Las inseparables | Capítulo 1 | Simone de Beauvoir

A los nueve años, yo era una niña muy formalita; no siempre lo había sido; en mi primera infancia, la tiranía de los adultos me causaba unas agonías tan furibundas que una de mis tías dijo un día, muy en serio: «Sylvie está poseída por el demonio». La guerra y la religión pudieron conmigo. Di pruebas enseguida de un patriotismo ejemplar al pisotear un muñeco llorón de celuloide «made in Germany» que, por lo demás, no me gustaba. Me informaron de que dependía de mi buen comportamiento y de mi devoción que Dios salvase Francia: no podía escurrir el bulto. Paseé por la basílica del Sacré-Cœur con otras niñas tremolando oriflamas y cantando. Empecé a rezar muchísimo y le cogí el gusto. El padre Dominique, que era el capellán del colegio Adélaïde, me animó en mi fervor. Con un vestido de tul y tocada con una cofia de encaje de Irlanda, hice la comunión en familia: a partir de ese día pudieron ponerme de ejemplo a mis hermanas pequeñas. El cielo me otorgó que a mi padre lo destinasen al Ministerio de la Guerra por insuficiencia cardíaca.

Aquella mañana, sin embargo, estaba fuera de mí; era el primer día de clase: no veía la hora de volver al colegio, a las clases solemnes como misas, al silencio de los pasillos, a la sonrisa enternecida de las profesoras; llevaban falda larga y el cuello de la blusa muy cerrado, y desde que parte del centro se había convertido en hospital, vestían con frecuencia de enfermeras; bajo el velo blanco maculado de rojo parecían santas, y yo me emocionaba cuando me estrechaban contra el pecho. Me tomé a toda prisa la sopa y el pan integral que habían sustituido al chocolate y los brioches de antes de la guerra y esperé impaciente a que mamá acabase de vestir a mis hermanas. Llevábamos las tres un abrigo azul horizonte, como los uniformes del ejército, confeccionados con auténtico paño del que usaban los oficiales y con el corte exacto de los capotes militares.

—Fíjense, hasta tienen una trabillita —les decía mamá a sus amigas, admirativas o extrañadas.

Al salir a la calle, mamá cogió de la mano a las dos menores. Pasamos tristemente por delante del café La Rotonde, que acababa de abrir, con gran revuelo, debajo de nuestro piso y que era, por lo que decía papá, un antro de derrotistas: esa palabra me intrigaba: «Son personas que creen que Francia sufrirá una derrota —me explicaba—. Habría que fusilarlos a todos». Yo no lo entendía. Lo que creemos no lo creemos aposta: ¿se puede castigar a alguien porque se le ocurran ideas? Los espías que daban a los niños caramelos venenosos, los que, en el metro, pinchaban a las mujeres francesas con agujas envenenadas estaba claro que merecían la muerte, pero los derrotistas me tenían perpleja. No probé a preguntarle a mamá: siempre contestaba lo mismo que papá.

Mis hermanas pequeñas no andaban deprisa; la verja del Luxemburgo me pareció interminable. Por fin crucé la puerta del colegio, subí la escalera balanceando alegremente la cartera llena de libros nuevos; reconocí el leve olor a enfermedad que se mezclaba con el olor a encáustico de los pasillos recién encerados; algunas vigilantes me besaron. En el vestuario me encontré con mis compañeras del curso anterior; no tenía amistad con ninguna en particular, pero me gustaba el ruido que hacíamos todas juntas. Me demoré en el vestíbulo principal, ante las vitrinas llenas de antiguallas muertas que estaban allí acabando de morir por segunda vez: a las aves disecadas se les caían las plumas, las plantas secas se desmenuzaban, las conchas perdían lustre. Sonó la campana y entré en el aula Sainte-Marguerite; todas las aulas se parecían. Las alumnas se sentaban alrededor de una mesa ovalada cubierta de hule negro, que la profesora presidía; nuestras madres se acomodaban detrás y nos vigilaban mientras tejían pasamontañas. Me encaminé hacia mi taburete y vi que el de al lado lo ocupaba una niña desconocida, morena y con la cara chupada, que me pareció mucho más pequeña que yo; tenía unos ojos oscuros y brillantes que se me clavaron con intensidad.

—¿Es usted la mejor de la clase?

—Soy Sylvie Lepage —dije—. ¿Cómo se llama?

—Andrée Gallard. Tengo nueve años; si parezco más pequeña es porque me quemé viva y porque he crecido poco. Tuve que dejar los estudios un año, pero mamá quiere que recupere ese retraso. ¿Podrá prestarme sus cuadernos del año pasado?

—Sí —dije.

El aplomo de Andrée, su forma rápida y precisa de hablar me desconcertaban. Ella me pasaba revista con expresión desconfiada:

—Mi compañera me ha dicho que era usted la mejor de la clase —dijo, señalando a Lisette con un leve ademán de la cabeza—. ¿Es verdad?

—Muchas veces soy la primera —dije con modestia.

Miré atentamente a Andrée; el pelo negro le caía, lacio, alrededor de la cara; tenía una mancha de tinta en la barbilla. No todos los días se conoce a una niña que se ha quemado viva; me habría gustado hacerle un montón de preguntas, pero ya entraba la señorita Dubois, barriendo el suelo con el largo vestido; era una mujer vivaz y bigotuda a quien yo respetaba mucho. Se sentó y pasó lista; alzó la vista hacia Andrée.

—Y bien, querida niña, ¿no estamos demasiado intimidadas?

—No soy tímida, señorita —dijo Andrée con voz tranquila, y añadió, amablemente—: Y además, usted no es intimidante.

La señorita Dubois titubeó un momento, luego sonrió bajo el bigote y siguió pasando lista.

La salida de clase transcurría según un rito inamovible; la señorita se apostaba en el vano de la puerta, y daba la mano a todas las madres y un beso en la frente a las niñas. Le puso una mano en el hombro a Andrée.

—¿Nunca ha asistido a clase?

—No; antes estudiaba en casa, pero ahora ya soy demasiado mayor.

—Espero que siga usted los pasos de su hermana mayor —dijo la señorita.

—Uy, somos muy diferentes —dijo Andrée—. Malou se parece a papá, le encantan las matemáticas; a mí me gusta sobre todo la literatura.

Lisette me dio un codazo; no podía decirse que Andrée fuera impertinente, pero no empleaba el tono adecuado para dirigirse a una profesora.

—¿Sabe dónde está el aula de estudio de las externas? Si no vienen a buscarla enseguida, ahí es donde tiene que quedarse a esperar —dijo la señorita.

—No vienen a buscarme, vuelvo yo sola —dijo Andrée, y se apresuró a añadir—: Mamá ya ha avisado.

—¿Sola? —dijo la señorita Dubois, y se encogió de hombros—. En fin, si su mamá ya ha avisado…

Luego me dio también a mí un beso en la frente y yo fui tras Andrée al vestuario; se puso el abrigo, un abrigo menos original que el mío pero muy bonito: de ratina roja con botones dorados; no era una niña de la calle, ¿cómo la dejaban salir sola? ¿No sabía su madre del peligro de los caramelos emponzoñados y de las agujas envenenadas?

—Andrée, ¿dónde vive usted, guapa? —preguntó mamá según bajábamos la escalera con mis hermanas pequeñas.

—En la calle de Grenelle.

—Bueno, pues vamos a acompañarla hasta el bulevar de Saint-Germain —dijo mamá—. Nos pilla de camino.

—Con mucho gusto —dijo Andrée—, pero no se molesten por mí. —Miró a mamá muy seria—. Somos siete hermanos, ¿sabe? Mamá dice que debemos aprender a arreglárnoslas solos.

Mamá asintió con la cabeza, pero estaba claro que no le parecía bien.

Nada más llegar a la calle, pregunté a Andrée:

—¿Cómo se quemó?

—Asando patatas en una fogata; se me prendió el vestido y se me quemó el muslo derecho hasta el hueso. —Hizo un leve gesto de impaciencia; esa historia antigua la aburría—. ¿Cuándo podré ver sus cuadernos? Tengo que saber qué estudiaron el curso pasado. Dígame dónde vive e iré a su casa esta tarde, o mañana.

Miré a mamá para ver qué le parecía; en el Luxemburgo me prohibían jugar con niñas a las que no conocía.

—Esta semana no puede ser —dijo mamá con embarazo—. Ya veremos el sábado.

—Está bien, esperaré al sábado —dijo Andrée.

Miré cómo cruzaba el bulevar con su abrigo de ratina roja; era realmente muy menuda, pero caminaba con el aplomo de una persona mayor.

—Tu tío Jacques conocía a unos Gallard que eran parientes de los Lavergne, los primos de los Blanchard —dijo mamá con voz pensativa—. Me pregunto si será la misma familia. Pero me parece que unas personas como Dios manda no dejarían a una chiquilla de nueve años andar por ahí.

Mis padres deliberaron mucho rato acerca de las diferentes ramas de las diferentes familias Gallard a las que habían oído mencionar de cerca o de lejos. Mamá pidió información a las profesoras. Los padres de Andrée no tenían con los Gallard del tío Jacques más que unos vínculos muy remotos, pero eran personas de lo más respetable. El señor Gallard procedía de la Escuela Politécnica, tenía un buen trabajo en Citroën y era presidente de la Liga de Padres de Familia Numerosa; su mujer, de soltera Rivière de Bonneuil, pertenecía a una gran dinastía de católicos militantes y las señoras de la parroquia de Santo Tomás de Aquino lo tenían en mucha estima. Enterada sin duda de las vacilaciones de mi madre, el sábado siguiente la señora Gallard fue a recoger a Andrée a la salida de clase. Era una mujer guapa de ojos oscuros que llevaba un cuello de terciopelo negro cerrado con una joya antigua; conquistó a mamá diciéndole que parecía mi hermana mayor y llamándola «queridita». A mí no me gustaba aquel cuello de terciopelo.

