La muerte en Yucatán | Janal Pixan (Alimento de las ánimas) [1999] | Valerio Buenfil; et al…

En la cultura yucateca todo es vida y la muerte es parte de ella. No es final, es inicio perpetuo. Ella nos precede y sucede; sin el deceso de nuestros ancestros no tendríamos vida. En Yucatán, la muerte es vista como continuidad, permanencia y renovación. Todos la cargamos, es nuestra compañera de viaje, nos alerta ante el peligro recordándonos a cada momento nuestra naturaleza mortal y limitada.

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Trascendental noche para nuestra América | Cristóbal León Campos

El 3 de octubre de 1965 es una fecha significativa para la historia de la Revolución cubana y de las luchas de liberación latinoamericanas, ese día Fidel Castro anunció el surgimiento del Partido Comunista de Cuba tras largo camino evolutivo revelando a su primer Comité Central. En el mismo acto, el Comandante evocó a una figura central de la revolución cuya repercusión en ideas-ejemplo continua vigente, con carga emotiva aludió: “Hay una ausencia en nuestro Comité Central de quien posee todos los méritos y todas las virtudes necesarias en el grado más alto para pertenecer a él y que, sin embargo, no figura entre los miembros de nuestro Comité Central”, refiriéndose a Ernesto Che Guevara, quien había partido rumbo al Congo y posteriormente a Bolivia. Instantes después, dio lectura a la “Carta de despedida” que el Che dejó para él y para el pueblo cubano.

La lectura de Fidel preserva en las grabaciones heredadas a las nuevas generaciones un gran sentimiento mediante el tono y pausas acostumbradas en sus alocuciones públicas, la voz quebrada es muestra humana del Comandante que al fin pudo a hablar de su amigo sin arriesgar la misión pactada. El Che se había marchado a cumplir uno de sus grandes ideales: “luchar contra el imperialismo donde quiera que esté”, tal y como lo concibe el internacionalismo. Despojado de todo y provisto únicamente de su convicción marxista-revolucionaria por el socialismo, el “soldado de América” anduvo organizando la resistencia anticolonialista en África y la emancipación definitiva de América Latina. En esa misma efeméride, se dio a conocer el acuerdo unánime para la fusión de los periódicos Revolución y Hoy dando lugar al Granma como símbolo de la concepción ideológica del proceso cubano.

La misiva del Che, más que el cúmulo de palabras-sentimientos expresados, es en lo fundamental una declaración de principios revolucionarios y fidelidades humanas que marcaron su actuación en la Revolución cubana, así como la demostración puntual de que la relación entre ambos líderes revolucionarios rebasó la mera coincidencia de ideas convergiendo en una amistad profunda, algo que imperialismo quiso manipular propagando leyendas falsas, pero que al final de cuentas la grandeza de la verdad histórica ha demostrado que Fidel y el Che sostuvieron desde los primeros días de conocerse un profundo respeto y admiración convertido en cariño al paso del tiempo. La posterior mitificación sobre la figura del Che tras su asesinato en Bolivia, lo pretendió convertir en ícono inocuo-rebelde, alejado del marxismo y los preceptos socialistas, pero nuevamente la historia ha mostrado la fuerza del pensamiento revolucionario, antiimperialista y socialista que identificó a Ernesto Che Guevara.

Entre los planteamientos que el Che legó en su misiva, destacan su convicción por un mejor porvenir de la humanidad, la confianza puesta en los ideales emanados del proceso cubano, así como su concepción del “hombre nuevo” que ya había desarrollado en otra carta-artículo del 12 de marzo de 1965, publicada en la revista Marcha bajo el titulo “El socialismo y el hombre en Cuba”, pues cuando refiere en su mensaje de despedida “aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor”, no hace otra cosa que referirse al “hombre nuevo”, ya que para el Che el revolucionario es ante todo un constructor. El abrazo con “fervor revolucionario” del Che retumbó aquella noche en todo el continente y aún lo hace en quienes luchan por un mundo mejor.

