Guadalupe Amor, a 20 años de su partida | Víctor Roura

[Un 8 de mayo, de hace ya dos décadas moría, a los 82 años de edad, la poeta Guadalupe Amor, una mujer que por su belleza atrajo en su momento a grandes pintores que deseaban desnudarla para capturarla en sus obras… belleza que ocasionara tormentos e insensibilidades en torno suyo desde la adolescencia, elementos que se fueron desgranando con el paso de los años hasta causar provocadoras insolencias que aún hoy en día son recordadas como gracias desquiciadas con un problema central que le pesaba demasiado: el de vivir, decía, «en un país mediocre»…]

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Guadalupe Amor era, y según parece lo fue desde muy joven, una persona insoportable. Siempre quería ser el centro de atención. «Guadalupe era una adolescente y estaba muy lejos de admitir ataduras —dice Elvira García en su libro Redonda Soledad: la vida de Pita Amor (Grijalbo, 1997)—. Corrían los años treinta. Quería salir a la calle, ir más allá de la colonia Juárez, subirse a un fotingo [carro pequeño de alquiler] y asomarse a otros rumbos, aunque fuese nada más desde el automóvil… También deseaba conocer a los pintores y escritores que su hermana Carolina entrevistaba y con quienes entablaba amistad. En otras palabras, le urgía sentirse mayor de edad, y así ir de aquí para allá. Pero como los preceptos de la casa eran muy estrictos, entonces ideaba la manera de llamar la atención y comunicar que no tenía interés en respetarlos. Se paraba en el balcón, lo cerraba con llave, tiraba ésta a la calle y se desnudaba por completo. Ahí permanecía largo rato, dejándose observar por los viandantes, hasta que un miembro de su hogar la descubría y corría en busca de la dichosa llave que, por supuesto, no aparecía fácilmente. Todos los parientes se abochornaban con esa escena; ella, en cambio, se vestía con toda parsimonia después de haber tomado el sol a los ojos de la ciudad».

 

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          Hoy Dios vino a visitarme

          Hoy Dios vino a visitarme,

          y entró por todos mis poros,

          cesaron dudas y lloros,

          y fue fácil entregarme,

          pues con sólo anonadarme

          en la exaltación que tuve,

          mi pensamiento detuve,

          y al fin conseguí volar.

          ¡Sin moverme, sin pensar, 

          un instante a Dios retuve!               

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Elvira García supo utilizar la palabra correcta. A Guadalupe Amor le encantaba «abochornar» a los demás, porque nadie le interesaba. Para la poeta, ella era, fue, lo único valioso en esta vida. A los 15 años abandonó la casa paterna para ser sostenida por un rico ganadero: José Madrazo, quien le triplicaba la edad.

De su departamento en las calles de Río Duero, en la colonia Juárez de la Ciudad de México, que le pagaba el empresario sin vivir necesariamente con ella, se han contado innumerables cosas. De ahí salía después de la una de la tarde, perfectamente maquillada, para recorrer la ciudad en busca de un acompañante. Sus fiestas nocturnas eran interminables.

«¿Qué hacía Guadalupe, además de correr de un lado para otro de la capital, asistiendo a sus compromisos sociales? —se pregunta la periodista Elvira García—. No hay testimonios que indiquen que ya escribía o empleaba su tiempo en alguna actividad profesional. Probablemente se limitara a disfrutar su vida amorosa y a frecuentar diversos grupos culturales para saber a cuál deseaba integrarse».

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A partir de los años cuarenta, y rodeada de intelectuales de la talla de Salvador Novo, Enrique González Martínez, Manuel González Montesinos, Enrique Asúnsolo, Xavier Villaurrutia y Alfonso Reyes, empezó a publicar sus poemas:

      Mi egoísmo se incubó en la soledad,

      quizá entonces no sea tan egoísmo.

      Si mi niñez, más que niñez, fue abismo,

      no es raro que en mi mente sea verdad

      que lo único que vale es el ser mismo.

También fueron famosas, en el momento, sus reuniones con diversos pintores para los cuales, presurosa, posaba, sin distingo de ningún tipo, desnuda (los óleos de Raúl Anguiano, Juan Soriano y Diego Rivera son, tal vez, los más sobresalientes en este aspecto).

Pero conforme pasaban los años, Guadalupe Amor iría perfeccionando su irascible carácter. «Poseía una inmensa y sorprendente capacidad para transformarse en cuestión de minutos —dice Elvira García—. Si su plan inicial era ser fascinante, se mostraba seductora, simpática y bromista. Si a mitad de la fiesta se sentía rechazada o lastimada por alguien, cambiaba de estrategia y se preparaba para atacar. Se volvía una pantera sensual, una leona o un áspid, según las circunstancias. Peleaba para conquistar, humillar o acabar con el otro».        

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El acabose ocurrió, sin embargo, a fines de los cincuenta cuando, sin quererlo, Guadalupe Amor tuvo un hijo a consecuencia de un efímero amorío con un joven abogado (el pintor Juan Soriano aseguraba que era un primo de Juan José Arreola), que sirvió a José Madrazo, quien aún la sostenía a pesar de las descaradas infidelidades de ambos, para cortar por completo con esa insana relación, asunto que sumió en la locura a la poeta.

«El niño nació el 19 de diciembre de 1959 —dice Michael Karl Schuessler en su libro La undécima musa: Guadalupe Amor (Diana, 1995)— y, al escuchar su primer llanto, Pita se dio cuenta que jamás sería capaz de cuidarlo. Su temperamento simplemente no podía tolerar las exigencias de la maternidad. Su hermana Carolina se encargó del bebé, y Pita constantemente lo visitaba y jugaba con él. Un día como tantos otros llegó Pita a la casa de Carito en San Jerónimo para pasar el día con su hijo. Al buscar a Manuelito no lo pudieron localizar en ninguna parte hasta que, finalmente, una sirvienta encontró a la criatura sumergida en una pila de agua. Lo llevaron inmediatamente al hospital, pero ya era tarde: Manuelito estaba muerto».

Según Raúl Anguiano, «allí perdió la razón Pita Amor». Soriano explicaba que dicho acontecimiento no era para sorprenderse, tomando en cuenta las peculiaridades de la poeta: «Pita tuvo un hijo con un primo de Juan José Arreola. Pero Pita lo mismo se hubiera acostado con él que con otro o que con nadie, porque era completamente chiflada de verdad. El ganadero José Madrazo tenía a varias señoras, varias mujeres, a las cuales les regalaba pieles según la importancia de la relación, y Pita siempre estaba peleando la piel que no le había llegado hace un año. Unas relaciones como de puta… de puta de lujo, claro. También cuentan que ella, cuando tuvo el niño, le entró un ataque de veras muy fuerte de locura y quiso matarlo. Entonces Carito se lo llevó a su casa. Esto fue motivo para que Pita empezara a ir todos los días con Carito a llorar, para hacer escenas. Carito estaba verdaderamente hecha pedazos. Para ella fue algo tremendo. La tragedia pasó en un segundo: sonó el teléfono y fue a contestar. Dejó al niño allí con la sirvienta que lo cuidaba. Luego oyó una gritería, salió de la casa corriendo y llevó al niño a una clínica, pero ya estaba muerto. Lo del hijo lo tomó primero muy dramáticamente y todo; pero no era una verdad, tampoco. Era más verdad en Carito; para ella sí fue una cosa tremenda. Pita decía cosas, pero era representación».

Por algo, Guadalupe Amor le dijo a su biógrafo Schuessler que no valía la pena hablar del pasado. «Me  molesta la gente que habla del pasado —dijo la poeta—. Por eso no son felices. Lo único que cuenta es este momento, ahora; esa es la felicidad. Yo soy muy feliz».

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El desprecio que sentía Guadalupe Amor por la gente común era natural en ella. Cuando la veían pasar los peluqueros que vivían cerca de la casa del pintor Juan Soriano, le gritaban por su nombre. La poeta, aseguraba Soriano, se volteaba, irritada, para contestar que no le hablaran porque eran hijos de criados e iban a morir siendo criados.