La señora Gallard no tuvo inconveniente en contarle a mamá el martirio de Andrée: la carne cuarteada, las tremendas ampollas, los vendajes con ambrina, los delirios de Andrée, su valentía; un amiguito le había dado, jugando, un puntapié que volvió a abrirle las heridas; ella hizo un esfuerzo tal para no gritar que se desmayó. Cuando vino a casa a ver mis cuadernos, la miré con respeto; tomaba notas con una letra muy bonita y ya formada, y yo pensaba en aquel muslo hinchado bajo la faldita de tablas. Nunca me había pasado algo tan interesante. De repente, tenía la impresión de que nunca me había pasado nada.

Todos los niños a quienes conocía me aburrían; pero Andrée me hacía reír cuando paseábamos entre clase y clase por el patio de recreo; imitaba estupendamente los ademanes bruscos de la señorita Dubois y la voz untuosa de la señorita Vendroux, la directora; sabía, por su hermana mayor, un montón de secretillos del centro escolar; las señoritas estaban afiliadas a la orden de los jesuitas, llevaban la raya al lado mientras no eran más que novicias y en medio cuando ya habían pronunciado los votos. La señorita Dubois, que solo tenía treinta años, era la más joven: había pasado el examen de final de bachillerato el año anterior; unas alumnas mayores la habían visto en la Sorbona, ruborizada y trabada en sus faldas. A mí me escandalizaba un poco la irreverencia de Andrée, pero me parecía que tenía gracia y cuando improvisaba un diálogo entre dos de nuestras profesoras yo le seguía el juego. Sus caricaturas eran tan certeras que muchas veces, durante la clase, nos dábamos con el codo al ver a la señorita Dubois abrir un registro o cerrar un libro; en una ocasión, incluso, me entró tal ataque de risa que seguramente me habrían echado de clase si mi comportamiento, en conjunto, no hubiera sido tan edificante.

Las primeras veces que fui a jugar a casa de Andrée me quedé pasmada; además de sus hermanos y hermanas, en la calle de Grenelle había siempre una multitud de primos y amiguitos; corrían, gritaban, cantaban, se disfrazaban, se subían a las mesas, volcaban muebles; a veces, Malou, que tenía quince años y se daba mucho pisto, intervenía; pero enseguida se oía la voz de la señora Gallard: «Deja que se diviertan los niños». Me asombraba su indiferencia ante las heridas, los chichones, las manchas, los platos rotos. «Mamá no se enfada nunca», me decía Andrée con sonrisa triunfal. A media tarde, la señora Gallard entraba sonriente en la habitación que habíamos dejado manga por hombro: ponía de pie una silla y le enjugaba la frente a Andrée: «¡Otra vez sudando!». Andrée se abrazaba a ella y, por un momento, se le transformaba la cara: yo desviaba la vista con un apuro en el que entraban seguramente celos, quizá envidia, y esa especie de miedo que inspiran los misterios.

Me habían enseñado que tenía que querer lo mismo a papá y a mamá: Andrée no disimulaba que quería más a su madre que a su padre. «Papá es demasiado serio», me dijo un día tranquilamente. El señor Gallard me desconcertaba porque no se parecía a papá. Mi padre nunca iba a misa y se sonreía cuando hablaban delante de él de los milagros de Lourdes; le había oído decir que no tenía sino una religión: el amor a Francia. A mí no me molestaba su falta de fe: a mamá, que era muy piadosa, por lo visto le parecía normal: un hombre tan superior como papá por fuerza debía de tener con Dios relaciones más complicadas que las mujeres y las niñas. El señor Gallard, en cambio, comulgaba todos los domingos en familia; llevaba una barba larga y lentes de pinza, y, en los ratos de asueto, se ocupaba de obras sociales. Su vello sedoso y sus virtudes cristianas lo feminizaban y lo rebajaban a mis ojos. Por lo demás, solo se lo veía en muy pocas ocasiones. Era la señora Gallard la que llevaba la casa. Yo envidiaba la libertad que le dejaba a Andrée, pero, aunque me hablase siempre con la mayor afabilidad, no me encontraba a gusto en su presencia.

A veces Andrée me decía: «Estoy cansada de jugar». Íbamos a sentarnos en el despacho del señor Gallard; no encendíamos la luz para que no nos descubrieran y charlábamos; era un placer nuevo. Mis padres hablaban conmigo y yo con ellos, pero no charlábamos; con Andrée mantenía conversaciones de verdad, como papá con mamá por las noches. Había leído muchos libros durante su larga convalecencia y me asombró porque parecía creer que las historias que referían habían ocurrido de verdad; aborrecía a Horacio y a Polieucto y admiraba a Don Quijote y a Cyrano de Bergerac como si hubieran existido en carne y hueso. En lo tocante a los siglos pasados, era también rotundamente parcial. Le gustaban los griegos y le aburrían los romanos; era insensible a las desgracias de Luis XVII y su familia, y la muerte de Napoleón la conmovía.

Muchas de esas opiniones eran subversivas, pero, por ser tan joven, las señoritas se lo perdonaban. «Esta niña tiene personalidad», decían en el colegio. Andrée se ponía al día deprisa, yo la superaba por los pelos en los exámenes trimestrales y le cupo el honor de copiar dos redacciones suyas en el libro de oro. Tocaba el piano tan bien que la pusieron, de entrada, en la categoría de las medianas; empezó también a estudiar violín. No le gustaba coser, pero se daba buena maña; era competente en la elaboración de natillas, galletas de pastaflora y trufas de chocolate; aunque no fuera vigorosa, sabía hacer la rueda, el grand écart y todo tipo de volteretas. Pero lo que le daba mayor prestigio a mis ojos eran algunos rasgos singulares cuyo significado no supe nunca: cuando veía un melocotón o una orquídea, o sencillamente si los nombraban delante de ella, a Andrée le daba un escalofrío y se le ponía la carne de gallina en los brazos. Entonces se manifestaba, de la forma más conturbadora, ese don que le había concedido el cielo y me tenía maravillada: la personalidad. Me decía en mi fuero interno que Andrée era seguramente una de esas niñas prodigio cuya vida se refiere más adelante en los libros.


La mayoría de las alumnas del colegio se fueron de París a mediados de junio a causa de los bombardeos y de la Gran Berta.

Los Gallard se trasladaron a Lourdes; participaban todos los años en una gran peregrinación; el hijo era camillero, las hijas mayores fregaban los platos con su madre en las cocinas del hospicio; yo admiraba que encomendasen a Andrée esas tareas de persona adulta y la respetaba aún más. Sin embargo, estaba orgullosa del heroico empecinamiento de mis padres; al quedarnos en París, demostrábamos a nuestros valientes soldados que los civiles «aguantaban». En mi clase solo quedamos una mayor muy tonta de doce años y yo, y me sentí importante. Una mañana, al llegar al colegio, las profesoras y las alumnas se habían refugiado en el sótano; en mi casa nos estuvimos riendo de ello durante mucho tiempo. Cuando sonaban las alarmas, nosotros no bajábamos al sótano: los inquilinos de los pisos superiores venían a refugiarse al nuestro y dormían en sofás, en el vestíbulo. Todo aquel barullo me gustaba.

Me fui a Sadernac a finales de julio con mamá y mis hermanas. El abuelo, que recordaba el sitio de París de 1871, se imaginaba que comíamos carne de rata: estuvo dos meses atiborrándonos con pollo y tarta de frutas. Para mí eran días felices. Había en el salón una estantería llena de libros antiguos con manchas de herrumbre en las hojas: las obras prohibidas las habían relegado a la parte más alta y me permitían rebuscar libremente en las baldas inferiores. Leía, jugaba con mis hermanas y daba paseos. Di muchos paseos ese verano. Caminaba por los castañares hiriéndome los dedos con los helechos; iba cortando por los caminos encajonados ramos de madreselva y de evónimos; probaba las moras, los madroños, los durillos y las bayas ácidas del agracejo; aspiraba el perfume encrespado del alforfón en flor, y me pegaba al suelo para sorprender el aroma íntimo de los brezos. Y luego me sentaba en el prado grande, al pie de los álamos, y abría una novela de Fenimore Cooper. Cuando soplaba el viento, los álamos susurraban. El viento me exaltaba. Me parecía que de un extremo al otro de la tierra los árboles se hablaban y hablaban a Dios; eran una música y una plegaria que me cruzaban por el corazón antes de subir al cielo.

Mis placeres eran innumerables, pero difíciles de contar; solo enviaba a Andrée postales breves; ella tampoco me escribió gran cosa; estaba en las Landas, en casa de su abuela materna; montaba a caballo; se divertía mucho; no iba a volver a París hasta mediados de octubre. No pensaba muy a menudo en ella. En vacaciones casi nunca pensaba en mi vida de París.

