La reina del Hula Hula | Fernando Muñoz Castillo

En sus juventudes, fue la reina del Hula Hula, así lo decían sus compañeras de clase y Lupita su maestra.

 Dicen que al bailar alzaba su falda de rafia más allá de lo imaginable, el movimiento de su cadera era espectacular, ni Olga Breeskin la superaba, y es que ésta reinaba en la teve nacional y era dueña junto con su violín y su cadera, de las noches del Hotel Hilton de la Ciudad de México.

 Esto molestaba un poco o más bien, un mucho a Alisoa, y como era mujer empeñosa y terca como las mulas de Guanajuato, decidió un día, cuando un director de la Escuela de Bellas Artes, bastante mojigato y gazmoño, pegó de gritos que llegaron hasta el Palacio de Gobierno, donde gobernaba aquel que brillaba de noche y arrastraba de día, exigiendo el cese de las clases de hawaiiano.

 Demandaba, el escultor de barro de Ticul, que se tenía que correr de la escuela de Bellas Artes a la “maestra” Lupita y a sus pupilas, ya que allí se enseñaba arte y eso de mover la cadera escazas de ropa, no era más que espectáculos de cabaret. Que en la Escuela, digna como la Blanca Ciudad, no formaban cabareteras, ni ficheras.

 Ante sus protestas, todos los intelectuales viejos y perversos, que andaban enamorando a sus alumnas menores de quince años, y alguno que otro que se sentía heredero universal de la cultura del estado, se unieron a su propuesta, había que preservar la moral de la sociedad, y de eso se encargaba el arte, si no, pronto en la Escuela de Bellas Artes de darían clases de como encuerarse para trabajar en La Cascada, El Yanalum y El Chac Mool, o en los escenarios del teatro regional, lleno de mujeres ligeras, livianas y apetecibles como frutas maduras.

 De esta manera, la maestra y sus alumnas fueron sacadas a empujones por el viejo escultor y director de la Escuela. Y fue así como salieron a  la calle: descalzas y con sus faldas de rafia tapándoles los calzones, flores en el pelo y pulseras de hojas de madreselva.

 De pronto se vieron en la calle donde los pupilos de la Academia Marden, salieron a verlas desfilar como le hicieron en Europa después de la 2ª Guerra Mundial, a las que tuvieron amores con los nazis.

 Esa tarde/noche, en el  parque Hidalgo, bailaron hasta que les sangraron los pies y quemaron toda la grasita de sus cinturas juncales: maestra y alumnas. Los gringos, los estudiantes de la Universidad y los grifillos que llenaban el parque, de la misma manera que los asiduos al café Express, gozaron de una noche hawaiana, inolvidable, y que años después se registró en sus páginas la Enciclopedia Yucatanense 2ª edición ampliada y corregida, como uno de los primeros performances realizados en Mérida.

  Alisoa, recorrió primero toda la península bailando danzas polinesias, luego triunfó en el Maunaloa del D.F. y después, hambrienta de nuevos horizontes, emigró a Hawaii donde fue considera la diosa del Krakatoa al este de Java. Y fue así, como se volvió la mejor bailarina de los mares del sur. Bailó mejor que la Tongolele, según las lenguas maledicentes y las indecentes, también.

 Su abuelita, doña Jovita, rezaba veinte rosarios al día para que ella dejara de tongolelaer…pero Alisoa seguía su vertiginoso éxito. Sólo el amor la detuvo.

  Años después, siendo viuda y cuando ya las nuevas generaciones de millenials no sabían quién era Tongolele y la confundían con Lyn May, y ella era un remedo de la muñeca fea de Cri-crí, es que retorna a la ciudad la maestra Lupita para recordar los años de éxito en ferias, bautizos, bodas y graduaciones de estudiantes de la FEY y la FEU. Pues después de que la corrieron del Centro Estatal de Bellas Artes, se casó con un petrolero millonario y se fue a Texas, para menearle la cadera mientras contaba sus millones de dólares, oyendo a Elvis Presley en la cinta Blue Hawaii (1961).

