Monjas y soldados (1980) | Capítulo I | Iris Murdoch

—Wittgenstein…

—¿Sí? —dijo el Conde.

El moribundo se movió en la cama, girando la cabeza rítmicamente de un lado a otro de una manera que se había vuelto habitual en los últimos días. ¿Dolor quizá?

El Conde se encontraba de pie junto a la ventana. Ya nunca se sentaba cuando estaba con Guy. En otra época, había tenido más confianza con él, aunque Guy siempre había sido una especie de rey en su vida: su modelo, su profesor, su mejor amigo, su norma, su juez; pero, ante todo, un ser de naturaleza regia. Ahora había un rey distinto y más grandioso presente en la habitación.

—Era una especie de aficionado, de verdad.

—Sí —dijo el Conde. Estaba perplejo por el repentino afán de Guy por menospreciar a un pensador al que tanto admirara antaño: quizá necesitaba creer que tampoco Wittgenstein sobreviviría.

—Una fe ingenua y conmovedora en el poder del pensamiento puro. Y ese hombre creía que nunca llegaríamos a la Luna.

—Así es. —El Conde y Guy habían hablado en numerosas ocasiones sobre asuntos abstractos, pero en el pasado también habían charlado de muchas otras cosas, incluso habían llegado a chismorrear. En aquellos días, no obstante, ya se les habían empezado a agotar los temas. Sus conversaciones se habían vuelto refinadas y frías hasta el punto de que nada personal quedaba entre ambos. ¿Cariño? A esas alturas ya no cabían expresiones de cariño: cualquier gesto de afecto constituiría un craso error, algo de mal gusto. Era cuestión de comportarse correctamente hasta el final. El terrible egoísmo del moribundo. El Conde era consciente de lo poco que ahora necesitaba o deseaba Guy su afecto, o incluso el de Gertrude; y también reconocía, con dolor, que él mismo se estaba alejando, que reprimía su compasión, que llegaba a sentirla como una especie de sufrimiento infructuoso: no queremos aferrarnos demasiado a lo que estamos perdiendo. Subrepticiamente le retiramos nuestra empatía y preparamos al moribundo para la muerte, lo reducimos, lo despojamos de sus últimos encantos. Lo abandonamos como a un animal enfermo al que dejamos tirado bajo el seto del jardín. Se supone que la muerte nos muestra la verdad, pero eso es su propio espacio de ilusión. La muerte derrota al amor. Quizá nos muestra que, después de todo, no hay amor alguno. «Ahora estoy pensando los pensamientos de Guy —se dijo el Conde—. Yo no creo esas cosas. Aunque yo no me estoy muriendo.»

Descorrió un poco la cortina y clavó su mirada en la noche de noviembre. Volvía a caer la nieve en Ebury Street: grandes copos que se movían en masa, lentos y uniformes, en un silencio visible, a la luz de las farolas de la calle, y que se acumulaban casi imperceptiblemente en una oscuridad sin viento. Algunos coches pasaban silbando. Su sonido se apagaba, se atenuaba. El Conde estuvo a punto de decir: «Está nevando»; pero se contuvo. Cuando alguien se está muriendo, no tiene ningún sentido hablarle de la nieve. El tiempo que hiciera ya nada tenía que ver con Guy.

—Era la voz del oráculo. Sentíamos que tenía que ser verdad.

—Sí.

—El pensamiento de un filósofo puede irte bien o no. Solo es profundo en ese sentido. Igual que una novela.

—Sí —dijo el Conde; y añadió—: Sin duda.

—Idealismo lingüístico. Un baile de categorías exangües, después de todo.

—Sí. Sí.

—Pero, de verdad, ¿acaso podría yo ser feliz ahora?

—¿Qué quieres decir? —preguntó el Conde. Últimamente siempre tenía miedo de que incluso en esas estériles conversaciones se pudiera decir algo terrible. No estaba seguro de qué debía esperar de ellas, pero podía ser algo espantoso: una verdad, una equivocación.

—La muerte no es un acontecimiento de la vida. Aquel que vive en el presente es quien vive eternamente. Ver el mundo sin deseo es ver su hermosura. Lo hermoso lleva a la felicidad.

—Nunca he entendido eso —dijo el Conde—, pero tampoco parece tener sentido. Supongo que es de Schopenhauer.

—Schopenhauer, Mauthner, Karl Kraus… ¡Menudo charlatán!

El Conde consultó disimuladamente su reloj. La enfermera les ponía un límite estricto a sus conversaciones con Guy. Si se quedaba demasiado tiempo, Guy empezaba a divagar: lo abstracto daba pie a lo visionario; la computadora mental comenzaba a embarullar sus datos. Un poco menos de sangre en el cerebro y todos nos volvemos locos de remate, nos ponemos a desbarrar sin freno. Las divagaciones de Guy le resultaban terriblemente dolorosas al Conde: la desvalida irracionalidad, todavía consciente de sí misma, de las mentes más racionales. ¿Cómo sería por dentro? Era cosa de los analgésicos, por supuesto: la causa era química. Pero ¿acaso eso mejoraba la situación? No era natural. Aunque ¿era natural la muerte?

—Juegos del lenguaje, juegos funerarios. Pero… la cuestión… es…

—¿Sí?

—La muerte ahuyenta a la estética, que es la que gobierna sobre todo lo demás.

—¿Y sin ella?

—No podemos experimentar el presente. Quiero decir que morir…

—Ahuyenta…

—Sí. La muerte y morirse son enemigos. La muerte es un poder voluptuoso ajeno. Es una idea en la que se puede indagar; en la que pueden indagar los que sobreviven.

«Ay, indagaremos en ella —pensó el Conde—, indagaremos en ella. Luego tendremos tiempo.»

—El sexo desaparece (ya te lo imaginarás). ¡Un moribundo con deseo sexual! Eso sería obsceno.

El Conde no dijo nada. Se volvió otra vez a la ventana y frotó la superficie empañada que su aliento había dejado en el cristal.

—¡Sufrir es una porquería! La muerte es limpia. Y no habrá ninguna… lux perpetua… ¡Cómo detestaría que la hubiera! Solo nox perpetua…, gracias a Dios. Es solo el… Ereignis…

—El…

—Aquello a lo que uno le tiene miedo. Porque se da… probablemente… una especie de acontecimiento, medio acontecimiento… En cualquier caso… Y uno se pregunta… cómo será… cuando llegue…

El Conde no quería hablar de eso. Carraspeó, pero no a tiempo para interrumpirlo.

—Supongo que uno se muere como un animal. Puede que muy pocos tengan una muerte humana: morir de agotamiento, o bien sumidos en algún tipo de trance. Que corra la fiebre como un barco arrastrado por la tempestad. Y al final… ¡queda tan poco de uno mismo, tan poco que pueda desvanecerse! Todo es vanidad. Nuestras respiraciones están contadas. Puedo ver que el total previsible de las mías… ya está aquí… ante mis ojos.

El Conde continuaba de pie junto a la ventana contemplando los enormes y lentos copos de nieve que caían desde la oscuridad, iluminados. Habría querido detener a Guy, hacerlo hablar de cosas cotidianas, pero también pensó: «Quizá este discurso sea muy valioso para él, su elocuencia, la última posesión personal de una mente que se está quebrando. Quizá me necesite para poder hacer un soliloquio que le alivie la angustia. Pero es demasiado rápido, demasiado extraño. No puedo barajar sus ideas como antes. Estoy torpe y no puedo conversar. ¿O acaso le basta con mi silencio? ¿Querrá verme mañana? Ha desterrado a los demás. Habrá un último encuentro». Últimamente el Conde se pasaba por Ebury Street todas las noches. Había renunciado a su escasa vida social. De todas formas, pronto no habría más mañanas: el cáncer estaba muy avanzado. El médico dudaba de que Guy llegara a las Navidades. El Conde no pensaba a tan largo plazo. Se le aproximaba una crisis vital propia, de la que, cautelosamente, honorablemente, había decidido apartar los ojos.

Guy seguía moviendo la cabeza de un lado a otro. Era un poco mayor que el Conde, tenía cuarenta y tres años, pero ahora, sin ningún rastro ya de su antigua apariencia leonina, parecía un viejo. Le habían cortado la melena, pero se le había caído más pelo aún. Su frente arrugada era una cúpula de la que se había desprendido todo. Su gran cabeza había encogido y se había afilado, y se le acentuaban los rasgos judíos. Un ancestro rabínico de ojos brillantes lanzaba miradas iracundas a través de su cara. Guy era medio judío; sus antepasados habían sido judíos cristianizados, hombres ricos, caballeros ingleses. El Conde contemplaba la máscara judía de Guy. Su padre había sido ferozmente antisemita. Por eso, y por otras muchas cosas, el Conde (que era polaco) hacía constante penitencia.

Al fin, tratando de imponer la cotidianidad, el Conde dijo:

—¿Estás en condiciones de leer? ¿Puedo traerte algo?

—No. La Odisea me despedirá de este mundo. Siempre me he identificado con Odiseo; solo que ahora… no volveré atrás… Espero tener tiempo para terminarla. Aunque es tan tremendamente cruel al final… ¿Van a venir esta noche?

—¿Te refieres a…?

—Les cousins et les tantes.

—Sí, imagino que sí.

—«Huyen de mí los que alguna vez me buscaron.»

—Al contrario —dijo el Conde—, si hay alguien a quien tú quisieras ver, te puedo asegurar que esa persona querría verte a ti. —Había aprendido de Guy una cierta precisión en el discurso que resultaba casi engorrosa.

—Nadie entiende a Píndaro. Nadie sabe dónde está la tumba de Mozart. ¿Qué prueba el hecho de que Wittgenstein nunca pensara que llegaríamos a la luna? Si Aníbal hubiera avanzado hasta Roma después de la batalla de Cannas, la habría tomado. Ah, bien. Poscimur. Esta noche parece diferente.

—¿El qué?

—El mundo.

—Está nevando.

—Me gustaría ver…

—¿La nieve?

—No.

—Es casi la hora de la enfermera.

—Estás aburrido, Peter.

Ese era el único comentario de verdad que Guy le había dirigido esa noche, una de las últimas y valiosas señales, en medio de aquel espantoso monólogo confidencial, de que la conexión entre ambos persistía. Para el Conde casi fue demasiado. Estuvo a punto de gritar de angustia y de dolor. Pero respondió como Guy le exigía, como Guy le había enseñado.

—No. No es aburrimiento. Es solo que no soy capaz de captar tus ideas; quizá es que no quiero. Y no permitirte dirigir la conversación… sería terriblemente descortés.

Guy admitió su respuesta con aquella rápida mueca en que se había transformado ahora su sonrisa. Por fin se quedó en silencio, incorporado en la cama. Sus miradas se encontraron, luego se apartaron rehuyendo la punzada de dolor.

—Ah, bueno… Ah, bueno… Ella no debería haber vendido el anillo…

—¿Quién…?

—«En fin de compte… ça revient au même…»

—«De s’enivrer solitairement ou de conduire les peuples.» —El Conde completó la cita, una de las preferidas de Guy.

—Todo ha ido mal desde Aristóteles. Ahora podemos ver por qué. La libertad murió con Cicerón. ¿Dónde está Gerald?

—En Australia con el gran telescopio. ¿Querrías…?

—Yo creía que mis pensamientos vagarían por espacios infinitos, pero aquello era un sueño. Gerald habla del cosmos, pero no es posible hacer eso: no se puede hablar de todo lo que hay. Las reglas del juego… ni siquiera garantizan… que uno sepa algo…

—¿Qué…?

—Nuestros mundos crecen y menguan con una diferencia: pertenecemos a tribus diferentes.

—Siempre ha sido así —dijo el Conde.

—No…, solo ahora. Ay…, qué mal está todo por aquí. ¡Cuánto desearía poder…!

—¿Poder…?

—Verlo…

—¿Verlo?

—Ver… el conjunto… del espacio lógico, la cara superior… del cubo…

A través de la puerta que Gertrude, la mujer de Guy, acababa de abrir sin hacer ruido, el Conde vio a la enfermera de noche sentada en la sala. Ella se levantó en ese momento y se acercó, rápida y sonriente. Era una morena robusta con las mejillas casi de color granate. Se había cambiado las botas por las zapatillas, pero todavía olía al aire de la calle y a frío. Repartía amabilidad a diestro y siniestro. Sus bonitos ojos oscuros bailaban algo vagamente y titilaban: estaba pensando en otras cosas (en las satisfacciones, en los planes que la aguardaban). Se apartó y se pasó la mano por su oscuro pelo ondulado. Tenía un ligero aire de sentirse competente, ufana, algo que habría resultado agradable, incluso tranquilizador, en una situación en que aún cupiera alguna esperanza. Parecía haber algo casi alegóricamente triste en su distanciamiento del desaliento que reinaba a su alrededor. El Conde se echó a un lado para dejarla entrar. Entonces se despidió de Guy con la mano y se marchó. La puerta se cerró tras él. Gertrude, que no había entrado con la enfermera, ya había vuelto al salón.

El Conde (habría que explicarlo) no era un conde de verdad. Su vida había sido un embrollo conceptual, una equivocación; igual que la vida de su padre. De sus antepasados más remotos no sabía nada, salvo que su abuelo paterno, al que habían matado en la Primera Guerra Mundial, había sido soldado profesional. Sus padres y su hermano mayor Jozef, por entonces un niño, habían llegado a Inglaterra desde Polonia antes de la Segunda Guerra Mundial. Su padre, de nombre Bogdan Szczepański, era marxista. Su madre era católica. (Se llamaba Maria.) El matrimonio no fue precisamente un éxito.

El marxismo que profesaba su padre era una variante polaca algo peculiar. Adquirió conciencia política en la Polonia de posguerra, una Polonia destruida, embriagada de independencia y de entusiasmo por haber reivindicado su nacionalidad de la mejor manera posible, aplastando a un ejército ruso en las afueras de Varsovia en 1920. Bogdan era precoz desde el punto de vista político: fue seguidor de Dmowski, pero admirador de Piłsudski. Su patriotismo era intenso, cerrado y antisemita. Dejó a su madre y una casa repleta de hermanas cuando aún era muy joven. Quería ser abogado y estudió, durante poco tiempo, en la Universidad de Varsovia, pero pronto se metió en política (posiblemente desempeñara labores administrativas). A su odio por Rosa Luxemburgo solo lo superaba su odio por Bismarck (odiaba a un gran número de personas, del pasado y del presente). Tenía un temprano recuerdo de su madre diciendo que Rosa Luxemburgo merecía ser asesinada porque quería entregar Polonia a los rusos. (Su padre, a quien Bogdan apenas recordaba, había cumplido por supuesto su primer deber paterno al decirle a su hijo que todos los rusos eran unos demonios.) Sin embargo, aunque Bogdan nunca dejara de odiar a Rosa Luxemburgo (y se alegrara ligeramente cuando acabaron por asesinarla), una intensa vena absolutista, natural en él, lo condujo al marxismo. Sentía que el destino lo había elegido para convertirse en el creador de un genuino marxismo polaco. Tenía un primo, miembro del pequeño e ilegal Partido Comunista Polaco, con el que había mantenido encarnizadas discusiones. El partido era prorruso y además estaba plagado de judíos de mierda, pero, curiosamente, a pesar de eso, atrajo al joven Bogdan: en el marxismo había una intensidad, una especie de absoluto, que lo fascinaba. Era un «camino corto»; era idealista, antimaterialista, violento y no prometía comodidad alguna. Sin duda, Polonia requería, como mínimo, una entrega total como esa. No obstante, como más tarde le contó a su hijo, su particular patriotismo no le permitió convertirse en comunista. Siguió siendo un marxista furioso, aislado e idiosincrásico, el único hombre que verdaderamente había entendido lo que el marxismo significaba para Polonia.

Se casó en 1936. Entonces Stalin intervino en su vida. El Partido Comunista Polaco nunca había sido más que un ineficiente e insignificante instrumento en manos del gran líder ruso. Los comunistas polacos se habrían disgustado ante un acercamiento ruso-germano. Además, estaban infectados por el virus del patriotismo y no podían desempeñar en los planes que Stalin tenía para Polonia ningún papel que no pudiera desempeñar mejor el Ejército Rojo. En consecuencia, con aquella serena implacabilidad, intencionada y lúcida, tan característica de sus políticas y de su éxito, Stalin liquidó de raíz al Partido Comunista Polaco. El primo de Bogdan desapareció. El propio Bogdan, un disidente marxista confeso, un intelectual, el típico hombre problemático, estaba ahora en peligro. En 1938 llegó a Inglaterra con su mujer y su hijo. En 1939 decidió regresar a Polonia; sin embargo, los acontecimientos se habían precipitado y se quedó confinado en Inglaterra, de modo que se convirtió en un espectador enloquecido y desdichado del subsiguiente destino de su país, y la terrible culpa de no haber luchado en suelo polaco lo atormentó de por vida.

El Conde nació justo antes de la guerra. Su primer recuerdo consciente era que había tenido un hermano, pero que este había muerto. Su hermano había sido maravilloso. En cierto modo, el Conde debió de ser un consuelo, un sustituto para sus padres, unos pobres exiliados. Con el despertar de la conciencia, experimentó también la certeza del exilio. La primera percepción del Conde fue la de una bandera roja y blanca. Aquel maravilloso hermano había fallecido en un ataque aéreo. Varsovia había sido destruida. Esos fueron los primeros datos que recibió el Conde en su vida, para él casi más nítidos que sus propios padres. Bogdan, viendo frustrado su regreso a casa y ahora, de nuevo fuera de toda lógica, un ferviente admirador de Sikorski, se había unido a la Fuerza Aérea polaca, constituida a la sazón en Inglaterra bajo la égida del Gobierno en el exilio. Quería ingresar en la brigada paracaidista y soñaba con regresar a su país desde el cielo como un libertador, para convertirse enseguida en un destacado estadista en la Polonia independiente de posguerra. Sin embargo, nunca abandonó tierra firme, ya que al poco tiempo un estúpido accidente en un entrenamiento lo devolvió a la vida civil. Consiguió un trabajo (de nuevo, probablemente como oficinista) en el Gobierno polaco en Londres. Allí consumió su corazón y su tiempo en su odio a Rusia (su odio a Alemania se daba tan por descontado que apenas constituía una ocupación) y en vanos intentos de infiltrarse en la conspiración de alto nivel que obsesionaba a sus compatriotas más poderosos. Él, por supuesto, le ofreció sus servicios como mensajero al Ejército Nacional clandestino de Polonia, pero fue rechazado. (El Conde nunca dudó de que su padre fuera un hombre muy valiente que habría dado la vida con entusiasmo al servicio de su país.) Era capaz de seguir con cierto detalle aquella agonizante diplomacia mediante la cual, tras la muerte de Sikorski, Mikołajczyk trató de complacer a Gran Bretaña aplacando a Stalin, pero sin entregarle a Rusia la zona oriental de Polonia. Y más tarde a menudo se la describía al Conde, que de niño era exasperantemente indiferente a los destinos de las marismas del Prípiat.

El Ejército Rojo, por supuesto, había entrado en Polonia en septiembre de 1939, según lo acordado con los alemanes. La noticia de que los rusos habían asesinado en secreto a quince mil oficiales polacos fue uno de los golpes que la conciencia de Bogdan tuvo que encajar y que su capacidad de odio tuvo que digerir en la primera parte de la guerra. Por aquel tiempo, también circularon rumores de cómo estaban administrando los alemanes su parte de Polonia. En palabras del gobernador alemán: «La noción misma de polaco será eliminada en los siglos venideros. Ninguna forma de estado polaco renacerá jamás. Polonia será una colonia y los polacos, meros esclavos dentro del Imperio alemán». La rabia, el odio, la humillación, un amor apasionado y un orgullo mortalmente herido luchaban de tal modo en el alma de Bogdan que a veces parecía que podría morirse de pura emoción. De joven, el Conde, forzado a revivir esos horrores y decidido a que no le afectaran, se maravillaba de la falta de realismo de su padre. ¿No era capaz de ver lo indefensa e insignificante que era Polonia? ¿Cómo podía haber esperado que Churchill o Roosevelt se preocuparan de la frontera polaca? Evidentemente, la historia tendía, y siempre había tendido, a que Polonia estuviera sometida a Rusia. De hecho, a Polonia no le había ido demasiado mal en tiempos de paz en lo que al territorio se refería. Posteriormente el Conde tendría un sentir diferente respecto a todas esas cosas. La guerra de Bogdan, y en cierto sentido también su vida, terminó el 3 de octubre de 1944. El Alzamiento de Varsovia, la gran insurrección que los polacos habían esperado, comenzó el 1 de agosto, cuando la artillería del Ejército Rojo hizo temblar las ventanas de la ciudad. Los polacos de Varsovia empezaron a combatir a los alemanes. El avance de los rusos se detuvo. El Ejército Rojo no cruzó el Vístula. Los rusos se retiraron. La Fuerza Aérea Soviética desapareció de los cielos. Los bombarderos alemanes volaron sin impedimento a ras de los tejados de la ciudad. Los británicos y los americanos lanzaron desde el aire escasos pertrechos armamentísticos. Las desesperadas peticiones de ayuda a Moscú y a Londres fueron desatendidas. El Ejército Polaco clandestino luchó en solitario contra los alemanes durante nueve semanas. Y, al final, se rindió. Doscientos mil polacos fueron asesinados. Los alemanes, en su retirada, hicieron saltar por los aires lo que quedaba de Varsovia.


De niño, el Conde no quería ni oír hablar de esas cosas. Tuvo una temprana conciencia de sí mismo como decepción y sustituto. Se acobardaba ante la culpa, el abatimiento y el orgullo humillado de su padre. No quería participar en esa interminable y agonizante autopsia («Y Stalin dijo…, y Churchill dijo…, y Roosevelt dijo…, e Eden dijo…, y Sikorski dijo…, y Mikołajczyk dijo…, y Anders dijo…, y Bor-Kómorowski dijo…, y Bokszczanin dijo…, y Sosnkowski dijo…», etcétera, etcétera). Mientras su padre, que en esa época apenas podía hablarle a nadie excepto a su hijo, volvía una y otra vez sobre la Línea Curzon, el Conde, cuya ambición consistía en aprobar los exámenes y ser un estudiante inglés normal, escribía esmeradamente en su libreta: «Miles puellam amat. Puella militem amat». No quería oír hablar de aquellos siglos de miseria, de «particiones» y traiciones, de caballeros teutones, de lo que pasó en Brest-Litovsk ni del error que cometió el duque Conrado en 1226. Él no iba a rendirles culto a Kościuszko y Mickiewicz, ni siquiera sabía quiénes eran. Y lo peor de todo: en tanto que su madre se negaba tercamente a aprender inglés, él se negaba tercamente a aprender polaco (por supuesto, su hermano Jozef había hablado un polaco excelente). Desde que entró en la escuela, no volvió a pronunciar ni una sola palabra en polaco. Si se dirigían a él en polaco, respondía en inglés, unas veces fingiendo no entender y otras sin entender de veras. Su padre lo miraba fijamente con indecible dolor y se marchaba. La tempestad que se desataba en el alma de Bogdan raramente se manifestaba de forma física. El Conde recordaba algunas broncas terribles e incomprensibles en polaco: su padre gritando, su madre llorando. Posteriormente, su padre se fue alejando de su mujer y de su hijo, incluso de sus compatriotas de Londres. Nunca volvió a hablar de la posibilidad de volver a Polonia: su madre y sus hermanas habían desaparecido durante la sublevación. Se quedó en Inglaterra, un país cuya interesada deslealtad no podía perdonar. Cuando el Gobierno polaco de Londres (que, de hecho, ya no era el Gobierno polaco) se disolvió (habiendo optado algunos de sus miembros por el exilio y otros por arreglárselas para regresar a Polonia con la intención de obtener algún apoyo en el que pronto iba a convertirse en el nuevo Gobierno comunista), Bogdan consiguió un trabajo de oficina en una compañía inglesa de seguros. Su peculiar marxismo, privado del alimento de la esperanza, ya se había consumido y había dado paso a un odio feroz hacia el comunismo. Contemplaba los acontecimientos de la Europa del Este con un pesimismo que rozaba el rencor. Ahora dedicaba su tiempo a maldecir a Gomułka. Se animó un poco con la muerte de Stalin, pero no esperaba nada de los disturbios de Poznan. Contempló la sublevación húngara y su destino con amarga envidia, con amarga ira. Murió en 1969, habiendo vivido lo suficiente como para ver a Gomułka enviando tropas polacas a acompañar a los tanques rusos en Praga.

El Conde pasó su infancia haciendo grandes esfuerzos por ser inglés, atormentado por su padre e incapaz de comunicarse con su madre. Una ambición estrecha de miras y desesperada, junto con la ayuda de un fondo de prestaciones polaco con el que su padre había estado relacionado, lo llevaron a la London School of Economics. Su verdadero nombre era Wojciech Szczepański. («¡Menudo nombre tan enrevesado!», había comentado cariñosamente uno de sus profesores del colegio en su momento.) Los ingleses entre los que vivía tenían que lidiar con su apellido (que no era difícil de pronunciar, una vez que se le pillaba el truco), pero se negaban a tolerar las extrañas consonantes de su nombre de pila. En la escuela lo llamaban simplemente «el Grande», ya que incluso entonces destacaba por su altura. No era impopular, pero tampoco hizo amigos. Se reían de él y siempre lo consideraron algo pintoresco. El joven se avergonzaba de la pinta de extranjero y del acento raro de su padre, aunque se consolaba un poco cuando alguien decía: «El padre del Grande es un bandido». Sus padres, por supuesto (y eso era un alivio), nunca invitaron a casa a sus compañeros de clase. En la universidad, alguien hizo el chiste de que todos los exiliados polacos eran condes, y a partir de entonces al Conde se le conoció como «el Conde» y todo el mundo empezó a llamarlo «Conde». Después se supo que tenía un segundo nombre de pila más inocuo, Piotr, y algunos se acostumbraron a llamarlo «Peter» o «Pierre», pero ya era demasiado tarde para librarse de aquel apodo tan familiar. La verdad era que al Conde no le desagradaba su título nobiliario. Era una pequeña broma inglesa que lo vinculaba a su entorno y le proporcionaba una pizca de identidad. Ni siquiera le importaba que a veces algún desconocido lo tomara por un conde de verdad. Sin estar nunca totalmente seguro de si se trataba de una farsa o no, lo cierto es que jugaba un poco a ser el aristócrata o, por lo menos, el caballeroso extranjero que se cuadra de un taconazo. A pesar de todos sus esfuerzos por ser inglés, tenía un ligero acento foráneo. Y, en cada célula de su ser, poco a poco la sensación de saberse extranjero fue adquiriendo más y más intensidad. Sin embargo, su condición de polaco no le servía de refugio. Era más bien una pesadilla personal.

Su madre murió dos años después que su padre. Languideció en una absoluta soledad. El Conde, lleno de remordimientos, empezó a comprender entonces, cuando ya era demasiado tarde, lo sola que había estado siempre; y, cuando ella estaba a punto de morir, él empezó a vivir en su amor por ella y en el amor de ella por él, ahora incurablemente nostálgico. Había adquirido, a pesar de su determinación de no hacerlo, ciertos conocimientos de la lengua polaca, y en esa época se puso a estudiarla en serio, sentado con su libro de gramática junto a la cama de su madre y haciéndola reír con su pronunciación. Cuando se acercaba el final, ella le preguntó tímidamente si le importaría que la visitara un sacerdote. El Conde, entre lágrimas, se apresuró a buscárselo. Su padre había odiado el cristianismo casi tanto como había odiado a Rusia. Su madre se había acostumbrado a ir sola a misa, a escondidas. Nunca le había enseñado a su hijo ninguna oración: nunca se habría atrevido. Nunca le había insinuado que fuera a la iglesia y el Conde nunca había pensado en ir. Ahora, que de muy buena gana la habría acompañado, ella estaba postrada en la cama; y, cuando un lituano polaco-parlante entró en la casa vestido de negro, trató al Conde, con una mezcla de disculpa y pena, como a un inglés. Después de que su madre muriera, el Conde tomó la costumbre de sentarse en las iglesias católicas y entregarse a un pesar intenso, confuso e incoherente.

Tras su paso por la London School of Economics, donde mostró un considerable talento para la lógica simbólica y el ajedrez, su ambición se agotó. Consiguió trabajo como analista de mercado, algo que odiaba, y después pasó a ocupar un puesto de un nivel más bien modesto en la Administración Civil del Estado. Su madre, ya entonces fallecida, se había ocupado de dejarle claro cuán grande era su deseo de que se casara: si la primera palabra que recordaba haber aprendido de su padre era powstanie, «insurrección», con el tiempo la palabra dziewczyna, «muchacha», empezó a salir a menudo de la boca de su madre. Pero de alguna manera el Conde nunca consideró seriamente la posibilidad del matrimonio. Había tenido algunas desafortunadas relaciones informales en la School of Economics. Era demasiado puritano como para disfrutar de la promiscuidad. Afortunadamente, contaba con la firmeza necesaria para poner fin a los enredos fallidos. Se daba cuenta de que prefería estar solo. Tenía la sensación de estar escondiéndose (no esperando, sino escondiéndose). Estaba rodeado de buenas amistades, contaba con un trabajo bastante interesante, pero era un desgraciado crónico. Su infelicidad no era desesperada; simplemente, tranquila, estable y profunda. Su piso de Londres se había convertido en un espacio de soledad, una ciudadela de aislamiento de la que empezaba a asumir que nunca saldría.

A aquellas alturas, al Conde le resultaba evidente lo irremediablemente polaco que estaba condenado a ser. Por fin, enfermo de anticipación, de indecisión, de miedo, decidió visitar Varsovia. No le habló a nadie del viaje. De todas formas, nadie a quien conociera quería hablar de Polonia. Fue como un turista solitario. No había familia a la que buscar. Para entonces Varsovia estaba casi completamente reedificada: el centro de la ciudad era una réplica exacta de lo que los alemanes habían destruido. Tuvo la buena suerte de estar presente, en medio de una multitud enfervorecida, silenciosa y sin aliento, cuando la cúpula dorada fue colocada por fin en lo alto del palacio real reconstruido. Se alojó en un hotel, grande e impersonal, cercano al monumento de los caídos de la guerra. Estaba solo; un inglés tímido y excéntrico con un acento espantoso y nombre polaco. La hermosa ciudad reconstruida era para él un fantasma. (Le había oído decir a su padre muchas veces que Varsovia había quedado tan completamente destruida que habría sido más fácil abandonar las ruinas arrasadas y construir una nueva capital en cualquier otro sitio.) Y en esa hermosa ciudad reconstruida él paseaba como un fantasma, un atento fantasma atormentado y marginado.

