¡Basta ya de llorar por migajas! | Armando Pacheco

Recuerdo bien que mucho tiempo se nos llamó a los artistas urbanos, a los que nos salimos de las universidades o no tuvimos la «lana» de papá o mamá en el bolsillo, como lúmpenes; se nos dijo gente ociosa, bola de borrachos y un largo etcétera que está de más recordar. Se nos criticaba por nuestros excesos alcohólicos y hasta por nuestra forma de vestir. A otros se les acusó de inocentes, ilusos y hasta de soñadores. Hoy, puedo decir que muchos de esos colegas han logrado consolidarse en sus proyectos. Unos son músicos sin tener que pedirle un peso al Estado; muchos son artistas visuales exponiendo, acaso triunfando, en grandes e importantes espacios. Muchos hemos logrado construir nuestro propio camino y, por si eso no bastara, lo hacemos sin quejarnos de recortes presupuestales -amén de todas las administraciones gubernamentales-; sin querer joder al semejante o al grupo opuesto a nuestra corriente artística. En fin, seguimos vigentes, creando, abriendo brecha y apoyando, incluso, a los que nos siguen atrás.

¿Y a qué viene todo esto?

Pues ahora resulta que una élite de intelectuales y artistas empieza a lamentar la intención del Gobierno del Estado de Yucatán de quitarle (reducir) el apoyo económico a tres Asociaciones Civiles o agrupaciones que apoyan el arte. Se trata del Museo de la Canción Yucateca; el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán; y la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

E iré por orden:

El Museo de la Canción Yucateca ha servido, a mi juicio, para el cultivo de unos cuantos, y que de vez en cuando, le da oportunidad a tríos o grupos de música vernácula yucateca si acaso asumen el compromiso con los organizadores; ha servido, desde hace mucho tiempo, para aplaudir a esa élite musical que son privilegiados por el oído cómplice de un sector de amantes de la trova yucateca. Sin embargo, considero que sus acordes sociales no han logrado llegar lejos y aún no se escucha fuerte al verdadero jilguero yucateco, a ese que, en su pueblo, anda en su casa y mecedora acariciando sus acordes y emitiendo su último aliento para el deleite de sus vecinos que, pueblerinos, nunca han pisado ese famoso Museo de la Canción Yucateca que tanta fuerza le diera Jorge Esma Bazán en aquel inicio del siglo XXI y que, posteriormente, se le asignó un espacio propio, pues no olvidemos que su primera sede estuvo en La Casa de la Cultura del Mayab, allá por la calle 63 con 64 y 66 y cuyo principal impulsor fue Luis Pérez Sabido.

El Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán es otro que casi en nada ha contribuido en el desarrollo del arte y la cultura de Yucatán. Ha, por el contrario, segregado a sinnúmero de artistas visuales y plásticos yucatecos y sus métodos curatoriales se limitan a la denominada «alta cultura», eliminando mucho de lo contemporáneo que han hecho artistas urbanos, autodidactas e independientes; en otras palabras, ha servido para fomentar el arte de la reducida élite privilegiada por el Estado.

La Orquesta Sinfónica de Yucatán, por su parte, es la única organización artística que ha cumplido con cabalidad sus objetivos. Ha logrado consolidar el proyecto iniciado hace más de quince años y su labor de fomento por la música culta o académica se ha alimentado de nuevos movimientos musicales de México y el Mundo. Además, es la única que ha impulsado de manera considerable a jóvenes músicos de Yucatán y ha salido de la ciudad de Mérida a otros municipios del estado. Se ha demostrado, pues, que es sumamente importante su continuidad y por ello, el Gobierno debiera sopesar el finiquitar el fideicomiso o no.

Una vez lo anterior, es importante recordarle a los artistas en resistencia de Yucatán, que pedirle apoyo (económico o en especie) al Estado es nuestro derecho; sin embargo, considerar esas migajas como parte de nuestra esencia de vida, es un error. ¡Ya basta de pedir las migajas! Somos capaces, los grandes grupos de artistas lo saben, de crear y hacer arte dentro o fuera de los edificios. ¡También nosotros podemos tomar las calles!

Foto cortesía de Óscar Zárate

Armando Pacheco (Nezahualcóyotl, Edomex, 1980). Radica en Mérida desde 1985. Es escritor, periodista y músico de folclore latinoamericano. Integrante del Centro Yucateco de Escritores. Primer Lugar del Premio Regional de Poesía «Syan Ca’an Bakhalal» 2016. Tercer Lugar, en la categoría B del II Premio Nacional de Poesía Joven «Jorge Lara Rivera» 2010. Primer Lugar del Premio Estatal de Poesía Joven «Jorge Lara Rivera», ediciones 2003 y 2006. Mención de Honor en el Premio Regional de Poesía «José Díaz Bolio», ediciones 2005 y 2006. Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Yucatán (Foecay) 2007. Coeditor, junto con el escritor Adán Echeverría, del Mapa Poético de México, edición 2008. Autor de las plaquetas: Entidad en el exilio y otros poemas de añoranza (Ediciones Zur, Catarsis El Drenaje Literario e ICY, 2007) y Memorial del poeta errante (Ediciones Letras en Rebeldía, Editorial El gato bajo la lluvia, 2015). Autor del cuentario breve El viejecillo de historias de animales mayas (El gato bajo la lluvia, 2018). Antologado en La Otredad (2006), Palabrando (2006), Nuevas voces en el laberinto (2007), Cultura de Veracruz (2008), Mapa Poético de México (2008); El canto del silencio (Ediciones Letras en Rebeldía, 2018) y Entre juegos y garabatos, antología para niños Vol. 1 (Ediciones Letras en Rebeldía, 2019). Publicado en las revistas Navegaciones Zur, Cantera Verde, Cultura de Veracruz, Letralia, entre otras. Actualmente es director general de Arte y Cultura en Rebeldía. Es fundador y editor de Ediciones Letras en Rebeldía. Está próximo a publicar Memorias de un poeta errante.

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