El instrumento de Dios | Carlos Martín Briceño

                                                                                               Para mi hermano Enrique

—¿Qué es lo que me trae aquí? —preguntó la vieja por segunda vez.
—Una buena pieza…; una pitillera…de plata…véala.
[Fiodor Dostoyevski]

Una vez que termina, guarda el formón chorreante en el maletín de cuero, sale de la casa cerrando tras de sí la puerta. La calle está vacía; es una de esas tardes de verano en que el calor quema con fuerza y obliga a todos a buscar refugio en sus hogares. Ya casi es la hora del almuerzo. Avanza rápido, con la cabeza gacha; un zumbido ensordecedor llena sus oídos; el trayecto le parece interminable, trata de no pisar las líneas divisorias que decoran la acera de concreto, como si actuara para un público parapetado tras los miriñaques polvorientos de los inmuebles. Justo antes de llegar a la cantina, una mujer mayor, con amabilidad, le saluda; él, no hace caso (ella contará después que en ese instante vio en el reflejo de su mirada al mismo diablo).

     Ya en el bar, va derecho al baño; bajo el chorro de agua del lavabo, brazos y manos pierden las manchas de sangre secas por el sol de agosto; desecha la camisa (su esposa siempre coloca en el maletín una muda limpia por si acaso) y se alinea el pelo con los dedos mojados; en ese instante empieza a escuchar el fragor del sitio: el murmullo de los parroquianos, el chocar de botellas sobre mesas de metal, la risa inconfundible del propietario y al dueto cantando un corrido.

     Bebe la primera cerveza de golpe, como si el acto infundiera vida; ni siquiera tiene que pedir las siguientes, ya lo conocen: cuatro coronas y enseguida el desempance: ron con Coca-cola, tres o cuatro a lo sumo, sin botana; así ha sido cada viernes desde hace más de cinco años. Pero hoy es martes, va por el sexto ron y aún no pide la cuenta.

     Le traen un plato de oreja de puerco en salpicón. Con los dedos coge uno de los trozos rosados y lo engulle lentamente. No está acostumbrado a comer cuando toma; no obstante tiene tanta hambre que, poco después, del guiso sólo queda el caldo.

     Un muchacho flaco y moreno se le acerca; carga una bandeja con mazapanes, cocadas y merengues.

     —Para contentar a la doña, patrón —le dice, guiñándole un ojo, y coloca los dulces sobre la mesa.

     A través de la bruma del octavo trago repasa con la mirada la mercancía y rehúsa la oferta, moviendo la cabeza de un lado a otro.

     Poco a poco las mesas van quedando solas. Ha entrado la noche. De un momento a otro le traerán la cuenta. Tendrá que salir de este sitio donde se halla tan a gusto. Ahora mismo se encuentra absorto en la contemplación de sus manos callosas, como queriendo encontrar una explicación. Observa las rugosidades que se forman en los nudillos, el color pálido de las palmas y el anillo de casado que transporta por instantes su mente a otra parte; luego entrecruza los dedos y pierde la mirada en el vacío.

     Cuando los uniformados entran, sólo quedan dos mesas con vida: la de un par de viejos borrachos y la de él. De inmediato lo reconocen. La descripción de la sirvienta de los Povedano fue exacta. Allí está, sin oponer resistencia, dejándose llevar suavemente como una marioneta ante la mirada atónita del cantinero.

                                                           *    *     *

No te explicas cómo se enteraron tus compañeras antes que tú. Unos dicen que fue por boca del conserje. Otros, le echaron la culpa a las secretarias. Recuerdas que, al día siguiente, escuchaste a tu tía, furiosa, reclamarle por teléfono a la madre superiora su falta de cuidado para manejar la situación. La verdad, cualquiera pudo haber sido: la noticia corrió con rapidez. Se trataba de un acontecimiento inusual. El psicólogo comentó que, aunque no fue la mejor manera de informarte, debes superarlo regresando al mismo colegio y sólo así podrás vencer las pesadillas que te impiden dormir. Pero nada en el mundo te hará volver. Prefieres perder el curso escolar y dedicarte por entero a ver televisión. Al menos así no te das cuenta que es de noche. Ya estás hastiada de tanto llorar. Lo único que quisieras es sacarte de la mente esa tonada del piano y la escena en que, frente a todas, en medio de cuchicheos, la madre superiora detiene la clase de música para hacerte el anuncio de la desgracia.