«Siempre es una aventura, y no siempre agradable, acompañar a Pita durante sus paseos cotidianos por la Zona Rosa —escribe su biógrafo Michael Karl Schuessler—. Un día le presumió a su sobrina que nunca ha sido tan desgraciada como para tener que subir a un pesero, mucho menos a un camión, ya que viaja exclusivamente en los taxis omnipresentes de la Ciudad de México. Por consiguiente, sus encuentros más frecuentes (y crueles) son con los ruleteros. Atraviesa la calle Bucareli, sin importarle si el semáforo está en rojo, amenazando a todos los conductores con su bastón, parándose de vez en cuando en mitad de la calle, esgrimiéndolo a lo que se acerque, lista para enfrentarse con cualquier coche que se atreva a acercarse. Esta imagen quijotesca termina cuando detiene un taxi, claro, con el bastón, y sube, lentamente, no aceptando jamás la ayuda del chofer quien, para ella, no constituye una persona decente».                    

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          Amor que te multiplicas…

          Amor que te multiplicas

          cuando en celos te conviertes

          y toda tu esencia viertes,

          pues amenazas, suplicas,

          callas y luego replicas,

          tramas venganzas ocultas,

          a un tiempo imploras e insultas,

          eres víctima y verdugo,

          fabricas tu propio yugo,

          y en tu infierno te sepultas.

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Un día, después de un paseo sumamente desagradable, confiesa Schuessler, «al llegar a nuestro destino, el pobre taxista cometió el grave error de tutearme. Al percibir esta inmensa falta de respeto, Pita lo amonestó: ‹¿Cómo se atreve a tutear a este señor. Es un príncipe y usted es basura›. El taxista dejó de hablar y yo me puse completamente rojo».

En el momento de pagarle, el taxista le preguntó a Schuessler si su mano no se ensuciaría con el menor roce de la suya ya que, según la poeta, la tenía «puerca de dinero». El biógrafo intentó, en vano, explicarle cómo era la señora, pero al oír aquella conversación Guadalupe Amor la interrumpió con una letanía de insultos:

¡Es usted positivamente odioso! —dijo la escritora al taxista. ¡Indio rabón, inmundo! ¡Nariz de mango! ¡Hijo de criada!

Ay, seño —replicó el taxista—, ya no estamos en tiempos de la Conquista.

Menos mal —respondió la poeta—, porque si estuviéramos ya te habrían matado por indio.

Las anécdotas no finalizan. En una ocasión le presentaron un periodista a Guadalupe Amor. Ella, soberbia e iracunda, dijo que un periodista no podía ser tan feo como el que le acababan de presentar pero, por cortesía, lo saludaba. Días después, el periodista se la topó casualmente en la Zona Rosa. Se acercó a ella, caballeroso y gentil, sólo para oírla gritar, acalorada e intolerante, que ningún hombre tan feo tenía el derecho de interrumpirla en su camino. También son legendarios sus bastonazos a todo aquel que, en los restaurantes, se negaba a comprarle un poema, que no todos, por cierto, conllevan la maestría que algunos admirados críticos de la diva dicen que poseen. Porque, mujer extravagante al fin (y la extravagancia adquiere relevancia en los círculos de la ociosidad burguesa), lo que, después de todo, se admiraba de ella era precisamente su «locura» y no su plataforma literaria:

      Mi locura es portentosa

      mi locura es de espejismo,

      mi vida de cataclismos

      y es de locura la rosa

      y la alada mariposa

      y mis pensamientos mismos.

      Es de platino mi mente

      y mi locura ascendente.                                 

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Mujer desprejuiciada, tal como las heroínas mexicanas de mediados del siglo XX (ya en el cine o en el arte, desde una María Félix hasta una Nahui Olín, admiradas por su enjundioso carácter o por su despilfarro corporal), Guadalupe Amor fue amada por demasiados hombres, pero no necesariamente correspondidos, que la encumbraron, agradecidos, al cenit cultural (al grado de que, por ejemplo, Alfonso Reyes se refiriera a ella como «un caso mitológico» antes incluso de ser convertida en un mito de la urbe por su fragorosa presencia en la Zona Rosa).

La mujer que jamás se inclinaba de no ser para recoger una pulsera de oro, detestaba México. Como María Félix, esa otra mujer que despreciaba la fealdad nativa mexicana, Guadalupe Amor dijo a Mary Lou Daubdeuh, en 1978, que por México no daba nada: «Es que en México no tiene uno seguridad. La gente es malvada. Es una raza maldita. En la calle te empujan, te roban, te insultan. Y los taxistas, no se diga. Te encierran en el carro y bajan los seguros para que cuando te cobren de más y protestes no te puedas bajar. Es un país de cobardes, un país de imbéciles donde triunfan los mediocres; la gente es sucia; ¿y los hombres? Insultan a las mujeres, no las respetan, es un asco de país. Vivo aquí por necesidad. En París nunca me cobró un chofer de taxi y es que yo era tan bonita».

(Estamos ciertos de que Donald Trump jamás la ha leído, ni de que es considerada por la crítica de la mafia cultural como una poeta de ascenso verbal, ni conoce su discurso, para fortuna nuestra, porque podría basar su tesis, la de Trump, en la de ella…)

Pero ahí están sus letras para el que quiera acercarse a esta mujer edulcorada, cursilona, impetuosamente loca que arrancara más de un suspiro masculino y que, por eso mismo, se confundiera su quehacer poético, en realidad a punto, ¡ay!, siempre de conseguir la redondez, con su actitud alterada de la vida. Una mujer como Pita Amor siempre va a hacer falta en las noticias frivolonas del comercio del arte.

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Cuando sucedió el terremoto de 1985, Guadalupe Amor se mostró satisfecha por el percance telúrico. «Fue una poda de nacos», declaró. Hermosa en su momento, hermosura que compartiera desgranadamente con hombres que le pudieran servir en sus fines artísticos (hay que recordar que no sólo escribió una veintena de libros y la grabación de un disco que reúne varias de sus poesías, sino también intervino en el cine, el teatro y la televisión, en Canal Once, en el programa La Señora de la Tinta), aborrecía todo lo que consideraba un estorbo en su vida. Se ufanaba de haber escrito 2,000 sonetos y 1,900 liras (cinco versos, tres heptasílabos y dos endecasílabos), que incluían su propio epitafio (que no es propiamente una lira, sino una sexteta con cinco octosílabos y un decasílabo mal puntuados):

      Es tan grande la ovación

      que da el mundo a mi memoria.

      Que si cantando victoria

      me alzase en la tumba fría.

      En la tumba fría me hundiría

      bajo el peso de mi gloria.

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Hace 20 años dejó de existir la poeta, que a cabalidad nadie sabe de dónde le provinieron la locura y la codicia, ambas condiciones en su momento exaltadas por los varones arrobados de su belleza. Un caso señero de nuestra literatura, en efecto.



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EDICIÓN Y CORRECCIÓN: REDACCIÓN ARTE Y CULTURA EN REBELDÍA

¡Viva la literatura!: Agustín Monsreal | Entrevista por Víctor Jesús González

En el panorama literario actual lo que realmente importa es el negocio del libro, parece que el lema es «Muerte a la literatura, viva la industria editorial», dice el escritor mexicano Agustín Monsreal (Mérida, 1941), ya destacado en la historia de la literatura latinoamericana como un maestro del cuento, ganador de importantes premios nacionales e internacionales.

Alumno de Juan Rulfo y Augusto Monterroso, Agustín Monsreal precisa: «Vemos esa comercialización por todas partes. Es lo que está privando y es también lo que está haciendo caer muchísimo la calidad literaria. Hay una especie de subliteratura que destaca respondiendo a las exigencias del mercado; a lo que los editores o ciertos comentaristas indican que es moda o lo que en este momento tiene venta con el público».

«En la mayoría de las ocasiones se imponen a los escritores. Estamos viendo una literatura muy sometida al anecdotismo; piden contar nada más historias como si fueran series de televisión que, finalmente, es lo que vende; ahora el narrador aspira a ser de este tipo, no aspira a dejar una constancia de lo que realmente le llevó a ser escritor».

Así, para el cuentista yucateco un escritor se tiene que nutrir de los autores que le antecedieron y entre más lejanos… mejor, no concibe a ningún cirujano que no quiera estudiar anatomía. Cree que parte del trabajo de un verdadero escritor es aprender a escribir: «aprender cuáles son los temas importantes; qué es lo que realmente vale la pena contarse, ir descubriendo en la literatura lo que ya está aprobado por el tiempo, qué es lo que trae uno adentro, encontrar la propia propia voz mediante el acervo de las grandes voces literarias».