Derramé unas lágrimas al despedirme de los álamos: me hacía mayor, me volvía sentimental. Pero en el tren me recordé cuánto me gustaban los comienzos de curso. Papá nos esperaba en el andén con su uniforme azul horizonte, decía que la guerra iba a acabar pronto. Los libros de clase parecían aún más nuevos que los otros años: eran más gruesos, más bonitos, crujían bajo los dedos y olían bien; había en el jardín del Luxemburgo un aroma conmovedor de hojas secas y hierba quemada; las señoritas me dieron efusivos besos y mis deberes de vacaciones se granjearon las máximas alabanzas; ¿por qué me sentía tan infeliz? Por las noches, después de cenar, me acomodaba en el vestíbulo, donde leía o escribía historias en un cuaderno; mis hermanas dormían, y al final del pasillo papá leía en voz alta a mamá: era uno de los mejores momentos del día. Acababa tumbada en la moqueta roja, sin hacer nada, atontada. Miraba el armario normando y el reloj de madera tallada que encerraba en su vientre dos piñas cobrizas y las tinieblas del tiempo; en la pared se abría la boca del calorífero: a través de la rejilla dorada se notaba la calidez de un soplo nauseabundo que subía de los abismos. Toda esa oscuridad y esas cosas mudas a mi alrededor me dieron miedo de repente. Oía la voz de papá; me sabía el título del libro: Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, del conde de Gobineau; el año anterior era Los orígenes de la Francia contemporánea, de Taine. El año siguiente empezaría otro libro y yo seguiría en el mismo sitio, entre el armario y el reloj. ¿Cuántos años, cuántas noches? ¿Vivir era eso, nada más: matar un día tras otro? ¿Iba a estar aburriéndome así hasta la muerte? Me dije que añoraba Sadernac; antes de quedarme dormida dediqué otras cuantas lágrimas a los álamos.

Dos días después supe, como un destello, la verdad. Entré en el aula Sainte-Catherine y Andrée me sonrió: yo sonreí también y le tendí la mano.

—¿Cuándo ha vuelto?

—Anoche.

Andrée me miró con cierta malicia.

—Usted estaba aquí el primer día de clase, claro.

—Sí —dije. Y añadí—: ¿Lo ha pasado bien en vacaciones?

—Muy bien. ¿Y usted?

—Muy bien.

Decíamos trivialidades, como las personas mayores, pero yo me daba cuenta de pronto, con asombro y alegría, de que el vacío de mi corazón, el sabor taciturno de mis días, no tenían sino un motivo: la ausencia de Andrée. Vivir sin ella ya no era vivir. La señorita de Villeneuve ocupó su cátedra y yo me repetí: «Sin Andrée dejo de vivir». La alegría se me trocó en angustia: pero, entonces, me pregunté, ¿qué sería de mí si se muriera? Estaría sentada en ese taburete, la directora entraría, diría con voz muy seria: «Vamos a rezar, niñas, por vuestra compañerita Andrée Gallard, a quien Dios llamó a su seno la pasada noche». ¡Bueno, pues es muy sencillo!, decidí. Me escurriría del taburete y caería muerta yo también. La idea no me daba miedo porque nos habríamos encontrado en el acto a las puertas del cielo.

El 11 de noviembre celebramos el armisticio en la calle; la gente se besaba. Yo llevaba cuatro años rezando para que llegase ese gran día y esperaba de él pasmosas metamorfosis; me volvían al corazón recuerdos brumosos. Papá vistió de nuevo de paisano, pero no ocurrió nada más; hablaba continuamente de cierto capital del que los bolcheviques lo habían despojado; esos hombres lejanos, cuyo nombre se parecía peligrosamente al de los boches, parecían tener unos poderes terribles; y además, ¡cómo se había dejado manipular Foch!: tendríamos que haber llegado hasta Berlín. Papá veía tan negro el porvenir que no se atrevió a volver a abrir su agencia de negocios; encontró trabajo en una compañía de seguros, pero anunció que teníamos que moderar los gastos. Mamá despidió a Élisa que, de todas formas, se había descarriado —salía por las noches con bomberos—, y se hizo cargo de todas las tareas domésticas; por las noches estaba de mal humor, y papá también; mis hermanas lloraban con frecuencia. A mí todo me daba lo mismo porque tenía a Andrée.

Andrée crecía y se iba haciendo más fuerte; dejé de pensar que podía morirse, pero me amenazaba otro peligro: el colegio no veía con buenos ojos nuestra amistad. Andrée era una alumna brillante; si la primera de la clase seguía siendo yo, era porque ella desdeñaba serlo; yo admiraba su desenvoltura sin ser capaz de imitarla. Sin embargo, Andrée había perdido el favor de las señoritas. Les parecía paradójica, irónica, orgullosa; le echaban en cara que fuera levantisca; nunca conseguían pillarla siendo abiertamente descarada porque guardaba cuidadosamente las distancias, y eso era quizá lo que más las irritaba. Se anotaron un tanto el día de la audición de piano. La sala de festejos estaba llena: en las primeras filas, las alumnas vestidas con sus mejores galas, con bucles, tirabuzones y lazos en el pelo; detrás de ellas, las profesoras y las vigilantes, con blusa de seda y guantes blancos; al fondo, los padres y sus invitados. Andrée, disfrazada con un vestido de tafetán azul, tocó una pieza que a su madre le parecía demasiado difícil para ella y que solía destrozar en algunos compases; a mí me afectaba notar todas aquellas miradas más o menos malintencionadas clavadas en ella cuando llegó al pasaje espinoso: lo tocó sin un solo fallo y, lanzándole a su madre una mirada triunfal, le sacó la lengua. Todas las niñas se estremecieron bajo los tirabuzones; algunas madres carraspearon escandalizadas; las señoritas cruzaron miradas y la directora se puso muy encarnada. Cuando Andrée bajó de la tarima, corrió hacia su madre, que le dio un beso riéndose de tan buena gana que la señorita Vendroux no se atrevió a reñirla. Pero pocos días después se quejó a mamá de la mala influencia que Andrée ejercía sobre mí: charlábamos en clase, yo me reía con sorna y me estaba volviendo indisciplinada; habló de separarnos durante las clases, y yo me pasé angustiada una semana. A la señora Gallard, a quien le gustaba mi aplicación, no le costó convencer a mamá para que nos dejaran en paz; y como eran unas clientas estupendas, pues mamá tenía tres hijas y la señora Gallard, seis, además de mucho don de gentes, seguimos sentándonos juntas como antes.

¿Le habría dado pena a Andrée que nos impidieran vernos? Menos que a mí, seguramente. Nos llamaban «las dos inseparables» y ella me prefería a todas las demás compañeras. Pero me parecía que la adoración que sentía por su madre tenía que ir en menoscabo de sus otros sentimientos. Su familia era primordial para ella, se pasaba muchos ratos entreteniendo a las pequeñas, que eran mellizas, bañando y vistiendo a esas masas de carne inciertas; le hallaba sentido a todo cuanto balbucían y a sus muecas ambiguas; las mimaba amorosamente. Y además, estaba la música, que ocupaba un lugar importante en su vida. Cuando se sentaba al piano, cuando se colocaba el violín entre el cuello y el hombro y escuchaba con recogimiento la melodía que le brotaba de los dedos, yo tenía la impresión de oír cómo se hablaba a sí misma: comparadas con ese prolongado diálogo que seguía adelante en secreto en su corazón, nuestras conversaciones se me antojaban muy pueriles. A veces, la señora Gallard, que tocaba muy bien el piano, acompañaba la pieza que Andrée interpretaba al violín, y entonces yo me sentía completamente al margen. No, nuestra amistad no le importaba tanto a Andrée como a mí, pero yo la admiraba demasiado para sufrir por eso.

Mis padres dejaron al año siguiente el piso del bulevar de Montparnasse y se mudaron a la calle de Cassette, a una vivienda exigua donde ya no tuve ni un rincón para mí sola. Andrée me invitó a que fuera a estudiar a su casa siempre que quisiera. Cada vez que entraba en su cuarto sentía tanta emoción que me daban ganas de santiguarme. Tenía encima de la cama un crucifijo con una ramita de boj; enfrente, una santa Ana de Da Vinci; en la repisa de la chimenea, un retrato de la señora Gallard y una foto de la mansión de Béthary; en unos estantes, la biblioteca personal de Andrée: Don Quijote, losViajes de Gulliver, Eugénie Grandet o la novela de Tristán e Isolda, de la que se sabía párrafos de memoria; solían gustarle los libros realistas o satíricos: su predilección por esa epopeya amorosa me desconcertaba. Yo buscaba respuestas ansiosamente en las paredes y los objetos que rodeaban a Andrée. Me habría gustado entender qué se decía a sí misma cuando paseaba el arco por las cuerdas del violín. Me habría gustado saber por qué, con tantos afectos en el corazón, tantas ocupaciones y tantos dones, tenía con frecuencia una expresión ausente y que me parecía melancólica. Era muy piadosa. Cuando yo iba a rezar a la capilla, a veces me la encontraba de rodillas al pie del altar con la cabeza entre las manos o con los brazos abiertos delante de una de las estaciones del viacrucis. ¿Tendría pensado entrar más adelante en una religión? Sin embargo, sentía mucho apego por su libertad y las alegrías de este mundo. Le brillaban los ojos cuando me contaba sus vacaciones: pasaba horas cabalgando por los bosques de pinos, arañándose la cara con las ramas bajas, y nadaba en las aguas quietas de los estanques y en las rápidas aguas del Adur. ¿Estaría soñando con ese paraíso cuando se quedaba quieta delante de los cuadernos, con la mirada perdida? Un día se dio cuenta de que la estaba observando y se rio, apurada.

