El carretero de la muerte (Capítulos I, II, III y VI) | Selma Lagerlöf (Suecia)

I

UNA pobre muchachita del Ejército de Salvación agonizaba enferma de tuberculosis, de esas rápidas y brutales que no se resisten más de un año.
Mientras pudo, había continuado sus guardias y cumplido sus deberes; pero cuando le faltaron las fuerzas, fue enviada a un sanatorio. Allí había sido cuidada durante algunos meses, sin experimentar mejoría alguna; y comprendiendo que estaba perdida, volvió al lado de su madre, que vivía en una casita propia en una calle de las afueras. Allí, postrada en cama, en una alcoba mísera, en la que había pasado su infancia y su primera juventud, esperaba la muerte.

Su madre se había instalado junto a su lecho. La pena le había partido el corazón, pero estaba tan absorta en sus cuidados de enfermera, que apenas le quedaba tiempo para llorar. Una salutista que, como la enferma, pertenecía a la clase de las visitadoras se hallaba al pie del lecho y vertía silenciosas lágrimas. Sus miradas se detenían con la mayor devoción sobre el rostro de la moribunda, y, cuando las obscurecían las lágrimas, se secaba los ojos con un rápido gesto. Sobre una sillita baja muy incómoda, que la enferma había tenido siempre en gran estima y que la había llevado consigo en todas sus mudanzas, yacía sentada una mujer recia, con la S de las salutistas bordada en el cuello de su corpiño. Le habían ofrecido un lugar más cómodo, pero ella deseaba continuar en aquel sitio, poco confortable, como si quisiera con ello, en cierto modo, honrar a la moribunda.
Aquel día no se parecía a los demás. Era el de San Silvestre. Estaba el cielo pesado y plomizo. En las casas se notaba el frío y el mal tiempo; pero, afuera, el aire era asombrosamente tibio y dulce. El cielo permanecía negro, sin nieve. Algunos copos desperdigados caían lentamente, fundiéndose en cuanto tocaban la tierra. Era inminente una gran nevazón; pero aún no se producía. Se hubiera dicho que el viento y la nieve juzgaban inútil comenzar ya nada el último día del año, y se reservaban para el nuevo, tan próximo ya.
El mismo influjo parecía dominar a los hombres. No tomaban decisión alguna. Las calles no estaban animadas; no se trabajaba en las casas. Frente a la morada de la agonizante, se extendía un terreno en el que se había comenzado a echar los cimientos para una edificación. Algunos obreros se habían presentado por la mañana, habían alzado sus gruesos martillos, cantando, como de costumbre; después los habían dejado caer; pero no continuaron haciéndolo mucho tiempo, y pronto el solar quedó desierto con sus piedras
Habían pasado algunas mujeres, cesta al brazo, dirigiéndose al mercado, pero esto sólo había durado unos instantes. Se había recogido a los chiquillos que jugaban en la calle, pues era preciso vestirlos para aquella tarde de fiesta, y luego no volvieron ya a salir. Los caballos arrastraban carros vacíos y se sumían en las lejanías del arrabal a disfrutar de un reposo de veinticuatro horas. La calma iba extendiéndose más y más, a medida que la hora del mediodía se acercaba.
—Es bueno para ella morir la víspera de una fiesta —dijo la madre—. Muy pronto no oirá ya nada del exterior que pueda turbar sus postreros momentos.
La enferma había perdido el conocimiento desde la mañana, y las tres mujeres, reunidas en torno al lecho, podían hablar lo que quisieran sin temor de que ella lo entendiese. Ni siquiera se daban cuenta de que la muchacha estuviese ya, en el período comatoso. Su rostro había cambiado de expresión varias veces durante el transcurso del día, había expresado asombro e inquietud; había adquirido un aspecto tan pronto implorante como torturado; desde un momento antes se hallaba impregnado de un tinte de indignación potente que parecía engrandecerlo y que lo embellecía.
La hermanita de los pobres estaba tan transfigurada, que su compañera, que se mantenía al pie del lecho, se inclinó hacia la salutista y murmuró:
—Mire usted, capitana, ¡cuán hermosa se vuelve sor Edit… tiene el aspecto de una reina…!
La recia mujer se levantó de su sillita baja para contemplar mejor a la moribunda. Seguramente no había vista ella jamás a la visitadorcita sin aquel aire de alegre humildad, que había conservado hasta el fin, por muy enferma y muy cansada que estuviese. De tal modo le impresionó el cambio, que no volvió a ocupar su asiento y permaneció de pie.
Con un movimiento brusco, casi impaciente, la hermanita se había incorporado sobre la almohada, y cerca estuvo de quedar sentada en la cama. Un rasgo de indescriptible nobleza daba a su frente una extraña majestad, y, aunque cerrados, sus labios parecían pronunciar palabras de censura y de desprecio.
La madre alzó los ojos hacia las dos salutistas asombradas.
—Los días pasados —dijo— ha estado también como ahora. ¿No era esta la hora en que solía hacer sus visitas?
La más joven de las salutistas lanzó una ojeado sobre el relojito de la enferma, colocado allí, cerca del lecho.
—Sí —contestó—. Esta es la hora en que ella se acercaba a los desgraciados.
Se interrumpió y se llevó el pañuelo a los ojos. Cuando intentaba hablar, los sollozos le oprimían la garganta.
La madre tomó entre las suyas una de las manecitas rígidas de su hija, y la acarició tiernamente.
—Lo ha pasado muy mal cuando los ayudaba a limpiar sus tugurios y cuando les sermoneaba por sus vicios —dijo, y su voz revelaba un sordo rencor—. Cuando se ha desempeñado un trabajo demasiado fatigoso, se llega a no poder separar de él el pensamiento… Ella cree hallarse ahora entre, ellos…
—Lo mismo ocurre —acotó la capitana con dulce voz— cuando se trata de un trabajo que se ha amado mucho.
Las mujeres vieron que las cejas de la enferma se fruncían y que entre ellas se formaba un pliegue que se hendía más y más, en tanto que su labio superior se desplegaba.
—¡Parece el ángel del Juicio Final! —dijo la capitana con acento de exaltación.
—¿Qué podrá ocurrir hoy en el asilo? —preguntó su compañera, que separó a las dos mujeres para pasar suavemente su mano por la frente de la agonizante.
—No se inquiete, sor Edit —añadió acariciándola—. Usted, sor Edit, ha hecho bastante por los desventurados.
Estas palabras parecieron haber tenido el don de libertar a la moribunda de las visiones que la atormentaban. La tensión, la cólera, borraron sus rasgos. La expresión dulce y dolorida que había sido casi invariable en ella durante toda su enfermedad, reapareció en su rostro. Entreabrió los ojos, y viendo a su camarada inclinada sobre ella, le colocó la mano sobre su brazo e intentó atraerla a sí.
La salutista adivinó más que comprendió el sentido de este ligero contacto. Tradujo la muda súplica de los ojos y se inclinó hasta los labios de la enferma.
—David Holm —articuló la moribunda.
La salutista movió, negando, su cabeza. Creyó no haber comprendido bien. La enferma realizaba supremos esfuerzos para lograr expresarse, y repitió, deteniéndose en cada sílaba:
—¡Da-vid Holm…! ¡En-viad a bus-car a Da-vid Holm…!
Y al mismo tiempo su mirada penetró en los ojos de su antigua camarada, hasta que esta por fin la hubo comprendido. Entonces se dejó caer en el amodorramiento, y al cabo de algunos minutos estaba de nuevo muy lejos, en medio de alguna escena atroz, que henchía su alma de irritación y de congoja.
Su compañera se irguió, No lloraba ya. Se hallaba presa de una emoción que había secado sus lágrimas.
—Quiere que enviemos a buscar a David Holm.
Parecía que con ello la moribunda había pedido algo terrible. La recia y fuerte capitana no sufrió menor alarma que su compañera.
—¡Holm! —gritó—. ¡No es posible! ¿Cómo podríamos dejar que David Holm llegase hasta el lecho de una moribunda?
La madre de la enferma, que había seguido los cambios de la fisonomía de su hija, cuyo rostro había vuelto a adquirir su aspecto de juez enfurecido, dirigió una muda pregunta a las dos mujeres.
—Sor Edit —dijo la capitana del Ejército de Salvación—, quiere que enviemos a buscar a David Holm; pero verdaderamente no sabemos si esto se puede hacer.
—¿David Holm? —interrogó la madre, perpleja. ¿Quién es David Holm?
—Es uno de los que más daño han causado a sor Edit, uno de aquellos sobre los cuales no ha permitido el Señor que sor Edit tuviera potestad.
—Pero acaso Dios haya querido, capitana —se arriesgó a decir la joven salutista—, que sor Edit lo domine en sus últimos momentos.
La madre de la enferma lanzó una amarga mirada:
—Ustedes han tenido a mi hija a su disposición hasta mientras la animó una chispa de vida. Déjenmela, ahora que va a morir.
La petición pareció no ser escuchada. La joven salutista recuperó su asiento al pie del lecho. La capitana tornó a sentarse en la sillita baja, cerró los ojos, y se sumió en una oración a media voz. Las demás comprendieron, por algunas palabras sueltas que hasta ellas llegaron, que estaba pidiendo a Dios por el alma de la joven hermana, para que pudiese en paz dejar la vida, sin ser preocupada ni atormentada por deberes y cuidados propios de este mundo de prueba.
Ella fue arrancada de su éxtasis por la joven salutista, que le puso dulcemente la mano sobre el hombro.
La enferma recuperó el sentido una vez más; pero esta vez no se presentó con su acostumbrado aspecto de humildad y de dulzura. Su frente se obscurecía bajo el reflejo de una tempestad interior. La joven salutista se inclinó con rapidez sobre ella, y oyó perfectamente clara esta pregunta expuesta en tono de reproche:
—¿Por qué usted, sor María, no ha enviado a buscar a David Holm?
La joven deseaba, sin duda, objetar algo; pero lo que leyó en los ojos de la moribunda le hizo enmudecer.
—Yo iré a buscarlo, sor Edit —dijo.
Y, después, dirigiéndose a la madre, como para excusarse, añadió:
—Jamás he podido rehusar nada a sor Edit, y no será esta tarde cuando comience a hacerlo.
La enferma tornó a cerrar los ojos con un suspiro de descanso, y, su joven compañera abandonó la pequeña alcoba, en la que volvió a imperar el silencio. La capitana oraba con fervor y acongojada. El pecho de la enferma se agitaba, y su madre se acercó a ella aún más, como para proteger a su pobre hija contra la muerte.
Al cabo de unos momentos, la enferma miró de nuevo en torno de ella, con el mismo aire impaciente que antes; pero cuando vio vacío el sitio de su camarada, comprendió que su ruego iba a ser atendido, y se dulcificó su expresión. No intentó ya hablar, no volvió a caer en su estado de inconsciencia, y permaneció despierta.
De pronto se oyó entrar a alguien y luego atravesar la habitación contigua. La enferma se irguió en su lecho. Su compañera se presentó en la puerta.
—No me atrevo a penetrar directamente —dijo—. Traigo conmigo demasiado frío. Capitana Andersson, ¿quiere venir un instante?
La mirada llena de atención de la enferma se fijó sobre ella.
—No he podido hallarlo —agregó—, pero he dado con Gustavsson y con algunas otras salutistas y me han prometido conducirlo aquí. Gustavsson me lo ha prometido y, si es posible, lo hará.
No había terminado de hablar, cuando ya la enferma había cerrado los ojos y se había sumido de nuevo en el mundo de visiones que la había absorbido todo el día.
—Ella lo ve, sin duda —cuchicheó la joven salutista.
Su voz traicionó una especie de despecho que se apresuró a corregir.