Ganador en 1978 del Premio Nacional de Cuento San Luis que otorgó Bellas Artes y el gobierno del Estado, con jurado integrado por Sergio Galindo, Huberto Batis y Mario Benedetti, por su libro de cuentos Ángeles Enfermos, el escritor mexicano continua:

«Un buen escritor sirve a la sociedad porque nos pone en contacto con la sensibilidad, con la inteligencia y la imaginación; nos permite acercarnos a tocar nuestras propias experiencias vitales, nos enseña que es preferible perderse en la pasión que perder la pasión».

Procurar lo perdurable

«Nos permite llegar a mundos a los que la cotidianeidad, el trabajo, la prisa y las aglomeraciones no nos permiten acercarnos; a esa intimidad que se logra al pensar. Para mí, lo esencial de un escritor es que permite vernos en un espejo grande, en los aspectos fundamentales de la naturaleza humana, que nos servirán para vivir con una visión propia del mundo, para no estar viviendo de prestado mediante sueños de segunda mano».

También ganador del Premio Nacional de Poesía Punto de Partida 1980, el maestro Monsreal dice que como ejemplo: «Ahí están los griegos. El hecho de tocar los grandes temas universales es lo que hace que se cree una literatura inmortal. La creación de personajes vivos, de carne y hueso, con sus pasiones a flor de piel es lo que en realidad hace memorable a la literatura. Personajes como Don Quijote expresan la condición humana no en extensión, sino a profundidad» y agrega:

«Rulfo es tan grande por la cantidad de personajes memorables que tiene. Supo tocar, por ejemplo, este tema de la orfandad universal, la orfandad del hombre en sus textos; y eso lo pueden leer en cualquier parte y en cualquier idioma. Por eso, para mí la creación de los personajes es lo fundamental del hecho literario».

Agustín Monsreal también habla de Augusto Monterroso: «Mi maestro Monterroso, en primer lugar, me enseñó a tener una pasión indeclinable por el trabajo de la escritura, por ser verdaderamente un amante literario de tiempo completo, de corazón entero».

«No podemos pensar en este destino que es la literatura, o al menos yo así lo entiendo, como un oficio para ganarnos la vida; para vivir bien, para tener muchos amigos y ese tipo de cosas; sino como una manera vital de expresar nuestras conformidades y nuestras inconformidades con el mundo, lo que vendrían a ser las propias ideas y los propios sentimientos».

Ganador del III Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola (2018) por Minificciones. Antología personal, el maestro Monsreal concluye: «La moda es algo pasajero, vamos a procurar lo perdurable. Los temas fundamentales son las pasiones humanas, que se pueden expresar mucho mejor si acudimos al sentimiento, a la propia experiencia y no a las órdenes de la industria editorial».



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Momentos difíciles en la danza | Pilar Silva

La danza en México vive un momento delicado, porque es muy cara y no cuenta con apoyos suficientes, aseguró Arcelia de la Peña, directora ejecutiva del Ballet de la Ciudad de México, quien opinó que “en el ámbito privado, la danza clásica prácticamente no existe”.

La contemporánea también es cara, pero se puede hacer con menos, no tienen el gasto de las zapatillas de punta, que son muy caras; además, se están perdiendo espacios que se habían ganado para la danza… La red de festivales, muy importante en todo el país, con presencia a nivel nacional e internacional, está desapareciendo, expuso.

A su juicio, debemos entender que el arte necesita de apoyo; no es una actividad creada para generar recursos, sino que crea otras cosas; el arte no es un producto que se vende. “Si perdemos esa idea, el arte desaparecerá”.

En este sentido, Isabel Ávalos, directora artística de la compañía capitalina, opinó que el arte no es un negocio, da otras cosas al ser humano y De la Peña agregó: lo que da “el arte no es algo que te llevas en una bolsa de papel, sino en tu ser, te lo llevas puesto y desde que existió en este mundo ha tenido mecenas, han sido reyes, gobiernos, empresas, pero el arte sin mecenazgo no existe”. Coincidieron en que una sociedad sin artistas no evolucionará.

La también coreógrafa Ávalos agregó que “se llega a pensar que debe ser gratis y esta visión no considera al artista como un profesional; hay que empezar a educar a la gente y hacerle ver que si pagan los altos costos de un espectáculo de industria, también pueden pagar por ver danza clásica o una ópera… Les cuesta trabajo todavía y ese es uno de los objetivos del Ballet de la Ciudad de México, acercar a los niños a que valoren, entiendan, quieran y aprecien lo que es la danza”.

Al presentar la temporada de La niña malcriada —con 23 bailarines en escena— en el Centro Nacional de las Artes (Cenart), ambas directoras hablaron de lo que han sido casi 30 años al frente del Ballet de la Ciudad de México y el desafío que representa montar una obra como ésta, proceso que empieza en papel y lápiz e involucra no sólo audiciones y ensayos, sino conseguir recursos para salir adelante y apoyar a las nuevas generaciones de bailarines, quienes cuentan con muy pocas oportunidades por la falta de proyectos privados.

Ballet de la Ciudad de México, un garbanzo de a libra

Sofía Alcázar —joven bailarina que da vida a Lizet, la niña malcriada— confió que tras hacer una audición y quedarse dentro del elenco, se dieron varios movimientos que la llevaron a representar el papel de Lizet. Y explicó: “como hay poco trabajo para bailarines, se fueron algunos, hubo ajustes y salí afortunada”.

Al respecto, De la Peña precisó que hay muy pocos proyectos privados, la Compañía Nacional de Danza tiene 70 elementos y no tiene un movimiento constante, como en otras partes del mundo. En Rusia, por ejemplo: “a los 35 años se van a jubilación, ya acabaron de bailar, su carrera es muy corta; pero entra toda la generación que se graduó ese año, entonces salen 18 y entran 18… así es cada año, lo que hace un ciclo en la danza de mucha acción, mucha actividad”. 

Reconoció que se han abierto compañías en Toluca, Guadalajara y Monterrey, estas dos últimas con varios años, pero la generalidad es que abren y cierran según el gobierno en turno. “Son programas que no terminan de tener solidez”. Sobre el Ballet de la Ciudad de México, consideró que se trata de un fenómeno, “un garbanzo de a libra”, pues el próximo año celebrará su 30 aniversario. Relató que la idea era tener una compañía estable, pero tuvieron que aceptar que era muy difícil, por lo cual empezaron a trabajar como una compañía de temporada.

La directora destacó que el apoyo de Efiarte ha sido muy importante en estos años; surgió uno que otro proyecto de ballet a nivel privado y “nosotros hemos sido muy afortunados”; La niña malcriada se logró gracias a este programa que, para ella: “es un plan fantástico, en el que gobierno, iniciativa privada y artista hacen el triángulo perfecto; nosotros ponemos el proyecto, el contribuyente, sus impuestos y el gobierno nos los cede; todo funciona muy bien”. 

Se mostró optimista del futuro del Ballet de la Ciudad de México. Tras concluir la primera temporada de La niña malcriada, planean “moverla a otros teatros y al interior de la República para el segundo semestre de 2020, una gira con Pedro y el Lobo, reponer algunos ballets guardados y, posteriormente, empezar con las nuevas propuestas”.

Y empezar, otra vez, desde el papel y el lápiz, buscar contribuyentes a través de Efiarte, porque “proyectos tenemos muchos, lo que necesitamos son contribuyentes”.



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Bebamos, soñadores, antes de quedar sedientos | Víctor Roura

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Este jueves 13 de febrero el británico Peter Gabriel cumple 70 años de vida. Sin contar a Genesis, la banda con la que se diera a conocer, posee en su haber más de medio centenar de grabaciones de las cuales probablemente sólo una decena es de su total autoría, ya que los otros o son compilaciones o música para cine o audiciones en vivo o colaboraciones con varios músicos.

Pero Peter Gabriel es Peter Gabriel…

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Después de haber grabado el álbum doble The Lamb Lies Down on Broadway, en 1974, Peter Gabriel abandonaría el grupo británico Genesis para dedicarse a su carrera como solista, misma que creció de manera desmesurada en cuatro décadas (desde mediados de los setenta a la fecha, con la debida advertencia que en un lapso de 20 años no ha producido una obra realmente suya) con apenas, y esto es lo relevante, un puñado de discos, acaso una decena, porque lo último, que no ha sido poca cosa: nada menos que la fundación de la orquesta New Blood para grabar sus composiciones sinfónicamente.

omo con Sting que dejara a Police para perfeccionar su camino musical, de modo similar Peter Gabriel (Surrey, Inglaterra, 1950) se ha introducido en sí mismo, en diferentes etapas, para definir su creación musical. Primero de manera ardua: cuatro discos de 1977 a 1982; luego espaciadamente: tres discos en tres lustros (de 1986 a 2002 grabó SoUs y Up): de modo intermitente sus dos pistas cinematográficas Passion y Birdy; sus sesiones en vivo como Secret World Live en 1994; su trabajo colectivo para despedir el milenio: Ovo, del año 2000, que más que una meticulosa labor individual consistió en un laboratorio de ideas improvisadas, trabajos con el fin de tratar de llegar hasta el fondo de su veta creativa, dejándolo prácticamente exhausto. (Y no hablemos de las generosas colaboraciones con múltiples artistas acorde a su propia ideología cultural como, digamos, Johnny Warman.)