Mientras tanto, a Gomułka lo había sucedido Gierek (el padre del Conde también lo habría odiado). El Gobierno de Polonia, que anteriormente había considerado a los polacos exiliados unos traidores, empezaba sensatamente a congraciarse con su diáspora. El Conde se quedó muy asombrado cuando empezó a recibir correspondencia con sello polaco, publicaciones en inglés y en polaco, revistas literarias, cuestionarios, propaganda, noticias. Estaba sorprendido y extrañamente contento de descubrir que ellos sabían que existía. Su padre se habría alarmado, habría sospechado. (Más adelante, cuando se dio cuenta de que probablemente se habían limitado a buscar apellidos polacos en la guía telefónica, se sintió menos halagado.) Leía vorazmente esas ofrendas, pero no respondía. No había nada para él (así lo sentía) al otro lado de la correspondencia, y él tampoco tenía nada para ellos. No había nada que él pudiera hacer por Polonia. Las misivas burocráticas le tocaban el corazón; sin embargo, eran cartas de amor enviadas a una dirección equivocada. Igual que su padre, tenía interiorizada Polonia a su manera, sufriendo en solitario: él era su propia Polonia. A pesar de toda la resistencia de su niñez, su padre le había transmitido un intenso y encendido patriotismo, que ardía incesantemente, aunque también en vano.

No hablaba de ello con nadie; y la verdad es que tampoco lo animaban mucho a hacerlo. Nadie se acercó a él lo suficiente como para sospechar la intensidad de su vida secreta. Nadie estaba realmente interesado en su nacionalidad, ni siquiera en su nación. ¿Era Polonia invisible? Muchas veces meditó sobre el hecho de que Inglaterra hubiera entrado en la guerra precisamente por Polonia. (En cierto modo, así lo había hecho todo el mundo: mourir pour Danzig?) Pero ahora, en Inglaterra, eso no quería decir nada. Estaba olvidado. Por supuesto, el asunto del punto en que Inglaterra y Francia decidieron trazar la frontera en aquellos años terribles constituía un mero accidente dentro de la historia. Todo el mundo parecía pensar en Polonia (si es que pensaban en ella) desde una perspectiva de mecánica diplomática, como parte de un problema más general, como componente del Imperio austrohúngaro, como una de las «repúblicas democráticas del este». La eterna «cuestión polaca» nunca parecía tratar de verdad sobre Polonia, sino sobre la utilidad que pudiera dársele a Polonia o sobre el obstáculo que Polonia pudiera representar en los planes a mayor escala de otros. Nadie parecía percibir o apreciar aquella singular llama ardiente de la nacionalidad polaca, que, aun debilitada por un vecino implacable, seguía ardiendo como siempre había ardido.

Tales reflexiones (y eran frecuentes) engendraron en el Conde una especie de fantasioso heroísmo frustrado, como el de alguien a quien le han estafado su herencia y que espera una llamada a las armas. Tenía un papel heroico en el mundo, aunque sabía que era un papel imposible que nunca descubriría. En la realidad él no era un activista. (Había donado dinero a algunas causas, pero nunca había asistido a las reuniones.) Ahora aquella sensación de estar solo con su padre había tomado un nuevo cariz. La admiración y el amor y la nostalgia se extendían lúgubremente hacia aquella sombra. Su padre había sido un exiliado y un pensador y un caballero, un hombre valiente y un patriota, un hombre perdido, destruido, decepcionado, arrasado. Había muerto con finis Poloniae escrito en el corazón. El Conde, comparando con aquella estatura su exiguo ser, sobriamente convirtió el «heroísmo» de su padre en una especie de sentido del honor negativo: nunca moriría por Polonia, como habría hecho su padre, de buen grado y sin dudarlo un segundo, si hubiera podido, pero estaba en su mano evitar cualquier vileza que pudiera degradar su memoria, y cultivar un estricto rigor moral con el que hacer frente al mundo. Ese era su honor. Sabía que su padre se había visto toda su vida como un soldado. El Conde también se veía a sí mismo como un soldado, pero como un soldado muy normal, con la insipidez, las posibilidades limitadas y las escasísimas probabilidades de gloria que le eran propias.

Cuando el Conde ya pasaba de los treinta, recibió un tardío ascenso y fue trasladado de su oscuro departamento al Ministerio del Interior. Allí conoció a Guy Openshaw, que era el jefe de su sección. Guy se ganó su afecto haciéndole preguntas. El Conde era todo un fenómeno, un caso raro. A Guy le gustaban las rarezas. Guy nunca le preguntaba exactamente las cosas que el Conde quería, y las preguntas nunca llegaban a hacer que el Conde entrara en conversación. Pero, aunque es posible que Guy nunca llegara a ver completamente lo que tenía delante, sí que le preguntaba por su infancia, por sus padres y por sus creencias (cosa que, por extraño que parezca, nadie, ni siquiera una mujer, había hecho antes). Y no era solo la precisión de las preguntas lo que seducía al Conde. Era el tipo de respuestas que Guy esperaba: tenían que ser simples, directas, lúcidas, sinceras, y debía exponerlas con una cierta serena dignidad. Ese método de interrogatorio hacía aflorar la verdad, pero con una limitación casi deliberada, como si hubiera una periferia de cosas que Guy no deseara saber. Un interrogador menos experto podría, le gustara o no, haber oído más. El Conde practicaba ese juego con Guy y hasta cierto punto también con Gertrude, quien instintivamente había adquirido, quizá en contra de su naturaleza, algo de la afectuosa precisión inquisitiva de Guy. De hecho, el Conde les contó, solo a ellos dos, ciertas cosas de gran importancia sobre sí mismo, para así apaciguar su corazón. Gracias a esas «indiscreciones», se estableció un fuerte vínculo entre la pareja y él.

El Conde había sido un estudiante receptivo y un alumno excelente en los exámenes, y entabló de inmediato una relación de alumno y profesor con Guy, casi (aunque ambos eran de la misma edad) de padre e hijo. De hecho, para muchos de sus conocidos, Guy representaba el papel de una especie de patriarca. Era un brillante administrador destinado (o eso parecía) a desempeñar las más altas responsabilidades. Su excelencia, su particular talento, su poder fueron para el Conde garantía de estabilidad y prueba de su propia valía. Se sentía bien admirando a Guy, respetándolo. Dejó de jugar al ajedrez con Guy porque detestaba ganarle (siempre). A Guy no le importaba, pero al Conde sí. Y así fue como se convirtió en un miembro del «círculo» Openshaw y encontró una especie de hogar en el gran piso de Ebury Street, y como, a través de él, entró en contacto con la sociedad inglesa y, según a veces le parecía, con el cosmos.

El Conde se cuadró ante Gertrude Openshaw. Ella no lo miró. Sumida en su dolor, evitaba los ojos de todo el mundo, como si le diera vergüenza mostrar tanta pena. A ella y al Conde los unía una especie de terrible y embarazosa incomodidad. No mostraban emoción alguna entre sí, no había sobresaltos.

—Está nevando otra vez. ¿Has visto?

—Sí.

—¿Cómo estaba?

—En buena forma.

—¿Te ha soltado lo del cisne blanco?

—No.

—¿Y lo de que «ella vendió el anillo»?

—Sí.

—¿A qué se refiere?

—No lo sé.

—¿Quién? ¿Qué anillo? Ay, Dios. ¿Y lo de «la cara superior del cubo»?

—Sí.

—¿Qué es eso del cubo?

—No lo sé —dijo el Conde—. Podría tener algo que ver con los presocráticos.

—¿Lo has mirado?

—Sí. Lo volveré a mirar.

—¿O con la pintura?

—Podría ser.

El Conde, rastreando la mente de Gertrude, sabía lo consternada que estaba por los desvaríos de su marido; por el hecho, al que todos ellos habían tenido que enfrentarse las últimas semanas, de que Guy ya no era él mismo. El Conde, casi con argucias, había intentado consolar a Gertrude diciéndole que había algo de visionario y de poético en las cosas extrañas que Guy a veces decía, que había que tomarlas como hermosas manifestaciones que revelaban cierta felicidad o luz interior. Pero Gertrude, que odiaba la religión y cualquier tipo de «misticismo», no encontraba alivio en esas conjeturas. Ella vivía la irracionalidad de Guy como algo aterrador y casi desagradable, como una especie de incontinencia mental. Era un inesperado horror añadido. El Conde pronto renunció a intentar consolarla mediante referencias a Blake. De todas formas, no se creía de verdad lo que decía: había llegado a considerar los leves desvaríos de Guy como algo mecánico, como un impredecible fallo de un circuito eléctrico, como un mal contacto.

El Conde, Wojciech Szczepański, estaba de pie ante Gertrude. Era alto, más alto que Gertrude, más alto incluso que Guy, y muy delgado. Tenía la cara blanca y afilada, los ojos azules muy claros y el pelo lacio de un rubio descolorido. Tenía la severa y afilada cara eslava propia de los de su raza, tan diferente de la cara rusa, más sólida y sensual. Parecía un jugador de ajedrez, un lógico simbólico, un descifrador de códigos. Su boca era fina e inteligente. Sin embargo, tenía también una mirada tímida e insegura, siempre un poco dubitativa, incluso perpleja. Seguía pareciendo un niño, aunque su cara blanca y seca presentaba a menudo un aspecto demacrado, cansado, ya nada juvenil.

Gertrude (McCluskie de soltera) era, aun al final de la treintena, una mujer hermosa. La edad, que despliega cortinas de piel alrededor de los ojos y deja hendiduras en la frente, apenas la había tocado todavía. Era de mediana estatura, y podría decirse que contaba con unos pocos kilos de más. Tenía unos ojos marrón claro muy radiantes que miraban al mundo con una especie de feliz autoridad. El color dorado de su tez podría compararse con un agradable bronceado. Su media melena, ligeramente rizada y de color castaño oscuro, le caía por los lados con un desorden cuidado, desenfadado y abundante. Vestía de manera inteligente, con más austeridad que elegancia, y siempre para agradar a su marido. Gertrude reconocía discretamente la «influencia formativa» de Guy en su vida matrimonial, en tanto que, a la vez, se proclamaba como una mujer difícil de dominar. Era medio escocesa, medio inglesa. Sus padres habían sido ambos maestros de escuela y, tras una exitosa trayectoria universitaria, Gertrude adoptó la misma profesión. Después de casarse (conoció a Guy, que por entonces trabajaba en el Departamento de Educación, en una conferencia) siguió dando clases varios años. No tenían hijos. Ella tuvo un aborto, y entonces los médicos le dijeron que no podría tener hijos. Fue por aquella época, y pensando que Guy la necesitaba en casa, cuando dejó de trabajar.

—¿Ha dormido bien? —preguntó el Conde. Siempre preguntaba lo mismo. Quedaban pocas cosas que se pudieran preguntar sobre la salud de Guy.

—Bueno, sí…, sí. Por la noche ningún problema.

Desde el pasillo llegó un sonido ahora familiar: era la enfermera de noche abriendo la puerta del dormitorio para indicarle a la señora Openshaw que ya podía entrar a ver a su marido. Gertrude dijo:

—Conde, te quedarás hasta la hora de las visitas, ¿no? Para les cousins et les tantes.

Guy tenía un poderoso sentido de la familia (su padre había sido uno de seis hermanos), reforzado quizá por sus instintos paternales frustrados. Era un pater familias por naturaleza, y habría sido un padre entregado y probablemente bastante estricto. De hecho, le gustaba reunir a la familia, en la que se incluían sus allegados más lejanos, juntándolos a todos en una pequeña cuadrilla bajo su benévola supervisión. En ese retrato de su vida, sus amigos también debían figurar como parte de la familia. Y así fue como el Conde quedó convertido en una especie de primo honorífico. Guy trataba a este grupito heterogéneo de «parientes» con una mezcla de responsable preocupación e informal superioridad. Se refería a ellos de manera colectiva, por alguna razón en francés, con les cousins et les tantes. Era un hombre verdaderamente amable y generoso, pero su «superioridad» no dejaba de guardar cierta relación con el dinero. Los cristianizados Openshaw (quizá originariamente Oppenheim o algo así) eran una familia de banqueros, y acostumbraban a representar el responsable papel de los parientes ricos entre los parientes pobres.

—Por supuesto que me quedaré para la hora de las visitas. He traído un libro.

—¿Proust? ¿Gibbon? ¿Tucídides?

Gertrude conocía sus gustos.

—No, Carlyle.

Los Openshaw dejaban, siguiendo una tradición anticuada, un «día» para las visitas, en el que contaban con que sus amigos y parientes de Londres se pasaran a tomar una copa de camino a casa, al salir del trabajo. Esas reuniones informales habían llegado a suponer para el Conde la faceta más agradable de su escasa vida social. Esta era, de hecho, la primera vez en su vida en que entraba en contacto con algo parecido a un grupo familiar, la primera vez en que él mismo pasaba a formar parte de ellos. Al principio, cuando Guy cayó enfermo, aunque no todavía como enfermo incurable, les cousins et les tantes se habituaron a hacer breves llamadas cada cierto tiempo, para preguntar cómo estaba. Pero, cuando se le declaró el cáncer, el número de visitas disminuyó; únicamente el círculo más próximo de amigos íntimos continuó llamando, y solo algunos de ellos siguieron pasándose cada noche a saludar al enfermo. Guy, según parecía, se alegraba con esas visitas. Últimamente, sin embargo, había perdido el interés por la compañía. Las enfermeras y el médico (que era un primo auténtico) les aconsejaban que no lo «cansaran». El Conde, además, sospechaba que Gertrude quería ocultar a su marido, evitar exponerlo en tal estado de debilidad a las miradas compasivas pero inevitablemente curiosas de aquellos que, en su papel de clientes o miembros de su clan, lo habían tratado con reverencia durante tanto tiempo. Pero interrumpir las visitas habría supuesto anunciar el fin. La «familia» seguía acudiendo por cariño a Gertrude y, aunque ella los mantenía alejados de Guy y fingía considerarlos una «molestia», no dejaba de sentirse verdaderamente agradecida por esas muestras de apoyo.

En verdad, la única persona con la que Guy aún quería hablar era el Conde. El Conde tomó conciencia de su privilegiado status con sentimientos encontrados. En muchos sentidos habría preferido despedirse antes de él, puesto que no le quedaba más remedio; habría sido más fácil. Esa larga temporada con Guy en la antesala de la muerte era un asunto peligroso: podía suceder algo terrible, doloroso, algo que nunca en la vida serían capaces de olvidar. Años atrás, cuando Guy lo admitió por primera vez en su círculo íntimo de amistades, lo había invadido el miedo de estar destinado a ser examinado y rechazado. Había algo tras la apacible superioridad de Guy, algo demoníaco, algo que podía llegar a ser cruel. Posteriormente, el Conde empezó a ver a Guy como alguien que podía ser cruel, pero que nunca lo era. Tal vez pareciera algo demoníaco, y sin embargo era responsable y correcto. Resultaba notablemente característico, tanto de Guy como de Gertrude, su poderoso sentido del deber, de la férrea necesidad de una conducta decente, algo que, cuando uno los conocía bien, se tornaba tan evidente como el color de su pelo o de sus ojos. Además, según pasaba el tiempo, el Conde, a pesar de su inseguridad, llegó a creer en el afecto que Guy le profesaba, aunque también sabía que ese afecto estaba mezclado con una especie de inteligente compasión. Por eso, ahora, al darse cuenta de que él era el último que quedaba, la única persona que, aparte de la propia Gertrude, hablaba regularmente con Guy, sentía una mezcla de satisfacción y dolor. Por supuesto que apreciaba esa extraordinaria muestra de confianza; pero llegaba demasiado tarde. Y no podía evitar sentir que Guy, y también Gertrude, lo toleraban en aquel final o cerca de él porque «no importaba lo que el Conde pensara o dijera»: estaba presente en el dormitorio del moribundo como podría estarlo su perro. Y el Conde rumiaba todo eso. Algunas veces lo interpretaba como desprecio, otras como un inmenso cumplido.

Los visitantes vespertinos, es decir, los «íntimos», continuaban llegándose por allí, aunque a ellos no se les permitía ver a Guy. Ahora, un pequeño número de personas (los mismos o con ligeras variaciones) se pasaba a preguntar por Guy cada tarde, a dejar mensajes, libros, flores y a hablar con Gertrude, a proporcionarle consuelo y la seguridad de estar arropada. Se tomaban una copa, hablaban en voz baja y no se quedaban mucho tiempo, pero la pequeña ceremonia tenía su importancia. El Conde no podía evitar darse cuenta de que casi podría decirse que algunos disfrutaban de la situación.

—De acuerdo —dijo Gertrude—, ahora mismo entro a ver a Guy.

El Conde se sentó en una silla cerca de la chimenea, donde un fuego de leña y carbón ardía en honor de la nieve. Conocía esa habitación muy bien, casi mejor que las anodinas habitaciones de su propio pisito, donde había muy poca cosa de aspecto interesante que pudiera resultar atractiva para la mirada o la mente. Se sentía seguro en el salón de los Openshaw. Era amplio, radiante de color y, a juicio del Conde, perfecto. No había nada, ni grande ni pequeño, que hubiera deseado cambiar o desplazar siquiera un milímetro. Y, de hecho, durante los años en que la había conocido, la elegante estancia no había variado en absoluto. El único elemento que cambiaba eran las flores, y estaban siempre en el mismo lugar, sobre la mesa de marquetería, junto a las bebidas. El Conde se maravillaba del afán que mostraba Gertrude, incluso en aquellas circunstancias, por poner flores. En un jarrón grande y verde había dispuesto con mucho arte hojas de eucalipto y haya, junto con algunos crisantemos blancos que les había regalado Janet Openshaw. (Había más flores que les habían llevado fuera, en la sala, pero ninguna en la habitación de Guy. Guy pensaba que las flores debían quedarse en su sitio.) Guy y Gertrude seguramente se habían esforzado mucho en preparar una habitación bonita. Lo habían logrado y estaban satisfechos. No eran coleccionistas y la verdad es que no les interesaban demasiado las artes visuales, pero para esas cosas tenían «buen gusto».

El Conde estiró sus largas piernas, arrugando una sedosa alfombra de color oro viejo estampada con un diminuto diseño geométrico. Abrió su libro, la vida de Federico el Grande de Carlyle. Estaba leyendo sobre la ridícula relación entre Federico y Voltaire. Disfrutaba mucho con aquello, pues odiaba a Voltaire, si bien él y Guy tenían distintos pareceres sobre el filósofo. El Conde se identificaba con Rousseau, a pesar de que habría sido incapaz de decir exactamente por qué. Por supuesto, el Conde odiaba también a Federico (sus odios eran abstractos comparados con los de su padre), pero había algo en la visión del mundo de Carlyle que lo atraía.

—¿Quieres algo?

—No, gracias.

—¿Té, zumo?

—No.

—La enfermera ha preguntado por la cena. ¿Quieres algo en especial?

—Solo sopa.

—¿No tienes ganas de ver a nadie esta noche? ¿A Manfred?

—No.

—¿Quieres algún libro de la habitación de al lado?

—Tengo libros aquí.

—Me gustaría poder hacer algo, traerte algo.

—No te preocupes: estoy bien.

—Está nevando otra vez.

—Eso me ha dicho Peter.

Gertrude y Guy se miraron. Luego apartaron la mirada. Gertrude no le había hablado a nadie de cómo su relación con Guy se había venido abajo. Para ella, aquello resultaba tan terrible como la propia muerte de su marido, un acontecimiento que le quedaba aún por soportar. Pero eso ya suponía, en cierto sentido, su muerte, el verdadero comienzo de la misma, la muerte de Guy para ella, la rotura del vínculo de la conciencia. Había una barrera de angustia entre ellos y ninguno de los dos podía franquearla. Guy hasta había dejado de intentarlo. La miraba con ojos lejanos, ensimismados, absortos. Podía hablar con el Conde, pero no con ella. Y, cuando lo hacía, a menudo desvariaba y decía cosas extrañas que a Gertrude le daban mucho miedo: aquella mente brillante y clara en cuya luz había vivido se volvía irremediablemente confusa y oscura. Quizá se quedara callado porque temiera asustarla; o quizá lo horrorizara el deterioro definitivo de su imagen ante su mujer, esa horrible derrota a manos del destino; o no quisiera alimentar un amor que estaba a punto de transformarse, para él en sueño, para ella en luto.

Siempre habían estado muy cerca el uno del otro, unidos por unos estrechos e inextricables lazos de amor y entendimiento. Nunca habían dejado de ansiar la compañía del otro. Nunca se habían peleado en serio, nunca se habían distanciado, nunca habían dudado de la completa lealtad del otro. Una componenda de franqueza y sinceridad constituía la particular dicha de sus vidas. Su amor había crecido alimentado a diario por la viveza de sus pensamientos compartidos. Habían crecido juntos en mente, cuerpo y alma, una bendición que solo en contadas ocasiones se les concede a dos personas. No podían estar en la misma habitación sin tocarse. Siempre expresaban hasta sus más triviales pensamientos. Su intercomunicación discurría por medio del ingenio. La broma y la reflexión habían constituido el lenguaje de su amor. «Sin él me moriré —pensaba Gertrude—. No me suicidaré, sino que simplemente me quedaré sin vida. Seré una muerta que camina de aquí para allá.»

Había ciertos temas que su cariño instintivamente había convertido en tabú: nunca volvieron a hablar del hijo perdido. Y (esto estaba de alguna manera relacionado con ello) nunca tuvieron mascota, ni perro ni gato: había que evitar ciertos elementos tiernos y conmovedores. Era como si, para sortear la angustia, tuvieran que impedir que la malla de su ternura se volviera demasiado fina. Aunque bromeaban y eran abiertamente cariñosos cuando estaban juntos, no daban rienda suelta a ciertas efusiones o expresiones de sus sentimientos. Su lenguaje era casto, y había una silenciosa dignidad en su amor.

Por supuesto, siempre habían sido francos entre sí y habían vivido su matrimonio como una transferencia mutua. Se confesaban el uno con el otro y se redimían el uno al otro. Hablaban de sus aventuras pasadas y sus pensamientos presentes, de sus faltas, sus errores, sus pecados, siempre con tacto, siempre con gracia y sin regodeos autocomplacientes. De manera consciente, mantenían entre sí cierto recato e inocencia, la certeza de saberse afortunados y la determinación de ser inocuamente felices.

Ambos habían sido, de maneras diferentes, niños afortunados y consentidos: Guy era hijo único, el niño mimado de unos padres acaudalados e inteligentes; Gertrude, también hija única, la niña de los ojos de su padre, fue el retoño tardío de unos maestros de escuela eficientes, laboriosos y cívicos. El padre de Gertrude le había enseñado que ella era toda una princesa. También le había enseñado a amar los libros y a trabajar mucho, y a disfrutar de las cuestiones intelectuales sin preocuparse demasiado de ser una «intelectual». Sus padres murieron antes de que se casara, pero tuvieron la satisfacción de ver a su brillante hija convertida en una profesora muy capaz. La madre de Guy no llegó a conocer a Gertrude, pero su padre vivió lo suficiente para bendecir el matrimonio de su hijo. Aprobaba a Gertrude, aunque, habiendo regresado en secreto a la fe de sus antepasados, habría preferido una chica judía. (Por supuesto, nunca le reveló esa sorprendente debilidad a Guy, que despreciaba todas las religiones.) Sufrió con amargura por el nieto perdido. Nunca preguntó por una posible nueva descendencia. Murió poco después. Para Guy fue un disgusto tremendo.

Gertrude y Guy daban por supuesto que siempre serían útiles y activos. Eran polifacéticos, todavía jóvenes y pensaban constantemente que podrían hacer «todo tipo de cosas» en el futuro. Había libros que escribir, habilidades que adquirir, cimas intelectuales que escalar. Viajaban un poco, pero no mucho porque Guy prefería aprovechar sus vacaciones para estudiar. Según habían pasado los años, no había llegado a averiguar si no sería más un estudioso que un administrador. Finalmente decidió que sería también un estudioso a toda costa, y empezó a trabajar en un libro sobre la justicia, el castigo y el derecho penal. Gertrude había estudiado Historia en Cambridge. Guy había estudiado Clásicas y Filosofía en Oxford y siempre había sentido un persistente y vivo interés por esta última disciplina. Cuando dejó la enseñanza, Gertrude se propuso escribir una novela, pero Guy la disuadió enseguida, y por supuesto ella terminó estando de acuerdo. ¿Acaso necesitaba el mundo otra novela mediocre? Durante un tiempo, trabajó como ayudante de investigación de Guy. Aprendió alemán. Se planteó entrar en política (ambos eran de izquierdas). No hacía mucho que había empezado a darles clases de inglés a inmigrantes asiáticas. No tenía preocupaciones ni ansiedad. Había mucho que hacer. El tiempo pasaba, pero siempre quedaba tiempo suficiente.

Sin embargo, ahora el tiempo había enloquecido. La enfermedad de Guy parecía estar llevándolo, ante los ojos de su esposa, a través de las distintas etapas de la vida hasta la vejez. Poco a poco, la dimensión del futuro fue desapareciendo de sus conversaciones. Gertrude, en un momento determinado, dejó de decir: «Te encontrarás mejor en primavera». Nunca le había dicho: «No tiene cura». Y el médico tampoco. Cuando ella le preguntó si se lo había contado a Guy, él dijo: «Ya lo sabe». ¿Cuándo empezó a saberlo? Habían tenido ciertas esperanzas con algún tratamiento. Ahora, sus ojos raramente se encontraban; y (lo que era más terrible para Gertrude) sus pequeños rituales de ternura habían desaparecido de sus vidas. Ahora no se atrevía a cogerle la mano. Cuando le daba masajes en las doloridas piernas, estremecedoramente enflaquecidas y llenas de calambres, lo hacía como una enfermera. En su afán de evitar cualquier palabra, cualquier gesto que pudiera hacer que se pusieran a llorar, Gertrude pensaba que a veces debía de parecerle incluso fría, como si en el fondo, simplemente, deseara que todo hubiera acabado ya. Y había veces en que sí que deseaba que todo acabase y que el sufrimiento de Guy, borrado por la muerte, desapareciese. ¡Si ella siquiera pudiera venirse abajo! Pero no. Era fuerte y no se iba a venir abajo. No había lugar adonde pudiera fluir su amor ni expresión en que se pudiera manifestar. Es más, las reglas de su feliz vida en común, quizá misericordiosamente, los separaban ahora, y ella esperaba y rezaba por que Guy también entendiera esa misericordia. Si se hubieran puesto a llorar y a lamentarse de la tremenda crueldad de todo aquello, se habrían vuelto locos de dolor.

Y Gertrude no lloraba muy a menudo. Tenía la sensación de que, más adelante, en esa nueva época, nunca dejaría de llorar. Ahora, cuando en privado derramaba algunas lágrimas, se lavaba la cara y se la empolvaba con cuidado. «Es como un campo de concentración —pensaba—. No puedes mostrar tu sufrimiento por miedo a que vaya a ser peor.» Y verdaderamente le parecía un campo de concentración, un estado de horror que no podría haber previsto y que a la imaginación le resultaba inconcebible soportar, pero que, sin embargo, soportaba, ya que no había alternativa. Veía cómo cambiaba la cara amada y ya estaba dejando de comparar la de antes con la de ahora. Observaba sin gritar mientras la hermosura de Guy se iba destruyendo y la cariñosa, equilibrada y aguda brillantez de su mente se iba apagando. Sin duda, si Guy podía desvariar y olvidar, era que ya no quedaba ninguna lógica en el mundo.

«Quizá me odie —pensaba—. Quizá se trate de eso, de resentimiento, de venganza.» ¡A veces era tan cortante, tan irritable, tan impaciente! ¿Cómo puede el moribundo no odiar a los que viven, a los que sobreviven? No había manera de descubrir lo que él sentía, ninguna cuestión que ella pudiera plantear o inquirir que no provocara una terrible sacudida en la habitación. No podía preguntarle por la cara superior del cubo o por el cisne blanco. No podía preguntarle por su dolor. A veces la enfermera le inyectaba analgésicos por la noche. Ella intentaba no pensar en el dolor, pero estaba allí, inmenso, en la habitación; igual que la muerte también estaba en la habitación; y ambos planeaban, como dos nubes negras, sobre la figura que se encontraba en la cama, a veces por separado, a veces fundiéndose entre sí.

«Bien —pensó Gertrude—, si odia el universo, si odia a Dios, como cabría esperar, entonces que odie a Dios en mí, si eso le alivia la angustia.» Así hablaba su amor, pero también ese amor estaba desvariando y perdido en la oscuridad.

Manfred asomó la cabeza por la puerta del salón.

—Hola, Conde. ¿Estás tú solo?

—Hola, Manfred —dijo el Conde levantándose de un salto—. Gertrude está con Guy.

—Me vendría bien una copa —dijo Manfred—. He tenido un día espantoso y vaya si hace frío fuera. —Se sirvió la bebida de la bandeja que había sobre la mesa de marquetería. Manfred North (sus padres habían sido unos entusiastas de Byron) trabajaba en el banco de la familia. Era primo segundo de Guy.

