La muerte tiene permiso | Edmundo Valadés

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.

—Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro…

—Es usted un escéptico, ingeniero. Además, pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la Revolución.

—¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha servido repartirles tierras.

—Usted es un superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?

El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante, de quienes se acomodan en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre del campo. Pero hace ya mucho tiempo. Ahora, de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.

Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que cambian dicen de cosechas, de lluvias, de animales, de créditos. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubieran crecido en la propia mano.

Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.

El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayuda a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.

—Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.

Ahora, el turno es para los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza, tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba, donde cuelga un candil.

Allí, en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros: consideran quién es el que debe tomar la palabra.

—Yo crioque Jilipe: sabe mucho…

—Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez…

No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide:

—Pos que le toque a Sacramento…

Sacramento espera.

—Ándale, levanta la mano…

La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.

—Órale, párate.

La mano baja cuando Sacramento se pone en pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa:

—A ver ese que pidió la palabra, lo estamos esperando.

Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.

—Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el presidente municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron. Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al presidente municipal.

Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.

—Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses. Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el presidente municipal trajo unos señores de México, 

que con muchos poderes y que si no pagábamos nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos…

Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.

—Pos luego lo de m’ijo, siñor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al presidente municipal, pa reclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del presidente municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada…

La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Sólo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla al extremo de la mesa.

—Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el presidente municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, pa nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula, pa perjudicarnos…

Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.

—Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas, está lo del sábado. Salió el presidente municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.

Por primera vez, la voz de Sacramento vibró. En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.

—Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos dónde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes —y Sacramento recorrió ahora a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía—, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al presidente municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano…

Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado. El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.

—Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.

—No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia; ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.

—Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado.

—Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley.

—¿Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta.

—Yo pienso como usted, compañero.

—Pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta.

Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre del campo. Su voz es inapelable.

—Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.

Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la tierra, con los suyos.

—Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al presidente municipal, que levanten la mano…

Todos los brazos se tienden a lo alto. También los de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.

—La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.

Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.

—Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.

Texto tomado del libro La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés; Fondo de Cultura Económica; Primera edición electrónica, 2010; Pp. 9-16

Sueño de una mañana de verano | Agustín Monsreal

A lo mejor estaban más o menos terminando el desayuno, absorbiendo junto con el café con leche el remansado fastidio cotidiano, cuando de repente Juan Antonio que se queda quieto a medio bocado y con los ojos como fijos en el fin del mundo, y la Rosa que se pega tremendo sustote y entre inquieta y explorativa que le requiere y ora tú, qué tienes; y él, propiamente como si se le hubiera hurtado el alma del cuerpo, que sigue inexpresivo y nada más viendo para adelante pero en realidad como sin ver, o más bien como extraviado en algo muy específico y a la vez muy vago que la Rosa se afanaba por ubicar; y entonces ya francamente espantada que le reclama ora tú, Juan Antonio, ya deja de hacerte el payaso, contéstame, qué te pasa; y él que se revuelve hacia ella con unos ojotes, así como de loco o alucinado o semejantes a los que pone don Amílcar cada que fuma su Humito, y que abre la boca como para gritar pero no grita sino que con un chorrito de voz mansa, mitad ansiedad y mitad nostalgia, que le dice sabes, vieja, me voy a la capital a hacer fortuna; y ella que le respinga estás zafado tú, de plano, con una sonrisita de alivio, había pensado que le pasaba algo grave y le va saliendo cono, qué gracias; pero él que se levanta bamboleando la mesa y amenazando el equilibrio de los vasos de plástico y que se larga para la recámara y que saca su maleta de debajo de la cama y que amontona dentro sus pocas cosas; y entonces Rosa, otra vez con el susto trajinando en su pecho y fabricándole opresión, que lo reprende enérgicamente ya déjate de disparates, Juan Antonio, ya ponte serio y vete a abrir la tienda; pero Juan Antonio esta vez va en serio, ái te haces cargo, llegando allá te mando decir cómo está la cuestión y en cuantito pueda mando por ustedes; y de nada valieron los lloros ni los ruegos ni las convulsiones persuasivas que porfió Rosa para sujetarlo porque Juan Antonio salió como alma que acarrea el diablo y derechito a la terminal de autobuses y de ahí derechito a la capital. Como dijo lo hizo, qué tal.