—¡Aleluya! Esto no será una desgracia, puesto que obedece a la voluntad del Señor.
Se retiró silenciosamente, y la capitana salió tras ella.
Una mujer aguardaba en la primera pieza. Recién había cumplido los treinta años, pero tenía un aspecto tan incoloro, tan arrugado, como si hubiese sido estrujada por una mano ruda; sus cabellos eran tan lacios y su cuerpo tan macilento, que muchas viejas habrían parecido jóvenes al lado suyo. Estaba, además, tan andrajosa, que podría, en verdad, suponerse que se había cubierto de harapos para mendigar.
La capitana del Ejército de Salvación contempló a esta mujer con una brusca mirada angustiosa. No fueron sus pingajos lamentables ni su vejez prematura, los que la asustaron; fue la rigidez cadavérica de su rostro.
Ante ella tenía un ser humano que iba y venía, que se movía como todo el mundo, pero que aparecía absolutamente inconsciente. Parecía haber sufrido tanto, que su alma, sorprendida en medio de una encrucijada, podría de un momento a otro sumirse en la demencia.
—Es la mujer de David Holm —explicó la hermana joven—. La he encontrado así cuando fui a su casa a buscarlo. Él había salido, estaba ella sola, e incapaz de responder a mis preguntas. No me he atrevido a dejarla y, por esto, la he traído aquí.
—¡La mujer de David Holm! —exclamó la capitana—. Seguramente la he visto ya, pero no la hubiera conocido. ¿Qué será lo que habrá podido ocurrirle?
—¿Lo que habrá podido ocurrirle…? Ya se ve, me parece —respondió la hermanita joven con un movimiento de impotente cólera—. Su marido está dispuesto a matarla.
La capitana seguía mirando a la pobre mujer. Los ojos se le salían de las órbitas, sus pupilas tenían una obstinada fijeza. Entrelazaba sus dedos, y de vez en cuando un leve temblor hacía vibrar sus labios.
—¿Qué es lo que le ha hecho, Dios mío? —preguntó:
—No lo sé. No ha podido contestarme. Temblaba como ahora cuando yo llegué. Los niños estaban afuera, y no había nadie para poder informarse. ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¿Ha sido preciso que esto haya ocurrido hoy justamente? ¿Cómo podré yo cuidarla, hoy, que no pienso más que en sor Edit?
—Probablemente la habrá golpeado.
—No; algo peor que eso debe de haber sido. Yo he visto con frecuencia mujeres apaleadas y no ofrecen nunca este aspecto. No, no, seguramente se trata de algo más grave —repetía con creciente terror—. Nosotros hemos visto reflejado en el rostro de sor Edit que algo terrible estaba ocurriendo.
—En efecto —exclamó la capitana—. Esto era lo que ella veía. ¡Alabado sea Dios porque sor Edit lo haya visto y porque usted haya podido llegar a tiempo, sor María! ¡Dios sea alabado y gracias le sean dadas! Sin duda ha querido que sea salvada la razón de esta pobre mujer.
—Pero ¿qué voy a hacer con ella? Cuando se la toma de la mano, sigue, pero no entiende. Su espíritu está ausente. ¿Cómo recuperarlo para restituírselo? No tengo ningún poder sobre ella. Acaso tenga usted más éxito, capitana.
La recia y fuerte mujer tomó de la mano a la desgraciada y le habló con una voz dulce y severa, pero ni el más leve rasgo de comprensión se reflejó sobre el pobre rostro afligido.
Mientras estaba realizando estos esfuerzos, la madre de la enferma asomó su cabeza en la puerta.
—Edit se muestra inquieta. ¿Quiere usted venir?
Las dos salutistas entraron precipitadamente en la alcoba. La enferma se agitaba en la cama. Su excitación parecía originarse más bien por una inquietud anímica que por un malestar físico. Cuando vio que sus dos amigas ocupaban su lugar habitual, se calmó y cerró los ojos. La capitana hizo una breve señal a su compañera para que continuase allí, y se apresuró a salir.
En ese momento se abrió la puerta y dio paso a la mujer de David Holm.
Se fue directamente al lecho, y se detuvo, inexpresivos los ojos, temblando, como hacía pocos instantes, y enlazando sus dedos con tanta reciedumbre que hacía crujir sus articulaciones.
Durante un largo rato pareció no ver nada, pero poco a poco la fijeza de su mirada se relajó. Se inclinó un tanto hacia el rostro de Edit. De pronto adquirió un aspecto amenazador y siniestro; sus dedos se desenlazaron y se encorvaron como garfios. Las dos salutistas se levantaron de un brinco, temiendo que la demente se arrojase sobre la moribunda.
Entonces la hermanita abrió los ojos; vio al pobre ser tremendo, medio loco, se sentó en el lecho y le ciñó los dos brazos al cuello. Atrajo a la mujer hacia sí, con toda la fuerza de que aún disponía, y la besó en la cara, en la frente, en los ojos, en las mejillas, murmurando:
—¡Pobre señora Holm…! ¡Pobre señora Holm…!
La desventurada mujer intentó separarse de inmediato, pero repentinamente todo su cuerpo se estremeció; se deshizo en lágrimas y se postró de rodillas junto al lecho, siempre con la cabeza pegada al rostro de la moribunda.
—¡Llora, sor María; llora! —musitó extasiada la capitana—. ¡Está salvada…!
La más joven de las dos salutistas oprimió violentamente el pañuelo empapado en llanto que tenía en la mano y murmuró, haciendo un esfuerzo supremo para serenar su voz:
—¡No hay nadie más que ella para realizar prodigios semejantes, capitana! ¿Qué será de nosotras cuando no la tengamos ya?
En ese momento, ambas tropezaron con la mirada suplicante de la madre.
—Ya nos vamos —dijo la capitana—. Por otra parte, no es conveniente que su marido la encuentre aquí. —Y luego añadió, al ver que la joven salutista se disponía abandonar la habitación—: No, sor María; usted continuará al lado de su amiga. Yo me encargo de esta pobre mujer.

II

ESA misma tarde de Año Viejo, entrada ya la noche, tres hombres beben cerveza y aguardiente en el jardín que rodea la iglesia del pueblo. Están instalados en un campo marchito, bajo unos tilos cuyas negras ramas brillan de humedad. Han pasado la tarde en un bodegón, a la hora del cierre han venido a instalarse al raso. No ignoran que esa es la noche de San Silvestre, y, precisamente por esto, se han sentado en el jardín de la Iglesia. Quieren estar cerca del reloj para oír las doce campanadas de medianoche y brindar por el Año Nuevo.
No permanecen en la obscuridad. Los altos faroles eléctricos de las calles vecinas proyectan sus rayos luminosos sobre la calle. Dos de los hombres son ya casi ancianos; viejos vagabundos impenitentes, que se han aventurado en la ciudad durante estos días de fiesta, para beberse en ella los pobres céntimos reunidos mendigando. El tercero es un hombre de treinta y tantos años. Va vestido tan miserablemente como sus compañeros, pero es corpulento y bien formado. La vida no parece haber quebrantado su vigor. Tienen miedo de ser descubiertos y atrapados por la policía, se han aproximado entre sí y hablan en voz baja. El más joven es el que tiene la palabra, y los otros dos escuchan con una atención que les ha hecho olvidar sus botellas por un instante.
—Sí; yo tenía tiempo atrás un compinche —decía, y su voz resonaba grave, casi misteriosa, en tanto que un relámpago de malicia brillaba en sus ojos—; y el último día del año, este camarada se volvía otro. Y no es que tuviese que ajustar cuentas, ni que tuviese ocasión de lamentarse de los beneficios del año, no. Es que él había oído decir que en ese día podía acontecernos algo peligroso y siniestro. Permanecía silencioso e inquieto durante todo el día y no se atrevía ni aun a mirar su vaso. Habitualmente no se hacía rogar; pero lo que es en una noche de San Silvestre, hubiera sido tan imposible arrastrarlo a una fiestecilla como esta, como imposible les sería, buenos amigos, brindar con el gobernador.
»Ustedes se preguntarán de qué tenía miedo. No lo declaraba jamás pregonándolo desde los tejados; pero una vez, sin embargo, me lo confesó. Pero acaso no les agrade oír contar esto, en esta noche. No se halla uno muy a su gusto en el callejón de una iglesia; en este lugar, en el que, sin duda alguna, hubo antiguamente un cementerio; ¿qué les parece?
Los dos vagabundos dijeron que ellos no conocían el miedo a los aparecidos. Y su compañero continuó:
—Sus padres eran señores. Él mismo había estudiado durante algún tiempo en la Universidad de Upsala, de suerte que sabía muchas más cosas que nosotros. Pues figúrense que si él se mostraba tan comedido la víspera del Año Nuevo, era solamente por temor a ser arrastrado a alguna pendencia, o expuesto a algún accidente en el que pudiera perder la vida. Sólo miedo de morir, en un día como este; pues él se imaginaba que, si así fuera, sería condenado a conducir el carromato de la Muerte.
—¿El carromato de la Muerte? —repitieron los dos vagabundos al unísono, con acento interrogativo.
El gran pícaro se refociló despertando su curiosidad, preguntándoles solemnemente si estaban decididos a escuchar esta historia en el lugar en que estaban. Pero los otros dos le apremiaron para que continuase.
—Pues bien. Mi compinche decía que había una vieja, viejísima carreta, por el estilo de las que usan los campesinos para llevar sus géneros al mercado; pero tan vieja, tan desvencijada, que jamás habría osado presentarse en los grandes caminos. Estaba tan cubierta de fango y de polvo, que no podía distinguirse de qué estaba hecha. Uno de sus ejes estaba roto y las llantas de las ruedas bailoteaban: ruedas que no habían sido engrasadas jamás y que chirriaban espantosamente. La cobertura estaba podrida; el almohadón del asiento reventado. Un viejo matalón, tuerto, cojo, con las crines y la cola blanquecinas, arrastraba este miserable vehículo. La delgadez de sus lomos mostraba su espinazo como la hoja de una sierra y podían contarse todas sus costillas a través de la piel. Las patas estaban medio anquilosadas, cansinas, y los arneses gastados, desteñidos y amarrados con bramantes y varillas de juncos; no quedaba en ellos el menor adorno de cobre o de plata; nada más que leves madroños de lana sucia; y las riendas, anudadas y desgastadas, estaban en armonía con los arneses.
Detúvose el narrador, y alargó la mano hacia la botella, para dar a sus oyentes tiempo de comprenderle.
—Acaso —prosiguió— no encuentren en esto nada de maravilloso; pero queda aún el carretero. Va sentado, sombrío y melancólico, en el destartalado pescante. Sus labios son de un azul negruzco; sus mejillas, pálidas, y sus ojos, vidriosos como espejos desazogados. Lleva una gran manta negra con un capuchón calado hasta los ojos, y en la mano, una hoz herrumbrosa y mellada, con largo mango. Pues no crean que este hombre sea un carretero vulgar. Está al servicio de un gran señor, severísimo, que se llama la Muerte. Noche y día camina para cumplir su cometido. Desde el momento en que alguien va a morir, se presenta con su vieja carreta chirriante, tan veloz como lo permite la pobre bestia derrengada.
