El habitante y su esperanza (1926) | Pablo Neruda

I

Ahora bien, mi casa es la última de Cantalao, y está frente al mar estrepitoso, encajonada contra los cerros.
El verano es dulce, aletargado, pero el invierno surge de repente del mar como una red de siniestros pescados, que se pegan al cielo, amontonándose, saltando, goteando, lamentándose. El viento produce sus estériles ruidos, desiguales, según corran silbando en los alambrados o den vueltas su oscura boleadora encima de los caseríos o vengan del mar océano arrollando su infinito cordel.
He estado muchas veces solo en mi vivienda mientras el temporal azota la costa. Estoy tranquilo porque no tengo temor de la muerte, ni pasiones, pero me gusta ver la mañana que casi siempre surge limpia y reluciendo. No es raro que me siente entonces en un tronco mirando hasta lejos el agua inmensa, oliendo la atmósfera libre, mirando cada carreta que cruza hacia el pueblo con comerciantes, indios y trabajadores y viajeros. Una especie de fuerza de esperanza se pone en mi manera de vivir aquel día, una manera superior a la indolencia, exactamente superior a mi indolencia.
No es raro que esas veces vaya a casa de Irene. Atravieso ese recinto baldío que me separa del pueblo, cosa de una legua, sigo por las calles deshabitadas y me detengo frente al portón de su casa, donde la espero aparecer.
Si está lavando me gusta ver sus manos que se azulan con el agua fría, si está entre la huerta, me gusta ver su cabeza entre las pesadas flores del girasol, si no está, me gusta ver vacío el patio y la huerta y la espero sin desear que llegue.

II

Irene es gruesa, rubia, habladora, por eso me he formado el propósito de venirme al pueblo. Lava, canta, es ágil, rápida, garabatea los papeles con monos inverosímiles; en realidad la vida sería divertida.
No me saluda desde lejos al acercarse, pero yo me pongo entre ella y yo para recoger su primer beso antes de que resbale de su rostro. Espérate le digo, abrazándola, no te has acordado de mí en estos largos días, ¿para qué podía venir? Ella no me oye siquiera, me arrastra de prisa a contarle mis historias. Me siento alegre al lado suyo, invadiéndome su salud de piedra de arroyo.

III

Los cuatro caballos son negros con la luz nocturna y descansan echados a la orilla del agua como los países en el mapa. Rivas y yo nos juntamos en el Roble Huacho y echamos a andar a pie sin hablar.
Ladran los perros a millares lejos, en todas partes y un vaho blanco emana de las calladas lomerías.
—¿Serán las tres?
—Deben ser.
He dado el salto, y con amortiguados movimientos suelto las trancas.
El piño se levanta y sale con lentitud. Las coigüillas resuenan profundamente con su intermitencia redoblada, metálica, fatal.
Robar caballos es fácil, y contentos Rivas y yo apuramos las bestias. Rivas sabe su oficio y llegará con el robo a Limaiquén, y nadie como él sabrá ocultarlo y venderlo.
Nos despedimos y a galope violento alcanzo mi camino, desciendo los cerros, y al lado del mar apuro salpicándome, pegándome fuertemente el viento de la noche del mar.

IV

Estoy enfermo y siento el runrún tirante de la fiebre dándome vueltas sobre la paja del camastro. El calabozo tiene una ventanuca muy arriba, muy triste, con sus seis delgados fierros, con su parte de alto cielo. Dos o tres presos son: Diego Cóper, también cuatrero, hombre altanero, de aire orgulloso, y Rojas Carrasco, tipo gordo, sucio, antipático, que no sé qué líos tiene con la policía rural.
Pero sobre todo, el largo día, cuando el verano de esta comarca marina zumba hasta mis oídos como una chicharra, con lejos, lejos, el rumor de la desembocadura, donde recuerdo el muelle internando su solitaria madera, el vaivén del agua profunda, o más distante las carretas atascadas de viejos trigos, la era, los avellanos.
Sólo me apena pensar que haya aprendido las cosas inútilmente; me apena recordar las alegrías de mi destreza, el ejercicio de mi vida conducida como un instrumento en busca de una esperanza, la desierta latitud vanamente explorada con buenos ojos y entusiasmo.
A media tarde se escurre por debajo de la puerta una gallina. Ha puesto después entre la paja del camastro un huevo que dura ahí, asustando su pequeña inmovilidad.