Cristóbal León Campos es Licenciado en Ciencias Antropológicas con Especialidad en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán. Integrante fundador de la Red Literaria del Sureste México-Nuestra América. Es editor de Disyuntivas. Cuaderno de Pensamiento y Cultura. Colaborador de Por Esto!, La Jornada Maya, Novedades de Yucatán, De Peso y diversos medios impresos y digitales. Coautor del libro Héctor Victoria Aguilar. Esbozo para una biografía (SEGEY. 2015), coeditor del libro Migración cubana y educación en Yucatán. Actores, procesos y aportaciones (SEGEY, 2015), autor de En voz íntima (Disyuntivas ediciones, 2017). Miembro de la Asociación Mexicana de Estudios de la Caribe (AMEC) y del equipo de promoción de Archipiélago. Revista cultural de Nuestra América (UNAM-UNESCO), miembro de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Fue coordinador académico de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán de 2010 a 2019. Actualmente es Coordinador de la Cátedra Libre de Pensamiento Latinoamericano «Ernesto Che Guevara».

Hay miles y miles y miles de hombres y mujeres en AL que no pueden comprar la salud: Salvador Allende (México, 1972)

¡Viva México! (¡Viva!) ¡Viva Chile! (¡Viva Chile!) ¡Viva Latinoamérica unida!.

Hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en estos me ubico yo. Esos jóvenes viejos no se pregunta cuántas viviendas faltan en nuestro países, y a veces ni en su propio país. Hay muchos médicos que no comprenden que la salud, se compra; y que hay miles y miles y miles de hombres y mujeres en América Latina que no pueden comprar la salud. De igual manera que hay maestros que no se inquietan que hayan también cientos y miles de niños y de jóvenes que no pueden ingresar a las escuelas.

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En América Latina hay más de 30 millones de cesantes (desempleados) absolutos y la cifra se eleva por sobre 60 millones, tomando en consideración de aquellos que tienen trabajos ocasionales.

Para que termine esta realidad brutal se requiere un profesional comprometido con el cambio social; se necesitan profesionales que no busquen engordar en los puestos públicos, en las capitales de nuestras patrias. que la obligación de quien estudió aquí, es no olvidar que esta es una universidad del Estado (por la UNAM), que la pagan los contribuyentes, que la inmensa mayoría de ellos son los trabajadores y que por desgracia, en esta Universidad (por la UNAM) y como en las universidades de mi patria (Chile), la presencia del hijo del campesino y obrero, alcanza un bajo nivel todavía. (Aplausos de pie)

LA JUVENTUD DEBE ENTENDER -y nosotros en Chile hemos dado un cambio trascendente-, (que) la base de mi Gobierno está formada por marxistas, por laicos y cristianos, y respetamos el pensamiento cristiano cuando ese pensamiento cristiano interpreta EL VERBO DE CRISTO que ECHÓ A LOS MERCADERES DEL TEMPLO. (Aplausos)

Los marxistas conjugamos una misma actitud y un mismo lenguaje frente a los problemas esenciales del pueblo. Porque un obrero sin trabajo no importa que seo o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, no importa que no tenga ideología política: es un hombre que tiene derecho al trabajo y DEBEMOS DÁRSELO NOSOTROS.

Fragmento del texto pronunciado por el Presidente de Chile (1971-1973) Salvador Allende (1908-1973) el 2 de diciembre de 1972 en la Universidad de Guadalajara.

Vídeo completo:

Discurso de Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara México (1972)

Transcripción y edición: Arte y Cultura en Rebeldía

Colección de textos: Para no olvidar la historia

El Palacio Negro de Lecumberri | Carlos Monsiváis

El mayor espacio simbólico de la nota roja: la cárcel capitalina, la Penitenciaría, el Palacio Negro de Lecumberri, que sustituye a la cárcel de Belén. A lo largo del siglo XX en las galeras del «santuario del crimen» actúan, se pelean, negocian y se matan los seres-sin-nada-que-perder, la colección extremosa jamás convencida de la tesis moralista: «El crimen no paga». En la nota roja las lecciones de Lecumberri, las que sean, se disuelven en el «culto a la personalidad criminal», en los inacabables reportajes sobre los grandes inquilinos del Palacio Negro: Goyo Cárdenas, Jacques Mornard, José Ortiz Muñoz «El Sapo» (con la estadística funeraria en su haber: más de trescientos asesinatos), el falsificador Enrico San Pietro, el cantante Paco Sierra, el asaltante Fidel Corvera Ríos, el caballista Humberto Mariles.