—¿Le parece que estoy perdiendo el tiempo?

—¿A mí? De ninguna manera.

Andrée me miró atentamente con expresión un tanto socarrona.

—¿Usted nunca se queda soñando con cosas?

—No —dije humildemente.

¿Con qué iba a soñar? Quería a Andrée por encima de todo y la tenía a mi lado.

No soñaba, me sabía siempre las lecciones y me interesaba todo; Andrée se reía un poco de mí; se reía más o menos de todo el mundo; yo aceptaba con buen humor sus burlas. Una vez, sin embargo, me hirieron mucho. Aquel año, de forma excepcional, pasé las vacaciones de Pascua en Sadernac. Descubrí la primavera y quedé deslumbrada. Me senté a una mesa del jardín, delante de unas hojas en blanco, y estuve dos horas describiéndole a Andrée la hierba nueva cuajada de junquillos y prímulas, el aroma de las glicinias, el azul del cielo y los magnos arrebatos de mi alma. No me contestó. Cuando volví a verla en el vestuario del colegio, le pregunté con tono de reproche:

—¿Por qué no me ha escrito? ¿No recibió mi carta?

—Sí que la recibí —dijo Andrée.

—¡Pues es una vaga redomada! —dije.

Andrée se echó a reír.

—Creí que me había mandado por equivocación los deberes de vacaciones…

Noté que me ruborizaba.

—¿Un deber?

—¡Vamos, no creo que se pusiera tan literata solo para mí! —dijo Andrée—. Estoy segura de que es el borrador de una redacción: «Describa la primavera».

—No —dije—. Desde luego que era mala literatura, pero escribí esa carta solo para usted.

Las hermanas Boulard se acercaban, curiosas y charlatanas, y lo dejamos ahí. Pero en clase me armé un lío con la explicación de latín. A Andrée mi carta le había parecido ridícula y me daba mucha pena; pero ante todo Andrée no sospechaba cuánto necesitaba yo compartirlo todo con ella; eso era lo que más me desconsolaba: acababa de darme cuenta de que mi amiga no tenía ni idea de lo que sentía por ella.

Salimos juntas del colegio: mamá ya había dejado de acompañarme y yo solía volver con Andrée; de pronto, me cogió por el codo: era un gesto insólito, siempre guardábamos las distancias.

—Sylvie, siento lo que le he dicho hace un rato —dijo en un arranque—; era pura maldad: sé muy bien que su carta no eran unos deberes de vacaciones.

—Supongo que era ridícula —dije.

—¡Ni mucho menos! La verdad es que estaba de un humor malísimo el día en que la recibí, ¡y usted parecía tan jovial!

—¿Por qué estaba de mal humor? —pregunté.

Andrée se quedó callada un momento.

—Porque sí, por nada; por todo.

Titubeó.

—Estoy cansada de ser una niña —dijo de repente—. ¿No le parece que esto no se acaba nunca?

La miré asombrada; Andrée tenía mucha más libertad que yo; y yo, aunque mi casa no fuera muy alegre, no deseaba de ninguna manera hacerme mayor. Pensar que ya tenía trece años me asustaba.

—No —dije—. La vida de las personas mayores me parece de lo más monótona; todos los días son iguales, ya no se aprende nada…

—Uy, pero en la existencia no solo cuentan los estudios —dijo Andrée, impaciente.

Me habría gustado protestar: «No solo están los estudios: está usted». Pero cambiamos de tema. Me decía, desvalida: en los libros, la gente se hace declaraciones de amor y de odio, se atreve a contar todo lo que siente su corazón; ¿por qué no es posible en la vida? Yo me pasaría andando dos días y dos noches, sin comer ni beber, para ver a Andrée una hora o para ahorrarle una pena, ¡y ella no lo sabe!

Estuve unos cuantos días rumiando tristemente esos pensamientos hasta que tuve una idea luminosa: le haría un regalo a Andrée por su cumpleaños.

Los padres son imprevisibles; a mamá, mis iniciativas solían parecerle absurdas a priori; a la idea de ese regalo le dio el visto bueno. Decidí confeccionar con un patrón de La Mode pratique un bolso que sería el colmo del lujo. Escogí una seda roja y azul, brochada de oro, gruesa y tornasolada, que me parecía tan hermosa como un cuento. La monté en un armazón de mimbre que fabriqué personalmente. Aborrecía coser, pero me lo tomé tan a pecho que, una vez terminado, el bolsito tenía en verdad una apariencia estupenda con su forro de satén rojo cereza y sus fuelles. Lo envolví en papel de seda y lo coloqué en una caja de cartón que até con un lazo. El día en que Andrée cumplía trece años, mamá fue conmigo a la merienda de celebración; ya había gente y me sentí intimidada al alargarle la caja a Andrée.

—Es por su cumpleaños —dije. Me miró sorprendida, y añadí—: Lo he hecho yo.

Sacó del envoltorio el bolsito rutilante y se le ruborizaron un poco las mejillas.

—¡Sylvie! ¡Es una maravilla! ¡Qué amable es!

Me pareció que si nuestras madres no hubieran estado presentes, me habría dado un beso.

—Da también las gracias a la señora Lepage —dijo la señora Gallard con su afable voz—. Porque seguramente todo el trabajo le habrá tocado a ella…

—Gracias, señora Lepage —dijo escuetamente Andrée. Y me volvió a sonreír con expresión emocionada.

Mientras mamá protestaba sin mucho empeño, noté cierto vacío en el estómago. Acababa de caer en la cuenta de que a la señora Gallard yo ya no le caía bien.


Admiro ahora la perspicacia de aquella mujer pendiente de todo: el hecho es que yo estaba cambiando. Nuestras profesoras empezaban a parecerme muy tontas, me divertía haciéndoles preguntas embarazosas, me enfrentaba con ellas y reaccionaba ante sus comentarios con impertinencia. Mamá me reñía un poco, pero papá, cuando le contaba mis altercados con las señoritas, se reía; esa risa me libraba de cualquier escrúpulo; por lo demás, no me imaginaba ni por un momento que a Dios pudieran ofenderle mis salidas de tono. Cuando me confesaba, no me complicaba con esas niñerías. Comulgaba varias veces por semana, y el padre Dominique me animaba a seguir por los caminos de la contemplación mística: mi vida profana no tenía nada que ver con aquella aventura sagrada. Yo me acusaba sobre todo de faltas referentes a mis estados de ánimo: había sido poco fervorosa, había pasado demasiado rato olvidada de la presencia divina, me había distraído al rezar o había pensado en mí con excesiva complacencia. Acababa de exponer esas flaquezas cuando oí a través de la mirilla la voz del padre Dominique:

—¿De verdad que no hay nada más?

Me quedé cortada.

—Me han contado que mi pequeña Sylvie ya no es la de antes —dijo la voz—. Por lo visto, se ha vuelto díscola, desobediente y descarada.

Me ardían las mejillas y no conseguí que me saliera una palabra.

—A partir de ahora habrá que tener cuidado con esas cosas —dijo la voz—. Ya lo hablaremos los dos.

El padre Dominique me dio la absolución, y salí del confesonario con la cabeza ardiendo; hui de la capilla sin rezar la penitencia. Estaba mucho más trastornada que el día en que, en el metro, un hombre se abrió a medias el gabán para enseñarme una cosa de color rosa.

Durante ocho años me había estado arrodillando delante del padre Dominique como quien se arrodilla ante Dios, y no era más que un viejo chismoso que parloteaba con las señoritas y se tomaba sus chismorreos en serio. Me avergonzaba haberle abierto el alma: me había traicionado. A partir de ese momento, cuando veía por un pasillo la sotana negra, me ruborizaba y salía huyendo.

Al final de ese año y el año siguiente me confesé con vicarios de Saint-Sulpice; fui cambiando con frecuencia. No dejé de rezar ni de meditar, pero durante las vacaciones se hizo la luz. Seguía encariñada con Sadernac e, igual que tiempo atrás, paseaba mucho; pero ahora las moras y las avellanas de los setos me aburrían, me apetecía probar la leche de las euforbias, hincarle el diente a esas bayas venenosas que son del color del minio y llevan el hermoso y enigmático nombre de «sello de Salomón». Hacía muchísimas cosas prohibidas: comía manzanas entre horas y cogía en secreto las novelas de Alexandre Dumas de los estantes altos de la biblioteca; tenía sobre el misterio de los nacimientos instructivas charlas con la hija de un aparcero; por las noches, en la cama, me contaba a mí misma historias raras que me hacían sentir rara. Una noche, tendida en un prado húmedo, de cara a la luna, me dije: «¡Son pecados!», y sin embargo, estaba firmemente dispuesta a seguir comiendo, leyendo, hablando y soñando como me viniera en gana. «¡No creo en Dios!», me dije. ¿Cómo creer en Dios y escoger deliberadamente la desobediencia? Por un momento, esa obviedad me dejó atónita: no creía.

Ni papá ni los escritores a quienes yo admiraba creían, y, seguramente, el mundo no se explicaba sin Dios, pero Dios no explicaba gran cosa; de todas formas, no se entendía nada. Me acostumbré sin dificultad a mi nuevo estado. Sin embargo, cuando me encontré de nuevo en París, me entró el pánico. No podemos evitar pensar lo que pensamos: sin embargo, papá hablaba tiempo atrás de fusilar a los derrotistas y, un año antes, a una de las mayores la habían echado del colegio porque se rumoreaba que había perdido la fe. Tenía que ocultar cuidadosamente mi caída en desgracia; por las noches me desesperaba, empapada de sudor, al pensar que Andrée pudiera sospecharlo.