V

Mi querido Tomás:
Estoy preso en la policía de Cantalao, por unos asuntos de animales. He pasado un mes ocioso, con gran tedio. Es un cuartel campesino, de grandes paredes coloradas, en donde vienen a caer indios infelices y vagabundos de los campos. Yo le escribo para saber de Irene, la mujer de Florencio, a quien deseo que lleve un recado que no necesito decirle. La veo y tengo la sensación de que está sola o de que la maltrataran.
¿Qué quiere decir esto? Trate de encontrarla. Ella vive frente al chalet de las Vásquez.
Lo abraza su amigo.

VI

Entonces cuando ya cae la tarde y el rumor del mar alimenta su dura distancia, contento de mi libertad y de mi vida, atravieso las desiertas calles siguiendo un camino que conozco mucho.
En su cuarto estoy comiéndome una manzana cuando aparece frente a mí, y el olor de los jazmines que aprieta con el pecho y las manos, se sumerge en nuestro abrazo. Miro, miro sus ojos debajo de mi boca, llenos de lágrimas, pesados. Me aparto hacia el balcón comiendo mi manzana, callado, mientras que ella se tiende un poco en la cama echando hacia arriba el rostro humedecido. Por la ventana el anochecer cruza como un fraile, vestido de negro, que se parara frente a nosotros lúgubremente. El anochecer es igual en todas partes, frente al corazón del hombre que se acongoja, vacila su trapo y se arrolla a las piernas como vela vencida, temerosa. Ay, del que no sabe qué camino tomar, del mar o de la selva, ay, del que regresa y encuentra dividido su terreno, en esa hora débil, en que nadie puede retratarse, porque las condenas del tiempo son iguales e infinitas, caídas sobre la vacilación o las angustias.
Entonces nos acercamos conjurando el maleficio, cerrando los ojos como para oscurecernos por completo, pero alcanzo a divisar por el ojo derecho sus trenzas amarillas, largas entre las almohadas. Yo la beso con reconciliación, con temor de que se muera; los besos se aprietan como culebras, se tocan con levedad muy diáfana, son besos profundos y blandos, o se alcanzan los dientes que suenan como metales, o se sumergen las dos grandes bocas temblando como desgraciados.
Te contaré día a día mi infancia, te contaré cantando mis solitarios días de liceo, oh, no importa, hemos estado ausentes pero te hablaré de lo que he hecho y de lo que he deseado hacer y de cómo viví sin tranquilidad en el hotel de Mauricio.
Ella está sentada a mis pies en el balcón, nos levantamos, la dejo, ando, silbando me paseo a grandes trancos por su pieza y encendemos la lámpara, comemos sin hablarnos mucho, ella frente a mí, tocándonos los pies.
Más tarde, la beso y nos miramos con silencio, ávidos, resueltos, pero la dejo sentada en la cama. Y vuelvo a pasear por el cuarto, abajo y arriba, arriba y abajo, y la vuelvo a besar, pero la dejo. La muerdo en el brazo blanco, pero me aparto.
Pero la noche es larga.