A la fascinación «heterodoxa» contribuyen las tradiciones del lugar: el apando (el encierro), la fajina, los crímenes en las celdas, los usos amorosos que incluyen la violación de los recién llegados. Pero si la Penitenciaría es, en stricto sensu, un infierno, en la mitología popular Lecumberri es lo prohibido, la vecindad sin salidas, la continuación de lo mismo entre rejas. Al confinamiento se llega por razones de la crueldad incontrolable, las debilidades amatorias, los desfalcos, los robos, las explosiones del alcohol y la pasión. Y por la cercanía de la cárcel y lo cotidiano, en decenas de películas —Nosotros los pobres, 1947, de Ismael Rodríguez, la más famosa; El Apando de Felipe Cazals, la más violenta— Lecumberri es a la vez el recinto de la maldad, la concentración de vicios y desechos humanos, y lo contrario, un espacio de la solidaridad, la colectividad más extremosa en un país todavía comunitario. Y si al cine mexicano lo excede la tarea de dramatizar la corrupción, la indefensión social y la patología criminal, acierta en algo: el público, aunque vea en la cárcel a la degradación última, la asocia también con la injusticia («Tantos ladrones que andan sueltos») y con la desgracia infinita de ser pobre: «Si tienes dinero la pasas bien hasta en la cárcel».

El 26 de agosto de 1975 Lecumberri cierra sus puertas para reaparecer como Archivo General de la Nación.

Minibiografía. Las celebridades del delito

El Sapo: perteneció al ejército mexicano, adonde ingresa a los quince años y en donde se descuida: no saluda respetuosamente a un teniente; éste le da una paliza y el Sapo extrae una daga y lo mata. Enviado al fusilamiento, se le perdona. Un asesino tan precoz tiene su utilidad. En el inicio de su carrera, exterminó fríamente a los indicados por los superiores. Según su cuenta, a la edad de 45 años ya había asesinado a más de cien personas «por órdenes de la superioridad». Licencia para matar. En 1938 el Sapo se convirtió en cazador de cedillistas (los partidarios del ultraderechista Saturnino Cedillo), a los que extermina a su placer como hará después con los sinarquistas. En una entrevista, el Sapo relata: «Nunca tuve tanto placer y vuelo matando como cuando ametrallé a los sinarquistas en León, Guanajuato en enero de 1946. Vaya que la sangre corrió ese día. Fueron 27 personas incluyendo muchachas jóvenes que cayeron, varios de los cuales ni siquiera eran sinarquistas. Su crimen fue protestar contra el gobierno municipal impuesto por los caciques políticos».

El Sapo muere asesinado en una riña en las Islas Marías.

Fidel Corvera Ríos: «El que quiera vivir tiene que hacerlo dentro de una película». La escena ya se filmó pero de seguro ninguno de sus participantes vio las películas. Pudo ser Criss Cross o The Killers, de Robert Siodmak, con la atmósfera del film noir y la fotografía, en glorioso blanco y negro, que capta la inconcebible bruma del mediodía; pudo ser The Killing, de Stanley Kubrick, con la idea del asalto como la nueva toma de la fortaleza medieval. O pudo ser simplemente, como lo fue, un episodio legendario, si se le confiere e aura de lo irrepetible.

El 14 de octubre de 1958, Corvera Ríos, exprofesor de educación física, ataviado con una texana negra y una 45, asalta al frente de un grupo muy armado una camioneta de la Tesorería del Departamento del D.F. Botín: Un millón seiscientos mil pesos de la nómina de la Dirección de Aguas y Saneamientos. Sitio de la acción: la avenida Reforma. Huyen con la camioneta —Víctor Ronquillo describe vívidamente la persecución— y los hechos son, por si hace falta decirlo, cinematográficos. En la camioneta van los tres empleados, hechos un ovillo y el grupo. Un ciclista se descuida y lo atropellan y detrás va un camión de redilas que vio lo ocurrido con el ciclista. El agente de tránsito José Estévez Rosell se incorpora a la «caravana de la muerte» y, al disminuir su velocidad. Estévez salta a la parte de atrás de la camioneta. El líder de la banda abre apenas la puerta trasera y mata al agente de tránsito. A la cacería se añade un Volkswagen, conducido por Óscar Méndez Conde, testigo del asesinato de Estévez. No hay camarógrafos y en estas circunstancias los testigos son siempre parciales. Con rapidez mortal la camioneta se dirige al Desierto de los Leones, y luego opta por Magdalena Contreras. Siguen tras de ella el camión de redilas y el Volkswagen. Localizan una patrulla que los sigue atraída por el claxon.

