Dioses, espíritus y duendes (I) | Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1983) | Oswaldo Baqueiro López

Los antiguos dioses mayas eran innumerables. Algunos, por supuesto, tenían mayor importancia y jerarquía. En general su poder era grande, y las ceremonias que se realizaban para propiciarlos exigían las debidas ofrendas y preparación meticulosa. Hoy, sin embargo, sólo los sabios conocen sus nombres.

El que los propios indígenas los hayan olvidado, en gran parte, es explicable. Desde los tiempos de la Conquista se inició una tarea sistemática para erradicar las creencias que los frailes consideraban herejías. En su lugar se impuso la religión católica, con lo que se produjo una peculiar simbiosis en la que coexisten, conviven y se mezclan lo maya y lo cristiano.

Este sincretismo perdura, como subsisten muchos de los mitos indígenas, pese a la acción racionalista de la escuela en el medio rural. La decadencia de los dioses, sin embargo, es evidente. Se recuerda al gran Chaac, Señor de la lluvia y la agricultura; y a los Yumtziloob, los «dueños» del monte, y casi nadie más. El resto ha descendido al rango de «espíritus» o duendes, de diversa talante y categoría.

Pero es justo evocar a los viejos númenes mayas. Después de todo, algunas profecías aseguran que ha de retornar. No está de más, entonces, por lo menos mencionarlos.

En el centro del mundo —decían los antiguos—, se encuentra el árbol sagrado, el Yaxché, cuyas raíces se extienden hacia los cuatro puntos cardinales. Alojadas en el mundo subterráneo, cuatro poderosas deidades, los Pauahtunes, sostienen cada una de las esquinas de la tierra. Encima, otras cuatro divinidades, los Bacabes, mantienen en alto el firmamento, y en cada uno de los cuatro ángulos del cielo se encuentran los Chac, divinidades de la lluvia y el viento.

Esta arquitectura cosmogónica nos la simplifica Alfredo Barrera Vásquez, en una nota al escrito de Daniel Garrison Brinton, «El Folklore de Yucatán», en la que nos dice: «Teniendo en cuenta que los Pauahtun están en íntima relación con los Chac y con los Bacab, deidades de las aguas, de los cielos y de los vientos y de la agricultura; que habitan en los cuatro ángulos del mundo; siendo como estos cuatro y a veces confundiéndose con ellos, hay lugar a pensar que los Pauahtun son simplemente una advocación de lo que esencialmente son los Chac y los Bacab, es decir, que son la misma cosa, quizá representando una función, posición o aspecto diferenciado de los ritos.»

Casa uno de los puntos cardinales, con su Bacab correspondiente, tenía una equivalencia con un color particular, y posteriormente, ya en tiempos de la colonia, con un santo de la religión católica.

«Fingían otros dioses —escribió López de Cogolludo—, que sustentaban el cielo, que estribaba en ellos: sus nombres eran Zacal Bacab; Canal Bacab; Chacal Bacab; y Ek el Bacab. Y éstos decían que eran también dioses de los vientos.»

Por su parte, Brinton sigue al Padre Baeza (Bartolomé del Granado Baeza; Informe del señor Cura de Yaxcabá, 1813), y relata que «el Pauahtun rojo se coloca al Este, y es conocido como Santo Domingo; al Norte queda el blanco, que es San Gabriel; el negro queda hacia el Oeste y es San Diego; el amarillo queda hacia el Sur y es femenino, llamado en la lengua maya X’Kanleox, «la diosa amarilla», y lleva el nombre cristiano de María Magdalena.»

Los vientos que provenían de cada una de estas direcciones tenían características diferentes, y se creía que los del sur y del oriente eran benévolos; en cambio era malo el viento del norte, y el del poniente era el más malévolo de todos, y se identificaba con el dios de la muerte y la destrucción.

Citemos a algunos de los principales dioses mayas, empezando por Hunab-Ku, el Supremo, o «dios uno», según Morley, quien asigna también una irreverente nomenclatura alfabética a las divinidades mayas, (siguiendo al sabio germano Paul Schellhas), pues al numen de la guerra lo llama «dios L», y nada menos que al de los sacrificios lo designa «dios F». Nadie puede decir lo que pensaría estas deidades de semejante tratamiento.  

Otras personalidades importantes del Olimpo maya eran Itzimná, hijo de Hunab-Ku; Chac, dios de la lluvia; Yum Kax, del maíz; Kukulcán, del viento; (comparte con Itzamná el mérito de ser impulsor de la cultura); Yaman Ek, patrón de los mercaderes; Ixchel, deidad de la medicina, la preñez y el tejido; Ixtab, melancólica diosa del suicidio, y finalmente Ah Puch, a quien curiosamente le tocó la primera letra, (Morley le llama «dios A»), en vez de la última, pues se trata de Yum Cimil, o Señor de la muerte, cuyos dominios están en el Mitnal, o sea el infierno maya, lugar inmundo, de frío, hambre y terror, que comparte con los Bolontiku, o Señores del Mundo subterráneo, el inframundo.

El Señor de la Muerte no es totalmente intratable e inflexible, pues por medio de la ceremonia denominada Kex, que significa «cambio», o «negociar», el maya espera salvar la vida del enfermo grave. Cuando la fúnebre deidad ronda en secreto la casa del afectado, en espera de una oportunidad de entrar, el indígena coloca en las ramas de los árboles cercanos algunas ofrendas consistentes en alimentos y bebidas. Si estas son gratas al Yum Cimil, y surten efecto las invocaciones del H’Men —el hechicero—, el enfermo se librará de su mal.

