Pánico o peligro (Capítulo 1) | María Luisa Puga (México)

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IMAGÍNATE: éramos mi padre, mi madre y yo. Me acuerdo del coche cuando salíamos a pasear. Un Plymouth de segunda que acababa de comprar mi padre. Su primer coche y el único que tuvo. Lo manejaba con temor, con muchísimo cuidado. Nunca se sintió seguro manejando. Para ver por la ventanilla, yo me tenía que arrodillar en el asiento. El coche era como una tina de latón, y el mundo afuera era muy raro pese a los comentarios de mi mamá: que si las jacarandas ya estaban floreando, que si aquel edificio nuevo. Contenta mi mamá en esos paseos graves, casi solemnes, de los domingos.

No sé si éramos una familia feliz o no. Cuando ahora pienso en esa época, la extraño… me duele, pues, no que la quiera vivir otra vez, pero sí me doy cuenta de que busco olores, esquinas, luces. Muchas veces he vuelto a la calle de Jalapa y el edificio sigue ahí, más viejo, más roto; me da tristeza, no porque se hayan muerto mis padres, sino porque ya no me encuentro. Éramos él, ella y yo y los tres bien distintos. Tantos años en el mismo apartamento que me acostumbré a que cerradura quisiera decir eso que yo veía todos los días. Así los cuartos, la cocina con su fregador despostillado, el bóiler, el baño de mosaico amarillo claro, la sala con esos muebles que un día cambiamos y entonces sí, se sintió muy raro. Mi papá se sentaba a leer el periódico en el sofá nuevo y se veía como desconocido. El día que los trajeron fue toda una fiesta. Eran más grandes que los viejos y la sala quedó más chica. Gran fiesta. Solemne. Esa noche nos sentamos ahí, a sentarnos nada más. Un sillón largo y dos sofás, y la mesita del centro sí era la misma. Todo igual menos esos sillones que apenas si cupieron por la puerta. Yo estaba en tercer año y es el único cambio del que me acuerdo. Tú siempre hablas de cambio.
Mi papá se iba todos los días a Teléfonos. La sucursal que queda en Portales. Siempre trabajó ahí. Siempre a la misma hora. Y era a esa hora que yo me iba a la escuela, en camión. Me acuerdo perfecto de la calle por donde tenía que caminar. No me sabía nombres de calles, sino caminos. Los letreros, las tienditas, la vuelta en la esquina y ya ahí se oía el griterío de la escuela. Escuela mixta. Desde esa hora los paleteros, los canasteros en la puerta vendiendo. Todos compraban aunque fuera un chicle. Los torteros llegaban a la hora del recreo. No podías no comprar algo. Si estabas en clases y te acordabas de que en la mochila traías una bolsa de cacahuates garapiñados, se te pasaba el tiempo más rápido.
Y así era: mi papá a la oficina, yo a la escuela, y mi mamá en la puerta diciéndonos adiós. No comas porquerías, me decía. Y también: fíjate al cruzar la calle. Yo sí sentía que me querían. Querían muchas cosas, pero yo era algo así como el centro. Mi papá me daba cinco pesos ya en la puerta del edificio (el timbre daba toques; yo tocaba con la goma del lápiz). Nos vemos a mediodía, me decía. Era chistoso porque me quería, pero como muy en secreto. Me daba un beso que sentía rico, calientito, rápido. Y se iba, él para un lado, para el estacionamiento donde guardaba su coche. Yo para el otro, a tomar mi camión. Era así. Unos días me gustaban más, otros menos. A veces el camión iba más lleno, otras llevaba gente que me daba curiosidad; había días en que ni me fijaba. De pronto ya estaba en la escuela y la guerra empezaba. Es que era como una guerra. Todos molestaban a todos, se burlaban de todos, había que cuidarse. Desde la primaria tuve un grupo de amigas con las que anduve siempre. Éramos cuatro y nos ayudábamos, nos defendíamos; nos decían las inseparables y a veces alguna otra niña se nos quería unir pero no sé por qué no se podía. Es que éramos parecidas, vivíamos por el mismo barrio y a veces nos veíamos por la tarde, cuando mi papá estaba de buenas y me dejaba salir; por lo general, no. Lo primero que hacíamos al llegar a la escuela era buscarnos en el patio. Yo nunca logré ser la primera en llegar aunque siempre traté. Cuando ya estábamos juntas las cuatro era como entrar a un cuarto conocido y seguro. Una de nosotras era más alta que las demás, pero sí nos parecíamos. Así fue toda la primaria y pienso que por eso me gustaba ir a la escuela. Cuando después entré a Comercio las cosas cambiaron.
Nos juntábamos a la hora del recreo para criticar. Que si fulana era gorda; que si era vulgar. Hablábamos mucho de lo vulgar. Nos decían las hermanitas no sé cuánto. Un trío de esos musicales. Pero nosotras éramos cuatro. Se burlaban de nosotras cuando nos poníamos de acuerdo para venir de cola de caballo, o con calcetas de distinto color. Y es que la escuela era guerra; estoy segura de que todos sabíamos más de lo que nos dábamos cuenta. La guerra era, creo, en contra de la fealdad; a lo mejor en contra de la felicidad ahí. Y es que era fea. Era mentirosa. Entre las cuatro formábamos una covachita para protegernos hasta de la indiferencia de las maestras que llegaban, muchas, como cansadas y apenas si hacían un esfuerzo por calmar el ruido que hacíamos todos. Nomás te decían: estudien de la página tal a la página tal y ya. Había otras que a fuerza querían ser buenas y hablaban así, con dulzura, y tenían sus consentidas y se alisaban muy bien la falda para sentarse. Nosotras nos fijábamos en la ropa, en las pulseras y el peinado y decíamos sí, o decíamos no, o hasta nos reíamos a veces porque una de nosotras era muy buena para imitar.
Eso era en la escuela, me acuerdo, siempre vigilando para que no se fueran a aprovechar de ti, pero al mismo tiempo te gustaba salir de tu casa un rato.
Nos íbamos a pie hasta la plaza de Miravalle, a comer paletas, y platicábamos todo el tiempo, en general de cosas que habíamos visto en escaparates por Insurgentes, y nos contábamos lo que habíamos hecho sábado y domingo. Yo era la que menos tenía que contar. Las otras habían ido al cine o a casas de familiares. Tenían hermanos ya grandes. Sobrinos, en fin, y decían que a mí me tenían consentida por ser hija única. Pues no sé, la verdad. En sus casas había mucho más ruido, más gente, y todo estaba como más desordenado, no sé. Era muy distinto. Una de mis amigas no vivía en apartamento sino en una casita amarilla y sucia con reja roja y hasta un pedacito de jardín, en la calle de Ixtlán. Su mamá le pegaba por cualquier motivo. Cuando yo iba la esperaba en la puerta. Rara vez entré. Por lo general no hablábamos mucho de nuestras casas, más bien era de la escuela y de los sustos con los maestros y cosas así. De que qué íbamos a ser cuando fuéramos grandes o lo que haríamos si tuviéramos un millón de pesos. Yo no sé qué quería ser de grande. Creo que cada vez cambiaba. A veces quería tres hijos, otras quería ser maestra. No, pues yo, dijo una una vez, quisiera ser rica. Muy rica. Y se imaginaba en una casota con chofer y todo. O ser actriz de cine, o viajar por el mundo, en fin, cosas que veíamos en el cine. Yo televisión no veía porque no teníamos. A mi papá se le cansaba la vista y luego no podía trabajar.
Esos cinco pesos que me daban alcanzaban para una torta y un refresco y el camión de ida y vuelta. A las otras a veces les daban más, o un poco menos, pero entre las cuatro juntábamos y nos ayudábamos. Nos salíamos seguido de la escuela para irnos a ver tiendas y entrábamos en alguna lonchería chiquita y nos comíamos unos tacos. Íbamos siempre las cuatro, del brazo, y nos reíamos de todo. Nos fijábamos en las señoritas y en las parejas, y todo el tiempo decíamos lo que queríamos, lo que no nos gustaba. No veíamos más allá de esas calles conocidas. No sabíamos nada y no nos dábamos cuenta. Si de algo me acuerdo bien, es de bocas abiertas riendo por todas partes. De mujeres con niños de la mano. De coches en los que no me fijaba pero los sentía pasar. Me acuerdo de mis amigas. De la campana que anunciaba la salida de la escuela y cómo cada una se iba bajando del camión. El olor de comida en mi casa y la puerta cuando llegaba mi papá. La comida servida, las tortillas calientes y la salsa recién hecha.
Mi papá trabajaba de ocho a cuatro y por las tardes se ponía a leer en la sala el periódico y algún libro que siempre tenía una máquina en la portada. Creo que de mecánica. Yo me ponía a hacer la tarea y a veces, como a las seis, nos íbamos al cine o a comer churros con chocolate en la nochecita. Si no salíamos, me mandaban al pan, pero no te entretengas bobeando por ahí. Por la tarde, cuando los niños empiezan a vender las últimas noticias y la luz se hace más fina. Me gustaba esa hora. A veces llovía, y en el agua del pavimento brillaban los semáforos. El ruido de los coches se volvía amistoso. La bolsa del pan se me empapaba, me tenía que esperar a que pasara. Una vez se me mojó tanto la bolsa que se desfondó y todo el pan cayó por el suelo, en los charcos. Me entró una tristeza enorme. Fue como perder de pronto el calor, y la lluvia caía ruidosamente sin importarle nada. Vi cómo la gente se subía a sus coches con carreritas cuidadosas. Arrancaban y se iban. Creo que fue la primera vez que me sentí en la calle. Los que esperaban el camión se apretujaban contra la pared que tenía techito y esperaban, esperaban, en la cara se les notaba. Sólo las parejas de enamorados no esperan. Y las mujeres cargadas de bolsas. El plástico con que la señora de las quesadillas cubría su puestito, o el de los tamales. Todo se aquietaba esperando y los coches sonaban tristes. Trataba a veces de imaginar a la gente en sus casas. Cómo salía la señora de las quesadillas para venirse a la esquina. Para mí ellos vivían en la ciudad, no en una casa ni en un edificio, sino en la calle. La de las quesadillas, que yo me acuerde, siempre estuvo ahí.
Vivir en otras ciudades debe ser rarísimo. Creo que yo aquí he sentido todo lo que soy capaz de sentir, pero no sé.
Cuando se hacía un embotellamiento, o un coche se descomponía, todos los cláxones se amontonaban. Era como si toda la ciudad se hubiera venido a asomar para ver qué pasaba. Por la noche, ya en mi cama, me despertaban las sirenas de las ambulancias o de los bomberos. No sé si era feliz o no. Era todo lo que tenía.
Mi papá trabajó toda su vida para Teléfonos. Antes de que yo naciera creo que fue empleado en un banco. Empezó como mensajero cuando estaba terminando su prepa. Quería ir a la universidad, pero nunca pudo. Y mi mamá era de un pueblito de Nayarit. Allá se conocieron, durante una feria o algo. Ella casi no estudió. Terminó la primaria y se puso a trabajar en la tiendita de su familia, una miscelánea de ésas. Cuando mi papá estaba de buenas, contaba cómo la había conocido. Dice que entró cuatro veces a la tienda y las cuatro compró cigarros; que por poco y se queda sin dinero para el camión de vuelta. Hasta que a la cuarta ella se dio cuenta y le dijo ¿otra vez?, si ya es la cuarta. Hasta que usted se dé cuenta, chula, aunque compre veinte. La iba a visitar los fines de semana, hasta que se casaron y se la trajo.
Cuando en la escuela me enseñaban historia de México, yo después les preguntaba a mis padres: ¿cómo llegaron ustedes aquí? ¿De España? ¿O son indios? Mi papá se enojaba. No hagas preguntas tontas, decía, ¿qué no nos ves? Cómo vamos a ser indios. Pero yo quería saber. Qué éramos entonces, si no éramos indios ni españoles. ¿Quiénes éramos? Mexicanos, decía mi papá, qué otra cosa vamos a ser. Pero ¿de dónde vienen los mexicanos? ¿Qué pasó con los indios? Lo más que logré entender fue que los indios eran los pobres y los españoles los ricos. ¿Y nosotros? Y mi papá siempre decía: nosotros somos mexicanos. Mi mamá se sorprendía: ¿no les enseñan otras cosas? Yo hacía mi tarea como podía y dejaba de preguntar cada vez más pues intuía que no iban a saber. Y así hice la primaria, sin entender mucho. Mi padre rara vez hablaba de lo que yo haría cuando fuera grande. Mi mamá quería que, terminando la primaria, me metiera en un curso de corte y confección. A mí me daba bastante lo mismo. No sabía imaginar otro futuro que no fuera idéntico al presente. Ya estaba en quinto y me daba más cuenta de la forma de nuestra vida… ¿tú por dónde andabas en aquellos años… sesenta y cuatro, sesenta y cinco? ¿Cómo caminabas por México? Debes haber tenido unos diecisiete o algo así. Seguro estabas terminando la preparatoria. A lo mejor hasta tenías coche ya. Yo tenía doce y todo me parecía normal. En el fondo, para mí el mundo tenía los rasgos y las características que tenían mis amigas, cada una o el conjunto que formábamos las cuatro. La más atrevida era Lourdes, la que sentía más curiosidad por todo. También la que se enojaba primero; era muy impaciente y siempre estaba diciendo que no perdiéramos tiempo. Pero me gustaba su risa que siempre me sorprendía porque salía en los momentos más inesperados. Le brillaban los ojos. Ella era la que quería viajar. Por esa época su familia se andaba cambiando de casa y parecía, viéndola, que se iban todos de aventura. En realidad se quedaban en la misma colonia, pero se iban a un apartamento más grande y Lourdes nos contaba que por fin iba a tener un cuarto para ella sola. Hasta entonces había dormido siempre con su hermana y su hermano. El edificio, que estaba en Álvaro Obregón, era mucho mejor y a Lourdes le encantaba que la calle tuviera su camellón, que su cuarto diera a la calle. Voy a vivir con la gente, decía. Su cuarto antes, bueno, el de todos ellos, daba a un patio interno y lo único que se oía (ahí sí fui muchas veces) era el baño de todos los demás apartamentos. También decía que iba a poder leer hasta tarde. Que iba a dejar su cuarto cerrado con llave para que nadie le leyera sus diarios. Después sucedió que no se lo dieron, sino que la pusieron con su hermana y, desde entonces, nunca volvió a hablar de su departamento. Ya todas nos habíamos acostumbrado a verla escribiendo en su diario. A veces nos leía pedazos, y de lo que me acuerdo es de que, dijera lo que dijera, lo que más le preocupaba era saber cuál era su camino. Yo no me sorprendía ni nada. Era Lourdes. Ser Lourdes era así.
Lola era dulce, callada, buena. Siempre calmando a Lourdes; siempre la primera en encontrarle el lado bueno a las cosas. Tenía muchos hermanos y los adoraba. Vivía por la plaza Romita y a su casa, en esa época, nunca fui. No era que ella lo evitara, sino que era la única que mostraba prisa por irse de la escuela para llegar a su casa. Quería siempre estar allá. Todo el tiempo nos contaba de su casa, de sus padres. Todas escuchábamos todo, y nada nos parecía mal salvo cuando alguien se quería meter en nuestro grupo. Nos sentíamos incómodas y como espiadas; no hablábamos igual; Lourdes se enojaba. Se apartaba. La única incómodas y como espiadas; no hablábamos igual; Lourdes se enojaba. Se apartaba. La única amable con la que quería entrar era Lola, pero al ver a Lourdes tan molesta, se ponía nerviosa; se atarantaba.
Socorro definitivamente era la más bonita de las cuatro. Era la bonita, punto, porque nosotras… Lourdes era bizca, para qué te digo más. Y Lola era… bueno, no sé, como que todas teníamos algo bonito. Lola tenía ojos azules muy lindos, pero era como una papita. Socorro, en cambio, sí era muy bonita. Es la que te digo que le pegaban en su casa. La que quería ser rica. Todo el tiempo se andaba viendo en los escaparates, en los vidrios de los coches. Casi como si no creyera ser ella.
Bueno, y yo, que no sé cómo era. No me logro imaginar. Sólo sé que estaba entre ellas. Socorro no era que fuera la tonta, pero tenía un poquito ese papel, creo que más bien porque no le importaba. La escuela, todo eso, no le importaba nada. Siempre estaba viendo quién la estaba viendo a ella. Y si por ejemplo tomábamos un refresco en la calle, y eso desde bien chiquitas, Socorro rápidamente se ponía en pose. Lourdes se burlaba mucho de ella, pero entre nosotras se podía decir todo. No sonaba a burla. Así como todo lo veíamos y lo criticábamos, nos veíamos entre nosotras y creo que más que nada nos dábamos risa. A mí Lourdes me decía la pasmada. Ya cierra la boca, Susana, me decía, y se reía, y eso me caía bien. Lola andaba siempre tratando de que lo único que pasara fuera que nos dijéramos cuánto nos queríamos. A Lourdes, especialmente, le daba largos sermones sobre el cariño. Hay que quererse, decía. Pero desde bien chiquita lo decía: hay que quererse.
Qué difícil es decir a una persona. Más que de mis padres, me acuerdo de ellas, de estar con ellas; cómo cada una en la mañana llegaba nueva, recién bañadita —salvo Socorro, que deveras tenía problemas en su casa, pero llegaba siempre con la misma sonrisa, el mismo estado de ánimo, pobre Socorro, cómo le fue mal. Era bien valiente. Nos contábamos todo aunque no sabíamos cómo hacerlo. Nos describíamos todo, pero quién sabía realmente de lo que estaba hablando. Cuando yo hablaba del silencio en mi casa, Lourdes decía: qué envidia. Y yo a la que miraba con envidia era a Lola, y Socorro mirándose en los espejos.
Pero mira, no te voy a poner fechas ni te voy a hablar en orden. Mis recuerdos, creo, tomaron la forma de la ciudad. Son desordenados, me crecen sin ningún control. Once, diez años, no sé, a lo mejor tenía nueve, pero en todo caso todavía estaba en la primaria cuando pasó algo que sí me impresionó mucho. Fue uno de mis primeros sustos. Un día, llegué a mi casa a la hora de siempre y vi el coche de mi papá estacionado enfrente del edificio. Sentí rarísimo cuando lo vi. Jamás estaba ahí a esa hora. Y parecía que abultara más; que gritara. De todas formas, eso no fue más que sorpresa, curiosidad.
