Viena 1993, cuando las mujeres nos hicimos humanas* | Introducción y Los derechos de las mujeres en la formación de la ONU | Alda Facio

Introducción

Creo no exagerar cuando afirmo que la mayoría de las mujeres desconocemos las luchas que, en diferentes campos y niveles, se han dado a través de la historia por la defensa de nuestros derechos. Pero no voy a contar esta emocionante historia aquí. Voy a limitar este ensayo a un breve periodo de la larga lucha que hemos llevado adelante miles de mujeres por el respeto, defensa y disfrute de nuestros derechos. No es toda la historia, sino aquella que se relaciona con la Conferencia Mundial de Naciones Unidas (ONU) sobre Derechos Humanos (ddhh) celebrada en Viena en 1993, porque fue ahí donde por primera vez se explicitó que los derechos de las mujeres son ddhh. Es decir, no fue hasta finales del siglo XX que las mujeres alcanzamos la categoría de humanas para el derecho internacional.

Limito esta historia a esa conferencia por razones de espacio, pero la lucha no empezó ni terminó ahí. Después de Viena se organizaron muchas conferencias internacionales más, en donde las mujeres tuvimos que cabildear para darle un contenido a los ddhh que incluyera las muy diversas realidades de las mujeres del mundo. Mucho se ha hecho desde 1993, pero no todo ha sido favorable. Por eso, seguimos luchando dentro y fuera de la ONU para darle sentido al estribillo que se repetía por todo el mundo en los meses previos a la conferencia: «Los derechos de las mujeres son derechos humanos».

Uno de los logros de 1993 ha sido la creación, en 2010, de una nueva entidad dentro del sistema de la ONU tras años de negociaciones entre los Estados miembros y el movimiento de mujeres, para fortalecer y unificar el trabajo de la ONU en relación al logro de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. Ojalá que con esta nueva agencia la ONU pueda cumplir sus promesas de igualdad hechas hace más de sesenta.

II. Los derechos de las mujeres en la formación de la ONU[1]

En la Conferencia de San Francisco de 1945, dedicada a redactar la Carta de la ONU, hubo unanimidad en que la promoción de los ddhh debería ser uno de los fines esenciales de la nueva organización. A pesar de que no se logró que la Carta contuviera un listado de esos derechos, sí hubo un compromiso de los gobiernos de redactar una declaración en el futuro[2]. Aunque en casi ninguno de los documentos históricos sobre esta conferencia se habla del asunto, a esta Conferencia asistieron varias mujeres en delegaciones oficiales, así como en las de las de las ONG, que hicieron aportes cruciales tanto en la redacción misma de la Carta como en el hecho de que la protección de los ddhh fuera uno de los fines de la ONU. Estas mujeres lograron que la Carta contuviera el establecimiento de una Comisión de Derechos Humanos (CDH) que hiciera referencia explícita a la prohibición de la discriminación sexual.

Contrario a los argumentos de la mayoría de los delegados, quienes sostenían que una cláusula sobre igualdad sería suficiente garantía para los derechos de las mujeres, las delegadas de Brasil, República Dominicana y México[3], exigieron con éxito que la palabra “sexo” se agregara a la lista de las demás prohibiciones que la carta establecía para que los Estados y la misma ONU no hicieran distinciones basadas en esas categorías a la hora de respetar, proteger o garantizar los ddhh. Ellas insistieron en que agregar la palabra “sexo” a la lista de prohibiciones significaría que la discriminación sexual sería considerada tan atroz como la discriminación racial, política, religiosa u otra, idea que no era compartida por todos los delegados quienes aseguraban que la discriminación sexual era un mal menor y hasta inevitable. A pesar de la oposición, la palabra “sexo” quedó incluida. La importancia de este logro no sería comprendida hasta muchos años después, cuando el movimiento de mujeres se apoyó sobre este cambio de paradigma para exigir que los derechos de las mujeres fueran considerados ddhh y para hacer el vínculo entre igualdad y no discriminación. Vínculo imprescindible para entender la verdadera igualdad entre todos los seres humanos.

En 1946, el Consejo Económico y Social (ECOSOC)[4] decidió crear una subcomisión de la CDH para que se encargara de la condición jurídica y social de las mujeres, pero desde su primera reunión, la subcomisión recomendó que se la elevara al estatus de una comisión autónoma; y así fue como nació la Comisión de la condición jurídica y social de la mujer (CSW). Su objetivo principal es promover la implementación del principio de que hombres y mujeres deben gozar de derechos iguales[5]. Una de las primeras tareas de la CSW fue concentrarse en la discriminación contra las mujeres enfrentándola desde una perspectiva legal centrada en la igualdad. De haber seguido la CSW por este camino, la corriente androcéntrica de los ddhh habría tenido que enfrentar el reto de conceptualizar la igualdad desde el derecho a la no discriminación y tomando en cuenta las diferencias entre hombres y mujeres. Pero no fue así; al poco tiempo, la CSW empezó a enfocar la igualdad de mujeres y hombres desde una perspectiva de “desarrollo”, alejándose más y más del enfoque de los ddhh.

Este alejamiento probó ser nefasto para la conceptualización de la igualdad desde una perspectiva de derechos humanos[6] y para la promoción y defensa de los derechos de las mujeres, ya que la CDH se lavaba las manos ante cualquier violación a los derechos de las mujeres arguyendo que eso era materia de la CSW[7], mientras que ésta insistía en que las violaciones concretas a los derechos de las mujeres no eran parte de su mandato. Así, mientras que la CDH fue desarrollando un número impresionante de mecanismos para monitorear las violaciones a los derechos del hombre, la CSW se conformó con un limitado mecanismo que se reduce a un procedimiento de queja-información-comunicación, utilizado por la CSW para sus propios estudios y para informar al ECOSOC sobre los patrones y tendencias que se desprenden de las violaciones[8].

A pesar de la relativa debilidad de la CSW, muchas personas piensan que la decisión de separar las entidades de ddhh de las de las mujeres en la ONU fue acertada porque la CSW logró crear normas y estándares legales importantes, y también porque la CSW ha sido el único órgano político de la ONU con una proporción importante y permanente de delegadas mujeres[9].

