Astillas de luz | Irene Duch Gary (Yucatán, México)

Mi corazón, semilla
No es sobre el rostro del mundo,
ni sobre el profundo laberinto el misterio
que encuentro tu mirada,

Es mi corazón donde se posa
—semilla que alumbra mi costado—
y renueva la sangre
la voz
y la palabra.

La vida, a veces
La vida, a veces
nos hace el milagro de repetirnos
en otra mirada,
en las manos que dibujan nuestro rostro
hecho de incienso
y de lumbre,
de relámpago certero
de claridades.

En la vigilia discreta del amanecer
Cuántas vidas en una sola vida.
cuánta luz en cada sepultura,
y sin embargo, el tiempo no dice
cuánto se desgrana el ser para sí mismo
y cumplir su destino inacabado,
incierto.

¿O es el destino del otro
el que nos acompaña en cada despertar,
en la vigilia discreta del amanecer,
en el reposo
y en la vorágine de la palabra desnuda?

Por el cáliz errante del espejo
La semilla luz,
laboriosa,
que de antiguo emprende
la vívida batalla por el día,
hoy descansa,
yerta,
—con un incontenible murmullo de penumbra—
En los laberintos alados del naufragio.

Memoria navegando,
sola,
por el cáliz errante del espejo.

En los ojos vacíos de la tarde
Hay días, como hoy,
que llevo
todo el dolor del mundo en la mirada,
agostándome la sombra hasta el filo del relámpago.

En la tierra, gotas de ausencia,
máscara de espuma,
junco se serpenteando
en los ojos vacíos de la tarde.

Profeta de los sueños
Siempre será corta la vida
para el viejo profeta de los sueños.
La esperanza, sobre el mar,
ave que emprende
el imaginario vuelo de las olas
donde los equilibristas
dibujan la aventura de la niebla
y trazan, en el viento, su destino itinerante.

Los alquimistas del silencio
En el tiempo de otros tiempos,
marejada que envuelve la noche,
vinieron a acunarnos
los alquimistas del silencio.

Mi voz
quiere volver al manantial de la intemperie
y mirarse,
desnuda,
en la fugaz incertidumbre de la llama.

Arenas del tiempo
Y ahí estaban
la desnudez de las piedras,
la voz apacible del arroyo,
el sueño de los montes
y el canto tuyo y mío ,
nuestro,
como un paisaje
perdido
en las arenas del tiempo.

Vientre de mar
Beso tus labios de arena,
tu vientre de mar,
para beberme toda la sal
todo el silencio
de tu cuerpo de náufrago
y llenarme de ti
de las nostalgias,
los olvidos
y, por qué no,
de los fulgurantes latidos de tu alma.

Racimos de la tarde
Racimos de la tarde
calman mi sed de lumbre
olvido bañado en madrugadas.

Embrujo de un recuerdo
vivo
en los inermes maderos de mi claustro.

Hasta el desnudo lindero de las ansias
En un diálogo de abrazos
nos reconoceremos.
Nuestra voz, la piel,
murmullo de plegarias
y secretos,
descubrirá el sonido de la sangre,
la armonía de los cuerpos
en el espacio sin límite del gozo,
espiral de lumbre
subiendo por el vientre del abismo
hasta el desnudo lindero de las ansias.

El corazón deshabitado de la náusea
Otros tiempos vendrán.
La palabra,
albergue de la oscuridad,
desnudo ropaje del insomnio,
como un crisantemo de alas rotas
se marchitará en el viento.

Compañera del hambre y la penumbra,
recinto de la luz,
desde el trasiego de las sombras
renacerá ,
esperanza aglutinada,
en el corazón deshabitado de la náusea.

En la dulce melodía de mi llanto
La canción
que nunca brotó de mi obstinado pecho
quedó apenas murmurada
en la dulce melodía de mi llanto.

Fueron tiempos adversos
aquellos que sembraron de infortunio
las palabras quimeras,
las que habitan los senderos interiores,
abren causes
y rompen el cerco del mundo en llamas
poseído por la herida del misil
y las viejas cicatrices de la rabia.

Desde las orillas del tiempo
Qué morirá cuando yo muera.
Quedará algún vestigio
del combate conmigo
por construir una mujer serena.

Existirán mis sueños,
alguien heredará mis buenas intenciones,
mi melancolía,
la soledad
acariciada tantas veces
o aquellas tardes de lúcida belleza
cuando el alma vestía sus delicadas prendas
y un caluroso manto sobre el mundo
rompía la voluntad inquebrantable del destino.

Seguirá viviendo ese anhelo incesante
por abrazarlo todo.