La puerta del edificio estaba abierta y subí al departamento. Ahí también la puerta estaba abierta y entré para encontrarme a mi mamá llorando, sentada en un sofá, y mi papá en el otro, callado, muy quieto, con la cabeza entre las manos. Qué pasó, qué pasó, pregunté asustada, y mi mamá al verme lloró más; mi padre me miró rápido pero no dijo nada y entonces me di cuenta de que todo el apartamento estaba en desorden, todo lirado, como si hubiera habido una pelea; qué pasó, pregunté otra vez aterrada. Nos robaron, dijo mi padre ron una voz oscura. Todavía la oigo, proveniente de muy lejos, muy sola y con frío; nos robaron. Yyo miraba y miraba y no acababa de entender. Nos robaron, pero ahí estaba la casa como siempre, sólo que desarreglada. Y qué pasó, volví a preguntar. No, se levantó mi padre como queriendo estirarse, se llevaron todo, el radio, los cubiertos, la ropa. Todas mis herramientas (porque él tenía toda clase de herramientas para hacer cosas en la casa y arreglar el coche y eso). Todo, dijo, lo poco que u níamos, se lo llevaron todo. Yo no podía creer. Hablaba de ellos. De que nos habían quitado todo (yo seguía viendo la casa ahí), y estaba pálido, temblando, y mi mamá lloraba. Haz de cuenta que nos hubiéramos quedado solos los tres porque alguien se nos había muerto. A mi papá parecía que le habían pegado. Yo me senté muy seria junto a mi madre, que entre llantos decía: si nada más salí por la leche a la hora de siempre. Me entretuve porque me acordé de que no había cebollas y me fui a la tienda, pero habrán sido apenas unos minutos. Cuando llegué, así me encontré el departamento, la puerta abierta… cómo va a ser que nadie se haya dado cuenta. Tuvieron que haber hecho mucho ruido…
De golpe, en un relámpago, la vi, la palabra radio. ¿El radio?, pregunté, ¿también el mío? Porque hasta ese momento yo lo estaba entendiendo como algo que les había sucedido a ellos, en ese mundo de voz baja que a veces tenían. Todo, repitió mi padre. Y sentí… o sea, me di cuenta de que nos habían quitado cosas y traté de imaginarlas fuera de la casa. Traté de imaginar la casa en donde estarían, las caras de sus nuevos dueños. Ahí sentí rabia. Pero, ¿por qué a nosotros?, pregunté. No me oyeron, o no me hicieron caso. Mi papá estaba diciendo que había que ir a la delegación, pero luego decía que no, que ésos eran unos ladrones peores, y yo empecé a sentir miedo. Van a volver para llevarse lo que queda, dije, y me miraron como sorprendidos; mi mamá me abrazó: no, no seas tonta, nunca vuelven, si ya se llevaron lo que les interesaba.
También los anillos de matrimonio de ellos.
Durante mucho tiempo viví con ese miedo. Cada vez que salíamos a la calle preguntaba si no iban a volver los ladrones. Por la calle miraba a la gente pensando: a lo mejor fue él. Comencé a fijarme en los diferentes aspectos de la gente y a encontrar caras que definitivamente consideraba culpables, peligrosas. No sabría decir cuáles, si eran tipos de cara o nada más sensaciones. Pero a lo mejor ahí fue cuando empecé a mirar a la gente… Qué chistoso, ¿no?, luego uno comienza a decir los pobres, los ricos, o como tú: las clases sociales, pero yo sólo veía gente, caras, gestos.
En todo caso, me quedé sin radio una época larga. Mi padre luego compró otro, pero grande, para la sala, sobre todo por mi mamá que se quedaba sola todo el día. El mío había sido uno chiquito que ponía junto al cojín cuando apagaba la luz y así me quedaba dormida hasta que me despertaba el ruido que hacía la estación cuando ya se había terminado. Un pitidito que venía de muy lejos y se metía en mi sueño. Yo nada más oía música y anuncios; para mí el radio era una especie de arrullo para la oscuridad, porque así no oía tanto los luidos que me daban miedo. Las sirenas de las ambulancias, los aviones, a veces los cláxones de los coches hechos nudo. El radio era como mi cuate, de veras. Ya ni sé qué música oía, pero ahora me doy cuenta de que deben haber sido rancheras porque me las sé todas. Eran como espacios o colores las letras de las canciones. Unas me angustiaban y otras dejaban entrar el fresco, así, la comodidad. Al acostarme decidía (no éramos muy religiosos en mi casa, aunque sí católicos, y mi madre era la que más insistía en ir a la iglesia. Mi papá nunca iba), decidía, digo, en qué iba a pensar, si en Lourdes o en Lola o en Socorro, o en lo que había pasado en la tarde o en cómo sería la fiesta de fin de año, cualquier cosa para empezar a dormirme. Cuando me quedé sin radio, me sentí sola, y en esa época, si oía radios por la noche, ya ves cómo los oyes, así de pasada, me entraba la tristeza… el radio en la sala no tenía nada que ver con el mío. Mi padre lo usaba para oír noticias, para oír cursos de inglés —que según él estaba aprendiendo—, o mi madre, que oía radionovelas. Yo nunca les puse atención porque era gente que hablaba. A mí me gustaba la música. En esa calle de Jalapa, como dos calles antes de llegar a mi casa, hubo mucho tiempo una cantinita por donde yo tenía que pasar cada vez. Yo ni la veía, sólo oía la música. Más que nada la sentía.
¿Esas cosas son así de importantes para todo el mundo? Para mí, ahora, son como una especie de señal con la que me reconozco. Ya ves que uno se acuerda de sus cosas por ejemplo con un olor, un paisaje, una cara… o a lo mejor, yo qué sé, con algo que pasaba y que de pronto, pues te está pasando otra vez y hay algo que se parece. Yo es con el radio que me acuerdo de cosas, y una de las cosas es la cara de mi padre; la sensación de mi madre. Cuando mi padre oía cosas sobre México, se ponía muy serio. Él siempre hablaba del país. Decía que qué lastima que fuéramos tan incivilizados. Casi todo lo que decía empezaba con un «nosotros los mexicanos somos así, lástima». Oía el radio y comentaba que qué interesante. Que voluntad había pero, lástima, es que no sabemos apreciar nada; no cuidamos nada, todo lo ensuciamos, decía. Decía: «La gente no entiende». Era contador en Teléfonos y a cada rato decía que los obreros eran unos flojos. Lo que no les gusta, decía, es trabajar. No les gusta cumplir y, claro, por eso estamos como estamos. Él siempre llegaba a tiempo a su trabajo. Siempre con la bolsita de plástico que le preparaba mi mamá: su fruta y su torta. Mi padre vivía con mucho cuidado, siguiendo bien las instrucciones. Si tenía que arreglar algo, se preparaba como para una ceremonia. Se ponía muy muy serio. Y todo lo iba haciendo despacito y le salía bien. Me acuerdo que cuando se acercaba mi cumpleaños, muchos días antes, empezaba a ahorrar, y era como meterse en un juego muy difícil, en donde había que estar muy pendiente. Mi mamá siempre lo seguía y hacía todo lo que él quería. Pero eso no quiere decir que fuera mandón. Era muy callado, muy quieto. No sé si era feliz él tampoco. O mi madre. Para mí fue como vivir encima de ellos. Me podía dar cuenta si mis amigas, por ejemplo, estaban de buenas o no, pero con ellos no se sabía nunca. Estaban allí, hablaban en voz baja. A veces ni encendían la sala. Se quedaban platicando y yo me acercaba y me ponía junto a mi mamá, muy cerca para poner la cabeza en sus piernas, y ella me empezaba a acariciar y yo me dormía con ese murmullo. Los dos temas fundamentales, claro, eran el cálculo para ahorrar, y los planes para gastar. Sí, de eso sí me acuerdo bien: cómo se planeó la compra de los sofás.
Uno de los sueños dorados de mi padre era llegar a tener un apartamento en la plaza de Río de Janeiro. El edificio número 10 era el que le gustaba. Quería una de esas ventanas que daban sobre la plaza. Dormir con el ruido de la fuente, decía, sería como estar en un pueblito en donde puedes oír el río. Lo que mi papá decía todo el tiempo era que había que dejarse vivir en paz en la casa de uno. Así decía: en la casa de uno. Y para él, la oficina, su trabajo, era algo que se debía ocultar de la familia. Como si las reglas cambiaran en ese otro mundo. Hay gente buena, decía, pero hay también gente muy mañosa. Eso. Creía que la gente, básicamente la mayoría, era mañosa, hacía trampas. Por eso se enojaba cuando había huelgas. Si lo que quieren es no trabajar, decía. Se sentía muy orgulloso de su empleo en Teléfonos de México, S. A. Lo que pasa es que el público no sabe, decía. Aunque él no estaba en contacto directo con el público, pero desde su escritorio veía. Y se aprende mucho de la naturaleza humana así, decía, viendo. Oyendo. Para él, la impaciencia de la gente que hacía cola (y es ahí donde los conoces, decía) era la esencia de la trampa. Todos quieren vivir cómodos sin ningún esfuerzo, decía, sin ningún trabajo. Así le hablaba a mi madre, y yo lo oía, lo miraba y veía en él a un hombrecito que no había por qué hacer enojar si era tan quieto.
Cuando a veces traía a mis amigas a mi cuarto, él saludaba muy formal y luego me decía: ofréceles a tus amigas un refresco, hija. Cosa que, por supuesto, yo pensaba hacer, pero también sabía que él necesitaba decirlo. Y mi madre traía los refrescos y se quedaba un rato platicando con nosotras. Cuando se iba, yo cerraba la puerta, no porque no quisiera que ellos entraran, sino porque Lourdes fumaba. A veces Socorro trataba, pero se ponía verde. Lola se indignaba. Decía que no estaba bien. Yo no decía nada, pero no entendía para qué tanta faramalla. Como las demás, hacía lo que Lourdes quería.
Cuando ya éramos más grandes, una vez Lourdes me dijo: pero, tú, Susana, no tienes necesidades, es increíble. No tienes la necesidad de ser rebelde, yo eso nunca lo había visto, y creo que lo que pasa contigo, dijo, es que eres feliz.
Y no, o sea, no creo que lo fuera, aunque es cierto que tampoco era infeliz, pero en todo caso no era ni feliz ni infeliz como Lourdes o Lola o Socorro. Vivía a mi manera. Y si me pongo a pensar en lo que Lourdes decía, lo que proclamaba, lo que practicaba, pues sí, lo entiendo para ella, pero no para mí. A mí me pasaban otras cosas. Lourdes siempre se estaba peleando con cosas muy… hechas. Que si por ser mujeres no podíamos hacer tantas cosas. Que si por ser chicas no nos permitían otras. Que si por ser pobres no podíamos tener más. Odiaba sobre todo a las familias, digo, a las parejas con niños. Pero es que mira, decía (ya más tarde cuando trabajábamos), mira nada más cómo lo están haciendo imbécil al niñito ese. Yo no lo veía así, pero a lo mejor es porque nunca sentí que mis padres me estuvieran haciendo. Lourdes decía que todas nosotras íbamos a tener que luchar en contra del «condicionamiento» que traíamos encima. Jamás entendí eso. Para mí, mis padres eran claramente ellos y yo, yo. Me daba cuenta de que mi mamá necesitaba ayuda en ciertos momentos. Le faltaba algo, compañía a lo mejor. Entre ellos se llevaban muy bien, jamás los oí pelearse, al contrario. Él la quería siempre a su lado, hasta cuando arreglaba el coche: vente un ratito conmigo para que me platiques. A veces me lo pedía a mí. O si se sentaba en la sala a oír el radio, después de un rato preguntaba: ¿Qué hacen que no se vienen? Yo no sé si lo que le faltaba a mi madre era salir más o si extrañaba a sus familiares; su gente. Por las tardes a veces decía que se iba un rato a la iglesia. Me preguntaba si quería ir con ella, pero a mí la iglesia me aburría. Nunca me obligaron a ir, aunque sí estoy bautizada y todo, pero nunca me hablaron de religión. Veía cómo mis compañeros hacían la primera comunión, pero en mi casa no se hablaba de eso. Nada más de vez en cuando mi madre anunciaba: voy a la iglesia un rato. Era cuando se sentía medio achicopalada, a lo mejor mal. Pero sí, tengo el recuerdo de esas tardes casi en silencio en las que ella anunciaba: voy un ratito a la iglesia. Se arreglaba el pelo, se quitaba el delantal y tomaba su bolsa. Mi padre ni alzaba los ojos. Nomás decía: ahí nos vemos, no te tardes. Un día le pregunté que por qué mi mamá se iba a la iglesia y me dijo encogiéndose de hombros: es que es creyente. ¿Y tú no? No, dijo, yo no he tenido tiempo por tener que sacar la familia adelante. ¿Y no te gusta la iglesia? Me da lo mismo, dijo, yo respeto a los que van y a los que no van. ¿Y yo debería ir? Es cosa tuya, si te dan ganas, sí, si no, no, ¿no son católicas tus amigas? Una nada más, las otras no. Ahí tienes, cada cual según lo que siente.
Esas pláticas con mi papá, sola yo, eran escasas. Nunca se sabía cuándo se le iba a acabar la paciencia. Cuando estaba mi madre, era ella la que decía: pero, bueno, ya no estés de preguntona, ¿no tienes nada qué hacer? Y si estaba con ella sola, me contaba de su pueblo, de sus padres, de un río al que se iban a nadar. Me hablaba de la pobreza. De cómo le iba a rogar a la virgencita que la sacara de ahí. Ni siquiera a México que la trajera, sino cuando menos a Puebla, a Guadalajara, a cualquier parte. Y llegó mi padre y la salvó. Decía que en su primer viaje a la ciudad se había quedado tan impresionada que no pudo ni hablar. Que nomás miraba y miraba. Que yo tenía suerte por haber nacido en la ciudad.
Eran quietos, distantes, juntos mis padres, y yo como que era amiga de ellos pero sin estar completamente dentro de esa pandilla que formaban. Muy pendientes de mí, eso sí. Muy serios: para que la niña vea; para que la niña aprenda… así decían. Y sentía que tenía que poner atención.
Así pasó toda la época de mi primaria.
Pero no era eso lo que te quería contar, en el fondo. O tal vez no era así. Es que cuando decidí escribirte este cuaderno, creo que lo imaginé distinto. Pensé que te iba a contar mi historia más que nada para que me entiendas. No sé por qué, creo que para no dejarte hablar tan confiado, pero ahora veo que no hay nada aquí que te muestre algo especial. Es como cuando hacía composiciones para la escuela: me las podía imaginar muy bien, pero a la hora de escribirlas, lo que había imaginado se quedaba como si dijéramos abajo de las palabras. Las palabras decían una como máscara… como cáscara que no dejaba ver nada. Y ya entonces lo único que procuraba hacer era llenar la hoja para poder entregarla.
Sin embargo, no es así como me acuerdo de mi historia, sino de una manera más redonda. Mas todo al mismo tiempo. Cuando pienso en mi padre, veo las manos de mi madre y la ventana del apartamento que daba a la calle; oigo los camiones y me acuerdo de mi ropa. No teníamos uniforme en esa primera escuela y la ropa para mí era un tormento. Eran muy pocas las cosas que me quedaban cómodas. Casi todo lo que me ponía tenía un problema: o me iba a apretar la cintura o la blusa se me iba a estar saliendo de la falda. Todo eso iba a convertir al día en algo específico. Iba a decidir la luz, el clima. Si alguna vez estrenaba algo, era como conocer un sitio nuevo. Me sentía distinta y poco a poco me iba dando cuenta de lo que iba a ser; qué sensación, digo. Durante muchos años escogí siempre la ropa que me iba a poner, antes de acostarme. Era una manera de saber lo que iba a pasar al día siguiente. Nunca se me ocurrió preguntarles a mis amigas si ellas hacían lo mismo. Las veía llegar y todo lo que traían puesto era lógico para mí. Como su piel. Así tenía que ser. Pero a lo mejor sentían lo mismo que yo: la ropa a veces te cobija; otras anda de mala gana contigo, queriendo que la dejes en paz. Así, como quien dice, me quedaba el mundo. A veces cómodo, amigable. Otras me quería expulsar. Y yo me levantaba con mucha ilusión a diario. Me encantaba despertar y encontrar los sonidos de siempre: las voces de mis padres… el ruido de la regadera. De esa época, hasta tercero de secundaria, me acuerdo como si hubiera sido un tiempo muy largo, muy idéntico, aunque ya Socorro no entró con nosotros a secundaria. La seguíamos viendo, pero no era igual. Ella empezó a estudiar comercio. Al principio se le notaba que no era feliz, que deveras estaba mal, pero luego como que creció más rápido que nosotras. Llegaba vestida de otra manera. No dejó de buscarnos, pero sólo a ratitos. Contaba sus cosas; debía irse pronto. Y para nosotras, qué distinta fue la secundaria: había que estudiar mucho; nos hizo volvernos serias. Lola y yo nunca fuimos muy buenas. Socorro, en comercio, ni se diga. Creo que la pasaban de año por lástima, por su cara linda o algo. Pero Lourdes, a Lourdes le entró pasión por estudiar. Ella sí quería ir a la universidad, pero claro, no pudo. Sus padres prefirieron que fuera su hermano. Se vino con nosotras a comercio, aunque después siguió estudiando, cuando empezó a trabajar. Era fantástico ver cómo le gustaba estudiar. Y trabajar. A mí nada me gustó tanto nunca. Lourdes era una especie de cosa eléctrica. Lo que no la fascinaba, la mataba de la rabia y así andaba, de un extremo a otro siempre. Viviendo con mucho ruido. Cuando la llevaba a comer a mi casa, mi padre la escuchaba con mucha atención, era muy amable con ella, pero en cuanto se iba, comentaba: qué muchacha tan nerviosa. Y en la casa de ella era todo tan distinto: hablaban al mismo tiempo; discutían, se reían mucho. Las cosas sucedían muy rápido.
Lourdes decía que había que leer mucho; que era rico leer; que debíamos buscar una biblioteca que nos quedara cerca. Pero a mí me daba flojera y Lola decía que ella no tenía tiempo. Que con sus hermanos no podía. Y cuando a veces después de la escuela nos íbamos a la plaza de Río de Janeiro y nos echábamos en el pasto, así, a platicar nada más, al rato ya Lourdes había sacado su libro. Igual que nos acostumbramos a verla escribiendo en su cuaderno, se nos hacía lo más normal verla siempre con un libro mientras Lola y yo platicábamos de nuestras casas, de nuestras sensaciones y miedos. Qué sé yo lo que decíamos. Me acuerdo de estar jugando con las briznas de pasto, de la tarde o la lluvia a veces. De que cada vez que me acercaba a mi casa temía que no fuera a ser igual todo. Si era lunes, que no pudiera llegar el miércoles (ya que el miércoles íbamos a ir al cine, por ejemplo). A mí el cine me fascinaba. Lourdes se burlaba de mí: tú como que todavía crees que es magia, ¿verdad? No sé. A mí me fascinaba y mucho rato después persistían las imágenes en los ojos y se me aparecían en los sueños. Luego se me olvidaban por completo, hasta la próxima película.