Y lo previsible, y aquí se puede recordar a The Asphalt Jungle, de John Houston, tiene lugar el gran desastre. La camioneta frena, el camión de redilas la alcanza y se estrella, y el Volkswagen se les une.  Los delincuentes se disponen a proseguir la fuga, pero tal vez su imaginario colectivo los obliga a una acción más del «Séptimo Arte». El jefe de la banda dispara contra la patrulla y hiere a un policía. Tiene lugar un enfrentamiento sin mayores consecuencias y los delincuentes huyen por las barrancas. La tradición se impone y las bolsas con el millón seiscientos mil pesos permanecen fieles en la camioneta. (Los hechos en Nota Roja 50’s de Víctor Ronquillo.)

Por varios días no se concibe en la Ciudad de México otro tema, un asalto como de Hollywood pero fuera de Los Ángeles. Se identifica a un asaltante: Hugo Izquierdo Ebrard, acusado junto con su hermano Arturo de homicidio del senador veracruzano Mario Angulo, muerte que favorece la carrera política de Miguel Alemán Valdés y del que milagrosamente, como en los cuentos de hadas corruptas, salen absueltos los asesinos. (La hermana de los Izquierdo, Norma, se casa con Arturo Durazo, y Ricardo Garibay describe el dúo en su novela Par de Reyes y en el guión de Los hermanos del hierro, de Ismael Rodríguez.) Otro detenido, Juan Galicia González, revela el nombre de tres asaltantes y del jefe de la banda, Fidel Corvera Ríos, que huye a Veracruz.

A Corvera no le funciona su análisis de los tiempos para el olvido. Regresa a la Ciudad de México y lo detiene un policía auxiliar que ve a un individuo estrellar u auto contra un poste y, en feliz ebriedad, ostentar su 45. El auto es robado. De nuevo en Lecumberri, ya un centro de distribución de droga (o de estupefacientes, como se decía), Corvera, empresario capitalista si alguno, se queda a cargo de la distribución en el penal, lo que consigue con apenas el trámite de unos cuantos cadáveres. Se organiza un grupo y el primer proyecto es la fuga, en una cárcel tal vez inspirada en La fuerza bruta, de Jules Dassin, sin un Burt Lancaster, pero con múltiples villanos a lo Hume Cronyn. Las cinco personas acaudilladas por Corvera atraviesan con celeridad el patio, se acercan a la parte interior de la barda con cuerdas y escaleras de madera fabricadas en el interior del penal, ascienden a la parte alta y… un vigilante los descubre y Corvera le dispara, se inicia la balacera.

En el plan deben descolgarse por la barda de unos diez metros de altura acudiendo a las cuerdas. Un recluso, impulsado por un disparo, cae al vacío; el siguiente cree posible saltar el alambrado eléctrico, se quema y se desploma; un tercero recibe un disparo en el pecho y cae muerto en el patio del penal; del cuarto fugitivo ningún reportero se ocupa, Corvera Ríos salta aferrado a la única cuerda que se había logrado amarrar. Una bala lo alcanza y sufre un golpe considerable al caer, pero la película debe continuar. Perseguido por los guardias, tal vez a la manera de The Defiant Ones, con Sidney Poitier y Tony Curtis, Corvera, al avistar el Gran Canal, se lanza al amparo de las aguas negras. (La información en el libro de Víctor Ronquillo, en Crímenes espeluznantes de David García Salinas y en Fugas de Norberto E. de Aquino.)

Cientos de policías en la búsqueda, hipótesis al mayoreo, un prófugo herido, una puerta que se abre y una familia que lo esconde, un policía que ve sábanas manchadas de sangre, una nueva captura. Corvera retorna a Lecumberri y de allí a Santa Martha Acatitla. Otra vez la lucha por el mercado de la droga. Otro film, del que ya se conocían algunas versiones. En el auditorio del penal los presos ven una película, con alguien como James Cagney entre el público. Disparos, luces que se encienden y dos secuaces de Corvera asesinados. Moraleja: si vas a traicionar al jefe no vayas al cine. Lo que sigue es breve: Corvera atrincherado en su celda, el sueño lo vence y un condenado a treinta y tres años de cárcel lo asesina con una «punta».