VII

El doce de marzo, estando yo durmiendo, golpea en mi puerta Florencio Rivas. Yo conozco, yo conozco algo de lo que quieres hablarme, Florencio, pero espérate, somos viejos amigos. Se sienta junto a la lámpara, frente a mí y mientras me visto lo miro a veces notando su tranquila preocupación. Florencio Rivas es hombre tranquilo y duro y su carácter es leal y de improviso.
Mi compadre de mesas de juego y asuntos de animales perdidos, es blanco de piel, azul de ojos, y en el azul de ellos gotas de indiferencia. Tiene la nariz ladeada y su mano derecha contra la frente y en la pared su silueta negra, sentada. Me deja hacer, con mi lentitud y al salir me pide mi poncho de lana gruesa.
—Es para un viaje largo, niño.
Pero él, que está tranquilo esta noche, mató a su mujer, Irene. Yo lo tengo escrito en los zapatos que me voy poniendo, en mi chaqueta blanca de campero, lo leo escrito en la pared, en el techo. Él no me ha dicho nada, él me ayuda a ensillar mi caballo, él se adelanta al trote, él no me dice nada. Y luego galopamos, galopamos fuertemente a través de la costa solitaria, y el ruido de los cascos hace tas tas, tas tas, así hace entre las malezas aproximadas a la orilla y se golpea contra las piedras playeras.
Mi corazón está lleno de preguntas y de valor, compañero Florencio. Irene es más mía que tuya y hablaremos; pero galopamos, galopamos, sin hablarnos, juntos y mirando hacia adelante, porque la noche es oscura y llena de frío.
Pero esta puerta la conozco, es claro, y la empujo y sé quién me espera detrás de ella, sé quién me espera, ven tú también, Florencio.
Pero ya está lejos y las pisadas de su caballo corren profundamente en la soledad nocturna; él ya va arrancando por los caminos de Cantalao hasta perderse de nombre, hasta alejarse sin regreso.

VIII

La encontré muerta, sobre la cama, desnuda, fría, como una gran lisa del mar, arrojada allí entre la espuma nocturna. La fui a mirar de cerca, sus ojos estaban abiertos y azules como dos ramas de flor sobre su rostro. Las manos estaban ahuecadas como queriendo aprisionar humo, su cuerpo estaba extendido todavía con firmeza en este mundo y era de un metal pálido que quería temblar.
Ay, ay las horas del dolor que ya nunca encontrará consuelo, en ese instante el sufrimiento se pega resueltamente al material del alma, y el cambio apenas se advierte. Cruzan los ratones por el cuarto vecino, la boca del río choca con el mar sus aguas llorando; es negra, es oscura la noche, está lloviendo.
Está lloviendo y en la ventana donde falta un vidrio, pasa corriendo el temporal, a cada rato, y es triste para mi corazón la mala noche que tira a romper las cortinas, el mal viento que silba sus movimientos de tumultos, la habitación donde está mi mujer muerta, la habitación es cuadrada, larga, los relámpagos entran a veces, que no alcanzan a encender los velones grandes, blancos, que mañana estarán. Yo quiero oír su voz, de inflexión hacia atrás tropezando, su voz segura para llegar a mí como una desgracia que lleva alguien sonriéndose.
Yo quiero oír su voz que llama de improviso, originándose en su vientre, en su sangre, su voz que nunca quedó parada fijamente en lugar ninguno de la tierra, para salir a buscarla. Yo necesito agudamente recordar su voz que tal vez no conocí completa, que debí escuchar no sólo frente a mi amor, en mis oídos, sino que detrás de las paredes, ocultándome para que mi presencia no la hubiera cambiado. ¿Qué pérdida es ésta? ¿Cómo lo comprendo?
Estoy sentado cerca de ella, ya muerta, y su presencia, como un sonido ya muy grande, me hace poner atención sorda, exasperada, hasta una gran distancia. Todo es misterioso, y la velo toda la triste oscura noche de lluvia cayendo, sólo al amanecer estoy otra vez transido encima del caballo que galopa el camino.