Una de las primeras cosas que hizo la CSW fue solicitar participar en la redacción de la Declaración Universal. El logro más conocido de sus delegadas fue convencer a los redactores de cambiar el artículo 1 que originalmente decía “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos…” para que se leyera “todos las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Aquellas primeras delegadas sabían muy bien el impacto excluyente del lenguaje androcéntrico.

Durante los siguientes años, la CSW logró la adopción de varios tratados que garantizaban muchos derechos para las mujeres. En 1967, consiguió que la Asamblea General de la ONU adoptara la “Declaración sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer”, la cual consolidó muchos de los elementos que anteriormente la CSW había promovido en diferentes tratados. Al hacer un llamado a la eliminación de todas las prácticas y costumbres discriminatorias, así como también de leyes formales, esta Declaración adelantó de forma importante la conceptualización de la igualdad substantiva y la fijación de estándares para los derechos de las mujeres.

La Declaración también sirvió de base para la legalmente vinculante “Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer” (CEDAW), adoptada en 1979. La CEDAW formalizó esta nueva manera de entender la igualdad, vinculada a la eliminación de todas las formas de discriminación, con lo que fortaleció inmensamente los derechos de las mujeres. La CEDAW fue, y sigue siendo, el primer y más importante tratado sobre los ddhh de todas las mujeres y si bien no era considerado un tratado de ddhh por la misma ONU, sino un tratado de derechos de las mujeres, después de 1993 pasó a ser uno de los ocho tratados principales del sistema de ddhh de la ONU.

Otro asunto enfrentado por la CSW en aquellos años fue cómo garantizar que las mujeres realmente pudieran ejercer sus derechos. Inicialmente, los programas para las mujeres se concentraban en sus derechos individuales y en la igualdad formal. A finales de los años sesenta, sin embargo, hubo un cambio de enfoque hacia el rol de la mujer en los procesos de desarrollo económico y social en el mundo entero. De esta manera el enfoque de ddhh quedó descartado.

El cambio de abordaje agrandó la brecha ya existente entre el sistema para el adelanto de la mujer y el de los ddhh de la ONU, ya que en este último el enfoque, aunque androcéntrico, partía de la documentación de violaciones concretas a los derechos, lo que llevaba a recomendaciones concretas para el mejoramiento de la sociedad. En cambio, para la CSW lo central era lograr el “adelanto” de las mujeres, que se traducía en lograr más participación de las mujeres en la sociedad sin cuestionarse esa sociedad y sin cuestionarse de dónde venían y por qué se daban las desigualdades entre mujeres y hombres. Esto la llevó a hacer recomendaciones que más que cambios en la sociedad, se concentraban en lograr la inclusión de las mujeres en sus diferentes ámbitos.

Otra función importante de la CSW ha sido fungir como organismo preparatorio de las cuatro conferencias internacionales sobre la mujer que organizó la ONU entre 1975 y 1995, así como las tres conferencias conocidas como Beijing +5, Beijing+10 y Beijing+15.

La primera conferencia se realizó en México en 1975, el Año Internacional de la Mujer. En esta conferencia los Estados adoptaron un “Plan de Acción de la Ciudad de México” que tuvo como resultado la proclamación por la Asamblea General de la ONU del “Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985). Es debido a esto que se dice que esta conferencia tuvo un carácter declaratorio. A pesar de la audacia del Plan, el documento es una lista de “asuntos” que tienen que ver con las mujeres, sin ninguna explicación de las causas que podrían ayudar a identificar políticas correctivas. Sin embargo, hay que reconocer que en la evolución de los ddhh, un primer paso siempre ha sido poder ver ciertos actos como violatorios. Por eso considero que esta conferencia fue indispensable, ya que en ella se reconocieron derechos que luego serían plasmados en la CEDAW.

La segunda conferencia tuvo lugar en Copenhague en 1980 y se organizó con el objetivo de evaluar el desarrollo del decenio. A partir de esta evaluación, los Estados aprobaron un Programa de Acción para la segunda mitad del Decenio en el que se puso énfasis en los temas relativos a la educación, el empleo y la salud. En mi opinión, lo más importante de esta conferencia fue que llevó la discusión sobre la igualdad un poco más lejos explicando que la igualdad no se reduce a la formal sino que incluye también la igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades. En otras palabras, se empezaba a hablar de lo que hoy en día se conoce como la igualdad substantiva. En este sentido, se analizó la desigualdad de las mujeres como causada o relacionada con la falta de acceso a recursos y a la participación política. La conferencia hizo un llamado a los gobiernos no sólo para revisar y eliminar la discriminación legal, sino también para que informaran a las mujeres de sus derechos y sobre cómo exigirlos[10]. Esta estrategia es lo que se conoce en el mundo de las ONG como “educación legal popular”.

Aunque los gobiernos en Copenhague empezaron a discutir el tema de la violencia, cosa que no se había hecho en México, su enfoque no fue desde el marco de los ddhh sino más bien desde un enfoque de la salud. El Programa de Acción toca el tema de “las mujeres maltratadas y la violencia en la familia” e identifica la necesidad de mejorar la salud física y mental de las mujeres mediante el desarrollo de programas y políticas “dirigidos a la eliminación de todas las formas de violencia contra las mujeres y niños y la protección de mujeres de todas las edades del abuso mental y físico resultante de la violencia doméstica, el ataque sexual, la explotación sexual y cualquier otra forma de abuso”[11].

Pero esta segunda conferencia será recordada, sobre todo, por haber sido el foro donde se realizó la ceremonia especial, el 17 de julio de 1980, en donde 64 Estados suscribieron la CEDAW y dos presentaron sus instrumentos de ratificación, Cuba y Guyana.

La tercera conferencia se realizó en Nairobi en 1985 y tuvo como objetivo evaluar los avances logrados y los obstáculos enfrentados durante el Decenio. A partir de este análisis, los Estados aprobaron por consenso el documento “Las estrategias de Nairobi orientadas hacia el futuro para el adelanto de la mujer hasta el año 2000”. Estas estrategias son un conjunto de medidas que los Estados deberían haber adoptado a fin de promover el reconocimiento social del papel de las mujeres y el ejercicio de sus ddhh. Gracias a la aprobación de este documento se dice que esta conferencia tuvo un carácter estratégico.

