A la caza de iguanas | Hernán Lara Zavala

A E. Y.

Por aquel entonces salíamos muy temprano en la mañana para cazar en el monte. Yo había venido de la ciudad a Zitilchén de vacaciones; visitaba a mis abuelos y ya me había hecho de algunos amigos. Desde arriba, desde la loma que por el sur se alza junto al pueblo, allí donde la vegetación ya es muy tupida, bajaba caminando Chidra el maya en busca de Crispín. Al llegar lanzaba un solo y largo chiflido para que Crispín saliera, chiquito, avispado, nervioso. Juntos iban por mí y en el camino se ocupaban de buscar las piedras que más tare servirían para la caza. Eran piedras que más tarde servirían para la caza. Eran piedras escogidas, casi redondas, piedras que retumbando en los bolsillos marcaban el ritmo de nuestro caminar.

Al llegar a casa, el silbido de Chidra serpenteaba de nuevo por el pueblo y mi abuelo —invariablemente— salía hacia el portal de nuestra pequeña granja para invitarlos a pasar. Chidra venía desde muy lejos, posiblemente sin desayunar. Su partida debía iniciarse desde antes de despuntar el sol. No así Crispín, que vivía sólo a unas cuantas casas de distancia y que llegaba bien comido. Ambos, sin embargo, aceptaban el chocolate con agua y los bizcochos que la abuela les ofrecía. Mientras comíamos, mi abuelo, largo y desgarbado, con ese aire de seriedad que lo caracterizaba, aprovechaba para bromear con nosotros; con Crispín en particular; el viejo tuvo siempre un especial afecto por él. Lo llamaba «don Crispín» y a cada momento le proponía seguir alguna de las muchas profesiones que el carácter y el tamaño de mi amigo le inspiraban. Así le dijo alguna vez: «Don Crispín, ¿por qué no te dedicas a militar? Tu estatura es un punto a favor.» Y él contestaba con una carcajada que le hacía mostrar el pan entre los dientes. Mientras tanto, Chidra, marginado, parecía no darse cuenta sino de los bizcochos y el chocolate que engullía sin ningún recato. Eran pocas las ocasiones en que mi abuelo se dirigía a él. Me acuerdo, sin embargo, de uno de sus comentarios. Hablaba del padre García diciendo que desvariaba en sus sermones del domingo y comentaba con Crispín: «No, tú servirás para muchos oficios, pero no para el de cura. Estás demasiado cerca de este mundo. Para ello habría que pensar en alguien como Chidra…» No recuerdo qué respondió Chidra; seguramente ni siquiera lo tomó en cuenta.

Cuando salíamos, siempre un poco retardados, mi abuelo nos iba a despedir hasta la puerta. Allá íbamos: Chidra con los pantalones cortos, recortados de los que su hermano mayor dejaba de usar y Crispín, el más pequeño, con sus acostumbrados pantalones largos, provocando todo tipo de bromas a sus costillas.

Hablábamos de cazar iguanas como pudimos haber hablado de cualquier otra cosa, porque lo mismo buscábamos horquillas en los árboles que pudieran servir para hacer nuevas resorteras —tirahules les decíamos— que robábamos pedazos en medio del campo. Muchas veces, en el camino, mientras nos alejábamos del pueblo, saltábamos la verja de alguna quinta para robar naranjas o bien para nadar en algún tanque. Entonces, llegaba a casa con mis calzones en la mano a la hora de la cena. La abuela me interrogaba: —¿Otra vez nadaron en la quinta de Tomás? El día que los pille ya verán lo que les va a hacer. Ese día no quiero saber de ustedes.

Muchas veces cazábamos, pero hay que reconocer que la iguana era una pieza difícil. El colorido de la naturaleza las cobijaba como a felices cómplices. Raramente cobrábamos alguna. Cuando lo hacíamos regresábamos al pueblo, jubilosos, a vendérsela a un famoso comedor de iguanas conocido como  Jana-Jú. Más fácil era cazar tórtolas, lagartijas y en alguna ocasión hasta un armadillo que Chidra logró atrapar por la cola. Mientras avanzábamos haciendo disparos aquí y allá, guiados tan sólo por el movimiento de las matas, Chidra, que delante de los mayores parecía no proferir palabra, no cesaba de narrar las aventuras que, según él, le habían ocurrido en su acostumbrado camino de regreso a casa. Estos relatos normalmente provocaban la burla y la desconfianza de Crispín. Nos hablaba, por ejemplo, de que una tarde, regresando del pueblo, había visto una manada de elefantes.

—Grité por todo el monte pidiendo auxilio —dijo— sin que nadie me ayudara.

—Fue el día que tomaste café por primera vez en tu vida. Bebiste más de tres tazas de un jalón. Te pusiste medio loco —dijo Crispín, irritado.