Por fortuna, nunca hablábamos ni de sexualidad ni de religión. Habían empezado a preocuparnos muchos otros problemas. Estábamos estudiando la Revolución francesa; admirábamos a Camille Desmoulins, a la señora Roland e incluso a Danton. Nos pasábamos las horas muertas hablando de justicia, de igualdad y de propiedad. A este respecto, lo que pensasen las señoritas contaba menos que nada y nuestros padres tenían ideas inamovibles que ya no nos satisfacían. Mi padre leía de buen grado L’Action française; el señor Gallard era más democrático, en su juventud sintió interés por Marc Sangnier; pero ya no era joven y explicaba a Andrée que todo socialismo trae consigo una nivelación a la baja y la abolición de los valores espirituales. No nos convencía, pero algunos de sus argumentos nos preocupaban. Intentamos hablar con las amigas de Malou, chicas mayores que tendrían que haber sabido más que nosotras, pero pensaban como el señor Gallard y esas cuestiones les interesaban poco. Preferían hablar de música, de pintura o de literatura, de forma muy boba, por lo demás. Malou nos pedía muchas veces, cuando recibía, que fuéramos a servir el té, pero notaba que teníamos poco aprecio a sus invitadas e intentaba, en represalia, darse aires de superioridad con Andrée. Una tarde, Isabelle Barrière, que estaba enamorada, muy espiritualmente, de su profesor de piano —un hombre casado y padre de tres hijos—, sacó a colación las novelas de amor; por turnos, Malou, la prima Guite y las hermanas Gosselin indicaron sus preferencias.

—¿Y tú, Andrée? —preguntó Isabelle.

—Las novelas de amor me aburren —dijo Andrée escuetamente.

—¡Vamos! —dijo Malou—. Todo el mundo sabe que puedes recitar Tristán e Isolda de memoria.

Añadió que no le gustaba esa historia; a Isabelle, sí; manifestó soñadoramente que le parecía de lo más conmovedora esa epopeya del amor platónico. Andrée soltó una carcajada.

—¡Platónico el amor de Tristán e Isolda! No —dijo—, no tiene nada de platónico.

Hubo un silencio apurado, y Guite dijo con voz seca:

—Las niñas no deberían hablar de las cosas que no entienden.

Andrée volvió a reírse sin contestar nada. La miré perpleja. ¿Qué había querido decir exactamente? Yo no concebía sino un amor: el que sentía por ella.

—¡Pobre Isabelle! —dijo Andrée cuando volvimos a su cuarto—. Va a tener que olvidarse de su Tristán: está casi prometida a un calvo espantoso. —Se rio con sorna—. Espero que crea en el flechazo sacramental.

—¿Y eso qué es?

—Mi tía Louise, la madre de Guite, asegura que en el momento en que los novios dan el sí sacramental, tienen un flechazo mutuo. Comprenderá que a las madres esa teoría les viene de perlas; no tienen por qué preocuparse por los sentimientos de sus hijas: Dios proveerá.

—Nadie puede creer eso en serio —dije.

—Guite lo cree. —Andrée se quedó callada—. Mamá no llega a tanto, claro —prosiguió—; pero dice que en cuanto está una casada, recibe favores divinos.

Echó una ojeada al retrato de su madre.

—Mamá ha sido muy feliz con papá —dijo con voz indecisa—; y sin embargo, de no haberla obligado la abuela, no se habría casado con él. Lo rechazó dos veces.

Miré la foto de la señora Gallard: se antojaba raro pensar que había tenido un corazón de muchacha.

—¡Le dijo que no!

—Sí. Papá le parecía demasiado austero. Él la quería y no se desanimó. Y, durante el noviazgo, ella empezó a quererlo también —añadió Andrée sin convicción.

Durante un momento nos quedamos pensando en silencio.

—No debe de resultar nada alegre vivir de sol a sol con alguien a quien no quieres —dije.

—Debe de ser horrible —dijo Andrée. Le dio un escalofrío, como si hubiera visto una orquídea; se le puso la carne de gallina en los brazos.

—Nos enseñan en el catecismo que tenemos que respetar nuestro cuerpo; así que venderse en el matrimonio está tan mal como venderse fuera de él —dijo.

—No hay obligación de casarse —dije.

—Yo me casaré —dijo Andrée—. Pero no antes de los veintidós años.

Puso bruscamente encima de la mesa nuestra antología de textos latinos.

—¿Y si estudiamos? —dijo.

Me senté a su lado y nos enfrascamos en la traducción de la batalla de Trasimeno.

No volvimos a servir el té a las amigas de Malou. Para responder a las preguntas que nos preocupaban, estaba claro que solo podíamos contar con nosotras mismas. Nunca charlamos tanto como aquel año. Y, pese a ese secreto que no compartía con ella, nunca había sido tan estrecha nuestra intimidad. Nos permitieron ir juntas al teatro del Odéon a ver a los clásicos. Estábamos descubriendo la literatura romántica: me entusiasmé con Hugo, Andrée prefería a Musset, y las dos admirábamos a Vigny. Empezábamos a hacer planes de futuro. Estaba decidido que después de aprobar el bachillerato, yo seguiría estudiando; Andrée tenía la esperanza de que la dejarían matricularse en la Sorbona. Al final del trimestre me llevé la mayor alegría de mi infancia: la señora Gallard me invitó inesperadamente a pasar dos semanas en Béthary y mamá accedió.

Contaba con que Andrée me estaría esperando en la estación; me quedé sorprendida cuando, al bajar del tren, vi a la señora Gallard. Llevaba un vestido negro y blanco, un sombrero grande de paja negra adornado con margaritas y un lazo de faya alrededor del cuello. Me acercó los labios a la frente sin llegar a tocarla.

—¿Ha tenido buen viaje, querida Sylvie?

—Muy bueno, señora Gallard, pero me temo que debo de estar llena de carbonilla —añadí.

En presencia de la señora Gallard me sentía siempre algo culpable: tenía las manos sucias, y puede que la cara también; pero no pareció fijarse; tenía un aire distraído; sonrió al mozo mecánicamente y fue hacia una carretela de la que tiraba un caballo bayo; desató las riendas, enroscadas en una estaca, y se subió ágilmente al carruaje.

—Suba.

Me senté a su lado; en las manos enguantadas llevaba las riendas sueltas.

—Quería hablarle antes de que viera a Andrée —dijo sin mirarme.

Me puse tensa. ¿Qué recomendaciones iba a hacerme? ¿Había intuido que yo ya no era creyente? Pero, entonces, ¿por qué me había invitado?

—Andrée tiene problemas y debe usted ayudarme.

Repetí como si fuera tonta:

—¿Andrée tiene problemas?

Me daba apuro que la señora Gallard me hablase de repente como si yo fuera una persona mayor; había en ello algo sospechoso. Tiró de las riendas y chasqueó la lengua; el caballo echó a andar a pasitos.

—¿Andrée nunca le ha hablado de su amiguito Bernard?

—No.

El coche se metió por una carretera polvorienta flanqueada de robinias. La señora Gallard iba callada.

—El padre de Bernard es el dueño de la finca colindante con la de mi madre —dijo por fin—. Desciende de una de esas familias vascas que hicieron fortuna en Argentina y allí es donde vive la mayor parte del tiempo, y también su mujer y sus otros hijos. Pero Bernard era frágil y soportaba mal aquel clima: ha pasado toda la infancia con una tía de edad y sus preceptores. —La señora Gallard volvió la cabeza hacia mí—. Ya sabe que después del accidente Andrée pasó un año en Béthary, tendida en una tabla; Bernard venía todos los días a jugar con ella; estaba sola, sufría, se aburría y, además, a la edad que tenían era algo sin importancia —dijo con un tono de disculpa que me desconcertó.

—Andrée no me ha contado nada de él —dije.

Tenía un nudo en la garganta. Sentía ganas de saltar de la carreta y salir huyendo, como un día había huido del confesonario y del padre Dominique.

—Siguieron viéndose todos los veranos, montaban a caballo juntos. No eran aún más que unos niños. Pero crecieron. —La señora Gallard me buscó la mirada; había en sus ojos algo implorante—. Mire, Sylvie, está totalmente descartado que Bernard y Andrée se casen algún día; el padre de Bernard se opone tanto como nosotros a esa idea. Así que he tenido que prohibirle a Andrée que vuelva a verlo.

—Entiendo —balbucí, por decir algo.

—Se lo ha tomado muy mal —dijo la señora Gallard. Volvió a lanzarme una mirada, recelosa y suplicante a partes iguales—. Confío mucho en usted.

—¿Qué puedo hacer yo? —pregunté.

Me salían las palabras de la boca, pero no querían decir nada, y yo no entendía las que me entraban por los oídos; tenía la cabeza llena de ruido y de oscuridad.

—Distráigala, cuéntele cosas que le interesen. Y además, si se le presenta la oportunidad, razone con ella. Me da miedo que se ponga enferma. Pero en este momento no puedo decirle nada —añadió la señora Gallard.

Estaba claro que se sentía inquieta y desdichada, pero no me enterneció: todo lo contrario, en ese momento la aborrecí. Susurré de mala gana:

—Lo intentaré.