Texto tomado del libro Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México de Carlos Munsiváis publicado por la Asociación Nacional del Libro; Segunda edición, 2009; Pp. 55-60

Transcripción realizada por Armando Pacheco del acervo bibliográfico de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca Melba Alfaro Gómez).

Este texto se publica sin fines lucrativos. Arte y Cultura en Rebeldía es un medio de información y de promoción a la lectura. Algunos derechos reservados.   

El vicio de escupir y los yucatecos | Roldán Peniche Barrera

Acaso el tema no sea del todo grato pero es innegable el hecho de que los yucatecos adolecemos del vicio de escupir con largueza. El hábito es inmemorial, parte de nuestras vidas y puede observarse en las calles, los sitios públicos y hasta en ciertos hogares cuyos propietarios no son muy amigos de disimular esta fea costumbre.

Los antiguos viajeros que estuvieron en Yucatán en los siglos coloniales y en tiempos posteriores nada dicen sobre el asunto quizás por parecerles poco importante o porque no quisieron herir nuestros sentimientos de escupidores profesionales. No es sino hasta 1906 cuando los estudiosos británicos Channing Arnold y Tabor Frost visitaron Yucatán, en que se habla de la cuestión en un libro titulado The American Egypt publicado en 1909. Los ingleses se horrorizaron de vernos escupir y dedicaron 30 líneas a criticar este hábito. Arnold y Frost se sorprendieron de ver escupideras en la Catedral y en otras iglesias meridanas. «No es un tema agradable de tratar —asientan en uno de sus párrafos—, pero quien quiera que escriba sobre los yucatecos y omita la mención de este hábito general no será sino un defectuoso cronista». Añaden que «todo el tiempo, en todas partes, todo el mundo, jóvenes o viejos, hombres y mujeres, expectoran». Nos ofrecen dos o tres ejemplos que evidencian sus aserciones: «mientras nos conducían por el Museo de Mérida, el hijo del Curador, de once años de edad, escupió todo el tiempo sobre el piso. Un día en las islas un pequeño tohonero de escasos 12 años de edad, nos visitó en nuestra choza con objeto de vendernos pasteles. Mientras mirábamos en su cesto, escupió en el piso, por el lado de nuestras hamacas. Se mostró absolutamente sorprendido cuando lo reprendimos por este hecho».

En una curiosa parte de sus Memorias y anti-memorias, el escritor Leopoldo Peniche Vallado alude a un «grupillo de estudiantes dado a probar sus aptitudes en el ejercicio de un deporte original que se conocía con el nombre de El escupitajo a larga distancia que consistía en ver quién largaba el salivazo a mayor distancia. Había verdaderos campeones, la máxima hazaña la realizó un estudiante con merecida fama de escupidor».

Sucedió que la Universidad de Yucatán invitó al sociólogo chileno Agustín Vesturino a dictar una conferencia en el teatro «Peón Contreras». Era un hirviente tarde de abril y se trataba de una conferencia compleja y farragosa. Los aburridos estudiantes asistentes al acto se dedicaron a conversar y los organizadores tuvieron que reconvenirlos.Restablecido el silencio, cuenta Peniche Vallado que de pronto se escuchó algo así «como el tronido deun proyectil que hubiese dado certeramente en la amplia y deslumbrante frente del orador, que la calvicie había hecho más impresionante». La puntería del escupidor había sido extraordinaria digna del campeón que era en los menesteres a que he eludido, puesto que el «proyectil» había iniciado su trayectoria desde las altas galerías del teatro y había dado en el blanco. Nunca se supo de cierto quién había realizado aquella «hazaña» pero hubo sospechas de un connotado campeón de estos menesteres.

Volviendo a los viajeros Arnold y Frost, yo creo, con ellos, que ese de algún modo nauseabundo hábito tan nuestro parece ser «un vicio yucateco y nada más».