Comparada con las conferencias de México y Copenhague, ésta hizo menos énfasis en el lenguaje de los ddhh, en el sentido que dejó de lado las garantías de ddhh en relación con los temas económicos y sociales, tales como la educación y la salud, aunque mantuvo referencias al derecho al trabajo, libertad de asociación y el derecho a poseer o vender propiedades. Sin embargo, el documento final de Nairobi hizo un llamado a las mujeres para que ejercieran efectivamente sus derechos en asuntos concernientes a los intereses de la población, incluyendo el básico de controlar sus propias fertilidades, la cual forma una importante base para el disfrute de otros derechos. Nairobi marcó la primera vez que se reconoció que las mujeres individuales tenían derechos reproductivos, aunque no se nombraron de esta manera. La educación legal popular fue otra vez resaltada en Nairobi y se instó a los gobiernos para que garantizaran los derechos de las mujeres en poblaciones minoritarias e indígenas.

Nairobi fue la primera conferencia en la cual la violencia contra las mujeres (VCM) fue señalada en el contexto de los ddhh. Al caracterizarla como “obstáculo principal para lograr la paz y otros objetivos de la Década”, las Estrategias pidieron medidas para prevenirla, dar asistencia a sus víctimas y crear mecanismos nacionales para enfrentarla.

El éxito de estas primeras tres conferencias se debió en gran medida a las contribuciones de muchas ONG que asistieron en un número sin precedentes. Pero el acontecimiento que tuvo el mayor impacto en relación a lo que luego se llamarían ddhh de las mujeres fue el Foro de

ONG de Mujeres, Derecho y Desarrollo (el Foro MDD)[12]. En este foro se presentaron cincuenta y cinco ponencias concernientes a la situación de las mujeres en 32 países, lo que facilitó apasionadas discusiones entre las participantes, resaltando la creciente toma de conciencia entre las mujeres del tercer mundo de que las leyes no eran solamente un instrumento que apoyaba la discriminación tradicional contra las mujeres, sino que podían ser usadas como instrumento de transformación social.

La última y cuarta conferencia se realizó en 1995 en Beijing. Al comprobar que, a pesar de todas las medidas adoptadas, aún persistían los obstáculos para lograr la igualdad de oportunidades y derechos de las mujeres, esta conferencia adoptó “La Plataforma de Acción” que consta de una serie de medidas que los Estados estaban obligados a implementar en los quince años posteriores a la conferencia[13]. Se ha dicho que esta conferencia tuvo un carácter vinculante, en el sentido de que desarrolló las medidas que deben adoptarse para cumplir con lo estipulado en la CEDAW15. En este sentido, es la conferencia sobre la mujer que más explícitamente ha planteado sus temas desde un enfoque de género y de ddhh. Sin embargo, también es la conferencia que más se alejó de un lenguaje de ddhh en muchos de sus apartados al sustituir el término “igualdad” por el de “equidad”, sustitución que había sido promovida por el Vaticano precisamente para impedir que se consolidara el lenguaje de derechos humanos con relación a las mujeres y para reforzar la errónea idea de que la igualdad exige tratamiento idéntico al no reconocer las diferencias reales y construidas.

Después de estas conferencias, la CSW ha seguido reuniéndose cada año para discutir la implementación de la Plataforma de Acción de Beijing por áreas, y en el año 2000, 2005 y 2010 organizó las reuniones llamadas Beijing+ para evaluar los avances en la implementación de la

Plataforma. Es incuestionable que después de 1993 la CSW ha cambiado su enfoque hacia uno de ddhh, pero el creciente empoderamiento de regímenes fundamentalistas misóginos en todo el mundo, la siempre creciente participación de ONG de derechas y familistas en sus reuniones, y la falta de conocimiento sobre la CEDAW y su poco uso por parte del movimiento amplio de mujeres, ha dificultado muchísimo la plena incorporación de una perspectiva de ddhh en su accionar.


[1] The Unfinished Story of Women and the United Nations es una publicación del año 2007 del Servicio de enlace de Las Naciones Unidas con las Organizaciones No Gubernamentales (SENGONU), NGLS en su sigla en inglés. El libro cubre muchos años de historia de incidencia de las mujeres en el sistema internacional y de la ONU.

[2] Pacheco, Máximo, Los Derechos Humanos, Documentos Básicos, Editorial Jurídica de Chile, Santiago de Chile, 1987, p IX.

[3] Ver Connors, Jane, “NGO’s and the Human Rights of Women” en The Conscience of the World: The Influence of NGO’s in The UN System, Peter Williams, Ed., Washington D.C., The Brookings Institution, 1996.

[4] Siglas en Inglés para el Consejo Económico y Social. El ECOSOC es el principal órgano coordinador de la labor económica y social de la ONU y de los organismos e instituciones especializadas que constituyen el sistema de las Naciones Unidas. El Consejo, establecido por la Carta de Naciones Unidas tiene 54 miembros,

con mandatos de tres años. Cada miembro tiene un voto y el Consejo toma sus decisiones por mayoría simple.

[5] Derechos iguales no quiere decir derechos idénticos. Quiere decir que hombres y mujeres tienen derecho a disfrutar de todos los ddhh que sean necesarios para su existencia digna tomando en cuenta sus diferencias biológicas así como las estructuras de género que construyen tantas desigualdades para las mujeres.

[6] Que no exige tratamiento idéntico sino tratamiento que no resulte en discriminación.

[7] A pesar de que al día de hoy, el mandato original de la Comisión de ddhh incluye la prevención de la discriminación basada en el sexo.

[8] Schuler, Margaret y Thomas, Dorothy: Derechos humanos de las mujeres, paso a paso, edición en español, IIDH, San José, Costa Rica, 1999, pp. 49.

