¡Qué monada! (1967) | Wislawa Szymborska

La alegría de escribir

¿Hacia dónde corre por el bosque escrito el corzo escrito?
¿A saciar su sed a orillas del agua escrita
que le calcará el hocico cual hoja de papel carbón?
¿Por qué alza la cabeza?, ¿ha oído algo?
Sobre sus cuatro patas, prestadas por la realidad,
levanta la oreja bajo mis dedos.
Silencio —palabra que cruje en el papel
y separa las ramas que brotan de la palabra «bosque».

A punto de saltar sobre la página en blanco acechan
letras que acaso no congenien,
frases tan insistentes
que consumarán la invasión.

Una gota de tinta contiene una sólida reserva
de cazadores, apuntando con un ojo ya cerrado,
preparados para el descenso por la pluma empinada,
para cercar al corzo y llevarse el fusil a la cara.
Olvidan que esto, lo de aquí, no es la vida.
Aquí, negro sobre blanco, rigen otras leyes.
Un abrir y cerrar de ojos durará cuanto yo quiera,
se dejará fraccionar en eternidades minúsculas
llenas de balas detenidas en pleno vuelo.

Nada sucederá si yo no lo ordeno.
Contra mi voluntad no caerá la hoja,
ni una brizna se inclinará bajo la pezuña del punto final.

¿Existe, pues, un mundo
cuyo destino regento con absoluta soberanía?
¿Un tiempo que retengo con cadenas de signos?
¿Un vivir que no cesa si éste es mi deseo?

Alegría de escribir.
Poder de eternizar.
Venganza de una mano mortal.

Paisaje

En el paisaje del antiguo maestro
los árboles tienen raíces bajo el óleo,
el sendero conduce de verdad a su final,
una brizna de hierba sustituye majestuosa a la firma,
son las cinco de la tarde fidedignas,
detenido, suave mas firme, el mes de mayo,
y yo le imito y hago un alto: sí, querido,
aquella mujer de debajo del fresno soy yo.

Mira cómo me he alejado de ti,
qué cofia blanca llevo y qué falda amarilla,
cómo agarro el canasto para no caer fuera del cuadro,
cómo paseo por el destino de otro
y descanso de los secretos vivos.

Aunque me llames, no te oiré,
si te oigo, no me giraré,
y si hiciera ese imposible gesto,
no reconocerías mi cara.
Conozco el mundo a seis leguas a la redonda.
Conozco las hierbas, sé conjurar males.
Dios aún posa su mirada en mi coronilla.
Sigo rezando por una muerte no repentina.
La guerra es un castigo y la paz un premio.
Los sueños vergonzosos son obra de Satanás.
Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela.

No conozco los juegos del corazón.
No conozco la desnudez del padre de mis hijos.
Lejos de mí sospechar que el Cantar de los Cantares
sea un confuso borrador con tachaduras.
Cuanto quiero decir está en las frases hechas.
No abuso de la desesperación porque no es mía,
sólo la guardo en depósito y por un tiempo entre mis manos.

Aunque me atajes el camino,
aunque me mires a los ojos,
pasaré ante ti bordeando el abismo por una senda no menos angosta que un cabello.
A la derecha está mi casa que conozco palmo a palmo,
con la escalera y la puerta de entrada,
donde acontecen historias aún no pintadas:
un gato se sube de un salto a un banco,
un rayo de sol hiere una jarra de estaño,
hay un hombre huesudo sentado a la mesa:
repara un reloj.

El álbum

Nadie en mi familia murió de amor.
Romances sí hubo, no cosa seria.
¿Tísicos Romeos? Julietas con difteria?
No. Alcanzaron la vejez en flor.
¡Ni uno murió de cartas sin respuesta,
con letra por las lágrimas borrosa!
Llegaban vecinos, traje de fiesta,
con anteojos, levita y una rosa.
Nadie se asfixió dentro de un armario
por huir de maridos de sus amantes.
Faralaes, mantillas ni volantes
echaron a nadie de la foto por falsario.
¡Cuan lejos sus almas del infierno del Bosco!
Sus pistolas no defendían amores furtivos.
(Morían a balazos, mas por otros motivos,
en el frente, en un catre bien tosco.)
Ni la bella, la del moño vistoso,
con ojeras como de bacanal,
partió a vela en pos de un joven fogoso
por el mar de su hemorragia cerebral.
Antes del daguerrotipo quizás hubo amor de veras,
pero no en las fotos de mi familia.
Los días tenían tempo de vigilia
y ellos morían de gripe o de paperas.