Texto tomado del libro Historia de un lunes; Peniche Barrera, Roldán; Gobierno del Estado de Yucatán; Primera edición; Año de 1993; Pp. 207-208

Transcripción: Armando Pacheco
Archivo: Biblioteca de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca «Melba Alfaro Gómez»)
Acervo: Escritores mexicanos » Escritores de Yucatán

Roldán Peniche Barrera es escritor y maestro. Nació en Mérida y es autor de importantes libros sobre la cultura regional. Viajó a Estados Unidos donde residió durante diez años. De regreso a Yucatán ejerció como maestro en diversos planteles educativos . Se desempeñó como director de la Hemeroteca del Estado (1981-1988) y en la Coordinación de Bibliotecas Públicas Municipales (1988-1991). Ha coordinado talleres literarios en el Instituto de Cultura de Yucatán, la Universidad Autónoma de Yucatán, la Biblioteca José Martí, En 1992 recibió el Premio Antonio Mediz Bolio en reconocimiento a su obra literaria que incluye los siguientes títulos: El ultimo sol: meditaciones de la mística maya (1970); Zamna y otros relatos mayas (1973); La caricatura en Yucatán (1979); Del convento de Monjas al ágora de Fonapas (1980); Relatos mayas (1980 y 1991); Los murales de Fernando Castro Pacheco en el Palacio de Gobierno y el Salón de la Historia de Yucatán (1981); El libro de los fantasmas mayas (1982 y 1992); Nueva Relación de la ciudad de Mérida(1983); La sublevación del brujo Jacinto Canek (y otras historias violentas) (1986); Bestiario Mexicano (1987); Nostalgia de la ciudad de Mérida (poema, 1990); Yum Pool, el escriba de Dios (1991); El salón de los retratos del palacio de Gobierno (1992); La noticia curiosa en el siglo XIX (1993); Veneración del dios efímero y otros relatos (1993); El chilam Balam de Chumayel y otros ensayos (1993); Historia de un lunes (1993), La pequeña épica de Sigfrido (cuentos, 1997); Mitología maya: 15 seres fabulosos (edición bilingüe español-inglés, 1999); Yucatán: ensayos históricos y literarios (2001); versos de luna negra (2002) y La pasión según Cristóbal Cupúl (cuentos 2002). Trabajos suyos figuran en la antología de poesía narrativa Tiempo Vegetal, editada por el gobierno del Estado de Chiapas (1993) y en Mérida, ayer y hoy, de Eduardo R. Huchim (1992). Es compilador de la antología Mérida (1992) y del Diccionario de Yucatecos Ilustres (2001), así como coautor del Diccionario de escritores yucatecos (2003).

Un pecado de la revolución | Ernesto Guevara de la Serna

Las revoluciones, transformaciones sociales radicales y aceleradas, hechas de las circunstancias; no siempre, o casi nunca, o quizás nunca, maduradas y previstas científicamente en sus detalles; hechas de las pasiones, de la improvisación de hombres en su lucha por las reivindicaciones sociales, no son nunca perfectas. La nuestra tampoco lo fue. Cometió errores y algunos de esos errores se pagan caros. Hoy se nos muestra la evidencia de otro, que no ha tenido repercusión, pero que demuestra cómo es muy cierto el lenguaje popular cuando expresa una vez que «la cabra tira al monte» y otra, que «Dios los hace y ellos se juntan».

Cuando las tropas de la invasión, doloridas, con los pies llagados, ensangrentados y ulcerados por las afecciones provocadas por los hongos, manteniendo indemne solamente la fe, después de cuarenta y cinco días de camino llegaron a las estribaciones del Escambray, fueron alcanzadas por una carta insólita. Era firmada por el comandante Carrera y en ella se prevenía a la columna del Ejército Revolucionario por mi comandada, que no podía subir al Escambray sin aclarar bien a qué iba y que, antes de subir, debía detenerme para explicárselo. ¡Detenernos en las zonas de llanos, en las condiciones en que íbamos, y amenazados de cerco todos los días, del cual podíamos escapar sólo por nuestra rapidez de movimiento! Esa fue la esencia de una larga e insolente carta.

Seguimos adelante, extrañados, lastimados porque no esperábamos eso de quienes se decían nuestros compañeros de lucha, pero decididos a solucionar cualquier problema cumpliendo las órdenes expresas del Comandante en Jefe Fidel Castro ordenando claramente trabajar para lograr la unidad de todos los combatientes. Llegamos al Escambray y acampamos cerca del pico denominado Del Obispo, que se ve de la ciudad de Sancti Spíritus y tiene una cruz en su cima. Allí pudimos establecer nuestro primer campamento e inmediatamente indagamos por una casa donde debía esperarnos uno de los artículos más preciados del guerrillero: los zapatos. No había zapatos; se los habían llevado las fuerzas del Segundo Frente del Escambray, a pesar de que habían sido logrados por la organización del 26 de Julio. Todo amenazaba tormenta; sin embargo, logramos mantenernos serenos, conversar con algún capitán, del que luego nos enteramos que había asesinado cuatro combatientes del pueblo que quisieron ir a ocupar su lugar en las filas revolucionarias del 26 de Julio abandonando el Segundo Frente, y tuvimos una entrevista, inamistosa pero no borrascosa, con el comandante Carrera. Este había ingerido ya la mitad de una botella de licor, que era también aproximadamente la mitad de su cuota diaria. Personalmente no fue tan grosero y agresivo como en su misiva de días anteriores, pero se adivinaba un enemigo.

