La maldición (1977) | Elías Canetti

Sin embargo la relación con Laurica no se rompió del todo. Recelaba de mí y me esquivaba cuando volvía de la escuela, y ponía mucho cuidado en no abrir su mochila ante mí. Yo había perdido todo interés por su escritura. Después de la tentativa homicida quedé completamente convencido de que era muy mala alumna y de que por eso se avergonzaba de enseñar su escritura incorrecta. Diciéndome esto dejaba quizás a salvo mi orgullo.

Ella se vengó terriblemente de mí, hecho que ya entonces, e incluso después, negó obstinadamente. Todo lo que puedo decir en su favor es que quizás no fuera consciente de lo que estaba haciendo.

La mayor parte del agua que se consumía en las casas venía del Danubio en toneles gigantescos. Un mulo cargaba el tonel que a su vez iba empotrado en un carro especial; delante y a un lado, iba un «portador de agua», que en realidad no portaba nada, con una fusta en la mano. El agua se compraba por poco dinero ante el portón del patio, se descargaba e iba a parar a unas grandes calderas donde se la hervía. Las calderas de agua hirviente quedaban largo rato delante de la casa, en una galería alargada, para que se enfriaran.

Laurica y yo volvimos a tolerarnos lo suficiente como para poder jugar a veces a darnos caza. Una vez, corríamos de un lado a otro, muy cerca de las calderas llenas de agua hirviendo, y cuando Laurica me atrapó al lado mismo de una de ellas, me dio un empujón y caí en el agua caliente. Me escaldé todo el cuerpo menos la cabeza. La tía Sofía, que había escuchado mi aullido espantoso, me sacó fuera y me arrancó la ropa, y toda la piel con ella, se temió por mi vida, y entre terribles dolores tuve que guardar cama muchas semanas.

Mi padre estaba en Inglaterra por aquel entonces y esto era lo peor. Estaba convencido de que me moría, le llamaba a voces y sentía que no volvería a verlo, lo cual para mí era un dolor mayor que el físico. Los dolores no los recuerdo, ya no los siento, sin embargo todavía siento la desesperada nostalgia de mi padre. Pensaba que él nada sabía de lo que me había ocurrido y cuando me aseguraban lo contrario gritaba: «¿Por qué no viene? ¿Por qué no viene? ¡Quiero verle!». Tal vez se estaba retrasando de verdad, hacía pocos días que había llegado a Manchester, a donde tenía que preparar nuestro traslado, tal vez se pensaba que mi estado iría mejorando por sí mismo y que él no tendría que abandonar sus ocupaciones. Pero aunque se hubiera enterado inmediatamente y hubiera emprendido el retorno sin demora, el viaje era largo y no podía estar de regreso tan rápidamente.

Me consolaban día tras día, y mi estado empeoraba, hora tras hora. Una noche en que creían que por fin me había dormido, salté de la cama y me desgarré todo. En lugar de gemir de dolor le llamaba a él: «¿Cuándo viene? ¿Cuándo viene?». Mi madre, el médico, todos los que cuidaban de mí me eran indiferentes, ni siquiera los veo, no tengo presente sus desvelos, debieron de haberme prestado muchas atenciones, pero yo no me daba cuenta, sólo tenía un pensamiento que era más que un pensamiento, era la herida en la que todo se diluía: mi padre.

Después escuché su voz, se acercó por detrás, yo estaba tumbado boca abajo, pronunció mi nombre en voz baja, dio la vuelta a la cama, le miré, puso suavemente su mano sobre mi cabeza, allí estaba él y yo ya no sentía ningún dolor.

Todo lo que ocurrió a partir de ese momento me lo han contado. Las llagas se me curaron milagrosamente, inicié una notable mejoría, él prometió no marcharse más y permaneció junto a mí durante las semanas siguientes. El médico estaba convencido de que de no ser por su aparición y su presencia continuada yo me hubiera muerto. Me había ya desahuciado, pero en el regreso del padre cifró su única, y no muy segura, esperanza. Era el médico que nos había traído al mundo a nosotros tres, y después acostumbraba a decir que de todos los nacimientos que había conocido este renacimiento mío había sido el más difícil.