Estación

Mi no llegada a la ciudad de N.
se efectúa puntualmente.

Te lo he comunicado
por carta no enviada.

Has tenido tiempo
para no llegar a la hora prevista.

El tren entra por la vía tres.
Se apea mucha gente.

La ausencia de mi persona
sigue a la multitud hacia la salida.

Deprisa
entre tanta prisa
varias mujeres ocupan mi vacío.

Un desconocido mío
da la bienvenida a una de ellas,
ella le reconoce
de inmediato.

Intercambian besos
no nuestros,
y se extravía
una maleta no mía.

La estación de la ciudad de N.
ha aprobado el examen
de existencia objetiva.

El todo ha permanecido firme en su sitio.
Los detalles se han desplazado
por trayectorias calculadas.

Incluso ha tenido lugar
una cita concertada.

Fuera del alcance
de nuestra presencia.

En el paraíso perdido
de la probabilidad.
En otra parte.
En otra parte.
¡Sonora expresión!

Nacido

Así, pues, esa es su madre.
Esa mujercilla.
Culpable de ojos grises.

La barca que hace años
lo depositó en la orilla.

De su interior emergió
al mundo,
a la no eternidad.

La genitora del hombre
con quien salto por encima del fuego.

Así, pues, es ella, la única
que no lo eligió
completo y entero.

Ella sola lo metió
en la piel que conozco.
Ella sola lo ató
a los huesos ocultos a mi vista.

Ella sola le encontró
unos ojos grises
que me contemplaron.

Así, pues, ella es su alfa.
¿Por qué me la da a conocer?

Nacido.
Así, pues, también él es un nacido.
Nacido como todo el mundo.
Como yo, que moriré.

Hijo de una mujer verdadera.
Llegado de la profundidad del cuerpo.
Peregrino a omega.

Amenazado
por la propia ausencia,
en todas partes,
a cada instante.

Y su cabeza
es la cabeza contra la pared
que por el momento cede.

Y sus movimientos
excusas
ante la sentencia universal.

Comprendí
que él ya había cubierto la mitad del camino.

Pero no me lo dijo,
no.

«Es mi madre»,
dijo. Y nada más.

Soliloquio para Casandra

Soy yo, Casandra.
Y esta es mi ciudad convertida en cenizas.
Y este es mi báculo y mis cintas de vidente.
Y esta es mi cabeza llena de dudas.

Cierto: he vencido.
Mi acierto reverbera en el cielo.
Sólo a los augures a quienes nadie cree
les es dado contemplar semejantes perspectivas.
Sólo las predicciones de quienes empezaron con mal pie
se cumplen demasiado pronto
como si nunca hubieran existido.

Ahora recuerdo con absoluta claridad
cómo la gente, al verme, se mordía la lengua.
Las risas se apagaban.
Las manos se desenlazaban.
Los niños corrían a buscar a sus madres.
Yo ni siquiera conocía sus fugaces nombres.
Y, en mi presencia, nadie llegaba nunca al final
de aquella canción de las hojas verdes.

Les amaba.
Pero les amaba desde las alturas.
Desde más allá de la vida.

Desde el porvenir. Desde donde reina el vacío,
donde contemplar la muerte es lo más fácil.
Les hablé con dureza, y lo lamento.
Contemplaos desde las estrellas, les gritaba.
Contemplaos desde las estrellas.
Y escuchaban y bajaban la vista al suelo.