Eso: caminar por canalitos viendo nada más lo conocido. Sin que se me ocurriera nunca que eso era una ciudad tan grande. Que ahí mismo, a la vuelta de la esquina, alguien podía estar viviendo en otro mundo. Me acuerdo de una casa en la calle de Tabasco que me impresionaba mucho, pero nunca traté de imaginar a la gente que vivía en ella. Era enorme aunque apenas se veía por la cantidad de árboles que tenía. Como si se echaran encima de ella para taparla. Una casa que estaba siempre como aparte de las demás, como por mientras. Cuando pasaba por ahí, sentía que se tragaba a la gente; que si uno la veía mucho, los árboles estirarían rápido sus ramas y lo atraparían a uno. Pero no podía no mirarla. Lourdes decía que era casa de ricos y que tenían razón en taparla para que la gente no notara tanto las diferencias. Jamás vimos entrar o salir a nadie de ahí, pero sí tiene que haber habido gente. A veces había tambos de basura afuera. Otras se notaba que habían andado podando el jardín.
Era un poco como no ver, toda esa época fue así. De tanto caminar por las mismas calles, de tanto conocer nuestras esquinas, desaparecían. Íbamos las cuatro, o las tres, platicando, y el mundo no existía. O cuando iba en el coche de mi padre, la ciudad de lejos, por la ventana, con el radio puesto y mi madre descubriendo jacarandas o colorines. Bajarse en alguna esquina desconocida a tomar un agua fresca. Más que la ciudad, eran mis padres. Nosotros tres en domingo o día feriado.
Hasta que entré a Comercio. Las tres entramos. Socorro ya estaba trabajando y casi no nos veíamos. Íbamos a fiestas ya, pero también pasó una cosa: por primera vez vi un periódico. Digo vi, pero claro que había visto muchos, sólo que éste deveras lo vi. Lo trajo Lourdes. Ni siquiera era un periódico, era un Alarma en realidad. Con fotos de los muchachos asesinados en Tlatelolco. Lourdes lo trajo: miren, dijo, y las filas de muchachos muertos. Mientras nosotras andábamos por ahí paseando, miren lo que pasaba. Me acuerdo de la cara de horror de Lola. De la voz de Lourdes. De la foto. Lourdes leyó el artículo en voz alta, pero yo casi ni oía, veía la muerte. Veía a esos muchachos muertos. Muchos. Y ahí, en ese mismo tiempo mío, esos mismos martes y miércoles que yo conocía tan bien. Quince años tenía cuando descubrí que en el mundo había gente. Y me llené de miedo. Me quise colgar de Lourdes, no de mis padres. No sé por qué, pero empecé a sospechar de ellos. Mi hermano, dijo Lourdes, andaba con ellos, y si no es uno de éstos es porque ese día mi papá le prohibió salir.
Sí, me colgué de Lourdes porque me sentí sola. Lola era una dulzura que nos unía. Socorro, no sé por qué… o sí sé, un descuido. De alguna manera, de todas formas, era en Lourdes en quien yo me trataba de reconocer. Pero éramos muy distintas; queríamos cosas muy distintas. Ella a veces me decía: ¿De dónde sacas tanta paciencia para someterte a tanto rito? Te encanta hacer indulgencias, seguir paso a paso las instrucciones; el tiempo no te exaspera, Susana, lo miras todo con una ingenuidad irritante.
Pero tenía quince años, era difícil que yo entendiera de qué me hablaba, o que ella supiera exactamente qué quería decir. Para mí las diferencias en esa época eran otras. El hecho de que ella hubiera entrado de mala gana a Comercio; de que tuviera planes que no podía realizar; de que no se le olvidaran los muchachos muertos. A mí tampoco, no podía olvidar la foto, pero no la integraba en mi vida diaria. No tenía nada que ver con esas fiestas a las que empezábamos a ir (hasta Lola iba), ni con esos muchachos con los que empezábamos a salir. Comercio, ventas, empresas, mercadotecnia, IBM, muchachos que vivían con la imaginación estrategias que los hacían desembocar en Galaxies, Fords y, supongo, todos los sitios a los que se puede ir en esos autos; muchachos que nunca acabarían muertos como los de la foto, aunque se parecieran a ellos.
Yo a ustedes ni los sospechaba. Sí, a ustedes, los que aprendieron quiénes eran, antes que a vivir. De la ciudad sólo conocía mi zona, mi mundo, a veces esas casas más prósperas que otras. Me intrigaban. Si desde la calle se podía ver para adentro, me pasaba horas tratando de imaginar cómo sería vivir ahí, pero no me sentía en desventaja. No veía fealdad ni sordidez en mi situación, aunque mi edificio fuera más viejo, más ruinoso. No veía, como Lourdes, la enorme desventaja de ser quien era. No veía, vaya, la desproporción.
O sea, no me sabía de clase baja.
Iba dejando atrás etapas que se veían sucedidas por otras equivalentes. No se me ocurría pensar en el futuro. Y qué, protestaba Lourdes, ¿a poco cuando terminemos estos tres años de Comercio te va a gustar la idea de irte a meter en una oficina para ser secretaria hasta que te cases? Con sólo decir eso, yo veía un desfile de imágenes, de gente, de sensaciones que lentamente se iban abriendo como una posibilidad intrigante, nueva. No sabes, decía Lourdes, yo veo a mi hermana y cuando pienso que me espera eso, me da horror. Lola y yo nos mirábamos como para decirnos: ella es así, siempre protestando. Para Lola y para mí su hermana era una señorita que se movía por todas partes bien vestida, con su bolsa de charol y sus zapatos de tacón alto; muy delirada, seria, como aquellas que veíamos en la plaza Miravalle cuando nos íbamos a comer helados, cuando andábamos buscando modelos. A veces encontrábamos a la hermana de Lourdes del brazo de su novio. Pues si crecer era eso; vivir era eso. ¿Y los chavos muertos?, protestaba Lourdes.
Mi padre había dicho que por revoltosos. Mi mamá: ay, luja, qué andas haciendo con estas fotos. Y Lourdes: ¿y los chavos muertos?
Durante mucho tiempo me dije que Lourdes era especial. Que así era: rara. Siempre protestando. Conocía tan bien su cara cuando pasaba de la risa a la rabia. Del juego a la exasperación.
Me acuerdo de una de las primeras fiestas. Llegamos las tres, como siempre. Era en la casa de una compañera de la escuela y ahí iban a estar casi todos los del salón, y además amigos y parientes de la familia. Todo preparado en el patio: las sillas alineadas contra la pared, globos, una mesa con mantel blanco, coca-colas y sandwiches, el tocadiscos a todo volumen, los padres en otra habitación de la casa, a lo mejor con algunos vecinos, la sala cerrada, como si nadie viviera ahí. Iba llegando gente y se hacían grupitos. Una casa que nadie conocía y que para nosotros iba a ser un rato. Saludamos y luego nos sentamos en algún rincón las tres, muy cambiadas porque estábamos de fiesta. Sobre todo de Lola me acuerdo. Algo le pasaba a su cara, brillaba. Se volvía un poquito como señora, creo que porque se pintaba. Yo me sentía igual que siempre, aunque con vestido especial, y Lourdes… no sé, a lo mejor se maquillaba un poco, pero apenas y se le notaba sólo en los ojos. Le brillaban mucho. Había de todo en esas fiestas. Como que el ir a la escuela, aunque no usáramos uniformes, nos uniformaba, y en las fiestas se producían descubrimientos definitivos. Olía mucho a agua de colonia y a perfumitos dulzones. Había muchachas vulgares, algunas feas, otras no, pero en general la atmósfera era especial, de gran emoción para mí. También para Lourdes y Lola, pero de otra manera. Lola hacía todo con el mismo estilo calmado y dulce, y Lourdes… llegaba viendo mucho, sonriendo mucho, pero a mí me parecía que sentía miedo, angustia, ganas de esconderse o de irse. Y entonces se burlaba de todo. No era que me fijara mucho en ella, nada más la sentía ahí, tensa, casi eléctrica. Pero qué absurdo tener que ponernos aquí como en exhibición, decía. Mientras los muchachos, con sus camisas planchaditas, los pantalones muy ajustados, se hacían bola junto a la puerta. Casi siempre llevaban una botella de ron escondida para mezclarla con la coca. Los oíamos reír y los sentíamos mirarnos. El corazón me palpitaba fuerte cuando empezaba la música. Sabía que afuera había una noche como cualquier otra, y que nosotras nos habíamos metido en un hueco especial, medio mágico. Creo que nadie se atrevía a mirarse muy de frente. Era pura emoción y temblorines, y Lourdes se ponía a hablar sin descanso, nerviosa, tensa. Chavitos de llavero dorado, decía, y ni coche tienen. Comentaba todo, cualquier cosa y siempre hiriente. Me vine a dar cuenta bastante después. Volvía de las tandas de baile burlándose de lo que le había dicho su compañero. Lola nomás se reía. Yo no decía nada. Como te digo, a mí estas cosas me emocionaban, y creo que a Lourdes también y que era por eso que se ponía así, no sé. La sacaban a bailar mucho todos, los chaparritos, los gordos, los altos. Guapos y feos. Y parecía que se divertía; tenía una sonrisa muy linda, muy simpática. Si sus galanes hubieran sabido lo que luego venía a decir acá; cómo se burlaba de ellos. A Lola la sacaban los tímidos, los muy callados, los que por lo general estudiaban mucho. Siempre tenía algún enamorado que se desvivía por ella y a quien Lola insistía en tratar como hermano. Y a mí me sacaban un poco todos, pero yo siempre quería que me sacara alguno en especial que justamente era el que no me sacaba. Continuamente andaba buscando enamorarme; a veces funcionaba y otras no. Llegaba a sufrir bastante en serio cuando el que me gustaba bailaba con otra y era entonces cuando más me molestaban los comentarios de Lourdes. Pero ¿tú vienes aquí a divertirte o a burlarte?, le dije una vez muy enojada. Y Lourdes me miró sorprendida: ¿y qué? Yo nada más digo lo que veo; lo que siento. Pero ¿por qué le tienes que burlar tanto, si es gente común y corriente. Gente como tú? Ah, no, protestó Lourdes, eso sí que no. Nada más míralos. Se sienten la mamá de Tarzán; se creen lo máximo porque van a acabar de jefes de ventas de Liverpool o de El Palacio de Hierro. Jamás han leído un libro; no saben hablar más que de coches. Pero bien que bailas con ellos. Pues si no ¿con quién? y además, ¿por qué te enojas? Porque siento como si te estuvieras burlando de mí, le dije, y se sorprendió todavía más: ¿de ti, por qué? Pues Lourdes, si no conocemos a más gente que ésta. Yo me siento igual a ellos. No, yo no, dijo, y tú tampoco… aunque no sé, titubeó, ya me acostumbré tanto a estar con ustedes que a lo mejor las confundo conmigo… es que, yo sé que cada una es distinta, pero siento que pensamos igual… Como desconcertada parecía. Y yo más, porque de pronto no entendía qué era lo que podía querer. De dónde iba a sacar gente distinta.
Con Lola casi nunca discutía. Era conmigo. Pero fue ella la que dijo: ¿por qué siempre me andas buscando pleito, Susana? Y sí; cada vez más, porque su tono hiriente me lastimaba; sus burlas se me quedaban grabadas. No me gustaba que hiciera feo al mundo. Cuando la oía hablar tan segura de tantas cosas, no llegaba a creerle. Es que se me hace que te crees mucho, le dije, y no veo que tengas por qué. Se ofendió, pero como todo sucedió en la fiesta, ya no volvimos a hablar de eso.
Y fue desde ese momento que empezó entre nosotras una especie de competencia en la que usábamos a Lola como juez.
No sé por qué habría de interesarte todo esto, claro, aunque más o menos entiendo por qué te lo cuento. Creo que reconozco unos tonos tuyos; a lo mejor me recuerdan algo. Como si reviviera un tipo de momentos. Para mí era imposible comentar mi enojo con Lola porque ella era lo opuesto a Lourdes. Se negaba a criticar nada. Prácticamente se quitaba de enfrente, no ella, vaya, su atención, que luego venías a encontrar prendida en una maceta o en una figurita de porcelana, y era que estaba tratando de ser buena; tratando de ser feliz a toda costa sin que eso le fuera a significar un gran esfuerzo, no vayas a creer. Quería, cómo te podría decir… navegar sin problemas, rodeada de sus hermanitos y sus galanes tímidos.
Me acuerdo de todo esto porque las diferencias me llenaban tanto de asombro. De veras me hacían vivir pasmada, como decía Lourdes. Y a lo mejor por eso era que a mí siempre me tocaban los muchachos más prepotentes, más agresivos en cierto sentido. Esos que para empezar dictaminaban y para terminar también. Lourdes sacudía la cabeza: cómo los aguantas. Puede que hasta me quedara con la boca abierta y todo cuando me empezaban a hablar de sí mismos, lo que querían, lo que pensaban, lo que harían. Tenían una manera de estar seguros, de no tener dudas, que a mí como que me hipnotizaba… aunque la verdad es que así es casi toda la gente. Así era Lourdes, y mi padre también. Sin dudas. Con una urgencia desatada por decirse, muy extraño… hasta tú. Y no lo digo mal. Nada más que me asombraba la manera en que la seguridad se basa en tanta negación. Pensaba: así qué chiste, pero nunca lo dije. No supe. Me sentía como si no existiera, o fuera de aire. Me daba miedo el tono de esas frases que yo suponía había que saber respaldar con algo. Por ejemplo mi padre ante el silencio acostumbrado de mi madre, comentando que si este país podía llegar a hacer algo o no. Asegurando que lo malo en México es que nos falta tanto. Que todavía a los mexicanos no les gusta trabajar. Que deberíamos aprender a ser más humildes y más ambiciosos también. Su tono era seco y nervioso, bordeando la violencia. Como si fuera él quien tuviera que hacerlo todo. Desde el orden en los escritorios, decía Ahí lo ves y ahí te das cuenta quién está en orden consigo mismo. El orden es un hábito que hay que forjar en uno todo el tiempo. Tú fíjate, le decía a mi madre, en esa gente que apenas ha estado un minuto en una mesa para comer y ya tiene todo en desorden: migajas, cubiertos, el vaso… todo lo tienen que tocar y mover de su lugar. Así están sus vidas, sus proyectos. Así está este país. Y no es un puñado de estudiantes los que van a venir a cambiar estas cosas. Ni que fuéramos qué.
De Lourdes a mi papá, pasando por todos esos muchachos que me sacaban a bailar y me decían todo lo que no eran. Todo lo que no querían. Todo lo que tendrían. Y Lourdes: imbéciles. Era como andar entre rocas y ser la única que no sabía dónde ponerse; no veía nada que me obligara a escoger. Tantas direcciones había, tantos sueños posibles a los que uno se podía unir un rato. Como tú cuando hablas y el entusiasmo se te desborda. Eres tú tu entusiasmo y no es nada difícil dejarse estar en él… qué chistoso. A ratos se me olvida que son palabras lo que estoy escribiendo. Lo que más me importa es decir, y ni me fijo en lo que pongo.
Pero bueno, estábamos en el último año de Comercio. Ahora que lo pienso, yo me estaba dedicando básicamente a ver vivir, no tanto porque buscara una orientación, sino porque de golpe descubría algo así como rasgos de personalidad que ya se habían convertido en actitudes. Supongo que era porque al fin y al cabo yo también estaba creciendo, y lo que antes para mí era normal ahora se comenzaba a llamar, por ejemplo, la terquedad de Lourdes, la quietud de Lola (Lola era como cojín) y, también, me acuerdo, el silencio de mi mamá. Silencio. Era mi padre el que hablaba, calificaba, aprobaba, escogía. Mi madre sólo señalaba las cosas que íbamos viendo por la ventana del coche. Y más que nada, la naturaleza. O hablaba para recordar, o para hacerme recomendaciones. Para enumerar lo que le faltaba o quería mi padre. Para describir la comida. Pero por lo general, hacía cosas de la casa todo el tiempo en silencio, contenida en lo que mi papá decía. No se metía con los vecinos y a lo mejor cuando se iba de compras tampoco decía nada. Una vez le pregunté si no tenía amigas como yo. Que con quién platicaba. Con tu papá, me dijo, yo dejé toda mi vida en Nayarit para venirme con él. Es lo que escogí. Los veía ahí, junto a mí, y eran como las sombras de mi cuarto en las mañanas; como las cobijas, bien conocidos, sin grandes aspavientos.
A veces me preguntaba qué se sentiría ser como Lourdes. La expresión de Lourdes algunas mañanas en la escuela cuando llegaba como arrastrando los pies. No los aguanto, decía, no aguanto más; cómo se ponen necios (porque ella quería seguir estudiando y sus padres no la dejaban). Y todos son iguales, se quejaba, hasta mi hermano. A veces siento que los odio. Me sobrecogía: su cara oscurecida y tensa. Las manos nerviosas. ¿De dónde podía sacar tanto deseo conflictivo? ¿Tanta rabia? Yo estaba convencida —y Lola también; Lola más— de que los padres sabían lo que era lo mejor para uno. Claro que no, protestaba Lourdes, se equivocan ellos también y se ponen tercos como todo el mundo, ni que fueran dioses. A mí me daba vergüenza imaginar a mi papá equivocándose, aunque en el caso del de Lourdes no me parecía tan raro. Había tanto ruido absurdo en su casa. Tanto grito. Y no como en la de Socorro, en donde también se gritaba, pero distinto. En la de Socorro se le pegaba a uno la tristeza. Gritos de otra manera. Como si no se gritaran unos a otros, sino que le gritaran al aire, al día, a la mala suerte, no sé, y se daban de manazos a lo mejor porque no sabían en dónde más pegar. En casa de Lourdes eran puras palabras emocionadas. Y Lourdes gritaba respondiendo, y todos eran iguales, cada cual gritando a su modo. O en casa de Lola, que eran ruidos que hacían los niños. Pero Lourdes, cuando venía a mi casa, decía: cómo son serios, por qué hablan en voz baja. O: ¿por qué están tan tristes? Y no, yo me sentía triste sólo cuando me sentía enferma. Cuando me dolía algo, si no, no. No que Lourdes: me quiero morir. Ojalá me muriera. Cualquier cosa es preferible a esto. Y es que como ya íbamos a salir de la escuela, comenzaban a llegar ofertas de empleos. La escuela lo tenía arreglado: recomendaban a las mejores para los mejores empleos y así para abajo. Bueno, Lourdes tenía la ventaja de que jamás quedaría entre las primeras, ni soñar con que la nombraran. Yo no era de las mejores, pero mi taquigrafía era buena, y en la carta de recomendación que nos iban a dar a cada una (si no éramos de las primeras, ya que a ésas no les daban nada, más bien las daban a sus empleos) más o menos sabía que pondrían: personalidad apacible y consistente. Buena trabajadora. Taquigrafía excelente. Nos mandan al matadero, había dicho Lourdes. Lola, con su estilo suave y sonriente, de poca discusión —porque yo defendía las normas, no porque fueran normas, sino porque me parecían lo normal—, había conseguido trabajo en un kínder. Estaba feliz. Y de pronto, sin que nadie se lo esperara, a Lourdes le ofrecieron trabajo en una editorial. Ándale, le dijeron en la escuela, ya que te gustan tanto los libros. A mí, casi al mismo tiempo, me mandaron a una empresa que vendía tuberías. Su sucursal de representación, no la fábrica. Y estaba en la Zona Rosa.
