San Francisco bicicletero | Adriana González Mateos

Mona Caron vive en una «colonia alternativa» llamada Monte Veritá, en la Suiza italiana. Hace años pasaron por ahí Isadora Duncan, D.H. Lawrence, Hermann Hesse, Kafka, Jung y otros personajes preocupados por encontrar alternativas a una infelicidad que Freud llamó el malestar de la civilización. Adriana González Mateos vio el mural que pintó Mona en el local de la Asociación Bicicletera de San Francisco y pensó en la forma en que la ilustre bibicleta ha recuperado su lugar en las calles de la ciudad cuya geografía (gracias a López Velarde por la paráfrasis) es «una broma pesada». Este ensayo es un manifiesto bicicletero (no piensen en el virrey yucateco[1] y en las «biclas» con que compra votos) y una afirmación ecológica.

Cuando conocí a Mona Caron, estaba planeando ir a Washington para participar en las protestas contra el Banco Mundial. Empezó por hablarme del pueblo de donde viene, en la Suiza italiana, cerca de donde se fundó, a principios del siglo XX, la colonia alternativa llamada Monte Veritá. ¿Quiénes pasaron por ahí? Isadora Duncan, D.H. Lawrence, Hermann Hesse, Franz Kafka, C.G. Jung y otros personajes preocupados por encontrar alternativas a una infelicidad que Freud llamó el malestar en la civilización y ellos entendieron como un reto para ensayar nuevas formas de relacionarse entre sí y con la naturaleza, al margen de la Europa industrializada. Una breve exploración en la biblioteca, al día siguiente, me permitió mirar algunas fotos de Monte Veritá y sus habitantes: ahí están, de barbas y pelo largo, con sandalias o descalzos, explorando al aire libre las posibilidades de la danza moderna. Pero Mona y yo no hablamos demasiado tiempo de esos hippies avant la lettre, porque han sido remplazados por un experimento contemporáneo: ahora existe en esa misma zona, en las orillas del Lago Maggiore, al borde de los Alpes, un restaurante fundado por globalifóbicos que se quejan del deterioro de la calidad de vida y de la horrenda comida que sirven las cadenas transnacionales. Todos los platillos que ofrecen han sido confeccionados con ingredientes locales; la dueña se jacta de no servir la carne de ningún animal que no haya conocido personalmente. Ahí están, en el refrigerador, las chuletas del cerdo Pascualino, que jamás comió alimentos industriales ni fue sometido a tratamientos de hormonas y antibióticos. En vez de un obsceno paisaje de rastro, la conciencia de que cada animal y cada cosecha proceden de un ambiente que es necesario preservar. Hay cantidades limitadas de cada platillo, porque uno de los objetivos es reducir al mínimo el transporte de ingredientes desde una larga distancia y fortalecer la economía de la región al consumir productos de los alrededores.

El transporte sigue siendo una preocupación de Mona, que acaba de pintar un mural para la Asociación Bicicletera de San Francisco. Me cuenta cómo el proyecto del mural fue cambiando a medida que ciclistas y paseantes hacían comentarios y ofrecían recuerdos o sugerencias, incluyendo a un homeless que donó un dólar para contribuir al proyecto y a más de cincuenta pintores voluntarios. Así emergió una historia de las bicicletas en San Francisco, que es también la historia de cómo las grandes empresas han transformado la ciudad, destruyendo opciones de transporte colectivo como los tranvías, comprados y descontinuados por los constructores de automotores durante la década de los treinta. El paisaje actual, pintado por Mona, es un embotellamiento que crece bajo el cielo contaminado, ante los rascacielos de las grandes corporaciones. Estos edificios fruncen el ceño, preocupados por lo que sucede a sus pies: un creciente grupo de ciclistas se reúne hasta formar la masa crítica que una vez al mes toma las calles. En el mural, algunos ciclistas tripulan máquinas voladoras, propulsadas por tracción humana: son utopistas e innovadores que llevan a la práctica sus ideas de transformación y convierten la política en una exigencia de cambio concreto, observable en la ciudad donde viven, en las calles que transitan y el aire que respiran.