El caballo iba al trote por una avenida flanqueada de robles americanos y se detuvo delante de una casa solariega con las paredes cubiertas de parra virgen: la misma cuya foto había visto encima de la chimenea de Andrée. Ahora sabía por qué estaba encariñada con Béthary y con los paseos a caballo; sabía en qué pensaba cuando se le velaban los ojos.

—Hola.

Andrée bajó sonriente la escalera de la entrada; llevaba un vestido blanco y un collar verde, el pelo corto le relucía como un casco: tenía el aspecto de una auténtica jovencita y de pronto pensé que estaba muy guapa: era una ocurrencia incongruente, no dábamos importancia a la belleza.

—Creo que a Sylvie le apetecerá asearse un poco; luego bajad a cenar —dijo la señora Gallard.

Seguí a Andrée por un vestíbulo que olía a natillas, a madera recién encerada y a desván viejo; unas tórtolas zureaban; alguien tocaba el piano. Subimos una escalera y Andrée abrió una puerta.

—Mamá la ha puesto en mi cuarto —dijo.

Había una cama grande con dosel y columnas salomónicas y, en el otro extremo de la habitación, un sofá estrecho. ¡Qué contenta me habría sentido una hora antes al pensar en compartir habitación con Andrée! Pero entré con el corazón en un puño; la señora Gallard me estaba utilizando: ¿para que la perdonara? ¿Para distraer a Andrée? ¿Para vigilarla? ¿De qué tenía miedo exactamente?

Andrée se acercó a la ventana.

—Cuando el tiempo está despejado, se ven los Pirineos —dijo con indiferencia.

Caía la noche y el tiempo no estaba despejado. Me lavé la cara y me peiné mientras contaba el viaje sin convicción: era la primera vez que cogía sola el tren, había sido una aventura, pero ya no se me ocurría nada que decir.

—Debería cortarse el pelo —dijo Andrée.

—Mamá no quiere —dije.

A mamá le parecía que el pelo corto daba mala imagen y yo lo llevaba recogido en la nuca en un moño muy aburrido.

—Vamos abajo, voy a enseñarle la biblioteca —dijo Andrée.

Seguían tocando el piano y unos niños cantaban; la casa estaba llena de ruidos; ruido de platos que alguien trajinaba; ruido de pasos. Entré en la biblioteca: la colección completa de La Revue des Deux Mondes desde el primer número, las obras de Louis Veuillot, las de Montalembert, los sermones de Lacordaire, los discursos del conde de Mun, Joseph de Maistre entero; en los veladores, retratos de hombres con patillas y de ancianos barbudos; eran los antepasados de Andrée: todos habían sido militantes católicos.

Aunque muertos, se notaba que estaban en su casa y, entre todos esos señores austeros, Andrée parecía fuera de lugar: demasiado joven, demasiado frágil y, sobre todo, demasiado viva.

Sonó una campana y pasamos al comedor. ¡Cuántos eran! Los conocía a todos menos a la abuela: tenía, bajo los bandós canos, la clásica cara de abuela, no me mereció ninguna opinión. El hermano mayor llevaba sotana, acababa de ingresar en el seminario. Proseguía con Malou y con el señor Gallard una discusión, que parecía crónica, sobre el sufragio femenino; sí, era escandaloso que una madre de familia tuviera menos derechos que un peón borracho; pero el señor Gallard objetaba que, entre los obreros, las mujeres son más rojas que los hombres; a fin de cuentas, si la ley se aprobaba, beneficiaría a los enemigos de la Iglesia. Andrée callaba. Al final de la mesa, las mellizas se tiraban bolitas de miga de pan. La señora Gallard las dejaba, sonriendo. Por primera vez pensé que tras esa sonrisa se ocultaba una trampa. Había envidiado a menudo la independencia de Andrée; de repente me pareció mucho menos libre que yo. Tenía ese pasado a su espalda; a su alrededor, aquella casa grande, aquella extensa familia: una cárcel cuyas salidas estaban celosamente custodiadas.

—¿Y bien? ¿Qué opina de nosotros? —dijo Malou, muy poco afable.

—¿Yo? Nada, ¿por qué?

—Ha dado la vuelta a la mesa con la mirada; algo estaba pensando.

—Que son ustedes muchos, nada más —dije.

Pensé que tenía que aprender a controlar las caras que ponía.

Al levantarnos de la mesa, la señora Gallard le dijo a Andrée:

—Deberías enseñarle el parque a Sylvie.

—Sí —dijo Andrée.

—Abrigaos, que la noche está fresca.

Andrée descolgó en el vestíbulo dos capas loden. Las tórtolas dormían. Salimos por la puerta de atrás, que daba a las dependencias. Entre el cobertizo y la leñera, un perro lobo tiraba de la cadena gimoteando. Andrée se acercó a la caseta.

—Ven, Mirza, pobrecita mía, te llevo de paseo —dijo. Desató al animal, que se le echó encima con un salto alegre y se nos adelantó, corriendo—. ¿Cree que los animales tienen alma? —me preguntó.

—No lo sé.

—Si no tienen, ¡qué injusticia! Son tan desgraciados como las personas. Y no entienden por qué —añadió Andrée—. Cuando no se entiende es peor.

No contesté. ¡Había esperado tanto esa velada! Me decía que por fin iba a estar en el meollo de la vida de Andrée, y nunca me había parecido más lejana: no era ya la misma Andrée desde que su secreto tenía nombre. Anduvimos en silencio por los paseos mal cuidados donde crecían malvas y centaureas. El parque estaba lleno de árboles hermosos y de flores.

—Vamos a sentarnos ahí —dijo Andrée, indicando un banco al pie de un cedro azul. Sacó del bolso un paquete de Gauloises.

—¿No quiere uno?

—No —dije—. ¿Desde cuándo fuma?

—Mamá me lo tiene prohibido, pero cuando empieza una a desobedecer…

Encendió el cigarrillo echándose el humo a los ojos. Hice acopio de todo mi valor:

—Andrée, ¿qué ocurre? Cuéntemelo.

—Supongo que mamá la ha puesto al tanto —dijo Andrée—. Se empeñó en ir a buscarla…

—Me habló de su amigo Bernard. Nunca me había dicho usted nada.

—No podía hablar de Bernard —dijo Andrée. La mano derecha se le abrió y se le contrajo en una especie de espasmo—. Ahora es del dominio público.

—No hablemos de ello si no quiere —me apresuré a decir.

Andrée me miró.

—Usted es diferente: a usted no me importa contárselo. —Se tragó con mucha aplicación un poco de humo—. ¿Qué le ha dicho mamá?

—Cómo se hicieron amigos, Bernard y usted, y que le ha prohibido que vuelva a verlo.

—Me lo ha prohibido —dijo Andrée. Tiró el cigarrillo y lo aplastó de un taconazo—. El día que llegué, por la noche, di un paseo con Bernard después de cenar: volví tarde. Mamá me estaba esperando, enseguida vi que tenía una cara muy rara; me hizo un montón de preguntas. —Andrée se encogió de hombros y dijo con voz irritada—: ¡Me preguntó si nos habíamos besado! ¡Pues claro que nos besamos! Nos queremos.

Agaché la cabeza; Andrée era desgraciada, qué idea tan insoportable; pero su desgracia me resultaba ajena; los amores en que la gente se besa no eran reales para mí.

—Mamá me dijo cosas horribles —dijo Andrée. Se arropó en la capa loden.

—Pero ¿por qué?

—Sus padres tienen mucho más dinero que nosotros, pero no son de nuestro ambiente, ni un poquito siquiera. Por lo visto, ¡menuda vida llevan allá, en Río! De lo más disipada —dijo Andrée con expresión puritana; en un susurro, añadió—: Y la madre de Bernard es judía.

Miré a Mirza, inmóvil en medio del césped, apuntando a las estrellas con las orejas: ella no podía, y yo tampoco, expresar con palabras lo que sentía.

—¿Y entonces? —pregunté.

—Mamá ha hablado con el padre de Bernard; estaba completamente de acuerdo: no soy un buen partido. Decidió llevarse a Bernard de vacaciones a Biarritz y luego se embarcarán para Argentina. Bernard está bastante bien de salud ahora.

—¿Ya se ha ido?

—Sí; mamá me había prohibido despedirme, pero la desobedecí. No puede enterarse —dijo Andrée—. No hay nada más espantoso que hacer sufrir a alguien a quien se quiere. —Le temblaba la voz—: Lloró. ¡Cómo lloró!

—¿Qué edad tiene? —pregunté—. ¿Cómo es?

—Tiene quince años, como yo. Pero no sabe nada de la vida —dijo Andrée—. Nadie le ha hecho caso nunca, solo me tenía a mí.

Rebuscó en el bolso.

—Tengo una foto suya, pequeñita.

Miré al niño desconocido que quería a Andrée, a quien Andrée besaba y que había llorado tanto. Tenía los ojos grandes y claros, de párpados abombados, y pelo oscuro cortado a lo Caracalla: se parecía a san Tarsicio mártir.

—Tiene ojos y mofletes de niño pequeño —dijo Andrée—, pero fíjese qué boca tan triste, parece como si se disculpase por estar en este mundo.

Apoyó la cabeza contra el respaldo del banco y miró al cielo.

—A veces creo que preferiría que se hubiera muerto; por lo menos, solo sufriría yo. —Se le convulsionó la mano otra vez—. No soporto pensar que ahora mismo esté llorando.

