Prostitución y homosexualidad: Interpelaciones desde el margen en El vampiro de la Colonia Roma de Luis Zapata (I) | Bladimir Ruiz

He was not Christian, not natural, not manly, not a woman, not of the heterosexual’s country or region or continent, not human, not animal, not even to be named  [Jeffrey Weeks]

Epilépticos, hippies madres solteras, locos, homosexuales, delincuentes, prostitutas, gitanos, vagabundos, drogadictos y alcohólicos, sordomudos, tísicos, varones exhibicionistas, enanos, tullidos, leprosos, sifilíticos, anarquistas y en general todas las mujeres; así como aquéllos cuyas taras no nos tan visibles pero que por haberse convertido en sus propios jueces, se autoexcluyen de la sociedad de los normales, como por ejemplo los impotentes, las frígidas, los que se creen cobardes, inconstantes o perezosos, los pecadores, los tímidos, los cortos de pene. Más de media humanidad. Media humanidad que no se ajusta en su conducta, en sus sentimientos o en sus actitudes a la norma establecida por la clase dominante. Media humanidad que se siente culpable por haber transgredido la norma o se siente anormal, o enferma, o tarada […] Para todos ellos hay reservado un espacio: cárceles, reformatorios, hogares, hospitales, ghettos, comunidades, sanatorios, casas de templanza donde se les etiqueta, diagnostica, clasifica, donde se les rehabilita, restablece o reforma, para que una vez expiado, limpios, ordenados y disciplinados se puedan integrar al sistema o, en caso contrario, ser agregados y hasta eliminados físicamente.      

Discernir en torno a la otredad se ha convertido en una suerte de moda dentro de los estudios culturales (así como hablar de estudios literarios parece haber perdido vigencia). La teoría y la crítica posmodernas han configurado un espacio en el cual el discurso del otro —¿debería más bien decir sobre el otro?— adquiere no solamente voz sino, al menos aparentemente, cierto aire de autoridad, por no decir de respetabilidad (bien es sabido que la primera no necesariamente implica la segunda)[1]. La estrategia supone un abandono de posturas epistemológicas tradicionalmente vistas como hegemónicas ante el acercamiento a posiciones percibidas como periféricas en un intento no sólo por dejar que sus discursos adquieran visibilidad y con ello textualidad, sino por problematizar la recepción interpretativa de dichos discursos.

Dentro de ésta llamémosla apertura democrática, las voces de las mujeres, de los grupos étnicos oprimidos, de los homosexuales y las lesbianas entran a la arena de la lucha significativa e interpretativa con no pocos problemas. El primero de ellos (y no me interesa aquí hacer una lista) probablemente tiene que ver con la configuración de una narrativa de la identidad (o con la problematización de la misma) que dé cuenta de la manera cómo dichos grupos se perciben y de cómo han sido percibidos. Se trata, pues, en cierta forma, de textualizarse en función de una agenda propia (muchas veces en conflicto interno) y de revisar las lecturas de las que han sido objeto. Esto nos introduce en una segunda instancia problemática: cómo estos discursos son leídos. Si en términos generales la lectura de textos tiene como resultado último su interpretación (y el término texto adquiere aquí un significado amplio: textos culturales, no necesariamente literarios), entonces hay que tomar en consideración que la construcción de sentidos que todo proceso interpretativo implica está determinada y condicionada por la situacionalidad del ente que interpreta; es decir por el lugar desde donde se lee. Prueba de ello, innecesario casi decirlo, es la inmensa polémica que rodea a todos estos discursos de la otredad. El discurso crítico feminista, por ejemplo, se enfrenta a una gran cantidad de «lecturas» dentro y fuera de sí mismo. Algo similar —demasiado similar diría yo— sucede con el discurso crítico homosexual. En ambos casos nos encontramos con posiciones que dialogan contradictoriamente ante la construcción de identidades esencialistas. Igualmente, ambos discursos polarizan las respuestas en torno a la caracterización del mundo en posiciones binarias. Asimismo, por dar un ejemplo más, se polemiza en torno a la posibilidad de dar cuenta de la problemática de estos grupos a través del lenguaje dado que éste parece contener en sí mismo su represión. En todo caso, en lo que a este trabajo se refiere, me interesa revisar algunos aspectos relacionados con el discurso de ese otro —el homosexual— del que ahora parece hablarse con insistencia, o mejor dicho, este otro que comienza a ser leído de diferente manera, usando para ello una novela escrita por un homosexual sobre las vicisitudes de un personaje también homosexual (¿serán estos dos aspectos relevantes a la hora de etiquetarla como novela homosexual?): El vampiro de la Colonia Roma de Luis Zapata y las reflexiones de numerosos críticos, la mayoría de ellos inscritos en los llamados Queer Studies[2]. En síntesis, trataré de explorar, a través de las experiencias de un personaje absolutamente marginal como Adonis, el vampiro nocturno, protagonista de la novela de Zapata, un individuo en situación de orfandad, ubicado en la parte baja de la escala socioeconómica, homosexual y entregado a la prostitución, cómo el autor indaga en cuestiones que van desde la conceptualización misma de la identidad sexual (con la problematización implícita en esta configuración), la incorporación de nuevos sujetos sociales —a través de un inversión de valores en torno a la homosexualidad y la prostitución— a la ideología capitalista de la productividad, la creación de una «comunidad imaginada» gay (la hermandad «gaya» de la que habla el narrador-protagonista), espacio simbólico y utópico donde desaparece la diferencia, y, finalmente, el tema de la interpelación al lector en estos tiempos de aparente apertura posmoderna.