                                                               *    *     *

El doctor Povedano lo dijo muchas veces: No hay en todo Mérida mejor ebanista que Roberto. Y era cierto. Bajo el cuidado de sus manos, el mueble de madera más viejo recobraba la gallardía perdida entre capas de maltrato. Daba gusto verlo trabajar. Hasta se relamía los labios cuando lijaba las piezas. No había clavo que se le resistiera: entraban a la primera, sin dañar el punto elegido. Y qué decir de sus acabados; ya fuera escoplo, lija o formón, no se detenía hasta lograr el efecto deseado; luego venían las caricias, como si se tratara de una mujer hermosa.

     Ay, Don Roberto, decía la sirvienta de los Povedano, si no fuera usted casado… ya quisiera me trataran igual que a la cómoda.

     Por aquel tiempo nadie hubiera imaginado al carpintero capaz de algo así. No es lo mismo, comentarían los vecinos del rumbo, aborrecer a una persona que desear su muerte. Y es que salvo su familia, todo el barrio tenía motivos suficientes para odiar al doctor Povedano.

     Lo del agio comenzó de pura casualidad. Dicen que la culpa fue de la gente que le daba sus alhajas en prenda cuando no tenían para la consulta. Eso de seguro lo mal acostumbró. Con el paso de los años, se hizo de un considerable lote de joyas que vendió a muy buen precio. Al ver la ganancia, decidió dedicarse de lleno al negocio de prestar dinero al interés.

Nunca abandonó su consultorio. Al contrario: jamás tuvo tanta clientela.

    Y cómo no, alegaban otros médicos menos afortunados que él, los enfermos que van con Povedano, buscan alivio por partida doble, así no se vale.

     Por eso fue expulsado de la Asociación Médica. Incluso se habló de promover el retiro de su cédula profesional. El rechazo de sus colegas lo sumió en una depresión que sólo encontró alivio en la acumulación de propiedades. Y si antes se tentaba el corazón para arrebatar objetos depositados en prenda, ahora hacía cuanto estuviera en sus manos para quedarse con ellos.

     Desempleados, viudas, madres solteras, ricos venidos a menos y todo el que no fuera capaz de sostener el pago de intereses, desfilaban por el consultorio pidiendo clemencia. La respuesta era siempre la misma:

      ¿Acaso te puse una pistola en la sien para obligarte a firmar los pagarés?

                                                            *    *     *

Roberto nunca pensó necesitar de él. Bien lo conocía. Durante años dio mantenimiento a los muebles de aquella casa. Le aterraba la idea de encontrarse en lugar de alguno de los individuos que hacían fila en el consultorio del doctor Povedano. Pero nadie espera, de un día para otro, hallar a su hijo enfermo, postrado en cama.

     De más está narrar la forma en que se dieron las cosas. Baste saber que Roberto no pudo cumplir con las obligaciones adquiridas y, antes de diciembre, su pequeña casa pasó a formar parte de la fortuna de los Povedano.

     Unos piensan que lo planeó de antemano. Sin embargo, no fue así. La sirvienta confirmó que ella llamó al carpintero para arreglar las mecedoras de petatillo. Y eso era lo que Roberto estaba haciendo cuando le avisaron que el dueño de la casa quería hablar con él. Se encaminó confiado. No esperaba tener que enfrentar esa situación tan pronto. Aún faltaba un mes para finalizar el año.