—¡Volverán a verse! —dije—. ¡Si los dos se quieren, volverán a verse! Algún día serán mayores de edad.

—Dentro de seis años: es demasiado tiempo. A nuestra edad, es demasiado tiempo. No —dijo Andrée, desesperada—, sé muy bien que no volveré a verlo nunca.

¡Nunca! Era la primera vez que esa palabra me caía en el corazón con todo su peso; la repetí en mi fuero interno, bajo el cielo infinito, y me entraron ganas de gritar.

—Cuando volví a casa después de despedirnos —dijo Andrée—, me subí al tejado: quería tirarme.

—¿Quería matarse?

—Me quedé dos horas allí arriba; estuve dudando dos horas. Me decía que me daba igual condenarme: si Dios no es bueno, no tengo interés en ir a su cielo. —Andrée se encogió de hombros—. Pero a pesar de todo me dio miedo. ¡No de morirme, qué va, al contrario, me gustaría tanto estar muerta! Sino miedo al infierno. Si voy al infierno, se acabó para toda la eternidad: no volveré a ver a Bernard.

—¡Volverá a verlo en este mundo! —dije.

Andrée negó con la cabeza.

—Se acabó.

Se puso de pie de repente.

—Vámonos a casa. Tengo frío.

Cruzamos el césped en silencio. Andrée volvió a ponerle la cadena a Mirza y subimos a nuestra habitación. Yo me acosté bajo el dosel y ella en el sofá cama. Apagó su lámpara.

—No le he confesado a mamá que había vuelto a ver a Bernard —dijo—. No quiero oír las cosas que me diría.

Titubeé. No me caía bien la señora Gallard, pero a Andrée le debía la verdad.

—Está muy preocupada por usted —dije.

—Sí, supongo que está preocupada —dijo Andrée.


Andrée no mencionó a Bernard los siguientes días y yo no me atreví a ser la primera en hablar de él. Por la mañana pasaba mucho rato tocando el violín, y casi siempre piezas tristes. Luego, salíamos al sol. Esa zona era más seca que la mía, conocí por los caminos polvorientos el olor áspero de la higuera; en el bosque, supe del sabor de los piñones y lamí las lágrimas de resina pegadas al tronco de los pinos. Cuando volvíamos de nuestros paseos, Andrée entraba en la cuadra y acariciaba su caballito alazán, pero ya nunca lo montaba.

Las tardes eran menos tranquilas. La señora Gallard se había puesto manos a la obra para casar a Malou y camuflaba las visitas de chicos más o menos desconocidos abriendo de par en par las puertas de la casa a la juventud «como Dios manda» de las inmediaciones. Se jugaba al cróquet y al tenis, se bailaba en el césped, se hablaba de todo y de nada comiendo pasteles. El día en que Malou bajó de su cuarto con un vestido crudo de shantung y el pelo recién lavado y rizado con tenacillas, Andrée me dio un codazo.

—Va vestida de entrevista.

Malou pasó la tarde con un alumno de la escuela militar de Saint-Cyr, muy feo, que ni jugaba al tenis, ni bailaba ni hablaba: de tanto en tanto, recogía nuestras pelotas. Cuando se fue, la señora Gallard se encerró en la biblioteca con su hija mayor; la ventana estaba abierta y oímos la voz de Malou: «No, mamá, ese no; es demasiado aburrido».

—¡Pobre Malou! —dijo Andrée—. ¡Todos los individuos que le presentan son tan tontos y tan feos!

Se sentó en el columpio; había junto al cobertizo algo así como un gimnasio al aire libre; Andrée practicaba frecuentemente con el trapecio o la barra fija, se le daba muy bien. Agarró las cuerdas.

—Empújeme.

La empujé; cuando cogió cierta velocidad se puso de pie y se impulsó con fuerza estirando las piernas; el columpio no tardó en salir volando hacia la copa de los árboles.

—¡No tan alto! —grité.

No contestó; volaba, caía y volvía a volar, aún más alto. Las dos mellizas, que jugaban con el serrín de la leñera, al lado de la caseta del perro, habían alzado la cabeza con cara de interés; se oía a lo lejos un ruido sordo de raquetas golpeando pelotas. Andrée rozaba las frondas de los arces y me entró miedo; oía quejarse los ganchos de acero.

—¡Andrée!

Toda la casa estaba en calma; por el tragaluz de la cocina subía un rumor impreciso; las espuelas de caballero y las lunarias que bordeaban la tapia apenas si se estremecían. Yo tenía miedo. No me atrevía ni a agarrar la tabla ni a suplicarle demasiado alto; pero pensaba que el columpio iba a darse la vuelta o que Andrée sentiría vértigo y entonces soltaría las cuerdas; solo con mirarla oscilar entre dos cielos como un péndulo enloquecido me daban náuseas. ¿Por qué se columpiaba tanto rato? Cuando pasaba cerca de mí, erguida, con su vestido blanco, tenía la mirada fija y los labios apretados. A lo mejor algo le acababa de fallar en la cabeza y ya no iba a poder parar. Sonó la campana de la cena y Mirza se puso a aullar. Andrée seguía volando por los árboles. «Se va a matar», me dije.

—¡Andrée!

Había gritado otra persona. La señora Gallard se acercaba con la cara congestionada por la ira.

—¡Baja ahora mismo! Es una orden. ¡Baja!

Andrée parpadeó y bajó la vista al suelo; se puso en cuclillas, se sentó y frenó con ambos pies tan fuerte que cayó al césped cuan larga era.

—¿Se ha hecho daño?

—No.

Se echó a reír, la risa acabó en un hipido y se quedó tumbada en el suelo, con los ojos cerrados.

—¡Te has puesto mala, claro! ¡Media hora en ese columpio! ¿Qué edad tienes? —dijo la señora Gallard con dureza.

Andrée abrió los ojos.

—Me da vueltas el cielo.

—Tenías que preparar un cake para la merienda de mañana.

—Lo haré después de cenar —dijo Andrée, levantándose. Apoyó una mano en mi hombro—. No me tengo de pie.

La señora Gallard se fue; cogió de la mano a las mellizas y se las llevó a casa. Andrée alzó la cabeza hacia la copa de los árboles.

—Se está bien allá arriba —dijo.

—Qué miedo me ha hecho pasar —dije.

—¡Bah, el columpio es sólido, nunca ha habido ningún accidente! —dijo Andrée.

No, no había pensado en matarse: ese tema estaba zanjado; pero cuando me acordaba de esa mirada fija y esos labios prietos, me entraba miedo.

Después de cenar, cuando la cocina quedó vacía, Andrée bajó y yo la acompañé; era una estancia inmensa que ocupaba la mitad del sótano; durante el día se veían pasar por el tragaluz piernas, gallinas de Guinea, perros y pies humanos; a esas horas, nada se movía fuera, solo Mirza, atada a la cadena, gimoteaba bajito. El fuego roncaba en la cocina económica, no se oía ningún otro ruido. Mientras Andrée cascaba huevos y medía el azúcar y la levadura, yo pasaba revista a las paredes y abría los aparadores. Los cacharros de cobre brillaban: baterías de cacerolas, calderos, espumaderas, baldes y calentadores que entibiaban antaño las sábanas de los antepasados barbudos; en la vitrina del aparador admiré la serie de fuentes vidriadas de colores infantiles. De hierro, de barro, de cerámica, de porcelana, de aluminio, de estaño, ¡cuántas marmitas, sartenes, pucheros, ollas, cazuelas, escudillas, soperas, fuentes, timbales, coladores, cuchillas, molinillos, moldes y morteros! ¡Qué variedad de tazones, de tazas, de vasos, de copas y de copas de champán, de platos, de platitos, de salseras, de jarritos, de cántaros, de picheles y de jarras! ¿Tenía un uso particular cada clase de cuchara, cacillo, tenedor y cuchillo? ¿Teníamos, pues, tantas necesidades diferentes que satisfacer? Aquel mundo clandestino debería haber aflorado a la superficie de la tierra en enormes y refinadas fiestas que, por lo que yo sabía, no se celebraban en ninguna parte.

—¿Usan todo esto? —le pregunté a Andrée.

—Más o menos; hay un montón de tradiciones —dijo ella.

Metió en el horno la pálida maqueta de un bizcocho.

—Y no ha visto ni la mitad —dijo—. Venga a dar una vuelta por la bodega.

Primero cruzamos por la lechería: vasijas y cuencos vidriados, mantequeras de madera bruñida, pellas de mantequilla, quesos blancos de carne lisa bajo muselinas blancas: esa desnudez higiénica y ese olor a rorro me espantaron. Me gustaron más las bodegas, llenas de botellas polvorientas y de barrilitos preñados de alcohol; sin embargo, la abundancia de jamones y salchichones, los montones de cebollas y de patatas me agobiaron.

«Por eso necesita echar a volar entre los árboles», me dije, mirando a Andrée.

—¿Le gustan las cerezas en aguardiente?

—Nunca las he probado.

En una estantería había cientos de tarros de mermelada, todos tapados con una hoja de pergamino donde ponía la fecha y el nombre de una fruta. También había tarros de frutas conservadas en jarabe y en alcohol. Andrée cogió un tarro de cerezas, que se llevó a la cocina. Lo puso encima de la mesa. Con un cacillo de madera llenó dos copas; probó en el propio cucharón el líquido rosa.

—A la abuela se le fue la mano —dijo—. ¡Con esto se emborracha una enseguida!

