Sube y baja de la beberecua (I) | Guillermo Samperio

A los catorce años

Yo empecé a beber alcohol a la edad de catorce años, quizá influido por mi padre, quien, desde que me acuerdo, siempre tomó y lo hizo fuerte. Pero también puedo suponer que mi composición neuronal ya estaba predispuesta para la bebida.

Esa primera ocasión es inolvidable: había una fiesta en una vecindad de aquellas de los años 40s en la colonia donde nací, la Sal Álvaro, en medio de Tacuba y Clavería (Delegación Azcapotzalco). Me puse de acuerdo con otros adolescentes y en el momento en que los adultos estaban ya en el bailongo y en el chupe en serio, uno de ellos se acercó donde se encontraban las chelas, yo aventé un mecate atando una bolsa de red y ahí un amigo puso varias cervezas. Yo las subí a la velocidad del rayo y, de pronto, tuvimos una buena dotación.

A parte de beber, los cuatro que estábamos en la oscuridad de la azotea teníamos como 14 años, ya fumábamos y nos alcanzaba para comprar cigarros Tigres, Alas o Faros; yo prefería Tigres, pues no eran tan fuertes como los otros dos. Supongo que ya éramos buenos bebedores desde aquella edad, ya que más pronto que lento, volvimos a hacer el truco del mecate y la red y subimos otra dotación de chelas.

Como la pachanga estaba en su apogeo, la música llegaba a la oscuridad de la azotea como si las bocinas estuvieran a nuestro lado. Se oía el Mambo sobre todo, pera también combinaban el son montuno y, a veces, a las orquestas norteamericanas como las de Glenn Miller. Escuchábamos de este último, una y otra vez en la azotea, sus canciones Chatanoga Choo Choo, Monligth serenade y Pensilvania, que los adultos insistían en repetir. Por cierto, de este músico y director de grandes orquestas se corría el rumor de haber muerto en un avión en Europa por ahí de 1944, pero había la versión de haber muerto apuñalado por una prostituta en un antro alemán, información que, hasta hoy en día, el gobierno de EUA lo tiene clasificado como secreto. Nosotros preferíamos la segunda versión, pues de San Álvaro a Tacuba nos distanciaban unas cuantas cuadras y ahí se encontraban un montón de putas baratas, además de pulquerías, cervecerías y bares de mala muerte, mientras que hacia Clavería, nos hallábamos con una colonia clase media, nucleada por una iglesia católica. Luego mi familia, con el supuesto ascenso de mi padre, nos fuimos a vivir a Clavería; de cualquier manera, ahí me introduje en una pandilla, como lo había estado en Sal Álvaro.

Cuando la fiesta fue decayendo, como nosotros, pero de borrachos, nos fuimos cada quien a su casa, pues nuestros padres aún seguían en la fiesta que, tal vez, se la amanecerían. Ya en la cama, el mundo me daba vueltas y, más que atemorizarme, me entraba risa y alguna forma de diversión.

Recuerdo que, ya viviendo en Clavería (mi padre compró un terreno y construyó la casa), me puse una tremenda borrachera con ron Castillo y tuve una cruda de primeras ligas; creo que fue la primera que en verdad me pegó como batazo y, aunque no lo deseaba, un amigo de los grandes, quiero decir de unos 18 o 20 años, hizo que me la curara con cervezas. Al principio sentí horrible, en especial por el sabor de la cerveza, pero luego de haberme tomado la tercera ya estaba yo curado, casi como para agarrar la otra borrachera, pero me fui a dormir a casa casi dos días.

Visto el asunto a la distancia, me doy cuenta de que nos la pasábamos bebiendo por el placer de beber; nos gustaba andar en un carro dando vueltas por todos lados, en especial en la colonia. A veces, cuando no era muy tarde, íbamos a chiflar a alguna muchacha y ella se atrevía a salir un rato, se echaba una chela y regresaba a su casa. Cuando ya crecimos más y los amigos mayores traían su carro, de pronto se llenaba el auto de muchachas, pero las teníamos que devolver temprano. Era la época en que las fiestas empezaban a las cinco de la tarde y terminaban a las once y las señoras de la casa ofrecían agua de jamaica y de limón, aunque nosotros metíamos la pachita para prepararnos agua de limón con ron.

Texto tomado del libro Aguas santas de la creación. Congreso Internacional Bebida y Literatura. Volumen I; Edición de Sara Poot Herrera; Bravo Arriaga, María Dolores, et al…; Ayuntamiento de Mérida; Primera edición, 2010; 337-339 Pp.

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

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