La fiesta brava | Nidia Esther Rosado (Yucatán, México)

Cric, Crac, cric, crac; crujieron los palos y los bejucos cuando Jesusita subió por la rústica escalerilla que conducía al palco. Improvisado con palmas y horcones, el tablado ocupaba todo lo ancho de la plazoleta. La mujer de Juan Carlos se sentó en una silla de plegar y muy circunspecta esperó la hora de la corrida. Los niños, en la baranda, se entretuvieron columpiando los pies. Abajo, los viandantes y los vendedores esperaban también. El palco de la familia de Juan Carlos era inmejorable: al frente tenía al portalón, a la derecha, la orquesta y a la izquierda, al Juez de Plaza.

La espera no tardó. El reloj de sombra quedó en escuadra. Un toque de corneta anunció el comienzo de la corrida. El portalón se abrió para dar paso a los toreros que, gallardos, partieron plaza: la mano izquierda en el cuadril y al hombro el capotillo, marcando el paso al compás de la macarena. Cuatro guapos mozos recién llegados de España, saludaron al público con la montera en la mano. Después de atravesar el ruedo, la cuadrilla se detuvo frente al Juez de Plaza. Jesusita se inquietó. Los ojos se le llenaron de colores y de luz. Con su traje regional lucía esplendorosa y era una atracción más, en aquella fiesta brava. Coqueta, la esposa de Juan Carlos meneaba el abanico. Toda ella irradiaba juventud y en esas condiciones, no podía pasar inadvertida. Los cuatro toreros la miraron de reojo al saludar al Juez. Y al retirarse después de recibir la venia, uno de ellos persistió en mirarla. La joven se tapó el rostro con el abanico y dejó descubiertos sus grandes ojos que parecieron sonreír. Sus mejillas se sonrojaron y la piel se le erizó. El segundo toque de corneta anunció la lidia. Los toreros cambiaron capa por capotillo. Dieron pases al aire. Simularon prender banderillas. El diestro que la miraba permaneció inmóvil hasta que, venciendo su indecisión, se acercó al palco de Jesuita y con un ademán clásico, la brindó la faena de la tarde: lanzó el capotillo y ella lo atrapó en el aire. La montera corrió la misma suerte. Eulalia, al ver el desplante del torero, sintió celos y con un gesto desagradable, acriminó a su madre que, sin darse por aludida, estrechó contra su pecho ambas prendas y suspiró. La niña en su fuero interno se preguntó: ¿por qué? Y en el fondo de su alma reprochó la conducta de su madre. Se pasó el resto de la tarde enfurruñada. Se negó a cenar y se fue a la hamaca temprano. Sin embargo no dormía por que la capa y el torero la obsesionaban. A través de las mallas observó a su madre:

La mujer de Juan Carlos se dio prisa en acicalarse para ir al baile. Se cambió el terno, se prendió el moño al zorongo, y se polveó la cara con polvillo de cascarilla, se pellizcó las mejillas y se mordió los labios para avivarles el color, se humedeció con la lengua los dedos índices y simultáneamente se los pasó por ambas cejas para quitarles el residuo de polvo y terminó su retoque poniéndose una flor sobre la oreja. Las voces de las vecinas se escucharon bulliciosas y Jesusita se dio prisa por alcanzarlas. Apagó la vela y salió a la calle sigilosamente. En el camino se terció el rebozo y no se percató de que su hija, arrastrando su sabanita, la seguía a cierta distancia.

Entre las novedades reservadas a los habitantes de Suyunché con motivo de la fiesta, estaba el nuevo alumbrado de la comandancia, convertida temporalmente en salón de baile. Normalmente iluminado con seis lámparas de carburo. Pendían del techo por medio de cremalleras, para poderlas bajar conforme la luz se fuera extinguiendo porque había qué cebarlas de nuevo con oxígeno.

Las mestizas, con sus ternos multicolores, iban llegando por grupos. La mujer de Juan Carlos que esa noche hacía su debut, temblaba al pensar encontrarse con el torero. Y allí estaba en efecto. Detrás de la arquería y confundido entre los espectadores, la miró pasar no sin cierto sobresalto. Esperó a que el bastonero la llevara al estrado de baile y cuando la vio en espera de pareja, se abrió paso entre la multitud y procuró ser el primero en llegar a ella. La mujer de Juan Carlos sintió hundirse en el suelo bajo sus plantas. Se saludaron con una leve inclinación de cabeza y a los primeros acordes de jarana, cuando se disponía a bailar, Eulalia, la hija de Jesusita que había permanecido escondida para que su madre no la viera, corrió hacia ellos y en un arranque de cólera le dijo a Jesusita:

—¡NO BAILES! ¡NO QUIERO QUE BAILES CON ESE HOMBRE!

La mujer de Juan Carlos se disculpó con su pareja y tomando a la niña de la mano, salió con ella a la calle. Rumbo a su casa la reconvino dándole un fuerte tirón de oreja y luego la mandó a su hamaca, no sin antes propinarle cuatro nalgadas. Corajuda y defraudada, Jesusita se cambió de ropa y se sentó en la ventana. No había transcurrido mucho cuando entre las sombras vio venir al torero silbando la tonada de la jarana. Sin mediar palabra le entregó una flor que llevaba en la mano. Asustada y temerosa de que alguien la viera, Jesusita entró, cerró la ventana y tras la puerta, besó la flor y la estrechó contra su pecho suspirando. Los ojos de Eulalia brillaban en la oscuridad.

Durante los seis días de fiesta que siguieron, montera y capote fueron a dar al palco de Jesusita y la flor llegó puntualmente a la ventana. Eulalia no perdía detalle. La última noche, el torero esperó a Jesusita debajo del tablado. Los pasos de los transeúntes se apagaron con la última bombilla: Jesusita atravesó la plaza; corrió en busca del torero y las dos sombras fundidas en una sola, fueron envueltos por los vapores de la tierra. Se entregaron plenamente, sin reservas, ni limitaciones, en una oblación total. Y fue así como la esposa de Juan Carlos, supo lo que era el amor. Media hora después, oliendo a tierra y a hierba fresca, empapada de besos y de rocío, Jesusita llegó a su casa, el pelo y el huipil maltrecho. Eulalia, siempre en vigilia, la vio llegar: oyó que sollozaba hasta que el sueño la venció.

Al día siguiente los hombres del pueblo comenzaron a desmantelar el tablado. Los trashumantes levantaron las tiendas. Una a una las carretas cargadas de enseres abandonaban el pueblo. Sentada en su ventana, Jesusita contemplaba los trajines. Al desaparecer en el cabo de la población la última carreta, la mujer de Juan Carlos suspiró profundamente y volvió la vista al desmantelado tablado. Los últimos horcones, arrancados del suelo, ya estaban sobre la carreta. Al verlos partir, Jesusita se sintió liberada, como si aquellos troncos se llevaran consigo el secreto de su desliz.

Relato publicado originalmente en el libro Sunyunché. Los descendientes del padre Bruno, editado por el Instituto de Cultura de Yucatán en el año de 1989, y tomado del blog Yucatán Literario (2011).  

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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