[9] Aquí es interesante acotar que cuando se creó la Sub-Comisión que luego se convertiría en la CSW, sólo fueron designadas delegadas mujeres por lo que el presidente del ECOSOC decidió nombrar a 3 miembros ex oficio para asegurar que la Sub-Comisión fuera mixta. Por otro lado, en la CDH, había una única mujer, y esto no molestó a nadie.

[10] Informe de la Conferencia Mundial de la ONU para el Decenio de la Mujer: Igualdad, Desarrollo y Paz U.N. doc. A/CONF.94/35 (1980).

[11] Idem. Resolución 5.

[12] The WLD Forum por sus siglas en inglés. La metodología WLD le sirvió luego a diferentes redes y ONG y de ahí nacieron.

[13] De ahí las conferencias conocidas como Beijing+5,+10 y +15.


[*] Este artículo está basado en un libro que está escribiendo la autora sobre la evolución de los derechos humanos de las mujeres en la ONU.

Texto tomado del libro Feminismo, género e igualdad, coordinado por Marcela Lagarde (UNAM) y Amelia Valcárcel (UNED); Colección Pensamiento Iberoamericano; publicado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Fundación Carolina; Madrid, España, 2011; Pp. 5-11

Alda Facio es una jurista feminista, escritora, docente y experta internacional en género y derechos humanos referente en Latinoamérica. Es una de las fundadoras del Caucus de Mujeres por una Justicia de Género en la Corte Penal Internacional. Desde 1991 es directora del Programa “Mujer, Justicia y Género” del Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la Prevención del Delito y el Tratamiento del Delincuente (ILANUD) y vicepresidenta de la Fundación Justicia y Género además de ser fundadora de Ventana, uno de los primeros grupos feministas en el país en los años setentas en Costa Rica.​ Está considerada una de las promotoras de la Ley de Igualdad Social en los años ochenta, además de ser una de las 10 mujeres en el mundo que organizó el Tribunal en Viena sobre la violación a los derechos de las mujeres.

Ayer y hoy en las supersticiones | Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1983) | Oswaldo Baqueiro López

Para el indio maya —verdad más extendida ayer que hoy, pero todavía verdad—, todos los seres, y aún las cosas inanimadas, existen en una constante relación con espíritus y fuerzas ocultas que intervienen decisivamente en la vida de los humanos.

Por lo tanto, el que conoce de esto sabe que hay reglas de conducta que hay que observar escrupulosamente; expresiones que se deben evitar, o por lo contrario, que hay que usar invariablemente. Si no se hace así, se puede esperar muchas calamidades, grandes o pequeñas, según sea el enojo de los espíritus correspondientes.

En cambio, si las potencias invisibles que están en todas partes se encuentran satisfechas; si se ha cumplido con las ofrendas y se les ha tratado con respeto, entonces las milpas producirán mucho maíz, las lluvias abundarán, así como la caza y sobre todo el venado; los enfermos curarán y los niños crecerán sanos.

De esta manera, por ejemplo, el indio dirá «la Santa Masa», al referirse a la que se hace con maíz; o bien la «Santa viruela», para no ofender a los tres duendecillos que son «los dueños», o señores de esta enfermedad, pues si los Yumil-Kaak —que así se llaman—, se disgustan por algún desdén, correría peligro la vida del enfermo. Y hasta cuando manejamos o hablamos de una vasija de barro debemos tener cuidado para no ofender al Yancopek, que es el duende que gusta de habitar en ellas, ya que de seguro se rompería nuestra vasija.

Nada debe extrañarnos que se utilice la palabra «santo» en relación con asuntos tan paganos, ya que el indígena tomó para sus ritos y creencias, en alguna manera supervivientes de la antigua religión, elementos del cristianismo que con tanta severidad le inculcaron los frailes en el siglo XVI, y los curas después.

Los ejemplos de este sincretismo abundan y tendremos ocasión de subrayarlo más adelante. Baste por ahora recordar una oración al Sol, recogida por el Abate Brasseur de Bourbourg (1814-1874) y que —traducida del maya—, pone en labios de un hechicero de la Xkanchakan:

«Asoma Señor al oriente, a los cuatro lados del cielo, a los cuatro lados de la tierra; cae mi palabra en fragmentos, en nombre del Dios Padre, del Dios Hijo, del Dios Espíritu Santo».

La invocación es una parte del Chachaac, que es un rito para hacer llover y del que ya nos ocuparemos con mayor amplitud.

Esta asimilación tan particular de la doctrina cristiana fue notada desde un principio por los religiosos, y combatida sin gran éxito, o empeño, en tanto se cumpliese con las formas externas. Es más, el sentido mágico de los antiguos mayas pareció rozar las convicciones de algunos sacerdotes, al grado de persuadirlos de la presencia del demonio en ciertos acontecimientos.

Así lo confirma el Dr. don Pedro Sánchez de Aguilar (1555-1648) en su Informe Contra Idolorum  Cultores, en el que sabrosamente nos relata que siendo cura de la villa de Valladolid, allá por 1596, fue hallado por los indios devotos de Yalcobá, pueblo de su jurisdicción, a fin de que conjurase y desterrase a un demonio que hacía de las suyas en ese lugar, incendiando las casas de los atemorizados indígenas.

Ya se tenían antecedentes de este duende calamitoso, pues unos treinta o cuarenta años antes, en Valladolid, había cometido varias fechorías y entre ellas, nada menos, había convertido unos buñuelos del cura de entonces, Tomás de Lersundi, en estiércol, y había substituido el contenido de una limeta de buen vino, que don Tomás tenía listo para su cena, en orines añejos.