Pero a Chidra nadie lo apartaba de su idea. También solía contar que algunas noches, cuando regresaba solo del cine hacia su casa en el monte, poco antes de las doce, escuchaba que alguien lo llamaba con insistencia: «psst… psst…» Pero él no volteaba, no volteaba porque estaba seguro de que la que hacía esos ruidos era la Xtabay. Nos explicó que quien la veía no resistía su llamado porque, a excepción de sus pies, era de una belleza arrebatadora. Que se ocultaba tras el tronco de una ceiba y que los hombres que respondían a sus provocaciones amanecían enredados entre matas de espinos.

Nosotros conocíamos la leyenda, pero cuando Chidra hablaba de ella lo hacía en un tono tal, y con tan firme creencia, que todos los chicos del pueblo, salvo Crispín, guardábamos silencio para escucharlo. Así era Chidra: a veces platicaba que adentrándose en el monte había un hoyo que daba hasta el centro del infierno. Otras, nos contaba acerca de un indio errante, conocido con el nombre de Zintzinito, que se aparecía en los lugares más extraordinarios.

Fue una de esas mañanas cuando Chidra nos contó que el día anterior, mientras buscaba a su padre, chiclero de oficio, había visto a una mujer desnuda bañándose en una aguada. Crispín, con tono mitad burlón, mitad serio, le dijo: —Dirás que fue la Xtabay.

—Pues no sé —respondió Chidra— porque dicen que la Xtabay tiene patas de gallo y la mujer que yo vi tenía los pies más blancos y bonitos que he visto en toda mi vida. Tenía el pelo largo y rubio.

—Miente otra vez —dijo Crispín.

—Te juro por Dios que no —alegó Chidra besando la señal de la cruz.

—¿Cuándo dices que fue eso? —pregunté.

—Ayer, a mediodía.

—A esa hora no sale la Xtabay.

—Ahora le quitamos lo hablador —me interrumpió Crispín— a ver, vamos, vamos a verla.

—Si quieren vamos, pero les advierto que está muy lejos.

—Ya está, ya se rajó —dijo Crispín.

—Vamos —dispuso serio Chidra— si quieren vamos.

****

Lo cierto es que Chidra conocía bien los alrededores del pueblo, no sólo por el hecho de vivir en las afueras sino por el oficio de su padre, a quien le llevaba comida y otros menesteres de vez en cuando. Por eso, al adentrarnos en el monte, él se convertía en el guía obligado.

Salimos del pueblo. Atravesamos como siempre la región de las quintas, la de las cajas de miel, y nos internamos plenamente en el monte. Caminábamos entre las brechas, abriéndonos paso entre los arbustos y matorrales. Andábamos con cuidado. Chidra, atento para reconocer el terreno, movía la cabeza como animal salvaje, repitiendo a cada rato: «por aquí, es por aquí».

Había algo de extraño en todo esto. Por esa región los días son regularmente claros, muy azules y calurosos. Aquel día estaba nublado. Nos hallábamos en la sección más abrupta y verde cuando nos encontramos ante unas ruinas. Crispín y yo nos quedamos asombrados. Se trataba de un pequeño pueblo maya abandonado pero tan bien conservado que parecía como si aún tuviera moradores. Nos quedamos mudos, observando, embelesados. —Por aquí, ya estamos cerca —dijo Chidra. Crispín me miró. Adiviné que le pasaba lo mismo que a mí: teníamos miedo y, sin embargo, estábamos fascinados.

Chidra salió de nuevo por delante, quitando a manotazos la maleza que se interponía en nuestro camino. Entonces nadie se acordó de las iguanas, nadie se ocupó de los tirahules. Sólo deseábamos descubrir si lo que Chidra contaba era vedad. Finalmente, nos hallamos bordeando una extensa aguada. Su color verde acerado y su agua mansa nos tranquilizaron. No había nadie alrededor. Encontramos un pequeño claro y nos escudamos tras los manglares. Discutimos qué hacer. No sólo no había nadie; tal vez nunca lo había habido salvo en la imaginación de Chidra. Crispín quería regresar y no dejaba de repetir que Chidra era un mentiroso. Un despreciable mentiroso. Tuvieron un largo altercado. Estaban a punto de liarse a trompadas cuando me pareció ver a alguien del otro lado de la aguada.

Rápidamente guardamos silencio y, curiosos, observamos: a unos cuantos metros de donde estábamos apareció, por donde había dicho Chidra, un hombre de barba entrecana y rubia. Usaba lentes, fumaba pipa; vestía al estilo explorador. Llevaba un sartén en la mano. Se acercó a la orilla, puso un poco de tierra en el sartén y se inclinó a enjuagarlo. Ya se retiraba cuando apareció una mujer, vestida de modo semejante al hombre, con algunos otros utensilios. Desde donde estábamos los veíamos perfectamente, aunque no alcanzábamos a oír lo que decía.