El acercamiento tanto a esta novela como a la crítica misma se me presenta como un universo de interrogantes: ¿qué pasa cuando un texto como el que nos ocupa se erige como un objeto cultural que desde su posición autoritaria invita a lecturas (por no hablar de reacciones) diferentes basadas ya no en el pérdida de centralidad significativa del discurso mismo, sino en el hecho de que interpela por lo menos a dos lectores virtuales: uno heterosexual y uno homosexual? La pregunta, así planteada, es susceptible de ataques argumentativos pues no solamente está planteada en términos de esencialismos, sino que además establece de entrada una división muy discutida y para muchos cancelada. ¿Tiene sentido plantear esta discusión todavía en términos de un binarismo? ¿Es posible hablar de la existencia del homosexual como sujeto que construye su identidad a partir de su «orientación sexual», o más bien debemos cancelar propuestas como ésta y circunscribirnos a la llamada crítica de la identidad y entonces ubicar la homosexual en terrenos de la construcción cultural? ¿Debemos hablar de una identidad homosexual en un intento homogeneizante de claras connotaciones hegemónicas o es imperativo en este caso el reconocimiento de identidades múltiples condicionadas todas ellas por la experiencia y variables de clase, género, cultura, etc.? Estas son sólo algunas de las muchas preguntas que me planteo en relación a este tema de muy escasa bibliografía en lo que a crítica latinoamericana se refiere. Obviamente espero dar respuestas a todas ellas; probablemente no lo haga realmente en ninguno de los casos. Aún así, lo que más me interesa es proponer una discusión frecuentemente cancelada y/o evadida, y cuando es planteada, como en el caso del feminismo, aparece marcada por la retórica del esencialismo.

Texto tomado de la revista Iberoamericana No. 187; abril-junio de 1999; Pp. 327-339


[1] En un corto pero sugerente artículo, Gregory Bredbeck plantea con un dejo de comicidad que «the homosexual and the postmodernist have been sleeping together a lot lately. And yet, as with much intercourse, the experience has been less than fully pleasurable» (254). De acuerdo a sus planteamientos, el homosexual y el posmodernista pueden tener un coito más placentero «if we view homosexuality not as sexuality but as an epistemological conditionality —that is a sef conditions, propositions, discourses, and assumptions that delineate a field of significance» (Bredbeck 254-255). Su conclusión, no deja de ser un tanto efectista: «postmodernism is always already homosexual» (255).  

[2] Los Queer Studies, vistos como movimiento académico, señalan Stein y Plummer, están indirectamente relacionados con el surgimiento de grupos activistas cada vez más visibles (como ACT UP, Queer Nation) durante la década pasada. Siguiendo la línea de exposiciones de estos críticos, puede simplificarse la agenda de los Queer Studies de la siguiente manera: «(I) a conceptualization of sexuality which sees sexual power embodied in different levels of social life, expressed discursively and enforced through boundaries and binary divides; (2) the problematization of sexual and gender categories, and ofidentities in general. Identities are always on uncertain ground, entailing displacements of identification and knowing; (3) a reaction of civil-rights strategies in favor of a politics of carnival, transgression, and parody which leads to deconstruction, decentering, revisionist readings, and an anti-assimilationist politics; (4) a willingness to interrogate areas which normally would not be seen as the terrain of sexuality, and to conduct queer ‘readings’ to ostensibly heterosexual or non-sexualized texts» (Stein 134). Todo aparece « sexualizado» para los teóricos de este tipo de estudios (más aún: «heterosexualizado»), de allí que parte de la estrategia tenga que ver con un ataque directo a la homosexualidad.  

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