IX

Con gran pasión las hojas arrastran quejando, los pájaros se dejan caer desde las altas pajareras y ruedan ruidosos hasta el pálido ocaso, donde destiñen levemente, y existe por toda la tierra un grave olor de espadas polvorientas, un perfume sin descanso que hecho una masa por completo se está flotando echado entre los largos directos árboles como un animal gris, pelado, de alas lentas. Oh, animal del otoño, hecho de deshechas mariposas con olor a polvo de la tierra notándose aún callado en la noche que sube de los agujeros tapándolo todo con su manto sin cesar.
Porque la tarde es un capullo frío de donde como negras flores emergen sombras, pasan carruajes triturando el amarillo de las hojas, amarillo lívido de caídas muertas arrastradas quebradizas lencerías, parejas inclinadas en sí mismas que pasan tambaleando como campanas, dirigiéndose hacia esa dirección en que un naipe de metal en monedas descuella sobre la pared. Otoño asustado, vaivén de cosas sin ruido que olfateándose se advierten, de esa manera irreductible por la cual el ciego conoce el terciopelo y la bestia se somete a la noche.
Hasta clavado implacablemente en la atmósfera que rodea las constelaciones, circula como un anillo largo aventando soledades, trizas de ilusiones, aquellas no ya definitivamente perdidas, porque son las que el viento puede cimbrar, dejar caer a latigazos, flotando entremedio de las montoneras de hojas rotas, sumiéndose en lo profundo de los patios deshabitados, de las alcobas demasiado grandes, llegando a todo inundarlo y a establecerse como no se puede decir qué composición misteriosa en los espejos, en las ateridas arañas de luz, en los flecos de los cansados sillones, ay, porque todo eso quiere recobrarse hacia su verdadera, ignorada vida secreta y tira a regresar sin sentirse demasiado muerto.

X

Era indudable que José Silva terminaría en aquello, dándose de balazos con cualquiera en una de esas lúgubres estaciones que se acercan a Cantalao, y cuando todos los cálculos están hechos, cálculos que van amontonándose en la misma igualdad negativa, deshacer ese tumulto con una rápida acción es el verdadero camino. Yo escogí la huida, y a través de pueblos lluviosos incendiados, solitarios, caseríos madereros en que indefectiblemente uno se espera con los inmensos castillos de leña, con el rostro de los ferroviarios desconocidos y preocupados, con los hoteleros y las hoteleras, y en el fondo del cuarto donde la vieja litografía hamburguesa, la colcha azul, la ventana con vista a la lluvia, el espejo de luna nublada de donde salen corriendo los días jueves, el lavatorio, el cántaro, la bacinilla, la desesperación de salir de ninguna parte y llegar allí mismo. Pero su retrato me acompañaba, por supuesto, su retrato en que Irene tiene esa actitud magnífica, de tranquila perseguidora, con la mano dejada allí por el fotógrafo, y los ojos azules creados allí por Dios.
Y en realidad al encontrarla en aquel pequeño hotel «Welcome», al lado de la prefectura, sólo su impermeable cerrado la alejaba de su retrato.
¿Cómo librarme de aquella mujer? Le dije cariñosamente buenos días negándome su aliento, había creído hundir su miseria, su abandono en aquel caserío abandonado, no era más que un montón de recuerdos dolorosos. ¿Has venido a afirmarme tu última luz? En el tiempo mojado esperé su palabra, que llegaba otra vez.
—Florencio estuvo muy enfermo, y a menudo te recordaba llamándote, pero no supe dónde buscarte; desde que vendiste la tienda nadie te puede descubrir. ¡Dios mío, qué cosas pasan! ¡Nada de eso! A nadie he querido hablar de ello; se quedó con sus lágrimas.
—Yo tampoco podía olvidarte. No era necesario sin embargo encontrarnos a cada paso, y qué cosa más difícil que reponer esa solicitud de los viejos días perdidos. Miraba pasar los trenes que dejan a los pueblos y nunca te esperé, y ahí está la prueba, tu retrato de niña muy niña que a todas partes me siguió guardado con su orilla negra de luto y completamente inolvidable.
Elvira venía cada mañana, no la miraba; tu presencia volvía hasta hoy.