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Ayer y hoy en las supersticiones | Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1983) | Oswaldo Baqueiro López

Para el indio maya —verdad más extendida ayer que hoy, pero todavía verdad—, todos los seres, y aún las cosas inanimadas, existen en una constante relación con espíritus y fuerzas ocultas que intervienen decisivamente en la vida de los humanos.

Por lo tanto, el que conoce de esto sabe que hay reglas de conducta que hay que observar escrupulosamente; expresiones que se deben evitar, o por lo contrario, que hay que usar invariablemente. Si no se hace así, se puede esperar muchas calamidades, grandes o pequeñas, según sea el enojo de los espíritus correspondientes.

En cambio, si las potencias invisibles que están en todas partes se encuentran satisfechas; si se ha cumplido con las ofrendas y se les ha tratado con respeto, entonces las milpas producirán mucho maíz, las lluvias abundarán, así como la caza y sobre todo el venado; los enfermos curarán y los niños crecerán sanos.

De esta manera, por ejemplo, el indio dirá «la Santa Masa», al referirse a la que se hace con maíz; o bien la «Santa viruela», para no ofender a los tres duendecillos que son «los dueños», o señores de esta enfermedad, pues si los Yumil-Kaak —que así se llaman—, se disgustan por algún desdén, correría peligro la vida del enfermo. Y hasta cuando manejamos o hablamos de una vasija de barro debemos tener cuidado para no ofender al Yancopek, que es el duende que gusta de habitar en ellas, ya que de seguro se rompería nuestra vasija.

Nada debe extrañarnos que se utilice la palabra «santo» en relación con asuntos tan paganos, ya que el indígena tomó para sus ritos y creencias, en alguna manera supervivientes de la antigua religión, elementos del cristianismo que con tanta severidad le inculcaron los frailes en el siglo XVI, y los curas después.

Los ejemplos de este sincretismo abundan y tendremos ocasión de subrayarlo más adelante. Baste por ahora recordar una oración al Sol, recogida por el Abate Brasseur de Bourbourg (1814-1874) y que —traducida del maya—, pone en labios de un hechicero de la Xkanchakan:

«Asoma Señor al oriente, a los cuatro lados del cielo, a los cuatro lados de la tierra; cae mi palabra en fragmentos, en nombre del Dios Padre, del Dios Hijo, del Dios Espíritu Santo».

La invocación es una parte del Chachaac, que es un rito para hacer llover y del que ya nos ocuparemos con mayor amplitud.

Esta asimilación tan particular de la doctrina cristiana fue notada desde un principio por los religiosos, y combatida sin gran éxito, o empeño, en tanto se cumpliese con las formas externas. Es más, el sentido mágico de los antiguos mayas pareció rozar las convicciones de algunos sacerdotes, al grado de persuadirlos de la presencia del demonio en ciertos acontecimientos.

Así lo confirma el Dr. don Pedro Sánchez de Aguilar (1555-1648) en su Informe Contra Idolorum  Cultores, en el que sabrosamente nos relata que siendo cura de la villa de Valladolid, allá por 1596, fue hallado por los indios devotos de Yalcobá, pueblo de su jurisdicción, a fin de que conjurase y desterrase a un demonio que hacía de las suyas en ese lugar, incendiando las casas de los atemorizados indígenas.

Ya se tenían antecedentes de este duende calamitoso, pues unos treinta o cuarenta años antes, en Valladolid, había cometido varias fechorías y entre ellas, nada menos, había convertido unos buñuelos del cura de entonces, Tomás de Lersundi, en estiércol, y había substituido el contenido de una limeta de buen vino, que don Tomás tenía listo para su cena, en orines añejos.