Después conocimos al comandante Peña, famoso en la región por sus correrías detrás de las vacas de los campesinos, que nos prohibió enfáticamente atacar Güinía de Miranda porque el pueblo pertenecía a su zona; al argumentarle que la zona era de todos, que había que luchar y que nosotros teníamos más y mejores armas y más experiencia, nos dijo simplemente que nuestra bazooka era balanceada por 200 escopetas y que 200 escopetas hacían el mismo agujero que una bazooka. Terminante. Güinía de Miranda estaba destinada a ser tomada por el Segundo Frente y no podíamos atacar. Naturalmente que no hicimos caso; pero sabíamos que estábamos frente a peligrosos «aliados».

Tras de muchas depredaciones, muy largas de contar, donde nuestra paciencia fue puesta a prueba infinitas veces y donde aguantamos más de lo debido, según la justa crítica del compañero Fidel, se llegó a un «statu quo» donde se nos permitía hacer la Reforma Agraria en toda la zona perteneciente al Segundo Frente siempre y cuando se les permitiera a ellos cobrar tributos. ¡Cobrar tributos, la palabra de orden!

La historia es larga. Nosotros ocupamos en una lucha sangrienta y continua las principales ciudades del país y contamos con buenos aliados en el Directorio Revolucionario, cuyos hombres, en menor número y también de menor experiencia, hicieron todo lo posible por coadyuvar a nuestro éxito común. El primero de enero el mando revolucionario exigía que todas las tropas combatientes se pusieran bajo mis órdenes en Santa Clara. El Segundo Frente Nacional del Escambray, por boca de su jefe Gutiérrez Menoyo, inmediatamente se ponía a mis órdenes. No había problema alguno. Dimos entonces la instrucción de que nos esperaran porque teníamos que arreglar los asuntos civiles de la primera gran ciudad conquistada.

En aquellos días era difícil controlar las cosas y cuando caímos en cuenta el Segundo Frente, detrás de Camilo Cienfuegos, había entrado «heroicamente» en La Habana. Pensamos que podía ser alguna maniobra para tratar de hacerse fuertes, de tomar algo, de impulsar alguna cosa. Ya lo conocíamos, pero cada día los conocimos más. Ellos tomaron efectivamente las posiciones estratégicas más importantes, para su mentalidad… A los pocos días llegaba la primera cuenta del Hotel Capri, firmaba Fleitas; $15,000 en comida y bebida para un reducido número de aprovechados.

Cuando llegó la hora de los grados, casi un centenar de capitanes y un buen número de comandantes aspiraban a las canonjías estatales, además de un gran y «selecto» núcleo de hombres presentados por los inseparables Menoyo y Fleitas, que aspiraban a toda una serie de cargos en el aparato estatal. No eran cargos extremadamente remunerados; todos tenían una característica: eran los puestos donde se robaba en la administración prerrevolucionaria. Los inspectores de Hacienda, los recaudadores de impuestos, todos los lugares donde el dinero caminaba y pasaba por sus ávidos dedos, eran el fruto de sus aspiraciones. Esa era una parte del Ejército Rebelde con la que debíamos convivir.

Desde los primeros días se plantearon divergencias serias que culminaran a veces en cambios de palabras violentos; pero siempre nuestra aparente cordura revolucionaria primaba y cedíamos en bien de la unidad. Manteníamos el principio. No permitíamos robar ni dábamos puestos claves a quienes sabíamos aspirantes a traidores; pero no los eliminábamos, contemporizábamos, todo en beneficio de una unidad que no estaba totalmente comprendida. Ese fue un pecado de la Revolución.