Itzamná, por su parte, era de carácter noble y elevado. Se le representaba como un hombre que hoy nos parecería feo, con la nariz larga y retorcida, pero seguramente entre los mayas era hermoso e imponente. Se dice que cuando se le preguntaba su nombre respondía: «Ytzen caan Ytzen muyal», que quiere decir «Yo soy el rocío», o «sustancia del cielo y nubes». También se dice que podía curar, y aún resucitar a los muertos, con sólo un pase de su mano.

A Itzamná se le reverenciaba en Izamal, donde existían los templos llamados Kabul, que quiere decir «mano obradora», y Kinich Kakmó, que significa «Sol con rostro», el que tiene rayos de fuego y desciende al mediodía para quemar el sacrificio, «como baja volando la Guacamaya».

Itzamná, el señor de la sabiduría, enseñó a los mayas la ciencia y el arte de la escritura y el nombre de las cosas. Su leyenda nos conmueve aún con su misterio: ¿Fue verdaderamente un hombre que podía realizar prodigios, o era sólo un mito indígena?

De la tradición Quiché, tal como se relata en el Popol Vuh, tomamos las ideas conservadas acerca de la creación del hombre, que fue el resultado de varios experimentos. Primero sólo existía el cielo. Meditaron los progenitores y decidieron crear el mundo y los animales. Luego formaron al hombre, para que los invocara y alimentase.

Así empieza el Popul Vuh:

«Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.»

«No se manifestaba la faz de la Tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.»

«No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.»

«No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.»

«Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz.  De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.»

Tepeu y Gucumatz meditan y en su pensamiento se manifiesta que debía aparecer el hombre, por lo que dispusieron la formación de la tierra, las montañas, los ríos y los bosques. Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros…

Los Progenitores entonces pidieron a los animales que dijeran sus nombres y que los alabaran: «¡Hablad, invocadnos, adoradnos!», dijeron, pero sin resultado alguno, pues las bestias sólo podían chillar, graznar y rugir, cada cual a su manera. Por esta razón fueron condenados a ser matados y a ser comidas sus carnes.

Era necesaria una nueva tentativa y exclamaron:

«¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora. ¡Hagamos al que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado con nuestras primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos alabados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.»

Hicieron entonces un hombre de lodo, pero aunque hablaba no tenía entendimiento y pronto se deshacía. Desbarataron su obra y dijeron que era necesario consultar sobre esta materia.

Por eso pidieron consejo a los hechiceros, al viejo Ixpiyacoc y a la vieja Ixmucané.

Se trataba de saber si darían el resultado apetecido unos hombres hechos de madera: «Echad la suerte con vuestros granos de maíz y de Tzité —mandaron los dioses—. Hágase así y se sabrá y resultará si labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en madera. Así les fue dicho a los adivinos. »

La respuesta de los hechiceros Ixpiyacoc e Izmucané, después de consultar la suerte de los granos de maíz, fue positiva: «Buenos saldrán vuestros muñecos hachos de madera —respondieron a los Progenitores—; hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.»

Y así fue, en efecto. Los hombres de madera hablaban y se multiplicaron. Pero ¡Ay! no tenían alma, ni entendimiento. Caminaban sin rumbo y andaban a gatas. No se acordaron de sus creadores y cayeron en desgracia. Por eso fueron aniquilados por una gran inundación, por un gran diluvio. Todos los animales y todas las cosas se sublevaron en contra de esos hombres de palo, que se vieron obligados a huir hacia los montes, los que pudieron salvarse. Se dice que la descendencia de aquellos son los monos que existen ahora en los bosques.

Después de estos infortunados intentos, los dioses celebraron consejo y reflexionaron. De esta manera salieron a la luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre.

Y así los Formadores, los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, hicieron al hombre de maíz. «De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre.» Esta nueva raza era de seres inteligentes, buenos y hermosos, de gran sabiduría».

De esta manera relata el Popol Vuh la creación del hombre, con un extraordinario simbolismo que rinde homenaje a esa planta prodigiosa, el maíz, con cuya existencia está tan estrechamente vinculada la del hombre americano, de tal manera que, verdaderamente, puede afirmarse que está hecho de maíz.  

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Foto: Diario del Sureste (versión digital)

Oswaldo Baqueiro López nació en la ciudad de Mérida en 1930 en el seno de una familia de intelectuales, destacando por haber dirigido tres veces el Diario del Sureste (1921-2003) y sus ensayos sobre Yucatán. Premio de Literatura «Antonio Mediz Bolio» (1995 y Medalla Yucatán (1985). Fue miembro de la Academia Nacional de Historia y Geografía e integrante fundador en 1983 de la Academia de Ciencias y Artes del Estado de Yucatán, de la que fue presidente. Fue director del Diario del Sureste, la revista Palabra y codirector de la publicación Siempre Adelante. Publicó los volúmenes Salvador Alvarado, un estudio biográfico (1980); Magia, mitos y supersticiones entre los mayas (1981); La Prensa y el Estado, estudio crítico e histórico sobre la prensa, el poder y la libertad de expresión (1986); El ciclón del siglo, crónica sobre el huracán Gilberto en Yucatán (1989); y diversos ensayos y conferencias sobre hombres ilustres de Yucatán, comunicación y política. En 2007, el Instituto de Cultura de Yucatán (hoy Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán), instituyó la medalla que lleva su nombre para los periodistas que abordan temas de arte, cultura y espectáculos. Murió en la ciudad de Mérida el 29 de noviembre del año 2005.

    

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s