Nuevamente se detuvo el narrador y trató de examinar el rostro de los dos vagabundos. Su atención era profunda. Continuó:
—Ustedes, sin duda alguna, han visto grabados representando a la Muerte, y siempre la habrán visto a pie. Es que el carretero de que yo les hablo no es la propia Muerte, sino solamente su lacayo. Ya comprenderán que tan alto personaje no se digna recolectar mas que lo más florido de la mies; y es a su carretero a quien confía la tarea de recoger los pobres trocitos de hierba y las ramillas que crecen al borde de las zanjas. Ahora viene lo más curioso de toda esta historia. Parece ser que aunque se trata siempre del mismo lamentable carromato, no es siempre su conductor el mismo carretero. Es el último hombre que muere en el año; aquel que entrega su alma precisamente al sonar la última campanada de las doce de la noche. Ese es el carretero predestinado por la Muerte. Su cuerpo será enterrado como el de los demás; pero su espíritu se verá obligado a ponerse el capuchón, a empuñar la hoz y a ir de casa en casa de agonizantes durante todo el año hasta que otro lo releve el día de San Silvestre.
El narrador se detuvo y lanzó a los dos hombrecillos una mirada de maliciosa espera. Observó que volvían la cabeza hacia atrás, realizando vanos esfuerzos para ver la hora en el reloj de la torre.
—Acaban de dar las once y tres cuartos —dijo—. El momento peligroso no ha llegado aún. Ya comprenderéis ahora de qué era de lo que mi camarada tenía miedo. Era de morir precisamente al sonar la campanada postrera de medianoche la víspera de Año Nuevo y de convertirse, por tanto, en el carretero de la Muerte. Yo creo que todo el día se imaginaba oír chirriar el carricoche y rodar sobre las piedras de la calle. Pues fíjense bien: parece ser que el infeliz ha muerto el año anterior, justamente, la noche de San Silvestre.
—¿Y a la hora de medianoche misma?
—Sólo sé que murió esa noche, pero ignoro a qué hora. Por otra parte, yo pudiera haberle pronosticado que moriría este día, con el que tanto se había familiarizado. Si llega a apoderarse de ustedes una idea semejante, muy bien pudiera ocurrirles lo mismo.
Los dos hombrecillos haraposos asieron por el gollete sendas botellas y echaron un trago que les infundió nuevo valor.
Después de esto, lentamente, tambaleándose, procedieron a levantarse.
—¿Cómo? ¿Pretenden negarme su compañía antes del toque de medianoche? —gritó el hombre que había relatado la historia y que ya comenzaba a sentir su efecto—. No es posible que concedan tanta importancia a una vieja paparrucha como esta. El amigo de quien les he hablado era un poco flojo; ya ven que no era como nosotros, de buena cepa sueca. ¡Rápido, venga un trago más! ¡Siéntense, pues…!
—Felizmente nos hemos tranquilizado —agregó cuando vio que volvían a tumbarse en tierra—. Este es el primer lugar en que he podido estar en paz en el día de hoy. Por todas partes me he visto asaltado por las salutistas que querían llevarme a ver a una de ellas, sor Edit, que está en trance de muerte. Yo les he dado las gracias. No estoy para escuchar sus sermones y sus devociones. A eso hay que ir, ciertamente por propio impulso.
Los hombrecillos, por nubladas que estuviesen sus mentes después de los últimos tragos, se estremecieron al oír nombrar a sor Edit, y preguntaron si no era ella la que presidía la casa central de socorros.
—Sí, sí —respondió el joven—; varias veces me ha honrado con una particular atención durante todo el invierno.
»Supongo que estará en el número de nuestros amigos íntimos, y que no os será muy pesado el duelo.
Quedaba, sin duda, en el fondo del corazón de los dos viejos el recuerdo de algún beneficio de sor Edit, pues ambos declararon con firmeza y al unísono que si sor Edit había llamado a alguien, ese debía acudir al punto a su llamada.
—¿Es esa la opinión de ustedes? —inquirió el tercer camarada—. Iré si me dicen qué bien puede reportar a sor Edit el verme.
Ninguno de los dos caminantes trató de contestar a esta pregunta. Se limitaron solamente a porfiarle que fuera; y viendo que el otro rehusaba siempre y se burlaba de ellos, se encolerizaron tanto que le amenazaron con arrastrarlo allá si no iba de buen grado. Hasta se levantaron, arremangándose los puños, colocándose en situación de cumplir su amenaza.
Su adversario, consciente de ser el hombre más corpulento y más fuerte de la ciudad, sintió compasión por aquellos dos pobres andrajos humanos.
—Si es absolutamente preciso pelear —dijo—, estoy dispuesto. Pero me parece que podríamos muy bien tratar de entendernos, en atención, sobre todo, a lo que acabo de contarles.
Los dos borrachos no saben a punto fijo por qué están furiosos, pero su espíritu batallador está excitado, y se arrojan sobre el hombre a puñetazos. Tan seguro está él de su superioridad, que ni siquiera se levanta. Se contenta con sujetarlos del brazo y tirarlos a derecha e izquierda, como si se tratase de dos perritos; pero, como tales perrillos, vuelven al asalto y uno de ellos logra dar al ran mocetón un golpe bastante violento en el pecho. Un instante después el hombrón siente que algo caliente le sube a la garganta y le llena la boca. Como sabe que tiene un pulmón medio deshecho, comprende que aquello es una hemorragia. Cesa de luchar y cae al suelo mientras que un largo hilo de sangre brota de sus labios.
Esto es ya muy grave, pero lo que aumenta la gravedad casi irreparable es que los dos vagabundos, al notar que una sangre caliente les salpica las manos y ver que su adversario se tiende a lo largo, se imaginan que lo han matado, y emprenden la fuga. La hemorragia cesa después de un momento, es cierto; pero vuelve al menor esfuerzo que realiza para incorporarse.
No es muy fría la noche; sin embargo, tendido en la tierra, el hombre se siente invadido por el frío y la humedad. Se da cuenta de que está perdido si alguien no acude en su socorro. Como el jardín está casi en el centro de la ciudad y es la noche de San Silvestre, mucha gente está en la calle, la escucha pasar por las calles que rodean la iglesia; pero nadie penetra en el jardín. ¡Cuán cruel es oír el ruido de sus pasos y escuchar el sonido de sus voces, y morir, acaso, tan cerca de ellos!
Espera aún un momento; pero bajo la mordedura del frío, en la imposibilidad de levantarse, se decide a lanzar un grito de auxilio.
Una vez más le persigue la desgracia, en el momento en que pronuncia su llamada, el reloj de la torre comienza a desgranar las campanadas de la medianoche.
La pobre voz humana queda ahogada por las ondas del bronce y nadie lo oye. Con el esfuerzo, la hemorragia se repite con violencia tal, que el desventurado teme perder hasta la última gota de sangre.
«¿Voy a morir precisamente cuando la campana da la última hora del año?», se dice y al mismo tiempo siente que se desvanece. Y cae en la inconsciencia y se sumerge en las sombras cuando el postrer golpe sonoro anuncia que comienza el nuevo año.

III

APENAS el reloj ha lanzado la última campanada de la medianoche, un rechinamiento discordante y agudo atraviesa el aire. Se deja oír a intervalos, como originado por una rueda mal engrasada de un carro; pero es un chirrido tan penetrante y tan desagradable que no puede producirlo ni el vehículo más desvencijado. Produce angustia. Evoca como un presentimiento de todas las torturas y de todos los sufrimientos imaginables. Suerte es que este chirrido no sea perceptible para la mayor parte de las gentes que han trasnochado para esperar la llegada de Año Nuevo. David Holm, después de su terrible hemorragia, lucha y trata de recuperar el sentido. Le parece que algo le ha despertado; algo como el grito penetrante de un pájaro que pasase sobre su cabeza. Pero se siente presa de un aturdimiento al cual no puede substraerse. Bien pronto se da cuenta de que aquello no es un pájaro que chilla. Es la vieja carreta de la Muerte, cuya historia ha referido él a los vagabundos, la que se aproxima y que atraviesa gimiendo el jardín de la iglesia. Pero, aunque seminconsciente, descarta la idea del carro de la Muerte. Él se imagina escucharlo a fuerza de haber estado pensando en él hace un instante.
Vuelve a caer en su amodorramiento y de nuevo el terco chirrido corta el aire. Ciertamente es el ruido de una carreta. No es ilusión, es la propia realidad. Entonces David Holm sacude su modorra. Comprueba al instante que está aún en el mismo sitio y que nadie ha acudido a socorrerlo. Todo está como antes, salvo el rechinamiento agudo y persistente. Parece provenir de muy lejos; pero no cabe duda de que es esto lo que le ha despertado.
Se pregunta después si habrá estado desvanecido largo tiempo. No lo cree él así. Las gentes pasan muy cerca, hablándose y deseándose buen año, de lo cual deduce que acaba de sonar la medianoche. El chirrido se produce aún, y como David Holm ha sentido siempre horror a los ruidos estridentes, quisiera levantarse y marcharse. Lo intenta. Ahora que está despierto, nadie diría que tuviese en el pulmón una llaga abierta. No padece ya el frío de la noche y ya no siente su cuerpo dolorido… «Me incorporaré primero sobre el codo, muy despacio —piensa—; después me volveré y me tenderé de nuevo».
Cuando nuestro pensamiento dice: haré tal o cual cosa, estamos acostumbrados a ver que esta cosa se ejecuta enseguida. Pero esta vez se produce un fenómeno curioso. El cuerpo permanece inmóvil, y no obedece a los movimientos ordenados. ¿Podría ser que de tanto estar tendido en la plaza se hubiese helado? Mas, en tal caso, estaría muerto…
Pero David Holm vive, puesto que oye y ve claramente. Además, el tiempo no es propicio a la helada: las gotas de agua que se desprenden de los árboles caen sobre su cabeza.
Tan preocupado se halla por esta extraña parálisis que atenaza su cuerpo, que por un momento ha olvidado el tremendo chirrido, que vuelve a oírse de nuevo. Se aproxima. Se distingue el ruido del vehículo que desciende lentamente por la calle mayor. Seguramente se trata de alguna vieja carreta, pues no solamente se oye chirriar las ruedas y crujir las maderas, sino que se escucha también cómo el caballo resbala y choca a cada paso que da sobre el desigual pavimento. Ni el mismo carro de la Muerte, a quien su antiguo camarada tenía tanto miedo, podría hacer mayor ruido.
«¡Ea, mi buen David Holm! —se dijo—. Tú no has sido nunca débil ante la policía; pero si ahora quisiera intervenir para hacer cesar este estrépito, le quedarías muy reconocido».
David Holm se las da de tener ordinariamente buen humor, pero ese chirrido, junto a todo cuanto ha ocurrido esa noche, está a punto de desesperarle. Tiene un vago temor de ser hallado así, paralizado, como muerto; y, ¿quién sabe?, acaso sería recogido, amortajado, quizás, y enterrado. Oiría cuanto se hablase junto a su cadáver y esto sería algo más desagradable que el chirrido.
Esto le hace pensar en sor Edit, no con remordimientos, sino con un vago despecho, como si en cierto modo hubiese ella triunfado sobre él.
De pronto se detiene y escucha atentamente un largo minuto. ¡Sí! El coche ha descendido por la calle mayor, hasta su final, pero no ha dado la vuelta hacia la plaza. El caballo no patea ya sobre los puntiagudos adoquines; ahora sigue una enarenada calle de árboles. Viene por el lado de la iglesia. Ha entrado en los jardincillos.
El mozo, feliz por el socorro que considera próximo, intenta incorporarse de nuevo. Mas el resultado es siempre el mismo. Sólo el pensamiento se mueve en él.
Como compensación, oye perfectamente que el ruido se aproxima. La caja cruje y alborota, los ejes rechinan. ¿Podrá llegar hasta él la destartalada carreta?
Y, sin embargo, avanza con una lentitud extrema que exagera aún la impaciencia del desventurado… ¿Qué carricoche puede ser este que se aventura por el jardín de la iglesia, en plena noche? Preciso es que el cochero que lo guía esté borracho; demasiado borracho, quizás, para poder prestar algún socorro.