Algunos meses antes, en enero de 1911, había venido al mundo mi hermano menor. Había sido un parto fácil y mi madre se había sentido con fuerzas como para amamantarlo ella misma. No tuvo nada que ver con la vez anterior y quizás porque todo fue tan sencillo no se le dio demasiada importancia y fue foco de atención durante muy poco tiempo.

Sin embargo barrunté que se preparaban grandes acontecimientos. Las conversaciones entre mis padres cambiaron de tono, sonaban decididas y graves, no siempre hablaban en alemán ante mí y sus charlas giraban a menudo en torno a Inglaterra. Me enteré de que mi hermano menor se llamaba George, como el nuevo rey de Inglaterra. El nombre me cayó en gracia por imprevisto, pero no así al abuelo, que quería un nombre bíblico e insistía tercamente en ello; oí decir a mis padres que no cederían, que era su hijo y lo llamarían como ellos quisieran.

Hacía tiempo que estaba en marcha la rebelión contra el abuelo; la elección de este nombre era una abierta declaración de guerra. Dos hermanos de mi madre habían montado en Manchester un negocio que había florecido rápidamente; uno de ellos había muerto súbitamente y el otro le había pedido a mi padre que se instalara en Inglaterra como nuevo socio. Para mis padres era una deseable oportunidad para liberarse de Rustschuk, que les resultaba demasiado estrecho y demasiado oriental, y de la mucho más estrecha tiranía del abuelo. Aceptaron la plaza, pero era más fácil decirlo que hacerlo, pues ahora comenzó una encarnizada batalla entre ellos y el abuelo, que a ningún precio quería desprenderse de uno de sus hijos. No conocí los pormenores de esta lucha, que duró medio año, pero percibí que la atmósfera de mi casa estaba alterada y de manera especial en el patio, donde forzosamente se encontraban los familiares. El abuelo se me echaba encima en el patio a la menor oportunidad, me besuqueaba y, si alguien podía verlo, derramaba lágrimas amargas. A mí me desagradaba tanta humedad en mis mejillas, aunque él proclamara que yo era su nieto predilecto y que sin mí no podría vivir. Mis padres sabían que trataba de predisponerme contra Inglaterra, y para contrarrestarlo me aseguraban que vivir allí sería maravilloso. «Allí toda la gente es de fiar», decía mi padre. «Si alguien dice algo, lo cumple, no se necesita estrechar su mano». Yo estaba de su parte, cómo hubiera podido ser de otra manera, no necesitaba prometerme que en seguida iría a la escuela y que aprendería a leer y a escribir.

Con él, y en especial con mi madre, el abuelo se comportaba de manera muy diferente de como lo hacía conmigo. Consideraba que mi madre era la hacía conmigo. Consideraba que mi madre era la instigadora de aquel plan de emigración y cuando una vez ella le dijo: «¡Sí, no aguantamos más esta vida en Rustschuk, ambos queremos irnos de aquí!», le dio la espalda y durante los restantes meses de estadía no volvió a hablarle, tratándola como si fuese aire. A mi padre sin embargo, que todavía tenía que ir al negocio, lo abrumó con su ira, que era terrible y que aumentaba semana tras semana. Pocos días antes de la partida y al ver que ya nada podía hacer, en el patio, maldijo solemnemente a su hijo en presencia de los familiares, que escuchaban horrorizados. Yo les oí hablar de lo ocurrido: nada más terrible, decían, que un padre que maldice a su hijo.

Texto tomado del libro La lengua absuelta publicado en el año de 1977 por Muchnik Editores y con la traducción de Lola Díaz: Pp. 39-41

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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