Tinieblas | Rosario Sansores (Yucatán, México)

El doctor Hessel se pasó las manos por la frente; luego se restregó fuertemente los párpados. En sus pupilas, hasta entonces muertas, la visión resurgía. Como a través de una gasa los objetos iban perfilándose vagamente en retina. Una sombra se alzaba frente a él. Débilmente iba tratando de reconocerla. ¿Quién era esta mujer de rostro bondadoso y afable, de nevada cabellera rizada que le miraba con una dulce ansiedad? Extendió las manos trémulas y otras manos cordiales y tibias estrecharon las suyas mientras una voz familiar le interrogaba afanosa.

—¿Ves algo? ¡Di!

El doctor Hessel volvió a restregarse los párpados. Le parecía mentira aquella felicidad inesperada. Durante treinta años había vivido sumido en las tinieblas atacado de una enfermedad que los médicos diagnosticaron de incurable. Sus sentidos se habían afinado hasta la hiperestesia. A distancia percibía por los olores la presencia de las personas y su oído conocía los más leves sonidos imperceptibles para los demás. Durante aquellos treinta años había acabado por resignarse con su horrible destino. Recordaba confusamente la visión de las cosas, tal como las viera antes de cegar: el suave colorido de las flores, el verde brillante de los árboles, la azulada transparencia del agua… su espíritu poeta se había embriagado durante mucho tiempo con el espectáculo de la Naturaleza bendiciendo al Creador, que ponía al alcance de su visita tanta hermosura.

A todos sus amigos los conocía por la voz. Sus viejas amistades seguían visitándolo, cultivando su trato encantador, ya que el dolor no había logrado agriarle el carácter de ordinario manso y apacible. Aquella tarde de julio, llena de luz, todos estaban reunidos en el antiguo salón familiar deseosos de conocer sus primeras impresiones. Un sabio oculista llegado tres meses atrás a la ciudad, había ofrecido operar el milagro. Aquella tarde le serían retirados los vendajes y el doctor Hessel, con el corazón lleno de ansiedad y de fe, aguardaba el resultado de la cura.

Las ventanas abiertas al poniente dejaban penetrar los ardientes rayos del sol. Trepando por las rejas, las clemátides blancas y rosas colgaban coquetonamente sus festones inundando la atmósfera de un suave perfume. Desde su jaula dorada, un canario desgranaba su canción. En el silencio apacible, se escuchaba el monótono tic-tac del gran reloj de bronce colocado sobre la cómoda.

Ahora iba reconociéndolo todo. El ancho sillón de Damasco verde con sus blandos cojines de raso bordados de seda, cuidadosamente confeccionados por las hábiles manos de Tina, su mujer. Los viejos grabados alemanes que decoraban las paredes; el ancho tapiz gobelino que cubría el testero principal…

Sus grandes ojos azules iban llenándose de luz; un grito ahogado se escapó de su garganta… ¡Veía! Volvía a vivir de nuevo… Y en su corazón el agradecimiento, como un rocío divino, resbalaba mansamente.

—¿Nos reconoces? —le preguntaron algunas voces.

Sí; uno a uno iba distinguiéndolos a todos. Marcelo Perol, su antiguo condiscípulo. Luis Robledal, Marino Arnus… los encontraba un poco cambiados, envejecidos; pero a pesar de todo, los reconocía.

—¿Y a mí, no me conoces? —le preguntó Tina con los ojos húmedos por la emoción.

¡Su mujer! ¡Aquella señora de cabellos blancos era su mujer! ¡Cómo la había transformado el tiempo! Él guardaba en su memoria la imagen dulce de una mujer menuda y fina de grandes pupilas negras y cabellos abundantes y oscuros cayendo en graciosos bucles sobre los hombros juveniles. Aquella mujer que estaba frente a él no conservaba un solo rasgo de la otra. Sólo la voz acariciadora y tierna era la misma que lo había alentado en las horas de la desesperanza, la que le había infiltrado la llama divina del optimismo, la que lo había ayudado a resolver sus problemas económicos y espirituales durante aquellos treinta años de tinieblas.

Con un gesto instintivo la atrajo y reclinó su cabeza sobre aquel pecho maternal y tibio que sólo había latido por él…

El doctor Gravet, autor del milagro, sonreía satisfecho; aquel caso era de los difíciles y a él se debía que el doctor Hessel recobrase la vista; sería restituido a su cátedra para bien de la humanidad y de sus amigos, que lamentaban sinceramente su desgracia.

Conmovido, estrechó sus manos  repitiéndole sus parabienes.

—Ahora, un poco de cuidado —recomendó— ¡No hay que abusar de la vista!

Los amigos se fueron despidiendo uno a uno. Todos los felicitaban efusivamente. La luz del sol iba palideciendo en el horizonte. El doctor Hessel con la frente apoyada en el seno de su mujer, se sentía invadido por una dulce paz. ¡Qué hermosa le parecía ahora la vida! Reanudaría sus clases en la Universidad. Volvería a sus antiguas actividades. De pronto, se pasó las manos por la barba áspera.

—Quisiera afeitarme, suspiró.

Tina, diligente, le preparó el agua y lo condujo al baño; encendió la luz y le alargó la toalla.

El doctor Hessel se contempló en el espejo, un amplio espejo ovalado colocado sobre el lavabo. ¿Quién era ese anciano de barbas grises lleno de arrugas, que lo miraba fijamente? Sus manos palparon instintivamente sus mejillas flácidas, su boca marchita, su frente llena de surcos profundos…

Un gemido se escapó de su pecho:

—¡Oh, Tina, qué viejo estoy!

Aquellos treinta años eran su juventud, su dulce y hermosa juventud que al igual que una flor se había marchitado y él sabía que jamás volvería a recobrarla…

Cerró los ojos un segundo: dos lágrimas resbalaron por su rostro hasta perderse en la barba hirsuta y gris… Su mujer sollozó a su lado:

—No eres tú solamente. Mírame a mí también. ¡Nuestra juventud se ha ido, pero hemos conservado intacto nuestro corazón!

Cuento publicado originalmente en el libro Diez años de juventud; Biblioteca Básica de Yucatán No. 16; Instituto de Cultura de Yucatán / Gobierno del Estado de Yucatán; 2011; Pp. 123-126; Transcripción y edición para versión web: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)  

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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