El coche debe de estar ya a pocos pasos de él. El terrible chirrido acobarda e impresiona a David Holm.
«Tengo mala suerte esta noche —se dice—. Esto será una nueva desgracia. Este debe de ser algún carromato muy pesado, o una apisonadora que va a aplastarme».
Un instante después David Holm distingue al fin el carruaje tan esperado, y aunque no se trata precisamente de un rulo apisonador, el terror le hace estremecerse.
Como tampoco puede mover los ojos, lo mismo que el resto del cuerpo, no ve exactamente qué está frente a él.
El quejumbroso vehículo que se presenta de lado, aparece poco a poco. Lo primero es la cabeza de un caballo viejísimo, de blanquecinas crines, ciego o tuerto, que vuelve hacia él su apagada pupila; después la delantera de un flaco rocín con los arneses amarrados por medio de pedazos de cuerdas; después toda la enflaquecida acémila; y, por fin, una derrengada carreta montada sobre mal sujetas ruedas y su pescante destripado. Sobre él está sentado el carretero. Su aspecto es el mismo que David Holm acaba de describir a sus camaradas. En sus manos mueve las dos riendas, que no son más que un rosario de nudos. Se ha bajado el capuchón hasta los ojos; está encorvado, arqueado, presa de una fatiga que no habrá descanso que la mitigue.
Cuando David Holm había perdido el conocimiento como consecuencia de la terrible hemorragia, experimentó la sensación de que su alma le abandonaba, como se apaga una llama, de un soplo. No había sido así, puesto que ahora la apreciaba, agitada, sacudida, aturdida. Todo lo que había precedido a la llegada del vehículo debía de haberle predispuesto a cualquier evento sobrenatural; pero no quería encadenar a él sus pensamientos. Y ahora que tenía ante sus ojos cosas propias de un cuento fantástico permanecía estupefacto.
«Esto me volverá loco —se dijo en medio de su desvarío—. Me veo perdido no sólo de cuerpo, sino de razón».
Al decir esto, entrevé el rostro del carretero y se cree salvado. Se detiene el caballo y el carretero se despereza como despertándose de un sueño. Levanta su capuchón con un gesto de cansancio infinito y pasea su mirada en torno, como buscando algo. David ha contemplado sus ojos y ha reconocido en él a un antiguo amigo.
«¡Es Jorge! —exclama mentalmente—. Está ridículamente ataviado; pero sin duda es él mismo. ¿Dónde demonios habrá estado tanto tiempo? Creo que no lo he visto lo menos en un año. Pero Jorge es un hombre libre que no tiene ni mujer ni hijos. Su aspecto es de venir de muy lejos, quizás del Polo Norte. Está pálido, helado…».
Contempla detenidamente el rostro, en el que cree sorprender una expresión extraña. No obstante, no puede ser otro que su camarada Jorge, su compinche de borracheras. Reconoce su larga nariz, su cabeza puntiaguda. Un hombre cuya cabeza hubiese podido enorgullecer a un sargento, por no decir general, debería estar seguro de ser reconocido de cualquier modo que se vistiese.
«Me habían dicho, sin embargo —continúa David, reanudando su monólogo—, que Jorge había muerto en un hospital de Estocolmo, el año último, la víspera misma de Año Nuevo. Evidentemente esto era un error, pues está aquí ahora en carne y hueso. No hay más que verle erguirse. Es Jorge en persona, con su menudo cuerpecillo que tan mal se apareja con su cabeza de sargento. Y yo he visto perfectamente, cuando ha saltado del pescante y se ha entreabierto su capa, que lleva aún su viejo paletó desgarrado, que le llega a los talones, y abotonado, como siempre, hasta el cuello. ¡Pobre Jorge! Aún lleva su corbata roja, flotando bajo la barba, sin rastro alguno de chaleco ni de camisa. Exactamente como antes».
David Holm se siente reanimado.
«Si alguna vez recobro mis fuerzas —prosigue—, Jorge me pagará esta comedia. Le ha fallado la idea de meterme miedo con su disfraz. No se le ocurre a nadie más que a él la idea de procurarse una carreta semejante y un tal caballo para venir a buscarme así. Nunca hubiera yo discurrido cosa parecida. Este Jorge ha sido siempre mi maestro en todo».
Mientras tanto, el carretero se ha acercado al hombre tendido en tierra. Se detiene y lo contempla. Su faz es severa e impasible. Seguramente no conoce a este que yace ante sus ojos.
«Hay algo que yo no acabo de comprender en esta historia —continúa David Holm—. Primeramente, ¿cómo se ha enterado él de que mis dos compinches y yo habíamos acampado aquí sobre la hierba? Además, hasta parece venir a asustarme. ¿Por qué se ha puesto los atavíos del carretero de la Muerte, él, precisamente, que le tenía tanto miedo?».
El carretero se inclina sobre David, sin dar señales aún de haberlo reconocido.
—No se pondrá muy contento este desventurado —dice— cuando sepa que va a relevarme en mis funciones.
Apoyándose en su guadaña, aproxima aún más su rostro al del hombre caído en tierra y, en el acto, lo reconoce. Entonces se inclina hacia él, rechaza caído en tierra y, en el acto, lo reconoce. Entonces se inclina hacia él, rechaza con un gesto de impaciencia su capuchón y mira al viejo camarada al fondo de los ojos.
—¡Oh! —exclama con terror—. ¡Es David Holm! ¡Y yo había hecho un solo voto: que me fuera evitado este trance…! ¡David! ¡David! ¿Es posible que seas tú? —dice, arrojando al suelo la guadaña y arrodillándose junto al hombre…— Durante todo este año —prosigue con acento de dolor y de ternura he deseado tener ocasión de decirte una palabra, una sola palabra, antes de que fuera demasiado tarde—. Una vez he estado ya a punto de lograrlo; pero tú no te has prestado a ello; y no he podido llegar hasta ti. Había esperado tener más éxito dentro de una hora, cuando hubiera terminado mi servicio y fuera yo libre. ¡Mas hete aquí ya, David! Ya no es tiempo de ponerte sobre aviso…
David Holm escucha con profundo estupor.
«¿Qué significa esto? —se pregunta—, Jorge habla como si estuviese muerto. ¿Cuándo ha estado cerca de mí sin poder hablarme? Acaso, y esto es lo más cierto, está actuando de acuerdo con su disfraz».
—Yo sé, David —insiste el carretero con voz temblorosa de emoción—, que es a mí a quien debes el hallarte como te hallas. Si tú no me hubieses encontrado en tu camino, habrías llevado una vida tranquila y honrada; hubieran gozado de bienestar tanto tú como tu mujer, pues ambos eran, buenos trabajadores. Puedes estar bien seguro, David, de que no ha transcurrido un solo día durante este año interminable en el que no me haya confesado con angustia que fui yo quien te hizo abandonar tu vida de trabajo y adquirir mis malas costumbres. ¡Ay! —suspiró pasando la mano sobre el rostro de su amigo—. Tengo miedo de que te hayas descarriado aún más de lo que yo estaba. Si así no fuera, no vería en torno a tus ojos y a tu boca estos rasgos terribles tan profundamente grabados.
El buen humor de David comienza a trocarse en impaciencia.
«¡Basta de ridiculeces, Jorge! —piensa, sin proferir aún una palabra—. Ve a buscar a alguien que te ayude a colocarme en tu carreta; y enseguida, al hospital».
—Sin duda has comprendido, David, cuál ha sido mi oficio este año —continúa el carretero—. No necesito decirte quién va a empuñar detrás de mí la hoz y las riendas. Pero no he podido evitar encontrarte esta noche, avisándote a tiempo, antes de comenzar a transcurrir estos espantosos doce meses que te esperan. Ten la seguridad de que habría hecho todo cuanto me fuera posible hacer para evitarte lo que yo he debido sufrir, si esto me hubiese sido permitido.
«Puede ser que Jorge se haya vuelto loco —se dijo David Holm—. De otra suerte comprendería que va en ello mi vida y que un retraso es mortal».
Por el momento en que esta idea invade su cerebro, el carretero lo mira con melancolía infinita:
—Es inútil pensar en el hospital, David. Cuando yo me acerco a un enfermo, no es tiempo ya de llamar a otro médico.
«Creo yo que todos los hechiceros y todos los diablos se han echado a la calle esta noche para celebrar su aquelarre —piensa David Holm—. Cuando se presenta, por fin, un hombre que podría prestarme socorro, es este un loco o un malvado que me deja morir».
—Quisiera recordarte algo que te ocurrió el verano pasado, David —continúa el carretero—. Era una tarde de domingo, y tú marchabas a buen paso, en larga caminata, a través de un extenso valle. Por todas partes había campos de trigo y hermosas granjas con jardincillos llenos de flores. Era una de esas tardes bochornosas de las que abundan en pleno estío; y creo que tú pensabas que eras la única persona que se movía en todo el contorno. Las mismas vacas permanecían inmóviles en los prados, sin atreverse a abandonar la sombra de los árboles. No se veía alma viviente. Las gentes se habían retirado a sus casas, sin duda alguna, a fin de evitar el calor. ¿No es todo esto verdad, David?
«Es posible —asintió David para sus adentros—. Yo me paseaba tantas veces, en medio del calor y del frío, que no puedo acordarme de todas mis caminatas».
—En el momento en que el silencio era más profundo, oíste, David, un chirrido a tu espalda, en la carretera. Volviste la cabeza, creyendo que era una carreta; pero no viste nada. Miraste varias veces, y confesaste que era la cosa más extraordinaria que jamás te había ocurrido. Oías ruedas que rechinaban, y lo oías claramente; pero ¿de dónde provenía aquel ruido? Era pleno día y el silencio era tan completo, que nada podía disimular el ruido. Tú no comprendías cómo era posible que escuchases un chirrido de ejes sin ver coche alguno. Pero es que tú no quisiste admitir que hubiese en aquello algo sobrenatural. Si hubieses reparado en ello, habría podido hacerme visible a ti, antes de que fuese demasiado tarde.
David Holm se acordó súbitamente de aquella tarde. Sí, había mirado con detención por encima de los cercados y por las zanjas, y había buscado por todas partes el origen de aquel ruido. De buen o mal grado, y a pesar de su turbación, penetró en una granja para no escucharlo más. Cuando salió de ella, el ruido había cesado.
—Fue la única vez que te vi este año —prosiguió el carretero—, y esta noche he hecho cuanto me ha sido posible para advertirte mi presencia; pero sólo he podido hacerte oír el ruido de mi carricoche. Al lado mío, andabas como un ciego.
«Verdad es lo que cuenta; por lo menos, es verdad que he oído el chirrido —pensó David Holm—, pero ¿qué puede probar esto? ¿Cómo pretende hacerme creer que estaba detrás de mí en la carretera…? Acaso yo mismo he contado esta historia a alguien, que, a su vez, la ha referido a Jorge».
El carretero, en este momento, se inclina hacia él y le dice con ese acento especial que se emplea cuando se quiere hacer entrar en razón a un niño enfermo:
—No te servirá de nada defenderte. No es tampoco posible exigir de ti que comprendas lo que te ha ocurrido esta noche; pero bien sabes que yo, que te hablo, no soy un ser viviente. Tú has sabido mi muerte y no quieres creer en ella. Y aunque tú no la hubieras conocido, me has visto llegar en este coche, en el que no viaja ningún vivo —e indica con el dedo el miserable vehículo detenido en medio de la calle—. ¡No mires solamente el carro, David; mira también los árboles que están detrás de él!
David Holm obedeció, y por primera vez se vio obligado a reconocer que se hallaba en presencia de algo inexplicable. A través del carro, como a través de un velo, se divisaban los árboles.