XI

Andrés me despertaba de la misma manera todos los días riéndose a grandes risas. Su carcajada sobresale por encima de él porque es tan pequeño que casi no lo encuentro.
De veras, es horrible esta vida, la Lucha, el sol entraba cada mañana, la Lucha aún todavía tan niña, y arrastrarse hasta el muelle desde donde se pierden todos los sentidos. Pero habrá algún rincón de piedras duras y enormes y teñidas de vetas verdes desde donde un hombre con vocación de soledad puede esperar todas las tardes a una misma mujer.
—Ah, ya sé, te quedarás todos los días jugando a la brisa, con Andrés, o Aguilera con los brazos en alto. Ayer te vi pasar y eras tú, no me lo niegues, desde dos leguas lo habría asegurado. A la Lucía ya casada no le sientan esos amoríos. Sí, es ella, ya lo sé.
Sí, era en verdad Lucía, nadie más atrayente que ella en aquella casa de huéspedes polvorienta, en que su gracia consistía en arrodillarse al pie de mi cama, cada vez que estuve enfermo, en consultar las mesas adivinas, en llenar las paredes de mi cuarto con sus dibujos de la academia, de la cual ella parecía algo nostálgica, con su cabeza teñida vivamente, sus ojos de pájaro alocado, nunca pudo entender nada. Sí, pero desde tan lejos la diviso destacando su vestido rojo en el sobaco palidecido del cerro, ella esperándome, y ¡ay, cuánto te amo, Lucía!, amo tu cuerpo estrecho y sin egoísmo completamente pronto a mi sed, como lo abandonado de tu corazón y la punta de tus zapatos arrugados levemente por la pobreza, y caminando juntos por el sendero por donde hay caracoles, que es allí donde el mar océano azota su olor de ostras de otoño y los pájaros enciman con lentitud de paracaídas su comida de algas durmiendo, es placentero al corazón de los enamorados ir sin acordarse de Sebastián ni de su invitación, ir, andando con las caderas pegadas; delicioso marcar profundamente el peso de la huella sobre la humedad de la costa, anillo de humedad de culebra infinita, que sobrecorre al lado de la orilla del mar moviéndose; Lucía, la de los ojos grandes como tortugas y que nunca están saliendo de su sorpresa, motivada por todas las pequeñas cosas del mundo, donde tienen su parte el alhelí, el cinematógrafo, la flora aplastada de las cretonas, su collar de cuentas de vidrio, y la aventura de mi vida que ella semeja desdeñar. Ay, por Dios, apretémonos juntos, que la Estrella de esperanza comienza a sonar su metal húmedo de todo el cielo, sí, y no te ocupes mucho de lo que está demasiado lejos. Sólo deseo lo que tu sombra topó por un instante al crecer o temblar; es demasiado para lo que necesito tu nuca blanca y pequeña donde puedo tenderme a escribir con delicadeza, ¿no eres tú la que me está esperando en el rincón que conozco de esta edad solitaria?
Lo recuerdo, eres tú la que hiciste un bosquejo ya olvidado, eran dos sombras metidas en una ventana, que ella era blanca y débil como la que yo conocí, y él con el sombrero agachado y el sobretodo hasta el cuello y su silueta negra de guardador tuyo; bosquejo que tú rompiste al otro día, porque al arrodillarte al pie de mi cama notaste una presencia ajena y mi ausencia con ella.
Poco importa, vamos, cántame la barcarola de todo lo infinito que yo deseo, mi pequeña; estamos los dos, y somos los habitantes del límite que sólo nosotros podríamos pisar; cántame la barcarola de las tumultuosas soledades del mar, lo profundo, lo oscuro, lo tumultuoso de la noche del mar, quiero saber por tu boca de color de coral infantil el crecimiento de las mareas, cuéntame cómo se arrollan, se estiran, se encogen llevando adentro pescados vivos y floraciones de luto; mi pequeña Lucía, cántame, encántame con el crecer de la larva de las tinieblas, allí donde comienzan a despuntar el agujero de las ventanas, el alto brillo de las embarcaciones del tiempo, todo lo que aman los hombres y las mujeres unidos muy ardientemente, y lo que yo solo, pobre habitante perdido en la sala de una esperanza que nunca se supo limitar, puede desear para acallar sus pensamientos tristes.
Sin embargo, no es tarde y estoy contento. Lucía, cómo te amo. Te llevo del brazo como a mi pequeña quimera, y cuando quieres saltar una charca de la salobre agua del mar, yo te levanto un poco con alegría, tanto como pueden mis fuerzas.
Estás radiante. El sol se parte a pedazos en tu pequeña frente, que corre a lo largo de tu cuerpo como un vestido. Entonces, hemos llegado ya a la gruta de nuestros descansos, y ardientemente besándonos, nos miramos con ojos tranquilos que se agrandan con la proximidad, siendo después el más suave de mis besos el que te hace caer dulcemente hacia atrás.