Para perseverar en nuestra vocación globalifóbica, nos detenemos frente a la pintura de una planta sudafricana que ahora crece en diversas playas del mundo, porque fue usada a bordo de los barcos como material de embalaje. ¿Por qué Mona y sus compañeros la incluyeron en el mural? Ni a mí ni a Mona, que somos extranjeras, nos gusta la carga ominosa que detectamos en el discurso de quienes preservan los parques norteamericanos, ahora empeñados en exterminar este tipo de plantas, llamadas «exóticas»: como están fuera de su ambiente original y no tienen predadores naturales en la zona, se extienden de manera incontrolada y desplazan a las especies locales. Con la misma fecundidad que estos árboles y enredaderas se extienden las metáforas: estas plantas son como inmigrantes, están siendo rechazadas y exterminadas por autoridades preocupadas por mantener la pureza de identidades excluyentes. Pero estas plantas son también como los McDonald’s: invasoras que destruyen la economía, la tradición, la identidad local. Llegamos a la conclusión de que la metáfora más antigua suele ser la más acertada. Hay que recogerla en las tragedias griegas: cuando hay problemas en el gobierno de la sociedad humana, surgen problemas en la naturaleza.

Ninguna de nosotras se acuerda en ese momento de John Berger, pero poco después estoy leyendo Why look at animals?, que repara en la semejanza entre los ghettos, los campos de concentración y los zoológicos, entre el efecto embrutecedor del trabajo industrial y las condiciones en que son criados los animales que comemos. El exterminio de la vida salvaje va acompañado por nuestra reducción al estatus de bestias de trabajo. Entretanto, Mona y yo seguimos la ruta de las bicicletas, construida sobre la huella de un antiguo arroyo. Al cabo, éste cuartea el pavimento y conduce al mar, en una ruta visitada por zorrillos, tejones, salamandras, pájaros e insectos, habitantes de la zona de la bahía que poco a poco recuperan un espacio que vuelve a ser de arena y tierra. En cierto momento, la huella de la bicicleta se transforma en una víbora, una experta en la renovación y el cambio.

Apenas hago esta asociación, Mona me advierte que los ciclistas y peatones pintados en el mural no tienen ninguna pretensión simbólica: no están ahí para representar a la población negra, gay o china de San Francisco. Son retratos de personas concretas involucradas en el movimiento bicicletero; muchos participaron en la elaboración del mural y cada mes agregan su bicicleta a la acumulación de masa crítica. Creen que sus ideales de transformación constituyen una utopía muy realizable. Por eso, el tranvía que se detiene en la esquina de la calle Duboce, donde empieza el mural, se llama Deseo. Así es como Mona define a sus ciclistas: experimentan la libertad de quienes avizoran alternativas. Son los que se niegan a conformarse con el mundo tal como lo conocemos, los que imaginan otras vías. (Más sobre Mona Caron y su trabajo en http://www.monacaron.com)


[1] En referencia al exgobernador del estado de Yucatán, Víctor Cervera Pacheco que entre sus políticas sociales estaba el proporcionar a los «más necesitados» bicicletas.

Texto tomado de La Jornada Semanal [https://bit.ly/3iJ2lNB] publicado en su edición del 2 de julio del año 2000

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El magisterio sujeto revolucionario | Cristóbal León Campos

Para la maestra Effy Luz Vázquez López

I

El 3 de diciembre de 1917, durante el gobierno constitucional de Venustiano Carranza, se instituyó mediante decreto, el 15 de mayo como Día del Maestro, fecha que refiere a la histórica toma de la ciudad de Querétaro, después de varios años de férrea resistencia juarista, con la que se puso fin a la invasión francesa ocurrida durante la segunda mitad del siglo XIX. El simbolismo de la efeméride y el acto, manifiestan en la figura de los maestros y maestras la libertad e independencia de pensamiento que cada día debe cultivarse en los procesos de enseñanza-aprendizaje, además, establece el reconocimiento a la labor educativa de todos los docentes que con su esfuerzo y dedicación, desde aquél entonces, se propusieron contribuir al desarrollo de México y a la superación del oscurantismo al que fue sometida la mayoría de la población hasta antes del triunfo de la Revolución de 1910, teniendo como estandarte la luz del alfabeto, la ciencia y la razón.