     Lo encontró solo, almorzando en el comedor, y permaneció de pie, del otro lado de la mesa. Transcurrieron varios minutos antes de que cruzaran las primeras palabras. Únicamente se escuchaba el chirriar de los cubiertos sobre el plato al cortar la carne y el ruido del abanico de techo. Dos veces tosió Roberto para romper el silencio. Cuando el doctor comenzó a hablar, lo hizo con la boca llena, sin levantar siquiera la mirada. Fue directo al grano. Le dijo que mañana tendría que desocupar su casa en vista de que no estaba al día con los pagos. Las palabras retumbaron con tal fuerza en la cabeza del carpintero que la vista se le nubló. Tuvo que aferrarse al respaldo de una silla para no caer. De nada sirvió suplicar.

     ¿Acaso —inquirió molesto el agiotista— te puse una pistola en la sien para firmar los pagarés?

     Roberto escuchó la pregunta a lo lejos. Su cuerpo continuaba allí, pero su mente era otra, no era suya, ahora pertenecía a todos los desgraciados que esperaban cita con el doctor Povedano; supuso que lo habían elegido como instrumento de venganza: él era el dedo de Dios. Sintió que bajo el brazo derecho algo lo lastimaba. Era el formón que, por descuido, olvidó dejar junto a los muebles.

     Ésta, se dijo, debe ser la señal.

     Entonces asestó sin misericordia los primeros golpes. Un zumbido sordo le llenó los oídos. El cuerpo del doctor fue tiñéndose de rojo a medida que el filo de la herramienta se le incrustaba. Nervios y tuétano quedaron al descubierto emulando las vetas de la madera. En el cuarto de atrás yacía enferma de ciática la anciana esposa de Povedano. Sólo acertó a juntar las palmas de las manos en señal de súplica antes de ser degollada. Chorros de sangre escurrieron por las sábanas hasta el piso.

     La última víctima llegó puntual a encontrarse con la muerte. Una gripe con calentura le mandó más temprano que de costumbre a casa. Era la hija mayor del doctor Povedano. Aquella que le había dado también una nieta. Fue la única que opuso resistencia. Pequeños mechones de pelo arrancados de raíz al asesino fueron hallados junto a su cadáver.

     Cuando terminó, Roberto Paredes guardó el formón chorreante en el maletín de cuero y salió al sol del mediodía cerrando tras de sí la puerta.

Carlos Martín Briceño nace en la ciudad de Mérida en 1966. Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2018 por De la vasta piel. Antología personal. Premio Internacional de cuentos Max Aub 2012 por Montezuma´s Revenge. Mención de honor en el Premio Nacional de cuento San Luis Potosí en el 2008 por Caída Libre. Premio Nacional de cuento Beatriz Espejo 2003 por Los fines de semana. Premio Nacional de cuento de la Universidad Autónoma de Yucatán 2004 por Póker de Reinas, cinco versiones del deseo. Mención de honor en el Concurso Nacional de relatos Carmen Báez en 1999. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha publicado, por citar algunos, los libros Toda felicidad nos cuesta muertos. Cinco cuentos negros, De la vasta piel. Antología personal, Montezuma´s Revenge y otros deleites, Montezuma´s Revenge, Caída libre, Los mártires del Freeway y otras historias, Al final de la vigilia, y Después del aguacero. Parte de su trabajo se puede consultar en http://www.carlosmartinbriceno.com

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De la infancia y otras historias: la familia como origen de todos los males | Carlos Martín Briceño

Para Mario González Suárez, la familia es el origen de todos los males. Todo lo que pasa en la calle, dice en una entrevista, empieza en casa. La familia es el foco de infección, solo sirve para echar a perder a la gente. La familia prefiere destruir a sus miembros antes que dejarlos ir.

Tomando en cuenta estas premisas, González Suárez ha escrito, en diferentes etapas de su vida literaria (1997, 2008 y 2013), la trilogía de novelas cortas (De la infancia, Faustina y A wevo padrino) que, felizmente, Ediciones ERA ha decidido poner de nuevo a circular. Narradas en primera persona, escritas en forma de largos monólogos sin divisiones en capítulos (excepción hecha en A wevo padrino, donde un extraño relato de ficción aparece a la mitad del libro), estas tres nouvelles, por su alucinante lenguaje y diversidad, constituyen una excelente manera de acercarse al universo literario de González Suárez.