El salón de los Openshaw (donde el Conde se sentía tan seguro) era una habitación grande con tres ventanas altas que daban a Ebury Street. Se trataba de un espacio elegante y acogedor, con una serie de sillas variadas, todas preciosas (y sin embargo muy cómodas), situadas a cierta distancia de la chimenea, de cara a ella. Sobre la moqueta lisa, del color del pelo de Gertrude, había dos buenas alfombras: una, la dorada y sedosa, con el diminuto dibujo matemático, por la que el Conde había estado arrastrando los pies; y la otra, una alargada y muy bonita, con un elegante estampado de animales y árboles que se extendía bajo las ventanas describiendo una especie de privilegiado paseo. La ancha repisa de mármol de la chimenea era un altar; en sus extremos había dos jarrones de cristal de Bohemia, rojo y ámbar, y, en el centro, una ingeniosa orquesta de monos de porcelana que tocaban distintos instrumentos formando un semicírculo. La asistenta de Gertrude, la señora Parfitt, les quitaba el polvo religiosamente a estos y a otros adornos de la habitación con un plumero, pero nunca los movía (el Conde una vez experimentó una mezcla de temor sagrado e indignación cuando vio a un invitado coger distraídamente un tamborilero de porcelana y quedárselo en la mano mientras explicaba algo). Varias pinturas al óleo, algunas de antepasados, adornaban las paredes. Sobre la chimenea, en un marco ovalado, había un hermoso retrato de la abuela paterna de Guy, una mujer menuda y morena con una anhelante y atractiva cara sonriente y unos ojos que, a la encantadora sombra de un quitasol blanco, miraban atentamente por debajo de su oscuro pelo. Su familia era judía ortodoxa y se mostró contraria a su boda con el abuelo de Guy. Al final accedieron porque era judío y, aunque «oficialmente» cristiano, había declarado con firmeza ser ateo. Ella, por su parte, había desaprobado el matrimonio del padre de Guy con una gentil, incluso a pesar de que la novia tenía dinero y tocaba el violín. Sin embargo, cuando llegó su adorado nieto, cedió. Otras pinturas representaban a poderosos caballeros, casas, posesiones, perros. Por desgracia, pocas de aquellas pinturas tenían valor artístico (el pequeño y encantador Sargent constituía una excepción). Los Openshaw eran una familia con aptitudes musicales de la que había salido (no en el caso de Guy) una buena cantidad de talentosos intérpretes. El tío Rudi, que tocaba el chelo, había sido también un compositor aficionado de cierta notoriedad. Sin embargo, en lo que a pintores se refería, se habían conformado inequívocamente con la segunda fila.

—¿Cómo va la oficina? —preguntó Manfred. Era un hombre alto, más alto incluso que el Conde (el Conde medía uno ochenta y seis; Manfred, uno noventa y dos), y de complexión robusta, un tipo corpulento. Su cara, grande y anodina, que siempre parecía expresar un altanero regocijo, miraba al mundo desde arriba. Los padres de Manfred habían vuelto, no de forma poco agresiva, al judaísmo ortodoxo, pero a Manfred no le interesaban esas cosas. Al final de la treintena y todavía soltero, se lo consideraba un hombre de éxito. Al Conde le caía bien, pero le fastidiaba muchísimo cómo aquel tipo se desenvolvía en el piso de los Openshaw. A él también le habría gustado tomarse algo, pero, por supuesto, no iba a coger nada hasta que se lo ofreciera Gertrude.

—¿La oficina…? Ah, todo bien. —¿Qué podía decir? La oficina no era nada para él. Allí echaba de menos a Guy, lo echaba mucho de menos, pero no iba a decirle eso a Manfred. Nunca habían compartido nada personal. Pero a Manfred le caía bien el Conde, no era un enemigo.

—¿No te vas a tomar nada? —preguntó Manfred. Eso era una pulla por su parte.

—No, gracias.

Entró Stanley Openshaw. (Gertrude siempre dejaba la puerta abierta a la hora de las visitas, de modo que nadie tuviera que tocar el timbre.) Stanley era primo hermano de Guy. Él también se había casado con una gentil, pero en la familia se consideraba que había ido demasiado lejos al convertirse tan radicalmente al cristianismo anglicano, la religión de su mujer. (Gertrude, al igual que Guy, no tenía ninguna creencia religiosa, a menos que el odio a la religión pudiera contar como tal.) Era miembro del Parlamento (del ala derecha del laborismo), y un hombre diligente y amable, querido por sus electores (tenía un escaño por Londres), pero no parecía probable que alcanzara el rango de ministro. La gente opinaba que su esposa Janet, economista, era más inteligente. A veces ella también iba de visita a Ebury Street, pero no se llevaba demasiado bien con Gertrude. (Janet era tan buena cocinera que Gertrude había decidido desde el principio no competir con ella. Por suerte, Guy apenas se fijaba en lo que comía.) A pesar de tener un ojo algo más grande que el otro, Stanley, con la misma cabeza leonina que Guy, era guapo. Y tenían también tres hijos muy guapos, a los que les iba muy bien en los estudios.

—Hola, Stanley. ¿No vas a la Cámara esta tarde?

—No, pero no puedo quedarme mucho: tengo sesión de consultas. —En las noches de sesión de consultas, Stanley solía estar reunido hasta bien entrada la madrugada oyendo las quejas de los electores.

—Te encantan los problemas —dijo Manfred.

—Me interesa cualquier clase de problema —dijo Stanley—. Y eso es un problema en sí mismo. No puedo considerarlo un mérito moral.

—¡Espero que no!

—Yo solo espero que mi coche vuelva a arrancar.

—Ed Roper le ha puesto las cadenas al suyo.

—Claro. —Ed Roper, un primo «honorífico», estaba metido en el negocio del arte—. ¿Alguna novedad sobre Guy, Conde?

—Nada nuevo —dijo el Conde—. Gertrude está ahora con él.

—¿Creéis que Gertrude venderá la casa de Francia? —dijo Stanley sirviéndose una copa—. No me importaría comprarla.

Al Conde le molestaban aquellas preguntas triviales, aquel distanciamiento, aquel ambiente informal casi «festivo». Y, sin embargo, ¿cómo iban a comportarse? Se pasaban por allí por Gertrude, le llevaban un soplo de normalidad cotidiana que quizá le servía más que la sombría seriedad del Conde. Stanley por lo menos bajaba la voz. El volumen alto de Manfred era más difícil de amortiguar.

—Hola, Veronica.

—Está nevando a más no poder.

—Por extraño que parezca, nos hemos dado cuenta.

—Bueno, vosotros dos habéis venido en coche; yo, andando.

—Te llevaré a la vuelta.

—Gracias, Manfred. He dejado las botas en el recibidor. He traído estas zapatillas en el bolso, como hacíamos en las fiestas de los niños. Hola, Conde. Supongo que Gertrude está con Guy. Ah, una copa. Gracias, Stanley, querido.

Veronica Mount (de soltera Ginzburg), viuda, pertenecía a la generación anterior. Era judía, y estaba emparentada con la familia de Guy por su matrimonio. Desde hacía mucho, se la consideraba una «experta en los Openshaw». Conocía el árbol genealógico de la familia al completo, desde sus más remotos orígenes en Alemania, Polonia y Rusia, y sabía exactamente qué relación tenía cada cual con todos los demás. Su marido, Joseph Mount, muerto hacía mucho, trabajaba en algo relacionado con violines. La señora Mount era una mujer culta que vivía con modesto refinamiento (algunos decían que en la indigencia) cerca de Pimlico.

El Conde le dio las buenas tardes. Siempre pensaba que la señora Mount se burlaba un poco de él, pero quizá fueran imaginaciones suyas.

—Y aquí está Tim.

—Hola, Tim.

Tim Reede, un joven debilucho, había entrado en la foto familiar (nadie recordaba muy bien cómo) en calidad de protegido del tío Rudi. Se decía que era pintor o algo así. Se sirvió una copa.

—Supongo que habrá elecciones en primavera, ¿no? No tienes por qué preocuparte, Stanley: tu escaño es para siempre.

—Hoy día puede pasar cualquier cosa. Uno le tiene un miedo espantoso al rechazo.

—Como se lo tenemos todos —dijo la señora Mount.

—Hablando de elecciones, tengo una entrada de más para Turandot. ¿La quiere alguien? ¿Veronica?

—Manfred, tan amable como siempre.

—Sé que el Conde no la quiere: detesta la música.

—Yo no…

—¿Has visto a Gertrude? —le preguntó la señora Mount al Conde (ella siempre hablaba con suavidad: no le hacía falta bajar la voz)—. ¿Cómo está sobrellevando la tensión?

—Eso, ¿cómo está Gertrude?

—Ah, ella está… muy bien —dijo el Conde.

—Sí, está muy bien, ¿verdad?

—Necesita a sus amigos, necesitará a sus amigos. ¡Qué circunstancias tan trágicas!

—Nos necesita a su alrededor para mantenerse a flote.

—¡Hombre, Sylvia!

Sylvia Wicks (de soltera Oppenheim) era una prima lejana (solo la señora Mount sabía cómo de lejana). Sin embargo, guardaba un extraño parecido con la abuela de pelo moreno del quitasol. Aunque Sylvia había sido muy guapa antaño, ahora, en la mediana edad, tenía un aspecto desaliñado. Sus oscuros rizos, a través de los cuales miraba al mundo, le colgaban en descuidados mechones alrededor de la cara. Con todo, todavía vestía bien.

—¡Qué de tiempo sin verte, Sylvia! —dijo Manfred.

—Tim, dale a Sylvia una copa.

—¡Qué vestido tan bonito! ¿Tienes los pies mojados, querida?

—¡Qué noche tan horrible!

Se estaba desatando una tormenta dentro de la cabeza de Sylvia Wicks. Siempre había sido desgraciada, solo que ahora casi parecía que le había caído encima una maldición. Sus padres murieron cuando ella era muy niña y la crio una tía resentida, que no le dio ninguna educación, pero que al menos le dejó un poco de dinero. Con ese dinero Sylvia se compró algo de ropa y una casa. Allí hospedó a un inquilino. Se llamaba Oliver Wicks. Se casaron. Vendieron la casa y compraron otra a nombre de Oliver. Sylvia terminó sin dinero, sin casa, sin marido y con un niño de dos años. También se quedó con su ropa, y se la había seguido poniendo desde entonces (era muy buena costurera). Nunca estuvo demasiado segura de cómo había pasado todo. Se sentía tan contenta de haberse quitado a Oliver de encima que nunca pensó a fondo en el asunto, y además le daba mucha vergüenza contarle a la familia las fechorías de su marido. Sin embargo, Moses Greenberg, el abogado de la familia (estaba casado con una de las primas de Sylvia), lo descubrió y se enfadó mucho con ella. (Quería perseguir al delincuente de Wicks.) También Sylvia, que entonces vivía de una ayuda de la Asistencia Nacional en un alojamiento barato con su hijo Paul, se enfadó con él: era excesivo que la reprendiera cuando estaba pasándolo tan mal. Moses se lo contó a Guy, que la llamó para verla. No le echó un sermón sobre lo sucedido (un tremendo lío que a esas alturas ya era mejor no tocar), pero le recomendó que aprendiera un oficio. Sylvia hizo un curso de mecanografía y taquigrafía, un curso que Guy le pagó. Él también se ocupó de costear los estudios de Paul. Sylvia, que para algunas cosas no era nada tonta, consiguió una serie de trabajos de secretaria bien remunerados. Estaba ahorrando para comprar un piso. Paul ya tenía diecisiete años y ella deseaba que su hijo dispusiera de una habitación decente donde poner sus libros. Guy, que mantenía un contacto intermitente con Sylvia, le prestó el dinero que le faltaba. Eso había pasado no hacía mucho. Sin embargo (era casi increíble), cuando Sylvia estaba a punto de comprar el piso, alguien le estafó todo su dinero, una «amiga» que la convenció para que invirtiera en una boutique. El dinero había desaparecido, la mujer había desaparecido y Sylvia era de nuevo incapaz de entender qué había pasado. Tampoco esta vez se lo dijo a nadie. Temía el posible interrogatorio de Guy y Gertrude respecto a la compra del piso. Y ahora Guy se estaba muriendo. ¿Significaba eso que ella se quedaba con el dinero? Solo que no había dinero. La cabeza le daba vueltas. Y, por si todo aquello fuera poco, hacía tres días que se había enterado de que Paul había dejado embarazada a una chica de dieciséis años. El padre de la chica, enfadado, enloquecido, había ido a ver a Sylvia. Cuando ella le habló de abortar, el padre, que era católico, le había dicho a gritos que si acaso quería que dos jóvenes empezaran sus vidas con un asesinato en la conciencia. Sin embargo, el padre tampoco sabía cómo proceder. Él no iba a permitir que ella viera a la chica. Ella no iba a permitir que él viera a Paul. Enfurecida por los gritos del hombre, le había dejado caer que la chica era una lagarta que había seducido a su hijo. El padre casi se puso violento y amenazó con meter a Paul en la cárcel. «¡Te destruiré, te destruiré!», gritó fuera de sí mientras Paul escuchaba en la habitación de al lado. Paul había dejado de ir a clase; ella había dejado de ir al trabajo. Paul iba a perderse los exámenes; ella había perdido el trabajo. Decidió contárselo todo a Guy, incluida la historia de la boutique, que ahora parecía un asunto menor. Guy sabría qué hacer, Guy conocía la ley: él sabría qué hacía la gente en tales casos, y de alguna manera los sacaría a ella y a Paul del atolladero. Sylvia sabía que Guy estaba muy enfermo, pero pensaba que una conversación con él, aunque fuera breve, le daría alguna clave para resolver la situación. Esperaba también que Guy le dijera que no tenía que devolverle el dinero. De todas formas, no podía devolvérselo. Todos sus ahorros, junto con aquel préstamo, se habían esfumado. ¿Sabría Gertrude algo del préstamo? (La verdad es que no: Guy no se lo había comentado a nadie.) ¿Qué debía decirle a Gertrude? Le tenía un poco de miedo (y otra gente también). Mientras tanto, Paul estaba sentado en casa llorando. Ella sonrió, con un vaso en la mano, en compañía de Stanley, Manfred y la señora Mount. ¡Lo que uno podía esconder en la cabeza tras una sonrisa!

—Balintoy está esquiando en Colorado —dijo la señora Mount—. O acaso tendríamos que decir posesquiando.

—Mientras nosotros nos matamos trabajando —dijo Manfred.

—Apuesto a que se aloja en el hotel Brown Palace —dijo Stanley.

—Así es.

—¿De dónde saca el dinero?

—Balintoy concede becas de esquí a niños pobres.

—¡Qué generoso por su parte!

—¡Sylvia dice que qué generoso por su parte!

—Pronto estaremos esquiando por aquí si esto sigue así.

Balintoy era un lord, de los de verdad, no como el Conde; «simplemente un decadente noble irlandés», como puntualizaba Manfred. Su madre, pariente de Janet Openshaw, aún vivía en un castillo ruinoso en el condado de Mayo. Stanley y Guy se habían hecho amigos del joven (ahora no tan joven) Balintoy. Guy y Gertrude se habían hospedado en el castillo en una ocasión.

—Le escribió a Gerald Pavitt.

—¡Qué envidia!

—¿Cómo anda Gerald estos días?

—De los nervios.

El Conde, apoyado en la repisa de la chimenea, miraba la puerta esperando ver aparecer a Gertrude. Estaba deseando tomarse una copa. Y también ver a Gertrude salir de la habitación de Guy con semblante tranquilo.

—Tim, muchacho, ¿podrías ponerme otra copa?

—Por supuesto, Stanley. ¿Qué estás tomando?

Entonces entró Gertrude. El Conde le vio la cara de dolor y cansancio desde la otra punta de la habitación, los ojos entrecerrados, el tremendo ensimismamiento. Entonces llegó la calma que necesitaba ver: Gertrude les estaba sonriendo a Sylvia y a la señora Mount. Todos se quedaron en silencio y se acercaron a ella.

—Victor acaba de entrar —dijo.

Victor Schultz, calvo y apuesto, un agradable médico de familia sin ambiciones y un apasionado del golf, se encargaba de la atención de Guy, y era, además, su primo. Se había casado con una famosa guapísima de sobresaliente estupidez, y ahora estaba divorciado.

—¿Cómo se encuentra Guy? —preguntó Manfred mirando hacia abajo con su cara grande, solemne y amable. Alguien tenía que hacer esa pregunta. Normalmente Manfred se encargaba de ello.

—Ah…, ya sabes…, igual. Conde, no estás tomando nada. Ponte una copa.

El Conde esperaba que su gesto de buena educación no pasara inadvertido.

Tim Reede, después de haberle traído la copa a Stanley, le dijo a Gertrude:

—No os quedarán algunas de esas galletas de queso en la cocina, ¿verdad? Me he pasado la hora del almuerzo pintando y me vendría bien un tentempié.

—Ah, claro, Tim, ve a la cocina y coge cualquier cosa.

—Supongo que Guy no quiere verme, no —dijo Manfred medio para sí mismo, disgustado.

La señora Mount empezó a preguntarle a Gertrude por la eficiencia de las enfermeras y por cuánto le costaban.

Stanley le preguntó cortésmente a Sylvia sobre cómo le iban a Paul los estudios.

—Ah, bien —dijo ella—. Creemos que los exámenes le saldrán muy bien.

—Eso es estupendo. Sabes que William ha entrado en Balliol, ¿no? Y Ned se está revelando como un genio de las matemáticas. Ha salido a Janet, claro.

—¿Y cómo está Rosalind? ¿Sigue loca por los ponis?

—Eso me temo, pero su interés por la música está ganando terreno. ¿Sabes? ¡Creo que esa niñita es la más lista del lote!

—Claro, que tú tocabas la flauta, ¿no, Stanley?

—Lo dejé. ¿Qué diría el tío Rudi?

Victor Schultz entró con una cara evidentemente seria. Le dio unas palmaditas en el hombro a Gertrude de manera profesional. Le sirvieron una copa. Tenía un talante jovial y, tras haberse deshecho de la guapísima famosa, había recuperado su frescura juvenil. Le tenía cariño a Guy, pero, cuando se hizo médico, firmó un pacto de supervivencia consigo mismo, que consistía en disfrutar con los demás, pero en apenarse con ellos solo lo justo. No tardó en sonreír.

La señora Mount dijo:

—Victor, acabo de hablar con Gertrude sobre las enfermeras. Quizá tú podrías aconsejarme. Un amigo mío tiene un padre muy anciano…
Stanley estaba diciendo que tenía que irse a la sesión de consultas, de verdad.

Sylvia se las había arreglado para acercarse a hurtadillas a Gertrude.

—Gertrude, querría saber si…

—Veronica, ¿quieres que te lleve? —dijo Manfred.

Gertrude le dijo a Stanley:

—Muchas gracias por venir. Dale besos a Janet. Coméntale lo preciosos que han quedado sus crisantemos.

Silvia dijo:

—Gertrude, quisiera saber si sería posible que viera a Guy.

Se produjo un momento de silencio y luego los invitados, incómodos, se pusieron otra vez a hablar entre sí.

Gertrude se ruborizó. A continuación, una mirada de tensión, casi de ira, le torció la cara, la boca y los ojos.

—Bueno, no. Está muy… No puede ver a nadie.

—Solo serían unos minutos. Quería preguntarle una cosa.

—No, lo siento. No puedes ver a Guy… Está… enfermo. No puede ver a la gente…, ya no… —Se puso las manos en los ojos como para contener las lágrimas.

—¡Maldita mujer! —le dijo Stanley a Manfred en la entrada—. ¿Es que no tiene tacto ni juicio? ¡Pobre Gertrude…!

—Solo necesito unos minutos con él —dijo Sylvia, también ella a punto de llorar.

—No…

—Tengo que irme —dijo Stanley.

—Creo que deberíamos irnos todos —dijo la señora Mount—. ¿Manfred?

—¿Quién tiene coche? —preguntó Gertrude—. Hace una noche horrible.

—Yo tengo, y Stanley también —dijo Manfred.

—Y yo —dijo Victor.

—¿Adónde va cada uno? Tú te vas con Manfred, ¿no, Veronica?

—Yo puedo llevar a Sylvia —dijo Stanley—. Date prisa, Sylvia. Te dejaré en el metro.

—Lo siento…, pero, por favor, entiende… —le dijo Gertrude a Sylvia.

—Yo llevaré al Conde —dijo Victor—. Me pilla de camino.

—Gracias a todos por venir… Sabéis que esto significa mucho… para los dos…

—¿Y Tim? ¿Dónde está Tim? Tú también puedes ir con Stanley. Sí, ¿no?

Después de que Stanley los mandara callar, entraron en la sala y fueron de puntillas a por sus abrigos. Olía a lana húmeda: la nieve derretida había dejado una mancha oscura en la moqueta. La señora Mount se sentó a ponerse las botas. Salieron en fila por la puerta principal uno a uno. Stanley y la señora Mount le dieron un beso a Gertrude.

El salón se quedó vacío. Gertrude entró y cerró la puerta. Fue a descorrer un poco las cortinas de una de las ventanas. Todavía estaba nevando. Oyó debajo el barullo de las voces de sus invitados mientras se iban metiendo en los tres coches. Al Conde le habría gustado quedarse más tiempo que los demás para hablar con Gertrude a solas, pero temía disgustarla o atraer la atención sobre sí mismo. El Conde llevaba años enamorado de Gertrude. Por supuesto, no lo sabía nadie.

Accedió a salir apresuradamente y meterse en el coche de Victor, pero al momento puso una excusa y le pidió que parara para bajarse. Quería ir solo a casa, caminando por la nieve. Le compró castañas asadas a un vendedor ambulante. El puesto, con sus brasas incandescentes, parecía el altar de un diosecillo. La nieve seguía cayendo, pero con más lentitud.
Las aceras estaban blancas, las carreteras eran morrenas revueltas de nieve oscura y fango por donde los coches, silbando, pasaban con precaución. Guy tenía razón al decir que el mundo sonaba diferente. No hacía viento y los grandes copos caían solemnemente, intencionadamente, como si los acabara de soltar una enorme mano situada justo encima de la luz de las farolas de la calle. Las verjas y las ramas doblegadas de los arbustos de los jardines estaban colmadas de relucientes estructuras cristalinas. El Conde llevaba puesto un gorro de lana del que Gertrude solía reírse. Se ajustó la bufanda y se subió el cuello del abrigo y, en cuanto se puso a dar zancadas con sus largas piernas, entró en calor.

El Conde vivía en un anodino bloque de pisos en tierra de nadie entre King’s Road y Fulham Road; no quedaba muy lejos a pie. Se había comido algunas castañas por el camino y se había guardado con cuidado las cáscaras tostadas en el bolsillo. Subió en el ascensor y recorrió un pasillo, dejando atrás muchas puertas silenciosas, hasta llegar a su piso. Tenía un trato cordial con sus vecinos, pero los conocía muy poco. Entró en la casa y encendió la luz. La cara se le puso colorada con el cambio de temperatura. Su piso constaba de dos dormitorios pequeños y una sala de estar que habría resultado agradable si no fuera porque el Conde no tenía sentido del mundo visual ni la obligación social de mostrar «buen gusto». Muy raramente recibía invitados. Unas estanterías metálicas verde oscuro cubrían las cuatro paredes. En la tercera pared, sobre un aparador brillante y moderno, había un grabado de Varsovia. El Conde tenía muy pocos recuerdos de la casa de su niñez, y ninguno de ellos a la vista. Conservaba una foto borrosa en sepia de sus padres recién casados: dos caras jóvenes, casi de niños, mirando fijamente a la cámara. También tenía una bandera de Polonia, quizá aquella que constituía su primer recuerdo. La guardaba enrollada en el fondo de un cajón. Algunas veces la tocaba con las manos al buscar cualquier cosa. También había habido más objetos de Polonia que su madre, cuando estuvo enferma por última vez, le había regalado a una señora polaca que solía ir a visitarla. No pensó que su hijo pudiera querer «aquellos trastos viejos». El Conde recordaba eso con vergüenza.

Encendió la radio. Odiaba la televisión. Vivía en un mundo radiofónico. Lo escuchaba todo: noticias, charlas, radionovelas (especialmente de intriga), debates políticos, debates filosóficos, programas de naturaleza, los Proms de la BBC, conciertos sinfónicos, ópera, Los Archer, La Hora de la Mujer, Las Cien Mejores Canciones, Discos para una Isla Desierta, En tu granja, ¿Alguna pregunta?, ¿Alguna respuesta? En ciertas épocas del año, los números semanales de la Radio Times, con sus regulares cambios, parecían ser la representación más evidente del movimiento del reloj de su vida. Manfred se había burlado de él diciendo que detestaba la música. Eso no era verdad. Nunca se le habría ocurrido ir a una sala de conciertos (habían dejado de ofrecerle entradas); pero le encantaba la música, aunque no tuviera mucha idea de lo que era (Gerald se había visto obligado a hacerle notar que las campanas de la iglesia sonaban de manera variada, no en una simple escala continua). Aun siendo un ignorante, cuando escuchaba música, se quedaba maravillado, como Calibán. La terrible y lenta ternura de cierta música clásica le recordaba al fluir de su propia conciencia. Tenía también sus compositores favoritos: le gustaban Mozart, Beethoven y Bruckner. También se le metió en la cabeza que le gustaba Delius porque su música sonaba inglesa. (En una ocasión, fue lo bastante imprudente como para decírselo a Guy, quien le preguntó irónicamente qué demonios quería decir. No supo explicarlo, pero de todas formas siguió pensando lo mismo.) Le gustaban también las canciones, las inolvidables y conmovedoras, como «The Road to Mandalay», y las sentimentales que lo hacían llorar, como «Oh That We Two Were Maying». Por supuesto, a menudo leía mientras la radio sonaba de fondo; leía a su amado Proust, a Tucídides, a Condorcet, a Gibbon, a Saint-Simon y las Confesiones de Rousseau. No leía mucha poesía, pero seguía sintiendo devoción por Horacio desde los días del «miles puellam amat» (ese era un gusto que compartía con Guy). También le agradaban algunos novelistas (a Proust casi no lo consideraba novelista, ya que era más parecido a leer memorias): Balzac, Turguénev, Stendhal. Tenía una secreta debilidad por Trollope y le gustaba Guerra y paz. A intervalos leía obsesivamente a Conrad, buscando algún detalle polaco que siempre se le escapaba. (Su padre odiaba a Conrad, al que consideraba un frívolo renegado.) Así pasaba la mayor parte de las noches, hasta que los últimos avisos de tormenta lo mandaban a la cama. Entonces pensaba en la isla en la que vivía. Pensaba en el inmenso mar oscuro. Pensaba en los hombres de cualquier parte que estaban solos escuchando esos avisos, solitarios operadores de radio en barcos zarandeados por las olas, granjeros sentados con sus perros en las cocinas de las tormentosas ciénagas. «¡Atención, navegantes! Esto es un aviso de tormenta. Clyde, Humber, Támesis, vendaval sureste fuerza nueve, incrementándose a fuerza diez, inminente. Inminente, inminente. Vizcaya, Trafalgar, Finisterre. Cromarty, las Feroe, isla Fair. Solway, Tyne, Dogger. Inminente.»

Hay un abismo entre aquellos que pueden dormir y los que no. Es una de las grandes diferencias que dividen a la raza humana. Dormir suponía un gran problema para el Conde. Era bastante capaz de estar contento, pero nunca lo abandonaba la posibilidad de una tremenda infelicidad. A diferencia de Gerald Pavitt, no le temía de veras a la locura, pero sabía que, si no se cuidaba, podía hundirse en el pozo de una profunda depresión. Por ello les tenía muchísimo miedo al insomnio y a los terrores nocturnos. Prefería la oscuridad del sueño sepulcral, incluso el desasosiego de las pesadillas; cualquier cosa antes que una conciencia activa ociosa. Por temor a la adicción, no estaba dispuesto a tomar pastillas. Balintoy le había recomendado un método para dormir que él adoptaba a veces, aunque podía resultar un arma de doble filo: el Conde se imaginaba en una carretera, o en un jardín, o dentro de una casa grande; y entonces empezaba a moverse (no era exactamente como andar) a lo largo de la carretera, hasta la vuelta de la esquina, a través del jardín hacia una puerta que daba a otro jardín, por un sendero de hierba hasta unos árboles, entre los árboles, a través de un prado; de habitación en habitación, por un pasillo, escaleras arriba, a lo largo de una galería…, y así hasta quedarse dormido. Pero ¿qué estaba pasando? Las habitaciones se habían ido quedando a oscuras, se encontraban llenas de gente asustada, las paredes retemblaban con fuego de artillería, no había puertas, solo boquetes en las paredes resquebrajadas por la dinamita, a través de los cuales escapaban los fugitivos de casa en casa, de calle en calle… hasta que entonces la noche se ilumina con el impacto de los proyectiles, un salto en la oscuridad hacia los ladrillos y escombros, una ancha avenida barrida por las balas que hay que cruzar, ningún lugar adonde ir, sin comida, sin agua, el enemigo más y más cerca… Aunque a veces soñaba con escenas más tranquilas: Varsovia vacía, muy hermosa, reconstruida o nunca atacada, una ciudad mágica, una ciudad de palacios, siniestra. La veía como el escenario del destino, quizá de un fatal destino: el monumento columnado en memoria de la guerra, la tumba donde el fuego arde eternamente, los centinelas firmes día y noche, el resonante desfile a paso de ganso de los guardias en el relevo. El Conde está de pie en la oscuridad, lanza una tímida mirada a las caras inexpresivas de los soldados, ojea sobre las columnas la lista de las honras militares polacas: Madrid, Guadalajara, Ebro. Westerplate, Kutno, Tomaszov. Narvik, Tobruk, Monte Cassino, Arnhem. Bitwa o Anglie. Lenino, Varsovia, Gdansk. Rothenburg, Drezno, Berlín. O está de vuelta en Londres, junto a la columna coronada por el águila en Northolt, recordando a los aviadores polacos que murieron por Polonia (¿que murieron por Inglaterra?), el escuadrón Kościusko 303 de su padre, el mejor entre todas las fuerzas aéreas polacas. La ciudad de Leópolis, la ciudad de Cracovia, la ciudad de Varsovia. La batalla de Inglaterra, la batalla del Atlántico, Dieppe, el Desierto Occidental, Italia, Francia, Bélgica, Holanda y Alemania. Su padre y su hermano se están poniendo los cascos y los paracaídas, y están subiendo a bordo de sus Spitfires. Y el Conde quiere ir con ellos, solo que hay columnas y más columnas, columnas rotas, columnas hechas añicos en una ciudad en ruinas; y en cada una de ellas hay una lista de batallas, nobles batallas, nobles derrotas; y ahora ve cómo se pierde en la distancia no el pasado, sino el futuro…

El Conde estaba acostumbrado a las pesadillas. Él se las buscaba y le dejaban poca huella. Eran los horrores de la vigilia los que lo dejaban agotado y asustado. Se sentía como si en tales ocasiones, mientras se hallaba acostado en la estrecha cama de su pequeño dormitorio y miraba al techo en penumbra, el espíritu de su padre viniera y se pusiera de pie a su lado, ansioso de mantener la discusión en la que el Conde, cuando sus padres aún vivían, había estado tan poco dispuesto a entrar. ¿Cuál fue el error? Vivían en un país de ensueño. Debió habérsele cedido a Stalin la zona oriental de Polonia mientras todavía quedaba algo que ceder. Pensaron que las tropas occidentales alcanzarían Varsovia primero. El padre del Conde había descrito muchas veces el momento en que se dio cuenta de que los rusos iban a llegar antes. ¡Así que ahora ellos tenían que expulsar a los alemanes y después resistir a los rusos! ¿Estaban locos? ¿Qué sentido tenía, en cualquier caso, el Alzamiento de Varsovia? ¿«Despertar la conciencia del mundo»? ¿Proclamar la independencia de Polonia al apoderarse de Varsovia antes de que llegaran los rusos? ¡Fue un justo castigo! Ellos querían su lucha y los rusos se la permitieron. ¿Por qué no esperaron hasta que el Ejército Rojo estuviera bombardeando la ciudad? Accidentes, accidentes, errores, errores. Años de agonizante diplomacia que desconcertaron a los hombres de Londres; años de organización clandestina y terror angustioso que desgastaron a los hombres de Varsovia. Aquellas horas cruciales invertidas en descifrar mensajes; las vanas esperanzas de la diplomacia de Moscú, de la ayuda angloamericana, del hundimiento alemán; dos hombres que llegaron tarde a una reunión; un informe falso de la inteligencia. El deseo, deseo, deseo de un ansiado final, la coronación de tanta intriga y sufrimiento. La incapacidad de esperar. Luego el desastre, una humillación peor que cualquier otra con la que pudieran haber soñado en sus más feroces pesadillas. El Conde no podía pensar en nada semejante en la historia exceptuando la expedición a Sicilia (la comparación era de su padre). Resultaba extraño el hecho de que su padre nunca le hubiera hablado del levantamiento del gueto de Varsovia en 1943, cuando los judíos de la ciudad se alzaron alentados por una rabia inspirada, valiente y desesperada contra sus torturadores. Lucharon sin esperanzas ni cálculos, como ratas en una trampa, y forzaron a sus enemigos a romperlos en pedazos. Como ratas en una trampa. Otras ratas en otras trampas no habían luchado. El silencio de su padre no era antisemitismo: era envidia. Envidiaba la absoluta simplicidad de aquella lucha, la pureza de su heroísmo. No cabía dudar dónde había ondeado sin desdoro la bandera de Polonia en aquellos días de 1943.