En Yalcobá —refiere pues Sánchez de Aguilar—, con toda puntualidad entraba, al mediodía o a la una de la tarde, el referido demonio, «en un remolino de viento, levantando gran polvareda, y con un ruido como de huracán y piedra paseaba todo el pueblo, o la mayor parte de él; y aunque los indios se prevenían luego en apagar aprisa el fuego de sus cocinas, no aprovechaba, porque de las llamas con que este demonio es atormentado, despedía centellas visibles, que como unas cometas nocturnas y estrellas errátiles, pegaba fuego a dos, o tres casas en un instante…»

Sánchez de Aguilar, vallisoletano que ocupó destacados puestos en la jerarquía eclesiástica, pues llegó a Canónigo de la Catedral Metropolitana de la ciudad de La Plata —hoy Sucre, Bolivia—, decía en su «Informe», fechado en 1639, que tales sucesos se atribuían a la gran cantidad de «hechiceros, encantadores e idólatras» de aquellos tiempos, «lo cual —afirmaba—, no deja de tener fundamento y sospecha verosímil».

«E yo tuve preso —nos informa—, a uno natural del pueblo de Tesoc, gran idólatra encantador, que encantaba y cogía con la mano una víbora, o culebra de cascabel con ciertas palabras de gentilidad, que escribí por curiosidad, que no son dignas de papel y tinta; basta dezir que en ellos se invoca al demonio, y príncipe de las tinieblas y cavernas».

En algunas de estas cuevas habían ocultado los indios los ídolos que habían podido salvar de la destrucción, y en secreto realizaban sus ofrendas, a veces no lejos de la iglesia.

De informe de Sánchez de Aguilar vamos a tomar un primer muestrario de supersticiones indígenas, tal como se conocían en el siglo XVII:

«Las abusiones y supersticiones que usan y heredaron de sus padres estos indios de Yucatán, son muchas y varias: las que yo pude alcanzar pondré en este informe, para que los curas las reprueben y reprendan en sus sermones y pláticas»:

«Creen en sueños y los interpretan y acomodan según las cosas que tienen entre maños».

«En oyendo el graznido de un pájaro, que llaman kipxosi, sacan y coligen mal suceso de lo que están haciendo, y lo tienen por agüero, como los españoles con la zorra y el cuclillo».

«Si en que va caminando topa una piedra grande, de muchas que se levantaron para abrir los caminos, la reverencia, poniéndole encima una rama, y sacudiendo con otras las rodillas para no cansarse: tradición de sus pasados».

«Quando va caminando alguno a puesta de Sol, y parece que ha de llegar la tarde y noche al pueblo, encaja una piedra en el primer árbol que halla, para que el Sol no se ponga tan presto, o se arranca las pestañas y las sopla al Sol»

«En los eclipses de la Luna usan por tradición de sus pasados hacer que sus perros aullen, o lloren, pellizcándolos el cuerpo, o las orejas, y dan golpes en las tablas y bancos y puertas. Dicen que la Luna se muere, o la pican un género de hormigas que llaman Xubab».

«También usan llamar a ciertos indios viejos hechiceros que ensalmen con palabras de su gentilidad a las mujeres de parto, a las cuales confiesan, y a algunos enfermos. Esto no lo pude averiguar, de (lo) que estoy muy arrepentido».

«También ay indios hechizeros que con ensalmos curan a los mordidos, o picados de víboras y culebras, que ay infinitas de cascabel; los cuales rabian, y se les pudren las carnes y mueren».

Para colmo, el mismo Dr. Sánchez de Aguilar ofrece su propia receta para estos casos, tan singular como cualquiera de los indios.

«Y el remedio que les di, por haverlo oído, es que beban excrementos de hombre, o el zumo de limones, o les pongan luego en la picadura el Sieso de un ave de las nuestras, viva, hasta que les chupe la ponzoña de la víbora, y la gallina muere luego, y le pongan otra y otra».

¿No es singular? ¿No parece acaso que el hechizo del mundo mágico de los mayas convence al grave teólogo y sabio doctor de que, efectivamente, el diablo anda suelto, y de que son recomendarles tan heterodoxos procedimientos curativos?