Lourdes aceptó el trabajo de mala gana, aunque poco a poco se le fue notando que le gustaba. La escuela decía que protegía a sus alumnas. Las mandaba a trabajar poco antes de que terminaran el año para ponerlas un poco a prueba. Después la directora hablaba con ellas. Indagaba… sí, pues claro, no quería perder su prestigio. Quería cada vez más alumnas. Y para Lourdes la gran ventaja es que la dejaban salir un poco antes para que pudiera estudiar; por eso le empezó a gustar el trabajo. Yo no me fijaba mucho en lo que me contaba porque estaba repleta de mi propia situación. Llegar a la Zona Rosa no fue ningún problema. Era una parte de la ciudad que ni sospechaba, pero el primer día me llevó mi padre. El día anterior, mi mamá, muy emocionada, me había acompañado a Sears para que me comprara un poco de ropa más formal. Que un traje sastre, insistía olla. A mí me daba lo mismo; era como disfrazarme y me parecía divertido. Fue todo un cambio de la noche a la mañana. Un viernes nos entregaron los diplomas en la escuela, y el lunes teníamos que presentarnos ya definitivamente a trabajar. Fue muy solemne. Que ya nuestra etapa de niñas se había terminado, nos dijeron. Que ahora, en nuestros respectivos trabajos, tendríamos que portarnos como unas señoritas que se saben dar a respetar. No era sólo cuestión de trabajar bien, nos dijo la directora, era dejar bien en alto el escudo de la escuela con nuestro comportamiento. Por desgracia no es poco frecuente, se lamentó, que las secretarias, al sentirse un poco libres, se vayan por otros caminos. Trabajábamos fundamentalmente para nuestros hogares, nos advirtió, y aunque lo más probable era que conociéramos otros mundos, debíamos tratar de no olvidar nuestros orígenes.
Discurso de escuela, de fin de año, y con Lourdes burlándose de todo por lo bajo: ay, sí, ay, sí. Por eso yo no pude oír mucho y el lunes, cuando mi padre me dejó en mi nueva oficina, sentí una bocanada de pánico. Era un edificio chiquito en la calle Londres. Ahí, en la sucursal, se hacían las facturas, las notas de remisión, los pedidos. La fábrica estaba en Vallejo. Me pusieron con uno de los jefes del Departamento de Compras. Un hombre flaco y seco, con lentes muy gruesos. Ahora que lo pienso, se parecía un poco a Díaz Ordaz. Mi escritorio estaba al ladito del suyo, y a mi lado había otro grande y luego otro chico. Para los jefes más importantes había despachos, pero con ellos no tenía nada que ver; sólo los veía llegar por la mañana. En la habitación donde estaba había mucha gente, jefes, secretarias; cada cual platicaba con su jefe y lo hacíamos en voz baja, aunque con las máquinas de todas maneras no se oía nada. La oficina estaba alfombrada y tenía música constante. Había una máquina de café y otra de sandwiches. Te cuento todo esto porque a mí me parecía de un lujo bárbaro. Increíblemente cómoda. Pasó un tiempo antes de que me diera cuenta de que no era escuela, sino un empleo. Cuando me explicaron cuál iba a ser mi escritorio, dónde estaba el papel, los lápices, etc.; cuando vi que a mí me tocaba una engrapadora, una perforadora, una máquina de escribir, todo un espacio mío, sentí que qué suerte. Mis cosas, mi sitio, mi jefe. Un lugar al que llegué muchas veces antes de empezar a reconocerlo y darme cuenta de que sí había una diferencia con la escuela. Todavía no acabo de saber cómo me lo dije. Aunque yo no conocía a todas las niñas de mi escuela, aquel mundo era parte de la familia. En la oficina no. Un día me di cuenta de que andaba afuera, en la calle. Fue bien, no desagradable. Me trataban con cariño; era la nueva y la más joven. Me decían Susanita. Mi jefe era muy paciente conmigo; se reía mucho de mi nerviosismo. Llegaba yo a mi escritorio y todo perdía cara, nombre. Comencé a pertenecer a ese espacio, como mi jefe al suyo. Me acuerdo de su tono de voz, de su sonrisa, de sus manos cuando metía el papel carbón entre las notas de remisión. Me acuerdo de mí diciendo: Sr. González, y de cómo, a medida que eso se me iba haciendo conocido, mi casa, mi barrio, el trayecto en el camión, se iban apartando de lo que antes había sido andar por la calle. Antes todo había sido parte. Ahora me sentía sola al caminar por la banqueta, cuando esperaba el camión, cuando nos despedíamos en la oficina y cada quien se iba quién sabe para dónde. Más que nunca lo sentí un día que vino la esposa del Sr. González a inedia tarde a recoger algo, creo. De pronto una cara distinta en la oficina; seria, un poco apurada. Una mujer como cualquier otra. Todos la miramos cuando entró. El Sr. González se puso de pie para acercarse a ella, no nervioso, pero repentinamente distinto. Ligeramente avergonzado. Como si estuviera dejando ver algo muy suyo. No pasó nada, digo, un segundo después ya los ruidos eran los de siempre y cada cual (menos yo, que lo estaba esperando a él) volvió a lo suyo. Pero a mí me quedó un sabor a desconocido.
En esa época era a Lola a la que veíamos menos, porque sus horarios cambiaron por completo. Sabíamos que estaba feliz (como siempre, ella se las arregla, comentó Lourdes), pero tenía mucho trabajo porque cuando no estaba en el kínder con sus niñitos, estaba en su casa ideando juegos educativos, dibujitos, figuritas para recortar.
Lourdes salía de trabajar un poco antes que yo, pero se iba a sus clases y después nos encontrábamos en un cafecito en Álvaro Obregón. Un día lo acordamos así —visitarnos en nuestras respectivas casas era un problema porque no se podía hablar—. Había que estar con los demás, sentarse en la sala; en mi casa estaba siempre mi papá, y en la suya, la televisión encendida, las discusiones… en fin. Más que nada era Lourdes la que necesitaba hablar. Decir. A mí toda mi vida nueva me sorprendía tanto como a ella, pero yo sentía que debía cuidarla. Irla tocando poco a poquito. Me gustaba la tarde cuando salía de la oficina. Hasta ir en el camión repleto. Me gustaba cómo caía la noche cuando caminaba por el camellón de Álvaro Obregón, con todos los pájaros sobre la cabeza. Tenía la sensación de vivir al mismo tiempo que lo demás.
Me gustaba mucho hablar con Lourdes en esa época; imaginar su propia situación, porque era una manera de irle buscando equivalencias a la mía, descubriéndole el sentido a la mía, aunque no necesitaba decirla como Lourdes. Yo nada más quería sentirla. Lourdes me contaba de cada una de las personas de su oficina; dónde se sentaban, qué decían. Era como una historia que me contara a diario. Al poco tiempo ya ni tenía que decirme quién había dicho qué. Por los tonos que usaba, los gestos, yo me daba cuenta. Desde el principio había juzgado a todos y cada uno, y luego ya no los describió más. En la escuela también tenía juzgados a todos, pero a cada rato necesitaba condenarlos. De su oficina Lourdes hablaba como si ella estuviera afuera. La gente de su editorial era un mundo que ella veía a diario; entraba y salía, pero no tenía nada que ver con ella. Todos le gustaban de manera distinta. Sobre todo una mujer ya mayor con la que trabajaba directamente. Yo trataba de imaginar mi oficina en las situaciones que ella describía, y creo que vagamente me daba cuenta de que mi gente era mucho más sencilla, menos preparada, pero también, en cierta forma, más generosa.
Había en Lourdes ahora una nueva risa, una risa que destilaba un poco de burla, pero distinta a la que hacía de los muchachos en las fiestas. Aquí la risa era por palabras, por ideas que sí de alguna manera tenían que ver con gente, pero no tanto con las afirmaciones que la gente hacía, sino con la manera en que las palabras decían a la gente. Me daba cuenta de que Lourdes estaba fascinada, tanto, que no notaba que yo ni hablaba de mi oficina; que poco a poco íbamos dejando atrás el tiempo de la escuela y el grupo de las cuatro amigas inseparables. Socorro a veces nos encontraba en el café. Llegaba oliendo a perfume y siempre con mil cosas en la mano, paquetes, ropa que compraba de fayuca en su oficina, todo destinado a hacerla más bella. Lourdes le hacía bromas, pero con Socorro siempre fue suave; jamás le dijo nada desagradable.
Platicábamos con ansia, las tres, a veces las cuatro, y nos dábamos cuenta de que Lourdes traía una idea fija que tal vez ni ella misma conocía a fondo. Ya no era la de estudiar. De la escuela no hablaba casi nunca, aunque yo le preguntaba siempre. Jamás faltaba y, por lo visto, iba bien, pero decía: las escuelas son todas iguales. Además, si vas a la hora en que voy yo, ni tiempo tienes de hacerte amigos. Entras a tus clases y se acabó. Estaba terminando la prepa. Quería entrar a la universidad. Creo que su sueño era dar clases en la universidad. Al menos en ese entonces.
De aspecto, era la que había cambiado menos. Las demás nos volvimos medio elegantes, claro, de acuerdo con nuestras posibilidades, o sea, ni teníamos mucha idea, ni mucho dinero, aunque a mí mis padres me dejaban casi todo mi sueldo, que no era el caso de las demás, sobre todo de Socorro. Pero usábamos zapatos de tacón; nos maquillábamos. Yo iba a la peluquería una vez a la semana. Si te pones a pensar que de esto hace apenas diez años, es ridículo. Cómo se veía el mundo distinto. Pero digo, Lourdes no. Los primeros meses después de salir de la escuela siguió siendo idéntica y luego me di cuenta de que su ropa se iba haciendo más informal. Era lo más normal verla de pantalones. ¿Y así vas a trabajar?, me maravillaba yo. Pues claro, por qué no. Hubiera querido explicarle cómo habría resultado rara en mi oficina; hasta en las calles de esa Zona Rosa que todavía no lograba captar bien, pero que me intimidaban, me gustaban, me sorprendían. Claro, pensaba yo, ella trabajaba en Satélite. No sabía dónde estaba Satélite, nunca había ido, pero como a Lourdes la recogía un camión de la editorial y la traía (cerquitita de su casa), me lo imaginaba como un mundo especial. Y además, decía Lourdes, es padre porque puedo leer en el camión. Se había hecho muy amiga de un compañero de trabajo que era escritor. Que leía muchísimo. No muy guapo, decía, pero muy muy buen amigo.
Me gusta ir a la oficina, decía una y otra vez, y yo la veía feliz, sin impaciencia, aunque sus comentarios hirientes seguían, ahora sobre la gente que veíamos en el café. De todo el mundo decía: es un imbécil. O si no: es un reaccionario. Yo no sabía qué ver cuando lo decía. Miraba a la persona a la cara y sentía cómo el tono de Lourdes la había afeado, colocado aparte mientras ella, olvidada ya, tomaba su café y encendía un cigarrillo tras otro. Fumaba ya. Socorro también, pero claro, por la pose. Yo tenía la impresión de que ni le gustaba.
No sé, creo que Lourdes se cuidaba de no decir demasiadas cosas de sí misma. A lo mejor porque andaba medio confusa y lo único claro para ella era la oficina. ¿Y tú?, me preguntaba siempre de sopetón. Nunca me dio tiempo verdaderamente de explicarle nada; cómo veía yo las cosas o qué sentía. Cómo quería a esa gente con la que convivía. Cómo me gustaba el día en la oficina, mis conversaciones con el Sr. González, los juegos que a veces se hacían, el sonido de las máquinas mientras afuera el tráfico, la lluvia, en fin… me sentía en un tiempo quieto y dulce; lleno de bajaditas y subidas en las que descubría de pronto que me estaba haciendo muy amiga de la señora de Contabilidad; de que todos me hablaban con cariño; de que nos ayudábamos, no sé, de que la oficina me resultaba tremendamente familiar. Pero Lourdes: ¿y tú? Tendrías que cambiarte de trabajo, ha de ser aburridísimo ése. Tuberías, imagínate (yo pensaba en los miles de notas de remisión que hacíamos a diario; en las cajitas de madera que el Sr. González tenía sobre su escritorio con las direcciones de los clientes. Pensaba en el muchacho mensajero con sus zapatotes de suela de goma que le daban un no sé qué de agilidad, de gracia; en sus ocho hermanos y en su cara seria cuando estudiaba en la bodeguita de atrás). Sería ideal que te vinieras a trabajar conmigo a la editorial, decía Lourdes a cada rato. A lo mejor así te empiezan a gustar los libros, y yo la escuchaba sin decir ni sí ni no, dándome cuenta de que sus zapatos eran como los del mensajero de mi oficina; del montón de libros con el que llegaba siempre. De su morral (que había comprado en el mercado, me dijo) del que asomaba siempre el periódico; de sus manos nerviosas que ahora tenían la costumbre de jugar con cerillos. Ojalá te pudieras venir conmigo a la editorial, decía, y yo pensaba que no, no, nunca; que yo conocía ya mi nuevo mundo, que me gustaba y no lo quería cambiar. Con mi casa se conectaba muy bien. Era a mi padre a quien le contaba del Sr. González, y pensábamos invitarlo a cenar con su esposa. Y Lourdes: además te encantaría la Srita. Martín, la que es mi jefa. Y yo le preguntaba: pero ¿como quién es, a quién se parece? Y no encontraba a nadie. Es que es otra cosa, decía, tendrías que verla. Más que nada, oírla. Yo podría oírla hablar días enteros. Además es muy divertida.
Cuando hablaba así, me daba cuenta de que era inútil tratar de explicar; yo nunca sabría hablar así de mi mundo. No veía nada de lo que Lourdes veía. A mí me encantaba oír hablar al Sr. González, pero era así, nada más; me sentía a gusto. Y las conversaciones, seguía Lourdes, son siempre interesantes. No se habla de babosadas. Te sacudirías un poco, Susana; te despertarías. Esas cosas que ella me decía siempre y que ya ni me molestaban. Así era. Quería que todos fueran como ella y quisieran lo que ella quería. Si yo estoy bien, estoy contenta. Ya sé, pero es porque no has conocido otras cosas. Pues sí, a lo mejor, pero ya lo haré cuando tenga ganas. No, qué va, si tú te acostumbras a todo. Igual te quedas ahí donde estás los próximos quince años.
Y en realidad a lo mejor hubiera sido así, pero a mí los cambios verdaderamente me sucedieron, porque fíjate, ahí estaba yo un día en mi oficina como siempre, cuando me dicen que me llaman por teléfono y me voy a contestar sin entender bien por qué me llaman, quién, si nunca me había llamado nadie, por qué ese día, a esa hora. Era mi mamá, para decirme que mi padre había muerto. Apenas una hora antes. Lo habían llevado de su oficina en una ambulancia al Centro Médico y a mi mamá le habían avisado que se fuera para allá. Ya no lo encontró vivo. Y mi mamá lloraba y yo me sentía como desnuda ahí, junto al escritorio de la contadora. Había que bajar un escaloncito de donde estaba el mío, y los ruidos de las máquinas como que me pegaban despacito, tas, tas, tas, sin querer, y el Sr. González era el de siempre.
Creo que mi primera sensación fue más que nada: cómo se siente esto; qué se hace. Mi mamá, llorando, decía que me fuera para allá, que me apurara, y a mí de veras que se me estaba cerrando el mundo. Colgué y me fui a mi lugar, y en ese momento el Sr. González se volvía a mí, yo creo que para pedirme la libreta de las remisiones, y algo me tiene que haber visto en la cara, qué pasa, Susana, por dios, qué tienes. Se murió mi padre, le dije asustada. Y fue sólo cuando vi la expresión de su rostro que me di verdaderamente cuenta de lo grave: mi padre había muerto.
Si antes pensé en la muerte, fue sin notarlo. Sí, cuando lo de los chavos en el Alarma, pero como que me quedaba lejos. Y de todas maneras, creo que más que la idea de la muerte en ese caso me impresionó la foto. Pero, te digo, vivía para adelante, tranquila, bien. Y cuando a veces Lourdes me decía: pero no, Susana, tienes que dejar entrar la duda de vez en cuando, no sentía nada en particular. Cómo, pues, te explico mi miedo en ese momento; total desconcierto, primero, y luego, poco a poco, pánico, como cuando sabes que estás en peligro. ¿No te ha pasado? En un camión, por ejemplo. Son como señitas, que se van juntando y de golpe te das cuenta de que no le tienes confianza al chofer.
El Sr. González se portó realmente a la altura. De pronto era lo único que yo tenía. Me llevó al Centro Médico, y fue él quien hizo todos los arreglos. Gayosso. Todo eso. Mi mamá lloraba quedito, como encogida en un rincón. Yo la abrazaba y sentía cómo temblaba su cuerpo. Y ella repetía: un ataque al corazón, un ataque al corazón. Me acordé de cuando nos habían robado y cómo mi padre se había hecho cargo de la situación; cómo había estado en el centro de todo mientras nosotras andábamos como dando vueltas.