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Pero no sólo eso.

El compositor, además, se ha interesado por todas esas músicas, tradicionales o no, que se realizan fuera del orbe gravitacional de la centralizadora industria roquera, que no quiere sino recuperar y ganar con amplio margen, rápidamente, sus inversiones. De ahí que, a principios de los ochenta, Peter Gabriel organizara el Festival Womad, consistente en agrupar conjuntos instrumentales de los países no desarrollados —o en vías de— tales como los africanos, asiáticos e incluso (latino)americanos. El festival fue, evidentemente, un total fracaso económico, aunque no cultural. Fue precisamente su ex grupo Genesis, con un concierto solidario, el que lo ayudara a recuperar su cuantiosa pérdida financiera.

Otra actividad sorprendente de Peter Gabriel es su habitual participación en la programación escolar para un contacto permanente con las tradiciones musicales. Con el paso de los años, y viendo que, pese a su denodado empeño, las casas discográficas seguían ignorando las otras músicas del mundo, Peter Gabriel se construyó, en las afueras de Bath —en su natal Reino Unido—, los estudios de Real World, su propia compañía grabadora que ha dado a conocer a veintenas de magníficos, mas desconocidos y [¿ex?]anónimos, instrumentistas y compositores cuyo mercado no se halla en el descarado despliegue mercantilista de los centros comerciales establecidos a instancias de las discográficas transnacionales.

Es ingente esta labor, sin duda. En 2014 Peter Gabriel editó un álbum triple para celebrar el primer cuarto de siglo de su Real World Records que, a la fecha, ha grabado alrededor de medio centenar de discos. Su caso es señero, acaso sólo equiparable a las búsquedas sonoras que hace el californiano Ry Cooder (1947) respaldando a y respaldándose con diversos músicos del mundo

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Ya desde 1980, con su tercer álbum personal, Peter Gabriel derrumbaba mitos y convenciones de la música financiada por las grandes empresas: con su pieza “Biko”, convertida en un clásico himno contra el apartheid en Sudáfrica, se internaba, con solvencia y esmero, en la independencia roquera. Pero sus decires no son nada más de palabra: no sólo se preocupa por las intervenciones ecologistas de Greenpeace sino, en 1992 (una década después de haber lanzado por vez primera su necesario Festival Womad), funda el programa Witness, el cual consiste en la entrega de videos a los activistas en favor de los derechos humanos para que sus denuncias sean objetivamente irrefutadas. También se sabe de sus colaboraciones con Amnistía Internacional. Al igual que Bono, el vocalista de U2, Peter Gabriel viaja por el mundo (vivió una temporada en Dakar para mirar de cerca los problemas de la miseria humana) no como turista ejecutivo, como lo hace Bono, sino como un ser afligido por el pesaroso desengaño político que tiene en la penuria al orgullosamente “globalizado” mundo. Pero lo hace con discreción, nunca con énfasis exhibicionista, como ya saben quién.

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A fines de los setenta, cuando Peter Gabriel edita su primer disco solista, ya hay en él esa inquietud por las letras que digan algo, por la música perfecta (¡cuando se integra a la poderosa banda Genesis tiene apenas 16 años de edad!), por la sonoridad conceptual de un trabajo discográfico: en la canción “Moribund, the burgermeister” habla del caos en la plaza del mercado, de la fiera multitud, de algunos cuerpos que saltan al aire y de gritos que dicen que se ahogan en un torrente de agua, “otros se arrodillan mirando a un salvador que emerge del barro / oh, madre, me está devorando el alma: / destruyendo la ley y el orden voy a perder el control”.

En este mismo disco (sus cuatro primeras grabaciones se intitulan de idéntica manera: Peter Gabriel, volúmenes primero al cuarto), en “Here comes the flood”, también transmite su pesadumbre por la especie humana, asunto que ha hecho a lo largo de su carrera sin caer en la depresión: “Harto, el bajo mundo navegaba en las alturas. / Olas de acero arrojadas al cielo. / Y mientras los clavos se perdían en la nube, / la cálida lluvia empapaba a la multitud. / Señor, aquí llega el diluvio. / Diremos adiós a la carne y a la sangre / si de nuevo los mares quedan en silencio. / Si queda alguien vivo / será quien dio sus islas para sobrevivir. / Bebamos, soñadores, antes de quedar sedientos”.

Si ya desde sus primeros discos su escepticismo era demasiado visible (en la canción “Mother of violence”, del segundo álbum, decía que cada vez se hacía más difícil respirar y “creer en cualquier cosa”), cuantimás posteriormente, con un poco menos de 70 años de vida y la madurez en su cenit, que logra cristalizar, de forma paradójica, en hermosas piezas sonoramente complejas pero abiertamente accesibles: la absorción de los sonidos del mundo, y la disposición suya de ser copado por mentalidades musicales tan contrarias a su cultura, han hecho de Peter Gabriel un compositor y un instrumentista realmente sin par en la escala del rock contemporáneo.

Su vanguardismo, en un medio donde la vanguardia no es sino una etiqueta pop comercializadora más, es tan palpable que su propia música se distancia, en verdad, kilométricamente de los demás productos roqueros. Su Up del año 2002 (disco que ha tardado en salir una década, si tomamos en estricta consideración que su anterior trabajo en el estudio de grabación data de 1992: Us) es, artísticamente, una propuesta musical invaluable de principios del siglo XXI. Un disco perfecto, por donde lo quiera uno escuchar.

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Es una verdadera lástima que las nuevas disposiciones auditivas digitales lo hayan distanciado bruscamente del acto mismo de grabar conceptos sonoros al percatarse, Peter Gabriel de que con una sola canción ahora los “artistas” consiguen ser reproducidos, sin necesidad de acudir a un disco completo (donde se puede, o podía, apreciar la propuesta creativa del autor), miles de millones de veces en impulsos espontáneos colectivos necesariamente transitorios…



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Las nueve décadas de Margo Glantz | Julián Crenier

El día de ayer la escritora mexicana Margo Glantz cumplió 90 años de vida. Por tal motivo, la narradora, ensayista, crítica literaria, maestra y académica concedió una entrevista a Notimex para hablar acerca de su carrera, sus años de formación, sus preocupaciones literarias, su inquietud frente a la situación mundial, y de su vida en general.

—Me gustaría comenzar desde el principio. ¿Cómo fue su infancia?

—Ay, es muy difícil que le diga cómo fue una infancia que duró muchos años. Pero bueno, fue una infancia accidentada porque mis padres se mudaban mucho de casa y durante mucho tiempo fuimos de departamento en departamento, de colonia en colonia. Como cambiaba tanto de escuela, unas dos o tres veces al año, no tenía mucha relación con mis compañeros. Eso fue complicado hasta que por fin nos establecimos, más o menos durante un periodo más largo, en el pueblo de Tacuba, donde mis padres tuvieron una zapatería. Fue una infancia bastante precaria y con dificultades económicas.

Pantalones en la Facultad

—¿Cómo fue su primer acercamiento con la literatura? ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

—Mi padre tenía una biblioteca en varios idiomas y se preocupaba porque mis hermanas y yo leyéramos desde muy jovencitas. Recuerdo que cuando tenía como nueve o diez años nos compró un libro de mitología griega. Él tenía ediciones de la colección Aguilar, esos libros con tapas de cuero y papel Biblia. Tenía Shakespeare, Calderón de la Barca, un libro de poesía que empezaba con los griegos y que terminaba en el siglo XIX con Leopardi. También estaba suscrito al diario La Nación y había una revista de tira cómica, de caricaturas, que se llamaba Billiken, en la cual leímos cosas de la historia de la Argentina. Aparte de eso, también compraba la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges. De alguna forma, no sé cómo, tenía libros como La metamorfosis traducida por el mismo Borges. Compraba periódicos que tenían encartados folletines, y así fue como leí Los tres mosqueteros y Veinte años después. Leí a Verne, Salgari, Eugenio Sué y Dumas, como ya mencioné. Luego, poco a poco, me fui interesando en la literatura norteamericana: William Faulkner y John Dos Passos. Luego estuve varios años en una organización sionista donde descubrí a Thomas Mann, Herman Hesse y Wassermann, que no sé cómo fue que murió, no sé si fue exterminado por los nazis [Jakob Wassermann murió a causa de un infarto en Altausse, Austria, el 1 de enero de 1934, a los 60 años de edad].