Las amorosas manos
acunarán las espigas
en los andamios desiertos de la tarde.

Si la mirada pudiera
lavar las heridas de los muertos
y deshacer el nudo de la carne,
yo volvería a contemplar,
desde las orillas del tiempo,
el rostro iluminado, eterno, de la vida.

Tomar la luna con mis manos
Quiero tomar la luna con mis manos
desdibujar la noche para perderme en ella
y buscar en el silencio de su páramo
la sombra que cobije
mi sed de claridades.

En la noche del huerto
En la noche del huerto
—olivos por toda compañía—
sentiste el dolor y el miedo
el abandono
la traición
el silencio y la soledad de ser un hombre.

De las aguas, el recuerdo
De las aguas las olas del recuerdo
volvían incesantes a tocar mis orillas.

Mojaban mi cuerpo de olvido
mis manos de sal,
espejos encontrados.

Era como volver a contemplar los sueños,
acariciarlos,
saber que no han muerto,
que siguen esperando
del otoño y las higueras,
en la hierba húmeda,
la resurrección, del milagro.

Espejos de la realidad, nuestros cuerpos
Desaparecen las horas.
Se construye la vida en la memoria lúcida.
Espejos en la realidad,
nuestros cuerpos escriben la historia en secreto.

Sólo la huella nos convierte en llama,
antorcha en el anonimato de la estirpe ajena,
horizonte,
rompecabezas del aire
que va armando con palmos de agonía
el infinito inalcanzable,
tan deseado,
tan perseguido,
nuestro siempre.

Palabra luz
Quiero volver a contemplar el día
desde el abismo de mi noche obscura
y creer otra vez en la palabra
que derrame su luz en mi agonía.

Quiero la voz
Quiero la voz
para decir tu nombre
y una plegaria para cantar los versos
que hicieron de los hombres
la esperanza de Dios.

Siguen los sueños latiendo en mi costado
Otros días vendrán
pero no serán los mismos que cubrieron con su rostro mi agonía.
Lejos quedaron las piedras rodadas
de los viejos caminos.

Aquellos que en tropel se amotinaban en mis horas yertas
entre las sombras esquivas
y los faroles de la calle.

Siento su mirada en la oquedad de mi pecho,
cabalgan por la sangre
y la esperanza.

Siguen los sueños latiendo en mi costado.

Al filo del instante
Sonaron los pasos de las aguas quietas,
silencios y silencios tocan la piel
por el vértice del alma
y dejan su luz
en un amanecer
al filo del instante de abrazar el cielo.

Carne doliente
Sólo soy un minuto de carne doliente,
llaga viva al contacto con el aire,
herida horadando la esperanza.

En un breve despertar
pasado y futuro
unidos al vaivén del péndulo
en las horas desnudas del olvido,
únicas astillas habitables
en la insondable cavidad del viento.

Quiero tocar todos los rostros
desnudar los cuerpos,
saber que existen bajo la túnica del llanto
y las máscaras de arena
con toda su verdad
y su belleza límpida
y preservarlos del espanto
y de la casi invisible mirada del estiércol.

Crecen los muertos
Crecen los muertos bajo un cielo áspero.
La única luz,
esperanza de la paz soñada,
es la medida del amor.

Máscaras de todos los días,
aves de clandestinos paisajes,
hunden el rostro en la mirada del hambre.

Se oyen las preces por el último suspiro,
el cántaro se quiebra en el aire como lluvia de otoño
vertiendo sus aureola incandescente
sobre las maceradas flores del olvido.

Dejo mi libro
Dejo mi libro y abro la puerta
para que la tarde entre a conversar conmigo.
Me trae noticias del mar
y de aquel albatros que un día anidó mi pecho.
En remolino me lleva al desván de los recuerdos
y me respiro amiga, amante y compañera.
No borra las huellas,
abre surcos
y me devuelve en el aire la libertad.

De mi pecho, la gaviota
Mar, espuma que cabalga por sobre el horizonte,
arrullo de la playa
en las arcillas de mi piel.

Canto que murmuras
por las arenas suaves del paisaje
y meces las hamacas de los caracoles
con el viento soleado de tu rostro
marcado por las huellas del relámpago.

Espejo de gaviotas,
cuna de algas y peces fértiles,
cobijo del dolor en el incesante suplicio
que brilla por los largos cabellos de mi llanto.

Junto a ti he de dormir un día
para que tus aguas limpias
mortaja de mi cuerpo lacerado
acunen mi silencio
y vuele de mi pecho la gaviota.