 Y como abejas a la miel, las exalumnas, muchas de ellas pertenecientes a la 6a edad, corrieron sedientas del preciado don de la naturaleza. La idea era bailar frente al mar entre palmeras borrachas de sol y la brisa marina a la hora del crepúsculo.

 El festival fue todo un éxito, bailaron exalumnas, sus hijas, nietas, biznietas y tataranietas, todas moviendo las caderas como olas de mar con algas y sargazo.

 Por eso cuando vi el cartel en el mercado San Benito, de que Alisoa Krakatoa regresaría con su espectáculo Balihai, compuesto de 50 bailarinas y músicos en vivo, olvidé comprar la chicharra, el castacán, el chile habanero y las tortillas calientes y corrí como alma que lleva el diablo para comprar un boleto. Qué bueno que así lo hice, pues pude alcanzar el último que quedaba en la taquilla del Teatro Armando Manzanero.

 El show de Alisoa fue todo un éxito, ella danzó y danzó como si fuera porrista de futbol americano en el tazón de las rosas…después de esto estuvo internada un mes en la Clínica Mérida, pues se dislocó la cadera y los dedos meñiques de los pies.

  Pero ha prometido a su público que resucitó del Panteón Florido, que pronto presentará Hawaii Cinco Cero.

  Dicen los rumores de que será en las instalaciones de Cocoteros, pues ella piensa que puede resurgirlo como espuma de la mar.

 Así que Alisoa Krakatoa, diosa del Hula Hula, madre de todas las palmeras borrachas de sol, seguirá deleitando a las nuevas generaciones, con el suave movimiento de sus manos, ojos y sonrisa de sirena, y por supuesto, con su especial cadera de licuadora de 5 velocidades.

Fernando Muñoz Castillo nació en la ciudad de Mérida. Es dramaturgo, ensayista, teatrista, investigador y crítico. Medalla Yucatán (2013); Premio Nacional de Teatro Histórico del INBA (1985); Premio Nacional Vicente T. Mendoza del INHA (1986); Premio Iberoamericano Plural de Teatro (1989); Premio Estatal de Teatro Wilberto Cantón (1991); Premio de Teatro Infantil Yucatán (1992); Premio Estatal de Literatura Justo Sierra O’Really (1995); Premio Wilberto Cantón (1996);  Premio CANIEM al Arte Editorial, en el género de Biografía (1998); y Premio Estatal de Literatura Antonio Mediz Bolio (2000). Como director de escena, inició su carrera en 1969 con un espectáculo de música y poesía; al año siguiente, montó, con un grupo de universitarios, su obra Eugenio. Dirigió las compañías de teatro de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (1975); la de La Escuela Normal de Mérida Rodolfo Menéndez de la Peña (1976); y la Estatal Infantil de Quintana Roo.En 1971 escribió y dirigió Historia de amor, adaptó Variaciones sobre el tema de amor y Homenaje a León Felipe. En 1972 puso en escena  Mutación de solsticio de verano. Trasladó su residencia a la capital de la república dedicándose al teatro y a la investigación. Ha sido maestro de diferentes disciplinas teatrales, así como guionista de radio e investigador del cine mexicano. En 1977 presentó Temporada en el infiernoLos niños prohibidos y Noche de bandidos. Fue director del suplemento cultural El Búho del Diario del Sureste hasta su desaparición (1978-1981) y asesor cultural de la II Asamblea de Representantes de la Ciudad de México. Ha colaborado para revistas nacionales y extranjeras. En mayo del 2010, el grupo de teatro El caballero inexistente, bajo la dirección de Juan Ramón Góngora, estrenó, en el Museo de Arte Popular de la ciudad de México, la obra Soy Jasón, tengo 28 años; en julio, el Instituto de Cultura de Yucatán, le organizó un homenaje por sus 40 años de trayectoria. Actualmente trabaja en una obra para cabaret: El hastío es pavo real…

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