XII

Hecha la cruz de verde madera, muchos días fueron cruzando encima de mí sin que yo advirtiera, corriendo entre los malezales secretos y húmedos vecinos del cementerio, tumbado al borde de la quebrada de Rarinco, hasta que el primer temporal hízome rodar a la ventana de mi vivienda. De fuera el mar profundamente salpica contra los pies del cerro callado, amarillento, inmóvil.
Está extendido de plantas duras, intermitentes, o largos herbarios roídos por el color del tiempo y la asistencia de la soledad, cayendo sobre su grupa como secas gualdrapas.
La orilla del mar es blanca y paralela desde el cuarto, moviéndose su patinaje triste y lamentándose, detrás su conjunto se hace azul, lejano lejanísimo, y los pájaros que hasta ese límite vuelan graznando tal vez no encuentran piedra donde parar el aletazo.
Y luego existen esos días que se arrastran desgraciadamente, que pasan dando vueltas sin traerse algo, sin llevarse nada; sin llevarse ni traerse nada, el tiempo que corre a nuestro lado, ciclista sin apuro y vestido de gris, que tumba su bicicleta sobre el Domingo, el Jueves, el Domingo de los pueblos y entonces, cuando el aire más parece inmóvil, y nuestro anhelo se hace invisible como una gota de la lluvia pegándose a un vidrio, y sobre el techo de mi habitación demasiado apartada, persiste, insiste, cayendo el aguacero, viéndose en las partes oscuras de la atmósfera, especialmente si en la ventana del frente falta un vidrio, su tejido cruzándose, siguiéndose, hasta el suelo.
Muchos días llevo paseando de largo a largo el piso de mi cuarto, y mucho ha de ser el tiempo cuando aún la congoja no se cae de mis hombros; mucho ha de ser el tiempo.

XIII

Son muchos los que entran en el almacén, y yo estuve allí desde temprano. He arreglado las cajas sobre las estanterías, alineando los pesados rollos de género, muerdo las galletas y los dulces.
Después de una larga temporada de inactividad es difícil recobrar el sentido de la acción, que exige sostenidamente el equilibrio de aquellos imposibles detalles. Me decidí a salir de mi habitación que tanto he querido para hacerme cargo de la tienda de mi hermano, me agradó para aquel largo instante detenido cualquier ocupación sedentaria.
Yo soy perezoso y soñador, y niego casi siempre a los parroquianos las pequeñas mercaderías que solicitan de continuo. Pronto va tomando todo esto un aire de bancarrota y de término. Pero me encuentro bien. Irene, hela otra vez volviendo a pasar frente a mi puerta, aunque bien lo sabe, su vestido rosado y su sombrero verde ya no despiertan mi atención.
Sí, es bien seguro, ella quiere envanecerse sola, topando débilmente mi reconcentrada pasión como desde lejos, y no sabiendo, pero yo apenas si la miré. Y cuando su boca frente a mí, y todavía ¡ay!, completamente inolvidable me preguntó el precio de la seda y del pañuelo que yo llevaba al cuello, yo, estoy seguro, le dije aquellos precios sin pizca de impaciencia.
A veces, cuando el aburrimiento es demasiado grande, este destierro me parece muy amargo. Pero ¿qué es lo que hay detrás del límite de este pueblo? ¿Qué placeres marcan los itinerarios que no conozco? ¿Qué sorpresa de imprevista ráfaga marcan los acontecimientos sucedidos en la distancia?
Para mí las horas son iguales, y se tiran a estrellones sobre el mismo atardecer. En la tienda el gato me espera cada mañana, cambia un poco su actitud según sean los ayunos que le impone mi negligencia. Pero su amo también ayuna. Porque hasta me olvido de comer, en la somnolencia de transcursos idénticos, en la inmovilidad exacta de cosas que me rodean.
Bueno, esto debe tener algún fin. O tal vez, éste es el fin.