Pero ¿por qué el Ejército Rojo no cruzó el Vístula? El Conde, insomne, continuaba así la discusión con su padre. ¿Estaban de verdad los rusos esperando cínicamente a que los alemanes destruyeran a sus potenciales enemigos, la flor y nata, la élite de una Polonia apasionadamente independiente? Cuando el Ejército Rojo entró en Varsovia, la ciudad estaba vacía. De hecho, casi ni estaba allí: las ruinas quedaban a ras de suelo. No había señal de presencia humana, salvo por los cientos y cientos de recientes tumbas hechas deprisa y corriendo. Su padre había sido injusto con los rusos: sus líneas de comunicación se estaban extendiendo tanto que se rompieron. «Fue un accidente bélico», pensaba a veces el Conde mientras daba vueltas en la cama insomne. (¿Por qué no había marchado Aníbal contra Roma? Por la misma razón.) Su padre había sido injusto con Gomułka: aquellos hombres eran patriotas que habían intentado, que todavía intentaban, construir «una vía polaca al socialismo». ¿Qué otra cosa podían hacer sino unirse al incierto juego de evitar que los tanques rusos volvieran a entrar en Varsovia? La Iglesia todavía existía, una prueba muy valiosa de que aún quedaba libertad. ¿Debería haber vuelto su padre a casa? ¿Qué quería decir ese «debería» y ese «casa»? El eterno «lo que debería haber pasado» del ser humano cuando se enfrenta a la moralidad, al azar y a la eterna crueldad de los acontecimientos. Pero entonces el Conde volvía al horror de todo aquello. ¿De qué sirvió el sufrimiento de los virtuosos, la muerte de los valerosos? ¿Había sido alguna vez algún país tan maliciosamente condenado a la destrucción por parte de sus vecinos? Los ingleses habían arruinado a Irlanda, pero por casualidad, sin pensarlo; en tanto que la Historia, igual que Bismarck, parecía empeñada en «arrancar a Polonia de raíz».

El Conde (así lo sentía) no se hacía ilusiones con el estado actual de su país; no era optimista respecto a lo que, como resultaba evidente, constituía una mala situación. Con el miedo a Rusia había que vivir. Pero la vida bajo el comunismo era otro mundo en el que los problemas morales se presentaban de una manera especial. Todos los Estados tienen un trasfondo que es parcialmente malvado; pero en la Polonia comunista el mal era evidente, más fuerte que en otros casos. Veía que la corrupción, el corazón endurecido, la crueldad burocrática no se le podían achacar sin más a la Historia o a Rusia. Constantemente se esforzaba en saber quién estaba en prisión y por qué, a quién habían atrapado, a quién acosaban, a quién silenciaban. No habría soportado vivir en Polonia. Pero no podía evitar creer (quizá eso fuera sentimentalismo) que su país, a pesar de todo, tenía asignado un destino espiritual, que su nación estaba poseída de una inagotable ansia de libertad y de un espíritu propio. Había una antigua entidad, única e indestructible, sobre la que la bandera roja y blanca todavía podía ondear con orgullo. (A veces parecía que eran las poderosas manos de la Iglesia católica las que sostenían esa orgullosa bandera.) Y él, en su mente, relacionaba esa simbólica Polonia ideal con los sufrimientos de toda persona oprimida, viniera de donde viniera, con los tenaces disidentes que se negaban a transigir con la tiranía, con los que escribían panfletos y hacían discursos y llevaban carteles hasta que los metían en prisión o en campos de trabajo, donde, después de su breve y aparentemente inútil lucha por la libertad y la virtud, se iban pudriendo en silencio en una lenta muerte anónima.

El Conde fue a la cocina y puso a hervir unas patatas. Le gustaban las patatas. Abrió una lata de jamón, y, cuando las patatas estaban casi listas, se preparó un poco de sopa de sobre. En la mesa del cuarto de estar se tomó la sopa en una taza, se comió el jamón con patatas y terminó con un trozo de bizcocho de jengibre. Bebió un poco de vino tinto mezclado con agua. Leyó un poco más de Federico el Grande de Carlyle. El matadero de la historia, concebida por la pluma de Carlyle, era digno de reflexión. «La guerra había terminado. Federico el Grande se encontraba a salvo. Su gloria estaba fuera del alcance de la envidia. Si bien no había llevado a cabo conquistas tan extensas como las de Alejandro, César y Napoleón, si bien en el campo de batalla no había logrado el incesante éxito de Marlborough y Wellington, Federico había dado un ejemplo sin parangón en la historia de lo que la aptitud y la resolución pueden lograr contra la enorme superioridad del poder y el sumo ensañamiento de la fortuna. Entró triunfante en Berlín…» La radio estaba contándole al Conde lo que pasaba en Camboya. Luego le habló del ciclo vital de la mosca del vinagre. A continuación, emitieron un programa de música renacentista. Después retransmitieron una sesión política del Partido Laborista sobre las relaciones raciales. El Conde incluso conocía al tipo que estaba hablando, un parlamentario, amigo de Stanley Openshaw. A continuación, pusieron un programa de humor, después las noticias. El Conde, según parecía, era capaz de escuchar la radio y leer a Carlyle a la vez. Y era también capaz de hacer todo eso mientras se pasaba la noche entera pensando en Gertrude.

Guy y Gertrude, entre ambos, habían obrado una especie de milagro con el Conde al acogerlo en su «grupo». La propia magnitud de su generosidad hacía que ese prodigio pareciera menos importante, menos necesitado de definición. ¿Qué resultaba más natural que dar la bienvenida, incluso mimar un poco, a aquel descubrimiento de Guy, a su «fenómeno»? Al principio, el Conde no se había preguntado (y ellos quizá nunca se lo habían planteado) cómo lo veían: un hombre silencioso sin país y sin lengua, un hombre tímido y raro al que había que animar a hablar, un hombre alto y de piel pálida cuyo pelo podía ser rubio o blanco, cosa que nadie tenía interés en determinar. «¿De dónde se sacó Guy a nuestro Conde?» «¿Qué diablos hacía antes de que lo descubriéramos?» Esas podrían ser las preguntas de rigor. Se mostraban extraordinariamente amables con él, pero, desde luego, no le prestaban mucha atención, y tampoco lo tomaban muy en cuenta. ¡Puede que incluso lo consideraran un hombre tranquilo, un hombre sosegado! Lo habían sacado de la insignificancia, de una agobiante soledad, y todavía seguía siendo una sombra en sus vidas, un fantasma flotante. Sin embargo, todas esas cosas, que últimamente el Conde se repetía muy a menudo, resultaban injustas: Gertrude y Guy eran los típicos ingleses poco efusivos, pero también eran lo bastante poco convencionales como para tomarse la amistad muy en serio. Si lo invitaban a su casa con frecuencia, se debía a que querían verlo con frecuencia.

El Conde era perfectamente consciente de la diferencia crucial que hay entre querer a alguien y estar enamorado. Quería a Guy y a Gertrude por gratitud, por admiración, por el sorprendente placer que le brindaba su compañía, tan rápida y fácilmente otorgada. Tenía ahora una casa que visitar, un lugar acogedor y muy valioso; gente a la que ver con regularidad, que tenían trato los unos con los otros y que lo habían integrado en su grupo con gran predisposición, casi de manera natural. Entonces, de repente, la absoluta maravilla de Gertrude se le había revelado en un resplandor deslumbrante y transfigurador. Ella era absolutamente preciada, absolutamente necesaria. Hasta entonces su vida había tenido un significado polaco, pero no un sentido. Ahora Gertrude se había convertido en el sentido de su vida, en su núcleo secreto. Su alma empobrecida se volvía hacia esa repentina fuente radiante con enmudecido asombro. El Conde había cambiado, cada partícula de su ser estaba cargada de emoción magnetizada. Su carne resplandecía, su cuerpo despertaba de un aburrido letargo y se estremecía. Su amor dotaba a su vida, cada día, cada segundo, de un emocionante objetivo. Era una actividad feliz, un poco alocada, profunda e intrínsecamente dolorosa, y, sin embargo, también constante, invulnerable y eterna, tal como debe serlo la felicidad. La situación era imposible, pero al mismo tiempo también absolutamente segura: la imposibilidad y la seguridad y el secreto eran una y la misma cosa. Podía ver a Gertrude a menudo, con facilidad, en compañía. Ni siquiera deseaba estar a solas con ella. Y, cuando por casualidad, si había llegado temprano o se había quedado hasta tarde, permanecían un rato a solas, era como si no estuvieran solos. Podía ver a Gertrude a menudo, podía seguir viéndola a menudo: eran muy buenos amigos, y estaban estrechamente vinculados para siempre; y, sin embargo, la barrera entre ambos era tan absoluta como si él fuera su criado. Y, desde luego, se veía destinado, con un dolor gozoso y melancólico, a ser su criado eternamente. Además, la imposible seguridad del Conde también se relacionaba con el hecho de que le resultaba inconcebible estar celoso de Guy. No sentía ni una pizca de celos, ni siquiera envidia, pues, para él, el concepto general del matrimonio de Gertrude quedaba muy por encima de sí mismo. En un sentido curioso y valioso, constituía un misterio remoto que a él no le concernía. Reverenciaba a Guy en cuanto que consorte de Gertrude y seguía queriéndolo y admirándolo por sí mismo. Tener a Guy como jefe de oficina había transformado su trabajo, su día a día. Guy, tan inteligente, tan cordial, tan extravagante, había conmovido y agitado algo en el Conde, algo que se estaba mustiando, volviéndose egoísta y envejeciendo. Y, cuando el Conde dejó de temer que su inteligente amigo pudiera, de pronto, abandonarlo, Guy se convirtió en una fortaleza. Esa fortaleza resistía, convertida ahora en una parte inextricable de la absoluta seguridad secreta de su amor por la esposa de Guy.

El Conde siempre había sabido que no era un caballero voluntario en el ejército de la ley moral. Si alguna vez se había reclutado a alguien a la fuerza, era a él. Le tenía un miedo terrible a la deshonra, a la pérdida del honor, a la pérdida de la integridad. En su mente permanecía en posición de firmes tan inmóvil y tan inexpresivo como los centinelas en la Tumba del Soldado Desconocido en Varsovia. La verdad es que no tenía posibilidad de cometer ningún error, ya que la situación lo mantenía sujeto en un férreo bloqueo que lo beneficiaba. A veces se imaginaba cómo algún día podría defender a Gertrude de un ataque, rescatarla de algún peligro, dormir echado a su puerta como un perro, morir por ella. Sentía que, de alguna manera, Gertrude habría de estar allí «en la hora de su muerte», cuando se apartara de ella mansamente, con su secreto intacto. En aquellos destellos, que eran demasiado fugaces y palpables como para ser imágenes, había imaginado alguna vez un roce, un abrazo, un beso. Pero esos no eran más que los lapsos involuntarios de un hombre pendiente de su amada en la totalidad de su cuerpo, un cuerpo entregado y expectante. Nunca se permitía una fantasía prolongada: habría sido un error, y también habría sido un tormento. Sabía de qué manera lo acechaba la locura. La razón y el deber le ordenaban desistir. Así había vivido el Conde, feliz en la inquebrantable seguridad del matrimonio de Gertrude. Era una casa que probablemente se mantendría en pie para siempre.

Pero ahora su vida estaba a punto de cambiar por completo. Sentía pena, terror y una esperanza aún más espantosa. Trataba de desterrar esa esperanza, de desterrar el deseo que engendra la ilusión que engendra la esperanza, del mismo modo en que el deseo largamente alimentado de liberar Varsovia había nutrido las ilusorias esperanzas de aquellos que lucharon y murieron en la ciudad en ruinas. No debía pensar en… nada que pudiera querer tener…, como si de alguna manera fuera… una posibilidad. Más bien debía considerarlo algo remoto, borroso, perdido. Pensaba: «Mi felicidad fue un descuido, un error cometido por el destino, y ahora se ha terminado. Detrás de casi todas las desgracias hay una tara moral. Soy como Polonia: mi historia es y debería ser un desastre. Soy culpable porque mi padre huyó, porque mi hermano murió, porque mi madre se consumió en una celda de soledad. Ya no puedo esperar nada, salvo ser devuelto a la gris soledad de la que provengo. ¡Ay, cómo he vivido de ilusiones y me he alimentado de sueños! Y por lo menos pensaba que mi secreto era inofensivo, para los demás por supuesto, pero también para mí. Guy, todo dependía de Guy; y pronto Guy se habrá marchado y mi mundo no será más que un planeta muerto». Sin Guy no había manera de que pudiera estar cerca de Gertrude y seguro, cerca de Gertrude y feliz, cerca de ella para siempre. No había manera…, salvo una única manera…, y en cuanto a eso…

Ahora intentaba pensar en Guy, llorar por Guy: Guy acostado en la cama con la cara demacrada y envejecida, sumido en aquellos pensamientos suyos que nadie sería capaz de imaginar, leyendo la Odisea. Guy se había referido a sí mismo como Odiseo. Pero esta era una historia diferente: Odiseo se disponía a embarcar para su último viaje y no volvería a su casa ni a su hogar. Y Penélope… De repente, el Conde lo vio claro: ¡Penélope y los pretendientes! El asedio al que los pretendientes sometieron a Penélope; pero sin que ningún amo y señor jamás volviera ya para reclamarla como su verdadera esposa. Ella estaba destinada a ser la presa de hombres inferiores. Y todos ellos estaban allí… ya… alrededor de ella… El Conde apagó la radio y hundió la cara entre las manos.

Mientras el Conde escuchaba el programa de música del Renacimiento en la radio, Gertrude ya había cenado (sopa y queso) y le había dado las buenas noches a Guy. La enfermera de noche leía sentada en su dormitorio, que estaba pegado a la habitación de Guy. Gertrude no podía leer. No había libro que pudiera servirle ahora. Caminaba de un lado a otro. Se le ocurrió que podría fumar, pero no había ningún cigarrillo en la casa. (Victor los había convencido a casi todos ellos de que lo dejaran.) Arregló los crisantemos del jarrón verde. Miró por la ventana. Había dejado de nevar. Lo lamentaba: prefería que hiciera mal tiempo. Deseaba tempestades, montañas de nieve. Deseaba vientos rugientes e inundaciones, un huracán que destruyera la casa con ella y con Guy dentro. Deseaba que la muerte de él fuera también su muerte. «¿Cómo puedo soportar tanta tristeza —pensó— sin morir de ello?» Se miró el reloj. Todavía era demasiado temprano, peligrosamente temprano, para irse a la cama.

Sonó el teléfono.

Había silenciado el teléfono de modo que solo produjera un ligero zumbido. Les había pedido a sus amigos que no llamaran por la noche. ¿Quién podía estar llamando a las diez? Descolgó el auricular y pronunció el número de aquella manera tan formal en que Guy le insistía que lo hiciera.

—Hola. ¿Gertrude?
—Sí.

—Soy Anne.

—¿Cómo? —dijo Gertrude sin entender.

—Soy Anne. Ya sabes: Anne Cavidge.

Gertrude intentó encajar aquella información tan sorprendente. Se quedó completamente desconcertada, atónita.

—¿Anne?

—¡Sí!

—Pero… pero si no te dejan llamar por teléfono.

Sonó una risa al otro lado.

—La verdad es que estoy en una cabina telefónica cerca de la estación Victoria.

—Anne, no puedes ser tú. ¿Qué ha pasado?

—Lo he dejado.

—¿Quieres decir que lo has dejado…, dejado definitivamente…?

—Sí.

Anne, miembro de una orden de clausura, había vivido encerrada en un convento durante quince años.

—¿Quieres decir que has dejado la Iglesia, que has dejado la orden, que has vuelto al mundo?

—Algo así.

—¿Qué quieres decir con «algo así»?

—Mira, Gertrude, siento mucho llamarte…

—Anne, pero ¿qué estoy diciendo? Vente ahora mismo. ¿Tienes dinero? ¿Puedes coger un taxi?

—Sí, sí, pero tengo que explicártelo: traté de hacer una reserva en un hotel, pero me dijeron que estaba lleno, y lo intenté en unos cuantos más y…

—¡Que te vengas!

—Bien. De acuerdo. Gracias. Pero no recuerdo el número de la calle.

Gertrude le dijo el número, colgó el teléfono y se llevó las manos a la cabeza. No había contado con una sorpresa de esa clase y no estaba segura de si le agradaba o no. La inteligente Anne Cavidge, su mejor amiga de Cambridge, los había conmocionado a todos al hacerse católica, después de una serie de tormentosos líos amorosos. Se había convertido cuando aún estaban en el Newnham College, ante los horrorizados ojos de Gertrude. Y después, para colmo, se había metido a monja casi inmediatamente. Gertrude se enfrentó a ella, y también lloró por ella. Anne había desaparecido: su Anne ya no existía. Uno no puede comunicarse con una monja. En aquella atmósfera extraña y enrarecida que por entonces las separaba, la amistad no podía mantenerse viva. Anne se había convertido en la Madre no sé qué. Gertrude le escribía de vez en cuando, cada vez con menos frecuencia, insistiendo en dirigir las cartas a la señorita Anne Cavidge. Y siempre recibía como respuesta mensajes breves y asépticos, escritos con la letra familiar de Anne, pero carentes de toda caracterización personal. Llevada por una terrible curiosidad, fue a visitarla en dos ocasiones y habló con ella a través de una celosía (¡la hermosa e inteligente Anne Cavidge vestida de monja!).
Anne se mostró alegre, habladora, feliz de verla. Gertrude se quedó conmocionada, consternada. Cuando salió, fue a sentarse en un pub, se estremeció y pensó: «¡Gracias a Dios que no estoy en esa prisión!». Después bromeó al respecto con Guy, que nunca había llegado a conocer a Anne.

Ahora Gertrude pensaba: «Ay, si las cosas fueran diferentes, si tan solo fueran diferentes, ¡qué contenta estaría de ver a Anne, de recuperar a Anne, de presentársela a Guy! ¡Qué feliz sería! Supondría una especie de triunfo, una especie de renacer, el regreso de Anne de entre los muertos».

También pensó: «Tengo que abrir la puerta de la calle: puede que no encuentre el timbre correcto, y no debe molestar a Guy». Salió de la vivienda y bajó a abrir la puerta principal de la casa, normalmente cerrada a esa hora. Ebury Street, ahora tranquila, estaba iluminada por la luz de las farolas. La nieve recién caída había cubierto las huellas de la acera. El aire frío le hirió a Gertrude la cara y las manos, y le cortó la respiración.

Un taxi se detuvo, salió una mujer y le pagó al conductor. Dejaron dos maletas en la acera. Gertrude bajó los escalones. Sus zapatillas se hundieron en la nieve.

—Anda, deja que te coja esta maleta.

Anne la siguió hasta el interior de la casa. En el recibidor, Gertrude le dijo:

—No hagas ruido: Guy está dormido.

Subieron las escaleras y entraron en el piso. Anne vio a la enfermera de noche, que había salido de su habitación y la estaba mirando con curiosidad. Anne y la enfermera de noche se saludaron con una inclinación de cabeza. Anne siguió a Gertrude hasta el salón. La puerta se cerró. Las dos mujeres se miraron.

—Ay, Anne…

Anne se quitó el abrigo dejando a la vista un vestido de lana, a cuadros azules y blancos. Estaba delgada, tenía la piel pálida y era más alta que Gertrude. También ella parecía más vieja ahora. Su pelo, rubio en sus años de estudiante, había perdido color. Todavía era más rubio que gris y lo tenía pegado a la cabeza. Sostuvo el abrigo un momento, luego lo dejó caer al suelo.

—Siempre te he querido preguntar —dijo Gertrude— si tenías la cabeza afeitada debajo de aquella toca tan horrible.

—No, no, solo llevaba el pelo muy corto. Querida, siento muchísimo aparecer así, tan tarde…

—Anda, calla —dijo Gertrude. Tomó a Anne y la rodeó con sus brazos en silencio. Ambas cerraron los ojos y se quedaron abrazadas, quietas en medio de la habitación.

—Verás —dijo Anne separándose—. No quería…

—Tienes los pies empapados.

—Y tú. No quería molestarte… Y además has tenido que cargar con la maleta de los libros…

—¿Quieres decir que habías escapado y no me lo ibas a decir?

—Bueno, «escapado» no es exactamente la palabra, y por supuesto que te lo iba a decir, pero no quería abusar de tu hospitalidad. Verás: he venido en tren y ese hotel…

—Sí, sí, sí…

—No he encontrado ningún sitio adonde ir y, como tú estabas tan cerca, se me ha ocurrido…

—Ay, querida, querida, mi querida Anne. Bienvenida de nuevo —dijo Gertrude.

Anne se rio con una risita un poco entrecortada y le tocó la mejilla a Gertrude. Después se sentó.

—Anne, debes de estar cansada. ¿Quieres beber algo? ¿Bebes ahora? ¿Y comer algo? ¿Has comido? ¡Ay, me alegro tanto de verte!

—No voy a beber nada. Tómate tú algo. Tampoco voy a comer, creo. No puedo.

—Pero ¿acabas de salir ahora mismo? Es decir…, ¿saliste ayer o algo así?

—No, he ido haciéndolo poco a poco. Pasé un par de semanas en la hospedería del convento. ¡Ay, era tan extraño! Me dediqué a pasear por el campo. Después me quedé unas semanas en el pueblo. Estuve trabajando en la oficina de correos… Y ahora acabo de llegar a Londres.

—Anda, pero tranquilízame: has salido definitivamente de ese horrible campo de trabajo, no vas a volver, ¿cierto? Y has acabado de verdad con todo eso, con todo el asunto, ¿no?

—He dejado la orden, sí.

—Pero ¿y con Dios? Dime que has terminado con Dios.

—Bueno, eso es otra historia, y bien larga…

—Tienes que estar muy cansada. Voy a arreglarte la habitación…

—¿Quién era esa, la mujer de fuera?

—Ah, esa… esa es la enfermera de noche.

—¿La enfermera?

—Guy está enfermo… Muy enfermo…

—Lo siento muchísimo…

—Anne, se está muriendo, se está muriendo de cáncer. Se habrá muerto antes de Navidad…

Gertrude se sentó y no trató de contener el repentino e impetuoso mar de lágrimas que afloró a sus ojos, y que le empapó la parte delantera del vestido. Anne se levantó y se sentó en el suelo junto a ella. Le tomó las manos y se las besó.

A la mañana siguiente, la enfermera de noche se marchó, y la enfermera de día empezó a reinar en su lugar. La enfermera de día era una mujer mayor, soltera, arrugada, reseca, pero amable, siempre con una ligera sonrisa muy profesional en los labios. Era una buena enfermera, una de esas personas entregadas, a quienes resulta difícil atribuirles una vida privada, ambiciones personales o sueños fascinantes. Se mostraba callada, poco habladora, y sus movimientos tenían una especie de hábil rapidez animal. A Guy ya lo habían levantado; también le habían llevado el desayuno y ahora, tras haber terminado de comer, el enfermo estaba sentado en la silla junto a su cama, en bata. La enfermera de día lo afeitaba. Él no dejaba de decir que, llegados a este punto, no valía la pena que lo siguieran afeitando, la verdad, pero no era capaz de dar el paso de ponerle fin, y Gertrude no podía hacerlo por él. Gertrude le había hablado de la llegada de Anne, y Guy se había interesado un poco por ello. Incluso había mostrado una emoción que aparentemente ya había desaparecido de su vida: sorpresa.

En ese momento Anne y Gertrude estaban sentadas en el salón. Fuera, el sol brillaba sobre la nieve que se derretía, alisándola, amarilleándola y haciéndola relucir y resplandecer sobre los tejados, poco definidos, y los cuadrados jardines aún sin pisadas. Una extraña luz mística reinaba en Londres.

—¡Qué piso tan bonito!

—Es extraño que nunca antes hayas estado aquí…

—¡Qué cantidad de cosas tienes!

—¿Me estás riñendo?

—¡Claro que no! Es solo que estoy algo así como poco acostumbrada a las cosas. Me refiero a los adornos y…

—¿No estaba tu capilla llena de monstruosas madonas?

—Aquello no era… Gertrude, siento haberme presentado aquí tan de repente…

—Ya me has dicho eso dieciséis veces. ¿A qué otro sitio habrías ido, si no a esta casa? Sin embargo, ¿por qué no me escribiste antes y me dijiste que ibas a dejarlo?

—No habría sido capaz de explicártelo: no habría sabido expresarlo por escrito. Todo era tan extraño… Y estaba como bloqueada.

—Bueno, pues tendrás que explicármelo ahora, ¿no? Anoche no hablamos casi nada.

—Tengo que salir pronto y encontrar un hotel…

—¿Un qué? ¡Pero si te vas a quedar aquí!

—Pero, Gertrude, no puedo, no debo…

—¿Por Guy? Precisamente por eso debes quedarte; bueno, querría que te quedaras de todas maneras. Ay, Dios…, Anne, has venido. No te puedes ir. Es importante… Entiéndeme…

—Vale. Pero… Sí, me quedaré…, pero solo si puedo ser útil…

—¡Útil!

—Tengo planes… Me voy a marchar a los Estados Unidos… Pero, bueno, todo puede esperar…

—Tú no te vas marchar a los Estados Unidos… Tienes tanto que contarme… Y solo mirarte es, ¡ay!, maravilloso, como una especie de milagro.

—Ya lo sé. Yo siento lo mismo. Estoy tan contenta de haber tenido el acierto de llamarte…

—¡Qué guapa estás! Pero ese vestido no es apropiado.

—Lo compré en el pueblo.

—¡Eso parece! Te echaré una mano con la ropa. Se te ha olvidado cómo vestir. Aunque nunca fuiste muy buena en esas cosas.

—Tengo dinero, lo sabes, ¿no?

—Ah, no importa…

—Pero a mí sí me importa. La orden va a mantenerme durante dos años mientras busco trabajo, o recibo un poco de formación.

—¿Qué clase de trabajo quieres?

—¿Qué puedo encontrar? No lo sé.

—¿Qué hacías allí? Me refiero al tipo de actividad intelectual. ¿O era todo oración y ayuno?

—Daba clases de teología y de filosofía tomista, pero era algo tan específico y como tan simplificado… Fuera de allí no me serviría de nada. No era una orden muy intelectual.

—¡Eso me dijiste al principio, y me sorprendió! ¡Sacrificaste tu intelecto por esos charlatanes!

—Podría dar clases de latín, francés, quizá de griego…

—Has desperdiciado todos estos años. Tienes que volver a acostumbrarte a pensar.

Anne se quedó callada.

—¿Por qué no estudias Medicina? Yo podría ayudarte económicamente. Tu padre quería que fueras médica.

—Es demasiado tarde; y, de todas formas, no quiero.

—¿Qué tenías intención de hacer en los Estados Unidos antes de que decidiéramos que no vas a ir?

—Ah, ¿acaso lo hemos decidido? Hay cursos organizados por católicos para personas como yo, algo así como una formación para reciclarnos, para poder dedicarnos a la enseñanza o a labores sociales y…

—¿No hay cursos de esos en Inglaterra? ¿O es que quieres huir? ¿Tenías la idea de «empezar de cero»? No pienses que te voy a dejar… Te encontraremos un trabajo; quiero decir, te encontraré un trabajo.

—Ya veremos —dijo Anne. Miró a su amiga con ojos lejanos y cansados, y se alisó su corto pelaje rubio.

—De todas formas, ¿por qué quieres ir a un centro católico? ¿No has terminado con ellos? Anoche no me contestaste a la pregunta.

—He dejado la orden…

—¡Eso ya me lo dijiste!

—No importa si he dejado el cristianismo o la Iglesia. Quiero decir que no lo sé, y que tampoco no importa.

—Yo diría que sí importa. ¡Al menos, parece que a tu clero entrometido y depredador sí que le importa!

—Pero a mí no. El tiempo lo dirá… o no.

—¿Qué es lo que llevas alrededor del cuello, en esa cadena? Veo que llevas una cadena.

Anne se la sacó. Era una pequeña cruz de oro.