—Me has oído, David, muchas veces en otros tiempos —dijo el carretero—. No es posible que no observes que hoy te hablo con voz muy distinta a la de entonces.
David se ve obligado a reconocer que Jorge tiene razón. Su voz era hermosa, y aunque lo sea también la del carretero, tiene un timbre completamente distinto. Es, a la vez, tenue y clara y, por lo tanto, fácil de comprender.
El carretero extiende la mano, y David ve que una rama, por encima de su cabeza, atraviesa esta mano y cae a estrellarse en el suelo.
En la enarenada avenida hay una rama. El carretero pasa su guadaña por debajo de ella y la siega sin que la rama se mueva.
—No se trata de embromarte, David —dice el carretero—. Tú eres quien debe tratar de comprender. Tú me ves y me reconoces; pero el cuerpo que tú contemplas ahora, sólo es visible a los agonizantes y a los muertos. No creas, por lo tanto, que este cuerpo no existe. Como el tuyo y como el de los demás mortales, sirve de morada a un alma; pero carece ya de peso y, de solidez. Viene a ser como la imagen que mil veces has visto en un espejo, y que se hubiese salido de la luna; que pudiese hablar, ver, moverse.
El pensamiento de David Holm no se rebela contra la evidencia. Mira la realidad cara a cara, y no trata ya de resistirse. Es con el fantasma de un muerto con quien habla, y él mismo es un cadáver. Pero, a medida que lo reconoce, una violenta cólera se va apoderando de él.
«No quiero ser un muerto —se dice—; no quiero ser sólo una imagen; nada. Quiero poseer aún puños para defenderme y boca para hablar».
Crecía la rabia en él y se reconcentraba como una tempestad obscura y negra que espera sólo una ocasión para descargarse.
—Un ruego tengo que hacerte —prosigue el carretero—. Antes éramos buenos amigos. Tú sabes que llega un momento para todos en que, gastado ya el cuerpo, el alma que lo habita está obligada a abandonarlo. El alma duda y tiembla de angustia antes de penetrar en un mundo para ella desconocido. Semejante a un niño que de pie en una playa no se atreve a confiarse a las olas. Para que ella se decida a franquear el último paso, es preciso que oiga la llamada de alguien que more ya en el más allá. Yo he sido para ti esta voz, David, durante todo este año; y ahora te toca serlo a ti durante el que viene. Lo que quisiera pedirte es que no te opongas a lo que te espera, sino que te sometas a ello de buen grado. De otro modo no lograrás otra cosa que atraer grandes sufrimientos sobre ambos.
El carretero inclina la cabeza para mirar los ojos de David Holm, pero se yergue enseguida, alarmado por su mirada de desafío y de cólera.
—De veras te digo, David —continuó con insistente acento—, que no es esta una cosa a la cual puedas sustraerte. Yo no conozco aún, con exactitud, la vida de esta parte de la tumba, pues continúo aún en la frontera; pero yo sé que no hay en ella perdón. Es preciso ejecutar, aquello a lo que se ha sido condenado a ejecutar. De grado o por fuerza.
Otra vez busca los ojos de David y de nuevo halla en ellos solamente las sombras de la cólera.
—Convengo, amigo —añade—, que no hay cargo más espantoso que el de conducir este carro casa por casa. Doquier se presenta el carretero, lágrimas y gemidos le esperan; por todas partes halla males y destrucción, sangre, heridas, horrores. Y algo peor aún que esto es ver cómo el alma se debate arrepentida y angustiada ante la visión de lo que va a venir. El carretero se detiene en las fronteras del más allá. Entre los hombres no se ve otra cosa que injusticias y decepciones; un reparto desigual de trabajo inútil y de desorden. Sus miradas no penetran en el más allá lo suficiente para descubrir el sentido de la vida terrestre. A veces entrevé algo; pero lo más frecuente es que luche en las tinieblas y en la duda.
»Y ten presente, David, que el año durante el cual el carretero está condenado a guiar el carro de la Muerte, no se mide en horas y en minutos terrestres para darle tiempo para recorrer todos los lugares que necesita visitar; este año singular se forma con centenares y miles de años. Y lo más terrible, lo más terrible aún de todo, es que el carretero encuentra también durante toda su carrera las consecuencias del mal que ha realizado en toda su vida. ¿Y cómo podrá evitarlo?
La voz del carretero se convirtió casi en un grito, sus manos se enlazaron desesperadamente. Pero de pronto sintió como una corriente de desafío, de frío menosprecio y de burla que provenía de su antiguo camarada, que le obligó a envolverse en su capa, tiritando.
—¡David! —imploró—, en tu propio interés y en el mío te suplico que no opongas resistencia. He venido a enseñarte mi oficio antes de dejarlo. En tus manos está poder retrasarme semanas, meses, sí, hasta la próxima noche de San Silvestre, pues yo no recuperaré mi libertad hasta que tú puedas substituirme, aprendiendo tu oficio, de buen grado.
Mientras hablaba se arrodilló el carretero al lado de David Holm, y la inmensa ternura piadosa de que sus palabras estaban impregnadas redobló su energía. Permaneció aún un momento en la misma postura, espiando el efecto de ellas. Pero en el antiguo compinche sólo se manifestó una feroz resolución de resistir hasta el límite extremo de sus fuerzas.
«Bueno —se dijo—, estoy muerto. Sea así. Contra esto ya no hay nada que hacer; pero jamás se me hará aceptar obligación alguna relacionada con el carro y con el caballo de la Muerte. Ya pueden buscarme otro castigo».
En el momento mismo de levantarse, el carretero gritó enfurecido:
—Acuérdate, David, de que hasta aquí ha sido tu viejo camarada Jorge quien te ha hablado; tu viejo amigo. Ahora tendrás que entenderte con otro. Ya sabes a quién se alude al hablar de aquel que no tiene piedad.
Un instante después se le vio, ya de pie, con la guadaña en la mano y levantado el capuchón.
—¡Prisionero! —gritó con voz sonora—. ¡Sal de tu prisión!
De inmediato David Holm se levantó. No se sabe cómo fue aquello. Repentinamente se irguió. Vaciló. Todo rodaba en torno suyo, pero en un instante, recobró el equilibrio.
—¡Mira detrás de ti, David Holm! —ordenó la misma voz enérgica.
David obedeció. Tendido en tierra yace un hombre vigoroso, de alta estatura, vestido de sucios andrajos. Está salpicado de sangre y de barro, y rodeado de botellas vacías. Tiene el rostro rojo e hinchado, del que apenas se adivinan los rasgos primitivos. Un rayo de luz de los faroles refleja en él un destello de ira y de maldad en la estrecha abertura de los párpados.
Ante este cuerpo yacente, David, hombre como él de alta estatura, se mantiene en pie. Los mismos harapos sucios y repugnantes que viste el cadáver lo envuelven. Es su doble, seguramente. No su doble; porque él no es nada. No es más que una imagen del otro, en un espejo; imagen que se ha salido del cristal, que se mueve y que vive.
Se vuelve bruscamente. Allí está Jorge, y ya ve que Jorge mismo no es otra cosa que la imagen del cuerpo que había poseído antes.
—Ahora que perdiste el dominio de tu cuerpo al dar las doce de la noche la víspera de Año Nuevo exclamó Jorge, tú me relevarás de mis funciones. Durante el año que comienza, tú libertarás las almas de su terrenal envoltura.
Ante estas palabras David Holm se rehízo. Loco de cólera se lanzó sobre el carretero, tratando de asirle la guadaña para quebrarla, su capa para desgarrársela.
Entonces se siente apresado por las manos, mientras sus piernas le flaquean. Algo invisible se arrolla en torno a sus muñecas, ligándolas tan sólidamente como sus pies.
Después se siente suspendido, arrojado rudamente, como un cuerpo muerto, al fondo del carro y, sin embargo, continúa donde estaba tendido.
En el instante mismo el carricoche comienza a bambolearse.

IV

ES una habitación estrecha y larga, bastante espaciosa, de una casita situada en un arrabal, que no contiene más que esta pieza y otra, no tan grande, destinada a dormitorio. Está alumbrada por una lámpara colgante, y acariciada por esta luz parece alegre y hospitalaria. Sus inquilinos se han esmerado amueblándola de modo que parezca un verdadero hogar. La puerta de entrada se halla en una de las fachadas de la casa, y al lado mismo hay un hornillo: es la cocina, en la que se han reunido todos los utensilios necesarios. El centro de la sala está convertido en comedor, con una mesa redonda, dos o tres sillas de encina, un gran reloj y un aparadorcito para la vajilla. Encima de la mesa oscila la lámpara, suficiente para alumbrar el salón; es decir, el fondo de la pieza, su sofá de caoba, su velador, su alfombrilla floreada, una palmera en un lindo jarrón de cerámica y numerosas fotografías. Esta distribución ha debido de divertir mucho a sus moradores. Pero las gentes que en la sala penetraban la noche de San Silvestre, un instante después de haber comenzado el año, no abrigaban ideas risueñas ni frívolas. Eran dos hombres desarrapados y míseros; se les hubiera tomado por dos vagabundos, si uno de ellos no llevase sobre sus andrajos una amplia capa negra de capucha y no mostrase una guadaña en la mano. Cosas raras, ambas, para un trotamundos, y más rara aún la forma de penetrar en la casa, sin hacer girar el pomo de la cerradura ni haber abierto la puerta. El segundo no está provisto de emblemas espantosos, pero entra, también, a pesar suyo, arrastrado por su compañero, y aun parece más siniestro que él. Aunque tenga los pies y las manos ligadas, bien porque sea arrojado en tierra como un montón de harapos, del modo más desdeñoso imaginable, infunde pavor por el furor salvaje que flamea en sus ojos y contrae su faz.
Los dos hombres no han hallado vacía la sala a su entrada. Junto a la mesa están sentados un joven de rasgos delicados y de mirada infantil y dulce, y una mujer, un poco mayor, menudita y frágil. Tal hombre ostenta, cruzando su pecho, una banda roja con la divisa «Ejército de Salvación».
La mujer viste de negro, sin insignia alguna, pero junto a ella, sobre la mesa, yace un sombrero del tipo adoptado por las salutistas.
Ambos están profundamente tristes. La mujer llora en silencio y enjuga frecuentemente sus ojos con un arrugado pañuelo. Muestra un semblante adusto, como si las lágrimas le impidieran cumplir un deber. Los ojos del hombre están también enrojecidos por la emoción, pero no da rienda suelta a su pena, teniendo en cuenta que no está solo.
De vez en vez cambian entre sí algunas palabras, de las que se deduce que ambos tienen puesta su atención en la pieza inmediata, en la que han dejado una agonizante acompañada por su madre. Pero por absortos que se hallen en su conversación, es raro que no presten atención, ni uno ni otro, a los dos vagabundos que acaban de entrar.
Verdad es que estos permanecen mudos; uno de ellos de pie, apoyado en el quicio de la puerta; el otro, tendido en tierra, a sus pies.
—Pero ¿cómo se explica que los otros no hayan tenido miedo de estos huéspedes, viéndolos entrar, en plena noche, a través de las puertas cerradas?
Esta misma pregunta se hace el hombre tendido en tierra, tanto más sorprendido cuanto que él los ve dirigir sus miradas hacia donde él yace.
Jamás ha puesto él sus pies en esta habitación, pero reconoce a las dos personas que están junto a la mesa; comprende dónde está. Si algo pudiese aún excitar su furor, sería esto de verse transportado contra su voluntad a un lugar al que se había negado acudir el día antes.
El salutista retiró de pronto su silla:
—Es medianoche ya —dijo—. La mujer de David Holm creía que él regresaría hacia esta hora. Voy a intentar una postrera tentativa.