En Yalcobá —refiere pues Sánchez de Aguilar—, con toda puntualidad entraba, al mediodía o a la una de la tarde, el referido demonio, «en un remolino de viento, levantando gran polvareda, y con un ruido como de huracán y piedra paseaba todo el pueblo, o la mayor parte de él; y aunque los indios se prevenían luego en apagar aprisa el fuego de sus cocinas, no aprovechaba, porque de las llamas con que este demonio es atormentado, despedía centellas visibles, que como unas cometas nocturnas y estrellas errátiles, pegaba fuego a dos, o tres casas en un instante…»

Sánchez de Aguilar, vallisoletano que ocupó destacados puestos en la jerarquía eclesiástica, pues llegó a Canónigo de la Catedral Metropolitana de la ciudad de La Plata —hoy Sucre, Bolivia—, decía en su «Informe», fechado en 1639, que tales sucesos se atribuían a la gran cantidad de «hechiceros, encantadores e idólatras» de aquellos tiempos, «lo cual —afirmaba—, no deja de tener fundamento y sospecha verosímil».

«E yo tuve preso —nos informa—, a uno natural del pueblo de Tesoc, gran idólatra encantador, que encantaba y cogía con la mano una víbora, o culebra de cascabel con ciertas palabras de gentilidad, que escribí por curiosidad, que no son dignas de papel y tinta; basta dezir que en ellos se invoca al demonio, y príncipe de las tinieblas y cavernas».

En algunas de estas cuevas habían ocultado los indios los ídolos que habían podido salvar de la destrucción, y en secreto realizaban sus ofrendas, a veces no lejos de la iglesia.

De informe de Sánchez de Aguilar vamos a tomar un primer muestrario de supersticiones indígenas, tal como se conocían en el siglo XVII:

«Las abusiones y supersticiones que usan y heredaron de sus padres estos indios de Yucatán, son muchas y varias: las que yo pude alcanzar pondré en este informe, para que los curas las reprueben y reprendan en sus sermones y pláticas»:

«Creen en sueños y los interpretan y acomodan según las cosas que tienen entre maños».

«En oyendo el graznido de un pájaro, que llaman kipxosi, sacan y coligen mal suceso de lo que están haciendo, y lo tienen por agüero, como los españoles con la zorra y el cuclillo».

«Si en que va caminando topa una piedra grande, de muchas que se levantaron para abrir los caminos, la reverencia, poniéndole encima una rama, y sacudiendo con otras las rodillas para no cansarse: tradición de sus pasados».

«Quando va caminando alguno a puesta de Sol, y parece que ha de llegar la tarde y noche al pueblo, encaja una piedra en el primer árbol que halla, para que el Sol no se ponga tan presto, o se arranca las pestañas y las sopla al Sol»

«En los eclipses de la Luna usan por tradición de sus pasados hacer que sus perros aullen, o lloren, pellizcándolos el cuerpo, o las orejas, y dan golpes en las tablas y bancos y puertas. Dicen que la Luna se muere, o la pican un género de hormigas que llaman Xubab».

«También usan llamar a ciertos indios viejos hechiceros que ensalmen con palabras de su gentilidad a las mujeres de parto, a las cuales confiesan, y a algunos enfermos. Esto no lo pude averiguar, de (lo) que estoy muy arrepentido».

«También ay indios hechizeros que con ensalmos curan a los mordidos, o picados de víboras y culebras, que ay infinitas de cascabel; los cuales rabian, y se les pudren las carnes y mueren».

Para colmo, el mismo Dr. Sánchez de Aguilar ofrece su propia receta para estos casos, tan singular como cualquiera de los indios.

«Y el remedio que les di, por haverlo oído, es que beban excrementos de hombre, o el zumo de limones, o les pongan luego en la picadura el Sieso de un ave de las nuestras, viva, hasta que les chupe la ponzoña de la víbora, y la gallina muere luego, y le pongan otra y otra».

¿No es singular? ¿No parece acaso que el hechizo del mundo mágico de los mayas convence al grave teólogo y sabio doctor de que, efectivamente, el diablo anda suelto, y de que son recomendarles tan heterodoxos procedimientos curativos?

De las que conoció, todavía menciona Sánchez de Aguilar algunas supersticiones más:

«Quando hazen casas nuevas, que es de diez a doze años, no entran ellas, ni las habitan, hasta que venga el viejo hechizero de una legua, y dos y tres, a bendezirla con sus torpes ensalmos, lo cual oí dezir; pésame de no haberlo averiguado».

«Son sortílegos, y echan suertes con un gran puño de maíz, contando de dos en dos, y si salen pares, vuelve a contar una y dos, y tres veces, hasta que salga nones, y en su mente lleva el concepto sobre que va la suerte. Huyose una vez una niña de su casa y la madre, como india, llamó a un sortílego destos, y echó suertes sobre los caminos, y cupo la suerte a tal  camino, y enviando a buscar a la niña la hallaron en el pueblo de aquel camino».

«Castigué a este sortílego —sigue Sánchez de Aguilar—, que era de un pueblo una legua de Valladolid, y examinándole despacio hallé que las palabras que decía mientras contaba el maíz no eran más que decir nones o pares: Huylan nones, Caylan pares, y no supo decir si invocaba al demonio con ellas porque el sortílego era simplicísimo, y casi tonto».

El doctor Sánchez admite que el hechicero acertó en adivinar el sitio en el que debía buscarse a la niña perdida, pero es curioso que no admita también que la supuesta tontería del indio no era, probablemente, más que una taimada actitud para no tener que hablar de esas cosas delante del cura.

Y termina así Sánchez de Aguilar esta parte de su famoso «Informe»:

«En esta ciudad de Mérida es público que hay algunas indias hechizeras, que con palabras abren una rosa antes de sazonar, y le dan al que quieren atraer a su torpe voluntad, y se la dan a oler, o se la ponen debajo de la almohada, y que si la huele la persona que la da, pierde el juicio por gran tiempo, llamando al que la había de oler y para quien se abrió la rosa».

Hasta aquí el Dr. Sánchez de Aguilar. A nosotros todavía nos falta recorrer un largo camino en el campo de las creencias mayas. Cabe preguntarnos si éstas tienen ahora una vigencia semejante a la que tenían en el pasado. A finales del siglo XIX, esto es, en 1883, el Dr. Daniel Garrison Brinton, estudioso de la cultura maya, se pronunciaba afirmativamente:

«hasta la fecha, la creencia en hechiceros, hechicería y magia es tan fuerte como pudo serlo entonces (el siglo XVI), y en varios casos los mismísimos ritos se observan iguales a los que, según sabemos de los autores principales, se hacían antes de la conquista».