Vivían en el interior de la vida.
Imbuidos de un vendaval.
Predestinados.
Presos ya al nacer en cuerpos para el adiós.
Pero en ellos había una esperanza húmeda,
una llama alimentada por su propio chisporroteo.
Sabían qué es un instante,
¡ay!, uno al menos, único, cualquiera
antes que

Tuve yo razón.
Pero la razón no da fruto.
Y estas son mis vestimentas chamuscadas por el fuego.
Y estos son mis trebejos de vidente.
Y este es mi rostro desfigurado.
Un rostro que pudo ser hermoso y no lo supo.

Mosaico bizantino

—¡Oh, Teotropía, mi real esposa!

—¡Oh, Teodendrón, mi real esposo!

—¡Qué hermosa eres, tú, la de finas mejillas!

—¡Qué delicado eres, tú, el de lívidos labios!

—Cuan prodigiosa liviandad la tuya
bajo tu acampanada estola,
quitártela sería provocar
algaradas en el imperio entero.

—Cuánta exquisitez rebosa tu aflicción,
mi dueño y señor,
sombra ceñida a mi sombra.

—El deleite he hallado
en las manos de mi soberana,
cual en hojas secas de palma
prendidas en mi manto.

—No obstante, alzarlas desearía al cielo,
Teodendrón, y rogar por nuestro único hijito,
que no es a imagen de nos.

—¡Por todos los santos, Teotropía!
¿Cómo no va a serlo
si engendrado con dignidad ha sido
por nuestras majestades?

—Presta imperial oído a la mi confesión:
Un pecador diminuto he parido.
Impúdico como un cochinillo,
gordezuelo y retozón,
todo pliegues y rollitos:
talmente así nos ha salido.

—¿Es, acaso, mofletudo?

—Es mofletudo.

—¿Es, acaso, glotón?

—Es glotón.

—¿Es, acaso, cual una manzana?

—Tú lo has dicho, señor.

—Y ¿qué opina el archimandrita,
en gnosis docto varón?
¿Qué opinan esos sagrados esqueletos
que son nuestros eremitas?
¿Cómo lograrán al diablillo
desarrebujar de la seda?

—Del poder divino depende
el milagro de la metamorfosis.
Mas, al contemplar la fealdad
de nuestro infante,
¿podrás evitar el grito
para no ahuyentar el sueño del maligno?

—Hermanados estamos en la pavura.
Condúceme ante él, Teotropía.

Decapitación

Degollado procede de decollo,
decollo significa yo corto el cuello.
María Estuardo, reina de Escocia,
subió al patíbulo con la camisa adecuada,
una camisa décolleté
de color rojo hemorragia.

En aquel mismo instante,
en una apartada alcoba,
Isabel Tudor, reina de Inglaterra,
estaba en pie vestida de blanco junto a la ventana.
Una gorguera almidonada coronaba
su vestido triunfalmente cerrado hasta el mentón.

Ambas pensaban al unísono:
«Dios, ten piedad de mí.»
«Obro con justicia.»
«Vivir o ser un obstáculo.»
«En determinadas circunstancias la lechuza es hija del panadero.»
«¿Cuándo acabará esto?»
«Se acabó.»
«¿Qué hago aquí si no hay nada?»

La diferencia en el atuendo —sí, lo sabemos con certeza—.
El detalle
es inalterable.

Pietà

En el pueblo natal del héroe,
contemplar el monumento, elogiar sus dimensiones,
espantar a dos gallinas en la entrada del museo vacío,
preguntar dónde vive la madre,
llamar, empujar la puerta chirriante.
Cabeza erguida, pelo liso, mirada serena.
Decirle que llegas de Polonia.
Transmitir saludos. Preguntar en voz alta con clara pronunciación.
Sí, le quiso mucho. Sí, de niño ya era así.
Sí, estuvo allí esperando, pegada al muro de la cárcel.
Sí, oyó los disparos.
Lamentar no haber cargado con el magnetófono
y la cámara de fotografiar. Sí, sabe para qué sirven.
Leyó su última carta en la radio.
Cantó sus canciones de cuna preferidas en la TV
Incluso salió en una película, llorando
por culpa de los focos. Sí, la conmueve que le recuerden.
Sí, está un poco cansada. Sí, se repondrá.
Levantarse. Dar las gracias. Despedirse. Salir,
cruzándose con nuevos visitantes en el zaguán.