Margo Glantz forma parte de una generación que vivió una oleada intensa de migración por parte de los españoles que huyeron de la guerra civil, y también de otras nacionalidades. Su llegada marcó, sin duda, un enriquecimiento en la cultura mexicana. Como alumna de la UNAM, ella recuerda cómo fue su acercamiento con ellos y de qué manera influyeron en su formación:

—Mi contacto con los inmigrantes fue en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estaban personajes como Luis Rius, Arturo Souto, Tomás Segovia, Horacio López, el escritor puertorriqueño José Luis González. La Facultad era una escuela extraordinaria, teníamos maestros fantásticos… cosa que ya no pasa ahora. Tuve un gran maestro de arte colonial mexicano que se llamaba Francisco de la Maza, otro de historia del arte europeo llamado don Juan de la Encina. Fui alumna de Usigli, de Alfonso Reyes, del doctor Gaos, del doctor Nicol, de Justino Fernández. En fin, tuve mucha suerte. Fue una época muy creativa e importante para mí.

—¿Ya había comenzado a escribir en aquel entonces?

—No. Al principio hacía trabajos de docencia en la prepa y en la Facultad. Primero me fui a París con mi primer marido, de 1953 a 1958. Ahí entré a la Sorbona a estudiar mi doctorado y escribí una tesis que publiqué muchos años más tarde. Regresando a México conseguí trabajo dando clases en la Preparatoria 4 [la que hoy en día es el Museo de San Carlos] y luego me fui a Cuba por un tiempo, donde me tocó la invasión de Bahía de Cochinos. Estuve un tiempo varada ahí, pero cuando por fin pude regresar me reinstalaron en una escuela en Coapa y en la Preparatoria 1 [en el Antiguo Colegio de San Ildefonso]. Esto fue de 1958 hasta 1966. Al mismo tiempo estaba dando clases en la Facultad sobre historia del teatro: teatro clásico griego, latino, y teatro del Siglo de Oro. Al poco tiempo nació mi hija mayor y también empecé a dar clases de literatura comparada. Trabajé a escritores como Proust, Flaubert y Madame de La Fayette. Luego di clases de literatura latinoamericana: Borges, Cortazar y todos los del boom. Pero ya mi primer libro de ficción lo publiqué a los 47 años.

—La docencia ha sido muy importante para usted, por lo que veo.

—Por supuesto que sí…

—¿Y cómo ha sido balancear la escritura creativa con la academia?

—En realidad siempre he trabajado en ambas cosas. Desde un principio tenía cuentos y pequeñas poesías que eran muy malas. Para 1977 empecé a escribir un libro de ficción de textos fragmentarios muy pequeños, como aforismos, que se llamó Las mil y una calorías, novela dietética [1978]. Ese texto nadie me lo quiso publicar y lo tuve que hacer a cuenta de autor. Por ese libro me hicieron una entrevista en la cual dije que no contaba con editorial. Luego la editorial de la Universidad Veracruzana se ofreció a publicarme mi segundo libro de ensayos.

—En toda su actividad, tanto de difusión como de maestra, de académica y de escritora, ¿qué significó y significa ser mujer viviendo y trabajando en un país como este?

—Era difícil. Alguna vez hice una traducción al español de Georges Bataille, que durante mucho tiempo fue un personaje marginado. Por ejemplo, Historia del ojo [1928] es una novela muy fuerte, erótica, y cuando la traduje al español en la Editorial Premiá, con un prólogo escrito por mí que también es muy fuerte, Huberto Batis me dijo que era una traducción “pierna abierta”. Creo que eso no lo hubiera dicho si yo hubiera sido hombre. Luego, cuando entré a la Facultad, y desde que estaba en la preparatoria, había muy pocas profesoras, aunque poco a poco eso ha ido cambiando. Antes las únicas profesoras éramos Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández y yo. Recuerdo que un día llegué con pantalones a la Facultad y me preguntaron que si me creía George Sand, porque las mujeres debían usar falda y no pantalones. Cuando iba a dar a luz en 1959, el director de entonces, Francisco del Arroyo, me preguntó que si era yo primeriza, y al decirle que sí él me contestó:

“—Usted no puede faltar a clase hasta el momento en que dé a luz.

“Casi casi quería que diera luz en clase. Eso yo creo que es una forma de sexismo”.

“Sin erotismo no existiríamos”

—Volviendo al erotismo, tema por el cual se ha interesado, ¿por qué cree que escandalizaba tanto en aquella época?

—¡Y hoy en día también! Yo publiqué una novela erótica en 1996 que se llama Apariciones y en ese momento no funcionó. Algunas compañeras maestras me decían que era una novela que no podían enseñar en clase, que les era imposible revisarla. El año pasado la volvió a publicar una editorial chilena en una edición ilustrada, de pasta dura, que probablemente no se distribuya. Pero la lectura actual de esa novela, de muchachas jóvenes, fue muy buena, sin los prejuicios que había cuando la publiqué. Además yo acababa de entrar a la Academia Mexicana de la Lengua y les asombraba que un libro de ese tipo hubiera permitido que una mujer entrara. Daba la impresión de que había un tipo de resquemor.

—Pero el erotismo debe de situarse en el mismo nivel que la actividad intelectual, ¿no lo cree?

—Claro, es una de las formas de la realidad. Sin erotismo no existiríamos…

—Los griegos y los romanos así la situaban…

—Bueno, eso es complicado. Le recomiendo que lea un libro muy importante que se llama El sexo y el espanto [1994] de Pascal Quignard, donde habla acerca del significado del sexo para los romanos. Uno de los libros más extraordinarios que he leído en mi vida y que trabajo constantemente. Ahí maneja que tampoco era tan fácil. Había una relación muy importante con el sexo porque tenía mucho que ver con la fecundidad y las razones de la ciudad, pero estaba bastante codificado. Tenía muchos límites y muchas reglas estrictas. Creo que los griegos eran un poco más liberales, aunque en relación con los hombres, porque los esclavos y las mujeres no eran ciudadanos. Había una gran discriminación. Hay una gran estudiosa de la tradición griega llamada Nicole Loraux que trabaja muy cuidadosamente la relación de las mujeres con la sociedad. Tiene un libro fantástico llamado Maneras trágicas de matar a una mujer [1989] donde analiza las formas canónicas que tenían de morir, tanto hombres como mujeres. No podían morir de la misma manera. Los hombres lo hacían derramando la sangre de manera heróica, mientras que las mujeres que tienen la menstruación, no podían derramar sangre, debían morir colgadas, ahorcadas. Sólo hay una mujer que muere por la espada, que es Deyanira, la mujer de Hércules. Hay cosas muy interesantes en ese sentido.

—Es tremendo. Incluso es muy impactante ver que en el siglo XXI la mujer sigue sin tener completa libertad sobre su cuerpo. Como ejemplo tenemos el tema del aborto.

—Es algo por lo que hemos estado peleando todo este tiempo.

—¿Por qué cree que no se han logrado conseguir por completo esas libertades? ¿Qué representaría para el sistema que la mujer tuviera completa libertad sobre su cuerpo?

—A mí me parece de una hipocresía impresionante. Estamos viendo esta avalancha de migración, este problema con Trump, que todo el tiempo se queja de los migrantes, cuando ellos fueron los que lo propiciaron. Luego están criticando que haya mucha gente y sin embargo prohiben el aborto. La libertad de la mujer es algo complicado que asusta al sistema, y una de las formas más efectivas de controlarla es a través del cuerpo. No permitir que la mujer decida si tiene relaciones sexuales o no, si tiene hijos o no, es algo que no sucede igual con los hombres. Claro, la homosexualidad también ha sido muy complicada y muy perseguida, pero los hombres en general han tenido más apertura.

—En el caso de la escritura, ¿cómo se diferencia el erotismo con rigor artístico de la mera pornografía?

—Es muy difícil, no se lo voy a decir en dos palabras. Tendríamos que hacer una conferencia al respecto.

—Me parece bien, pasemos a otra cosa.