De las que conoció, todavía menciona Sánchez de Aguilar algunas supersticiones más:

«Quando hazen casas nuevas, que es de diez a doze años, no entran ellas, ni las habitan, hasta que venga el viejo hechizero de una legua, y dos y tres, a bendezirla con sus torpes ensalmos, lo cual oí dezir; pésame de no haberlo averiguado».

«Son sortílegos, y echan suertes con un gran puño de maíz, contando de dos en dos, y si salen pares, vuelve a contar una y dos, y tres veces, hasta que salga nones, y en su mente lleva el concepto sobre que va la suerte. Huyose una vez una niña de su casa y la madre, como india, llamó a un sortílego destos, y echó suertes sobre los caminos, y cupo la suerte a tal  camino, y enviando a buscar a la niña la hallaron en el pueblo de aquel camino».

«Castigué a este sortílego —sigue Sánchez de Aguilar—, que era de un pueblo una legua de Valladolid, y examinándole despacio hallé que las palabras que decía mientras contaba el maíz no eran más que decir nones o pares: Huylan nones, Caylan pares, y no supo decir si invocaba al demonio con ellas porque el sortílego era simplicísimo, y casi tonto».

El doctor Sánchez admite que el hechicero acertó en adivinar el sitio en el que debía buscarse a la niña perdida, pero es curioso que no admita también que la supuesta tontería del indio no era, probablemente, más que una taimada actitud para no tener que hablar de esas cosas delante del cura.

Y termina así Sánchez de Aguilar esta parte de su famoso «Informe»:

«En esta ciudad de Mérida es público que hay algunas indias hechizeras, que con palabras abren una rosa antes de sazonar, y le dan al que quieren atraer a su torpe voluntad, y se la dan a oler, o se la ponen debajo de la almohada, y que si la huele la persona que la da, pierde el juicio por gran tiempo, llamando al que la había de oler y para quien se abrió la rosa».

Hasta aquí el Dr. Sánchez de Aguilar. A nosotros todavía nos falta recorrer un largo camino en el campo de las creencias mayas. Cabe preguntarnos si éstas tienen ahora una vigencia semejante a la que tenían en el pasado. A finales del siglo XIX, esto es, en 1883, el Dr. Daniel Garrison Brinton, estudioso de la cultura maya, se pronunciaba afirmativamente:

«hasta la fecha, la creencia en hechiceros, hechicería y magia es tan fuerte como pudo serlo entonces (el siglo XVI), y en varios casos los mismísimos ritos se observan iguales a los que, según sabemos de los autores principales, se hacían antes de la conquista».

En 1941, en su libro Yucatán, una cultura de Transición, el antropólogo norteamericano Robert Redfield (1897-1958), menciona una larga serie de creencias populares incorporada a la cultura folk yucateca, fundamentalmente influenciada por las tradiciones mayas.

Lo que Redfield entiende como cultura folk de Yucatán está definido en las siguientes líneas: «…La cultura característica de la península de Yucatán estriba en el comportamiento tradicional de las gentes comunes y corrientes, entre las que se incluye al hombre de la tribu lejana, al campesino maya que vive aislado y a las masas de la ciudad. Para distinguir esa cultura de los modos propios de la gente culta, que en el sentido que ahora nos interesa no son yucatecos, y que dentro de todo el sentido de lo hasta aquí expuesto no son cultura, podemos llamarla la cultura folk de Yucatán.

Dentro de ese cuadro, Redfield señalaba la persistencia de supersticiones como éstas:

Un pájaro nocturno, de color azul, produce enfermedad a los niños cuando vuela sobre ellos mientras duermen; quien tenga una herida no debe acercarse a un cadáver, ya que la enfermedad que produjo la muerte puede introducirse a través de la herida; la viruela y además la tosferina y el sarampión, están relacionadas con tres duendecillos que son como los niños, y a los que hay que halagar con ofrendas para que todo salga bien.

