Sueño de una mañana de verano | Agustín Monsreal

A lo mejor estaban más o menos terminando el desayuno, absorbiendo junto con el café con leche el remansado fastidio cotidiano, cuando de repente Juan Antonio que se queda quieto a medio bocado y con los ojos como fijos en el fin del mundo, y la Rosa que se pega tremendo sustote y entre inquieta y explorativa que le requiere y ora tú, qué tienes; y él, propiamente como si se le hubiera hurtado el alma del cuerpo, que sigue inexpresivo y nada más viendo para adelante pero en realidad como sin ver, o más bien como extraviado en algo muy específico y a la vez muy vago que la Rosa se afanaba por ubicar; y entonces ya francamente espantada que le reclama ora tú, Juan Antonio, ya deja de hacerte el payaso, contéstame, qué te pasa; y él que se revuelve hacia ella con unos ojotes, así como de loco o alucinado o semejantes a los que pone don Amílcar cada que fuma su Humito, y que abre la boca como para gritar pero no grita sino que con un chorrito de voz mansa, mitad ansiedad y mitad nostalgia, que le dice sabes, vieja, me voy a la capital a hacer fortuna; y ella que le respinga estás zafado tú, de plano, con una sonrisita de alivio, había pensado que le pasaba algo grave y le va saliendo cono, qué gracias; pero él que se levanta bamboleando la mesa y amenazando el equilibrio de los vasos de plástico y que se larga para la recámara y que saca su maleta de debajo de la cama y que amontona dentro sus pocas cosas; y entonces Rosa, otra vez con el susto trajinando en su pecho y fabricándole opresión, que lo reprende enérgicamente ya déjate de disparates, Juan Antonio, ya ponte serio y vete a abrir la tienda; pero Juan Antonio esta vez va en serio, ái te haces cargo, llegando allá te mando decir cómo está la cuestión y en cuantito pueda mando por ustedes; y de nada valieron los lloros ni los ruegos ni las convulsiones persuasivas que porfió Rosa para sujetarlo porque Juan Antonio salió como alma que acarrea el diablo y derechito a la terminal de autobuses y de ahí derechito a la capital. Como dijo lo hizo, qué tal.

Llegó ya en la tardecita, y como la hora no era propicia para aplicarse a buscar trabajo mejor buscó un hotel donde quedarse y luego que se instaló, modestamente, claro, se salió a pesquisar los alrededores; qué cosa de veras grande la ciudad, examinándolo todo, tan esparcida, tan hospitalaria, registrándolo todo, tan manadero de cosas provechosas, admirándolo todo y como disponiéndose para la conquista; qué diferencia con ese denuedo de calamidades y estrecheces que era el trozo infame de provincia, el pueblo sobradamente desguarnecido que apenas hace un rato dejó; durante muchos pasos, injuriante y turbia, lo alteró una especie de ilegítima tristeza; después se problematizó con las calles y tuvo que indagar ora por la diestra ora por la siniestra cómo retomar el rumbo del hotel, y lo bueno fue que la gente se comportó empecinadamente gentil brindándole indicaciones y él pudo así regresar sin mayores tropiezos, aunque cabe suponer que un poquito tarde para sus costumbres; y más después nada que se podía dormir de la puritita emoción, del efecto que le causaba el silencio raro de la ciudad, que es más precisamente como un ruido constante y triturante, de la extrañeza de estar solo en ese cuarto, en esa cama; pero de a pocos se le fueron ablandando el cuerpo y los pensamientos y la nostalgia y en realidad era como si estuviese en su propio cuarto, en su propia cama, en el centro mismo de su habitual adormilamiento; si hasta casi le parecía sentirla acostarse a su lado, si hasta casi le parecía que ella le echaba su olor y sus latidos y que él, perezosamente, se intimaba y se desproporcionaba en ella, no tanto por cumplirse la satisfacción como por aliviarse de ese insomnio triste, de ese estar meramente hilvanando ensueños. Para colmo, las manchas del calor untándose con tenuidad, como caricias diseñadas con profundidad pero sin apremio.

Amortiguada por la distancia, la voz de Rosa lo despertó; si algo le atrofiaba los nervios majaderamente era ese vivir gritando de Rosa, ese vivir urgiéndolo, precariándolo; qué distinta de como sabía ser por las noches se comportaba durante el día, qué otra; las mujeres nunca entienden que uno siente a veces la legítima exigencia de estarse nomás arrebujado en la oscuridad, nomás fraguando quimeras para convalecer de los desganos que tal parece que le viniesen a uno de nacimiento; así que a lo mejor acabó de ponerse su único flus, el negro de cuando se casó y que estaba como nuevo y la señorita secretaria, muy amable, le dijo un momentito, por favor, y desapareció por una puerta más bien elegante mientras él se protegía los ojos con el dorso de la mano y se volvía de costado, maldiciendo la intromisión solar y los postigos abiertos; la señorita reapareció casi en seguida, con una sonrisa muy pulcra, y le pidió pase usted, por favor; Juan Antonio murmuró gracias, con permiso y entró en el despacho del señor ingeniero, que salió de detrás del escritorio para recibirlo, con una impecable cordialidad administrativa y le ofreció asiento y hasta un cigarro de los que había en una cajita de plata forrada de terciopelo; no fumo, gracias; yo tampoco, pero hay que estar prevenido, por las visitas y los clientes, usted sabe; sí, claro, manifestó Juan Antonio, actuando con un aplomo y una soltura que a él mismo sorprendía y maravillaba; se miraba complacido de su comportamiento y se admiraba del inteligente intercambio de opiniones que sostenía con el ingeniero; nunca se hubiera soñado capaz, lo que son las cosas; así que comerciante, expresó el ingeniero Burgos, entrelazando las manos y dejando entrever algo semejante a una satisfacción; en efecto, señor ingeniero, comerciante; pues no sabe usted cuánto gusto me da porque ni más ni menos es lo que estamos requiriendo, y apretó el botoncito blanco de un aparato y entró la señorita secretaria, muy decente, de buena familia de seguro, la distinción se nota a primera vista, y le dio a Juan Antonio unos documentos para que los firmara; desde este momento, dictó Burgos conteniendo apenas las premuras de la emoción, es usted el encargado en jefe de  nuestras bodegas, y si como espero las cosas marchan como debe de ser, dentro de poco le daremos un puesto mejor, más acorde con sus merecimientos; y se estrecharon las manos vigorosamente, como dos hermanos que confirman los lazos de la sangre con los quizá más sólidos de la amistad. Qué gente de garantía este ingeniero, ni hablar, qué calidad humana tan desacostumbrada.