En 1941, en su libro Yucatán, una cultura de Transición, el antropólogo norteamericano Robert Redfield (1897-1958), menciona una larga serie de creencias populares incorporada a la cultura folk yucateca, fundamentalmente influenciada por las tradiciones mayas.

Lo que Redfield entiende como cultura folk de Yucatán está definido en las siguientes líneas: «…La cultura característica de la península de Yucatán estriba en el comportamiento tradicional de las gentes comunes y corrientes, entre las que se incluye al hombre de la tribu lejana, al campesino maya que vive aislado y a las masas de la ciudad. Para distinguir esa cultura de los modos propios de la gente culta, que en el sentido que ahora nos interesa no son yucatecos, y que dentro de todo el sentido de lo hasta aquí expuesto no son cultura, podemos llamarla la cultura folk de Yucatán.

Dentro de ese cuadro, Redfield señalaba la persistencia de supersticiones como éstas:

Un pájaro nocturno, de color azul, produce enfermedad a los niños cuando vuela sobre ellos mientras duermen; quien tenga una herida no debe acercarse a un cadáver, ya que la enfermedad que produjo la muerte puede introducirse a través de la herida; la viruela y además la tosferina y el sarampión, están relacionadas con tres duendecillos que son como los niños, y a los que hay que halagar con ofrendas para que todo salga bien.

Los curanderos usan puntas de pedernal o colmillos de serpientes de cascabel para hacer sus punciones; adivinan el porvenir o averiguan las cosas mirando en un cristal, o bien arrojando granos de maíz. Los martes y los viernes son días muy delicados, en los que son frecuentes los «malos vientos».

 Por otra parte, Alfonso Villa Rojas —colaborador de Redfield en el estudio de Chamkom, entre 1927 y 1931—, corroboró en 1978, durante una conferencia, la vitalidad del espíritu maya, que se impone aún sobre un modernismo avasallador de costumbres y tradiciones:

«Quienes han viajado por el interior del Estado —dice Villa Rojas—, pueden notar, que a unos pocos kilómetros de la ciudad de Mérida ya se percibe, tanto en la conducta como en el pensamiento de los mayas, en lo que llaman su cosmovisión, el espíritu indígena que la rige».

Al retomar Villa Rojas a Chamkom, medio siglo después, en 1978, observa:

«Todavía hoy, en lugares como Chamkom, pueblo que ya cuenta con casas de mampostería, la población es exclusivamente indígena; no viven allí más que indígenas. Estos indígenas tienen ya casa de dos pisos, aparatos de televisión, y en las casas no faltan refrigeradores, estufas de gas, abanicos eléctricos. No obstante todas estas innovaciones, el espíritu sigue siendo marcadamente indígena, La lengua que predomina es la maya; las ceremonias a sus dioses antiguos siguen privando con igual intensidad que en épocas pasadas».

Una de estas ceremonias, viva todavía en Chamkom, es la que lleva el nombre de Hetz Luum —dice AVR—, mediante la cual se elimina los malos espíritus que existen en la tierra y se halaga a los Yundziloob, o dueños del monte. Su propósito es que la tierra sea hospitalaria y benéfica para el hombre.

Se trata, por tanto de una serie de observaciones calificadas, a través del tiempo, que atestiguan acerca de la supervivencia de los mitos mayas.

Para muchas personas, ciertamente, estos mitos no son sino una curiosa y entretenida colección de supersticiones; para otras tantas, sin embargo, son realidades vivientes que hay que tomar muy en serio.

Pensamos también que, bajo la máscara de una religiosidad casi fanática, se esconde todavía el mismo paganismo que impulsaba las peregrinaciones a los centros sagrados de Uxmal y Chichén Itzá, y que hoy se manifiesta en las caravanas que llegan cada día 6 de enero a visitar a los «Santos» Reyes magos de Tizimín, o la virgen de Izamal, o la de Guadalupe, en la iglesia de San Cristóbal, en Mérida, así como antes venían a la Catedral de Mérida, a visitar al legendario «Cristo de las Ampollas».

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Foto: Diario del Sureste (versión digital)

Oswaldo Baqueiro López nació en la ciudad de Mérida en 1930 en el seno de una familia de intelectuales, destacando por haber dirigido tres veces el Diario del Sureste (1921-2003) y sus ensayos sobre Yucatán. Premio de Literatura «Antonio Mediz Bolio» (1995 y Medalla Yucatán (1985). Fue miembro de la Academia Nacional de Historia y Geografía e integrante fundador en 1983 de la Academia de Ciencias y Artes del Estado de Yucatán, de la que fue presidente. Fue director del Diario del Sureste, la revista Palabra y codirector de la publicación Siempre Adelante. Publicó los volúmenes Salvador Alvarado, un estudio biográfico (1980); Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1981); La Prensa y el Estado, estudio crítico e histórico sobre la prensa, el poder y la libertad de expresión (1986); El ciclón del siglo, crónica sobre el huracán Gilberto en Yucatán (1989); y diversos ensayos y conferencias sobre hombres ilustres de Yucatán, comunicación y política. En 2007, el Instituto de Cultura de Yucatán (hoy Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán), instituyó la medalla que lleva su nombre para los periodistas que abordan temas de arte, cultura y espectáculos. Murió en la ciudad de Mérida el 29 de noviembre del año 2005.

    

Los mexicanos las prefieren gordas | Salvador Novo

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En pocos países asume la lucha femenina contra la obesidad caracteres más angustiosos, ni tan estériles, como en México. De pocos años a esta parte el cine americano, con su avasalladora fuerza, ha imbuido a un público que rumia al contemplarlo cacahuates salados, de una idea de la belleza que consiste en que sus perfumadas encarnaciones se desencarnen hasta pesar los menos kilos posibles. A la prueba objetiva del cine viene a sumarse, ocasionalmente, la lectura de algún artículo o folleto de Ciencia Popular que demuestre las ventajas saludables de la esbeltez, y los libros no técnicos del Dr. Marañón —este Dr. Cabanes del mañana—, tal Gordos y flacos, han acabado por preocupar a nuestras caras mitades lanzándolas a la conquista de una figura ideal que las convierte en nuestras caras terceras partes.