“Y por mirarlo todo, nada veía”

Margo Glantz dedicó una parte importante de su vida académica al estudio de Sor Juana Inés de la Cruz y ha sido, sin duda, una de las investigadoras más relevantes de los últimos tiempos al respecto:

—Un día la editorial venezolana Ayacucho, fundada por Ángel Rama [y José Ramón Medina], me pidió que hiciera una antología sobre Sor Juana y que escribiera el prólogo. Como yo la había estudiado de alguna manera superficialmente, me tardé varios años. Eso fue en 1988 y la publicación del libro estaba pensada para 1992 porque había un aniversario muy importante de Sor Juana. A partir de ahí escribí muchos, muchos libros sobre ella.

—¿Es el “Primero sueño” el mejor poema que se ha escrito en lengua española?

—Bueno, hay muchos poemas importantes, pero el “Primero sueño” es uno de los mejores que se ha escrito no sólo en español, sino en cualquier idioma, ¿no? Como el español dejó de ser un idioma imperial, pues no pudo ser tan conocida como Shakespeare en aquel entonces, pero los grandes dramaturgos españoles del Siglo de Oro son tan extraordinarios como él.

—¿Qué representa la figura de Sor Juana al día de hoy?

—Representa demasiadas cosas. Es como una especie de pantalla de transferencia para los psicoanalistas, porque todas las cosas por las que se interesa la gente en trabajar a partir de Sor Juana, las refleja en esa pantalla. Las feministas por feminista, los religiosos porque quieren que sea una santa, los estudiosos del arte colonial porque encuentran relación con el Neptúno alegórico. Sor Juana se presta para muchas cosas y para muchas ideologías.

—Incluso usted encontró una relación directa de Sor Juana con el tema de las redes sociales, pues su libro Y por mirarlo todo, nada veía, de 2018, lo nombró a partir de un verso de ella. ¿Me podría platicar sobre cómo fue el desdoblamiento de este libro?

—Es un libro de puros textos breves, unos sacados de las redes sociales, otros míos. Se trató de hacer un inventario de textos sobre lo que se distribuye en estas plataformas, de la incapacidad de darse cuenta de lo que está pasando, la falta de jerarquización de las cosas, la falta de ironía, la literalidad, el narcisismo flagrante. Me pareció muy importante hacer una especie de trabajo en donde simplemente con reunir material, aunado a material mío que fui trabajando, pudiera dar una idea de una mirada más crítica, más distanciada e incluso irónica de lo que está pasando con las redes sociales. Llega un momento en que la información es tan abundante, tan copiosa, tan indistinta, que cuando lees una noticia, por más espantosa o importante que sea, se junta con otra y no hay diferenciación. Ahí fue cuando me acordé del “Primero sueño” y de una frase muy importante que Sor Juana dice a mitad de su transcurso por las galaxias, cuando de repente se da cuenta que todo lo que está viendo es impresionante pero demasiado grande, confuso e imposible de diferenciar. A partir de eso, ella dice: “Y por mirarlo todo, nada veía, ni discernir podía”. Lo mismo está pasando con las redes sociales. Me pareció muy bueno para el título de un libro que trata un tema que me interesa mucho y para volver a una figura que ha sido fundamental en mi carrera.

—¿Cree que deberíamos ser más conscientes y responsables con las redes sociales?

—Son muy peligrosas y lo sabemos perfectamente. No sólo han sido colonizadas ideológicamente, también han servido para que haya sismos políticos como la elección de Trump, la aparición del Brexit y la llegada de Bolsonaro. Políticamente se han creado cataclismos que generan problemas de primera instancia. Eso, por un lado, y por otro tenemos un problema muy serio de la relación de la gente con la realidad. Se ha comprobado que la fragmentariedad en las redes sociales difumina e impide la lectura concentrada de textos largos. Aunque yo misma trabaje con el fragmento en mi literatura, siempre construyo mis textos como un mosaico que llega a una totalidad. Pero con las redes sociales yo, que soy una persona que ha leído tanto y que sigue leyendo tanto, me cuesta más trabajo terminar un libro de 500 páginas, por ejemplo.

—La inmediatez de Twitter ha hecho que nos alejemos de ese tipo de lecturas.

—Sí, y además hay una cosa muy impresionante con las redes sociales en donde hay una soledad que la gente comparte cibernéticamente. Después de eso, se sienten más solas aún porque no hay un contacto directo con nadie. Además las personas están completamente preocupadas por su narciso y por las cosas más banales de la vida cotidiana. Todo esto se cultiva de una manera sorprendente en las redes sociales.

—¿Considera que su proceso personal de descubrimiento y desentrañamiento de las redes ha sido devastador?

—Sí. Yo empecé con las redes sociales, y lo digo siempre, porque hubo esa explosión en los países árabes gracias al Twitter, pero a la larga fue una explosión completamente negativa porque en lugar de liberarse, los esclavizaron más. En Egipto, en Túnez, en todos esos países que aparentemente se habían levantado.

Campechanear entre el ensayo y la ficción

—¿Se siente satisfecha con su trabajo hasta ahora?

—He estado satisfecha, pero últimamente me siento muy aburrida de la vida.

—¿Por qué lo dice?

—Porque voy a cumplir 90 años…

—Pero eso es increíble, ha construido una carrera impresionante en todos los sentidos.

—Pues sí, pero estoy pasando por una etapa difícil. Pero, bueno, la sobrepasaré. Voy a escribir más libros y voy a viajar más, eso me ayudará mucho.

—¿Podemos esperar algo de usted en un futuro cercano?

—Sí, prefiero no hablar mucho de lo que viene, pero hice un libro el año pasado que se publicó en Argentina que se llama El texto encuentra un cuerpo. Me dijeron que iba a llegar a México, pero por el momento no se está distribuyendo. También hubo la reedición de El rastro [2002] que tuvo mucho más éxito ahora porque se leyó mejor. Quiere decir que lo que escribo es hacia futuro. Hay cosas que yo estaba haciendo hace años que hoy en día ya se toman en serio.

Llegando a las nueve decadas de vida, Margo Glantz cuenta con una trayectoria que se expande por distintos rincones de la literatura, pero la razón fundamental de su quehacer siempre recae en una cosa: el amor por la lectura. Bien se ha dicho que no existe tal cosa como un escritor que no tiene una pasión por ella. Glantz es, quizá, la viva imagen de esa premisa:

—La vida es corta, y si uno quiere vivir miles de cosas que no puede en su vida cotidiana, la lectura le permite a uno experimentarlas intensamente. Al principio es bueno leer novelas de aventuras, Verne o Salgari. Ya luego uno puede trabajar cosas más filosóficas y ensayísticas. Yo siempre campechaneo entre el ensayo y la ficción, y las dos cosas las manejo en mi literatura. Creo que lo más importante es tener la capacidad de leer con mucho cuidado. Para mí siempre ha sido fundamental enseñar a leer, es algo que siempre me ha interesado en mi carrera como docente. Y una de las cosas más impresionantes es que, a pesar de tener una mirada trabajada y experimentada por las muchas décadas que llevo leyendo, los alumnos siempre la tienen nueva y fresca, y de esa manera renuevan la mía. La relación alumno-maestra me parece fundamental, porque el alumno tiene esa mirada con novedad, inexperiencia, curiosidad, ingenuidad, pero es una que siempre puede asombrarse.



FUENTE: NOTIMEX



 

2019: obituario de creadores y pensadores | José David Cano


[La lista pareciera interminable. Ya la habíamos prácticamente cerrado cuando viene el infausto deceso de Juan Tovar, y esperemos ya no haya más partidas que lamentar. Sí, cada año duelen las despedidas de numerosos creadores, pero algo tuvo este 2019 que casi no nos deja acabar con este triste recuento…]


A ver: 2019 está llegando a su fin, pero algunos lo suplicamos desde octubre: “Por favor, ¡que ya se acabe el año!”

Vale, no me malentienda: la petición tenía sustento: por momentos, daba la impresión de que 2019 se estaba convirtiendo en un año lúgubre, sombrío, negro para la cultura. De hecho, por momentos daba la sensación de que se estaba ensañando contra ella.

Me refiero, claro está, al alto número de fallecimientos —que día tras día han ido ocurriendo— de personajes esenciales del ámbito cultural.

Durante este brusco y desbocado año han muerto escritores, músicos, directores de cine, artistas visuales, científicos… Algunos resultaban previsibles, dada su edad y/o su reconocida mala salud; otros, empero, nos han tomado a todos por sorpresa y la conmoción ha sido aún mayor.