—¡Ahí lo tienes! Pero, Anne, has de saberlo, has de tenerlo claro…

—¡Vale! ¡Lo he dejado, si con eso te quedas tranquila!

—No quieres hablar de ello.

—Todavía no. Perdóname.

—Perdóname tú: estás cansada, claro. Salir de esa jaula te ha dejado agotada. ¿Sigues teniendo aquellas migrañas?

—De vez en cuando.

—Bueno, ya sabes lo que pienso de la Iglesia católica y lo mal que me sentó tu ingreso… Tienes que dejar que me desahogue un poco ahora que has salido.

—Ah, puedes desahogarte todo lo que quieras.

—¡Qué curioso! Pensé que a estas alturas ya serías abadesa, como poco.

—¡Yo también!

De pronto, las dos rompieron a reír: una risa antigua, familiar y ligeramente alocada, una risa particular, cómplice, íntima y privada, que indicaba entendimiento, que indicaba superioridad, que indicaba amor.

—¿Te habría gustado ser sacerdote?

—Sí —dijo Anne.

—Creo que debería haber mujeres sacerdote.

—Pero, si estás tan en contra de los sacerdotes, ¿cómo es que quieres que las mujeres lo sean?

—Bueno, si algo existe, creo que las mujeres también deberían poder participar de ello si quieren.

—¿Incluso si es malo?

—Sí.

Volvieron a reírse. Gertrude pensó: «Voy a echarme a llorar en un minuto. Y puede que Anne también llore. Pero no debemos. Ya habrá tiempo para llorar después». Y dijo:

—¿Te acuerdas de que en Newnham siempre decíamos: «Vamos a dejarlos a todos boquiabiertos»?

—Me acuerdo.

—Dios mío, en aquella época todos los hombres iban detrás de ti.

—Iban detrás de ti…

—Y que entonces decíamos que nos repartiríamos el mundo entre las dos, que tú te quedarías con Dios y yo me quedaría con Mammón.

—Pues no me ha ido muy bien con mi parte.

Gertrude pensó: «Pobre Anne, ha desperdiciado todos estos años, ha entregado su juventud para nada. No ha llegado a santa, ¡ni siquiera a abadesa! No hay nadie que quiera aprender nada de lo que ella tiene que enseñar. Pero ¿y yo? ¿Qué he hecho yo? Mi marido se está muriendo y no tengo hijos ni trabajo. La vida me ha derrotado. Las dos hemos sido derrotadas».

Se miraron con los ojos muy abiertos. ¡Retomar la amistad había resultado tan fácil! Las dos estaban sin aliento, sorprendidas ante aquello, sorprendidas ante la existencia de tan perfecto entendimiento. Habían sido estudiantes de matrícula a la vez: la inteligente Anne Cavidge, la inteligente Gertrude McCluskie. Eran dos mujeres fuertes que podrían haberse disputado el mundo. Se lo habían repartido entre ambas. Ahora, por extraño que pareciera, a Gertrude se le ocurrió que, en cierto sentido, se había sentido aliviada al resignarse a que Anne se retirara de la vida. No había querido que pasara, se había opuesto enérgicamente a ello, pero, una vez que sucedió, le pareció que se trataba del destino. De alguna manera, aquello mantenía a Anne a salvo; y ahora su fuga había cambiado el orden del mundo. Entonces, ¿había deseado acaso que Anne viviera detrás de las rejas y rezara por ella? Inconcebible. Lo que había deseado era que Anne se asentara de alguna manera, que el problema de Anne se resolviera. Ahora el comportamiento de Anne resultaba ambiguo, era una prófuga, y quién sabía qué iba a hacer o qué iba a ser de ella. Tendrían que repartirse el mundo entre ambas una vez más.

—¿Qué estás pensando? —dijo Anne.

—Me estoy preguntando si rezabas por mí en el convento.

—Sí, lo hacía.

Gertrude se acercó a su amiga y le acarició la suave y rubia cabeza de pájaro. Se miraron sin sonreírse.


Anne Cavidge se sentó en la cama de la elegante habitación de invitados de Gertrude McCluskie y se examinó en el espejo del tocador. Se fijó directamente en sus rasgados y suspicaces ojos verdiazules. Su cara parecía ya diferente: era una cara observada, mirada por extraños, mirada por ella misma. En el convento, sus manos habían sido sus ojos y no había necesitado espejo alguno para ajustarse a la perfección la toca blanca y el hábito oscuro.

Anne llevaba ya varios días con Gertrude. No había visto a Guy, pero había conocido a les cousins et les tantes. Les habían explicado quién era: una monja desertora. Ellos le habían hecho preguntas inocentes y amistosas, incluso le habían gastado alguna broma. Por supuesto, ella los incomodaba. Quizá cierta incomodidad la acompañaría el resto de su vida. Después de todo, había perdido irremediablemente cierta conexión con el mundo, cierta facilidad de trato, cierta manera de hacerse adulta.

Gertrude quería prestarle algo de ropa, pero Anne no tenía ninguna intención de ponerse la ropa de Gertrude, ni era capaz de ir de tiendas, de probarse prendas, de mirar precios. Todavía llevaba aquel vestido a cuadros azules y blancos, aunque ahora estaba de acuerdo con Gertrude en que «no le pegaba». Cuando la aceptaron en la orden, la abadesa le dijo que debía renunciar, mucho antes de ingresar, a cualquier mal hábito como fumar y beber, a cualquier pequeña actividad banal que tuviera por costumbre. ¿Estaría ahora experimentando el proceso en sentido contrario? Tendría que aprender a volver a vivir con su nombre. En el convento tenía un nombre diferente: había empezado a olvidar quién era Anne Cavidge.

Lo cierto era que, como decía Gertrude, salir del convento la había dejado agotada. Anne estaba mucho más anonadada, aturdida, deslumbrada de lo que le había transmitido a su amiga. Al caminar por el campo cerca del convento, se había sentido tranquila. En Victoria, cuando fue incapaz de encontrar un hotel, la había invadido el pánico: estaba segura de que la gente la miraba con extrañeza. Se sentía como una prisionera evadida, como una espía. No era de extrañar, ya que acababa de salir, contra todo lo que antes habría podido imaginar, de un lugar donde creía que se quedaría para siempre, donde tenía la certeza de que moriría; un lugar donde había jurado solemnemente quedarse para el resto de sus días, dentro de la misma casa, del mismo jardín, renunciando a su albedrío.

Ahora, después de la sorpresa inicial, Gertrude parecía dar por sentada su deserción, como si se tratara de una consecuencia obvia, del final de una breve enajenación. Por acuerdo tácito, no habían retomado ninguna conversación prolongada ni inquisitiva: no era momento de indagar en profundidad en el pasado y en el futuro: eso vendría después. Ahora hablaban de cosas inmediatas, de preparativos, de recetas de cocina y de la comida, de libros que a Anne le podría gustar leer (tenía que sacarse el carnet de la biblioteca, necesitaba una lámpara de lectura), de lo que las enfermeras hacían o dejaban de hacer, de política y de lo que sucedía en el mundo. Gertrude le hablaba de la familia, de las visitas, y le hacía un boceto de cada uno de ellos: Manfred trabajaba en el banco de la familia; Ed Roper importaba piezas de arte; el Conde era polaco, pero no era un conde de verdad; Stanley era miembro del Parlamento; Gerald era astrofísico; Victor era el médico. De Guy no hablaban.

Anne sabía que Gertrude estaba muy muy contenta de que ella se hallara en la casa. Casi nunca quería que Anne fuera más allá de la puerta. «Desaparecerás por las calles de Londres y no volverás.» Sin embargo, sí tenía permiso para hacer pequeñas compras para la casa. Gertrude cocinaba para salir del paso. Ahora, por primera vez desde su «huida», Anne echaba muchísimo de menos la rutina del convento, aquel silencio tan especial en que se desarrollaban las actividades, el bendito automatismo de lo necesario. ¿Cómo podía lidiar con un día sin una rutina estricta? Tuvo que inventarse la suya propia. Intentó ser útil: cosía y zurcía (Gertrude odiaba la costura y el convento había hecho de Anne una costurera hábil y dispuesta); lavaba, arreglaba la casa y quitaba el polvo (la señora Parfitt tenía gripe). Aunque Gertrude la incitaba discretamente a ello, Anne todavía no había sido capaz de ponerse a estudiar en serio. No tenía en absoluto claro su futuro: se hallaba demasiado saturada por lo que estaba pasando en el piso de Ebury Street. Tenía la intención de pulir su griego para equipararlo con su latín: quizá fueran esas las capacidades que podía explotar. En el convento, había enseñado algo de griego del Nuevo Testamento, pero hacía muchos años que no leía nada de griego clásico. Sin embargo, aunque Gertrude le llevó la gramática griega de Guy y el Libro del Verso Griego de Oxford, Anne ni siquiera los abrió.

A veces se sentaba en su cuarto a leer una novela. No había leído ninguna en los quince años que había pasado «dentro» y ahora, maravillada, las analizaba a fondo. ¡Había tantas cosas heterogéneas en una novela! Durante cierta época, estuvo interesada en la pintura. (Toda la actividad artística que se llevaba a cabo en el convento se reducía a la confección de unas horribles tarjetas de Navidad y a la creación de algunas esculturas religiosas art déco.) Un día fue caminando junto al río hasta la galería Tate Modern para ver los Bonnards. Con ellos sintió más o menos lo mismo que con las novelas: eran maravillosos, pero algo excesivos. Fue dos veces a la catedral de Westminster para sentarse durante un rato en medio de aquella inmensa oscuridad. Gertrude a veces salía un rato. Todavía quedaba con una de sus alumnas indias, y quizá también con más gente. No siempre le apetecía ver a Anne y aquel extraño tabú pendía sobre sus charlas. Pero quería tener la seguridad de que su amiga estaba allí, prisionera, esperándola, de reserva. A veces pasaban mucho tiempo sentadas en puntos muy separados de la casa. Había momentos concretos en que Gertrude se quedaba haciéndole compañía a Guy. Anne, por su parte, no lo veía nunca; ni siquiera sabía si él estaba al tanto de su presencia en la casa. En cualquier caso, Gertrude y Anne se acostaban temprano y, por la noche, Anne echaba de menos el ulular de los búhos que había oído durante tantos años en el convento. Y seguía despertándose siempre a las cinco.

Era por la tarde. Ya había oscurecido. La enfermera de día le había traído un poco de té y le había sonreído con su típica sonrisa altruista y sin labios. Anne sentía cierta simpatía por la enfermera de día y no sabía si a la enfermera le pasaba lo mismo con ella. Gertrude estaba con Guy. El piso se encontraba en silencio. El día había sido amarillento, un día de invierno amarillo oscuro típico de Londres, que no se había llegado a despejar del todo en ningún momento. La nieve había desaparecido. Le había seguido la lluvia y, ahora, este tranquilo y espeso manto gris. Anne había estado leyendo La pequeña Dorrit. Era asombrosa, tan recargada y caótica, y, sin embargo, tan conmovedora; una especie de milagro, un extraño despliegue de sentimientos al desnudo, repleto de ideas profundas, y, sin embargo, ¡uno sentía que todo aquello era verdad! ¡Cuánto había alterado su vida! Paseó su mirada por la cálida y agradable habitación y observó aquellas «cosas» que le había mencionado a Gertrude. Gertrude quería que ella hiciera suya la habitación, que la colonizara, que la adornara con tesoros tomados de cualquier otra parte del piso, que le dejara comprarle esto o aquello para que se sintiera más cómoda. Pero Anne era incapaz de interesarse por esas cosas: decía que la habitación le parecía encantadora tal como estaba. Había cerrado las sedosas cortinas de rayas tirando suavemente de los cordones. Varios perros chinos azules y una caja de rapé descansaban en la repisa de la chimenea. Había un parachispas adornado con la figura de un mirlo en una rama; un cubrecama americano de patchwork que ella misma había arrugado al sentarse encima; un espejo con pie de mármol sobre el tocador; siluetas familiares de la época victoriana en la pared; olía a cera para muebles, a estabilidad y a bienestar. Anne se miró el reloj. En la capilla, oscura y fría, las monjas estarían cantando como pájaros. «Y yo estoy aquí —pensó—, y ellas están allí».

La conversión de Anne no había sido otra cosa que una huida hacia la inocencia. Su cristianismo anglicano, aunque no profundo, la había acompañado durante mucho tiempo. Después, se acordó de las caras infantiles e inmaculadas de las niñas de su internado, y de cómo se arrodillaban con sus medias de algodón sobre aquel suelo de madera rugosa para las oraciones vespertinas. «El día que vos nos habéis dado, Señor, ha terminado ya.» «Ahora cerrad los ojos en paz y dormid tranquilos.» Abrazó la inocencia de la niñez. La veía casi como sus profesores la habían visto siempre. Incluso de niña, el primer concepto moral que había influido en ella había sido la idea de una conciencia limpia. Había tenido una infancia feliz. Quería a sus padres y a su hermano. Su padre era médico, un hombre íntegro, diligente y concienzudo. Y a Anne le parecía que la vida era y debía ser sencilla. Sin embargo, al final de la secundaria, le pasaron cosas terribles: su madre murió, y su hermano se mató en un accidente de alpinismo. Parecía que ese dolor venía a ratificar una profunda determinación. Su padre murió más tarde. Siempre había tenido la esperanza de que Anne fuera médica. No quería que se hiciera monja, pero lo entendió.

Cuando Anne se fue a Cambridge, su vida se llenó de secretos. La comunicación franca que solía tener con su padre se vio interrumpida para siempre. Iba a casa por vacaciones, se mostraba habladora y alegre, pero ya nunca expresaba aquello que más le preocupaba. Después de la tranquilidad de su casa y de la escuela, Cambridge había supuesto para Anne un carnaval, un torbellino, un festival de popularidad y personalidad y sexo. Estaba maravillada de su éxito. Se esforzó mucho y se graduó en Historia con matrícula. Pero consagraba la mayor parte de su tiempo, de sus energías, de sus pensamientos y de sus sentimientos a las aventuras amorosas, hasta tal punto que se sentía obligada a ocultárselas incluso a sus amigas. ¡Había tantos hombres compitiendo, poniéndose la zancadilla unos a otros, ofreciéndole tantas posibilidades deslumbrantes, tantas perspectivas halagadoras! Anne lo daba todo, lo quería todo. Llegó a ingeniárselas para llevar adelante dos, incluso tres relaciones al mismo tiempo, manteniendo felices a sus víctimas a base de mentiras. En absoluto pensaba que aquello estuviera mal, porque todo era tan provisional y se desarrollaba tan rápido… Además, había más gente que se comportaba de una manera tan desenfrenada como ella. Tenía la sensación de estar viviendo de forma acelerada una época entera, un largo periodo de tiempo durante el cual incluso ella misma estaba empezando a envejecer.

Cuando esa época llegó a su fin y vio que se aproximaba el momento de su gran decisión, pensó que aquella elección estaba más determinada por su vida anterior que por la vida que tendría en el futuro. No se había confinado medio accidentalmente a la soledad (como creían algunos de sus amigos) por aborrecer el exceso de vida social. Aquello más bien había sido una enseñanza, un camino que quizá estaba trazado desde el principio. No se sorprendió para nada de lo que, llegado el momento, se vio destinada a hacer. Se le había mostrado el mundo y el papel que ella misma representaba en ese mundo. Posteriormente, una vez dentro, no juzgó sus pecados con demasiada severidad. No sentía una culpa enfermiza. De todos los «malos hábitos» que, tal y como debía hacer, abandonó bastante antes de ingresar en la orden (puesto que no era nada fácil entrar en ella), fue a las relaciones con el otro sexo a lo que renunció, de lejos, con más facilidad. Había percibido un contraste y había escogido con conocimiento de causa lo que ya antes había valorado por instinto.

Cuando se hallaba en pleno proceso de conversión, ya se estaba planteando hacerse religiosa. Para ella, la conversión no podía tener más consecuencia que esa. Ingenuamente al principio, y como fruto de una profunda reflexión personal después, había pensado con modestia en su objetivo, en cualquier objetivo que, llegada a ese punto, tuviera que ver con ella. Estaba entregando su vida a cambio de tener la conciencia tranquila. Una virtud fugitiva y enclaustrada era mejor que ninguna. Recuperaría su inocencia y la guardaría bajo llave. Por aquel entonces, la inocencia era la forma bajo la que se le aparecía Dios. Quería pasar sus días eternamente poseída por una mente tranquila, en una vida de enclaustrada sencillez. No quería depender de pensamientos mundanos, ni suyos ni ajenos, para así poder alcanzar cierto nivel donde flotar en libertad. Al principio, no pensaba de forma clara en la bondad o en la santidad como un objetivo a la vista. Empezó a creer fervientemente en un Dios personal, un Salvador humanizado, con una facilidad que dejó a sus amigos sin aliento. Todas estas cosas, la huida, la inevitable búsqueda de refugio, la redención, se mezclaban en su mente. Sentía tanto la distancia que la separaba de Dios como la tangibilidad del lazo magnético que la empujaba hacia Él. La idea de santidad, de hacerse buena en un sentido más activo, fue cobrando fuerza en su mente, de manera natural, durante los primeros años en el convento. Como Gertrude había dicho, su orden no era una de las más intelectuales y, como Gertrude había insinuado, aquella había sido una elección deliberada: la inteligente Anne Cavidge, en su desesperada huida del mundo, había decidido de forma muy astuta sacrificar su intelecto tan inmediata e irrevocablemente como le fuera posible. Por supuesto, había «estudios». La designaron para que se convirtiera en profesora y llegó a serlo, y muy respetada, además. Pero había ciertos logros intelectuales a los que se cuidaba de no volver a aspirar. Para ella, la salvación no se encontraba en aquella dirección. La filosofía aristotélica que se le requería enseñar estaba simplificada y era inconsistente y, cada vez que se sentía tentada de ampliarla, todo en aquel ambiente se volvía en su contra. Además, los talentos de sus alumnas no eran aptos para la especulación metafísica. La santidad, no la inteligencia, era el camino. Pero ese camino, un tiempo después de que se convirtiera para ella en una dirección real, empezó a llenar a Anne de dudas extrañas, dudas que sin embargo no estaban directamente relacionadas con su posible «deserción». Sus instintos e intuiciones habían empezado a señalarle en silencio el camino de vuelta a sus objetivos más antiguos y simples: la sencillez, la inocencia, una especie de humildad negativa que no aspiraba al nombre de bondad.

El hecho de que el concepto de un Dios personal comenzara a parecerle cada vez más problemático no la perturbaba demasiado. Formaba parte de una pequeña «intelligentsia» tácita que se mezclaba con aquellas otras que tenían una fe más simple, una fe que ella y sus semejantes renunciaban a perturbar. «Las inteligentes» se miraban a los ojos las unas a las otras y, en general, decían poco (desde luego, no todo) sobre los cambios que percibían en sí mismas y que, aisladas como estaban, no podían evitar relacionar con el profundo movimiento, espiritualmente dirigido, de un cierto Fantasma del Tiempo. Casi todas mantenían la calma, y Anne no era menos. A los visitantes de fuera, a quienes, en virtud de sus reglas, no veían a menudo (y siempre brevemente a través de las rejas), ellas les resultaban, aunque amables, atentas y divertidas, también distantes y enigmáticas. La abadesa (no la que había recibido a Anne, sino una nueva abadesa) no fomentaba ni las amistades especiales dentro de la casa, ni las relaciones estrechas con la gente del exterior. Una podía seguir así indefinidamente; y Anne sabía bien que muchas de las que pensaban como ella se quedaban, e iban a quedarse, dentro; y desde luego tampoco las culpaba. A veces se sentía más inclinada a culparse a sí misma.

Gertrude le había dicho que debía de ser como salir de la cárcel. Bueno, pues ¡con qué firmeza, con qué ardor había tratado ella de entrar en aquella prisión! Y efectivamente era como una prisión: había celdas, barrotes, muros altos, puertas cerradas. Dios la había puesto bajo arresto domiciliario, y, con un corazón alegre y dispuesto, ella se identificaba con un prisionero. ¿Cómo vino (¡ay, tan paulatinamente!) a cambiar todo aquello? No era, como imaginaba Gertrude, algo parecido a una fuga. Por supuesto que había tristeza y fracaso en el convento. Nadie les hablaba de eso a los de fuera. Las relaciones normales con el mundo exterior se marchitaban pronto, como se había marchitado su amistad con Gertrude, en cierto modo a causa de una actitud anodina y reservada, una ausencia de comunicación franca y familiar. Sucedía algo que podría describirse de diversas maneras. El amor mismo cambiaba, quedaba limitado, depurado quizá. Cualquier viejo y profundo gusanillo de ansiedad y necesidad se iba marchitando, menguando. El proceso interior era muy lento; pero, de cara afuera, el cambio parecía absoluto. Por supuesto, también se producían comunicaciones de otro tipo con determinadas aspirantes en determinadas circunstancias, con aquellas que, aferradas a los barrotes, buscaban a alguien con quien compartir sus dudas y que estaban instruidas para recibir admoniciones; dichas admoniciones podían parecer frías o impersonales, pero, con todo, constituían quizá la forma más pura del amor a Dios del que aquellas mujeres disponían. «El mundo» no veía más allá de ese punto; e, incluso dentro, se hablaba de los «fracasos» con restricciones y solo con un determinado tipo de lenguaje. Nadie hablaba de «crisis nerviosas». Había monjas (aunque, según la experiencia de Anne, no muchas) que se deprimían, sucumbían al aburrimiento o se volvían locas. Había, si bien raramente, brotes de emociones desenfrenadas y llantos descontrolados. Lo que más le chocaba a Anne era la calmada luminosidad característica de la escena, aquella manera tan especial en que las monjas se reían, ya que en los momentos de recreo se reían a menudo, y también ocasionalmente cuando no se aplicaba la regla del silencio.

Los «fracasos» a veces encontraban el camino de vuelta a la vida mundana por medio de un certificado médico o una carta de un sacerdote especialista en psiquiatría. La salida de Anne no había sido así: ella era una de las fuertes. Llegó a tener el firme convencimiento de encontrarse «en el lugar equivocado». La clausura en sí misma no la hastiaba: era capaz de amar su austera seguridad de colmena y de hallar para sí misma un vasto espacio dentro de su estrechez, un espacio que era Dios. Al ingresar, le había hablado a su maestra de novicias sobre su conciencia. Esta le había dicho que la olvidara, que sometiera su conciencia al poder encauzador del amor divino; que se desprendiera para siempre de aquella egoísta, vana y puntillosa ansiedad moral: un purificador mar espiritual fluiría a través de ella para dejarla vacía, limpia y libre. Según fueron pasando los años, todos esos años de confinamiento, oración, enseñanza y trabajo manual, estas cosas fueron cobrando sentido para Anne y empezó a liberarse para recibir ese otro Amor de cuya realidad, tal como ella lo experimentaba, no podía dudar: no yo, sino Cristo. La reverencia y la adoración se volvieron para ella tan necesarios como la respiración misma, y aquello le producía a veces un placer tan intenso que le parecía casi pecaminoso. La sencillez, la inocencia, la ausencia de lucha e interés mundano eran entonces el pan suyo de cada día, y ella misma estaba llena de un gozo que iba más allá del que hubiera sido capaz de imaginar de antemano, cuando se sintió por primera vez llamada a entregar su vida de manera tan absoluta a Dios. A su debido tiempo, también ella se convirtió en maestra de novicias. Les hablaba con atento y prudente interés a aquellas que apretaban sus marcadas y arrugadas caras contra los barrotes. Se imaginaba que algún día Dios la llamaría a responsabilidades más elevadas dentro de la orden. Pero, entonces, empezó a desarrollarse en su interior algo parecido al minúsculo primer síntoma de una grave enfermedad o de un enorme cambio físico: volvió a sentir ansiedad, conciencia.

Claro que había taras, imperfecciones y crispaciones en aquella comunidad donde se hacinaban tantas mujeres. Anne había convivido con esas cosas, consciente de ellas, dejando que de alguna manera se disiparan, como le habían enseñado a hacer, y presentándoselas a Dios como ofrenda. Pero resultaba imposible evitar el ejercicio del poder. Ella no siempre estaba de acuerdo con la abadesa. Había una a la que quería más que a las demás y no podía cambiar o sacrificar ese amor. Había reformas, alteraciones y planes que la comunidad se veía forzada a tomar en consideración. La opinión de Anne quedaba desautorizada por aquellas a quienes no podía considerar menos sensatas. Pero esas pruebas no eran cruciales: ella se las dedicaba a Dios cada día. No fue así como su conciencia volvió de esa manera tan extraña a ella. Seguía llevando una vida bastante tranquila y sin posesiones, ocupada en el trabajo y en la oración, escuchando (no sabía cantar) el hermoso, aflautado y constante canto llano de las monjas, tan exquisitamente disciplinado, tan frecuente, tan familiar, como una especie de promesa de la permanencia de todo lo que había a su alrededor, un canto de pájaros enjaulados que solo Dios oía.

El sacrificio de la actividad intelectual, por supuesto, no le había resultado tan fácil como, con aquella fantasiosa seguridad, se había imaginado. Pero no había sido el hambre de otros pensamientos, de libros diferentes, ni una tempestuosa crisis de duda intelectual lo que la había hecho volver al mundo. Había vivido mucho tiempo sumida en la práctica de la oración, no como una rutina regular, intermitente y voluntaria, sino como un completo modo de ser. Había vivido con la pasión de Cristo, con el misterio de ese supremo dolor dentro del cual Él también juzgaba al mundo. Había vivido con una dulce y natural sencillez, de algún modo dentro de la doctrina de la Trinidad, rodeada por la corriente espiritual que unía al Padre, al Hijo y al Paráclito. A veces se preguntaba cuánto había cambiado de verdad; y más veces todavía, volviéndose a su Dios, la pregunta le parecía ociosa. Era consciente de que, dentro de la fuerza continua de aquel caudal espiritual, sus ideas estaban cambiando, el contorno de su cosmos estaba cambiando, acercando lo que se hallaba lejos y alejando lo que se hallaba cerca. Pero lo que esos cambios tan naturales, en virtud de su plenitud y dulzura, le trajeron de verdad (en definitiva, para su dolor) fue la certeza profunda y apremiante, experimentada cada vez más como un deber, de que ahora tenía que marcharse a algún otro sitio. El deber: un concepto que de alguna manera había relegado al pasado, junto con sus antiguas y estrechas ideas de la voluntad moral y del cambio moral. Había creído que tenía ante sí, recto y claro, el camino a la muerte, un sendero bien iluminado, y que cualesquiera cambios que la aguardaran en él concernían solo a Dios. En el estrechamiento de la voluntad de ella, en el ensanchamiento de la de Él, podría haber retos, pero no más problemas, no más terribles, angustiosas y desgarradoras decisiones que tomar. Sin embargo, ahora era como si se le reclamase que abandonara lo que había «logrado» y que empezara de nuevo.

Discutió sus motivos, evidentes y posiblemente ocultos, con la abadesa y con su confesor. No tenía un vínculo profundo ni emocional con ninguno de los dos. (Anne nunca había necesitado que la advirtieran del «peligro» del confesionario.) De momento, había pedido que la relevaran de sus deberes de profesora: el ejercicio de cualquier tipo de autoridad espiritual o doctrinal se le hacía insoportable. Ya sentía que estaba empezando a mentir. Se preguntaba a sí misma, y la abadesa también se lo preguntaba, si su extraño deseo de marcharse no obedecía a alguna razón profunda y aún desconocida. Un motivo concreto, eso era lo que la abadesa deseaba que reconociera; pero Anne no hizo tal cosa. Tampoco se trataba exactamente de una crisis de fe. Ahora, con más franqueza que nunca, le declaró a la abadesa cómo había cambiado, quizá de manera profunda, su concepción del Dios viviente. Se miraron en silencio. La abadesa apartó la mirada. Anne y la abadesa, a decir verdad, no estaban hechas para «llevarse bien». La abadesa, mayor que Anne, se había unido a la orden con veintimuchos años. En el mundo exterior, fue una dama con título nobiliario y herencia. Había sido una estudiante brillante y después administradora de su propiedad, y se había retirado de un mundo de excelencia intelectual y deslumbrante éxito. Había muchas cosas que a Anne le habría gustado discutir ahora, de manera franca y sin restricciones, con esa mujer de inteligencia superior, pero no podía ser: su conversación se limitaba exclusivamente a lo que Anne debía hacer y por qué, y no se permitía mostrar ni un atisbo de desconcierto compartido para suavizar la severidad del interrogatorio.

Anne se avino a reconocer que su sensación de encontrarse «en el lugar equivocado» de alguna manera estaba relacionada con el cambio de perspectiva de su fe, pero se negaba a considerar aquello, tal como la abadesa al principio le incitaba a hacer, como la típica oscuridad intermitente, como una sequía que debía soportarse y cuyo fin debía esperar. Asimismo, rechazó la posición que la abadesa adoptó más adelante (pues la discusión se prolongó durante un tiempo), según la cual ese cambio era, en un sentido elevado, la voluntad de Dios. Sí, era sin duda voluntad de Dios, decía Anne, pero no contenía ninguna gran «indicación» positiva, ninguna revelación de una nueva misión. Ahora debía proceder de acuerdo con una señal negativa y agnóstica. «¿Para hacer qué?», preguntaba la abadesa. Anne no lo sabía. ¿Por qué iba a saberlo? Pero estaba decidida a marcharse, y a marcharse con consentimiento y, si pudiera ser, con una bendición; y la abadesa advirtió su determinación. Esta, que tantas veces le había puesto obstáculos, se mostraba de lo más reacia a dejarla marchar, pero al final Anne empezó a salirse con la suya.

—Entonces, ¿adónde vas a ir? ¿Con quién?

—Voy a vivir sola —dijo Anne. La abadesa, cuya cara más amable Anne había aprendido a reconocer durante esas charlas, clavó su mirada en ella.

—No estés tan arrogantemente segura de que vas a poder mantener la inocencia cuando estés allí. Piensa ahora en lo que vas a perder.

—Ni es arrogancia ni estoy segura.

«Pero hay una cosa que sí sé —pensó Anne—: sería capaz de soportar cualquier dolor excepto el de la culpabilidad. Ese es el que debo evitar a toda costa, y creo que sé cómo hacerlo.»