El regreso de las aves

Esta primavera las aves han vuelto demasiado pronto.
Alégrate, razón, el instinto también yerra.
Se emboba, se despista. Y caen en la nieve,
tienen una muerte gratuita, una muerte poco digna
de la construcción de sus laringes y sus archigarras,
sus sólidos cartílagos, sus espléndidas membranas,
sus cuencas coronarias, sus laberintos intestinales,
sus góticas naves de costillas y soberbias columnatas vertebrales,
sus plumas merecedoras de un pabellón en el museo de artesanía universal,
y sus picos de paciencia monacal.

No me lamento, pero me indigna
que un ángel hecho de auténtica albúmina
—una cometa de glándulas procedentes del Cantar de los Cantares,
único en el aire, incontable en la mano,
engarzado tejido a tejido para formar la unidad
del espacio y del tiempo como un drama clásico
aplaudido con aletazos—
caiga y yazca junto a una piedra
que, a su modo arcaico y palurdo,
concibe la vida como una sucesión de intentos fallidos.

Thomas Mann

Estimadas sirenas, así debió suceder,
queridos faunos, muy honorables ángeles,
la evolución ha renegado enérgicamente de vosotros.
Imaginación no le falta, pero vosotros y vuestras
aletas devónicas y vuestros pechos de aluvión,
vuestras palmas dactiladas y vuestras pezuñas,
aquellos brazos no en lugar de, sino al lado de las alas,
vuestros, ¡miedo da pensarlo!, esqueletos biformes
con rabos intempestivos, cornudos por despecho,
o bien tramposamente pajariles, esos cuajos, esas concrescencias,
esos puzzles-chirimbolos, esos dísticos
que hacen rimar al hombre con la garza con tanto primor
que el pobre vuela, es eterno y lo sabe todo
—reconoced que en conjunto sería todo un chiste,
y un exceso constante, y crearía problemas
que la naturaleza no quiere tener y no tiene.

Por suerte, al menos permite a un pez volar
con desafiante destreza. Cada vuelo
consuela de las normas establecidas, indulta
la necesidad universal, un don
más copioso de lo indispensable para que el mundo sea mundo.

Por suerte, por lo menos tolera escenas tan fastuosas
como la de un ornitorrinco nutriendo con leche a sus polluelos
Podría haberse negado y ¿quién de nosotros habría descubierto
que le habían robado algo?

Y lo mejor es
que le pasó inadvertido el momento de la aparición de un mamífero
con la mano portentosamente emplumada con una Waterman.

El tarsius

Yo, un tarsius, hijo de un tarsius,
nieto y bisnieto de tarsius,
animalejo diminuto que consta de dos pupilas
y de un resto meramente imprescindible;
por milagro salvado de toda elaboración artesanal
por no resultar apetitoso,
porque para estolas los hay más grandes que yo,
mis glándulas no traen suerte,
y los conciertos se celebran sin mis intestinos;
yo, un tarsius,
estoy sentado vivo en el dedo de un hombre.

Buenos días, amo y señor,
¿qué me darás
por no tener que darte nada?
¿Qué recompensa ofreces por tu magnanimidad?
¿Qué precio me adjudicas, a mí, al impagable,
por arrancarte una sonrisa con mis cómicos gestos?

Rebosas bondad, mi señor,
y benevolencia, mi amo;
pero ¿quién lo proclamaría al mundo entero
si no existieran animales indignos de morir?
¿Vosotros mismos, quizá?
¿Acaso lo que sabéis de vosotros
no llena una noche de insomnio de estrella a estrella?
Sólo nosotros, los pocos no desollados,
no deshuesados, no desplumados,
inviolados en razón de espinas, escamas, cuernos, colmillos
y de cuanta ingeniosa proteína
se tenga,
somos —¡oh, noble señor!— tu sueño
que te declara por un momento inocente.