Pero dejemos para más adelante discutir si este ideal es legítimo entre nosotros y si realiza sus fines ulteriores de provocar admiración. ¿Lo logran? Ayunos, masajes, caminatas, sentadillas y grajeas de tiroidina; abstinencia total de dulces en vez de lo cual se fuman un Lucky; la menos agua posible, la comida sin sal —todo este calvario no conduce sino a una perentoria convalecencia. Alcanzada la meta que registra la báscula, el espíritu se relaja, las enchiladas suizas —llamadas así por más que en Suiza no las conozcan, en virtud de la crema que las decora— están riquísimas, y los oleajes adiposos reanudan su pleamar. O bien la paciente era soltera: y el matrimonio empieza a desbordar, con su dicha, sus caderas y su papada. Aldous Huxley, hermano al fin de biólogo, percibe finamente la trayectoria de la belleza mexicana. «Etla —dice— estaba dolorosamente a la moda. Se había celebrado un concurso de belleza, y el resultado de este concurso se hallaba sentado junto a sus madres, cerca del Presidente Municipal. Parecían seis toros premiados en un concurso ganadero. Pero toda juventud posee cierto encanto. ¡Lo que horrorizaba era advertir en sus madres el futuro de aquellas carnes!»

No puede, por supuesto, esperarse que un extranjero diga la verdad sobre ningún país. Yo no cito a Huxley porque comparta ésta ni ninguna de las muy ofensivas descripciones que hace del bello sexo mexicano; sino precisamente, niñas, para demostraros hasta qué punto es inadecuado combatir una idiosincrasia latina por adquirir una sajona. Las institutrices inglesas de todas las novelas eran tan flacas como debe haber sido seca la que a Huxley no le permitía comer dulces de color sospechoso; y dice Freud que, aparte nuestra mamá, nuestra nodriza es nuestro amor ideal, el que conforma, ya para siempre, nuestros gustos e inclinaciones. Las puritanas de la Nueva Inglaterra resucitan, en el siglo XIX, en las sufragistas americanas. Son, como ellas y como las institutrices inglesas, verdaderas momias con anteojos y convicciones. Derrotadas de nuevo, verifican su resurrección de los huesos en el siglo XX valiéndose, arma pérfida, del cinematógrafo para su propaganda. Ellas sabrán lo que hacen y por qué, cuántos Huxleys prefieren, al abrazar a sus amadas, cumplir el simulacro crujiente de una pugna de sillas viejas. La Historia Patria, apoyada en el materialismo histórico y en la realidad mexicana, nos enseña que, en cambio, si queremos ser genuinos, hemos de conducirnos en nuestros gustos femeninos como nuestros ancestros, por una parte, y por otra más importante como las «masas» o los «conglomerados sociales» de nuestro dizque socialista país. Y es notorio que, si a las odiosas élites del pensamiento, nacidas entre las estrecheces mentales de un corset, les gustan hoy las flacas, campesinos, obreros y soldados —como quien dice, el nervio de nuestra nacionalidad— son los abanderados de una tradición impoluta que los impulsa, con decidida predilección, a enamorarse de las camaradas más rollizas y muelles.

Puedo aducir en pro de mi tesis más pruebas de las que cabrían en un ensayo. Las mujeres que en nuestra historia han registrado más numerosos éxitos amorosos no han pesado nunca menos de doscientas libras, cuando ha habido básculas en que verificarlo. Al fuego juvenil y adiposo de la Tetrazzini opone nuestro recuerdo el de Ángela Peralta, el ruiseñor mexicano con hábitos de gallina y voz de soprano absoluta, que se casó tres veces —lo cual ya es mucho entre nosotros. Una de las razones por las cuales Carlota no cayó bien en la sociedad mexicana era su esbeltez, y el hecho de que, a diferencia de las damas aristócratas de su tiempo, tomaba solamente té, cuando ellas ponían grandes tazas de chocolate, que engorda tanto, entre el aprieto de su corset. Y, ya lo vimos, su esbeltez la condujo a desastrado fin. Maximiliano se mexicanizó en tal forma que se enamoró de una rolliza campesina; a tal grado se mexicanizó que lo mataron los mexicanos. Y Carlota adelgazó tanto que, ya lo vimos, se volvió loca.

Puesto que el arte precortesiano en México tiene la desgracia de ser tan futurista que desdeña, por regla general, pintar la figura humana, no podemos probar por su medio lo gordas que deben haber sido las huríes con sandalias de Moctezuma. Podemos, no obstante, deducir su peso por el de sus tataratataranietas morenas y que aun usan huaraches.

La Malinche fue la Eva de este Paraíso mexicano —y el robusto Cortés desempeñó el alegre papel de un Adán blanco y profusamente barbado. Y pues se enamoró de ella, debe haber ofrecido a su vista una personalidad exuberante. Él venía —y había durado mucho su viaje— desde un país en que el Gótico no había triunfado tanto como el barroco: un país en el cual Jimena, la honorable esposa de Cid, y aquella temprana Julieta llamada Melibea, «de dulce carne acompañada», plantan firmemente en la tierra un pie sólido de matronas; un país que el rey Rodrigo perdió a manos de los árabes por la única razón del gordo par de piernas que sorprendió a la Cava en el acto de mostrarlas a sus amigas en el jardín de su palacio. Un país en que los huesudos ángeles del Greco tienen en Velázquez una vigorosa respuesta carnal que puede aun llegar, en la Menina que está junto al perro, o, mejor aún, en la Niña Monstruosa de Carreño (Museo del Prado), a presentar caracteres mixedematosos.