Agarré por el rabo una fruta descolorida, un poco ajada y arrugada: ya no sabía a cereza, pero el calor del alcohol me agradó.

—¿Se ha emborrachado alguna vez? —pregunté.

A Andrée se le iluminó la cara.

—Una vez, con Bernard. Nos bebimos un frasco de Chartreuse. Al principio resultaba divertido, todo te da vueltas mejor que al bajar del columpio; luego, nos entraron ganas de vomitar.

El fuego roncaba; empezaba a notarse un suave olor a panadería. Ya que Andrée había pronunciado espontáneamente el nombre de Bernard, me atreví a preguntarle:

—¿Se hicieron amigos después de su accidente? ¿Venía mucho a verla?

—Sí, jugábamos a las damas, al dominó y a las cartas. Bernard se agarraba unos enfados muy grandes por entonces; una vez lo acusé de hacer trampas y me dio una patada, en el muslo derecho, precisamente, no lo hizo aposta. Me desmayé del dolor. Cuando volví en mí, había pedido socorro, me estaban volviendo a vendar y él sollozaba a la cabecera de mi cama.

Andrée miró a lo lejos.

—Yo nunca había visto llorar a un chico; mi hermano y mis primos eran muy brutos. Cuando nos dejaron solos, nos dimos un beso…

Andrée volvió a llenar las copas; el olor se hacía más fuerte: se intuía que en el horno el bizcocho se estaba dorando. Mirza ya no lloraba, debía de estar durmiendo; todo el mundo dormía.

—Empezó a quererme —dijo Andrée. Volvió la cabeza hacia mí—: Es algo que no le puedo explicar: ¡qué cambio en mi vida! Siempre había pensado que nadie podría quererme.

Di un respingo.

—¿Eso pensaba?

—Sí.

—Pero ¿por qué? —dije, escandalizada.

Se encogió de hombros.

—Me veía tan fea, tan torpe, tan poco interesante…, y además es verdad que nadie me hacía caso.

—¿Y su madre? —dije.

—Hombre, una madre tiene que querer a sus hijos; eso no cuenta. Mamá nos quería a todos. ¡Y éramos tantos!

Había asco en su voz. ¿Había sentido celos de sus hermanos? Esa frialdad que le notaba yo a la señora Gallard, ¿la había hecho sufrir? Nunca se me había ocurrido que su amor por su madre pudiera ser un amor no correspondido. Apoyó las manos en la madera reluciente de la mesa.

—En este mundo, solo Bernard me ha querido por mí misma, tal y como era y porque era yo —dijo con tono agresivo.

—¿Y yo? —dije.

Se me habían escapado las palabras: me sublevaba tanta injusticia. Andrée me miró fijamente, sorprendida.

—¿Usted?

—¿No le he tenido yo apego por usted misma?

—Sí, claro —dijo Andrée con voz insegura.

El calor del alcohol y mi indignación me volvían atrevida; me apetecía decirle a Andrée esas cosas que la gente solo se dice en los libros.

—Nunca lo ha sabido, pero desde el día en que la conocí, lo ha sido todo para mí —dije—. Tenía decidido que si se moría, yo me moriría acto seguido.

Hablaba en pasado e intentaba adoptar un tono indiferente. Andrée seguía mirándome con cara de pasmo.

—Yo creía que para usted solo contaban de verdad sus libros y sus estudios.

—Lo primero era usted —dije—. Habría renunciado a todo para no perderla.

Se quedó callada y le pregunté:

—¿No lo sospechaba?

—Cuando me regaló ese bolso por mi cumpleaños pensé que me tenía cariño de verdad.

—¡Era mucho más que eso! —dije, tristemente.

Parecía conmovida. ¿Por qué no había sido capaz de hacerle notar mi amor? Se me había antojado tan prodigiosa que había creído que no carecía de nada. Me entraron ganas de llorar por ella y por mí.

—Es curioso —dijo Andrée—; tantos años siendo inseparables ¡y ahora me doy cuenta de lo mal que la conozco! Juzgo a las personas demasiado deprisa —dijo con remordimiento.

No quería que se sintiera culpable.

—Yo también la conocía mal —me apresuré a decir—. Creía que estaba orgullosa de ser como era y la envidiaba.

—No estoy orgullosa —dijo.

Se levantó y se acercó al fogón.

—El cake está en su punto —dijo, abriendo el horno.

Apagó la lumbre y guardó el bizcocho en la despensa. Subimos a nuestro cuarto y, mientras nos desnudábamos, me preguntó:

—¿Va a comulgar mañana por la mañana?

—No —dije.

—Entonces iremos juntas a misa mayor. Yo tampoco voy a comulgar. Estoy en pecado —añadió con indiferencia—; sigo sin decirle a mamá que la desobedecí y, lo que es peor, que no me arrepiento.

Me metí bajo las sábanas, entre las columnas salomónicas.

—No podía usted dejar que se fuera Bernard sin volver a verlo.

—¡No podía! —dijo Andrée—. Se habría creído que no me importaba y se habría desesperado aún más. No podía —repitió.

—Entonces, hizo bien en desobedecer —dije.

—¡Ay! —dijo Andrée—. A veces, hagamos lo que hagamos, todo está mal.

Se acostó, pero dejó encendida la lamparilla azul, a la cabecera de su cama.

—Es una de las cosas que no entiendo —dijo—. ¿Por qué no nos dice Dios lo que quiere exactamente de nosotros?

No contesté; Andrée rebulló en la cama y se colocó bien las almohadas.

—Me gustaría preguntarle algo.

—Pregunte.

—¿Sigue creyendo en Dios?

No titubeé: esa noche la verdad no me daba miedo.

—Ya he dejado de creer —dije—. Hace un año que no creo.

—Me lo temía —dijo Andrée. Se enderezó en las almohadas—: ¡Sylvie, no es posible que haya solo esta vida!

—He dejado de creer —repetí.

—A veces es difícil —dijo Andrée—. ¿Por qué quiere Dios que seamos desgraciados? Mi hermano me contesta que ese es el problema del mal y que los padres de la Iglesia resolvieron hace mucho; me repite lo que le enseñan en el seminario; eso no me satisface.

—No; si Dios existe, el mal no se entiende —dije.

—Pero a lo mejor hay que aceptar no entender —dijo Andrée—. Querer entenderlo todo es orgullo. —Apagó la lamparilla y añadió en un susurro—: Seguramente hay otra vida. ¡Tiene que haber otra vida!

No sabía muy bien qué esperar cuando me desperté: me llevé un chasco. Andrée era exactamente la misma, yo también; nos dimos los buenos días como siempre lo habíamos hecho. Mi decepción se prolongó durante los días siguientes. Por supuesto, estábamos tan unidas que no podíamos estarlo más; unas cuantas frases pesan poco comparadas con seis años de amistad, pero cuando recordaba aquella hora que habíamos pasado en la cocina, me entristecía pensar que, en realidad, no había sucedido nada.

Una mañana, estábamos sentadas debajo de una higuera, comiendo higos; los higos grandes de color violeta que se venden en París son tan sosos como la verdura, pero me gustaba aquella fruta menuda y pálida, henchida de una mermelada granulosa.

—Anoche hablé con mamá —me dijo Andrée.

Se me encogió el corazón: Andrée me parecía más cerca de mí cuando estaba lejos de su madre.

—Me preguntó si iba a comulgar el domingo. Se quedó muy preocupada cuando no comulgué el domingo pasado.

—¿Adivinó el motivo?

—No exactamente. Pero se lo dije.

—¡Ah! ¿Se lo dijo?

Andrée apoyó la mejilla en la higuera.

—¡Pobre mamá! Tiene tantas preocupaciones ahora mismo…, ¡por culpa de Malou y, además, por culpa mía!

—¿La riñó?

—Me dijo que ella me perdonaba, pero que lo demás era cosa de mi confesor y mía.

Andrée me miró muy seria.

—Hay que entenderla —dijo—. Tiene a su cargo mi alma: ella tampoco debe de saber a veces lo que Dios quiere de ella. No es fácil para nadie.

—No, no es fácil —dije, por decir algo.

Estaba rabiosa. ¡La señora Gallard torturaba a Andrée y ahora resultaba que la víctima era ella!

—Mamá me ha hablado de una forma que me ha emocionado —dijo Andrée con voz conmovida—. También ella pasó por momentos muy duros, ¿sabe?, cuando era joven.

Andrée miró en torno.

—Aquí mismo, en estos caminos, pasó por momentos muy duros.

—¿Su abuela era muy autoritaria?

—Sí.

Andrée se quedó ensimismada un momento:

—Mamá dice que hay mercedes, que Dios mide las pruebas que nos manda, que ayudará a Bernard y que me ayudará igual que la ayudó a ella. —Buscó mi mirada—. Sylvie, si no cree en Dios, ¿cómo puede soportar estar viva?

—Pero si me gusta estar viva —dije.

—A mí también. Pero, precisamente, si pensara que la gente a la que quiero iba a morirse del todo, me mataría enseguida.

—Yo no tengo ganas de matarme —dije.

Salimos de la sombra de la higuera y volvimos a casa en silencio. Andrée comulgó el domingo siguiente.

Capítulo tomado del libro digital Las inseparables de Simone de Beauvoir, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial; 1ra edición (1 octubre 2020); Pp. 13-60. Esta transcripción se realiza sin fines de lucro y como promoción a la lectura.

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