Esa noche nos quedamos en Gayosso velándolo. Sólo fuimos a la casa para cambiarnos. Ya estaban mis amigas ahí; nos turnábamos para acompañar a mi mamá. También estaban los compañeros de oficina de mi padre. No supe asociar ese tiempo con mi vida, aunque sí me acuerdo que el cuartito de Gayosso en donde estuvimos se volvió tan familiar que era como haber estado ahí siempre.
Pero luego, después del entierro, todavía con mis amigas al lado, la llegada a la casa; la realidad del asunto: sus cosas, la sala vacía y el cuarto adonde mi mamá entraba como atontada y volvía a salir. Ya no lloraba; mi madre jamás hizo mucho ruido para nada. Pero traía una tristeza espantosa en la cara, en el cuerpo, en sus movimientos. Yo pensaba: cómo me voy a atrever a dejarla sola mientras estoy en la oficina. Qué va a hacer aquí todo el día.
Y, por supuesto, los problemas económicos se nos vinieron encima. La Compañía de Teléfonos rápidamente arregló lo de la pensión y el cheque nos llegaba puntualmente cada mes, pero era muy poco, y mi sueldo era ínfimo. Primero que nada vendimos el coche. Y así, de la noche a la mañana, tuve que empezar a tomar decisiones. Mi madre nada más me miraba, esperando. Yo tenía 17 años, pero como si hubiera tenido 13. Entre Lourdes y el Sr. González, que eran los que más ayudaban, me las fui arreglando. Uno habla de estas épocas difíciles y pareciera que nada más esto sucedía. Claro que no es así. Es lo que dejan. Fue una etapa terriblemente dura. Esas tardes cuando volvía de la oficina (ahora Lourdes sí venía a la casa y ahí, en la sala, nos poníamos a hablar las tres mujeres). Más bien era Lourdes la que hablaba y tampoco es que lo tuviera todo tan claro, pero cuando menos sugería cosas: lo primero que tienen que hacer, decía, es buscarse un apartamento más chico. Sí, pero a qué horas. Y no insistía, porque comprendía que mi mamá no iba a salir a buscar departamento. O si no, insistía a veces: alquilen un cuarto de éste y tú te pasas a dormir con tu mamá, Susana. Pues sí, eso se hubiera podido, pero no. No hicimos nada. El Sr. González había conseguido que me dieran un aumento de sueldo y aunque vivíamos al día, más o menos la íbamos pasando. Casi no salíamos; nuestros gastos eran mínimos. Lourdes decía que así no era posible vivir, que tenía que ver gente y distraerme, pero yo veía a mi mamá. Ella sí que no salía. Se había encogido; había enflacado mucho. Lola venía a visitarla con mucha frecuencia por las tardes y la había animado para que se pusiera a coser con ella. Cosas para los niños del kínder. Mi mamá se dejaba distraer y a nada decía que no, pero yo veía con horror que se estaba dejando morir. Que nunca había aprendido a estar sola y que yo iba a tener que aprender por las dos. Salía de la oficina y me apuraba en llegar a la casa. Necesitaba verla, estar en el apartamento y sentir su olor a comida. El radio sonando bajito. Y luego ya no quería separarme de ella. Casi no hablábamos; a veces nos íbamos a caminar por ahí. Nos tomábamos del brazo y yo buscaba las calles con más árboles, con más jardines para animarla, para que me dijera mira qué lindo florean las jacarandas este año. Y la sentía a mi lado cada vez más frágil, más chiquita, y todo en ella me dolía. Desde sus zapatos bajos que siempre usó, hasta sus faldas, sus blusas, su bolsa, su pelo que encaneció de un día para otro. Su silencio, que era más intenso ahora. Y que empiezo a sentir rabia contra mi padre. Cómo me la dejó así, pensaba. Por qué la vació tanto. Por qué se está llevando su vida. Lourdes llegaba y decía: se me van a morir aquí las dos de tristeza, hay que sacudirse un poco. Y nos obligaba a ir al cine; a ir a merendar a alguna parte. Cada vez que podía, me repetía: y si al menos leyeras, Susana, si te supieras interesar por otras cosas.
Pero qué cosas, qué cosas, si estaba ahí sintiéndome abandonar por toda mi realidad, por las formas de cariño que conocía. No, no sabía nada de lo que pasaba en el mundo, de todas esas luchas, esos esfuerzos, esa solidaridad de la que tú hablas. No sabía nada. Veía a mi madre morir y percibía, a veces, como por accidente, que a Lourdes le crecían formas nuevas, palabras, gestos, curiosidades. Siempre ahí, a mi lado, mucho más que Socorro y Lola; mucho más adentro, pero tan increíblemente distinta que a ratos no podía creer que hubiéramos crecido juntas. Una vez le pregunté a mí mamá: ¿te cae bien Lourdes? Es una chica noble, dijo. Vele a saber por qué eso y no otra cosa. Y te quiere mucho, aunque no la entiendo. Eso dijo, y eso era exactamente lo que me pasaba a mí. Cuando llegaba eufórica o deprimida, furiosa o burlona, la sentía volver de un mundo que no sólo me resultaba inalcanzable, sino que no me interesaba. Como si me hablaran de mudarme de país. Y una de las cosas que jamás se me ocurrió fue la posibilidad de escaparme, como Socorro, por ejemplo Porque eso era algo que Lourdes no entendía: yo amaba mi mundo. A lo mejor era cierto que lo amaba porque no conocía otro, pero en ese amarlo había infinidad de rincones y repliegues y sorpresas y sensaciones que para mí significaban claramente vivir, moverse, estar. Pero Susana, se exasperaba Lourdes —y mi madre cosía ahí, junto a nosotras, callada, quieta—, ¿no te das cuenta de que este mundo no es tan ideal como tú lo quieres ver? ¿Que aquí, junto a ti, hay gente que se muere de hambre porque todos sienten indiferencia por todos? ¿Por qué nadie quiere ver más allá de sus narices? ¿Por qué se niegan a conocer lo que sucede? Se desesperaba de veras, y yo le veía el nerviosismo, la angustia, su intensidad siempre más fuerte cada vez, y ella como que la dejaba ir; la soltaba. Era demasiado distinta. No sabía dónde arraigarla en lo que yo conocía, por más que me gustara oírla y saberla cerca.
Y cuando dijo: tú lo que tienes que hacer es buscarte otro trabajo, me di cuenta de todo lo que ella no sabía de mí. De que ella siempre hablaba de la gente, pero yo, en mi vivir diario, veía personas concretas que me eran cada vez más reales. El lento apagarse de mi madre, mis conversaciones con el Sr. González y, más que nada, esa certeza de estar conociéndome todos los días desde muchos estados de ánimo, desde muchas esperanzas. Por alguna razón, cuando Lourdes hablaba no decía nada de eso. No entraba en su lenguaje. Yo me sentía, creo, hecha de tonos, de gestos, de ritmos, y las palabras de Lourdes no los tocaban.
Nada más que a Lourdes no podía decirle que no me quería cambiar de trabajo para no separarme del Sr. González. Se habría burlado y habría creído que se trataba de otra cosa. No sé por qué en las oficinas uno establece relaciones así, tan profundas, tan distintas a todo lo demás. No sé si por el tiempo que uno comparte, o por el hecho de que aunque estás sentado frente a frente, no estás frente a frente sino más bien uno al lado de otro. Al frente está el trabajo y uno como que va montado en el tiempo. Y todas esas conversaciones que había entre el Sr. González y yo mientras checábamos las larguísimas listas de remisiones… eran un tiempo muy especial, más que nada muy cálido. Como si nada pudiera pasar en él. De todo y nada hablábamos; de lo primero que trajera el día. Llaves, calentadores, niños, matrimonio, el temblor que hubo en la madrugada, la pareja. El ser joven, lo que fuera. Salía natural, y de pronto ahí estábamos diciéndonos. Me hacía reír mucho, y yo a él (qué padre es hacer reír a alguien, ¿no?), y esa risa era muy distinta a la de Lourdes. El Sr. González no era como nadie que yo conozca ahora. Era un poquito de todo… se parecía a Díaz Ordaz, eso sí, pero su cara era como de pedazos; pedazos que siempre se estaban moviendo y mezclándose de maneras nuevas. Las cejas con las manos; la nariz con los dientes. Creo que fue el primer ser humano que de veras vi… era el tono de su voz unido al mundo. Me hacía sentir el mundo. Cualquier cosa de la que hablara se iba volviendo real para mí, y como que se me asentaba de manera definitiva. No sé hablar diferente de él porque sólo me queda esa sensación de tiempo cálido cuando pienso en él. Y cuando Lourdes me aseguraba que lo que yo tenía que hacer era cambiarme de trabajo, de apartamento, todas esas cosas, me daba cuenta de que si no me ponía a llorar en ese momento y para siempre era porque iba a ver al Sr. González al día siguiente y me iba a meter en un ritmo que lo hacía todo comprensible. Lourdes, de haberlo sabido, habría dicho que me estaba enamorando de él. A lo mejor así parece. Pero sé que no; me estaba enamorando del mundo a través de él. Era como si cada mañana se sentara ahí con una paciencia infinita y me fuera mostrando cosas muy lentamente. Como si las tomara en sus manos y les fuera dando vueltas para que yo las viera desde distintos ángulos y las sintiera existir. Y todo eso salpicado de risas y juegos. No sé a qué horas trabajábamos, si hablábamos todo el tiempo. Le contaba de mis miedos, de mi vida; de Lourdes y mi mamá, y él tenía una manera de no olvidarse de nada de lo que le decía; todo quedaba integrado en su voz, en su tono: Lourdes y su manera de ser, Lola y su kínder. Socorro y los espejos. Socorro… que por esa época —yo me enteré mucho después, fue Lourdes la que la ayudó— tuvo que abortar.
Acá, en mi mundo, todo se iba haciendo real. Como diría su amiguita, decía el Sr. González, porque yo le contaba lo que hablábamos, todo lo de su editorial, de su amigo el escritor, de la mujer con la que trabajaba. Lourdes yendo siempre a algún lado apurada, cargada de libros, con su cuaderno. Como diría su amiguita: no todo lo que brilla es oro. Y cada cosa aparecía ante mis ojos con una nueva cara.
Pero tuve que aceptar que Lourdes tenía razón: tenía que buscar otro trabajo mejor. Los problemas económicos eran serios, por pocos que fueran nuestros gastos, porque de veras, no salíamos a ninguna parte. Lourdes decía que me llevara a mi madre a Acapulco. Que nos fuéramos de vacaciones unos quince días cuando menos, pero ni mi mamá ni yo nos decidíamos a movernos. Como si hubiéramos caído en un trance. Seguíamos una rutina rigurosa, repleta de silencios unidos. Nuestros acontecimientos eran los que Lourdes nos venía a contar. Sus mil teorías que escuchábamos sumisas, medio perplejas. Porque ya Lourdes se había acostumbrado a hablar frente a mi madre. A estar siempre con ella porque en la casa, apenas llegaba yo de trabajar, ya no nos separábamos sino hasta la hora de acostarnos. Me servía mi mamá de comer; yo le preguntaba si había venido Lola; qué había hecho; cómo se sentía. Me hablaba mucho de la época en que era novia de mi padre, de cuando vivía en San Blas; de cómo era la noche allá. San Blas apenas era un pueblito, ahora debe ser muy diferente, decía. De cómo habían comenzado en México.
Me acuerdo que me sorprendía la ausencia de gente en su vida. Aun en la mía, en esa época, había más. En la de ella, todo comenzó con mi padre. Antes, era el tiempo, el cielo, la quietud, la noche.
Ellos solos hicieron todo lo que mi mamá llegó a conocer; a tener. Por lo menos mi padre tenía a la gente de su oficina, pero ella sólo a él. Me resultaba de una tristeza enorme verla consumirse, irse aquietando, como si volviera a su pueblo, a su San Blas. Me resultaba horrible esa resignación. Yo nací en las calles de la colonia Roma, y sin haber tenido hasta ese momento ninguna vida excepcional, no me sabía imaginar sin el ruido; sin el espacio ocupado; sin el horario. Era como verla prepararse para su muerte, y casi casi sentía cómo mi papá la llamaba. Se la llevaba otra vez. No sé qué hubiera querido yo. Qué forma de vida, digo, pero sí sentía que había un proceso que estaba tratando de detener. Era una atención que quería romper y a lo mejor lo más lógico hubiera sido hacer lo que Lourdes sugería; cambiar. Muchos cambios. En vez de eso, me quedaba muy quieta con ella, como si estuviera tratando de que me aprendiera de memoria. A lo mejor quería que se fijara más en mí. Que olvidara a mi papá…
Así era mi mundo en esa época, sin mirar jamás para afuera, sin percibir para nada que era parte de un «contexto social», como tú dices. Lourdes entraba y salía trayendo pedazos de mundo, toda clase de inquietudes y rabias que a mí me resultaban ajenas. Eran ella; eran de ella por ser como era. Y cuando en sus historias comenzó a aparecer Claude, tampoco sé por qué de pronto la empecé a oír de manera distinta. Creo que porque la vi desconcertada.
Claude era un técnico francés que había venido a supervisar el montaje de una imprenta nueva que había comprado la editorial. Lo habían instalado en un despachito porque, además del montaje, iba a entrenar gente y a vigilar durante un tiempo el funcionamiento de la máquina. Lourdes me contó que una mañana había aparecido ahí, muy alto y canoso. Muy guapo. Guapísimo, dijo Lourdes, y que en el despacho de la Srita. Martín todos habían comentado al francés, riéndose mucho, como siempre, pero con bastante curiosidad. Lourdes no se sentaba en ese despacho, sino afuerita, en una especie de cubículo pasillo (hasta me hizo un dibujo), y era por eso que quedaba entre el despacho de la Srita. Martín, en donde invariablemente se reunían los correctores, y el despacho del francés.
También su amigo el escritor, Mario se llamaba, venía al despacho de la Srita. Martín. Es que era ahí en donde escuchaba hablar a la Srita. Martín, me decía, y ahí era en donde estaba descubriendo toda la belleza del lenguaje y la bajeza del mundo. Así lo dijo más de una vez. En todo caso, como ella se sentaba afuera, quedando casi de frente al despacho del francés, lo veía todo el tiempo. Y cuando después él también comenzó a aparecerse en la oficina de la Srita. Martín a la hora del café, Lourdes lo veía pasar. Luego lo empezó a oír hablar con un acento prácticamente perfecto, y es que él ya había pasado años haciendo ese trabajo por toda América Latina. Había estado en Colombia, en Argentina, en Chile, en Perú. Terminando esta asesoría en México, se iría al Ecuador. Lourdes contaba que Mario decía que lo más probable era que fuera un agente de la CIA; ¿y qué era eso? Pero no preguntaba porque sabía que Lourdes se iba a dar importancia… En esa época me daba pereza saber cosas. No preguntaba nada. En todo caso, parece que Mario lo llamó siempre «el extranjero» y no lo quería, aunque en apariencia se llevaban bien. Mario hablaba con él de literatura francesa, y no dejaba de llevarle libros en francés —porque Mario estudiaba francés—, pero el francés, Claude, pues, decía (y eso a Lourdes le caía bien) que él de literatura no entendía ni papa.
No sé por qué te cuento todo esto. Como que la historia se me va de las manos y se mete por donde quiere. Pero de alguna manera, los cambios de Lourdes estaban ligados a los míos. A lo mejor influían los míos, porque Lourdes seguía «educándome», como ella decía, «Estimulándome», decía también.
Claude vino a poner la vida de Lourdes patas para arriba. Fue absolutamente sorprendente cómo cambió todo en Lourdes, y de refilón en mí. Ahora ya no se trataba de ver cómo vivía el mundo; cómo éramos atrasados y flojos, sino que Lourdes (a causa de Claude) empezó a encontrarle valor a «lo nuestro» decía. A Claude yo lo conocí mucho después.
Novios y eso no habíamos tenido todavía. Enamorados… más bien eso. Y sí, no hacíamos sino hablar de muchachos, y supongo que teníamos nuestros sueños color de rosa. Lourdes no, pero las demás sí queríamos casarnos y tener hijos y eso. De sexo habíamos hablado mucho, con mucha risa y una ligera angustia. Luego, supongo que cada cual habrá imaginado lo que podía. Es obvio que sí andábamos buscando novio, pero como sólo lo concebíamos para casarnos, creo que no sabíamos ni cómo anhelarlo.
Bueno, Socorro se metió en todo ese lío desde que acabamos la secundaria, pero nosotras tres hablábamos mucho y no pasaba nada. Lola buscaba un padre para todos los hijos que quería tener. Que si nos habían besado; si nos habían tocado. Curioso cómo la angustia se sentía en el ser tocada; ¿por qué nadie (a lo mejor Socorro sí, pero sólo con Lourdes) habló nunca de tocar? Que si nos daba miedo. Era raro. La hermana de Lourdes con su novio nos intrigaba y nos molestaba un poco. Queríamos saber y no. Y cuando Socorro comenzó a aparecer con su nuevo aire, traía en los ojos no se sabía qué ausencias, qué presencias. No contaba nada. Cuando tenía problemas dejaba de venir. Creo que Socorro se empezó a acostar desde los quince, no sé. Lourdes tenía muchos amigos que la acompañaban hasta la puerta de su casa, o de la mía, cuando venía a vernos. Pero ella los llamaba amigos. Compañeros. Ellos a ella no sé. Nunca los conocí muy de cerca.
Y así llegamos a los 18 años.
Bastante inocentes —así era Lourdes cuando conoció a Claude, que tenía exactamente el doble de su edad—.
Por un tiempo Lourdes siguió hablando de la oficina y nada más. Pero poco a poco empezó a surgir el nombre de Claude. A mí me sorprende que Claude no se hubiera sentido en lo más mínimo inhibido por la diferencia de edad. Si lo pienso yo, de mi lado: metida con un tipo 18 años más joven que yo, me siento mal. Pero él no. Sencillamente la empezó a buscar. Lourdes dice que ella casi no hablaba cuando se reunían en la oficina de la Srita. Martín para tomar café porque se sentía intimidada. Que todos eran tan seguros de sí mismos y sabían tantas cosas. Chistoso, porque ella veía y vivía eso, y luego venía conmigo y me hacía sentir todo lo que ella sentía: el mismo pánico; la misma posibilidad de peligro. Como si me utilizara para ensayar. Contaba que Claude había comenzado por preguntar: ¿y tú qué opinas, Lourdes? Y que había comenzado a venir a su cubículo-pasillo para platicar con ella. Quiere saber quién soy, me contaba, y ¿qué se le dice?, pues yo. Soy yo, nada más, qué otra cosa podría decirle. Como si hubiera una explicación más. Me mira como intrigado, contaba, que cuál México me ha hecho.