La primera celebración en México, tuvo lugar en mayo de 1918, cuya iniciativa habían presentado meses atrás, los diputados Benito Ramírez y Enrique Viesca Lobatón, con el fin de establecer a nivel nacional una fiesta cívica en reconocimiento a los maestros y maestras, que ya para entonces, eran uno de los grupos sociales más influyentes en el país, por sus destacadas participaciones en la formulación de las leyes constitucionales y su papel eminentemente revolucionario a favor de los desposeídos. En Yucatán, el Día del Maestro fue decretado el 6 de junio de 1918, por el gobernador Carlos Castro Morales, y celebrado por vez primera el 15 de mayo de 1919, en medio de la efervescencia revolucionaria que el Estado vivía.

II

En cada nación se celebra a los maestros y maestras en un día en particular, pero desde 1994, la UNESCO instituyó el 5 de octubre como el Día Mundial de los Docentes, siguiendo la «Recomendación conjunta de la OIT y la UNESCO relativa a la situación del personal docente» aprobada en París, Francia, el 5 de octubre de 1966. Este documento establece los derechos y las responsabilidades de los docentes, las normas internacionales para su capacitación inicial y su formación, estipula condiciones para su contratación, empleo, enseñanza y aprendizaje. Incluye recomendaciones sobre la participación de los docentes en las decisiones relativas a la educación mediante la consulta y la negociación con las autoridades educativas. Se considera que la Recomendación constituye una importante directriz para promover la condición del personal docente en aras de una educación de calidad. Años después, en 1997, fue aprobada la «Recomendación de la UNESCO relativa a la condición del personal docente de enseñanza superior», con el fin de sugerir una serie de prácticas que abarcan a todo el personal docente de la enseñanza superior, reconociendo sus necesidades específicas y complementando la Recomendación de 1966.

III

La característica de memorable que hoy en día tienen los profesores y profesoras de Yucatán, es sin duda, el resultado de una larga historia de esfuerzo y entrega que inicia en los instantes mismos en que se instituyó nuestra nación. La educación y sus actores han estado presentes en cada discusión, en cada proyecto sin importar sus connotaciones políticas, la educación y sus actores han establecido las bases de lo que hoy somos, y en particular en Yucatán, de lo que como grupo social representa el dedicarse a contribuir a la formación de ciudadanos que contribuyan al bienestar social y al desarrollo de nuestro Estado. La memoria y el patrimonio de la educación son los testigos fieles de esa entrega y esa pasión que ha despertado por siglos la idea de qué se debe ensenar y cómo debe hacerse. Los edificios, las fotografías, los objetos pedagógicos, los documentos y libros, las cartas, oficios y de más impresos resguardados nos permiten contribuir a reconstruir esos procesos, discusiones y proyectos que dieron forma a una historia vasta, que hoy otorga un lugar especial al Magisterio Yucateco en todo el país.

La educación es un amplio movimiento cultural, cuyas expresiones pedagógicas, educativas e históricas, nos hablan de uno de los sectores sociales más influyentes desde el siglo XIX, la evocación del magisterio es en muchos sentidos, el repaso de momentos determinantes de la formación de la nación mexicana. El magisterio, su conformación y aportaciones son vitales para la compresión del México actual. El surgimiento de las instituciones dedicadas a formar docentes, en los ámbitos urbano y rural, se expresan de diversas formas, teniendo puntos comunes a través de los planes de estudio y el ideal educativo, cada una de las escuelas normales, tiene en su legado, períodos gloriosos y coyunturas de crisis, hechos que concatenan los ámbitos políticos, sociales, económicos y culturales, son sin duda, un claro reflejo de la vida en el país. Las políticas educativas, las reformas, la manera de concebir la educación, las ideologías y los valores gubernamentales, están directamente relacionados con el quehacer magistral, ninguna institución en México manifiesta mejor los diferentes intereses entrecruzados que el sistema educativo.