XIV

«Pero, por desgracia, habíase metido entonces en un mal negocio».
LOTI. —Mi hermano Ives.

Voy a decir con sinceridad mi caso; lo he explicado con claridad porque yo mismo no lo comprendo. Todo sucede dentro de uno con movimientos y colores confusos, sin distinguirse. Mi única idea ha sido vengarme.
Han sido largos días en que esta idea comienza a despertar, a apartarse de las otras, viniendo, reviniendo como cosa natural e inapartable. Y allí, en el círculo elegido del blanco se clava de repente calladamente la determinación.
Mi hombre contra nada huye o está lejos. Conozco todos los paraderos de Florencio, los nombres, las profesiones, las ciudades y los campos en que cruzó el paso de mi antiguo camarada. El ataque lo he meditado detalle por detalle, volviéndome loco de noche, revolcando esa acción desesperada que debe libertar mi espíritu. Como un tremendo obstáculo en un camino necesario ese acto se ha puesto en mi existencia, y este tiempo de desorientación y de fatiga sólo hace no más que aislarlo.
Frente a frente a un individuo odiado desde las raíces del ser, hablar con voz callada el padecimiento, y descifrar con lentitud la condena, no enumerar los dolores, las angustias del tiempo forzado, para que ellos no crezcan y debiliten la voluntad de obrar, estar atentos y seguros al momento en que la bala rompa el pecho del otro, y de los dos aventureros que fuimos, quedarse muerto uno por allí mismo, sobre las tablas de una casa vacía, en el campo, en la ciudad, en los puertos, tenderlo muerto allí mismo por una inmediata voluntad humana.
Y que ese gran cumplimiento vaya a ser el mío, que esa gran seguridad tenga que ser mi alimentación de pesares tragados con continuidad que sólo yo conozco y sea yo también una vez llegado el término, el dueño de mi parte de libertades.
Entonces de la noche que palpita encima de mi lecho se cae deshaciéndose una campanada: son iguales en toda la tierra las vigilias. Es extraño, ayer cuando subía la escala a oscuras, crujió muchas veces, y recibí de repente la sensación del olor del mar. Tendré cuidado. La distancia del mar es opresora, invade, subí los escalones pensando en ella, y la manera de medirla poniendo mi cuerpo en su orilla alargándolo hasta palidecer.
Ay de mí, ay del hombre que puede quedarse solo con sus fantasmas.