—Necesitarás ayuda. ¿Por qué no mantener cierto contacto con nosotras? Hay mujeres que viven como anacoretas en el mundo.

—Puede que llegue a ser una anacoreta —dijo Anne—, pero, si se da el caso, lo seré yo sola y solo Dios lo sabrá.

—Entonces, cuando te vayas de aquí —dijo la abadesa—, te irás del todo y para siempre.

—Es mejor así —dijo Anne.

Finalmente se marchó de una manera ambigua y silenciosa, con el consentimiento de la abadesa, pero sin ninguna despedida. Una vez fuera, en la hospedería, desapareció de la vista de ellas para siempre. Solo veía a tres hermanas externas, que la trataban con serena compasión, como si estuviera enferma. «Y ahora —pensó mientras se tomaba el té sentada y arrugaba la hermosa colcha— estoy en Londres y, por extraño que parezca, tengo una tarea que, por el momento, hará que deje para más adelante otras decisiones. Tengo que velar por Gertrude durante este terrible trance y por ahora no tiene sentido mirar más allá. He recibido esa tarea como una bendición, ese mandato como un honor.» ¿Era esa la manera de verlo? «Sí, yo estoy aquí y ellas están allí», pensó. Pero las palabras se estaban quedando vacías, como una vana disculpa. El convento se iba alejando de ella y era ya transparente, como un sueño. Durante dos años, tendría un poco de dinero en el banco. Pero nunca más volvería a llegarle ningún mensaje de aquel lugar, que se había trasladado al mundo invisible.

Ahora viviría en secreto, como una anacoreta secreta. Esa idea, introducida en su cabeza, quizá con astucia, por la abadesa, le agradaba: parecía una iluminación. Se sentía como si la estuvieran enviando de vuelta al mundo para demostrar algo. O quizá fuera más bien como una espía, una de las espías de Dios, la espía de un Dios inexistente. ¿Acaso había algo que pudiera ser más raro? Pero eso era lo que ahora tendría que desentrañar. ¿Sería ese «desentrañamiento» el retorno al «pensamiento» que Gertrude le había deseado al hablar de los «años que había desperdiciado»? ¿Se habían desperdiciado aquellos años? ¿Se los había pasado inventando un falso cristianismo y un falso Cristo? Era incapaz de pensar eso. La abadesa, que sospechaba que Anne estaba sufriendo un derrumbamiento espiritual encubierto y parecía esperar que enseguida se encontrara en dificultades (sin embargo, ¿qué pensaba la abadesa?, ¿quizá la envidiaba?), le había preguntado: «¿Cómo podrás vivir sin la misa?». Anne no se lo había dicho, pero la verdad era que no tenía intención alguna de vivir sin la misa. Desde luego, no iba a confesarse; respecto a la eucaristía, podía ser, o no, que, de acuerdo con la regla todavía no revelada de su misterio, se permitiera recibir el sacramento (¡qué novedosamente preciado resultaba ahora aquel alimento tan conocido y anhelado!). Pero no viviría sin la misa, como tampoco viviría sin Cristo: Cristo le pertenecía e iba a acompañarla en su viaje; su Cristo, el único que era verdaderamente suyo.

¿Puede alguien que alguna vez lo haya tenido renunciar verdaderamente al concepto de Dios? El ansia de Dios, una vez arraigada, es quizá incurable. Anne no podía despojarse de la experiencia del amor de Dios y de la certeza de que solo a través de Dios podía llegar al mundo. ¿Se podía buscar el gozo en un lugar distinto a aquella fuente verdadera? ¿No corromperían su alma, que ya se tambaleaba, los bienes inferiores? Estaba empapada de cristianismo y de Cristo, hundida en ello, saturada, manchada de manera indeleble por todo su ser. La cruz colgaba de su cuello como un grillete, como una soga. ¿Podría vivir ahora solo en virtud de la demostración ontológica? ¿Puede el amor, en su nivel más extremo, crear su objeto? ¿Habría aún adoración y veneración? ¿Podría haberlas? La oración la acompañaba todavía, una oración continua como el respirar, pero ¿qué era eso ahora? De momento, se parecía a la horrible respiración ajena de un cuerpo que los médicos mantienen con vida después de la muerte cerebral. ¿Volvería ese cuerpo a levantarse y a vivir? No concebía aquello como felicidad. La felicidad no formaba parte de su plan. Ese concepto al menos había quedado reducido a cenizas (o eso esperaba) gracias a los quince años que había pasado «dentro». Y era posible que la alegría que había salido de ella nunca fuera a volver. Sabía que, mediante su participación en el trance de Gertrude, había recibido la extraña bendición de un ínterin: se le había concedido, antes de aquello que tendría que llegar, una especie de descanso. Seguramente, un sufrimiento diferente, que aguardaba su hora, vendría después. La noche oscura no había comenzado aún, pero comenzaría; y entonces lloraría. «Tengo que estar sola —pensaba—, sin planes ni perspectivas, sin hogar e invisible; ser una vagabunda, una doña nadie. De lo contrario, la abadesa acabará teniendo razón y caeré en las trampas del mundo.»

—Ay, Anne…, Guy quiere hablar contigo.

Anne, que había estado cosiendo en su habitación, remendando un siete en una de las blusas favoritas de Gertrude, se levantó de un salto. Parecía un poco alarmada.

—Ahora solo tiene ganas de hablar con desconocidos. Es la gente a la que conoce a la que no puede soportar.

Aun así, Gertrude también estaba perpleja. Guy no había nombrado a Anne desde la sorpresa que había expresado a su llegada. Y ahora de repente quería verla.

Anne dejó a un lado sus labores y salió detrás de Gertrude.

—No te quedes mucho tiempo, ¿vale? Se cansa mucho.

—No, no me quedaré mucho.

Gertrude sujetó la puerta y Anne entró en el dormitorio de Guy. La puerta se cerró.

La habitación estaba bastante oscura. Había una lámpara encendida junto a la cama de Guy. Atardecía. Guy se encontraba en la cama incorporado sobre varias almohadas; había estado leyendo la Odisea en la edición de Loeb. Últimamente solo se levantaba un momento por las mañanas, para dar cierta apariencia de que hacía una vida normal, y se sentaba en la silla del dormitorio. Su paseo hasta el cuarto de baño contiguo, con la ayuda de Gertrude o de la enfermera, era el trecho más largo que parecía poder recorrer.

Primero, Anne vio una mitad de su cara, la que quedaba iluminada por la lámpara, y después, a medida que él giraba la cabeza, pudo apreciar todo su rostro. Le pareció un anciano. Le recordaba a ciertas fotos que había visto, en las que se mostraba a hombres demacrados de mirada fija, recién salidos de los campos de prisioneros. Tenía ante sus ojos una gran frente brillante sin cejas, luego una fina malla de cabello veteada de gris. El pelo de Guy estaba enmarañado: él mismo se lo enmarañaba con dedos inquietos, aunque la enfermera lo peinaba a menudo. Estaba bien afeitado, pero la sombra grisácea de la barba persistía en sus mejillas. Tenía la nariz fina y puntiaguda, aguileña, y sus ojos, oscuros y brillantes, se volvieron rápidamente hacia Anne y luego exploraron la habitación, como si esperaran algo. Ella se fijó particularmente en su boca, que era hermosa, alargada y proporcionada, tierna, sensible. Sus brazos enflaquecidos estaban estirados y sus delgadas manos, largas y blancas, casi azuladas, agarraban la manta y luego la soltaban en un movimiento convulsivo. Anne sintió que la invadía la compasión, y pensó: «Pero si está demasiado enfermo como para hablar. ¿Por qué he venido? Le diré una o dos palabras y me iré. Puede que ni siquiera sea capaz de hablar. Solo quiere ver cómo soy. ¡Qué delgado y qué lejos está!».

Guy dijo:

—Hola, Anne.

—Hola, Guy.

—Me alegro de que hayas venido.

—Yo también me alegro.

Su voz era inesperadamente potente, una voz con autoridad. Hubo un momento de silencio. Guy volvía la cabeza rítmicamente de un lado a otro, doblaba y estiraba los dedos. Anne se preguntó si sentiría dolor.

—¿No te vas a sentar? Acércate. Quiero verte.

Anne puso una silla al lado de la cama y se sentó. Le sonrió a Guy.

Él sonrió con un extraño y rápido espasmo. Y dijo:

—Estoy muy contento de que hayas venido, por Gertrude. Te quedarás hasta que yo me vaya, y también después, ¿no?

—Sí, por supuesto.

—Ella te quiere, creo.

—Sí, y yo la quiero a ella.

Volvió a hacerse el silencio. Anne respiraba con calma, mientras rezaba sin darse cuenta y sentía una quietud inmensa y soñolienta, como una nube que se elevara desde su interior. No se sentía capaz de iniciar una conversación, pero quizá no hiciera falta, quizá bastaba con que estuviera allí.

—¿Por qué te has salido del convento? —preguntó Guy.

Anne, con una sacudida eléctrica, se puso en guardia de inmediato.

—Mi visión de la religión ha cambiado. Quedarme habría sido una mentira.

—A lo mejor deberías haber aguantado. La teología cristiana está cambiando muy rápido hoy en día. Habrían llegado los refuerzos. Habrías oído el sonido de las gaitas.

—¡No hay teólogo que hubiera podido rescatarme!

—¿Has perdido la fe…?

—Esa no es exactamente la mejor forma de expresarlo. Quizá no sea tan frecuente que la gente pierda la fe así sin más. Quiero forjar una nueva forma de fe, de manera privada, para mí misma; y eso solo puede hacerse fuera, en el mundo.

—Dentro tenías que decir cosas que no creías, aunque no dijeras nada, ¿no?

—Sí.

—¿Sigues creyendo en un Dios personal?

—No, en un Dios personal no.

—¿Entonces en una especie de espíritu de un mundo misterioso? «Zeus, quienquiera que seas.»

—No, nada por el estilo. Es difícil de explicar. Quizá sea simplemente que no puedo seguir usando la palabra «Dios».

—Yo siempre he odiado a Dios —dijo Guy.

—¿Te refieres al Dios Anciano?

—Sí.

—¿Creíste alguna vez en la religión judía? Aunque, claro, tu familia era cristiana.

—Apenas. Lo que conocíamos eran las festividades judías. Sentíamos una especie de nostalgia. Era extraño. Yo sabía algo sobre la santidad.

—¿No es eso religión?

—¿Qué querías decir con lo de una fe privada para ti?

—Supongo que toda fe es privada. Solo quiero decir… que no tendría nombres ni conceptos, que no llegaría a describirla, pero que estaría viva y yo lo sabría. Tengo la sensación de que ya he dicho todo lo que tenía que decir.

—Yo también he tenido esa sensación a menudo —dijo Guy—, pero era una ilusión. ¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. Algún tipo de trabajo social. De momento no me lo he planteado.

—Y Jesús, ¿qué pasa con él?

—¿Qué pasa con él?

—¿Formará parte de tu nueva fe?

—Sí —dijo Anne—. Creo… creo que sí.

—Mi tío David Schultz me dijo una vez que, si en el fin del mundo resultaba que, después de todo, Jesús era el Mesías, lo aceptaría. Es interesante hacer conjeturas sobre la alternativa.

—¿Se mantuvo alguno de tus familiares fiel a la religión judía?

—Él era tío político. Pero hubo alguno, sí. Debes preguntarle a Veronica Mount: ella es la experta. Yo también odiaba a Jesús.

—¿A Jesús? Puedo concebir que se odie a Dios, pero no a Jesús.

—Me refiero al símbolo, no al hombre. Del hombre, uno tiene que compadecerse. El judaísmo es una religión sobria: enseñanza, oración, nada de excesos. Pero el cristianismo es tan blando… Es sentimental y mágico: niega la muerte. Transforma la muerte en sufrimiento, y el sufrimiento es siempre muy socorrido: hay dolor, y después (¡abracadabra!) hay vida eterna. Eso es lo que todos queremos, que nuestra desgracia sirva para algo, que recibamos algo a cambio, algo absolutamente consolador. Pero es mentira. Hay conclusiones definitivas: en esta casa va a alcanzarse una dentro de poco. La gente parte para siempre de verdad. El sufrimiento tiene la cambiante irrealidad de la mente humana. Fue un deseo de sufrir lo que probablemente te llevó a entrar en ese convento y también quizá sea lo que te ha llevado a salir. La muerte es real. Pero Cristo no muere de verdad. Eso no encaja.

—Encaje o no, así es la cosa.

—Pero para ti no es esa la cuestión.

—No… —Anne quería pensar en lo que Guy le estaba diciendo, aunque le angustiaba el esfuerzo que él hacía al intentar hablar—. Creo… que queremos que nuestros vicios se resientan…, pero no que desaparezcan.

—Sí. Sí. Queremos…, a causa del sufrimiento…, ser capaces de mantenerlo… todo… para ser perdonados.

—Y eso te parece blando, ¿no es así?

—Sí.

Se volvieron a quedar callados. Anne pensó: «A este hombre puedo decirle cualquier cosa».

Guy dijo:

—Tú no crees, imagino, en la idea antirreligiosa de la vida después de la muerte, ¿no?

—No. Estoy de acuerdo en que es antirreligiosa. Quiero decir que, sea lo que sea lo que está pasando, está pasando aquí y ahora.

«Eso es lo que no podía decirles en el convento», pensó.

—Ojalá creyera en el más allá —dijo Guy. Había mantenido la vista apartada de ella, enrollándose el pelo con una mano nerviosa, mostrándole su perfil de nariz de halcón. Ahora sus ojos centellearon al mirarla—. No por ninguna burda razón, por supuesto; no simplemente para quedar liberado de eso que va a pasar dentro de pocas semanas; sino que… es algo que he sentido siempre…

—¿El qué?

—Que me gustaría ser juzgado.

Anne reflexionó.

—No sé: ¿y eso es una idea coherente? Me parece que se asemeja un poco a lo que no te hacía gracia del cristianismo.

—Entiendo perfectamente lo que quieres decir —dijo Guy. Anne le había caído bien. Él esbozó una sonrisa más cariñosa y su tenso rostro se suavizó—. Es romántico, sadomasoquista, una idea para una historia, no lo que parece…, efectivamente…

—¿Quieres decir juicio como valoración, o sea, como cálculo preciso, o como castigo?

—Bueno, ambas cosas. Creo que uno ansía ambas cosas: asomarse por encima del hombro del Ángel de la Memoria y que haya consecuencias. Las consecuencias serían la demostración de algo.

—¿Qué quieres que se demuestre? Gertrude me ha dicho que estás escribiendo un libro sobre el castigo.

Guy frunció el ceño.

—¿Ah, te lo ha dicho? Todavía no es nada. Quiero decir… que no es nada, solo un bosquejo.

—¿Puedes contarme algo sobre él?

—Es un tema imposible. Si un funcionario del Ministerio del Interior escribe un libro sobre el castigo, es obligatorio que trate (bueno, ya te imaginas) sobre la disuasión y la rehabilitación.

—Y que deje de lado el castigo merecido. ¿Y eso es lo que tú quieres?

—Para mí, sí.

—¿No crees que otros también pueden necesitarlo, quererlo?

—Ah, puede ser, pero yo solo estoy interesado en mi propio caso. Como tú.

Los dos sonrieron. Anne estaba tensa en la silla, concentrada.

—La justicia es una cosa tan extraña —continuó Guy—: pasa a través de todas las demás virtudes. Es como el marrón: no está en el espectro; no está en el espectro moral.

—No te entiendo —dijo Anne.

—Es un cálculo.

—¿Y qué pasa con la clemencia?

—Algo completamente diferente. En cualquier caso, no puede haber clemencia.

—¿Por qué no?

—Porque los delitos son su propio castigo.

—Y, si eso es así, ¿por qué quieres una vida después de la muerte?

—Ah, pero uno no puede verlo todo. Yo querría entenderlo todo; querría tenerlo todo a la vista y bien explicado. Por eso es por lo que la idea de purgatorio resulta tan conmovedora.

—¿Y qué pasa con el infierno? ¿Es también conmovedor?

—No. Incomprensible, en realidad. Pero el purgatorio, sufrir en presencia del Bien,[24] ¡qué placer! Sufrimiento computado, sufrimiento con una finalidad, con una evolución… No es de extrañar que las almas de Dante vuelvan a arrojarse gustosamente al fuego.

—Pero el purgatorio es rehabilitación y tú has dicho…

—El purgatorio es una rehabilitación mágica con garantías de que siempre funciona. En la vida real, el castigo puede producir cualquier resultado: todo es pura conjetura. Y el castigo merecido solo es importante como forma de control, necesario para esa especie de burda justicia que impartimos aquí abajo. Quiero decir, el tipo en cuestión tiene que haber hecho algo y nosotros debemos tratar de decir lo grande o pequeño que es aquello que…

—Si no, quizá castigaríamos a la gente solo por su bien.

—O para disuadir a otra gente, sí.

—Entiendo lo que piensas del purgatorio —dijo Anne.

—Una vez vi un cuadro victoriano titulado Plegaria abyecta. Envidiaba al hombre del cuadro.

—Conozco el cuadro. ¡Oh…, cielos…, sí! Todo es tan tremendamente consolador y, como has dicho, romántico, y sin embargo…

—¿Por qué no habría que consolar a los pobres pecadores?

—Sí. Pero volviendo a lo del castigo merecido: cuando dices que quieres ser juzgado, ¿es solo una idea general, algo «blando», por usar tu palabra, o te refieres a cosas que has hecho, tales como…?

—Ah, bueno… —dijo Guy. Volvió a sonreírle, con tristeza, fijando sus oscuros ojos intensamente en Anne. Brillaban húmedos en su cara seca y pálida, que tenía la piel muy pegada a los huesos.

—A ver; no estoy preguntando de qué te acusas, ni siquiera qué piensas de eso…

—Nos especializamos, ¿no crees? —dijo Guy—. Somos buenos de manera selectiva, si es que tenemos algo de buenos. Cada cual tiene una o dos virtudes que se dedica a cultivar (en verdad no es mucho); o bien, escogemos una virtud que parezca servirnos siempre, que represente una especie de medio hacia el bien, como la resolución, o la benevolencia, o la inocencia, o la templanza o el honor. Algo no demasiado inabarcable, no demasiado inaccesible, y que parezca encajar con nosotros de alguna manera.

—¿Cuál es la tuya?

—¿La mía…? Ah, nada muy elevado. Una especie de precisión.

—¿No es eso lo mismo que la verdad?

—No. Lo cierto es que no somos muy versátiles cuando se trata de ser buenos: somos criaturas tremendamente limitadas. ¿Qué grado de escrutinio resistirían las vidas de los santos? Todo el mundo es horrible para alguien. Incluso tu amigo Jesús. ¿En verdad qué sabemos de él? Tuvo la suerte de ser ensalzado por cinco genios de la literatura.

—¿Suerte? Bueno…
—Nuestros vicios son universales, aburridos, el barro podrido y ordinario de la mezquindad, la cobardía, la crueldad y el egoísmo humanos; e, incluso cuando son extremos, son todos lo mismo. Solo en nuestras virtudes somos originales, porque la virtud es difícil, y tenemos que probar, inventar, operar por medio de nuestra naturaleza para hacerle frente a nuestra naturaleza…

—Pero ¿no tiene cada vicio su correspondiente virtud? Quiero decir: ¿no se definen los unos en oposición a las otras?

—Solo en apariencia; pues la virtud es tremendamente singular. Está aislada, es algo en sí misma.

—¿Quieres decir algo demoníaco?

—Esa es otra idea romántica. No, no voy a seguir ese hilo. Es simplemente… original…, idiosincrásica…, singular. Los vicios son generales; las virtudes son particulares. No forman parte del continuum que lleva hacia una mejora general.

—No lo veo claro —dijo Anne—. Deben estar relacionados entre sí en una especie de…

—¿Sistema? ¿Jerarquía? Eso es pura metafísica.

—Y también la virtud es muchas veces tranquila y aburrida. Yo lo he visto. Estoy de acuerdo en que está especializada: somos buenos en un pequeño ámbito que encaja con nuestra forma de ser. Pero tú concibes la virtud como algo intrínsecamente interesante y original, y eso yo no lo veo. Es una especie de… conjetura.

—Yo no he dicho «interesante»…, y sí, es una conjetura… Pero tú me preguntabas si…, cuando quería ser castigado…, se debía… a algo en particular…

Guy la estaba mirando fijamente. Anne se sobresaltó y notó que la cara se le ruborizaba. Se le acababa de venir a la cabeza que acaso lo que de verdad quería Guy era hacerle alguna clase de confesión. ¿Y si se disponía a decirle algo terrible, algo que tenía guardado, que lo atormentaba? ¿Era esa la razón por la que había querido verla? Pensó: «Si yo fuera un sacerdote, sería mi deber escucharlo. Pero no soy un sacerdote. Conmigo se daría una situación confusa y personal. Yo aquí no pinto nada: no tengo ningún poder mágico capaz de transformar lo que pudiera suceder, ninguna autoridad para llegarle al alma; no podría decirle nada bueno, y él terminaría arrepintiéndose».

Anne dijo, con cortesía:

—Creo que te estoy cansando. Ya me ha dicho Gertrude que no debía quedarme mucho tiempo.

Guy seguía mirándola fijamente. Después suspiró, esbozó una sonrisita, una mueca burlona, y volvió la cabeza. Dijo:

—Te he asustado, ¿verdad?

—Sí.

—Lo siento. No era nada. No… pasa nada. ¡Eh, eh, el cisne blanco! De todos modos, la enfermera va a entrar en un minuto.

—Debo irme.

Guy se volvió para mirarla. Anne sintió una riada de emoción que casi la dejó sin aliento. Estaba temblando. Por un momento, pensó: «No me puedo ir».

Guy le tendió una mano. Anne la tomó con fuerza entre las suyas, una mano delgada como el papel y ligera como una pluma; se inclinó sobre ella y se la besó.

—Venga, Anne…, vete ya… Ya hablaremos… en otro momento…

Pero Anne no volvió a ver a Guy nunca más.


—¿Eso es todo lo que has conseguido para cenar?

—Sí.

—¡Vaya putada!

—A lo mejor podemos comprar algo.

—¡Ah, mierda!

Tim Reede y su chica, Daisy Barrett, estaban sentados en el Prince of Denmark tomando una copa. Tim estaba dibujando al gato del Prince of Denmark. El gato, un animal negro y estilizado con una cara huesuda y noble y patas blancas, era frío y vanidoso. Miraba fija y despectivamente a Tim con sus ojos verde hielo. Luego se estiró voluptuosamente y adoptó otra postura. Tim volvió a empezar. Aquel gato (se llamaba Perkins) tenía un repertorio de poses más amplio que ningún otro gato que Tim hubiera dibujado jamás, y había dibujado a un buen número de gatos. En el Prince of Denmark, un pub cercano a Fitzroy Square, habían tenido también un perro llamado Barkiss, un animal incansablemente juguetón, que hacía poco había sido secuestrado por un cliente que estaba de paso. A Tim y a Daisy les gustaba aquel lugar porque era tranquilo, cutre y estaba pasado de moda. Tenía una barra grande de caoba con un expositor encima, una pantalla compuesta de pequeños paneles oscilantes de vidrio victoriano grabado, que parecía el ala este de una iglesia ortodoxa griega. Y la verdad es que sí había cierto ambiente eclesiástico en el aire: el lugar estaba tenuemente iluminado y lleno de humo, y los clientes hablaban en voz baja. Había pequeños cubículos, como confesionarios, alineados en una pared. Tim y Daisy estaban sentados en uno de ellos. No había gramola.

La hora: las nueve de la noche; y la fecha: cinco días después de la tarde en que, como se ha narrado al principio, Manfred y el Conde y Sylvia Wicks y Stanley Openshaw y la señora Mount y Tim se reunieron a la hora de las visitas en Ebury Street. Desde entonces, Tim había estado allí otras dos veces, incluyendo esa misma tarde. No siempre le pedía directamente comida a Gertrude: había que hacerlo como quien no quiere la cosa. Confiaba en que ella no reparara en ningún detalle que delatara sus asaltos a la cocina. Si cogía un poco de muchas cosas, no se notaba. Tim no quería tener fama de gorrón. Lo que ahora había dispuesto delante de Daisy sobre la mesa manchada de cerveza era lo siguiente: dos rebanadas de pan toscamente untadas de mantequilla, dos trozos de queso, uno de Cheddar y otro de Stilton, dos tomates, cuatro galletas de avena, un filete frío de cordero asado y un trozo pequeño de tarta de fruta.

—No creo que esté tan mal —dijo Tim.

—¿No había patatas frías?

—No.
El impermeable de Tim, en cuyos grandes bolsillos había embutido apresuradamente las viandas, colgaba goteando en el respaldo de su silla. Fuera estaba lloviendo y el viento frío del este hacía que la lluvia cayera arremolinada, barriendo de lado a lado las calles del norte del Soho, que brillaban bajo las farolas como ríos. La escasa nieve había desaparecido y estaba ya olvidada. Daisy llevaba un buen rato esperando a Tim.

—Creo que estamos empezando a ser demasiado pobres. Vale, queríamos ser pobres, elegimos ser pobres, pero esto roza lo ridículo. ¿Cómo es posible que todo el mundo tenga dinero y nosotros no? ¿Cómo es posible que la gente pueda ganar dinero y nosotros no? Tenemos aptitudes. ¿Por qué no podemos venderlas?

Tim no sabía qué responder. Hacía mucho que Tim y Daisy se tomaban a broma lo de no tener ni un penique. Se consideraban vagabundos, inadaptados, desechos y basura, huérfanos de la tormenta, niños del bosque, artistas mendicantes, hedonistas indigentes que hacían pícnics a diario. Tim trabajaba un día a la semana dando clase en una escuela de formación profesional en Willesden. Daisy, que también solía dar clases de pintura, estaba (Tim esperaba que temporalmente) en paro. A él le pagaban por horas, de modo que no cobraba en vacaciones. Ahora el trimestre estaba próximo a su fin y (todavía no se lo había dicho a Daisy) no lo iban a contratar para el siguiente. Los dos, más bien a escondidas y sin decírselo el uno al otro, cobraban una ayuda de la Asistencia Nacional; pero de alguna manera, quizá porque no lograban cumplimentar los formularios correctamente, nunca parecían percibir tanto dinero como otra gente. En los últimos tiempos les habían subido sus respectivos alquileres (ahora vivían separados). Se habían planteado la posibilidad de robar, pero estaban de acuerdo en que no habían sido educados para eso y en que la vergüenza los horrorizaría: sus reparos no tenían nada que ver con la moralidad. Podrían vivir con menos gastos si se hubieran decidido a dejar de beber o a volver a vivir juntos, pero no fueron capaces de tomar ninguna de esas dos decisiones: los problemas de espacio de las habitaciones baratas los habían disuadido. Ahora, gracias a Tim, su situación había mejorado (tenía una vida social más amplia que Daisy), ya que se dedicaba a coger comida de las casas a las que lo invitaban (eso desde luego no era robar). Cualquier clase de fiesta era un extra, especialmente las grandes recepciones donde uno podía meterse varios sándwiches en los bolsillos. Durante el bar mitzvá de Jeremy Schultz, se había aprovisionado lo suficiente para montar una tienda de comestibles. (Los sándwiches pasados estaban deliciosos fritos.) Afortunadamente, ahora estaba a la vista la boda de la sobrina de Moses Greenberg con uno de los Lebowitzim.

Tim y Daisy llevaban juntos mucho tiempo y no resultaba fácil, ni siquiera para ellos, definir qué tipo de relación mantenían. Tiempo atrás, Tim se habría casado con Daisy, de no haber sido por la hostilidad, sorprendentemente feroz, que ella sentía hacia el matrimonio, institución que relacionaba con «hogares y jardines y pasar la aspiradora por la moqueta y, en pocas palabras, convertirse en muertos vivientes». Estaba especialmente resentida con las mujeres ociosas que se casaban para no trabajar y llevar una vida de egoísmo burgués. ¡Las «posesiones», además de sus maridos y sus niños y sus casas llenas de muebles de mierda! ¡Gente que no valía nada llena de complacencia moral y desprecio por los demás! Daisy y Tim se enorgullecían de ser libres y no tener posesiones. Se veían a sí mismos como si hubieran perdido deliberada y felizmente el tren. Habían sido jóvenes juntos; ahora, aún juntos, no eran tan jóvenes. Aunque todavía actuaban de forma infantil, acusaban los años, años que a los dos se les pasaban volando. Eran un par de camaradas con una relación especial. Había quedado claro hacía mucho tiempo que encajaban bien el uno con el otro, y parecía que nadie más encajaba con ninguno de los dos (y eso que habían buscado bastante). Ellos dos eran, el uno para el otro, los únicos a los que no podían dejar. Habían vivido, y todavía vivían, a la luz del romance, siguiendo las huellas del otro por Londres, encontrándose en pubs y en clubs de copas vespertinas, como habían hecho cuando eran estudiantes. Estos encuentros, que se daban a diario, resultaban más emocionantes que el modo de vida aburrido que ya habían probado y descartado. Concebían la vida, decían, como una marcha perseverante de una pequeña fiesta a otra, y para ellos casi cualquier cosa contaba como fiesta. Conspiraban para ser eternamente jóvenes y en ese afán se mantenían, incansables.

Los dos habían pasado la infancia en hogares infelices y, al parecer, eso hacía que fueran como «hermano y hermana», dos de una misma clase. El padre de Daisy era francocanadiense. La familia se apellidaba Barrault, pero por alguna razón su excéntrico padre había decidido cambiarlo por Barrett. Su madre era una dama de Bloomsbury (lejanamente emparentada con Virginia Woolf) que había sido una pintora aficionada y no muy brillante del estilo Euston Road, y protegida de Duncan Grant. El matrimonio se rompió cuando Daisy (hija única) tenía cuatro años. La madre y la niña se quedaron en Londres, el padre regresó a Canadá. Según Daisy, había sido una especie de escultor, pero tuvo más éxito cuando se pasó al negocio del arte. La madre de Daisy, que deseaba moverse «en sociedad», pero por entonces era muy pobre, estaba resentida con Daisy, que de alguna manera, pensaba ella, le había impedido volver a casarse. Su madre murió cuando Daisy tenía diez años, y ella se fue a Canadá con su padre, quien, aunque cariñoso a ratos, consideraba a su hija un condenado fastidio. A su debido tiempo, se la llevó de vuelta a Inglaterra y la dejó tirada en Roedean. Mientras tanto, él pasaba cada vez más tiempo en Francia. Las vacaciones, a trozos, las pasaban en hoteles. Daisy odiaba Roedean. Más adelante, su padre, al darse cuenta de que se estaba convirtiendo en una muchacha alta y guapa, se la llevó a París a compartir casa con su última amante. Poco después de eso se declaró en bancarrota y regresó a Montreal para terminar bebiendo hasta matarse; así, Daisy fue a parar a Neuilly-sur-Seine con una pariente muy lejana a quien ella conocía como tante Louise. Animada por algunos de los amigos de su padre, Daisy comenzó sus estudios de arte. Para escapar de la tante Louise, se marchó a Londres y estuvo viviendo allí como estudiante de Bellas Artes. Su padre, mientras vivía, le enviaba una asignación irregular pero no poco generosa. Daisy tenía talento y finalmente llegó a la Slade. Fue allí donde conoció a Tim, que era dos años más joven que ella. Daisy hablaba francés a la perfección, pero detestaba Francia.