Yo oía a Lourdes y sentía que también yo me preguntaba algo así respecto a ella, porque la conocía tan bien, pero a cada rato la desconocía. La había visto crecer ahí a mi lado. Es curioso cómo se conoce a los amigos. Es cierto que nunca había vivido conmigo, como mi madre o mi padre, pero todos los días, todititos, la había visto. Era, haz de cuenta, mi hermana, y de repente —sobre todo cuando me contaba de Claude—, entendía que algo le estaba pasando; le estaba creciendo ante mis ojos. ¿Y qué era? ¿Un lenguaje? ¿Una conciencia? ¿Una costumbre… o moda? Ya hablaba del Tercer Mundo y cosas así. ¿O un amor? Un estar enamorándose de ese francés —pero eso la sorprendía a ella también—. Una manera de ser que de alguna forma iba a su vez, definiendo la mía. Yo sé que eres muy joven, me contó que Claude le decía, ni modo, te quiero querer. La sorprendió la rapidez con la que el propio Claude decidió todo: te quiero querer, dijo que le dijo un buen día.
Y yo trataba de imaginar cómo sería ser querido. Creo que ni a Lourdes ni a mí se nos había ocurrido que también nosotras podíamos escoger querer; decidir querer. Las cosas nos pasaban… bueno, más bien a ella. Yo la miraba. Y sí, fue un poco porque Claude lo decidió así, que Lourdes empezó a enamorarse de él, pero muy despacio, muy sin darse cuenta, y entre tanto, él tomaba medidas para quedarse en México. Cambiaba sus planes. Buscaba un apartamento más grande. Creo que cree que me voy a ir a vivir con él, me dijo Lourdes un día. Él siente que ya soy suya o algo, y nada más porque me escogió. Pero lo decía sin rabia, sin decir que no. Más bien como azorada. Siempre acabábamos diciendo: Bueno, si lo quieres, por qué no. Pero sin mucha idea de lo que queríamos decir. ¿Y tú?, me preguntaba. ¿Tú qué vas a hacer, Susana? ¿Te vas a quedar metida aquí para siempre? ¿Así? ¿Todos los días de tu vida? No sé qué puede haber querido que hiciera, buscarme un Claude a lo mejor. Tal vez ella sí lo vivía un poco como una actividad ya lograda. Su relación, digo. Claude se había integrado perfectamente a su vida: la llevaba, la traía. Venían a mi casa y se quedaban a cenar. Eran una extraña pareja. Nadie se percataba de que estaban juntos, sino mucho rato después de verlos, por la solicitud que él mostraba. La manera en que se preocupaba por ella. Claude se fijaba mucho en todo; escuchaba con cuidado y veía. La primera vez que vino a mi casa me sentí examinada en toda mi vida; toda mi historia. Lo vi tratar de entender a mi madre. No era tanto la pregunta de quiénes éramos, sino cómo. Para mí él era alguien desconocido que se comenzó a hacer habitual. Como otra parte más de Lourdes, y aunque muchas veces me tocó estar en sus discusiones (Lourdes explicándole México torpemente), y yo pude intuir lo que era todo eso —ese todos los días visto desde afuera—, no me producía mayor curiosidad. Me enteré después de que él le había dicho a Lourdes: Pero ¿por qué te preocupas tanto por ella, si es así, la secretaria típica? Es feliz así, no tiene las inquietudes que tienes tú, déjala. No la vas a obligar a mirar más allá de donde ella misma quiere. Mucho después me enteré, y también de que ella le había dicho: es que es pasmada, pero va a despertar, vas a ver, yo sé que va a despertar. Y mientras Lourdes estudiaba, trabajaba, leía, se explicaba el mundo mediante Claude, yo veía caer la noche, encenderse las luces en la calle; oía los pasos quedos de mi madre por el departamento, y luego nuevamente amanecer. Mi vida tenía un ritmo quieto que no me causaba placer, sino calma, mientras con un cierto pavor veía cómo se extinguía mi madre.
Era el Sr. González quien me explicaba el mundo. Un mundo hecho de intenciones, de gestos, de voluntades entrecruzadas; de actos que culminaban bien o mal pero en donde el ser humano era siempre el personaje principal, siempre con nombres específicos. Ni las fuerzas políticas y sociales, ni las ambiciones o fantasmas o los miedos de la gente. Eran personas con nombres, que hacían cosas y las hacían porque «eran así», y destilaban, casi siempre, un total aire de vulnerabilidad ante el universo. Sus propósitos y posibilidades eran siempre frágiles y sometidos al azar. Era eso lo que despertaba mi curiosidad y quería, creo, llegar a un final de comprensión antes de mirar para otro lado… o no sé. A lo mejor de veras necesitaba una sacudida. Como digo, a mí el cambio siempre me llegó por accidente. Y en esa etapa fue cuando mi madre se enfermó.
La verdad es que Lourdes, con todo y su rebeldía, su deseo de amplitud, su continuo analizar y todos esos libros que leía, vivía en un mundo mucho más protegido que el mío. Su familia, pese a los gritos, era un grupo muy unido. El mundo quedaba afuera y ellos, todos, salían porque tenían a donde volver. Hasta se divertían. Así sí se puede saber quién es uno y no sentir miedo a perderse. Su trabajo también se convirtió en otra forma de protección. A lo mejor no tenía nada que ver con su vida familiar, como me sucedía a mí con el mío, que se conectaba, pero era bien equivalente: gente segura que mira para afuera; que incluía en su grupo a Lourdes. Me admiraba cómo, a dondequiera que iba, podía pertenecer. Caminaba por entre las cosas, las situaciones, digo, como si éstas tuvieran techo. Y por último Claude, que fue casi como si la adoptara. Estaba perdidamente enamorado de ella, y al mismo tiempo la cuidaba como un padre.
Pero por eso yo no podía tomarla muy en serio, porque todo lo que me decía (la situación mundial, Susana, piensa un poco en eso) venía impregnado de ella y sabía que a mí no me pasaban así las cosas. Iba de mi casa a mi trabajo y lo que quedaba en medio era el afuera. Peligroso por desconocido. Es que también, fíjate, yo no tenía una idea que me lo explicara todo; que me lo tradujera. Quizá, claro, tenía que moverme, como decía Lourdes, pero ¿cómo empieza uno a ser distinto? ¿A tener una idea, un proyecto? ¿A ser más osado, más confiado? No tengo la menor idea. Me iban moviendo las cosas que me sucedían, no las que me contaba Lourdes y, te digo, otra de ellas fue que se enfermó mi madre, así, de un día para otro… pero las cosas pasan siempre así, en realidad, o no, no sé, aunque uno las esté viendo venir, ¿verdad?
Llego un día y la encuentro en cama pálida pálida y sonriendo, como disculpándose. Ah, no, pensé con una rabia inmensa, esto sí que no. Y rápidamente me fui por un doctor que conocíamos por ahí. Salí a la calle sin ver nada —era como andar por el borde de los minutos, furiosa contra todos—, lo traje y prácticamente fui yo quien contestó las preguntas que le hizo a ella.
Necesita descanso, dijo el doctor (mi madre nos miraba a ambos con ojos asustados, muy abiertos), ¿por qué no se la lleva al mar unos días? Cuando era Lourdes quien proponía algo así, me sonaba absurdo. Miré a mi madre. Ella, a su vez, me miraba esperando. Voy a pedir vacaciones en la oficina, dije. A partir de ese momento ya las cosas se fueron decidiendo solas. Dinero vamos a tener, le dije, porque las vacaciones me las pagan. Y vamos a San Blas, dijo mi madre. Me sorprendí. Uno piensa que vacaciones es Acapulco: ¿San Blas? Sí, quiero ver qué tanto ha cambiado. No tenía la dirección de ninguno de sus parientes —unos primos que le quedaban; su madrina de bautizo, aunque ella, dijo, a lo mejor ya había muerto. Fue siempre muy viejita—. Me empecé a angustiar: no había vuelto a saber de ellos desde que se había venido con mi padre a México. A lo mejor no los encontramos. A lo mejor ni te reconocen, le advertí. Va a sufrir, pensaba yo, y sentía miedo. Pero Lourdes, calmada, dijo: pues ponen un telegrama a lista de correos, a ver si pega. Como lanzar una botella al mar. No sé quién, pero alguien, dijo: en todo caso es mucho más barato que Acapulco, se podrían quedar en cualquier hotelito. Sonaba posible, natural, pero en los preparativos las dos andábamos tensas; no queríamos ni mirarnos. Se sentía la presencia de mi padre entre nosotras; creo que hasta me sentía medio culpable. ¿Cómo la voy a sacar, y si le pasa algo? Y nada menos que a Nayarit. No sé por qué me parecía que era como romper definitivamente con mi padre. Y en la oficina la gente me hablaba de mis vacaciones con entusiasmo. Vacaciones. Lourdes exclamaba una y otra vez: por fin, por fin, qué bueno que se decidieron. Antes de que el petróleo acabe de arruinar las costas de este país (ahora para todo habla de este país, aunque si Claude estaba recalcaba «nuestro país», «nosotros», así. Yo a veces pensaba: ¿con quién se puede estar peleando? Anda siempre a la defensiva).
Mi madre, que por último sí se animó con la idea, decía que había que comprar regalitos para llevar. Pero ¿llevar a quién, qué, si no conocíamos a nadie? Que camotes, frutas cristalizadas, pepitorias, eso. Hubo que comprar hasta maletas ya que no teníamos. Y luego los boletos de tren. Nos llevaron Lourdes y Claude a la terminal. Qué cosa, qué gentío. Creí que me moría. Nos vamos a perder, pensaba, no vamos a poder volver nunca. El ruido, el movimiento. No van todos a Nayarit, se burló Lourdes, no te asustes. No me gustaba que me dijera esas cosas frente a Claude, quien no sé qué pensaba de mí, pero en todo caso yo me le quería esconder. No lograba hablarle con naturalidad. Me parecía que no me iba a entender.
Y así pues, todo desatado de un día para otro. Estremecido. Yo quería que ya hubiera pasado para volver a sentir la costumbre de todos los días. Odio viajar; no entiendo nada de lo que veo. Me acuerdo de una sensación de pánico que comenzó desde que íbamos en el coche de Claude y que duró hasta no sé qué día, pero casi el final del viaje. Era como un puntito que se apretaba dentro de mí. Ahora que lo pienso me digo: qué barbaridad no haber salido antes de la ciudad, pero más barbaridad salir si no habíamos salido nunca antes. Sólo con el trayecto hasta la estación, qué lejos iba quedando todo. Cómo me daba tristeza ver gente caminando por la calle: se veían envueltos de ciudad, protegidos. Mi madre no hacía un gesto, un ruido. Iba en un silencio apretado. Cuando caminamos hacia la plataforma del tren, no se volvió ni una vez para despedirse de Lourdes (quien, curiosamente, lloró). Yo iba tan asustada que ni tiempo tuve. Nos alejábamos sin saber adónde íbamos. Habíamos mandado el telegrama pero no habíamos recibido respuesta. Pero además, y todo esto era un plan de Lourdes, tendríamos que mandar otro desde Guadalajara, cuando averiguáramos cómo se llegaba de Tepic a San Blas. Tantas cosas qué hacer que estuve a punto de decir: mejor no vamos.
Y en el tren nos sentamos en nuestros lugares muy quietas. Como haberse metido en una caja en donde todo sonaba distinto. Me daban ganas de reír pero no me salía la risa. Veía para todos lados. También la gente era distinta a la de todos los días. Más decidida; más ocupada. Y parecía que suponían que éramos como ellos porque ni nos miraban. Se ocupaban muchísimo en acomodar cosas en los maleteros, y era un constante abrir puertitas y gente que pasaba por el pasillo y voces de familias enteras que se arrinconaban en sus asientos y me daban envidia porque nosotras tan solas y ni a mí ni a mi madre se nos ocurría nada qué decir. No sabíamos nada y nos daba terror preguntar, pero nomás de pensar que la gente se lo fuera a notar a mi madre, yo fingía naturalidad y a lo mejor hasta preguntaba demasiado. Que dónde estaba el baño; dónde se comía; dónde estaba la luz, y volvía a mi asiento y todo se lo repetía a mi madre, palabra por palabra. El movimiento del tren parecía habérsele metido en el cuerpo y ahora se veía plácida, mientras yo espiaba todos los sonidos y algunos, como de enfrenón, me parecían terribles, pero para no asustarla no decía nada, dios, cómo sufrí, cómo sufrí. Luego llegó el mozo a hacer las camas. Me gustaba verlo pasar; me hacía sentir segura. Si trabajaba en eso, debía saberlo todo, y espiaba su expresión. Y por la noche, ya en la cama, yo en la de arriba y mi madre en la de abajo, no hice sino revisar una y otra vez todo lo que teníamos que hacer… Mi mamá se durmió enseguida. Sé que hubo un momento en el que fue tan imposible seguir espiando el movimiento; tan enorme ese estármelo explicando todo, que me mareé y me dejé ir. Así nada más. Fueron como diez minutos. A lo mejor quiere decir que me dormí, pero entré de lleno en sueños espantosos de los que todavía me acuerdo: una sensación de aridez, de todo desconocido. No sé si amenazante o no, pero terriblemente desconocido. Me acuerdo que traté de pensar que al fin y al cabo todo era México, pero no sirvió de mucho. En ese entonces la palabra México no me decía nada.
Vas a decir que exagero, que invento, pero de veras me quedó esa experiencia como uno de los recuerdos más agudos. Casi más que la muerte de mi padre. Bueno, en fin, ya en la mañana desperté después de una de las noches más largas y difíciles de mi vida. Al volver a percibir las voces, que poco a poco se imponían al sonido del tren, me sentí más acostumbrada al pánico. Y cuando nos sentamos a desayunar creo que hasta sonreí. Debo haber parecido un ratón asustado que poco a poco comienza a sentirse a salvo. Qué cosas. Y mirar a mi madre y encontrarla casi otra, con una determinación por llegar a su pueblo que era casi una fuerza. Era eso, debí haberlo entendido: llegar y ver. Luego nada. Cómo hubiera querido que Lourdes estuviera ahí —no te digo que el Sr. González porque no sería cierto—. No sabía imaginar al Sr. González fuera de la oficina.
Lourdes me había regalado un libro para el viaje. Lee, o se te va a hacer larguísimo. Cien años de soledad era. Lo empecé y no entendí nada. Me abrumaron tantas palabras, sólo palabras que no tenían que ver unas con otras. Traté muy en serio de seguirlo y no pude. Miraba por la ventana, oía las conversaciones de los demás. Me llenaban de admiración. Sonaban a costumbre de mundo. Todo tan normal.
Pero llegamos y hubo que moverse rápido para encontrar un boleto para Tepic. Hasta ahí todo iba bien.
Las dos solas en la terminal de Guadalajara. Nos hubieras visto. Típicas provincianas las dos chilangas. Si no nos hubiéramos sentido tan intimidadas, habría sido como para reírse. En una enorme sala de espera nos sentamos con todos nuestros paquetes. Mi mamá, especialmente, no dejaba de vigilarlos. Haz de cuenta que en cualquier descuido se iban a levantar y salir corriendo, sobre todo los «regalos». Yo era peor, porque miraba a la gente sospechándole las peores intenciones. Esas familias enormes con mucho niño que también esperaban un trasbordo. Muchos de los hombres llevaban chamarras muy gruesas, a cuadros. Gente del norte, dijo mi madre. En todo caso para mí era gente que no debía acercarse demasiado, sólo que en tres horas —y ni se nos ocurrió ir a la cafetería— uno se llega a acostumbrar a cualquier cosa. Al cabo de un rato ya había ubicado mis grupos familiares favoritos. Los que llevan abuela y todo. Mi mamá se sentaba junto a mí callada, a lo mejor reconociendo algo, pero sin decirlo. Algunos hombres solos, de aspecto humilde, y cajas de cartón bien amarradas. Deben haber sido trabajadores que volvían a sus pueblos. Me acuerdo que mi miedo se vació, inútil de golpe. Son como nosotras, pensé. Esperábamos, esperábamos sin estar muy seguras de lo que esperábamos. A nosotras nos habían dicho que un tren a Tepic y de ahí un camión a San Blas. Bueno, total, todo era viaje. Pero además era de día y la luz era distinta a la de la ciudad. ¿Y si no hay nadie esperándonos?, le insistía a mi mamá. No, alguien tiene que haber, aunque no sea más que mi compadre Juvencio, el del molino al lado de la tienda, decía.
Nos subimos al tren, que resultó muy distinto al primero. Era de segunda y se iba parando en todos los pueblitos. El de primera hubiéramos tenido que esperarlo hasta la tarde, y no queríamos llegar de noche a San Blas.
Y comenzó un desfile increíble: se vendía de todo, desde pico de gallo hasta tequila. Niños, mujeres, hombres. Viejos y jóvenes. Me acuerdo que pensé, así, medio absurdamente: y todo es México. Tan lejos de la calle de Jalapa, de Lourdes y del Sr. González. Esto ocurría al mismo tiempo que mis notas de remisión, las que durante dos años ya, habían sido mi único transcurrir del tiempo, qué barbaridad. Mira, en esos niños —unos nomás se subían a cantar y a pedir monedas— había una expresión de saber que de ahí en adelante todo, pero todo, era ganancia, que yo los miraba entre avergonzada y atemorizada. Unos viejos que vaya uno a saber qué tanto o qué tan poco habían visto en su vida. Cuánta hora inmóvil, idéntica, había pasado por ellos. Era pánico puro lo que sentía, como si algo estuviera queriendo atraparme. Y me decía no, no, nomás no. Me dolía el cuerpo de cansancio, de estar alerta. Por donde quiera veías dedos que manipulaban comida con una suavidad que yo llamaría elegancia. Se humedecían los dedos, brillaban, subían, bajaban. Bocas abiertas que dormitaban. Miradas perdidas en las ventanillas. Un paisaje verde serio. ¿Has visto el color de los magueyes? Como que se adentra rehusando reflejar. Se queda quieto en sí mismo. Ese paisaje establecía una distancia gigantesca entre lo que estaba acostumbrada a ser y eso, que se dejaba penetrar sin resistencia, pero no se daba. Horror y fascinación. Mi madre ya en otro mundo, reconociendo lo suyo. Lejos de mí, aunque también de mi padre. Y el cielo tan cerca, ¿te has fijado? ¿Te has fijado en el cielo cuando sales de la ciudad? Es protector y agresivo al mismo tiempo. Te cuida, pero te vigila para que no te andes haciendo tonto por ahí. Ya sé que era mi primera salida al campo y seguramente por eso me impresionó. Las voces, por ejemplo, sonaban tan distintas. Siempre desde algún rincón, llenando tiempo. Qué envidia me daban por su tono de costumbre. Lourdes acá no cabía; resultaba una especie de caricatura. Y Claude todavía más.