XV

Os debo contar mi aventura, a vosotros los que por completo conocéis el secreto de las noches y os alimentáis de ese misterio, a vosotros los desinteresados vigilantes que tenéis los ojos abiertos en la puerta de los túneles, allí donde una luz roja parpadea el peligro, y gusanos de luz verde cruzan su vientre, a vosotros los que conocéis el destino de la vigilia y que en el mar, en el desierto, en el destierro, veis nacer y crecer las grandes mariposas de alas de trapo que brotan del sueño incompatible, a vosotros los pescadores, poetas, panaderos, guardianes de faro, y a los que demasiado celosos por guardar una inquietud, conocen el riesgo de haber estado una sola vez siquiera frente a lo indescifrable.
También de noche he entrado titubeando en la casa del buscado, con el frío del arma en la mano, y con el corazón lleno de amargas olas. Es de noche, crujen los escalones, cruje la casa entera bajo las pisadas del homicida que son muy leves y muy ligeras sin embargo, y en la oscuridad negra que se desprende de todas las cosas, mi corazón latía fuertemente. También he entrado en la habitación del encontrado, allí las tinieblas ya habían bajado hasta sus ojos, su sueño era seguro porque él también conoce lo inexistente, mi antiguo compañero; roncaba a tropezones, y sus ojos los cerraba fuertemente, con fuerza de hombre sabio, como para guardar su sueño para siempre. Entonces, ¿qué hace entonces ese pálido fantasma al cual algo de acero le brilla en la mano levantada?
Estaba durmiendo, soñaba que en el gran desierto confundido de arenas y de nombres, nacía una escalera pegándose del suelo al cielo, y él al subir sentía su alma confundida. ¿Quién eres tú, ladrona que acurrucada entre los peldaños coses silenciosamente y con una sola mano? Todo es del mismo color, un gris de fría noche de otoño, todo tiene el color de viejos metales gastados, y también del tiempo. He aquí que de repente la vieja ladrona se para ante Florencio. Es una equivocación, ¿cómo podía ser tan grande? Su voz sale con ruido de olas de su única mano, pero no se podía entender su lenguaje. Me engañaba, todo era color de naranja, todo era como una sola fruta, cuya luz misteriosa no podía madurar, y ante ese silencio no se podía comprender nada. ¿Qué buscábamos allí? Sin duda no veníamos por ningún instrumento olvidado, y repito que este color es muy extraño, como si allí se amontonasen millones de cáscaras cárdenas.
Las bestias retrocedían sueltas hasta encontrar su salida. El temor me hacía arrancar a mí también parándome al borde de la corriente de aquella avenida. Hay detrás de todo esto también una mujer durmiendo, él la recuerda sin concisión. De toda esa zozobra emergen destellos que quisieran precisar su forma. Bueno, está tendida de lado, y los peces se amontonan queriendo sorprender su mirada, pero ella es demasiado dulce y pálida para poder mirar. No mira, sus ojos están fatigados; sus manos también están fatigadas, solamente querían crecer. ¿Quién podría decir hasta dónde iban a llegar? He sentido su frío sobre mi frente, su frío de riel mojado por el rocío de la noche, o también de violetas mojadas. El prado de las violetas es inmenso, subsiste a pesar de la lluvia, todo el año los árboles de las violetas están creciendo y se hunden bajo mis pies como coles. Esa es la verdad. Pero es imposible encontrar nada en esa región, las violetas rotas se componen con rapidez, crecen detrás de nosotros y a nuestro alrededor sólo existe este pesado muro, espeso, blando, verde, azul. Entonces tomé el hacha de mi compañero, pero algo extraño observé que pasaba, era mi hacha leñera la que mis árboles habían robado, y vi su luz de acero temblando fríamente sobre mi cabeza. Tendré cuidado. Será necesario traerla amarrada a mis tobillos, y ella gritará, os lo aseguro, aullará lúgubremente como un perro.
Yo he estado solo a solo, durmiendo el hombre que debo matar, os lo aseguro, pero entre mi mano levantada con el arma brillando, se ha interpuesto su sueño como una pared. Lo juro, muchas veces bajé el arma contra ese material impenetrable, su densidad sujetaba mi mano, y yo mismo, en la solitaria vivienda, en que yo tampoco estaba, yo también me puse a soñar.
Ahora estoy acodado frente a la ventana, y una gran tristeza empaña los vidrios. ¿Qué es esto? ¿Dónde estuve? He aquí que de esta casa silenciosa brota también el olor del mar, como saliendo de una gran valva oceánica, y donde estoy inmóvil.
Es hora, porque la soledad comienza a poblarse de monstruos; la noche titila en una punta de colores caídos, desiertos, y el alba saca llorando los ojos del agua.

Novela breve publicada en el año de 1926 por la editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1926.

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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