Y Cortés traía consigo una tradición plástica latina que no viene a ser otra cosa que la cristalización de un gusto racial. Pensemos por un momento en el arte renacentista. Liquidado el gótico, se vuelve en la arquitectura a las líneas pesadas, que se adornan con figuras humanas ya recuperadas del ayuno medieval, bien musculadas y nutridas. Los Adanes y Evas que nos muestran en adelante todos los pintores a partir del bajorrelieve de Jacopo della Quercia; el Sodoma, Tiziano, el propio Van Eyck (en quien, si bien Eva es más esbelta, conserva un abdomen necesitado de masaje) son, como si quisieran ponernos el ejemplo completo, bien gorditos. Despojadas de los trajes que nos engañan, podemos sorprender a las mujeres en el baño, con la identidad revelada por completo, y cerciorarnos, con los dedos de la vista, de sus adiposidades. La Ninfa y el Pastor, o Diana y Acteón, del Tiziano, al abrirle a Rubens la puerta de su ventruda Bacanal, le preparan el baño a la Susana de Tintoretto, y le despejan el horizonte curvilíneo de su Vía Láctea. Las alegorías del Veronés no serán menos gruesas, ni la idea que, sucesivamente, tendrán Jordaens y Proudhon de la Fecundidad y de la abundancia. Las bañistas de Boucher, de Daumier, de Courbet, de Millet y de Renoir, que se complace en acariciarlas con el pincel mientras se peinan o se maquillan, todos estos ilustres ejemplos nos están gritando elocuentemente que lo legítimo es que los latinos prefiramos a las gordas. En las amplias mujeres de Picasso, en su Repos des Moissoneurs, hay que ver, mejor que otra cosa, la persistencia de un gusto racial que en los españoles se manifiesta de modo preeminente.

No ocurre lo mismo, naturalmente, en el arte sajón. Para no ir más lejos, si en Hogarth o en Reynolds mujeres y niños son saludables y de buena apariencia, su robustez es fofa y provisional como la de una manzana —artificial y debida a dietas y al deporte; nunca sensual ni golosa. El Portrait of Mrs. Mordey and her children de Gainsborough es el más cumplido ejemplo de una flaca belleza aristocrática, vaporosa e intelectual, que nada dice a los sentidos, y que si al flaco Mr. Huxley le extraña en México, habría decidido a Cortés a regresar a España más que de prisa si se la hubiera encontrado en vez de topar con la Malinche. ¿Y en dónde estaríamos ahora?

El tipo de las mujeres ha respondido siempre al de la arquitectura y las industrias de su época (la arquitectura, esta industria de ayer; la industria, esta arquitectura de hoy). No hace mucho que advertí una curiosa coincidencia entre las salpicaderas de los coches y las faldas (las salpicaderas, estas faldas de los coches; las faldas, estas salpicaderas de las mujeres). En los modelos anteriores a, digamos, 1931, salpicaderas y faldas eran altas, dejaban las ruedas al descubierto. De entonces acá, cada vez más, las cubren; más mientras más caro es el coche —o más formal el vestido. Así con el peso. Esas viejas y amplias casas de piedra que las esbeltas turistas americanas gustan de visitar en el encantador México Viejo, eran ocupadas por matronas perezosas y robustas. Una de ellas, Josefa Ortiz de Domínguez, que usaba mantilla española y papada, ayudó a Hidalgo a obtener para nosotros la independencia de España en 1810. Ahora viven allí, en esos delgados departamentos que son nuestra idea de los rascacielos, flacas muchachas que guardan un irremisible aire de familia con estas Machines à vivre que son las casas modernas, altas y de líneas escuetas. Nos dejamos arrastrar sin reparo por una corriente industrial y extranjerizante. Mr. Stuart Chase, a quien le encantaría que permaneciéramos primitivos y auténticos, va a sufrir una gran decepción. Detengámonos, pues, a meditar.

Un filósofo mexicano afirmó hace poco que el complejo nacional, y sus múltiples expresiones de bravuconería y asesinatos, es ese manoseado complejo de inferioridad. Yo lamento no compartir su opinión; pero mis observaciones me llevan a concluir que, si padecemos algún complejo nacional, alguna enfermedad que nos identifique como raza, éste es el complejo de Edipo. El Día de la Madre, recientemente importado entre nosotros, desde un país en que los hijos sólo la recuerdan ese preciso día, resulta inadecuado en el nuestro, en que todo el mundo vive con su madre hasta que se muere y ella sigue viviendo. Todas las personas que tropezamos en la calle nos hacen pensar, a todas horas, en sus madres. No decimos Fatherland, sino Motherland. Y todo esto no querría decir sino que somos, y es de aplaudirse, muy buenos hijos. Pero lo patológico empieza cuando empezamos a divertirnos. Al cine vamos, claro está, porque es un lugar oscuro —y ahí vemos incidentalmente bellezas americanas que pesan cuarenta libras. Las vemos indiferentes, la mano en la húmeda mano que le deja libre a nuestra novia la importante ocupación de consumir con la otra una torta compuesta. Pero preferimos el teatro. Y como no hay teatros en México, vamos a las carpas. Las carpas son unas barracas adorablemente repletas de toda clase de proletarios. Se invita cordialmente a los turistas a admirar estos pintorescos y salados teatritos. Tan semejantes a los del tiempo de Shakespeare. Allí vemos en realidad cuán inteligentes son los mexicanos, y cómo la Revolución Mexicana ha producido una mezcolanza comunista de los regocijos y los sudores de las clases trabajadoras. Pero para nuestro objeto vemos más. Una jovencita esbelta y sin voz aparece en el escenario (porque algunas veces producimos este tipo, pero siempre lo exportamos apresuradamente, como lo prueban concluyentemente Lupe Vélez y Dolores del Río). Sabe bailar y cantar, pero nadie la aplaude. Sigue luego la aparición de una sirena cuarentona, verdadera ballena de gelatina. El auditorio enloquece. Su canto es una canción de cuna morbosa para todos. Los jovencitos piensan en su mamá, los políticos prósperos la miran como la cima de sus abundantes aspiraciones. Y de sus alaridos podemos concluir que mediante anticipaciones indefinibles, pero no irrazonables, los mexicanos las prefieren gordas.


En defensa de lo usado, 1938.

Ensayo tomado del libro Toda la prosa; Novo, Salvador; Empresas editoriales; primera edición, 1964; Pp. 149-154