A manera de memorial —y como prácticamente sería imposible incluir a todas las personas de mérito aquí—, dejamos este fugaz y breve y arbitrario recuento con algunos protagonistas que se fueron en este 2019.

Enero

Mal comenzaba el nuevo año. Los decesos comenzaron prontamente: Jocelyne Saab: fotógrafa y artista plástica, además de pionera del nuevo cine libanés; Saúl Ibargoyen: incansable poeta, narrador, crítico, traductor y ensayista uruguayo-mexicano; Sam Savage: mecánico de bicicletas, pescador, tipógrafo, carpintero, pero sobre todo elogiado escritor estadounidense; José García Ocejo: inclasificable pintor, muralista y serigrafista mexicano; Nathan Glazer: reconocido historiador, sociólogo, profesor, escritor y periodista estadounidense; Edmundo Herrera Zúñiga: uno de los poetas más entrañables que ha dado la tradición lírica chilena; Diana Athill: legendaria editora británica y ella misma autora de cuentos, novelas y biografías; Jonas Mekas: padre del cine experimental estadounidense, además de un verdadero revolucionario del lenguaje cinematográfico; Oliver Mtukudzi: compositor, cantante, guitarrista y productor zimbabuense —una figura de la música global, roquero africano sin parangón—; Dušan Makavejev: director de cine y guionista serbio, pionero del movimiento Ola Negra; Jean Guillou: inabarcable compositor, organista y pedagogo francés; Michel Legrand: fértil compositor parisino de música para películas; y Humberto Ak’abal: escritor maya k’iche’, uno de los más grandes poetas que ha concebido la tierra guatemalteca.

Febrero

Enrique Novelo Navarro —mejor conocido como Coqui Navarro—: compositor de música popular y trovador mexicano; Leonie Ossowski —o también Jolanthe von Brandenstein—: reconocida novelista, guionista, cuentista alemana; Robert Ryman: desafiante pintor estadounidense del expresionismo abstracto, el minimalismo y el arte conceptual; Tomi Ungerer: inquieto ilustrador y dibujante francés, además de escritor de literatura infantil; Vicente Medel Martínez: arquitecto y urbanista y escritor hispano mexicano; Karl Lagerfeld: diseñador de moda alemán, considerado uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo XX; Dominick Argento: compositor estadounidense de música coral y ópera lírica; Jackie Shane: indómita cantante norteamericana transexual de soul y R&B; Peter Tork: músico y actor estadounidense, conocido por ser el tecladista y bajista de The Monkees; Herlinda Sánchez Laurel: artista y docente de artes plásticas, reconocida en el Salón de la Plástica Mexicana; y Mark Hollis: cantante, músico y compositor inglés —en su momento, integrante del grupo Talk Talk.

Marzo

Juan Arancio: prolífico pintor, dibujante, ilustrador e historietista argentino; Kevin Roche: influyente arquitecto norteamericano (Premio Pritzker); David Held: sociólogo británico —erudito en el campo de la globalización—; Keith Flint: cantante y músico inglés, miembro de The Prodigy; Jean Starobinski: historiador y crítico literario suizo; Jacques Loussier: pianista y compositor francés; Michael Andreas Gielen: compositor, pianista y director de orquesta austriaco; Guillaume Faye: filósofo, académico y periodista francés defensor del identitarismo como parte de la Nouvelle Droite; Joseph Hanson Kwabena Nketia: etnomusicólogo, compositor y musicólogo ghanés; William Stanley Merwin: poco conocido en México, fue uno de los poetas estadounidenses más influyentes del siglo XX; Barbara Hammer: directora de cine experimental, así como activista queer estadounidense; Dick Dale: músico y guitarrista estadounidense —pionero del surf rock—; Andre Williams: cantante y compositor de R&B y punk blues estadounidense; Marcel Detienne: historiador de las religiones, antropólogo, helenista y escritor belga; Scott Walker: músico, compositor, cantante y productor británico-estadounidense (ex integrante de The Walker Brothers); y Agnès Varda: figura mítica originaria de Bélgica de la Nouvelle Vague y una de las cineastas más influyentes de todos los tiempos.

Abril

Vonda N. McIntyre: escritora estadounidense, de las primeras mujeres en adentrarse a la ciencia ficción; Rafael Sánchez Ferlosio: novelista, ensayista y lingüista español; Armando Vega-Gil: antropólogo, compositor, músico, escritor y periodista mexicano, supuestamente suicidado por una concreta denuncia en MeToo / México —antes de fundar y ser bajista del trío humorístico de rock Botellita de Jerez había sido jefe de redacción del periódico cultural Melodía / Diez Años Después—; Herman Braun-Vega: inclasificable artista plástico peruano; José Quijano: cantautor, músico y director de orquesta puertorriqueño —gran conocedor de la música del Caribe—; Pastor López: cantante, músico y compositor venezolano —reconocido en América Latina por interpretar cumbia colombiana—; Lourdes Ruiz Baltazar: tallerista y difusora de la cultura popular de Tepito y el albur —más conocida como La Reina del Albur, coronándose en concursos del ramo venciendo incluso a todos los hombres—; Larissa Adler Milstein: prestigiosa antropóloga social, investigadora, catedrática y académica de nacionalidad chilena por matrimonio y nacionalidad mexicana por residencia; Gene Wolfe: célebre escritor estadounidense de ciencia ficción y fantasía; Gustavo Arias Murueta: artista plástico mexicano dedicado a la pintura, el grabado y el dibujo —considerado una de las figuras de la Generación de la Ruptura—; Alberto Cortez: cantautor y poeta argentino, uno de los intérpretes más queridos del folclor latinoamericano; Roberto Fernández Iglesias: poeta, crítico literario, ensayista, editor, periodista, docente y promotor cultural —panameño naturalizado mexicano—; Rocío González: poeta, ensayista y profesora mexicana; Dick Rivers: uno de los grandes cantantes de rock en Francia; Beth Carvalho: cantante brasileña de samba, guitarrista y compositora, una de las más destacadas en su género.

Mayo

Juan Vicente Torrealba: músico y compositor venezolano —uno de los artistas de mayor renombre que ha tenido ese país en su historia musical—; Adam Sky: reconocido productor y DJ australiano de música electrónica; John Lukacs: profesor, pero sobre todo escritor, el estadounidense se convirtió en uno de los más importantes historiadores; Rafael Coronel: uno de los grandes pintores mexicano; Segundo Bautista: pianista, guitarrista y prolífico compositor ecuatoriano; Gloria Guardia: distinguida novelista, ensayista y académica panameño-nicaragüense; Roky Erickson: cantante y compositor estadounidense de rock —conocido por ser el fundador y líder de la banda de rock psicodélico 13th Floor Elevators—; Ieoh Ming Pei: arquitecto estadounidense de origen chino, uno de los más innovadores y prolíficos del siglo XX (también Premio Pritzker).

Junio

Michel Serres: reconocido filósofo francés; Agustina Bessa-Luís: considerada una de las figuras más importantes, y quizá la más original, de las letras portuguesas del siglo XX; Fernando Aínsa: autor de una amplia y brillante obra como narrador y poeta —al hispanouruguayo le gustaba “mirar el mundo desde los márgenes”—; Dr. John: flamante pianista, cantante y compositor estadounidense, cuya música combinaba los géneros del blues, boogie-woogie y el rock & roll; Marta Harnecker: importante periodista, escritora, psicóloga, socióloga e intelectual comunista marxista chilena; Franco Zeffirelli: provocativo director de cine y productor de óperas y teatro italiano; Molara Ogundipe: poeta y una de las escritoras más importantes en feminismo africano, estudios de género y teoría literaria; David Bartholomew: trompetista, compositor, productor, y, sobre todo, uno de los principales arquitectos del rock & roll; y Mordillo —o también Guillermo Mordillo Menéndez—: dibujante argentino reconocido internacionalmente por sus pinturas cómicas, coloridas y mudas sobre el amor, deportes, animales y varios aspectos curiosos de la vida.