Se levantó lentamente, como por fuerza, y tomó su sobretodo, doblado en el respaldo de la silla.
—Ya se ve bien, Gustavsson, que usted no comprende la utilidad de traerlo aquí —dijo la mujer, luchando por contener las lágrimas que la ahogaban—, pero tenga en cuenta que es este el último favor que hace a sor Edit.
El salutista se detuvo en el momento de ponerse su abrigo.
—Sor María —dijo—; aunque fuese como usted dice, el último favor que pueda yo prestarle, deseo que David no haya llegado, o que se niegue a seguirme. Varias veces lo he buscado hoy, como usted y la capitana me lo han ordenado, pero me he alegrado siempre de que ni yo ni nadie haya logrado traerlo aquí.
El hombre echado en tierra se estremeció al oír pronunciar su nombre y un rictus de maldad torció su boca.
—Aquí, por lo menos, hay una pizca de sentido común —murmuró.
La mujer miró al soldado del Ejército de Salvación, y dijo con cierta aspereza y con voz que no empañaban ya los sollozos:
—Es conveniente que esta vez exponga su deseo a David Holm de modo tal, que le haga comprender que es preciso que venga.
Con gesto de hombre que obedece sin convicción, el salutista se aproxima a la puerta, llega a ella y vuelve bruscamente:
—¿Es necesario —pregunta— traerlo aunque esté borracho como un tonel?
—Tráigalo muerto o vivo, Gustavsson. En último caso se le dejará dormir aquí su borrachera. Lo importante es hallarlo.
El salutista tiene ya la mano sobre la cerradura, cuando, repentinamente, da media vuelta y se acerca a la mesa:
—Yo no puedo tolerar que David Holm venga aquí —exclama, y su rostro palidece de emoción—. Usted sabe, tan bien como yo, sor María, qué clase de hombre es este. ¿Cree que esté ahí su puesto, sor María? —e indicó la otra habitación.
—Sí, creo que… —murmura la hermanita, pero el salutista no le deja terminar la frase.
—¿No sabe, sor María, que no hará otra cosa que burlarse de nosotros? Ese fanfarrón dirá luego que una de las salutistas lo amaba tanto, que no ha podido morir sin verlo.
Sor María levanta la cabeza y mueve los labios como para contestarle vivamente; pero los cierra de nuevo y reflexiona.
—Yo no puedo soportar que él hable de ella; sobre todo, cuando está muerta —prosiguió con vehemencia el joven.
Después de un momento de silencio, la respuesta de sor María se hace oír severa, y enérgica:
—¿Estás bien seguro, Gustavsson, de que David Holm no tenga derecho para hablar así?
El hombre amarrado junto a la puerta se estremece con un rápido movimiento de alegría. Él mismo se sorprende con lo oído, y lanza una furtiva mirada sobre Jorge para ver si ha notado algo. El carretero permanece inmóvil e impasible.
El salutista se halla tan aturdido por la respuesta de sor María, que, vacilando, se apoya en una silla. Las cuatro paredes de la habitación giran ante sus ojos.
—¿Por qué me dice una cosa semejante, sor María? —dice balbuciente—. Supongo que no pretenderá que yo crea.
Sor María está presa de una agitación extrema. Cierra su puño estrujando su pañuelo, mientras las palabras se agolpan en sus labios. Habla, como deseosa de decirlo todo, antes de que la reflexión venga a impedirlo.
—¿A quién amaría ella con mayor fuerza? Nosotros, Gustavsson, y todos los que la conocen nos hemos dejado convertir y ganar por ella. Ninguno de nosotros le ha opuesto resistencia extremada. No la hemos puesto en ridículo ni nos hemos mofado de ella. Sor Edit no tiene remordimientos por nuestra causa. Ni usted ni yo, Gustavsson, somos causantes de que se vea en el estado en que se ve.
El salutista pareció tranquilizarse con este discurso.
—No había comprendido yo que hablaba del amor a los pecadores, sor María.
—Es que no hablo de él, Gustavsson.
Ante estas palabras tan claras, la misma sensación de alegría invade a David Holm. Y, por otra parte, se apresura y se esfuerza por reprimirla, vagamente consciente de que su firme resolución de resistirse al carretero de la Muerte corre peligro de zozobrar.
Sor María ha callado un momento, mordiéndose los labios para dominar su emoción. De pronto, parece haber adoptado una resolución definitiva.
—Puedo contarle cuanto sé, Gustavsson —dice—. Nada importa ya, ahora que va a morir. Siéntese un momento y le explicaré lo que pienso.
El joven se despoja de su abrigo nuevamente y torna a ocupar su sitio junto a la mesa. Sin pronunciar una palabra, absorto, fija en sor María sus hermosos y sinceros ojos.
—Comenzaré —dice la hermanita— por referirle nuestra última noche de San Silvestre: la de Edit y mía. En el otoño anterior había decidido el cuartel general establecer aquí, en nuestra ciudad, un puesto. Edit y yo habíamos trabajado intensamente para instalar el asilo, auxiliadas, además, por otros miembros. La víspera de Año Nuevo estábamos ya bastante adelantadas para poder mudarnos a él. La cocina y los dormitorios estaban listos y habíamos esperado que al día siguiente, el día del Año Nuevo, podríamos inaugurarlo; pero no era posible, pues no estaban terminados aún ni el lavadero ni la estufa de desinfección.
Sor María al principio tuvo que esforzarse para contener sus lágrimas; pero, a medida que la relación avanzaba, fue serenándose su voz.
—Usted, Gustavsson, no formaba aún parte del Ejército de Salvación por aquel entonces; de otro modo, habría tomado parte en aquella alegre noche de San Silvestre. Varios camaradas vinieron a vernos, y les ofrecimos un té, por vez primera, en nuestro nuevo hogar. ¡Si supiese, Gustavsson, cuán feliz se sentía sor Edit por haber logrado instalar este puesto en la ciudad en que ella había nacido y a cuyos pobres conocía uno por uno…! No cesaba de revisar nuestros colchones y nuestras mantas, nuestras colchas nuevas y flamantes, nuestras paredes pulidas y la batería de cocina, de cobre, que estaba ya colgada y brillante. No podíamos por menos de reírnos viéndola. Estaba entusiasmada como una criatura. Y bien sabe, Gustavsson, que cuando sor Edit es dichosa, lo son también todos cuantos la rodean.
—¡Aleluya! —responde el salutista—. Ya lo sé.
—Su alegría duró mientras los camaradas estaban allá —continúa sor María—; pero en cuanto se fueron, la asaltaron una opresión y una fuerte congoja, y me suplicó que rogase con ella, para que el mal, que por todas partes se agita, no fuese más fuerte que nosotros. Nos arrodillamos, y pedimos por nuestro asilo y por nosotras mismas, y por todos aquellos a quienes íbamos a socorrer. Estando de rodillas aún, comienza a tocar la campanilla de la puerta. Los camaradas acababan de marcharse; y pensamos que, acaso, cualquiera de ellos habría olvidado alguna cosa. Las dos bajamos a abrir. No encontramos en la puerta a ningún camarada, sino a un hombre; uno de esos hombres para quienes había sido creado el asilo de noche. Le juro, Gustavsson, que el hombre que se nos apareció en el umbral de la puerta, alto, andrajoso y borracho hasta el punto de vacilar, me pareció tan espantoso, que hubiese querido rehusarle la entrada, toda vez que el asilo no se había inaugurado aún. Pero sor Edit se alegró de que Dios le hubiese enviado un huésped. Estaba convencida de que Dios quería demostrarnos de este modo que aceptaba nuestro trabajo, e hizo entrar al hombre.
Le ofreció cena, pero él respondió con un juramento: no quería más que dormir. Se le condujo a un dormitorio; se arrojó sobre su camastro después de haberse desembarazado de su capote y se durmió inmediatamente.
—¡Anda, anda! ¡Tenía miedo de mí! —dijo David Holm; esperaba que el ser impasible que se alzaba a su espalda, comprendiera que él era siempre el mismo David Holm de antes—. Lástima es que no pueda verme en el estado en que me hallo ahora. Se desvanecería de terror.
—Sor Edit había pensado siempre hacer un pequeño obsequio al primer huésped que viniese a nuestro asilo —continuó la salutista—, y noté que se sintió decepcionada cuando vio que el hombre se durmió tan bruscamente.
»Pero se consoló pronto al ver su capote tirado por tierra. Puede creer, Gustavsson, que no he visto jamás nada tan desgarrado, tan desagradable, tan nauseabundo. Hedía a alcohol y a suciedad. Repugnaba tocarlo. Al ver a sor Edit recogerlo y examinarlo, sentí miedo y le rogué que lo dejase, pues no teníamos aún ni desmanchador ni estufa de desinfección. Pero ya comprende, Gustavsson, que aquel hombre era para sor Edit el huésped enviado por Dios; y era para ella un trabajo tan dulce poner en buen estado aquel capote, que no pude disuadirla de ello. De ningún modo me permitió que la ayudase. Como yo misma le había dicho que aquello podría ser peligroso, no me consintió ni tocarlo siquiera. Y se puso a coser, a trabajar en aquel capote, durante toda la noche de San Silvestre.
El salutista, sentado al otro lado de la mesa, alzó los brazos en éxtasis y exclamó juntando las manos:
—¡Aleluya! ¡Sea Dios alabado y bendecido por habernos dado a sor Edit!
—¡Amén! ¡Amén! —dijo sor María, y su rostro se iluminó—. ¡Gracias le sean dadas a Dios, en efecto, y alabado sea, por habernos dado a sor Edit! Esto es lo que debemos repetir, tanto en la adversidad como en la ventura, en la pena como en la alegría: ¡Dios sea loado por habernos dado en sor Edit alguien capaz de resistir toda una noche inclinada sobre aquellos andrajos asqueantes, tan feliz como si tuviese entre las manos un manto regio!
El hombre que fue en vida David Holm experimentó una sensación extraña de paz y de reposo, figurándose ver a la joven, sola, de noche, trabajando para remendar el capote del miserable vagabundo. Después de todas sus emociones y de su cólera, esta idea obró en él como un bálsamo. Si no fuese porque Jorge estaba en pie allí, sombrío, inmóvil, espiando todos sus movimientos, le hubiera gustado detener su pensamiento en la contemplación de esta imagen.
—Dios sea aún alabado —continuó sor María— por no haber sentido jamás sor Edit haber velado aquella noche para recoser botones y remendar agujeros hasta las cuatro de la mañana, sin cuidarse del hedor y del contagio que estaba respirando. Sí; Dios sea alabado por no haber sentido nunca pesar sor Edit, por haber permanecido en aquella enorme habitación, mal calefaccionada, en la que el áspero frío de la noche invernal penetraba y la invadía.
—¡Amén! ¡Amén! —contestó el joven a su vez.
—Cuando sor Edit terminó, estaba transida. Yo la veía volverse y revolverse en la cama sin poder reaccionar. Apenas había conciliado el sueño, era ya hora de levantarse; pero logré persuadirla de que continuase acostada y me dejase ocuparme de nuestro huésped, si se hubiese despertado ya.
—Siempre ha sido usted una buena amiga —dijo el salutista.
—Ya sabía yo que esto era un sacrificio para ella —prosiguió sor María, sonriendo—; lo hizo por mí; pero no pudo permanecer tranquila mucho tiempo, pues el hombre, al tomar su café, me preguntó si había sido yo quien le había recosido su abrigo. Ante mi respuesta negativa, me rogó que fuese a buscar a la hermana que había trabajado para él. Estaba tranquilo; su embriaguez se había disipado y hablaba en términos más escogidos de los que por lo general emplean gentes de su especie. Como yo sabía que le produciría un placer a sor emplean gentes de su especie. Como yo sabía que le produciría un placer a sor Edit recibir el agradecimiento del hombre y hablar con él, fui a buscarla. Cuando se presentó, no tenía por cierto el aspecto de una persona que ha velado toda la noche. Florecían dos rosas en sus mejillas y estaba tan hermosa en su alegre espera, que el hombre, al verla, pareció quedarse, al instante, pasmado de estupor. Él la esperaba cerca de la puerta, siniestro el rostro; pero su expresión se dulcificó. No me sorprendió esto. ¿Quién habría podido desearle algún mal?