La historia de Tim era diferente, pero igualmente insatisfactoria. Su padre, que era irlandés, pero siempre había vivido en Inglaterra, había sido abogado y músico aficionado. Sin embargo, la música, no las leyes, era su verdadera pasión, y terminó por abandonar la práctica del derecho. Tocaba el piano muy bien, pero nunca alcanzó la excelencia. Como ya había hecho sus pinitos en la composición, se entregó por completo a ella, al principio con algún modesto éxito. Era un hombre pelirrojo, grande, brillante, gracioso y risueño, y se le daban muy bien las mujeres. Tenía una elegante voz de barítono y conocía todas las canciones del mundo. Sabía tocar cualquier cosa al piano. Era capaz de montar un concierto él solito, ya fuera cómico o serio. Como marido y padre tenía menos aptitudes. La madre de Tim también era música. Había tocado la flauta en la Jeunesse Musicale y después en la Orquesta Sinfónica de Londres. Era una chica galesa de origen humilde y salud delicada (de niña había tenido tuberculosis), y fue muy guapa durante muy poco tiempo. Se casaron deprisa y se arrepintieron sin prisas, o al menos la madre de Tim sí se arrepintió. Su padre, que se marchó poco después del nacimiento de Tim y su hermana Rita, no mostró señal alguna del más mínimo pesar. Emigró a América, y, aunque su carrera musical se fue poco a poco a pique, al parecer no dejó de pasárselo bien. Volvió a casarse, después se divorció. Aparecía por Inglaterra de vez en cuando para ver a los niños y, cuando los veía, se mostraba efusivamente cariñoso con ellos. Ni su padre ni su madre hicieron ningún intento por darles a Tim o a Rita una educación musical: el padre estaba ausente; la madre, cuya flauta no volvió a escucharse jamás, no tuvo voluntad para animar a sus indisciplinados hijos a que practicaran el arte que a ella solo le había traído tristes recuerdos.

Los niños adoraban a su padre. En la vida más bien monótona y precaria que llevaban con su madre en un barrio de Londres, él era un rayo de luz resplandeciente, un ser de otro mundo, un dios bullicioso y radiante. Los niños se reían y gritaban de alegría cuando su grandote, apuesto y pelirrojo papá hacía su aparición y se sentaba al piano. Lloraban cuando se marchaba, anhelaban su regreso y vivían soñando con reunirse con él en algún paraíso de riqueza y libertad (desde luego, daban por supuesto que era inmensamente rico) al otro lado del Atlántico. Su madre, delicada de salud, nerviosa, irritable, frustrada, empobrecida y tacaña, les resultaba aborrecible. En sus conversaciones siempre hablaban de lo que harían cuando «se fueran». Sin embargo, la partida de su madre llegó antes. Cuando Tim tenía doce años y Rita diez, la infeliz mujer sufrió una recaída y murió de turberculosis. A Tim y a Rita se los llevaron de inmediato a Cardiff, donde se quedaron a vivir con la familia de su tío materno, entre varios primos muy molestos por su presencia. A Tim, que soñaba con niños protegidos en cálidas guarderías, lo atormentaba una pandilla de niñas alborotadoras. Cuando él cumplió los catorce, Rita murió de anorexia nerviosa, un trastorno que por aquel entonces no se conocía bien. Tras la muerte de su madre, su radiante padre no volvió a aparecer nunca más: se mató poco después en un accidente de moto.

Sin embargo, el divino papá había dejado guardado un último y útil regalito para sus hijos, y fue esa vía la que llevó a Tim, a su debido tiempo, a entrar en contacto con Ebury Street. Su padre, en sus días en Londres, se había hecho amigo de Rudi Openshaw, otro abogado con aptitudes musicales, que era uno de los tíos de Guy. Cornelius Reede (que así se llamaba el padre) había dejado en su testamento cierta cantidad de dinero en fideicomiso para sus hijos, bajo la custodia de Rudi Openshaw y del «banco de la familia». Rudi se convirtió a efectos prácticos en el tutor de los niños. Era soltero, torpe con los niños, y solo vio a sus ahijados una vez, cuando fue a Cardiff a hacer unos tratos financieros con el tío de Tim. Esos tratos, aunque aceptables para la familia del tío, no mejoraron de ninguna manera la situación de Tim y Rita. Rita murió. Rudi murió. Y el fideicomiso a favor de Tim se transfirió al padre de Guy y después a Guy, quien de esa extraña manera pasó a ocuparse de Tim in loco parentis.

El deseo de Tim era, y siempre había sido, volver a Londres. A los diecisiete años, con el consentimiento del padre de Guy y las bendiciones de su tío, tía y primos, viajó a la capital a cursar estudios de arte. Más tarde tuvo la sospecha de que la idea de que estudiara Bellas Artes había surgido no de un análisis de sus capacidades, sino del hecho de que aquello representaba una forma cómoda y barata de darle una mínima formación superior. Lo que Tim nunca supo fue que el dinero del fideicomiso se había agotado hacía algún tiempo y que sus interminables días de estudiante fueron financiados por el padre de Guy y después por Guy de sus propios bolsillos. Guy nunca se lo dijo a nadie, ni siquiera a Gertrude. A Tim se le pagaba la formación (posteriormente consiguió una beca estatal) y también recibía una modesta asignación, gracias a la cual vivió en una residencia de estudiantes y después en una pensión. Comenzó sus estudios en una Facultad de Bellas Artes de la periferia, y después, para sorpresa de sus profesores y no menos para la suya propia, consiguió entrar en la Slade. Cuando terminó la carrera, Guy lo informó de que el dinero del fideicomiso estaba a punto de acabarse y de que la asignación no podía prolongarse más de seis meses. Después de todo, pensaba Guy, el jovencito debía aprender a valerse por sí mismo. El propio Tim se preguntaba a menudo si había llegado a valerse por sí mismo alguna vez. Cuando salió de la Slade, tenía veintitrés años, y Guy, treinta y cuatro.

Más adelante, Tim empezó a pensar de otra manera sobre su madre. Ahora que ya no podía consolarla ni quererla, su corazón regresó a ella. Soñaba que la buscaba en salas oscuras y difusas o subiendo por interminables escaleras. Cuando era niño, su padre había representado la libertad; su madre, las ataduras. Pero eso era tan injusto, con esa injusticia tan profunda y despreocupada de aquel mundo podrido… Su padre había sido un bastardo egoísta e irresponsable. Su madre se había quedado sola, empobrecida, enferma. Incluso sus hijos se habían vuelto contra ella. Tuvo que luchar sin ayuda contra toda clase de dificultades, claro que cayó en el cansancio y en el mal humor. Necesitaba ayuda y cariño. Solo que ahora, cuando por fin había cariño para ella en el corazón de Tim, ya era demasiado tarde. Había pasado a querer a su madre y a odiar a su padre cuando ambos eran ya fantasmas. Anhelaba en vano reparar ese daño. Hablaba con Daisy de esa culpa y ese dolor. Daisy decía: «Sí, nuestros padres de mierda nos decepcionaron, pero supongo que tenemos que sentirlo por ellos: fueron desdichados y nosotros, en cambio, somos felices, de modo que al final hemos salido ganando». Tim pensaba que su padre no había sido desdichado y que él, por su parte, no siempre era feliz, pero no discutía. Se había formado una idea muy modesta de sus derechos y de sus capacidades, y, aunque a veces le daba la sensación de que había tenido mala suerte, debía admitir que en su vida adulta, hasta el momento, no había sufrido ninguna catástrofe, y estaba dispuesto a conformarse con la satisfacción «del hombre que no tiene historia». A veces se veía como un soldado del azar, como un tipo pícaro y sin ataduras, un bebedor, un gorrón vagabundo, un vivalavirgen con uniforme andrajoso (por supuesto, no de oficial), que vivía evitando situaciones desagradables y procurándose pequeñas gratificaciones bastante inocuas día a día. No había ninguna felicidad arraigada en su vida, pero era alegre por naturaleza. Tenía (y eso lo consideraba muy cercano a la virtud) un temperamento jovial. Muchas veces pensaba también en su hermana Rita, pero de eso no le hablaba a Daisy. (Ella también había padecido anorexia nerviosa de niña, como protesta contra Roedean.) Tim y Rita se peleaban mucho, pero estaban muy unidos, aliados contra el mundo; un mundo que ahora sería completamente diferente si Rita siguiera viva, ya que, a la sazón, Tim no tenía a nadie salvo a Daisy.

Cuando Tim conoció a Daisy, cuando él estaba empezando en la Slade y ella terminando, la admiraba desde la distancia. Daisy tenía por entonces una figura imponente, y cierto aspecto de muchacho. Era muy delgada. Tenía el pelo muy negro y corto, grandes ojos marrón oscuro, una cara agraciada con una tez blanca y limpia, y una boca alargada y sensual que caía en las comisuras. Su nariz era preciosa y afilada, y tenía un lunar al lado de uno de los orificios. El lunar hacía juego con sus ojos castaños, como si fuera una gotita de ellos. Sabía mover el cuero cabelludo hacia atrás y hacia adelante de una manera muy graciosa. Vestía de forma extravagante y era objeto de deseo para las personas de ambos sexos. Aunque no tendía a formular planteamientos políticos demasiado consistentes, también se la consideraba una especie de líder. Prefería el sexo opuesto antes que el suyo, pero solía tener amistades sentimentales con mujeres, especialmente (en la Slade) con un grupo de vociferantes americanas del Movimiento de Liberación de las Mujeres. Sus ideas eran propias de la extrema izquierda anarquista, y, cuando la provocaban en una disputa, sus ojos marrón oscuro se abrían como platos, llenos de furia. Era una pintora de gran talento de la que todos esperaban mucho. Cuando dos años después eligió a Tim como amante, a él lo embargó un orgullo tremendo. Pensó que se trataba del principio de una nueva era de esplendor.

Ahora Tim tenía treinta y tres años y Daisy treinta y cinco. Todavía era guapa, estaba delgada y conservaba aquel aspecto de muchacho, y sus hermosos ojos pintados seguían teniendo lo que Tim llamaba su «aire etrusco»; pero a veces (había que reconocerlo) le parecía casi vieja: su cara delgada se había vuelto ojerosa prematuramente y en su pelo corto se apreciaban ya vetas grises. Varias hileras de finas líneas le fruncían el labio superior. Ahora su cara era más enfática y expresiva, de modo que cuando hablaba parecía hacer muecas. Su sonrisa se asemejaba cada vez más a la sonrisa medio chiflada de un campesino de Goya. Le resultaba más difícil que antes comunicarse con la gente. Su voz, una curiosa mezcla de acento francés y canadiense, fuertemente influida por la voz de clase alta de Bloomsbury de su madre, se había hecho más estridente. Su lenguaje, siempre escabroso, se había vuelto más grosero aún, y Daisy siempre se reía de lo mucho que Tim se escandalizaba ante su forma de hablar. Él, por su parte, era lo bastante anticuado como para que le molestara que las palabras «mierda» y «joder» salieran constantemente de la boca de la mujer a la que amaba. Por supuesto, el aspecto de Tim también había cambiado, pero no tanto, o eso pensaba él. A los veintitrés años, había tenido el pelo largo, rizado y anaranjado. Ahora llevaba el pelo más corto, se le había oscurecido y había perdido los rizos. Incluso podría definirse como rojo «jengibre». Sin embargo, su cara blanca y pecosa no parecía haber cambiado. Tenía una nariz pequeña que a menudo arrugaba (tenía un agudo sentido del olfato) y los labios colorados. Sus ojos eran azules, no de un azul serpiente claro como los del Conde, sino de un azul muy luminoso de cielo de verano. Quizá algún compatriota podría haberlo identificado como irlandés por lo peculiar de su boca y por la rápida y nerviosa imprecisión que se advertía en sus ojos. (Hay una cara irlandesa feroz y dura, y otra suave y delicada, y Tim tenía esta última.) Era menudo, más bajo que Daisy. En ese momento, estaba afeitado. Cuando se dejaba bigote, parecía un joven teniente de la Primera Guerra Mundial.

Tim y Daisy habían estado juntos una temporada, luego se habían separado y se habían vuelto a juntar. Ambos habían tenido otras aventuras amorosas, habitualmente insatisfactorias y, en el caso de Daisy, muy tormentosas. Daisy parecía odiar a todos sus amantes anteriores, mientras que Tim mantenía muy buena relación con las caprichosas chicas galesas de su pasado. (En ese aspecto, Londres lo había compensado bastante por sus días en Cardiff.) La verdad es que Daisy estaba llena de odios: odiaba a la burguesía, el estado capitalista, el matrimonio, la religión, a Dios, el materialismo, lo establecido, a cualquiera con dinero, a cualquiera que hubiera ido a la universidad, todos los partidos políticos y a todos los hombres, excepto a Tim, a quien no contaba entre los hombres (él no estaba seguro de si eso le agradaba o no). Las altas y alborotadoras americanas se habían marchado para fundar una especie de comuna de mujeres en California, pero sus ideas seguían vivas en el pecho inquieto de Daisy: los hombres eran bestias, matones viles, aprovechados y egoístas. «Mira a nuestros malditos padres.» Los machos humanos heterosexuales eran los animales más repugnantes del planeta. Algunos de ellos se volvían literalmente locos de egoísmo. Tim a veces se sentía abatido por ese despectivo rencor universal, pero las más de las veces lo encontraba extrañamente estimulante. Reconocía en ella una profunda generosidad de espíritu y una especie de inocencia que desarmaba sus punzantes opiniones. Sus ideales de izquierdas se habían ido convirtiendo progresivamente en una especie de apasionado anarquismo. Lo que más disgustaba a Tim era que se declarara simpatizante del terrorismo («Es solo una reacción estética contra el materialismo»): a veces incluso decía que le gustaría ser terrorista.

Nunca quedó claro qué pasó con la carrera de pintora de Daisy. Consiguió un puesto de profesora a tiempo parcial en una reconocida escuela de arte de Londres y realizó algunas obras prometedoras, abstractas, por supuesto (en aquellos días todos los pintores eran abstractos). Esa obra temprana se componía a menudo de diminutos cuadrados o diminutas cruces de colores, con ligeras variaciones, con los que reticulaba meticulosamente sus enormes lienzos. Entonces de repente cambió de estilo y empezaron a sucederse las etapas obsesivas. Hubo una época en que no pintaba más que montones de cajas (cajas de cerillas, cajas de cartón, cajones) y, en otra, nada excepto arañas (extremadamente realistas), o marcos de ventanas, o velas encendidas. Pasó por una fase «primitiva» medio satírica, y por aquel entonces les vendió unos pocos cuadros a varias personas que encontraban sus pinturas «encantadoras». Sin embargo, los expertos habían empezado a hacer gestos de desaprobación: no estaba progresando; había un ingenio versátil y variable, pero no profundo. Entonces la propia Daisy empezó a declarar que no estaba seriamente interesada en la pintura y que ni mucho menos era una pintora de verdad. Anunció haber descubierto que en realidad era escritora. Dejó su trabajo de profesora y escribió una novela; y, para sorpresa de todos, se la publicaron. Tuvo un cierto éxito, pero no la reimprimieron. Escribió otra novela, que no se publicó. Tim, con quien estaba viviendo otra vez, la convenció de que volviera a dar clases de arte. En ese momento, resultaba mucho más difícil encontrar empleo. Consiguió un trabajo a tiempo parcial como profesora de Historia del Arte, materia de la que sabía poco (pero poco era lo que se le exigía). Se interesó por la serigrafía y el diseño textil, y pensó en montar un negocio como diseñadora, pero el único resultado que tuvo aquello fue que dejó su empleo. Empezó una tercera novela con la que todavía seguía a ratos. Encontró otro trabajo y luego lo perdió. Tim sabía que ella era, o había sido, mejor pintora que él. Pero no conocía la magia necesaria para convencerla de que trabajara.

Mientras tanto, Tim, más modesto y más astuto, se las había arreglado para mantenerse a flote (y, de hecho, cada vez más para mantener a flote también a Daisy). No había logrado mejorar, «desarrollarse», pero seguía pintando de manera continuada, conformándose con ser un pintor mediocre y disfrutando de ello. No tenía identidad, ni «estilo personal», pero le traía sin cuidado. (Guy le había dicho una vez que no importaba carecer de identidad.) Se hizo cubista, luego surrealista, después fauvista, futurista, constructivista, suprematista. Adoptó el expresionismo, el posexpresionismo, el expresionismo abstracto. (Pero nunca el minimalismo ni el conceptualismo ni el pop, movimientos que despreciaba.) Imitaba a cualquiera a quien admirara, es decir, a cualquiera lo bastante moderno, ya que no sabía imitar a Tiziano ni a Piero della Francesca. (Lo habría hecho si hubiera sabido por dónde empezar.) Pintaba pseudo-Klees, pseudo-Picassos, pseudo-Magrittes, pseudo-Soutines. Habría hecho pseudo-Cézannes, pero eso quedaba más allá de sus posibilidades. Probó con interiores moteados al estilo de Vuillard y mesas con desayunos al estilo de Bonnard. Uno de sus maestros le había dicho: «Tim, creo que estás destinado a convertirte en un gran falsificador». Por desgracia, Tim no podía llegar a eso: la falsificación requiere una paciencia y unos conocimientos de química de los que, lamentablemente, él carecía. Por otro lado, el falsificador debe estar dotado de un considerable talento como pintor. Y él carecía de ello también.

Tim no habría estado de acuerdo con la sentencia de Shakespeare de que, si hubiera vacaciones todo el año, el ocio sería tan tedioso como el trabajo. Tenía ataques ocasionales de depresión infantil, pero no duraban mucho. Su exigua labor docente no resultaba difícil. Cuando se cansaba de pintar, se iba al pub. No era un pintor laborioso. De hecho, rara vez era sistemático. Tampoco era un lector asiduo: lo que sabía de la historia de su arte lo había aprendido de una manera instintiva y aleatoria. Iba a las galerías de arte y recordaba lo que le gustaba. También frecuentaba, con espíritu hedonista, el Museo Británico. Su interés por las obras expuestas era meramente visual; no sabía nada sobre su historia. Se había enseñado a sí mismo a contemplar, sin el estorbo de datos externos, los vasos griegos, las tumbas etruscas y la pintura romana, los relieves asirios, las inmensas estatuas egipcias, las miniaturas de jade de China y las miniaturas de marfil de Japón. Todo tipo de cosas lo atraían y agradaban a su gusto, un gusto inclinado a la acumulación: las elegantes letras romanas, los animales celtas entrelazados, las joyas, los relojes, las monedas. Esas incursiones estéticas rara vez influían en su pintura, y nunca se le ocurrió que pudiera inspirarse en lo que no podía copiar.

Intentó vender sus pinturas, pero resultaba difícil, ya que nadie las iba a exhibir. Varios amigos y conocidos le compraban ocasionalmente alguna obra por hacerle un favor (sus precios eran módicos). El Conde le compró una pintura (un pseudo-Klee), y Guy otra, y la escondió. Tim, que nunca había sido muy ambicioso y ahora estaba resignado, seguía dibujando y pintando de manera aleatoria: después de todo, se trataba de una función natural. Dibujaba a gente, figuras en pubs o en calles, a las que imaginaba como «espectadores de una crucifixión»: un hombre que bebía cerveza viendo una crucifixión, un hombre que vendía periódicos viendo una crucifixión, un hombre en un autobús en marcha viendo una crucifixión. La escena de la crucifixión en sí misma, sin embargo, nunca se materializaba. Sus dibujos podían dar la impresión de ser impactantes: una vez consiguió un lucrativo encargo para realizar unos cuadros pornográficos de unas características muy concretas, que le fueron especificadas con gran cuidado y meticulosidad; pero luego se sintió mal consigo mismo y nunca más volvió a hacerlo. A veces hacía cursis representaciones de flores o animales, de las que tenía opiniones variadas y de las que se avergonzaba un poco, pero que al menos ocasionalmente vendía por algo de dinero. Si las vendía a través de tiendas, las tiendas se llevaban una comisión. También tenía un amigo, un pintor y tratante con mentalidad comercial llamado Jimmy Roland (cuya hermana Nancy había sido uno de los antiguos amores de Tim). Roland exponía en las verjas de Hyde Park los domingos, y a veces colocaba algunas de las «cursiladas» de Tim junto a su trabajo. La línea más exitosa de Tim eran los gatos. En Inglaterra, el dibujo de un gato siempre se vende si es lo suficientemente sensiblero. Tim estudiaba la sensiblería. Durante un tiempo, tuvo un trabajo de tres días a la semana dando clases de dibujo en una escuela politécnica del norte de Londres. Luego las clases se redujeron a un día a la semana. Los gatos eran un sustento útil, pero se estaba empezando a cansar de ellos. Seguía pintando «cosas serias», pero sin muchas esperanzas de vender nada.

Cuando él y Daisy unieron fuerzas por segunda vez, justo antes de la «fase literaria» de Daisy, estuvieron viviendo juntos en un agradable piso de Hampstead. Fue un breve periodo de expansión y vida doméstica. Desarrollaron una especie de vida social en común. Solían ir a bailar danzas folclóricas. Tim era un buen bailarín. De estudiante, había sido un entusiasta de la danza Morris. Aprendieron a jugar al ajedrez y se enfrascaban en hilarantes y torpes partidas que terminaban con Daisy tirando el tablero al suelo. Tim incluso aprendió a cocinar un poco. Daisy despreciaba la cocina. Sin embargo, en la época en que Daisy terminó su segunda novela, estaban viviendo en un piso más pequeño y cochambroso en Kilburn, y llegaron a la conclusión de que, aunque seguirían juntos, no podían vivir juntos. Aquella estrecha cercanía propiciaba interminables y agotadoras peleas de las que Tim culpaba a Daisy y ella a él. Tim era obsesivamente ordenado, Daisy ferozmente desordenada. Él necesitaba marcharse para no vivir en medio de un perpetuo desbarajuste. Estaba harto de pasarse el día recogiéndole la ropa del suelo y lavándosela. Necesitaba más espacio para pintar, mientras que Daisy decía que su presencia la distraía a la hora de escribir. Los dos le tenían un verdadero miedo a la cercanía, a la falta de privacidad. La convivencia se fue volviendo demasiado agotadora.

Tim se marchó de la casa y se preguntó si ese sería el fin, pero no lo fue. Su relación se reavivó, se tornó de pronto más romántica y apasionante. El sexo, que, según había anunciado Daisy, se estaba volviendo «jodidamente aburrido», se hizo impetuoso e impredecible de nuevo. Cuando decidían irse a casa juntos, a la de Tim o a la de Daisy, era como si volvieran a ser estudiantes subiendo sin prisas y entre risitas las escaleras. A veces, uno decía «Somos malos el uno para el otro», para que el otro dijera «No»; o bien, «Simplemente revoloteamos el uno en la vida del otro, entrando por una puerta y saliendo por la siguiente». O Daisy exclamaba: «Búscate una niña bonita: yo soy demasiado vieja», pero no lo decía en serio. Verdaderamente sentían que, a su extraña manera (y se jactaban de tal extrañeza), habían sentado la cabeza. A Tim y a Daisy les encantaban todos los pubs de la misma manera en que a algunas personas les encantan todos los perros. Los pubs eran lugares inocentes donde ellos eran niños inocentes. Volvieron a los pubs del Soho que habían constituido su hogar originario, donde habían pasado cada noche antes de regresar a sus lúgubres pensiones u hostales cuando eran jóvenes. A Tim le gustaba este tipo de vida urbana: vagar de pub en pub, deambular, mirar los escaparates. Le fascinaba el encanto de la ruidosa, desastrosa y cambiante Londres, los puentes peatonales y las carreteras sobre pilares, la magia de Westway, de los modernos pubs situados junto a las ruidosas rotondas. El Soho en verano era su sur de Francia particular.

Daisy se mudó de su piso de Kilburn, que se había vuelto muy caro, y durante un tiempo tuvo alquilada una habitación barata en Gerard Street, donde comenzaron a acosarla; aunque al principio más o menos le gustaba, después empezó a darle miedo. Tim le encontró un apartamento de una habitación con cocina americana y baño compartido, muy barato, en los grisáceos confines de Hammersmith y Shepherd’s Bush. Por aquel entonces ella no trabajaba y él tenía que ayudarla a mantenerse. Daisy había empezado a aficionarse seriamente a la bebida. Tim, por su parte, había tenido mucha suerte al encontrar una habitación grande, una especie de salón encima de un garaje en una bocacalle de Chiswick High Road. Tenía un aseo exterior con un lavabo. Instaló un hornillo eléctrico para cocinar y una estufa de parafina para calentarse. El alquiler y los gastos eran muy bajos, ya que se suponía que la habitación no era para vivir en ella. Tim hacía ver que la usaba solo como estudio. El hombre del garaje, llamado Brian, que tomaba a Tim por un bohemio romántico, hacía la vista gorda respecto a que las luces estuvieran encendidas hasta las tantas de la noche. Una vez, para ahorrar dinero, Daisy le realquiló su pisito a un turista por poco tiempo y se fue a vivir con Tim. En otra ocasión, Tim se fue a vivir con Daisy y, para animarla a que realquilara su piso, fingió que él había realquilado el suyo. Sin embargo, en verdad no lo había hecho, puesto que temía las indagaciones, la inspección, a la policía y la llegada de una enorme deuda inasumible por los pagos atrasados. A Tim le daban miedo los funcionarios de cualquier clase. (Quizá fue por eso por lo que nunca hizo gestiones para conseguir algo más que la prestación mínima de la Asistencia Nacional.) Guy una vez le mencionó, a propósito de una muestra de ansiedad excesiva por parte de Tim, un expresivo verbo griego, lanthano, que significaba «paso inadvertido» al hacer cualquier cosa. Tim llegó a la conclusión de que su lema era lanthano.

Que Daisy diera por supuesto que él iba a mantenerla conmovía y exasperaba a partes iguales a Tim. En los vaivenes de su relación, a veces esa asunción parecía natural, pero otras veces no. Siempre cabía la posibilidad de que él consiguiera un trabajo mejor, de que ella se decidiera a volver a dar clases, de que su novela la hiciera ganar una fortuna. Según corrían los años, ellos seguían al pie del cañón, diciendo: «Puede que fuera mejor que nos separáramos, que lo dejáramos. Podría irnos mejor con otras personas». A lo que respondían: «¿Quién iba a querernos ahora?»; y se marchaban al pub. Daisy se aficionó a tener garrafas de vino en el piso y a quedarse en la cama hasta el mediodía. Nunca pusieron verdaderamente a prueba su relación en un escenario público. El muy modesto «alterne» de los días de Hampstead se había acabado. La mayoría de sus antiguos amigos de la Slade se habían ido distanciando de ellos. Ahora tenían algunos conocidos del pub. Daisy, por su parte, se veía con algunas amigas suyas, a las que Tim casi nunca llegaba a conocer; estas también eran feministas y extremistas de izquierdas. Tim, que carecía de convicciones políticas, tenía unos pocos amiguetes raros como Jimmy Roland y uno o dos colegas de su escuela de arte. Y luego estaba el grupo de Ebury Street.

La relación de Tim con Ebury Street se había mantenido estable a lo largo de los últimos años, sin llegar a hacerse más profunda ni más interesante. Cuando aún era estudiante y después del fallecimiento de Rudi Openshaw, Tim entró en contacto con el padre de Guy, una figura más bien inquietante que vivía en una casa grande en Swiss Cottage, a la que Tim iba cada cierto tiempo a decir lo bien que le iba y a recibir consejos sobre cómo vivir más económicamente. Guy, el hijo, recién casado, era en aquella época una vaga figura que ocasionalmente pasaba por allí, en un segundo plano, cuando Tim iba a la casa del padre. En una visita, Tim vio también a Gertrude, una Gertrude más joven y más delgada, muy arreglada para ir a una fiesta. Cuando el padre de Guy murió, en vez de seguir yendo a su casa, Tim empezó a acudir, a intervalos bastante más largos, a Ebury Street a dar parte de su vida. Por entonces nunca lo invitaban a ningún evento social, aunque Guy, a quien Tim miraba con nerviosa veneración, normalmente le daba un vaso de jerez. Cuando finalizó sus estudios y se acabó su asignación, Tim dio por supuesto que a partir de entonces Ebury Street no volvería a querer saber nada de él. De hecho, su idea de Guy por aquella época era más bien difusa, y la de Gertrude más vaga todavía. De los otros ni siquiera tenía noticia. Sin embargo, como resultado de un misterioso designio, su estatus, en vez de hundirse hasta el fondo, muy por el contrario, se elevó. La desaparición del dinero había convertido su relación en algo social, informal. Le empezaron a ofrecer copas; se convirtió en un visitante asiduo de los «días» de Ebury Street. A veces se celebraban grandes fiestas. Una vez llevó a Daisy a una. Aquello no salió bien. Estuvo descortésmente callada y luego se marchó pronto. Tim se quedó y después, más tarde, tuvo una discusión con ella.