Julio

Con el arranque de la segunda mitad de 2019, las cosas no se modificaron demasiado. Varios fueron los decesos: José Luis Merino: prolífico director de cine y guionista español; Juan Manuel García Junco —acá: H. Pascal—: incansable promotor mexicano de la lectura, interesado en los marginados literarios, él también escritor; Joao Gilberto: cantante, compositor y guitarrista brasileño, fue considerado junto con Antônio Carlos Jobim uno de los creadores de la bossa nova a fines de los años 1950; Armando Ramírez: divertido y profundo escritor, novelista, periodista y cronista mexicano; Rosa María Britton: doctora en medicina, pero, a la vez una de las más importantes escritoras panameñas de cuentos y novelas; Andrea Camilleri: guionista, director italiano de cine y, sobre todo, uno de los máximos exponentes de la novela negra en el mundo; Agnes Heller: socióloga, filósofa y profesora húngara —considerada una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX—; César Pelli: arquitecto argentino naturalizado estadounidense de gran prestigio y reconocimiento internacional; Roberto Fernández Retamar: indómito poeta, ensayista, crítico literario y activista cultural cubano; José Pascual Buxó: catedrático, filólogo, escritor, poeta y académico mexicano de origen español; y Eniac Martínez: visionario fotógrafo, pintor y cineasta mexicano.

Agosto

Desde el primer día, no dio tregua el mes: D. A. Pennebaker: cineasta y documentalista estadounidense, considerado uno de los fundadores del movimiento Cinéma Vérité —por cierto, su filme del Monterey Pop Festival de 1967 ya es icónico—; Ludwig Zeller Ocampo: poeta surrealista y artista visual chileno que radicó en México desde principios de los ochenta; Toni Morrison: combativa escritora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer y del Nobel de Literatura; David Cloud Berman: músico, cantante, poeta y humorista gráfico estadounidense, integrante de la banda de indie-rock Silver Jews, y fundador del reciente grupo Purple Mountains (2019); Jean-Pierre Mocky: director de más de 60 películas, fue uno de los cineastas franceses más inclasificables; Claudio Taddei: músico y artista plástico suizo-uruguayo; Everardo Mendoza Guerrero: sobresaliente lingüista, investigador y académico mexicano; Thelma Nava: poeta mexicana, también periodista cultural; Celso Piña: cantante y compositor mexicano, cumbiambero de corazón, amante y difusor del vallenato colombiano, atrevido experimentador de sonidos, y docto conductor del acordeón; Immanuel Wallerstein: sociólogo y científico social estadounidense, uno de los más grandes intelectuales y activistas políticos contemporáneos.

Septiembre

Iñigo Muguruza: escritor español, cineasta y pionero del rock radical vasco —junto con sus hermanos fundó bandas esenciales del género, como Kortatu y Negu Gorriak—; Francisco Toledo: brillante artista plástico de origen zapoteco —con una destacada labor de activista de izquierda, luchador social, ambientalista, promotor, difusor cultural y filántropo—; Robert Frank: importante figura dentro del ámbito fotográfico y el cine experimental estadounidense; Hossam Ramzy: seductor percusionista y compositor de origen egipcio.

Casi pisándose los talones, cinco artistas estadounidenses salieron de escena durante este mes: Daniel Johnston: cantante, compositor, músico y artista visual —un outsider, pero, sobre todo, una rara avis de la música indie y/o alternativa—; Eddie Money: músico, cantante y guitarrista de pop rock, con un extenso repertorio que cubre cuatro décadas; Ric Ocasek: cantante, compositor y productor, conocido por ser el vocalista y líder de la banda de rock The Cars; Harold Mabern: pianista de jazz, cuyo sonido bordea el hard bop y funky jazz; y Robert C. Hunter: letrista, compositor, cantante y poeta, más conocido por su trabajo con el grupo de Grateful Dead.

Septiembre también fue testigo de la partida de Paul Badura-Skoda: maestro del piano —era considerado uno de los pianistas austríacos de mayor proyección internacional de la postguerra—; Luis Ospina: director, guionista y productor —uno de los precursores del cine en Colombia, figura esencial del grupo de cineastas de Cali en los años 1970 y 1980, y uno de los padres creadores del movimiento Caliwood—; Yvonne Domenge: escultora mexicana ampliamente reconocida —cuyas obras forman parte de varias instituciones tanto nacionales como extranjeras—; Jessye Norman: soprano afroestadounidense —quien estaba entre las más admiradas cantantes líricas de su generación—; y José Rómulo Sosa Ortiz —o, si lo prefiere, José José—: cantante, músico, productor musical y actor mexicano que aunque es de extracción completamente comercial vía la fabricación televisiva, fue despedido en el palacio de Bellas Artes por una decisión de las autoridades culturales del país.

Octubre

Otro mes rudo: Miguel León-Portilla: filósofo e historiador mexicano, su trabajo se centró en los pueblos indígenas y prehispánicos, desde el estudio de su lengua y literatura hasta la defensa de sus derechos —era uno de los últimos grandes sabios de este país—; Kim Shattuck: cantante, compositora, guitarrista y bajista estadounidense, conocida por ser la líder de la banda The Muffs y bajista temporal de Pixies; Marcello Giordani: tenor italiano de relevancia internacional; Ginger Baker: baterista y cantautor británico, conocido por su trabajo con el grupo Cream; Javier Darío Restrepo: periodista y escritor colombiano, con una carrera que abarcaba más de cincuenta años —y, en la cual, se fue especializando en ética periodística—; Enrique Alberto Servín Herrera: escritor, poeta, traductor, abogado, férreo defensor y estudioso de las lenguas indígenas, quien fuera asesinado en su domicilio (Chihuahua, México); Adolfo Mexiac: artista plástico mexicano y, sí, uno de los grandes de la gráfica mundial —reconocido, entre otras obras, por su grabado Libertad de expresión.

Octubre también vio marcharse a Harold Bloom: profesor y teórico estadounidense, y posiblemente el crítico literario más importante e influyente de nuestro tiempo; Alicia Alonso: leyenda de la danza en Cuba y del ballet clásico (famosa por sus representaciones de Giselle y Carmen, Alonso era historia viva del ballet del siglo XX); Gilberto Aceves Navarro: pintor, escultor y grabador, cuyo legado es imprescindible en el arte contemporáneo de México; Daniel Leyva: escritor, poeta y promotor cultural mexicano, ganador del Premio Xavier Villaurrutia y del Premio Nacional de Novela José Rubén Romero; Alicia Reyes: poeta, narradora y ensayista mexicana —nieta del escritor y ensayista mexicano Alfonso Reyes—; y Perla Schwartz: poeta, ensayista y periodista cultural mexicana.

Noviembre

Rina Lazo: pintora y grabadora guatemalteca, considerada la última mujer del movimiento muralista mexicano; José de la Colina: escritor, crítico literario, ensayista y periodista hispanomexicano; Juan Octavio Prenz: poeta, escritor, traductor, profesor y crítico literario argentino; Regina Raull: pintora mexicana de origen español y autora de una vasta obra de arte público; Armando Molina, roqiero mexicano, cantante de La Máquina del Sonido, autor de un libro aún inédito sobre el Festival de Avándaro; Purita Campos: dibujante, historietista, ilustradora y pintora española —estaba considerada la autora más popular del cómic español en el siglo XX—; Minerva Margarita Villarreal: poeta, editora, traductora y docente mexicana; Enrique Iturriaga Romero: pedagogo y pionero de la composición orquestal en el Perú, fallecido a los 101 años de edad; Juan Orrego Salas: arquitecto, musicólogo, profesor y uno de los compositores chilenos más interpretados y grabados en el extranjero, fallecido a los 100 años de edad; y Carlos Jurado: fotógrafo y muralista mexicano, impulsor del rescate de las técnicas antiguas y especialista en la cámara estenopeica.

Diciembre

Desde luego, la vida no se detiene, tampoco la muerte. En estos veintitantos días transcurridos han fallecido, entre otros, Marco Julio Linares: una figura esencial en el sistema cinematográfico mexicano, por su amplia trayectoria como productor y director de cine, y por haber dirigido instituciones como Estudios Churubusco, el Eficine o el Centro de Capacitación Cinematográfica; Marie Fredriksson: cantante y compositora sueca conocida por ser la voz femenina del dúo de Roxette (junto a Per Gessle); Joe McQueen: saxofonista de jazz estadounidense; Josué Bernardo Marcial Santos, más conocido como Tío Bad: músico de Sayula de Alemán que reivindicaba la lengua popoluca por medio del rap y el son jarocho, y que fuera asesinado en Veracruz.

También hemos visto partir a José Miguel Oviedo: escritor y uno de los más importantes críticos literarios peruanos, autor de cuatro tomos de la literatura en castellano; y a Juan Tovar: dramaturgo, narrador, traductor, guionista y docente, considerado uno de los autores más destacados de la literatura contemporánea mexicana.



FUENTE: NOTIMEX