IV

El normalismo se ha interpretado de diferentes formas, sus manifestaciones se particularizan en cada centro escolar, en cada ciudad o comunidad rural que alberga una escuela normal, el normalismo es la praxis generacional de hombres y mujeres dedicados a dar su vida por la enseñanza, el maestro es el actor primordial en el proceso educativo, ellos son los pilares de una historia que aún sigue escribiéndose, son la fuerza que contribuye al desarrollo de la nación. El normalismo es un movimiento social con marcadas expresiones históricas a lo largo y ancho de toda la República mexicana y, desde luego, en cada estado que la compone hay una reminiscencia por rescatar.

El magisterio afronta a diario el reto de hacer patente su misión, transmitir enseñanzas a la infancia y juventud mexicana, las condiciones cambian en cada región, deben enfrentar la pobreza extrema, andar senderos interminables todos los días para poder llegar a sus centros de trabajo, son las mujeres y hombres dedicadas a este apostolado los que a su cargo tienen en muchos sentidos el futuro de la nación, del tipo de ciudadanos que se formen dependerá el porvenir. Sus historias, semejantes y contradictorias, cercanas, pero con marcadas particularidades, nos dan muestra del papel primordial del profesor en las comunidades, en la cultura y en la sociedad, su figura, descuella y se registra como un generador de transformaciones sociales.

V

El destacado papel que tiene el magisterio en la sociedad y en las transformaciones del país es de valorarse, no sólo como un hecho histórico, sino como la muestra de la importancia de quienes tienen a su cargo la formación de las nuevas generaciones mediante la entrega de su esfuerzo y vocación. Conservar la memoria, difundirla e incrementarla es una indispensable labor y responsabilidad que recae en cada uno de nosotros, la sociedad yucateca se ha nutrido de los saberes y de las acciones del magisterio, reconocer su papel es fundamental para el bienestar social del Estado y de nuestro México.

Al celebrarse el Día del Maestro, levantamos la voz para reconocer al magisterio como un sujeto revolucionario que contribuye a la transformación social y a la superación de muchos de los males que nos aquejan en la actualidad, su empeño impulsa la conciencia y el progreso, son los maestros y maestras quienes tienen en sus manos la lucha contra la ignorancia y la desigualdad social, asimismo, levantamos la voz, para exigir respeto pleno de la dignidad humana y laboral de todos los maestros y maestras de México y del mundo.

Los lenguajes del 68 | Carlos Monsiváis

¿Cuántos lenguajes se cruzan en el 68? El más inaudible, o el que nace muerto en cuanto a alcances persuasivos, es el oficial y el de sus organismos títeres. Así, por ejemplo, la FNET denuncia (3 de agosto) la conspiración nacional e internacional en contra del gobierno de México «por parte de los provocadores tradicionales» organizados en las «corrientes del maoísmo y del trotskismo», preparados para la violencia, «si no en estos días sí en las épocas en las que México ofrecerá su corazón a la juventud del mundo en la XIX Olimpíada, lo que hubiera sido grave». Cursilería y macarthismo, fórmula perfecta.

Un segundo discurso: el de la catarata de la izquierda partidaria, inaudible e ilegible, cuya eficacia radica precisamente en que no será ni oído ni leído, sino aceptado sin reparos por quienes le conceden a la causa la «indulgencia plenaria» para los excesos verbales de su dirigencia. Este discurso no se toma la molestia de razonar con los lectores, hace tabla rasa sin más de su adversario, lo exige todo en cada ocasión, no mide fuerzas. Léase el documento del CNH publicado el 3 de septiembre, donde se advierte una perceptible influencia comunista:
Nuestro movimiento, por ello, no es una algarada estudiantil más; esto debe comprenderse muy bien por quienes se obstinan en querer ajustar sus realidades a los viejos sistemas obsoletos de su «revolución mexicana», de su «régimen constitucional», de su «sistema de garantías» y otros conceptos vacíos, engañosos, de contenido expreso a lo que expresan y destinados a mantener y perfeccionar la enajenación de la conciencia, a la hipocresía social y a la mentira que caracterizan el régimen imperante.

