Archivo de la categoría: Novela

Las inseparables | Capítulo 1 | Simone de Beauvoir

A los nueve años, yo era una niña muy formalita; no siempre lo había sido; en mi primera infancia, la tiranía de los adultos me causaba unas agonías tan furibundas que una de mis tías dijo un día, muy en serio: «Sylvie está poseída por el demonio». La guerra y la religión pudieron conmigo. Di pruebas enseguida de un patriotismo ejemplar al pisotear un muñeco llorón de celuloide «made in Germany» que, por lo demás, no me gustaba. Me informaron de que dependía de mi buen comportamiento y de mi devoción que Dios salvase Francia: no podía escurrir el bulto. Paseé por la basílica del Sacré-Cœur con otras niñas tremolando oriflamas y cantando. Empecé a rezar muchísimo y le cogí el gusto. El padre Dominique, que era el capellán del colegio Adélaïde, me animó en mi fervor. Con un vestido de tul y tocada con una cofia de encaje de Irlanda, hice la comunión en familia: a partir de ese día pudieron ponerme de ejemplo a mis hermanas pequeñas. El cielo me otorgó que a mi padre lo destinasen al Ministerio de la Guerra por insuficiencia cardíaca.

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La fiesta brava | Nidia Esther Rosado (Yucatán, México)

Cric, Crac, cric, crac; crujieron los palos y los bejucos cuando Jesusita subió por la rústica escalerilla que conducía al palco. Improvisado con palmas y horcones, el tablado ocupaba todo lo ancho de la plazoleta. La mujer de Juan Carlos se sentó en una silla de plegar y muy circunspecta esperó la hora de la corrida. Los niños, en la baranda, se entretuvieron columpiando los pies. Abajo, los viandantes y los vendedores esperaban también. El palco de la familia de Juan Carlos era inmejorable: al frente tenía al portalón, a la derecha, la orquesta y a la izquierda, al Juez de Plaza.

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Pánico o peligro (Capítulo 1) | María Luisa Puga (México)

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IMAGÍNATE: éramos mi padre, mi madre y yo. Me acuerdo del coche cuando salíamos a pasear. Un Plymouth de segunda que acababa de comprar mi padre. Su primer coche y el único que tuvo. Lo manejaba con temor, con muchísimo cuidado. Nunca se sintió seguro manejando. Para ver por la ventanilla, yo me tenía que arrodillar en el asiento. El coche era como una tina de latón, y el mundo afuera era muy raro pese a los comentarios de mi mamá: que si las jacarandas ya estaban floreando, que si aquel edificio nuevo. Contenta mi mamá en esos paseos graves, casi solemnes, de los domingos.

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El carretero de la muerte (Capítulos I, II, III y VI) | Selma Lagerlöf (Suecia)

I

UNA pobre muchachita del Ejército de Salvación agonizaba enferma de tuberculosis, de esas rápidas y brutales que no se resisten más de un año.
Mientras pudo, había continuado sus guardias y cumplido sus deberes; pero cuando le faltaron las fuerzas, fue enviada a un sanatorio. Allí había sido cuidada durante algunos meses, sin experimentar mejoría alguna; y comprendiendo que estaba perdida, volvió al lado de su madre, que vivía en una casita propia en una calle de las afueras. Allí, postrada en cama, en una alcoba mísera, en la que había pasado su infancia y su primera juventud, esperaba la muerte.

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Flush | Capítulo I: «Three Mile Cross» | Virginia Woolf

Universalmente se reconoce a la familia de la que descendía nuestro biografiado como una de las de más rancia estirpe. Por tanto, no es extraño que el origen de este apellido se pierda en la oscuridad de los tiempos. Hace muchos millones de años, el país que hoy se llama España bullía con los fermentos de la Creación. Pasaron siglos; apareció la vegetación; donde hay vegetación, ha decretado la Naturaleza que haya también conejos; y, dondequiera que hay conejos, quiere la Providencia que haya perros. Todo esto es irrefutable. Pero empiezan las dudas y las dificultades en cuanto nos preguntamos por qué se llamó spaniel al perro que cazaba al conejo. Algunos historiadores afirman que cuando los soldados cartagineses desembarcaron en España, gritaron a una: Span! Span!, porque veían salir a los conejos, como flechas, de entre la maleza. Todo el país rebosaba de conejos. Y span en cartaginés significa «conejo». Por eso llamaron al país Hispania, o tierra de conejos; y a los perros, a quienes se descubrió casi al mismo tiempo persiguiendo a los conejos, se les llamó spaniels o perros conejeros.

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‘Estorbo’, la crónica de una ciudad violenta | Armando Pacheco

Publicada a finales del año 1992, Estorbo (Estorvo) de Chico Buarque es una obra literaria que no sólo nos muestra a un personaje perturbado sino que durante sus andanzas por una gran ciudad nos describe los horrores de la violencia en la que se ve sumergido.

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