—¡Aleluya! ¡Aleluya! —asintió el salutista.
—Pero su frente se ensombreció de nuevo; y cuando ella se aproximó a él, abrió su capote con un movimiento brusco que hizo saltar los botones recosidos. Después hundió violentamente sus manos en los bolsillos remendados que se desgarraron; y, por fin, se puso a arrancar la vuelta, que pronto pendió en jirones, peor aún que antes.
»—Vea, señorita —dijo—: Yo tengo costumbre de vestirme de este modo. Me parece que es más cómodo y más práctico. Siento mucho que se haya molestado tanto y tan inútilmente; pero no lo puedo evitar.
David Holm ve un rostro centelleante que poco a poco se apaga, y durante un momento reconoce que aquella granujada había sido cruel e ingrata; pero la presencia de Jorge refrena este buen impulso.
«Bueno es —se dice— que sepa Jorge qué clase de hombre soy yo, si ya no lo sabe. David Holm no se entrega al primer golpe. Es duro y malo, y goza haciendo rabiar a las gentes sensibles».
—Hasta entonces no había yo mirado al hombre —prosigue sor María—. Pero como se divertía destruyendo cuanto sor Edit había trabajado con tan tierna solicitud, fijé mi vista en él. Vi que era un hombre alto, bien formado, que hacía admirar en él la obra del Creador. Mostraba también bellos modales y hablaba con facilidad. Su rostro, entonces rojizo y sucio, debía haber sido hermoso.
»A pesar de su risa perversa y de la maligna mirada que nos dirigían sus ojos castaños a través de sus párpados enrojecidos, yo creo que sor Edit pensaba habérselas con alguien que, nacido para la grandeza, estaba a punto de perderse. Vi bien que al principio retrocedió como si la hubiesen abofeteado; pero una lucecita se encendió en el fondo de sus ojos, y dio un paso hacia el hombre. Le dirigió solamente unas palabras. Antes de que se fuese, quería, deseaba rogarle que volviese a aquella misma casa la siguiente noche de San Silvestre.
»Y como él la mirase sorprendido, añadió:
»—He suplicado a Dios esta noche que conceda un buen año al primer huésped de nuestro asilo; y quisiera volver a verlo para saber si he sido escuchada.
»Comprendiendo, por fin, lo que se le decía, el hombre profirió un juramento:
»—Se lo prometo —dijo—. Volveré a demostrarles que Dios no se para a escuchar las gazmoñerías de ustedes.
David Holm, que repentinamente se acuerda de esta olvidada promesa, aunque cumplida, a pesar suyo, siente en la mano como un rozamiento con alguien más fuerte que él.
«La resistencia frente a frente con el carretero, ¿será una palabra vana?», se pregunta, pero de inmediato reprime esta idea. Él no quiere someterse y no se someterá. Luchará hasta el Día del Juicio si es menester.
El salutista, durante el relato de sor María, va agitándose más y más. No puede ya permanecer tranquilo y, levantándose, exclama:
—No me ha dicho el nombre de aquel hombre, sor María; pero comprendo que era David Holm.
La hermanita asintió inclinando la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —murmuró extendiendo las manos como para repeler algo—. ¿Cómo puede querer que lo traiga aquí? ¿Ha podido observar en él la menor mejoría? ¿Desea, pues, que vea sor Edit que ha rogado a Dios en vano? ¿A qué ocasionarle una pena tan grande?
La salutista le mira con una impaciencia rayana en la cólera.
—Aún no he terminado —dice.
Pero el joven la interrumpe:
—Es preciso precavernos contra las redes que el deseo de venganza, aun inadvertido, puede tender en torno a nosotros. En mí está el hombre natural cargado de pecados que quisiera traer esta noche aquí a David Holm, para confundirlo mostrándole la que muere por su culpa.
»Yo creo, sor María, que trata de impresionar a David Holm. Le dirá que fueron sus remendadas ropas, rasgadas por él en su ingratitud, las que contagiaron su enfermedad a sor Edit. Varias veces le he oído repetir que la pobrecita no volvió a disfrutar de buena salud ni un solo día desde el San Silvestre pasado. Pero hay que tener cuidado, sor María. Nosotros, que al lado de sor Edit hemos triunfado y que la tenemos aún ante nuestros ojos, debemos negarnos a obedecer la dureza de nuestros corazones.
Sor María se inclina hacia adelante y habla sin levantar la cabeza, como si se dirigiese a los dibujos de la mesa.
—¿La venganza? —dice—. ¿Es venganza hacer comprender a alguien que ha poseído el más rico tesoro y que lo ha perdido? Si yo introduzco en el fuego el hierro oxidado para volverlo brillante y pulido de nuevo, ¿es esto venganza?
—¡Lo dudo, sor María! —exclama el joven—. Ha esperado convertir a David Holm, echando sobre sus hombros el fardo de los remordimientos. Pero ¿está bien segura, sor María, de que, a pesar de todo, no sea esto nuestro propio deseo de venganza, alimentado por nosotros? En esto hay una red sutil, sor María. Se engaña uno fácilmente.
La hermanita, pálida, mira al salutista con ojos en los que brillan el entusiasmo y la abnegación.
«Esta noche —dice claramente su mirada— no busco mi interés personal».
—Existen, en efecto —contesta, marcando mucho las palabras—, redes de todas clases.
El joven enrojece intensamente. Trata de responder; pero no puede articular una sola sílaba. De repente se arroja sobre la mesa, ocultando el rostro entre las manos, y estalla en sollozos.
Sor María le deja llorar, sin decir nada, pero sus labios murmuran una oración:
—¡Señor Dios, nuestro dulce Jesús: ayudadme a pasar esta noche terrible! ¡Dadme la fuerza necesaria para sostener y consolar a todos mis amigos! ¡A mí, que soy la más débil y la menos experta!
El cautivo, junto a la puerta, no piensa ya en la acusación de haber contagiado a la pobrecita sor Edit; pero cuando el salutista se echa a llorar, tiembla violentamente. Ha hecho un descubrimiento que le impresiona, y apenas puede ocultar su emoción al carretero. Le agrada que aquella a quien este guapo mozo ha amado, le haya preferido a él: a David Holm.
Cuando los sollozos del joven comienzan, por fin, a apaciguarse, sor María le dice con voz tierna y compasiva:
—Ya comprendo que está usted pensando en lo que acabo de decirle de sor Edit y de David Holm.
Un «sí» ahogado se escapa del hundido pecho del salutista y un estremecimiento de dolor recorre toda su persona.
—Esta idea le produce un gran sufrimiento, ya lo comprendo —dice la hermanita—. Conozco a otro a quien ama también sor Edit de todo corazón; y cuando se percató de ello, no pudo creerlo en un comienzo. Creía yo que si ella amase a alguien sería este un hombre que la superaría. Nosotros podemos dar nuestra vida por los pobres y por los desventurados; pero nuestro amor lo reservamos para otros. Cuando yo le digo ahora que sor Edit no es como nosotros, usted ve en ella algo que la empequeñece, y esto le produce dolor.
El joven no se mueve. Continúa aún con el rostro inclinado sobre la mesa. El invisible cautivo que está cerca de la puerta ha intentado un movimiento como para aproximarse, con objeto de escuchar mejor; pero el carretero le ordena ásperamente que permanezca quieto.
—¡Aleluya! —exclama la joven salutista con exaltación—. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarla? Cuando un corazón está henchido de orgullo, bien sabe, Gustavsson, que entrega su amor a los grandes y a los poderosos de este mundo; pero cuando no encierra más que humildad y caridad, ¿a quién dará su ardiente amor sino a aquel que es más digno de lástima, al más decaído, al más endurecido, al más extraviado?
El joven levanta la cabeza y mira a la hermana con cierta insistencia.
—Hay otra cosa aún, sor María —dice lentamente.
—Sí, Gustavsson, ya comprendo lo que quiere decir; pero es menester recordar que al principio sor Edit ignoraba que David Holm estuviese casado. Por otra parte —añadió después de algunos instantes de vacilación—, yo creo, a lo menos me resisto a figurarme las cosas de otro modo, yo creo, que todo su amor tendía a convertirlo. El día en que ella le hubiese oído confesar sus pecados públicamente se habría sentido feliz.
El joven ha tomado la mano de la hermana y sus ojos absorben sus palabras. Un suspiro de alivio se escapa de su pecho.
—Es que no era verdadero amor —replica.
Sor María levanta ligeramente los hombros y suspira:
—Respecto a eso, yo no he recibido jamás confidencias de sor Edit. Acaso esté yo equivocada.
—Si sor Edit no le ha dicho nada respecto a este particular, yo creo, en efecto, que está en un error —dice el joven gravemente.
El ser espectral que está junto a la puerta, se ensombrece. No es de su agrado el rumbo que toma la conversación.
—No digo yo que sor Edit haya sentido otra cosa que piedad por David Holm, la primera vez que lo vio —responde la salutista—. Y, ciertamente, no tuvo luego más razones para amarlo, pues lo encontraba con frecuencia en su camino y él siempre le mostraba inquina. Varias mujeres de obreros venían a quejarse a nosotras de que sus maridos abandonaban el trabajo arrastrados por David Holm. Las violencias y los vicios aumentaban. Por doquiera que fuésemos, en nuestro trato con los menesterosos, nos dábamos cuenta de ello; y por todas partes podíamos apreciar la influencia y las malas artes de David Holm. Y dado el carácter de sor Edit, ya comprenderá que eso no hacía más que acrecentar su celo ardiente de ganarlo para Dios. Era una especie de alimaña que ella perseguía con buenas armas, confiando en la victoria final, porque ella se sentía la más fuerte de las dos.
—¡Aleluya! —exclama el joven salutista—. ¡Sí; es fuerte! ¿Se acuerda, sor María, de una tarde en que vinieron, ella y usted, a un bodegón a distribuir anuncios de su nuevo asilo? Sor Edit divisó a David Holm sentado ante una mesa, con un joven que escuchaba sus historias y que se unía a él para reírse y mofarse de las salutistas. Pero sor Edit, se había fijado en el joven y su corazón se sintió conmovido por la piedad. Lo miró dulcemente, se acercó a él y le suplicó que no se dejase arrastrar a su perdición. El mozo no respondió nada, pero no pudo obligar a su boca a sonreír. Continuó en su sitio y hasta llenó de nuevo su vaso, pero no pudo decidirse a acercarlo a sus labios. David Holm y los demás bebedores se burlaban de él, diciéndole que la salutista le había metido miedo. No era miedo, sor María; era piedad, la tierna piedad de su mirada la que lo había dominado y lo había vencido hasta tal punto, que un momento después abandonó la tabernucha para seguirla. Usted sabe que es verdad esto que le digo, y sabe también quién era aquel joven, sor María.
—¡Amén! ¡Amén! Verdad que sé quién es, y sé también que desde aquel día él ha sido nuestro mejor amigo y ayudante —responde la hermanita con un amistoso movimiento de cabeza—. Yo no niego que sor Edit haya triunfado una vez, por casualidad, sobre David Holm; pero la mayor parte de las veces, fue ella la vencida. Aquella noche de fin de año, sor Edit tomó un gran enfriamiento y luchaba con una tos pertinaz que no ha cesado desde entonces. Se notaba en ella esa especie de desfallecimiento que da la enfermedad, y acaso por eso no luchaba ya con las mismas probabilidades de victoria.