Así, en De la infancia, la más antigua de todas y que fue llevada al cine por Carlos Carrera con un reparto de lujo en 2010, Basilio Niebla, un padre omnipotente y violento que se dedica a robar conduce cada día a su familia al límite. La madre, epítome de la mujer mexicana aguantadora, soporta lo que sea con tal de mantener unida a su familia. Sólo la visión fantástica de los niños permitirá suavizar la crudeza de la realidad que los envuelve. Y aunque la frontera con la ficción en esta novela de repente es ambigua, el lector agradece esta mezcla porque sólo así es posible digerir con gusto los avatares de esta absorbente historia de violencia intrafamiliar narrada por el mayor de los hijos.

Por otra parte, la presencia de una fuerza demoníaca en la recámara azul de la casa aligera el drama y permite que el autor juegue con el narrador introduciendo, de cuando en cuando, un alter ego que otorga rapidez a las acciones de los protagonistas, en secuencias casi cinematográficas.

Contrario a De la infancia, donde el padre ocupa el papel protagónico, en Faustina –nouvelle publicada por Mario González Suárez once años más tarde–, es la madre quien recibe el peso del protagonismo. La historia, contada a toro pasado por Fausti, hijo único bisexual, pero de sexo indefinido, trata de los siete días, del 24 al 31 de diciembre, en los que él o ella, conoció y vio por única vez a su papá. Mientras el narrador nos describe el encuentro con el padre ausente, aprovecha para contarnos su propia vida, una existencia anodina que gira alrededor de los placeres momentáneos y de su castrante relación con la madre. La novela, que transcurre en las barriadas de Ciudad de México en la década de los años setenta, es también una sarcástica crítica sobre la forma en que los mexicanos entendemos la maternidad y las fiestas de fin de año. «¿Por qué esos días?», dice el autor en una entrevista sobre Faustina, «porque para mí los días más pavorosos de las familias son precisamente esos días. Todas esas familias que están todo el año mentándose la madre, pero quieren darse un abrazo en la Navidad… ¡Odio esos días! Son días muy tristes, de demasiado rencor, amargura…»

La tercera novela, A wevo padrino, es la más extensa, y también la más ajena al trío. Publicada hace más de una década, cuando estaba en su apogeo la guerra contra los cárteles de la droga declarada por Felipe Calderón, A wevo padrino se sumó a la moda de las narconovelas que, en aquel entonces, inundaban la mesa de novedades en las librerías. Era la época en que las editoriales, aprovechando el interés del público por relatos que dieran cuenta de la violencia provocada por el narcotráfico, comenzaron a demandar historias que tuvieran a los capos y a sus captores como eje rector y que, de preferencia, transcurrieran en el norte. Así nacieron Mi nombre es Casablanca(2003), de Juan José Rodríguez; Sicario (2007), de Homero Aridjis; Tiempo de alacranes (2005), de Bernardo Fernández y Los trabajos del Reino (2004), de Yuri Herrera, sólo por mencionar algunas. Pero en el caso de A wevo padrino, a pesar de que por su trama forma parte de este género cuyo poderío persiste hasta la fecha, tiene el mérito de que su éxito estriba, no en la severidad de su argumento o en la crudeza de los hechos contados, sino en el gozo que causa oír la voz del narrador, en el placer que provoca escuchar ese torrente verbal que nos acerca emocionalmente al protagonista, quien, sin deberla ni temerla, termina atrapado en el espiral de la violencia, añorando la imagen idílica de su sosegada vida familiar antes del narco.

Dice Mario González Suárez que «toda novela es una forma de vida y que trabajarla exige que la vida cotidiana, los compromisos, las relaciones, se supediten en torno de ella».

Celebro que Mario continúe fiel a esta aseveración y se decante por escribir novelas como éstas que, además de seducirnos como lectores, contribuyen a que observemos con una mirada mucho más crítica la inclemente realidad del país en el que nos ha tocado vivir.



Texto reproducido con autorización de su autor, publicado originalmente en el periódico La Jornada Semanal. 

Sitio Web del escritor: https://carlosmartinbriceno.com