Que nadie pretenda llamarse a engaño. No estudiamos con el propósito de acumular conocimiento estáticos, sin contenido humano. Nuestra causa como estudiantes, es la del conocimiento militante, el conocimiento crítico, que impugna, refuta y transforma la realidad…

¿Cómo se explica en plena querella, con las fuerzas de seguridad patrullando la ciudad, los edificios de educación superior ametrallados, las detenciones constantes, ese desprecio al «régimen constitucional» y su «sistema de garantías», exactamente lo contrario a lo sostenido en cada manifestación por el Movimiento? Se explica, precisamente, por la ebriedad ideológica de una lucha en ascenso, y porque en definitiva no se confía en los documentos, sino en el lenguaje de las marchas, las pancartas, los lemas, el relajo, la emoción de persuadir y persuadirse.

Un tercer lenguaje es el de los brigadistas, que no cuaja de modo orgánico, pero es anárquico y vital mientras dura. ¿Cómo aprenden a dialogar con obreros, burócratas, amas de casa y estudiantes como ellos? No tienen programa, pero su convicción es profunda: esto debe cambiar, y ésta es la oportunidad. Y las carencias los vuelven, por necesidad, un programa vivo en su convicción y su fe contagiosa. La elocuencia de sus brigadistas es la gran oferta del Movimiento. Y, aparte del 2 de octubre, este lenguaje activo y corporeizado será lo más extraordinario a la hora de la evocación.

La modernidad del 68 se expresa a través de las brigadas de estudiantes, el ánimo de las concentraciones, la disciplina gozosa de las marchas, el dinamismo del relajo, la combinación de solemnidad y estrépito, la simpatía por el rock (que es el diablo), el gusto en una minoría significativa por novelas y poemas leídos como profecías.

Moderno es un estudiante de Ciencias que usa de los momentos muertos para abismarse en Rayuela de Cortázar o La estación violenta de Paz; moderna es la brigada de Ciencias Políticas que sube a un camión, se disculpa por no saber cantar boleros y reparte propaganda agregando: «Si les aburre, dénselo al vecino que peor les caiga»; moderno es el estudiante de Facultad de Música, apasionado de Alban Berg, que toca en la guitarra canciones rancheras para atraer el público del mitin; moderna es la Manifestación del Silencio, donde se calla o se habla en voz baja para cederle el sitio de honor al rumor de las multitudes, infinitamente novedoso como arma política. Esa modernidad muy rara vez se expresa en los documentos.

Un cuarto lenguaje, aportado por los sectores medios, mayoría en el Movimiento Estudiantil, es el de la modernización cultural. Ya estuvo bien de la cultura de la Revolución Mexicana, ese potpourrí que banaliza las luchas campesinas y revolucionarias de las prime ras décadas del siglo, y le añade a su escamoteo una moral conservadora, un chovinismo declamatorio, un nacionalismo cultural ya patético y la explotación recurrente de los Grandes Logros: el esplendor prehispánico, Sor Juana Inés de la Cruz, el churrigueresco la poesía modernista, la Escuela Mexicana de Pintura, la gran literatura «para minorías»… y las instituciones que exigen —y merecen— gratitud, del Seguro Social a la enseñanza primaria obligatoria. La demanda de modernización es muy de otra índole, y se concentra en el deseo de legitimar y hacer muy explícita la sensibilidad ya presente en las actitudes, pero no todavía en el lenguaje público. Si la modernidad se identifica con el crecimiento de la libre empresa, los conjuntos habitacionales de lujo, el ritmo de internacionalización de la clase dirigente y las joint ventures que atraen a los empresarios de fuera, la modernidad concede ventajas atmosféricas a la nueva sensibilidad, se aburre con la función estatal de guardián de las conciencias, y ve en la americanización no a una imposición externa, sino —en el orden de la tecnología y el comportamiento— una exigencia interna.

Si se revisan los documentos que en 1968 producen el Movimiento Estudiantil y sus aliados, se observará la debilidad por las parrafadas interminables, las translaciones mecánicas del habla de asamblea y partido, la cursilería para nada ocasional, el autoritarismo de un cúmulo de planteamientos, los rescoldos de luchas de los años cuarenta. Por eso, no es tan provechoso el análisis del Movimiento centrado en sus textos de coyuntura. Es más fructífero el examen de las actitudes.



Este texto aparece en el libro Parte de guerra: Tlatelolco 1968: documentos del general Marcelino Barragán. Los hechos y la historia; Julio Scherer García y Carlos Carlos Monsiváis; Editorial Aguilar; año de 1999