—Sor María —objeta el joven—, no hay nada en cuanto me dice que indique que ella lo amase.
—Tiene razón. Al principio, nada hacía sospecharlo. Ya le diré lo que me hizo creerlo. Conocíamos a una pobre costurera tísica, que adoptaba todas las precauciones imaginables para no contagiar a su hijito. Ella nos contó que un día, en la calle, en ocasión de haberla asaltado un violento acceso de tos, se acercó a ella un vagabundo: «Yo tengo la tisis, también —le dijo—, y el doctor me ruega la mayor prudencia. Me burlo yo de ello. Yo toso en las mismas narices de la gente, y escupo en todas partes; y espero que esto dará resultado. ¿Por qué han de ser ellos más felices que nosotros? Quisiera yo saberlo».
»Se alejó; pero la pobre mujer quedó tan impresionada que estuvo enferma todo el día. Nos describió al tal vagabundo como un hombre de alta estatura, arrogante, a pesar de sus andrajos. No recordaba sus facciones, pero durante varias horas no pudo olvidar sus ojos, que parecían dos surcos amarillentos y malignos, cubiertos por sus párpados hinchados y rojos. Lo que más la había asustado de aquel hombre era que no parecía borracho ni completamente abatido, sino que demostraba abrigar un odio feroz hacia sus semejantes.
»Ni sor Edit ni yo, dudamos mucho en reconocer a David Holm en aquel hombre; pero quedé admirada al ver que sor Edit lo defendía. Trataba de persuadir a aquella pobre mujer de que solamente se había divertido, asustándola.
»—Ya comprenderán ustedes que un hombre que tiene tal aspecto, de fortaleza como el suyo, no puede ser tuberculoso —decía—. Yo lo creo bastante malo como para querer infundirles miedo; pero no iría él a extender el contagio adrede si estuviese enfermo… No es precisamente un monstruo.
»No lo creíamos nosotras así; estábamos persuadidas de que no fingía ser más malo de lo que era. Pero lo defendió con un ardor tal, que ella misma terminó por criticarse.
En este momento el carretero da evidencias por segunda vez de que presta atención a cuanto se dice, pues se inclina sobre su prisionero y mira al fondo de sus ojos:
—Yo creo que la salutista tiene razón, David. Quien se negó a creer tanta cosa mala en ti, ha debido amarte mucho.
—Acaso esto —continúa sor María— no signifique nada, Gustavsson; y lo que he observado dos días después puede que signifique menos aún. Era una tarde: Sor Edit y yo regresábamos al asilo. Ella estaba cansada, descorazonada, por una serie de tribulaciones que habían abrumado a algunos de sus protegidos. En aquel momento, David Holm la asaltó: quería solamente anunciarle, dijo, que en adelante podía quedar tranquila, toda vez que él iba a ausentarse de la ciudad. Yo pensé que, en efecto, sor Edit se mostraría contenta, pero comprendí por su voz que estaba entristecida.
»Muy bruscamente le dijo que habría preferido que no se marchase, para haber tenido ocasión durante algún tiempo aún, de poder luchar con él. David, con su burlón acento de siempre, le respondió que lo sentía mucho, pero que se veía obligado a partir para buscar a través de Suecia una persona a quien le era absolutamente preciso hallar. Y ya ve, Gustavsson, sor Edit preguntó con tan visible inquietud quién era aquella persona, que yo estuve a punto de deslizar en su oído una advertencia. Él contestó que si llegaba a dar con la persona en cuestión, bien pronto oiría hablar de ella. Entonces tendría ocasión de alegrarse con él, pues no tendría ya necesidad de recorrer el país como un andarín o como un vagabundo. Tras estas palabras nos dejó, y ciertamente cumplió lo dicho: durante mucho tiempo no volvimos a verlo. Deseaba yo que jamás volviéramos a oír hablar de él, pues parecía llevar consigo la desgracia por dondequiera que estuviese Pero un día se presentó a sor Edit una mujer y le pidió noticias de David Holm. Declaró que era su esposa, pero que no había podido continuar viviendo con él a causa de su embriaguez y de su mala vida. Ella lo había abandonado y se había puesto a salvo con sus hijos; había venido a vivir a nuestra ciudad por parecerle suficientemente retirada como para que jamás él tuviese la idea de perseguirla aquí. Había buscado trabajo en una fábrica y ganaba lo suficiente como para vivir en forma holgada ella y sus hijos. Era una mujer pulcramente vestida, inspiraba confianza. Muy pronto llegó a ser maestra en la fábrica y logró amueblar un lindo piso. Antes, cuando vivía con su marido, ella y sus niños se morían de hambre. Había oído decir que su esposo había sido visto en la ciudad, que vivía en ella, y que las salutistas lo conocían. Por eso venía a informarse.
»Si entonces hubiese estado presente, Gustavsson; si hubiese visto y oído hablar a sor Edit, no lo habría olvidado jamás. Cuando la mujer declaró su estado, sor Edit palideció cual si llegase a punto de morir; pero se rehízo prontamente y sus ojos adquirieron una celestial expresión. Se vio que había logrado vencerse a sí misma, y que no deseaba nada más en la vida. Y habló a aquella mujer con una dulzura tal, que la emoción llegó hasta el llanto. No le dirigió reproche alguno, pero trató de inspirarle algún remordimiento por haber abandonado a su marido. Creo yo que aquella pobre mujer terminó por juzgarse con dureza.
»Y sor Edit, Gustavsson, supo despertar el antiguo amor; el amor que ella había sentido por su marido al casarse con él. Invitó a la mujer a hablar de los primeros tiempos de su matrimonio y a desear a su marido. No le ocultó el miserable estado en que se encontraba, pero supo comunicarle el mismo anhelo ardiente, que ella misma sentía de elevar a David Holm.
El carretero por tercera vez se inclina hacia su prisionero; pero ahora se yergue de nuevo sin dirigirle la palabra. Tantas son las tinieblas que se han condensado sobre el corpachón tendido en tierra, que el carretero se apoya en el muro y se baja el capuchón hasta los ojos para no verlo.
—Existían, sin duda en el corazón de aquella mujer, gérmenes de remordimiento —agregó sor María—, que se revelaron durante las conversaciones sostenida con sor Edit. En la primera entrevista se convino, sin embargo, no decir al marido dónde estaba su esposa. Fue mucho más tarde, después de otras entrevistas, cuando se cambió de resolución. Sor Edit no se lo aconsejó directamente, mas yo sé que deseaba que la mujer llamase a su marido; pero me veo obligada a confesar que aquella aproximación, que habría de perder a la señora Holm, fue obra suya. Mucho he reflexionado y muy segura estoy de que si sor Edit, no hubiese amado a David Holm, no se habría atrevido a asumir una responsabilidad semejante.
Sor María pronuncia estas últimas palabras con tal resolución, que los dos seres que tan turbados se hallaron cuando se comenzó a tratar del amor de la hermanita, no se mueven. El salutista permanece inmóvil con la mano sobre los ojos, y el hombre tendido junto a la puerta, recobra su primera expresión de odio sombrío con que apareció al ser arrastrado allí a viva fuerza.
—Nadie sabía adónde había ido David Holm —continúa sor María—, pero sor Edit le envió por otros caminantes el mensaje de que podía darle noticias de sus hijos y de su mujer. Y volvió. Sor Edit lo reunió con su esposa, no sin antes haberlo vestido convenientemente y haberle buscado trabajo en casa de un contratista de obras. No le pidió promesa alguna de enmienda, ni le exigió compromiso de ninguna especie. Sabía muy bien, que no se ata con promesas a un hombre como él, pero esperaba replantar en la buena tierra el trigo caído entre zarzas, y creía seguro el triunfo. Y acaso hubiera llevado sor Edit a buen término su obra si hubiese podido seguir ocupándose de ella. Pero la fatalidad ha querido que cayese enferma. Al principio fue una congestión pulmonar; después, curada ya la congestión, en lugar de entrar en convalecencia, comenzó a perder sangre, y fue necesario llevarla al sanatorio.
»No es menester que le diga cómo se ha portado David Holm con su mujer. La sola persona que lo ignora, o, por lo menos, a quien hemos tratado de mantener en la ignorancia respecto a esto, es sor Edit, pues hemos tenido compasión de ella. Hemos confiado en que muera sin oír hablar de ello: pero no sé lo que ocurrió. Me temo que lo sepa todo.
—¿Cómo podrá haberlo averiguado?
—El lazo que la une a David Holm es tan fuerte, que yo creo que ella llega a conocer todo cuanto le concierne por medios sutiles que no son los ordinarios. Porque lo sabe todo es por lo que insiste tanto en verlo. Yo, a lo menos, estoy convencida de ello. Él ha arrastrado a su mujer y a sus hijos a una miseria extrema, y sor Edit comprende que sólo dispone de unos instantes para reparar el mal que les ha causado. ¡Y es tal nuestra pereza, que no somos capaces de traerlo aquí!
—Pero, sor María, ¿a qué traerlo aquí? Ni hablarle podrá siquiera. ¡Está tan débil…!
—Yo le hablaré en su nombre —responde la joven salutista, llena de confianza—. Y él escuchará la palabra que yo le dirija en el lecho de muerte de sor Edit.
—¿Y qué le dirá usted, sor María? ¿Le dirá que ella lo ha amado?
Sor María se levanta, junta las manos sobre el pecho, alza el rostro al cielo y cierra los ojos:
—¡Señor, Dios nuestro! —implora—. ¡Haced que David Holm venga antes de que muera sor Edit! ¡Señor, hacedle ver y sentir su amor y haced que el fuego de este amor funda su alma! ¿No habéis, Señor, inspirado este amor para conquistar su corazón? ¡Señor, dadme valor para no pensar en cuidarme de ella, pero sí para atreverme a sumergir el alma de este hombre en la llama de su amor! ¡Permitid, Señor, que él lo sienta como un aire suave y tibio, como el roce de un ¡Permitid, Señor, que él lo sienta como un aire suave y tibio, como el roce de un ala, como la luz rosada que al amanecer muestra la aurora para desgarrar las tinieblas de la noche! ¡No permitáis, Señor, que crea que deseo vengarme de él! ¡Hacedle comprender que sor Edit no ama en él más que su alma, lo que él trataba de estrangular y de destruir! ¡Señor, Dios mío…!
Sor María se estremece y abre los ojos. El joven se dispone a ponerse su abrigo.
—Voy a buscarlo —dice con temblorosa voz—, y no regresaré sin él.
El ser que yace tendido junto a la puerta se vuelve hacia el carretero y, al fin, le dirige la palabra:
—Jorge, ¿no ha durado bastante esta historia? Al principio tenía algo de emocionante lo que decían estos. Acaso hubieran podido ablandarme así; pero es menester ponerles sobre aviso: ¿por qué han hablado de mi mujer?
El carretero no responde, pero, con un gesto indica la habitación inmediata. La puerta se entreabre y una viejecita se presenta en ella. Se aproxima a los salutistas con vacilantes pasos y dice con voz que tiembla por lo que anuncia:
—No quiere permanecer acostada en la alcoba. Quiere venir aquí. ¡Ahora sí que está todo acabado!

Capítulos tomados del libro El carretero de la muerte (edición digital); obra publicada originalmente en el año 1912; traducción de la Editorial Universitaria Centroamericana; Pp. 9-47

Esta publicación es sin fines de lucro y como promoción a la lectura. No monetizamos ni obtenemos ganancias por su difusión. Recomendamos adquirir el libro en formato digital o impreso.

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