Los curanderos usan puntas de pedernal o colmillos de serpientes de cascabel para hacer sus punciones; adivinan el porvenir o averiguan las cosas mirando en un cristal, o bien arrojando granos de maíz. Los martes y los viernes son días muy delicados, en los que son frecuentes los «malos vientos».

 Por otra parte, Alfonso Villa Rojas —colaborador de Redfield en el estudio de Chamkom, entre 1927 y 1931—, corroboró en 1978, durante una conferencia, la vitalidad del espíritu maya, que se impone aún sobre un modernismo avasallador de costumbres y tradiciones:

«Quienes han viajado por el interior del Estado —dice Villa Rojas—, pueden notar, que a unos pocos kilómetros de la ciudad de Mérida ya se percibe, tanto en la conducta como en el pensamiento de los mayas, en lo que llaman su cosmovisión, el espíritu indígena que la rige».

Al retomar Villa Rojas a Chamkom, medio siglo después, en 1978, observa:

«Todavía hoy, en lugares como Chamkom, pueblo que ya cuenta con casas de mampostería, la población es exclusivamente indígena; no viven allí más que indígenas. Estos indígenas tienen ya casa de dos pisos, aparatos de televisión, y en las casas no faltan refrigeradores, estufas de gas, abanicos eléctricos. No obstante todas estas innovaciones, el espíritu sigue siendo marcadamente indígena, La lengua que predomina es la maya; las ceremonias a sus dioses antiguos siguen privando con igual intensidad que en épocas pasadas».

Una de estas ceremonias, viva todavía en Chamkom, es la que lleva el nombre de Hetz Luum —dice AVR—, mediante la cual se elimina los malos espíritus que existen en la tierra y se halaga a los Yundziloob, o dueños del monte. Su propósito es que la tierra sea hospitalaria y benéfica para el hombre.

Se trata, por tanto de una serie de observaciones calificadas, a través del tiempo, que atestiguan acerca de la supervivencia de los mitos mayas.

Para muchas personas, ciertamente, estos mitos no son sino una curiosa y entretenida colección de supersticiones; para otras tantas, sin embargo, son realidades vivientes que hay que tomar muy en serio.

Pensamos también que, bajo la máscara de una religiosidad casi fanática, se esconde todavía el mismo paganismo que impulsaba las peregrinaciones a los centros sagrados de Uxmal y Chichén Itzá, y que hoy se manifiesta en las caravanas que llegan cada día 6 de enero a visitar a los «Santos» Reyes magos de Tizimín, o la virgen de Izamal, o la de Guadalupe, en la iglesia de San Cristóbal, en Mérida, así como antes venían a la Catedral de Mérida, a visitar al legendario «Cristo de las Ampollas».

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Foto: Diario del Sureste (versión digital)

Oswaldo Baqueiro López nació en la ciudad de Mérida en 1930 en el seno de una familia de intelectuales, destacando por haber dirigido tres veces el Diario del Sureste (1921-2003) y sus ensayos sobre Yucatán. Premio de Literatura «Antonio Mediz Bolio» (1995 y Medalla Yucatán (1985). Fue miembro de la Academia Nacional de Historia y Geografía e integrante fundador en 1983 de la Academia de Ciencias y Artes del Estado de Yucatán, de la que fue presidente. Fue director del Diario del Sureste, la revista Palabra y codirector de la publicación Siempre Adelante. Publicó los volúmenes Salvador Alvarado, un estudio biográfico (1980); Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1981); La Prensa y el Estado, estudio crítico e histórico sobre la prensa, el poder y la libertad de expresión (1986); El ciclón del siglo, crónica sobre el huracán Gilberto en Yucatán (1989); y diversos ensayos y conferencias sobre hombres ilustres de Yucatán, comunicación y política. En 2007, el Instituto de Cultura de Yucatán (hoy Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán), instituyó la medalla que lleva su nombre para los periodistas que abordan temas de arte, cultura y espectáculos. Murió en la ciudad de Mérida el 29 de noviembre del año 2005.