En Tepic hubo que tomar un taxi hasta el mercado y ahí tomar el camión, pero antes puse el telegrama (el segundo), sintiéndome perfectamente absurda, como si nos empeñásemos en un juego de niños. Una vez en el camión, mi madre sonrió por primera vez: ya, dijo, ahora sí vamos a llegar.
Cómo sería yo de aspecto. A lo mejor muy parecida a lo que soy ahora, pero si uno ve fotos de uno más joven, siente las torpezas, como si todo se hubiera venido encaminando a la versión que por último uno conoce. Supongo que hace diez años no era otra cosa que joven. A lo mejor no tan fea, pero nada especial. Una mexicana más. Lo más probable es que mal vestida, con una expresión entre temerosa e ilusionada. Colgada del brazo de mi madre (aunque no se sabía quién sostenía a quién). Pero muy distinta, eso sí, a las jovencitas de cuerpo espigado y pelo suelto que ves tan a menudo en las asambleas del partido. Sin esa facilidad para cruzar anfiteatros con paso seguro. Creo que yo me quería esconder, ser anónima, ver, más que ser vista. No sé por qué los espacios abiertos me intimidaban. Los cambios, ya lo viste, me abrumaban. Pero en ese camión, inesperadamente, me sentí protegida. Mucha gente iba de pie; nos apretábamos unos contra otros, ni modo, y de golpe uno sentía que estaba entre la gente. Sólo gente. Así, tan juntos, no sentía miedo.
Y llegamos a San Blas. Adoloridas, desveladas y asustadas, pero así fuimos descubriendo la aparición del mar en cada curva de ese camino selvático. Me imponía toda esa vegetación, ese verde y el azul del cielo que parecía tan cerca. El calor, que a medida que bajábamos se hacía más húmedo. En los montes, en las casuchas que íbamos dejando atrás y en los niños que en las paradas subían vendiendo papayas o plátanos veía una costumbre asombrosa; en sus pieles morenas y en sus cabellos quemados por el sol una manera de ser que hacía chiquita la mía. Era emoción lo que sentía, no sé si feliz o aprensiva. Y mi madre iba registrando el paisaje en un silencio apretado. ¿Aquí naciste, mamá? ¿Conocías todo esto? Decía que sí con un movimiento imperceptible, pero la veía tan asombrada como me sentía yo.
Y llegamos a San Blas entrando por unas arcadas. Es chiquito San Blas, es un pueblo que sin más luce edificios que no encajan, un banco, un restorán. Las casas parecen agazapadas, como si le huyeran al sol. Las calles son empedradas y sucias. Un pueblo que quiere tener gracia y no puede. Sin embargo, mi madre repetía: cómo ha crecido, dios mío. Y yo sólo veía que en un espacio pelón, entre cielo y tierra, un puñado de casas se decía pueblo, y trataba de imaginar a mi madre viviendo ahí de niña. Pero no era ni la mitad de esto, decía mi madre. No había banquetas. Y el camión se sacudía. La gente iba pidiendo bajarse aquí y allá y yo quería imaginar cómo habría sido tener eso como único destino. En la ciudad cuando menos se pueden espiar otras cosas, otras vidas. Uno sabe que hay otras formas. Pero aquí todo se acababa demasiado pronto. Todo era tristemente parecido. Al menos así lo estaba viendo yo hasta que llegamos a la plaza de San Blas y ahí vi una mezcla de cosas que no entendí muy bien, así, a primera vista.
Había mucho coche estacionado, pero coches que nada tenían que hacer ahí… en realidad era un poco como si la plaza estuviera haciendo esfuerzos para parecerse a ellos. Había tiendas distintas de las de la entrada. Como una gran sonrisa que te quisiera convencer de algo. Te hablo de mi primerísima impresión. Mucho movimiento de gente y ahí estaba la mezcla. Uno diría que se movían tanto para que no se notara. Pero lo que sucedía es que unos perseguían a otros, a los güeros, altos, distintos. Los perseguían incansablemente, ofreciéndoles toda clase de cosas para que compraran. Era ese gesto: la mano extendida; la expresión de espera. Aunque muy pocas veces se encontraban, ya que era como si se movieran con dos escalones de diferencia. Era rarísimo verlo, pero luego de un rato, te daba rabia… vergüenza. Mi madre decía que toda esa parte de San Blas era nueva. Que la plaza de la que ella se acordaba era mucho más chiquita. Reconocía los árboles pero nada más.
Y cuando el camión se detuvo, por primera vez la vi nerviosa. ¿Y te acuerdas de sus caras, mamá? ¿Los vas a reconocer si están? Ella bajaba dificultosamente del camión, respirando rápido en medio de los bultos de los demás pasajeros (los nuestros los traía yo). En la estación había mucha gente y mucho ruido, pero sobre todo un calor sofocante. Miraba sin saber qué buscaba, y de pronto veo a mi madre caminar hacia un viejo alto, con sombrero y ropa muy ajada: ¡Fermín! ¡Rosalía, cuánto tiempo! Me quedé un poco atrás y me fijé que medio oculta por el viejo había una mujer con rebozo: que los miraba, se acercaba despacio y abrazaba seria a mi madre. El calor y el ruido eran insoportables. Ésta es mi hija, les dijo, y me acerqué para darles la mano. Luego el viejo tomó nuestra maleta y salimos. Noté que era el viejo el que hablaba con mi madre, no la mujer; pero comoo traíamos tanta cosa y las banquetas eran tan angostas, teníamos que caminar en fila india. Nos alejábamos de la plaza y nos metíamos por callecitas angostas por donde no había pasado el camión. Me fijaba en todo. La gente no era como la que yo veía en México. Acá parecía pobre. O sería el calor, andaban descalzos, con la camisa abierta. Los niños jugaban en la tierra. Los hombres llevaban pantalón corto. Me sentí grotesca con mi vestido y mis zapatos de tacón alto y medias. Aparte de que me moría de calor.
Por fin llegamos a una casita que era como todas las de la calle: de un solo piso y con una entrada oscura, pero al entrar, te encontrabas con un enorme patio y corredores a los lados. Olía fuertemente a leche. Estaba lleno de macetas y flores. Sentí un frescor delicioso. El viejo nos llevó hasta una puerta (eran de colores las puertas, despintadas todas); aquí van a dormir, dijo, y vimos un cuarto enorme, con techos altísimos y dos camas de esas de latón, una mesita en medio con la imagen de la virgen y una veladora. El único otro mueble era un armario esquinado, enorme y oscuro. El viejo abrió las ventanas, que eran de madera y daban a la calle y vi que el piso era de mosaico, gastado pero muy limpio. Dejen sus cosas y nos vamos a tomar un cafecito que ya Conchita les está preparando. Mi madre decía que sí a todo y yo la imitaba.
Fermín era un primo segundo y era quien les había alquilado la miscelánea para que la trabajaran mis abuelos y ella. Era el rico de la familia. Tenía una lechería. Muchos de los cuartos que ven, nos explicó, son de depósito, y los establos están allá, señaló, pero la entrada es por el otro lado de la calle. Tenía dos hijos, pero decía que se le habían maleado y se habían ido. A veces se aparecen por aquí para pedir dinero. Uno se fue a trabajar al norte, y el otro anda en Guadalajara.
El viejo era medio lloroso, yo apenas si le entendía, y la señora Conchita nomás se sentaba ahí sin decir nada. El viejo estaba resentido con sus hijos: mira que preferir trabajar para patrón ajeno… no, Rosalía, le decía a mi madre, me salieron vagos. Mi madre decía que sí, sacudía la cabeza consternada, y nada más. A cada rato oía yo la frase: desde que te fuiste… No obstante, el negocio de Fermín había crecido, ya no sólo vendía leche como antes, sino también queso, crema, requesón. ¿Y para qué?, decía amargo, si no tengo a quién dejárselo.
Era por la tarde que el calor comenzaba a aflojar. Poco a poco me puse a mirar con más detalle todo. Se abrían puertas y había gente que cruzaba arrastrando los pies. Se oían voces, a veces risas, no muy seguido. Todo estaba muy limpio, pero el olor a leche era intenso. No entendía quién era quién, pero sentía que al menos habíamos llegado, que teníamos dónde dormir. Que México había quedado muy lejos. Y el viejo hablaba quejándose interminablemente, mientras Conchita permanecía tan quieta que parecía dormida. ¿Por qué no están más contentos?, pensaba yo. Hace tanto que no se ven que deberían estar más contentos. Pero no. El viejo hablaba como por obligación, y mi madre lo escuchaba con igual actitud. Entre tanto la tarde caía y las golondrinas (como en la plaza Río de Janeiro) comenzaban a alborotar.
Después mi madre me contó la historia de Fermín. Era cierto que era el más rico, pero siempre fue el más trabajador. Claro, dijo mi mamá, que lo que pasaba era que Fermín no pensaba en otra cosa que en ganar dinero. No se sabía bien para qué lo quería; qué haría cuando lo tuviera; qué hacía ahora, por ejemplo. Seguía trabajando como un loco. Se había casado muy joven con la hermana mayor de mi madre —y por eso le habían alquilado la miscelánea a mis abuelos, me dijo. Nunca les cobró renta, en realidad, pero cuando murieron (mi madre ya se había ido), simplemente la cerró—. Ah, el compadre Juvencio, el del molino al lado, también se había muerto. Y se había muerto su hermana —eso todavía cuando mi madre estaba en San Blas— al dar a luz al segundo hijo. La señora Conchita había aparecido poco después, pero Fermín ya traía amores con ella desde antes de que mi madre se fuera. A escondidas, claro. Después se la trajo a vivir a la casa para que le cuidara a los hijos. Pero Fermín, me dijo mi madre, era raro; siempre desconfiado, siempre escondiéndose como si la gente no pensara en otra cosa que en hacerle algo malo. Creía que todos le tenían envidia, que lo querían robar. Mi madre parecía ir reconociendo todo esto sin mucha sorpresa, más bien como con resignación. ¿Y de mí no preguntan nada? Les das un poco de lástima porque naciste en la ciudad, pero quieren que le sientas a gusto.
Nunca supe bien a bien quién más vivía en la casa. En todos esos cuartos. Como te digo, siempre había gente pasando de un lado al otro del patio. Mucha mujer vieja, pero era difícil saber quién trabajaba ahí y quién entraba nomás a saludar. Pronto vi a mi madre por todas partes, metida en la lechería, en la cocina, en la cremería, no sé si viendo o ayudando. Y por mi parte, al principio no sabía qué hacer; me ponía a esperar a que mi madre se desocupara, pero el viejo Fermín pasaba y me decía: vete a pasear, muchacha, no te estés aquí, salte al sol. ¿Sola?, pensaba yo. Hasta que mi madre me tranquilizó: es un pueblo muy chiquito, no te va a pasar nada. Si te pierdes, nada más dices que estás en casa de Fermín, el lechero, y cualquiera te orienta.
No es que la viera feliz. La veía ocupada, activa. Y eso me animó a mí. Al principio no me iba muy lejos, nada más caminaba por ahí oyendo los ruidos del pueblo, asomándome cuando podía en las otras casas. No todas eran como las de Fermín; algunas no eran más que un cuarto oscuro. Con las puertas abiertas, parecían escupir gente, sobre todo niños, a la calle. Los hombres me decían cosas al pasar, pero nadie me molestaba en serio. Luego volvía a la casa, y si no encontraba a nadie en el corredor, me sentaba ahí y, por primera vez en mi vida, me ponía a leer, pero no el libro que me había dado Lourdes, sino libros sobre la Revolución que había encontrado ahí. Viejos, amarillentos, hinchados por la humedad. Si me resultaron comprensibles e interesantes fue porque sentía que la gente en ellos era la misma que estaba viendo todos los días. La de la calle, la de esa casa de Fermín. Entendía, pues, entendía todo. Alzaba los ojos del libro, y el patio, los sonidos de la calle, a veces una cara que se asomaba y preguntaba: ¿No van a querer elotes?, eran una continuación de los libros.
Pero el viejo Fermín insistía en que me saliera a pasear. Que me fuera a conocer la playa. No le quería decir que no sabía cómo llegar, porque no me fuera a acompañar; decía sí, sí, y me volvía a salir, pero me llevaba el libro y me sentaba por ahí a leerlo. Con los días me iba aventurando más lejos, hasta que en una de ésas di con la plaza. Era como entrar en otra cosa, todo ese movimiento. Esa gente desconocida. Me sentaba en una banca a leer, pero con el sonido de los idiomas extranjeros, las ropas raras, tanto vendedor, a cada rato levantaba la vista. Con los ojos seguía a la gente tratando de imaginar de dónde podía venir. Adónde iba. Me sentía vagamente incómoda, como expuesta. Más que nada la risa. Me acordaba de un tipo de risa de Lourdes. Eso me hizo llegar a la conclusión de que se trataba de gente de ciudad, pero no de México, claro, no hablaban español. Los miraba sin querer mirarlos. Los veía vivir, caminar con su paso desguanzado, y hubiera querido que se fijaran por dónde pisaban, pero no, pasaban con sus risas como en nubes. La gente entre ellos ocupada, haciendo su quehacer; los niños jugando. Salvo los que vendían, que se les iban detrás. Como que se hacía un hueco entre el lenguaje del libro que leía, la casa de Fermín y ellos.
Una vez que descubrí la plaza, ya no pasé de ese punto. Salía de la casa y llegaba hasta allá, me sentaba; no me atrevía a entrar a los cafés porque había demasiada gente y ruido. A veces lograba meterme en la lectura y entonces los ruidos de la plaza quedaban sobre mi cabeza, como una campana. Pero eran ellos los que más ruido hacían, con sus voces, sus motores, sus risas. Como a propósito para ser vistos, para hacer sentir que eran distintos. Yo no entendía por qué, al contrario, hubiera creído que para ellos era mejor pasar desapercibidos. Casi sentía vergüenza ajena. La manera en que la gente los miraba; la manera en que la gente se cerraba para no dejarse ver. Claro, los que vendían, las tiendas, eso era para ellos. Pero eso estaba puesto encima. Yo misma me escondía detrás del libro, aunque si lo que estaba leyendo era un pasaje violento, me resultaba estruendoso; temía que se darían cuenta de que de alguna manera era en su contra.
A veces las voces en el libro se hacían sombrías, apretadas, ciegas de encono, y entonces todo quedaba tan afuera. Eran tan cerradas las voces que sentía que no iba a poder volver a salir —me acuerdo sobre todo de Pedro Páramo, que leí de un tirón en la plaza en un sobresalto constante. Como con culpa. Cuando pude por fin alzar los ojos: me dolió lo de siempre: sus colorines y por acá debajo la gente en silencio. No sé por qué quise ir a ver a mi madre de inmediato; me sentía como al borde de una tragedia, pero fue entonces que conocí a Mateo.
Me conoció él, más bien, yo no lo había visto. Me preguntó, sentándose a mi lado, que qué estaba leyendo, hace rato que te miro y no logro descifrar el título, me dijo. Es que éste es un forro, le dije sorprendida, de otro libro, pero es Pedro Páramo. Ah, es muy bueno… me llamo Mateo, hola, y me extendió la mano todo sonriente. Luego me preguntó que de dónde venía, que si era estudiante también, si estaba de vacaciones. Yo lo miraba y lo encontraba raro. Llevaba pantalones cortos y estaba muy quemado; tenía el pelo muy revuelto y largo y una camiseta anaranjada que decía «Puerto Vallarta». Me quería ir, pero él hablaba muy rápido y además su voz era muy cálida. Era de Guadalajara, pero estudiaba sociología en México. Había venido a San Blas de vacaciones. No conocía a nadie. Se alojaba en una pensión cerca de la playa. Era muy del estilo de los muchachos que nos sacaban a bailar en aquellas fiestas a Lourdes y a mí, nomás que despeinado. Así lo vi yo, al menos, y lo traté un poco como trataba a aquéllos: con una mezcla de desconfianza y curiosidad, pero Mateo parecía no darse cuenta de nada. Casi diría que parecía no verme. Era tremendamente ansioso, como si nada más pudiera atender a una idea a la vez. Y parecía dedicarle tanta energía al logro de esa idea, que todo lo demás se le olvidaba… o no, más bien le salía a flote sin que él se diera cuenta, por lo que resultaba sumamente transparente.
No, no me voy a poner ahora a contarte la historia de mis amores. No, es que me pasa que al ir escribiendo, voy descubriendo cosas que nunca antes había pensado; como que veo a la gente por primera vez. Y sé que a Mateo lo vi; lo vi casi desde el principio, por esa ansia que te digo. Creo que por eso lo quise, aunque sepa que no fue una relación muy intensa. Si a algo puedo llamar desencuentro es a eso: él viendo su idea (idea de mí, de lo que quería de mí), y yo viéndolo a él querer con toda su energía. Es difícil recordar el comienzo de una relación afectiva. Es como si hablaras de pelotitas; de cómo vienen a acabar juntas dos pelotitas en una inmensa superficie en donde todas las combinaciones son posibles. Yo creo que Mateo me vio y se dijo: ésta va a ser mi compañera de vacaciones.