Soy un silencio que navega
Soy un silencio que navega
en medio de la luz intensa.
No hay vuelta para el caminante
que no acierta a contemplar su resplandor.
Vive en la luz
y la oscuridad es quien vela en si alcoba de inocencia.

Sobre el clamor de las voces,
el mismo silencio por respuesta:
tristísimo minuto que envuelve la eternidad del aire
entre los escombros del amanecer.

La náusea siempre en el espejo del insomnio.
Y el vigía
transitando por la soledad,
la del fuego eterno
y las cenizas en la cruz del desamparo.

La palabra, señal del navegante,
silencio decantado en el rumor del incienso
y las hogueras clandestinas
pervive,
ráfagas de lumbre,
en el latido ancestral de la mirada.

Dulces sombras para contar
Dulces sombras que acompañan
la memoria del hastío,
flores de la soledad.
Presencias de un olvido cotidiano
a fuerza de vivir
y no caer en el embate de los días aciagos,
sin pan ni llamaradas,
recuerdos de pasadas glorias
para contar, con la ternura del ocaso,
en las tertulias de un domingo por la tarde.

Por los pétalos del aire
Por los pétalos del aire me he asomado,
para mirar las orillas del silencio
y una luz
como saeta
hiende
su inmensa claridad sobre mi pecho.

Gravita el corazón,
doloroso palpitar del navegante,
la soledad,
flor abatida por la ausencia, raíz de sombras,
vértigo
sobre el rostro abrupto del invierno.

Aves de paz
Bajo la sombra secreta de tus brazos
aves de paz hacen su nido.
Aroma dulcísimo del viento
meciendo las ramas interiores,
hogueras de sabor a hierba,
antigua llama
donde nace temprana la promesa del mar.
El mar borrando toda huella,
todo exilio,
dibuja en la tarde una sonrisa húmeda.
La tarde
sin eco de fantasmas,
sin eco de relámpagos
ni lluvias consteladas;
la tarde serenísima, de incendios decantada,
¿quién sino ella
para fraguar la lágrima?
Astilla,
dardo tenaz de humo en sombra cauta
por el tacto incendiado de tu cuerpo y el mío,
va dejando una espuma de fiebre que calcina.
Marea de fuegos en un amanecer azul.
Intacto.
Espíritu infinito el que bordean
aves de paz,
tu corazón y el vuelo.

Altar de los presagios
Caminamos por las mismas huellas que otros hombres
y volveremos a encontrarnos.

No sé si en el remanso de una plegaria
o en el altar de los presagios.

En el encuentro nos miraremos a los ojos,
nuestra voz cantará los himnos que cegaron los verdugos
y la palabra, como un río,
correrá por las venas transparentes
de aquellos que nunca perdieron la esperanza
y perdonaros las ofensas.

Una luz intensa brillará en el horizonte,
cuando el hombre, despojado de su claustro,
se redima.

En el último suspiro
En el último suspiro
la pureza de la muerte nuestra
permanece a través de sus misterios
en la raíz misma de su esencia,
en el construir de otras alegrías
y de otras soledades.

Las cenizas, en la noche
La luna trazó su luz
sobre la tapia azul de los recuerdos.

Las cenizas, en la noche,
contaron los muertos que deshoja el viento.

Estarse sin estar
Hunde el mar su arena en mi destino.
Confesa ante sus aguas,
sobre el atardecer me tiendo y, serena,
espero a que mi cuerpo absorba
el último minuto de claridades
y en la penumbra
vuelo
guiada por la luz de las luciérnagas.

¡Qué placidez, qué sueño
de estarse sin estar prendida al mundo!
y reposar al viento, al mar, la arena
sin puertas con candados
ni ventanas.

Mi habitación el universo entero,
mi lecho el mar
con su inefable espuma.

A deshojar la tarde
Desnuda como el mar,
con la risa en las espumas del recuerdo
y ese instante de pétalos ausentes
con que el abismo devolvió a la sombra su destino,
me iré
a desenterrar las redomas del olvido
deshojar la tarde,
construir jardines
en el desfiladero de las horas muertas
y a recoger los frutos
escondidos
en la fecunda huella de sus aguas.

Es preciso volar
Es preciso volar
por la enredadera que sostiene
la frágil cúpula
del sueño inalcanzable
y penetrar el cristal etéreo
que recubre su auténtica morada
y volver los ojos
al recóndito abismo
de su esencia,
para encontrar la génesis
de su textura luminosa
y continuar el vuelo
hasta fundirse
en un inacabado
proyecto de esperanza.

Poemario publicado originalmente en el libro Astillas de luz; 2009; Pp. 29-66; transcripción y edición para versión web: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)    

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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