Yo, un tarsius, padre y abuelo de tarsius,
animalejo diminuto, casi mitad de algo,
pero totalidad no peor que otras;
tan leve que se yergue la rama que me sostiene
y pude ascender a los cielos
de no haber tenido que caer una y otra vez
como las penas caen de los corazones,
¡ay!, conmovidos;
yo, un tarsius,
sé cuan importante es ser un tarsius.

El acróbata

De trapecio en
en trapecio, en el silencio
que sigue al redoble de tambor de repente mudo,
cruza el aire sobresaltado, más veloz
más veloz que el peso del cuerpo que una vez más
una vez más llega tarde a su propia caída.

Solo. O menos que solo,
menos, por tullido, por falta de
alas, una gran falta,
una falta que le obliga
a bochornosos vuelos por encima de la atención
desnuda y desplumada.

Con penosa ligereza y paciente agilidad,
en un rapto de calculada inspiración. ¿Ves
cómo se dispone a volar?, ¿sabes
cómo de pies a cabeza conspira
contra lo que es?, ¿sabes, ves
con qué astucia repta a través de su forma anterior
para asir en un puño el mundo oscilante
saca de sus adentros unos brazos recién concebidos?

bellos pese a todo en este único
este único instante, que además ya ha pasado.

El fetiche paleolítico de la fertilidad

La Gran Madre no tiene rostro.
De qué le serviría a la Gran Madre tener rostro.
El rostro es incapaz de guardar fidelidad al cuerpo,
el rostro molesta al cuerpo, es no divino,
perturba su solemne unidad.
La faz de la Gran Madre es su vientre abombado
con el ombligo ciego en medio.

La Gran Madre no tiene pies.
De qué le serviría a la Gran Madre tener pies.
Dónde iría.
Para qué adentrarse en los pormenores del mundo.
Ha llegado donde quería llegar
y vigila sus talleres bajo la tirante piel.

¿Existe el mundo? Muy bien.
¿Es copioso? Mejor.
¿Tienen los niños donde corretear,
hacia donde alzar la cabeza? Estupendo.
¿Tanto mundo hay que incluso cuando duermen existe,
entero y verdadero hasta la exageración.
¿Existe siempre, incluso a la espalda?
Esto es mucho, es mucho por su parte.

La Gran Madre tiene apenas, apenas dos manitas,
delgadas, cruzadas indolentes sobre los pechos
¡A qué habrían de bendecir la vida,
ofrendar al ofrendado!
Su único deber es,
mientras cielo y tierra existan,
resistir por si acaso,
acaso que nunca sucederá.
Yacer en zigzag sobre la esencia.
Ser el hazmerreír del ornamento.

¡Qué monada!

Le dio por la felicidad,
le dio por la verdad,
le dio por la eternidad,
¡miradlo!

Apenas distinguió entre realidad y sueño,
apenas comprendió que él era él,
apenas chapuceó con su mano nacida de una aleta
una piedra de lumbre y una nave espacial,
capaz de ahogarse en una cucharada de océano,
poco gracioso incluso para la vacuidad,
sólo ve con sus ojos,
sólo oye con sus oídos,
su gran logro lingüístico es el condicional,
usa su razón para increpar a la razón,
en una palabra: es un cero a la izquierda,
pero por la cabeza le rondan la libertad, la omnisciencia y el ser
fuera de la carne tonta,
¡miradlo!

Porque parece existir,
haber llegado a ser de veras
bajo una de las estrellas provincianas.
Vivaz y bastante movedizo a su manera.
Pese a ser un bastardo de un cristal
está harto estupefacto.
Pese a haber vivido una infancia difícil entre las necesidades de la manada
no está mal individualizado.
¡Miradlo!

¡Adelante, aún por un instante,
por un abrir y cerrar de una menuda galaxia.
Que por fin se vea a grandes rasgos
quién será, dado que existe.
Porque es tenaz.
Muy tenaz, a decir verdad.
Con ese aro en la nariz, con esa toga, con ese jersey.
En fin, es una monada.
Pobrecito.
Todo un hombre.

Poemario tomado del libro Paisaje con grano de arena; Traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski; Lumen, Barcelona, 1997; Pp. 38-64

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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