Me acompañó a la casa y entró a presentarse —todo esto, te digo, desde la seriedad más absoluta, como si quisiera ir eliminando pasos obligatorios que dar—. Tranquilamente se sentó ahí en el patio, en donde estaban mi mamá, el viejo Fermín y la señora Conchita, y se puso a conversar con ellos, pero no vayas a creer que resultaba entrometido ni impertinente. Era esa famosa ansiedad que te digo, que por un lado lo hacía transparente, y por el otro decidido. Tenía una manera de estar tan presente en las cosas, en los momentos, que a uno se le olvidaba que recién había llegado. A él también se le olvidaba. Era ansiedad pura. Al rato ya hablaba intensamente con el viejo Fermín de la lechería. Preguntaba sin cesar, sin dar tiempo a responder casi. Se bebía las respuestas, pero sí escuchaba porque las preguntas siempre tenían que ver con éstas. Luego vi que Fermín se lo llevaba para mostrarle todo. Así. La señora Conchita había desaparecido en no sé qué momento, y mi mamá aprovechó para preguntar: ¿Y este muchacho? ¿Lo conocías de México? A mí me dio risa: no, si lo acabo de conocer aquí en la plaza. Es simpático, dijo mi madre sorprendentemente. Yo no podía de asombro. No hacía ni una hora que yo había sido la de siempre, el aire, la casa, el tiempo, y ahora todo se veía cambiado por esa angustia imperceptible que Mateo llevaba encima. Me acuerdo que cuando le conté a Lourdes todo esto, lo primero que comentó fue: hábil el chavo. Pero no sé si era planeado o no, si había mucho cálculo. Más bien creo que era una manera de ser con todo. Cuántas veces no lo vi sufrir como enajenado… aunque tampoco era sufrir exactamente, era más bien un como tensarse, electrificarse en un deseo anhelante —el de turno— de lo que fuera. Además, para satisfacerlo era activísimo, no desperdiciaba un esfuerzo, uno solo, para lograr lo que quería. Si era inminente que no lo iba a lograr, entonces lo soltaba de golpe y casi de inmediato miraba hacia otro lado en busca de otra cosa que desear; por dónde encarrilar sus energías. Por estarlo viendo, ya que me impresionaba mucho, no me di cuenta de que a mí me estaba convirtiendo en el nuevo centro de sus deseos. Para comenzar, mi colmo de sorpresa llegó cuando lo vi hacer hablar a mi madre con animación. Le preguntaba del San Blas antiguo; de cómo era sin hoteles. Una pregunta tras otra, hasta que mi madre, de pronto (y el viejo Fermín y hasta la señora Conchita), todos, se vieron metidos en una animada conversación. No lo podía creer. Y lo más probable es que Mateo quisiera de veras saber cómo era el San Blas antiguo. A cada palabra decía que qué interesante y yo no sé por qué, pese a mi estupor, lo resentía un poco. Lo encontraba «irresponsable». Parecía un pajarillo que picoteara flores. Igual de una que de otra. Me dolía más que nada la súbita animación de mi madre, porque sabía que Mateo no se daba cuenta de lo que había hecho, pero, sobre todo, que no sabría sostener esa animación.
En eso estaba cuando sin más dijo: que Susana todavía no ha ido a la playa. La voy a llevar para que conozca. Se lo dijo a todos, claro, y sentó muy bien la noticia, incluso a mí me pareció natural, aunque me sentí violentada un poco. Cuando salimos, Mateo dijo: qué simpáticos tu mamá y tus tíos. Francamente molesta, le pregunté: ¿de dónde sacas que son mis tíos? Se sorprendió: creía. Crees demasiado rápido tú. Y entonces, nuevamente de manera imperceptible, comenzó a hacer preguntas, una tras otra. Cuando me di cuenta, ya estaba yo como mi madre o el viejo Fermín, hasta que llegó un momento en que, exasperada, exclamé: ¡basta ya de preguntas. No contesto ni una más! Lo vi detenerse en sí mismo, como niño regañado por un adulto. Le vi el desconcierto. El miedo casi de quedarse solo, y ése fue el comienzo de mi sentimiento de culpa con él.
Fíjate, mi primera relación y ya me instalé de lleno en la culpa. Desde ese momento, la relación, que duró como un año, fue de una incomodidad angustiosa: malentendidos, culpa, deseo de hacerse perdonar. Cómo aguanta uno tanta cosa por no saber pensar en ellas, caramba. Y te pasas la vida de una incomodidad a otra.
Mateo tenía tal deseo de ser feliz y de sentirse tranquilo que casi no lo podías creer. Lo noté esa primera vez que fuimos a la playa. Yo no sabía nadar y me avergonzaba un poco confesarlo. Además no sentía confianza como para mostrarle mi miedo y permitir que me ayudara. De todas formas, era por la tarde y nadie habló de meterse al mar. Íbamos a caminar. Cruzamos San Blas, dejamos atrás la plaza, y de golpe el mundo se abrió tan inesperadamente que me detuve en seco, un poco sobrecogida. ¿Qué pasa?, preguntó Mateo, sorprendido. El mar, dije, el mar, de veras emocionada. Sí, para allá vamos, ven. Fue como inocente en su gesto, en su no percibir mi impresión. Me extendió la mano, que yo tomé mecánicamente (¿te parecen innecesarios los detalles?) y seguimos caminando. Me sentí desdoblar. O sea, mi atención, porque por un lado el mar era una sensación extrañísima de amplitud, de libertad, de paz. Por el otro, la cara de Mateo, que se vaciaba en una atención anhelante e inquieta que quería abarcar toda la extensión del mar y el cielo. Tú habrás visto el mar desde chiquito en alguna de tus miles vacaciones en Acapulco. No sé si te acuerdas de tu primera impresión. Yo tenía dieciocho años y jamás había sentido nada semejante. Ante tal inmensidad, como que por primera vez me sentí ocupar mi sitio en el espacio. No veía nada más que el mar, el movimiento quieto con que se unía con el cielo. Lo… lo definitivo que me resultaba. Definitivo para qué, me pregunto. Fue una sensación. Una llegada por fin a algo concreto; no sé, hasta da un poco de pena decirlo… a la certidumbre de estar viviendo, de querer vivir. Y en un mismo instante comprendí el silencio de mi madre y supe que Mateo me inspiraba cariño. Al verlo ahí, bebiendo casi con angustia el paisaje, caminando con una calma forzada, dolorosa. Creo que se había olvidado de que llevaba mi mano en la suya; lo sentía casi tironearme para que avanzara a su paso. Uno diría que quería alcanzar el sol. De pronto yo no sabía hablar; no sabía pensar ordenadamente. Me solté de él y sentí que caía en mi ritmo: la arena, la brisa, la tarde, el mar, el mar, cómo puede uno vivir lejos del mar. Desde entonces muchas veces he vuelto al mar y sé que es sólo para reconocerlo. Para reconocer ese primer encuentro. Y, además, ¿sabes qué? Nunca me quise meter. Aunque parezca que es por miedo, no me importa. Es por una distancia que necesito mantener para saberlo. Para oírlo. No sé por qué empecé a concebir imágenes medio locas, totalmente nuevas. Veía todo ese espacio repleto de gente que avanzaba con un murmullo quedo, y con una especie de confianza absurda, sentía que llegarían. Adónde, no sé, supongo que al punto hacia el cual avanzaban. El aire se me llenaba de rumores, de voces, de gestos. Creo que estaba, fíjate qué loco, rehaciendo, reacomodando ante mis ojos a toda la gente vista por mí al pasar hasta ese entonces (no había visto murales de Siqueiros o Rivera en esa época, así que no digas). Además, cuando sí los vi, no los reconocí. En mi imagen no había agresividad. No había fuerza de esa manera. Era simplemente una presencia multitudinaria, imponente, que al llenar así el espacio cobraba su justa dimensión.
Caminamos, uh, yo no sé cuánto, kilómetros. Sentía a Mateo a mi lado y de alguna manera percibía su forcejeo con su angustia. Su querer dejarla atrás; su querer perderla en medio de todo ese espacio. Pero no era su expresión lo que la mostraba. En su cara había una especie de amor azorado, mucho más grande que él (en la mía supongo que para variar había pasmo). De pronto como que nos percibí desde afuera: dos jóvenes caminando por la playa, muy callados, muy atentos. Podía ser romántico, pero no fue así como lo vi, sino de una manera bastante grotesca, Me acordé de Lourdes y de sus discusiones con Claude: que si «este país», que si «nuestro país», en fin, toda esa discusión sobre si México era o no era, y nos vi, te digo, como un par de mexicanos caminando por la playa un poco sin saber, sin darse cuenta de que estaban contenidos en un destino por hacer… o no sé, pero en todo caso no era un México como lo decía Lourdes, que hablaba más que nada de lo leído; discutía, se peleaba, se decía ante lo leído, pero ahí yo la estaba viendo chiquita e inconsciente (aunque no hubiera sabido decírselo; nomás de imaginar la discusión que se habría armado…); chiquita con una ciudad puesta encima que, sin que ella lo supiera, no le permitía ver para ningún lado. A Mateo y a mí nos vi como un par de sonámbulos caminando sin saber para dónde. Me sentí medio indefensa, como quien despierta y no sabe exactamente en dónde está, y supuse que a Mateo le pasaba lo mismo porque nada más dije: ¿Y qué hacemos? Mateo me miró emocionado. Sí, dijo, ¿qué hacemos? No sé si hablábamos de lo mismo, más bien creo que no, pero me sentía demasiado urgida como para ponerme a averiguar. ¿Tú qué quieres?, le pregunté, ¿qué buscas? Paz, dijo, fuerza, coherencia… equilibrio, pues. Yo pensé un momento, tratando de ver sus palabras puestas en cosas que pudiera reconocer, y dije: no, yo quiero hacer. Quisiera hacer. Vete tú a saber lo que entendió, el caso es que nadie dijo más, y poco a poco volvimos. Éramos como más amigos, más juntos. Un montón de cosas no se tenían que decir. Me acostumbré a verlo aparecer a mi lado sin mucho esfuerzo de mi parte; a que nos ayudara en todo. Poco a poco a consultarle cosas. Debo decir que en esos días mi madre se me olvidó un poco. Nos encontrábamos por la noche, ya a punto de acostarnos, y yo le preguntaba cómo se sentía. Bien, mi hijita, muy bien. No había tristeza en su voz; no había nada más que las palabras calmadas que salían. Una vez le pregunté que si le gustaría volver a vivir ahí, en San Blas. No, dijo, para qué. Ya no. Y durante el día se mostraba muy activa. Me hacía recordar a mi madre de antes, de cuando vivía mi papá. La señora Conchita, que por fin se había animado a hablar, se pasaba el día entero con ella. Al viejo Fermín ya no se le veía tanto. Pero a todos les gustaba que Mateo viniera a comer. Hacia el final de las vacaciones ya venía todos los días; no nos separábamos un minuto. Fue cuando me dijo que me estaba queriendo, que no quería que nos dejáramos de ver. Que le gustaba hacer cosas conmigo, que se quería venir con nosotras hasta Guadalajara. A México no, porque tenía que arreglar unos papeles y ver a su familia, pero que llegaría dos días después. ¿Y tú, Susana? ¿Quieres lo mismo? Yo… pues yo… No sabía. ¿A ti no se te pone la mente en blanco cuando te preguntan qué es lo que quieres? A mí sí. Siempre. Sentía que lo quería. Me gustaba verlo vivir y hacer y desear. Me sorprendía enormemente la seguridad con que quería hacer sus cosas. A veces me exasperaba por ansioso, pero por lo general me daba ternura. Sólo que nada de esto tenía mucho que ver conmigo. Y cuando me besó la primera vez volví a sentir su angustia y mi primer impulso fue calmarlo. Supongo que por eso lo besé. A lo mejor por eso pareció amor. O fue una forma de amor. Lo que sí sentía era que me estaba moviendo. Todo lo que sucedía me resultaba muy real. Real… ¿se entiende lo que digo? Real, todo era real. Cuando me sentaba a esperarlo en la banca de la plaza y miraba a la gente, o cuando leía uno de los libros (y él se mostraba particularmente complacido de que leyera esos libros y no otros). Muy importante, decía, conocer la historia. Pero yo no estaba conociendo la historia. No habría sabido explicar la cronología de la Revolución. Yo en esos libros veía, sentía gente. Imaginaba lugares, me alejaba de la ciudad.
En todo caso, nuestras vacaciones se acabaron. Fue mi madre la que lo anunció. Se dio cuenta de que yo era feliz; de que por primera vez me olvidaba de mi vivir en la superficie inmediata de las cosas. Creo que lo tiene que haber notado. Me lo dijo casi como si lo lamentara: ya nos tenemos que ir, Susana. Pero sé, ahora me doy cuenta, de que ella no lamentaba nada. Las vacaciones se acaban, dijo. Y sí. Teníamos el boleto para México para el día siguiente. Mateo estaba más que consciente. Ya había conseguido los boletos de camión para Tepic —muy temprano de manera que tuviéramos tiempo de conseguir el de Guadalajara—. El tren para México salía por la noche. La larga peregrinación comenzaba, pero ya no me daba miedo. Era sólo que no lograba imaginarme de regreso. Parecía que hubieran pasado miles de años.
La despedida fue singularmente incómoda. Yo le notaba una cierta falsedad al viejo Fermín. En cambio, la señora Conchita parecía genuinamente triste. Ya en el camión, mi madre y yo juntas, y Mateo parándose continuamente de su sitio para ver si estábamos bien —cómo nos cuidaba Mateo, hasta nos daba un poco de risa—, le pregunté que qué le pasaba al viejo Fermín. Por qué había estado tan tenso. Es que cree que le voy a pedir algo; cree que por eso vinimos, me dijo. ¿Pedir algo? Dinero, ayuda, dijo mi madre. Y traté de imaginarnos pidiendo ayuda. Pero ¿por qué? ¿Qué le hizo pensar eso?, ¿tú le dijiste algo? No, claro que no, pero él siempre cree que todos le van a pedir… que todos le van a quitar. Me molestó. Sentirme de pronto imaginada por él me molestó. ¿Por qué le habríamos de pedir ayuda?, le pregunté. Porque somos dos mujeres solas, dijo. Estas cosas Mateo las escuchaba en silencio, sin decir nada. Hay que reconocer que con todo y su angustia era bien discreto. En fin, dijo mi madre, ahora se va a dar cuenta de que no vinimos a eso. Pero a mí me quedó un mal saber en la boca. «Porque somos dos mujeres solas.» No se me había ocurrido pensarlo así. De pronto la ciudad comenzó a cobrar realidad. Real el hecho de que yo mantenía a mi madre con mi trabajo. De que, como Lourdes decía, tenía que buscarme un trabajo mejor.
Pero con todo y todo, no acababa de encontrarle sentido a la frase: «Dos mujeres solas». ¿Solas en relación a qué? Mi madre dijo: la gente está acostumbrada a que las mujeres tengan un hombre que dé la cara por ellas. Bueno, dije, nosotras no y no es tan terrible, ¿o sí? Mi madre me miró con una mezcla de tristeza y estupor. Así son ellos aquí, dijo, no les hagas caso. Pero Mateo después me dijo: no te preocupes, estoy yo. ¿Para qué?, le pregunté. Se turbó un poco: para protegerlas. A mí me dio risa. Pero ¿de qué? Además, le dije, tú necesitas tanta o más protección. Y de veras lo creía. Lo veía tan transparente, tan vulnerable, que era yo la que quería protegerlo. Al menos a ratos. Pero bueno, en ese viaje de regreso fue activísimo. Se precipitaba a comprar boletos. Corría de un lado a otro, cargaba los bultos (llevábamos quesos. Muchos). Cuando ya estábamos a punto de subirnos al tren para México, de golpe me entró el pánico: Mateo se quedaba. Dentro de dos días estoy allá, repetía con toda la angustia galopándole por la cara. Tenía una manera de convertirse todo él en mirada ansiosa, que todavía me duele acordarme. Cuídense, decía una y otra vez, yo no tardo en llegar. Mi mamá, creo, ya lo quería. Fue una de las pocas veces en que la sentí mamá desde que mi padre había muerto: Bueno, no es para tanto, le dijo, si se van a ver dentro de dos días. Yo me sentía tristísima y absurda. No puede ser esto el amor, pensaba, no puede ser así. Pero me dolía todo: la cara de Mateo, el sentir de pronto su ausencia a mi lado, todo.
En ese viaje sí dormí, soñé, extrañé a Mateo. Quise imaginarlo en su vida familiar y sólo supe imaginarlo moviéndose de un lado a otro, haciendo diligencias, tachándolas de la interminable lista que hacía a cada instante. Lo estás queriendo, dijo mi madre súbitamente dulce. No sé, dije, hace un mes ni lo conocía, y como que ya no me acuerdo de cómo era estar sin él. Así quise yo a tu padre, dijo, y me dio horror pensar que querer fuera eso. Yo había desarrollado una especie de rechazo a mi padre. Lo sentía como un peso que nos quería aplastar. Sobre todo a mi madre. Lo recordaba cada vez más distante y frío. Déspota. Exigiendo atención, dedicación, toda la vida de mi madre. Nada más de pensar que Mateo se podía poner así, me hacía odiarlo. Dejaba de extrañarlo para resentir su proximidad. Quería con todas mis fuerzas que mi madre viviera, que se volviera entera, que rompiera su silencio. Quería oírla hablar de ella. En ese tren de regreso creo que hice mi último esfuerzo en contra de mi papá.
El mozo venía haciendo las camas desde el otro extremo del vagón. Lo oía acercarse muy lentamente. Cada sonido se iba haciendo más nítido. Creo que en ese momento viví una carrera contra el tiempo. Sentía una enorme tensión. Mi madre se sentaba junto a la ventana, ya no se veía nada; parecía que flotáramos en el vacío, sin ningún destino salvo esa proximidad, las voces que nos rodeaban y que se iban acallando a medida que las camas iban quedando hechas. ¿Cómo era, mamá vivir aquí? ¿Qué se sentía? Era como si yo esperara una palabra, una frase que de golpe se convertiría en una puerta, la puerta por fin a otra cosa. Mi madre no contestó durante un buen rato. Miraba por la ventanilla, parecía perforar la oscuridad y mirar quién sabe cuál pasado. Veía su reflejo en el vidrio y sus ojos perdidos, adentrados. Era horrible, dijo por fin, horrible, como si el odio nos uniera. Ese tiempo muerto. Esas largas horas detrás del mostrador; esa sensación de que tenías que ganarte la vida o se te iba; nunca en paz, nunca tranquila. Perseguida siempre por esa angustia… Y luego, un rato después, dijo: los primeros ojos que vi de frente, la primera vez que miré sin encono, sin miedo, fue a tu padre… no sé vivir sin él, dijo ya casi sin voz. Y supe, ya sin rebelarme, que se miedo, fue a tu padre… no sé vivir sin él, dijo ya casi sin voz. Y supe, ya sin rebelarme, que se iba a morir. Supe que a ella y a mí nos habían formado cosas muy distintas. Le estaba pidiendo, fíjate, lo que Lourdes con mucho más derecho me pedía a mí: que despertara. Creo que estuve a punto de llorar ahí, pero lo que hice fue más bien soltar: soltar la sensación de mi padre, la de San Blas. Soltar la proximidad de mi madre. Sentí que todo flotaba alejándose y que me quedaba sola. Sola de veras, y me lo repetí varias veces con angustia buscando algo más, pero no había nada.
Bueno, ya se acabó este cuaderno…

Capítulo de la novela Pánico o peligro (Premio Xavier Villaurrutia) de María Luisa Puga, publicado originalmente por Siglo XXI Editores en el año de 1983 y tomado de la versión electrónica; Pp. 11-47

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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