Archivo de la categoría: Novela

Monjas y soldados (1980) | Capítulo I | Iris Murdoch

—Wittgenstein…

—¿Sí? —dijo el Conde.

El moribundo se movió en la cama, girando la cabeza rítmicamente de un lado a otro de una manera que se había vuelto habitual en los últimos días. ¿Dolor quizá?

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La maldición (1977) | Elías Canetti

Sin embargo la relación con Laurica no se rompió del todo. Recelaba de mí y me esquivaba cuando volvía de la escuela, y ponía mucho cuidado en no abrir su mochila ante mí. Yo había perdido todo interés por su escritura. Después de la tentativa homicida quedé completamente convencido de que era muy mala alumna y de que por eso se avergonzaba de enseñar su escritura incorrecta. Diciéndome esto dejaba quizás a salvo mi orgullo.

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El habitante y su esperanza (1926) | Pablo Neruda

I

Ahora bien, mi casa es la última de Cantalao, y está frente al mar estrepitoso, encajonada contra los cerros.
El verano es dulce, aletargado, pero el invierno surge de repente del mar como una red de siniestros pescados, que se pegan al cielo, amontonándose, saltando, goteando, lamentándose. El viento produce sus estériles ruidos, desiguales, según corran silbando en los alambrados o den vueltas su oscura boleadora encima de los caseríos o vengan del mar océano arrollando su infinito cordel.
He estado muchas veces solo en mi vivienda mientras el temporal azota la costa. Estoy tranquilo porque no tengo temor de la muerte, ni pasiones, pero me gusta ver la mañana que casi siempre surge limpia y reluciendo. No es raro que me siente entonces en un tronco mirando hasta lejos el agua inmensa, oliendo la atmósfera libre, mirando cada carreta que cruza hacia el pueblo con comerciantes, indios y trabajadores y viajeros. Una especie de fuerza de esperanza se pone en mi manera de vivir aquel día, una manera superior a la indolencia, exactamente superior a mi indolencia.
No es raro que esas veces vaya a casa de Irene. Atravieso ese recinto baldío que me separa del pueblo, cosa de una legua, sigo por las calles deshabitadas y me detengo frente al portón de su casa, donde la espero aparecer.
Si está lavando me gusta ver sus manos que se azulan con el agua fría, si está entre la huerta, me gusta ver su cabeza entre las pesadas flores del girasol, si no está, me gusta ver vacío el patio y la huerta y la espero sin desear que llegue.

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Día del maestro. De la península de Yucatán a la península de Baja California | Jesús Solís Alpuche

En honor al día, hoy quiero recordar a mi gran camarada: Jesús García Manriquez, «El Bobby». Luchador social bajacaliforniano, de letras como armas tomar, que inesperadamente me habló hace unos días, desde la paz, BCS, ya que como yo, hace mucho dejamos Santa Rosalía, Mulegé.

Ambos vamos a cumplir 82 años, pero la lucha sigue, y sigue para nosotros…

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Las inseparables | Capítulo 1 | Simone de Beauvoir

A los nueve años, yo era una niña muy formalita; no siempre lo había sido; en mi primera infancia, la tiranía de los adultos me causaba unas agonías tan furibundas que una de mis tías dijo un día, muy en serio: «Sylvie está poseída por el demonio». La guerra y la religión pudieron conmigo. Di pruebas enseguida de un patriotismo ejemplar al pisotear un muñeco llorón de celuloide «made in Germany» que, por lo demás, no me gustaba. Me informaron de que dependía de mi buen comportamiento y de mi devoción que Dios salvase Francia: no podía escurrir el bulto. Paseé por la basílica del Sacré-Cœur con otras niñas tremolando oriflamas y cantando. Empecé a rezar muchísimo y le cogí el gusto. El padre Dominique, que era el capellán del colegio Adélaïde, me animó en mi fervor. Con un vestido de tul y tocada con una cofia de encaje de Irlanda, hice la comunión en familia: a partir de ese día pudieron ponerme de ejemplo a mis hermanas pequeñas. El cielo me otorgó que a mi padre lo destinasen al Ministerio de la Guerra por insuficiencia cardíaca.

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La fiesta brava | Nidia Esther Rosado (Yucatán, México)

Cric, Crac, cric, crac; crujieron los palos y los bejucos cuando Jesusita subió por la rústica escalerilla que conducía al palco. Improvisado con palmas y horcones, el tablado ocupaba todo lo ancho de la plazoleta. La mujer de Juan Carlos se sentó en una silla de plegar y muy circunspecta esperó la hora de la corrida. Los niños, en la baranda, se entretuvieron columpiando los pies. Abajo, los viandantes y los vendedores esperaban también. El palco de la familia de Juan Carlos era inmejorable: al frente tenía al portalón, a la derecha, la orquesta y a la izquierda, al Juez de Plaza.

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