Jorge Luis Borges, caballero argentino, recuerda a su Buenos Aires en el Mayab | Jorge Álvarez Rendón

«¡Borges, venid para que os tomemos la fotografía! Ahí está bien. Que se vea el Palacio del Adivino. Ya es tarde. Perderemos la última luz».

La última luz…

Jorge Luis, con sus ojos ciegos y verdes claro, obedece a María Kodama, su amiga y asistente, mientras se apoya en un bastón chino que compró en Manhattan. «Tengo otros tres en mi casa, pero éste es el que más me gusta, porque los dedos encajan perfectamente».

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