Daisy se puso a despotricar contra aquellos «bourgeois grands», que poco a poco, afirmaba pensar, se estaban tragando a Tim, digiriéndolo en su horrible mundo esnob. Y al mismo tiempo, decía, lo despreciaban, se burlaban de él, lo trataban con aires de superioridad y desdén. Era gente artificial e irreal. Los odiaba. Por supuesto, como bien había notado Tim, estaba celosa. Sin embargo, Tim no pensaba renunciar a Ebury Street. Intentaba no mencionar sus visitas a aquel lugar. Solo Daisy insistía en volver al tema, en aguijonearlo por su «esnobismo» y en decirle que lo estaban «drogando con el olor de la opulencia». La impresión de Daisy era en cierto sentido acertada: Tim se hallaba bastante fascinado por el mundo de Ebury Street, no por su tufillo a opulencia, pensaba él, sino simplemente por su atmósfera familiar. Tim no tenía familia, ni sentimiento alguno de pertenecer a ningún lugar. Solo tenía su relación con Daisy. Las reuniones de Ebury Street eran familiares y le agradaba que lo consideraran uno más, un miembro joven de aquel círculo de parientes y amigos. Y, después de la suciedad y del caos del piso de Daisy y de la sobria sencillez del suyo, tampoco le eran indiferentes las ocasionales visitas a una casa caliente, limpia y ordenada donde se servía jerez en vasos elegantes. En conjunto, y en un sentido que nunca se preocupó de definir, Ebury Street constituía para él una valiosa morada.

De todas las personas que se reunían allí, con quien mejor se llevaba era con el Conde. (Tim sabía que no era un conde de verdad.) El Conde había sido notablemente amable con él desde el principio y Tim había intuido algo de su particular soledad y de su persistente tendencia a sentirse foráneo. También le estaba muy agradecido por haberle comprado la pintura (se titulaba Tres mirlos en un pozo de melaza). Albergaba la esperanza de que el Conde lo invitara alguna vez a su piso, pero eso nunca llegó a suceder. Balintoy también era amable con Tim y lo mimaba, pero él no entendía a Balintoy y se sentía incómodo con este compatriota irlandés. En un par de ocasiones, Gerald Pavitt había invitado a Tim a unas copas en un pub, pero era un hombre muy raro y reservado, y a Tim le resultaba difícil hablar con él. Gerald no sabía nada de pintura y Tim no sabía nada de estrellas (o de lo que quiera que hiciera Gerald, Tim no estaba seguro). Stanley Openshaw, que también era muy amable con Tim, lo invitó a almorzar una vez. No se lo volvió a ofrecer, sospechaba él, porque a Janet no le gustaba su aspecto. Su relación con Guy y Gertrude siempre había sido cordial, aunque formal. Les tenía un poco de miedo a los dos. Guy tenía tendencia a desempeñar el papel de padre severo con él, especialmente en una ocasión, no hacía mucho, en que Tim, desesperado, le había pedido un préstamo. Guy le dejó el dinero, pero también lo sermoneó. Esa deuda pesaba en la conciencia de Tim y aún no la había pagado. Ignoraba si Gertrude sabría algo del asunto.

Al principio, Tim había recibido la noticia de la fatal enfermedad de Guy con incredulidad. ¿Cómo podía alguien tan fuerte y real como Guy pensar en desaparecer del mundo a la edad de cuarenta y cuatro años? Después sintió miedo, un miedo que se le clavó en las entrañas. Quería a Guy de una manera respetuosa. Pero se sentía más profundamente conmocionado por sí mismo. ¿Cómo demonios iba a arreglárselas en el mundo sin Guy? No se trataba solo del dinero o de las bebidas, ni siquiera de los «consejos» que pudiera darle: Guy había asumido un papel paternal en la vida de Tim. Durante mucho tiempo, «Guy había estado» allí, un baluarte seguro, un último refugio. Si «todo se hacía añicos» (una posibilidad palpable y nada clara que Tim contemplaba constantemente), Guy de alguna manera estaría allí para recoger los pedazos. La presencia de Guy en un segundo plano ayudaba a Tim a manejar, de alguna forma, incluso su vida con Daisy. Era capaz de mantenerse más calmado y ser más racional gracias a aquel «último recurso» (y no solo financiero). En él había prudencia, había autoridad, había un afecto tranquilo y sincero. Guy siempre le había exigido a Tim una particular forma de franqueza; una franqueza que, por lo general, siempre se las apañaba para conseguir de todo el mundo. El misterioso impulso de mentir, incluso sin sentido, no siempre resulta comprensible. Tim era evasivo por naturaleza, podría decirse que algo así como un mentiroso despreocupado y habitual; pero había aprendido desde el principio a decirle la verdad a Guy. ¿Se acabarían ahora las verdades?

Quizá había habido un caso de suppressio veri, de omisión de la verdad: Tim nunca le había hablado a Guy de Daisy. Desde luego, nunca se había dado ninguna ocasión especial para hacerlo. Guy no lo solía interrogar sobre su «vida privada» en general, ni le había preguntado por Daisy en particular, de la que sin duda (en aquella desafortunada fiesta) apenas se había percatado. Tim, después del suceso de la fiesta (y de eso hacía ya algunos años), nunca volvió a hablar de Daisy en Ebury Street. Estaba claro que no podría volver a llevarla, ni aunque ella tuviera ganas de ir. Se había mostrado tan tremendamente atravesada, había exhibido tanta «muda insolencia», que Tim esperaba que por aquellos lares se hubieran olvidado de ella. Después, Tim pensó que, cuando le pidió dinero a Guy, debería haber mencionado a Daisy en respuesta a alguna de sus preguntas; pero no se atrevió a describir, ante el meticuloso (aunque discreto y caritativo) escrutinio de Guy Openshaw, la vida disipada que había llevado con su compañera.

Como nunca miraba hacia adelante, Tim no se decía explícitamente: «Daisy y yo estaremos juntos para siempre; moriré en sus brazos o ella en los míos». Pero ese era el aura que rodeaba su relación, aunque Daisy tampoco hablaba nunca de ello. Eran dos de la misma especie. Tim dibujaba la pareja que ellos dos formaban como pájaros, como zorros, como ratones, como compañeros, como pares de tímidas criaturas singularmente similares que pasan desapercibidas. Lanthano. Eran Papagena y Papageno. Se lo dijo a Daisy, a quien, aunque odiaba la ópera, le pareció bien la comparación. Papageno había tenido que superar una ordalía para conseguir a su verdadera compañera; e, igual que él, también Tim se salvaría al final, a pesar de sí mismo. Como se daba cuenta de lo inevitable, y aun así imperfecta, que era su relación con Daisy, se preguntaba a veces si la ordalía que habría de perfeccionarla estaba aún por llegar.

Para entonces (volviendo al Prince of Denmark), Tim ya se había comido un trozo de pan, el queso Cheddar, una galleta de avena, un tomate y la mitad del pastel. Daisy se había comido un trozo de pan, el queso Stilton, tres galletas de avena, un tomate, el cordero asado frío y la otra mitad del pastel. También habían comprado y dividido un sándwich de jamón. Llegaron a la conclusión de que no podían permitirse un huevo a la escocesa.

—¿Quién estaba allí?

Daisy se refería a esa misma tarde en Ebury Street. Aunque despreciaba a aquella «insoportable pandilla», a veces hacía que Tim le diera parte de ellos y mostraba un interés morboso por lo que hacían. Incluso había adoptado la expresión de Guy, les cousins et les tantes.

—Ah, Stanley, el Conde, Victor, Manfred, la señora Mount…

—¿No estaba Sylvia Wicks?

—Sí.

—Fue la única de aquella galère infernal que me cayó bien. La víctima de un maldito hombre de mierda.

En aquella fiesta, Daisy le había sonsacado a Sylvia la historia de su matrimonio.

—Aquí hay otro posavasos. ¿Lo quieres?

—Sí, gracias. —Daisy coleccionaba posavasos—. Afrontémoslo: los hombres sois unos animales. Bueno, tú no. Gracias por el papeo. ¿Todavía estaba lloviendo cuando has llegado?

—Sí, un poco.

—¡Vaya! Ahí está Jimmy Roland con ese tonto de Piglet, otra vez como una cuba.

—Daisy, hay algo que no te he dicho.

—¿Algo jodidamente terrible? ¿Estás enfermo?

—No. No voy a seguir dando clases el próximo trimestre.

—¿Quieres decir que te han largado?

—Se podría decir así.

—¡Maldita sea! Y hay algo que yo no te he dicho: me han subido otra vez el alquiler. Creo que me voy a tomar otro whisky doble.

Tim fue a pedírselo. Desde la barra se volvió para mirar a Daisy y le sonrió. A veces Daisy llevaba vaqueros y un jersey viejo. Otras veces, se enfundaba en un estrafalario disfraz femenino. (No podía quitarse el codicioso hábito infantil de comprarse ropa barata.) Esa tarde se había puesto medias negras de rejilla, una larga falda de algodón indio de un azul añil muy intenso ceñida a su estrecha cintura, y una escotada blusa amarillenta de encaje que se había comprado en una tienda de ropa de segunda mano y que no pegaba nada. Su delgado cuello estaba cercado por un collar de cuentas de vidrio. Llevaba su oscuro pelo veteado recogido detrás de las orejas, dejando ver la forma estrecha y huesuda de su cabeza. Ese día se había pintado los labios de rojo, y se había puesto colorete rojo en las mejillas y sombra azul oscuro alrededor de sus grandes ojos rasgados. (Algunos días no se maquillaba.) Debajo del abrigo llevaba una rebeca vieja y peluda de lana, que le llegaba hasta las rodillas. Tenía la falda muy subida. Había en ella algo exótico, atractivo, violento y libertino que a Tim le llegaba al corazón. Y, a pesar de todo su desparpajo, ¡era tan absolutamente vulnerable! Daisy le devolvió la sonrisa.

Tim llevaba unos pantalones grises y ajustados de tweed, viejos pero buenos (nunca llevaba vaqueros), y un jersey turquesa de lana, que le quedaba muy suelto por encima de su camisa verde manzana. Afortunadamente conservaba, de épocas mejores, ropa decente y práctica. Ahora los chalecos de lana costaban un ojo de la cara. Disfrutaba combinando los colores y a menudo se teñía las prendas con mucho esmero.

—Gracias, Ojitos Azules, ¡qué bueno eres conmigo! Joder, ¿qué diablos vamos a hacer con el dinero? La pasta es algo real, la pasta es cosa seria. Vamos a terminar bebiéndonos las sobras de los pubs, como esos malditos católicos franchutes, que viven de la eucaristía.

—Ojalá pintaras —dijo Tim—. Ojalá que de verdad te dedicaras a pintar.
—Le decía eso regularmente, para que la idea no se le fuera de la cabeza.

—Joder, cariño, no soy capaz de pintar. Quiero decir que no voy a pintar. Sé que piensas que las mujeres no saben pintar porque no tienen fantasías sexuales…

—No pienso eso —dijo Tim.

—De todas formas, ¿qué tiene que ver con el dinero que yo pinte o deje de pintar? Soy escritora. Estoy escribiendo una novela. Será mejor que hagas unos cuantos más de esos mininos. Toda la gente de este pequeño y estúpido país tiene un cuadro de un gato y quiere comprar otro.

—Estoy dibujando a Perkins. Haré otra tanda, pero se venderán por muy poco.

Tim sabía que para Daisy sería espiritualmente imposible pintar cuadros sentimentales de gatos, y, aunque eso de alguna manera era una pena, él atesoraba este hecho como prueba de la firme e inquebrantable superioridad de Daisy respecto a él.

—¡Dios, si tan solo pudiéramos salir de la maldita Londres! Me voy a volver loca. ¡Estoy tan cansada de la misma puta escena de siempre! Me gustaría emborracharme en algún otro sitio para variar.

—Sí. —Eso también era algo que decían con cierta regularidad.

—Sería estupendo no tener que pasarnos todo el tiempo preocupados por el dinero.

—Tendré que conseguir otro trabajo, cualquier trabajo; y tú deberías beber menos. ¿No puedes al menos intentarlo, maldita sea?

—No, joder, no puedo. Dejé de fumar para complacerte y hasta ahí llega mi abnegación. Y no me vengas con que vas a conseguir un trabajo de limpiador o algo así. Sabes que no eres capaz de aguantarlo. La última vez acabaste llorando.

Eso era bastante cierto.

—Quizá podamos arreglárnoslas con la ayuda de la Asistencia Nacional.

—No con mi alquiler. No podemos. Ni con la bebida, es verdad, pero la bebida es parte de la vida. Después de todo, tú también bebes. Y solo imagínate intentar pasar sin eso. Lo siento: no soy una millonaria como tus maravillosos amigos de Ebury Street. Apuesto a que toda la gente de este pub vive de la Seguridad Social, y apuesto a que todos sacan más que nosotros del maldito Estado de Bienestar.

—Somos unos vagos. Ese es nuestro problema —dijo Tim; a veces pensaba que esa era una gran verdad.

—Estamos desesperados —dijo Daisy—. No entiendo cómo nos soportamos. Al menos no entiendo cómo me soportas tú a mí. Deberías buscarte una chica. Hay muchas por los pubs a las que les encantarías, aunque se te esté cayendo el pelo.

—No se me está cayendo el pelo. Y ya tengo una chica.

—Sí, tienes a tu vieja Daisy. Llevamos mucho tiempo en el juego de «quiéreme y déjame» y todavía seguimos aquí. Estamos bien.

—Sí, estamos bien.

—Solo un poco atascados sin saber qué vamos a comer, qué vamos a beber ni qué vamos a ponernos. ¡Maldita sea, mierda, si tan solo pudiéramos irnos de Londres, podría terminar mi novela! Pero de momento mejor será que sigas con tus mininos. ¡Si uno de los dos pudiera casarse con un ricachón y mantener al otro!

—Si te casaras con un millonario, yo sería el mayordomo.

—Te pasarías el día empinando el codo en la despensa. Y yo te acompañaría.

—Tenemos madera de sirvientes.

—Tú habla por ti. Yo no la tengo. Tus amigos acomodados se dan muchos aires, pero no son más que nouveaux riches. Mi madre sí que era de clase alta de verdad.

—Sí.

—¿No le puedes pedir dinero a alguno del grupo? ¿Para qué otra cosa sirven les cousins et les tantes? ¿No le puedes sacar algo más a Guy antes de que estire la pata? ¿Crees que te dejará algo en su testamento?

—No. Y no. No puedo pedirle dinero a Guy ahora. Es demasiado tarde.

—Lo que más me fastidia es esa manera en que los veneras. ¡Y están todos tan gordos!

—No, no lo están.

—Y te tratan como a un lacayo.

—¡Ah, basta ya!

—El problema es que tú has estado guardando las apariencias; los dos las hemos guardado. Deberías mostrarte tan pobre como eres. Pero no, allá vas tú con tus mejores galas. Nadie tiene la menor idea de lo pobres que somos. Seguro que piensan que «tenemos nuestro propio dinero». ¡Qué frase tan bonita! ¡Joder! ¿Y qué hay de Gertrude?

—No.

—¿Por qué no? Puedes preguntarle. No tienes agallas. Dios, es una estirada de mierda. Se traga todo el oxígeno para que tú no puedas respirar.

—Solo la has visto una vez.

—Con una vez me ha bastado, amiguito. ¡Esa grande dame! Es descendiente de dos insignificantes dómines escoceses. Yo soy de clase más alta que ella.

—No se lo puedo pedir a Gertrude.

—No veo por qué no. ¡Y aquella orquesta de monos de porcelana! ¡Dios, ellos sí que son una orquesta de monos de porcelana! ¿Y qué hay de su excelencia el Conde?

A Tim le divertía dejar que Daisy creyera que se trataba de un conde de verdad. Eso alimentaba su desprecio y la hacía feliz.

—El Conde no es rico.

—No tienen por qué ser ricos. ¿Y qué pasa con Manfred? Ese sí que es rico de verdad.

—No, es demasiado…

—Le tienes miedo.

—Sí.

—Creo que les tienes miedo a todos. Tienes que pedírselo a alguien, o no podremos comer. Es posible que se avecine una buena época, pero ahora estamos en crisis. ¿Y Balintoy qué?

—No.

—Siempre me pones caras raras cuando menciono a Balintoy. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Eres un auténtico embustero, Tim. Algunas personas son mentirosas de la misma manera que son pelirrojas.

—No tiene nada de dinero.

—Pero me dijiste que el noble señor estaba en Colorado. ¿Cómo es que la gente sin dinero se va a Colorado cuando nosotros no podemos llegar más allá del bosque de Epping? ¿Y la señora Mount?

—No, es pobre.

—Es una serpiente.

—Bueno, es una serpiente pobre.

—Estás siempre rodeado de tus amigos pijos, pero nunca pareces sacar nada de ellos, excepto dos tomates y un poco de queso rancio.

—No estaba rancio.

—El mío sí. ¡Una orquesta de monos de porcelana! Eso es exactamente lo que son. ¡Oh, mierda! ¿Cuál es la solución? Supongo que no hay ninguna.

—Daisy, tenemos que arreglárnoslas por nuestra cuenta.

—No dejamos de decir eso, pero luego las cosas empeoran. ¿Qué pasa cuando uno está en la miseria? ¿Crees que me gusta coger tus peniques cuando, no pienses que no lo sé, tienes tan pocos? Rien à faire: uno de los dos tiene que casarse por dinero.

—¿Casarse con un ricachón y unirse a la burguesía?

—Sí, bueno, al menos somos libres: nos hemos quedado al margen, en libertad, en la realidad. No llevamos vidas artificiales y fingidas como los ricachones de tus amigos. Ni te los puedes imaginar aquí, ¿a que no? O viviendo, como nosotros, a base de palitos de pescado congelados. Una pena que nuestros principios no nos permitan robar en los supermercados. ¿Estás seguro de que Guy no te va a dejar ningún dinero?

—Completamente seguro.

—Apuesto a que te timó con aquel fideicomiso. Tú nunca viste ningún papel, ¿a que no? Apuesto a que había mucho más dinero del que dijeron. Deberías haber pedido ver los documentos.

Era cierto que Tim nunca había visto ningún papel. No se le había ocurrido preguntar. Los Openshaw podrían haberlo timado, pero él sabía perfectamente que no había sido así. A veces la malicia de Daisy lo deprimía, su decidido menosprecio por la gente a la que él respetaba. Desde luego, en cierto sentido, no tenía importancia: era simplemente una forma de quejarse del mundo en general. A veces incluso se veía arrastrado a una tácita complicidad en la malicia: resultaba más fácil que discutir.

—¡Es la hora, caballeros, por favor!

—¡Aquí también hay señoras! —gritó Daisy golpeando la mesa con su vaso.

Gritaba eso cada noche en el Prince of Denmark. A veces la gente se acercaba por la carretera desde el Fitzroy solo para escucharla.

—Ojalá hubieras visto a Guy antes —dijo Gertrude—. ¡Era tan guapo!

Ella y Anne se hallaban sentadas en el salón. Eran las últimas horas de la tarde. Anne estaba cosiendo los botones de uno de los impermeables de Gertrude. Gertrude, contagiada de aquel nuevo entusiasmo de Anne, intentaba leer una novela, pero las palabras de Mansfield Park se amontonaban una tras otra hasta formar un sinsentido ante sus ojos.

—Todavía es guapo —dijo Anne. Para complacer a Gertrude, se había comprado otro vestido: uno de tweed, liso y azul oscuro, con un cinturón de cuero. Se acarició su pelaje rubio platino y miró a Gertrude con una intensidad llena de cariño, que unas veces reconfortaba y otras veces exasperaba a su amiga. En los últimos días, Gertrude se había vuelto algo más agresiva, se mostraba más desesperada, y se daba cuenta de que Anne había notado el cambio. Gertrude se sentía como si estuviera envejeciendo de golpe. «Me estoy haciendo más vieja y Anne se está haciendo más joven», pensaba.

Gertrude se había quedado sorprendida ante los tremendos celos que la habían invadido la noche anterior, cuando Anne se quedó hablando tanto tiempo y tan apasionadamente con Guy. Hasta los había oído reírse. Por supuesto, no había estado escuchando a escondidas. Después, Guy había tenido una especie de desmayo y ella había pensado: «Se va a morir y Anne, que ha llegado como por arte de magia, va a ser la última persona que haya hablado con él». Anne había salido con aspecto cansado y excitado y con lágrimas en los ojos. Guy se recobró, pero con Gertrude se mantuvo distante, algo frío, casi desagradable. A veces sus ojos adoptaban aquella forma de mirar enloquecida y sin expresión que lo hacía parecer otra persona, un espectro viviente de su amado, que extrañamente seguía vivo. «No es él mismo —pensaba—. ¡Pero qué terrible es morir no siendo uno mismo!» Y sí, pensaba eso, pero todavía no era capaz de concebir de verdad ese «morir». Aquella mañana, Guy había decidido que no volvieran a afeitarlo. Y aquella oscura barba incipiente ya le había cambiado la cara: parecía un rabino. Gertrude no vería la cara que conocía nunca más.

Mientras Guy hablaba con Anne, habían llegado el Conde y Veronica Mount, y ambos se habían puesto a alabar a la «monja» de Gertrude. Victor estaba fuera, atendiendo una epidemia de gripe asiática. También vino Manfred, como siempre, y Stanley llegó con Janet, que acababa de salir de una conferencia. Traía más flores y se mostró cariñosa con Gertrude. La señora Mount les estuvo hablando de una espléndida y exótica boda judía, de la familia de su difunto marido, a la que había asistido, con música oriental y rabinos bailando. Después, pasó a criticar los arreglos del bar mitzvá de Jeremy Schultz. Stanley se dedicó a hablar de la Cámara. Moses Greenberg, el abogado de la familia, un viudo de mediana edad que se había casado con una Openshaw, llegó tarde. Les habló de su sobrina, que iba a casarse con Akiba Lebowitz, el polémico psiquiatra. También comentó que Sylvia Wicks había ido a consultarle sobre una cuestión legal de parte de una amiga. Sylvia no había vuelto a aparecer por allí desde la noche en que pidió que la dejaran ver a Guy. Gertrude pensaba que había sido antipática con Sylvia. Guy no había querido ver al Conde y después, esa misma noche, se había mostrado brusco con Gertrude. Gertrude no le había preguntado a Anne de qué habían estado hablando ella y Guy, y Anne tampoco se lo había dicho.

Ese día había niebla y ninguna de las mujeres había salido. Londres yacía acurrucada bajo una manta húmeda y helada de aire pardusco. Las farolas de la calle habían estado encendidas todo el día, y Gertrude había descorrido las cortinas a las tres en punto. Ardía un fuego en la chimenea. Los crisantemos de Janet Openshaw, con sus hojas de haya y eucalipto, se mantenían bastante frescos sobre la mesa de marquetería. Gertrude había arreglado las flores nuevas de Janet, un ramo de malvas y anémonas blancas, en una gran jarra de Staffordshire color avena, y las había puesto sobre la repisa junto a los jarrones de Bohemia. (Nunca ponían las flores en los jarrones de Bohemia, por si el agua dejaba marcas en el cristal.) Sentía el cansancio como una especie de dolor físico y le entraron ganas de ponerse a llorar a gritos. Consciente de que Anne la estaba mirando en silencio, dejó caer el libro al suelo.

La enfermera asomó la cabeza por la puerta:

—Disculpe, señora Openshaw, el señor Openshaw quiere verla.

Gertrude se levantó de un salto. Eso era raro: los días se habían sumido en una rutina tan estable… A aquella hora, Guy todavía solía estar descansando. Durante ese rato, era la enfermera la que se quedaba con él. Luego, después de eso, llegaba el turno de Gertrude. Gertrude pensó: «Ya está». Pero la enfermera le sonreía con su seca y profesional sonrisa mientras le sujetaba la puerta.

La puerta de Guy estaba entreabierta. Gertrude pasó adentro, jadeando de miedo. La solitaria lámpara se hallaba encendida junto a la cama. Guy estaba incorporado. Su rostro, con la barba crecida, la dejó conmocionada. También había más cosas diferentes: Guy le tendía una mano.

Gertrude, hechizada, tomó aquella débil mano y se sentó en la silla junto a la cama. Los sollozos sacudieron su cuerpo. De pronto, Guy se le había hecho presente, enteramente presente, con toda su ternura, con todo su amor, con todo su ser real.

Él dijo:

—Cálmate, cariño, mi vida, mi amor, mi único amor, mi amada…

Gertrude lloraba en silencio, inclinada sobre la cama. Sus lágrimas goteaban en la mano de Guy, en la sábana, en el suelo.

Él dijo:

—Ya sabes cómo es esto. No nos estamos separando. En cierto sentido, nunca nos separaremos. Perdóname si te he parecido muy distante.

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Gertrude—. Ay, Guy, ¿cómo haré para sobrellevarlo?

—Puedes sobrellevarlo; y, si puedes, debes. ¡Estoy tan saturado de espantosas medicinas! Ese es, en parte, el problema. Y… no quiero llorar en mi camino a la tumba. Es mejor estar tranquilo y atontado. No quiero verte angustiada, no quiero que estés angustiada. Nuestro amor y nuestra vida, ya sabemos lo buenos que han sido. No tenemos que recordarlo todo ahora entre lágrimas y gemidos. ¿Entiendes, vida mía?

—Sí, sí…

—Bueno, pues no llores tanto. Tengo que decirte una cosa. —Se movió con un suspiro, tirándose un momento del pelo con la otra mano—. Me gustó mucho hablar con Anne.
—Me alegro.

—Fue como un anticipo del cielo.

—¿Un…?

—Recordarás que un ingenioso francés decía que su idea del cielo consistía en discuter les idées générales avec les femmes supérieures. Pero no te preocupes: no me he convertido. «¡Rompe la mañana del cielo y huyen las vanas sombras de la tierra!» ¿Recuerdas al tío Rudi cantando eso?

—Se sabía todos los himnos anglicanos.

—Algo que sí se aprende en los colegios privados ingleses. Una canción totalmente adecuada para un capiscol. Me alegro de que Anne esté contigo.

—Yo también.

—Quería…

—¿Decirme algo?

—Sí.

—¿Te encuentras bien? ¿Te duele…?

—Estoy bien.

—De repente pareces encontrarte mucho mejor… Ay, Dios, si solo…

—Gertrude, no. Ahora escúchame, cariño, mi amor… Pero bésame primero.

Gertrude le besó en los labios, que le resultaron extraños con la barba. Y deseó a su marido, con un deseo que hasta entonces había estado desaparecido. Gimió y se apoyó en el respaldo, sosteniéndole la mano y acariciándosela con una repentina pasión.

—Cariño mío, querida. Gertrude, quiero que seas feliz cuando yo me haya ido.

—No podré ser feliz —dijo ella—. Nunca volveré a ser feliz. No puedo. No voy a matarme. No hará falta. Andaré y hablaré, pero estaré muerta. No quiero decir que me vaya a volver loca, pero no seré feliz: es imposible. No puedo ser feliz sin ti. Es algo natural. No fui feliz hasta que te conocí.

—Eso es una ilusión —dijo Guy— y, en cualquier caso, se trata de una cuestión completamente diferente. Te recuperarás.

—¿Qué significa que…?

—Hemos tenido una vida maravillosa.

—Sí…

—Escucha, tengo que hablarte con cordura mientras pueda. Deseo con todas mis fuerzas que seas feliz cuando yo me haya ido. La gente dice que eso de que «él habría deseado» esto o aquello no tiene sentido, pero lo tiene. Yo le estoy dando sentido ahora, por ti. ¿Lo entiendes? No pierdas tiempo en sentirte abatida. Quiero que encuentres la felicidad, que seas lista y decidas vivir, sobrevivir. Eres inteligente y fuerte. Eres joven. Puedes disfrutar de una nueva vida después de mi muerte.

—Pero, Guy, no puedo. Estaré muerta también…, andando y hablando, pero muerta… Por favor, no intentes…

—Tú me quieres, pero no vas a estar de luto para siempre. Quiero que busques alegría, y que la busques con inteligencia. Te pido, te suplico, que no me llores. Sé que ahora no te lo puedes ni imaginar, pero dejarás atrás estas sombras. Veo una luz más allá.

—No sin ti.

—Gertrude, basta ya. Debes intentar, por mí, tener ahora la voluntad de complacerme en el futuro; en ese futuro en el que yo haya dejado de existir. Ya no quedará nada de mí; así que sería una estupidez mantener un duelo prolongado. La gente respeta el duelo porque cree que le hará algún bien a alguien, que es una especie de tributo; pero no hay beneficiario alguno. «Muchos por él darán gemidos, pero nadie sabrá adónde se ha ido.» ¿Te acuerdas de cómo sigue?

—Es una balada escocesa, pero no me acuerdo…

—«Su dama ha encontrado a otro galán…»

—¡Ay, Guy!

—No te dejes llevar por los sentimientos. Piensa, y piensa conmigo. Ponte ahora de mi parte, aunque te sea difícil. ¿Por qué no ibas a poder casarte otra vez? Podrías disfrutar de una felicidad completamente nueva con otra persona. No quiero que te quedes sola.

—No. Yo soy tú.

—Así es como te sientes ahora: después la cosa será diferente. La vida, la naturaleza y el tiempo jugarán a tu favor. He estado pensando mucho en ello y quiero que te vuelvas a casar. Podrías casarte con Peter, por ejemplo. Es un hombre bueno y te quiere. Tiene un corazón puro. ¿Sabes que está enamorado de ti?

Gertrude dudó. Lo intuía, más o menos. Nunca le había dado importancia.

—El Conde, sí. A veces me lo ha parecido…, pero yo…

—Solo estoy diciéndote esto para que tu mente se centre. Solo Dios sabe qué te deparará el año que viene. Puede que sea algo completamente inesperado. Pero deseo… con tanta fuerza… que estés segura… y feliz… cuando yo ya no esté aquí…
Se echó atrás y se hundió entre las almohadas.

—Quiero morir bien… Pero ¿cómo se hace eso?

Justo al otro lado de la puerta entreabierta, el Conde se quedó helado. Había llegado temprano y había subido en silencio las escaleras, hasta llegar al descansillo. La puerta del salón estaba cerrada, y también la puerta de Anne. La enfermera, por su parte, se encontraba en la cocina. En silencio y a solas, el Conde oyó por casualidad lo que Guy decía sobre él. Entonces se dio la vuelta y, avanzando de puntillas, se alejó de allí, salió del piso y bajó las escaleras.

Capítulo tomado del libro Monjas y soldados publicado originalmente en inglés y publicado por la editorial Chatto & Windus en 1980; traducción al español por Mar Gutiérrez Ortiz & Joaquín Gutiérrez Calderón para la editorial Impedimenta (2000); Pp. 11-122

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s