—¡Ésa es, ahí está! —dijo Chidra en voz baja.

Y en efecto, tal como la había descrito, aquélla era una mujer alta, blanca y rubia. La vimos fugazmente, ya que tan pronto terminaron de lavar abandonaron la aguada. Aún tras los manglares, esperando, Crispín, Crispín exclamó:

—Coño, que comezón, ¿qué tengo aquí? —al tiempo que se ponía de pie alzándose la camisa para mostrarnos la espalda.

—Garrapatas —respondió Chidra.

—¡Ah, su madre! —dijo Crispín mientras se desabrochaba la camisa.

—Todos debemos estar igual —dijo Chidra mirándose los tobillos, rascándose. Se levantó y, como Crispín, se quitó la camisa.  

Yo los imité sin pensarlo mucho. Nos desvestimos para sacudir nuestras ropas que, como nuestros cuerpos, se hallaban llenas de garrapatas. Chidra tenía alimañas hasta en los sobacos, enmarañadas en su vello incipiente. Estábamos cundidos: en la espalda, en las piernas, en el cuello. Desnudos, Chidra nos sorprendió al volver a hablar de la mujer que acabábamos de ver, sabiendo que nos había demostrado la veracidad de cuanto contaba. De nueva cuenta nos relató cómo el día anterior, mientras vagaba por los manglares, había visto a una mujer, alta, blanca, rubia, bañándose en la aguada. Chidra la describió meticulosamente: la había visto íntegra, bella, desnuda, casi divina. Embebidos en las palabras de Chidra noté, primero con pudor, y luego con alivio, que los tres experimentábamos la misma sensación.

****

Con el cuerpo lleno de garrapatas, muy cansados, regresamos al pueblo ya entrada la noche. Llegamos a la granga de mi abuelo. Me despedí de Crispín y de Chidra. Sentía los ojos pesados. Mis amigos continuaron su camino calle arriba. Pensé en la mujer rubia. Sentí las garrapatas en mi cuerpo. Espinos. Consideré a Chidra. Yo estaba rendido y a él todavía le esperaba un largo trecho.

Una vez en casi fui con la abuela:

—Estoy lleno de garrapatas —le dije—. Ayúdame a quitármelas.

Rió de buena gana al verme tan angustiado.

—Son garrapatas —dijo bromeando— no viudas negras. Anda, desvístete y acuéstate en la cama. Voy a calentar un poco de cera para quitarte esos bichos —agregó dirigiéndose a la cocina.

Boca abajo, con los brazos extendidos y sintiendo la cera caliente con la que mi abuela presionaba mi cuerpo, la oí preguntar:

—Mira nada más cuántas garrapatas, ¿pues dónde demonios te andas metiendo?

—Es que hoy conocimos a la Xtabay —confesé yo satisfecho.

Texto tomado del libro De Zitilchén de Hernán Lara Zavala; Editorial Joaquín Mortiz; Primera edición, 1981; Pp. 7-15.

Transcripción: Armando pacheco (Ediciones Letras en rebeldía)

Hernán Lara Zavala nace en la Ciudad de México el 28 de febrero de 1946. Ensayista, editor, narrador, promotor cultural y traductor. Estudió la Maestría en Letras en la FFyL de la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Universidad de East Anglia, Inglaterra. Ha desempeñado cargos como los de profesor en la FFyL; director de Literatura en Difusión Cultural de la UNAM (1989-1996); coordinador del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas (1999-2000), coordinador del Programa del Posgrado en Letras en la FFyL (2000-2001); coordinador general de Difusión Cultural de la Rectoría General de la UAM. Gerente Editorial del Fondo de Cultura Económica (2001-2002). Director General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM (2002-2004). Becario del International Writing Program, Universidad de Iowa, 1987, y del Consejo Británico, 1979, 1990 y 1992. Miembro del SNCA 1994-2000. Premio Latinoamericano de Narrativa Colima para obra publicada 1987 por El mismo cielo. Reconocimiento Universitario a la Creación y la Difusión de la Cultura 1995. Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 1995 de la UACJ, Chihuahua por su libro Después del amor y otros cuentos. Premio Orden por la Cultura Nacional 1996 otorgado por el Ministerio de la Cultura de la República de Cuba. Gran Orden de Honor Nacional al Mérito Autoral, otorgada por la Secretaría de Educación Pública y el Instituto Nacional de Derechos de Autor en 2006. Distinción y Medalla otorgada por el National Endowment for the Arts, del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica por Distinguished Service en 2006. Medalla Yucatán 2008 otorgada por su trayectoria. Premio Nacional Elena Poniatowska de la Ciudad de México 2009 por Península, península. Escritor del Año, otorgado por la revista GQ, en 2009. Premio de la Real Academia Española 2010 por Península, península. Premio Universidad Nacional 2010. Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos al portugués, inglés y francés.

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