentó para adjudicarse la milagrosa beca, Montes de Oca se mostró sorprendido porque en realidad nada sabía de su premio ni jamás había presentado ningún proyecto para poder participar en esa deseada compensación económica, con lo que la evidencia quedó al descubierto: la beca se la habían dado sólo por un visible conflicto de intereses amañados.

Toledo jamás intervenía en estos trastupijes.

Pero el artista oaxaqueño, nacido en 1940, fue creando una obra personal al margen, primero, de la vista del Gran Jurado que señalaba con su dedo flamígero quién hacía arte y quién no, por eso el hermano del narrador José Agustín, Augusto Ramírez, no era considerado mayor como sí lo fue Fernando, el pintor hermano del novelista Juan García Ponce, perteneciente a la mafia cultural que reinara en México durante toda la segunda mitad del siglo XX. Porque hasta en eso, en las influencias nepóticas, tasaba su veredicto el arte nacional. Y mientras unos buscaban el cobijo presupuestario del Estado, Francisco Toledo trabajaba de manera incansable… hasta ser lo que es, lo que fue, lo que va a ser: un artista plástico de alta estima.

Por eso, digo, se cuenta que al principio de los ochenta, antes de que el presidente Carlos Salinas de Gortari obsequiara a Octavio Paz un Consejo cultural, el director del INBA esperaba en su oficina a Francisco Toledo, el llamado, por méritos propios, a ser la figura de la pintura mexicana que aún la conservaba en ese momento Rufino Tamayo.

Los minutos transcurrían y Toledo no llegaba.

El funcionario llamó a Vigilancia en la entrada del recinto para preguntar si no había llegado el ya famoso pintor, que le extrañaba su demora. Le respondieron que no, que aún no llegaba.

Sólo se había presentado un indio con alpargatas, le dijeron.

¡Ese era Toledo, precisamente!, exclamó el director con impaciencia.

Y fueron con rapidez a buscarlo, encontrándolo caminando por la Alameda Central, a un costado del Palacio de Bellas Artes.

Eso era, ese es, Toledo.

Un grande artista, un grande hombre. Oaxaca sabe por qué. Y todo México debería saberlo: Toledo nunca extravió su sensibilidad, pese a su prominente riqueza acumulada por la venta de su vasta obra, riqueza que compartió con amigos y con extraños. Oaxaca es ahora visualmente en gran parte debido a su generosa aportación de recintos culturales y espacios de convivencia.

Jamás le di un abrazo a Francisco Toledo.

Ahora me duele esta timidez mía. Hace quizás tres lustros me preguntaron quién representaba culturalmente a México en el mundo. No dudé ni un segundo.

Francisco Toledo, afirmé categórico.

Y va a continuar representándonos, ciertamente.



FUENTE: NOTIMEX