El mismo pecado que hizo pagarle suculentos sueldos a los Barquín, a los Felipe Pazos, a las Teté Casuso y a tantos y tantos botelleros internos y externos que la Revolución mantenía eludiendo el conflicto, tratando de comprar su silencio con un tácito entendimiento entre un sueldo que era ya una botella y un gobierno que ellos esperaban el momento para traicionar. Pero el enemigo tiene más dinero y más medios de sobornar a la gente. Al fin y al cabo, ¿qué podíamos ofrecer a un Fleitas o a un Menoyo sino un puesto de trabajo y de sacrificio?

Ellos, que vivieron del cuento de una lucha que no hicieron, embaucando a la gente, buscando puestos, tratando siempre de acercarse a los lugares donde el dinero estaba a flor de tierra, «empujando» en todos los gabinetes ministeriales, despreciados por todos los revolucionarios puros, pero admitidos, aunque a regañadientes, eran un insulto a nuestra conciencia de revolucionarios. Constantemente con su presencia nos mostraban nuestro pecado; el pecado de la transigencia frente a la falta de espíritu revolucionario, frente al traidor en potencia o de hecho, frente al débil de espíritu, al cobarde, al ladrón, al «comevaca».

Nuestra conciencia se ha limpiado porque se han ido todos juntos, los que Dios hizo, en unos barquitos, hacia Miami. Muchas gracias, «comevacas» del Segundo Frente. Muchas gracias por aliviarnos de la presencia execrable de los comandantes de dedo, de los

capitanes de mentirijilla, de los héroes que desconocen el rigor de las campañas, pero no el abrigo fácil de las casas campesinas. Muchas gracias por darnos esta lección, por demostrarnos que no se puede comprar conciencias con la dádiva revolucionaria, que es exigua y exigente para con todos, por demostrarnos que tenemos que ser inflexibles frente al error, la debilidad, el dolor, la mala fe de cualquiera y levantarnos y denunciar y castigar en cualquier lugar en que asome algún vicio que vaya contra los altos postulados de la Revolución.

Que el ejemplo del Segundo Frente, que el ejemplo de nuestro querido y buen amigo, el exladrón Prío, nos llame a la realidad. Que no nos cueste llamarle ladrón al ladrón, porque nosotros mismos, en honor a lo que bautizamos cómodamente como «táctica revolucionaria» le llamamos «ex Presidente» al ladrón, en tiempos en que el «ex Presidente» no nos llamaba como ahora, «comunistas despreciables», sino salvadores de Cuba.

El ladrón es ladrón y se morirá ladrón. Por lo menos, el ladrón de altura; no el que en algunos países, desesperado, tiene que quitar una migaja para dar de comer a sus hijos. Éste, el que roba para lograr mujeres y drogas o licores, para lograr la satisfacción de los bajos instintos que lo animan, será ladrón toda su vida.

Allí están juntos los que golpean nuestra conciencia, los Felipe Pazos, que venden su honestidad como una alta moneda para ponerla al frente de las «serias» instituciones; los Rufo López o Justo Carrillos, que dan su saltico para acomodarse a la situación y buscar un peldaño más; los Miró Cardona, optimistas eternos; los ladrones irremediables, complicados en asesinatos del pueblo, los «comevacas» cuyas «hazañas» se produjeron entre la masa campesina que asesinaron en la zona del Escambray, sembrando un terror más grande que el de los propios guardias. Ellos son nuestra conciencia. Ellos nos dicen nuestro pecado, un pecado de la Revolución, el que no debe repetirse, el de la enseñanza que debemos aprender.

La conducta revolucionaria es espejo de la fe revolucionaria y cuando alguien que se dice revolucionario no se conduce como tal, no puede ser más que un desfachatado. Estréchense en los mismos brazos, Venturas y Tony Varona que tanto pelean entre sí, Príos y Batistas, Gutiérrez Menoyo y Sánchez Mosquera; asesinos que mataban para satisfacer algún deseo inmediato, en nombre de su codicia y asesinos que mataban para saciar una codicia, en nombre de la libertad; ladrones y vendedores de honradez, oportunistas de toda laya, candidatos a la presidencia… bonito conjunto.

¡Cuánto nos han enseñado! Muchas gracias.

[Verde Olivo, 12 de febrero de 1961]


Texto tomado del libro Pasajes de la guerra revolucionaria (Versión digital); Guevara, Ernesto; 1963