Y de inmediato sabes, vieja, como si la tuviera ahí juntito, al alcance de la mano, le comunicó que la situación estaba de maravilla y que se jalara para acá con todos los chamacos, no me lo vas a creer pero que su sueldo era tan espléndido que hasta iban a poder vivir en un departamento bien de primera, como esos que me has conversado que a ti te encantarían, y no alquilado qué va, sino de los que estos aires se compran en condominio, y es que fíjate que en cuantito se percató de mis necesidades, el ingeniero, bueno mejor dicho la empresa, nos hizo el favor de prestarme el dinero para el enganche y la cosa marcha de veras majestuoso, ¿te das cuenta?; y tú que decías que yo jamás iba a poder ser alguien, que yo era bravo para hacer hijos pero nada más; y lo que pasa es que tú nunca me has prestado ninguna confianza, Rosa, nunca me has estimulado ora tú, Juan Antonio, échate para adelante mismamente como si te jugaras la vida, aquí tienes una mujer para valérselas contigo en las maduras y en las que causan daño, nomás no permitas que se te emperjuicie el ánimo ni que se te cancele, aquí detrasito tuyo tienes una mujer que no sólo te quiere para que desafores la existencia por ella sino también para que realices obras en tu propio beneficio, que en fin de cuentas tu beneficio es parejamente el mío; nunca me lo has manifestado así ni parecido. Rosa, nunca me has cobrado fe, o a lo peor nunca te he importado en lo realmente y todo lo que yo haga o deje de hacer te recala igual; y quién te dice que no es por eso la indecisión, el poco carácter para todo; tú dices que es puro pretextar pero la verdad es que es muy difícil esto de vivir oxidado por la soledumbre hasta los huesos; uno está ahí, contigo, pero en alguna parte aquí dentro sabe que no está, que en realidad nuncamente ha estado, ¿te das cuenta?; uno está ahí, metido en el acostumbramiento, diciéndose feliz para con los demás y para con uno mismo, pero aquí en lo íntimo es otra cosa, es como un escozor, como una sarna, porque todo lo que se estanca se pudre, y uno se va pudriendo de tanto no ser, de tanto ser meramente una aproximación, una esperanza, y en el fondo nada, nadie; y vaya a saber si le platicaba toda esta sobrante de lastimaduras y despechos porque ya no se aguantaba de estar solo, porque ya le podían a lo desmesurado las urgencias de que estuvieran a su lado ella y los chamacos, porque la necesitaba mucho, vieja, y quería que lo supieras para siempre. Como si la viera mirándolo desde el espejo, como quien busca aspirar un poquito de consuelo, entredijo buenos días, Rosa, como si fuera cualquier mañana común y corriente.

Qué risa; la cara de embobados que pusieron ella y los chamacos cuando se percataron de lo grande y lujoso del departamento, se quedaron de una pieza, daban la impresión de como espantados, y él tuvo que empujarlos ora pues, muévanse, éntrenle, y ellos muy despaciosos comenzaron a inspeccionar minuciosamente, como un rebañito torpe, como temerosos de que el cambio les pudiera significar una trampa; ni siquiera se atrevían a pisar de lleno las alfombras ni a tocar nada, caminaban cogiditos de la mano, con una emoción dificultosa, estiraban los ojos, fascinados y medrosos, respiraban con una especie de aceleración contenida, las bocas repletas y descolgadas por el asombro; ay viejo, rumoreaba apagadamente la Rosa, ay viejo, y por un lado la calambreaba la incredulidad y por otro la sofocación y entre que reía y rezaba y sus manos tantito se entrelazaban y tantito le frotaban la cara o se encajaban con ternura en los hombros de alguno de los niños; todo era suave, todo sucedía puntualmente como en tantas oportunidades lo había figurado, todo transcurría sin el menor entrometimiento hasta que la voz de Amilcarcito rebanó de un tajo insospechado y preciso el espacio; mamá, tengo ganas de miar, no se dice miar, muchacho grosero, se dice orinar; qué manera de romper el encantamiento, caray; cuántas veces te lo tengo que decir ¿eh?, que los animales son los que mean, que las gentes orinan; caray, Juan Antonio se echó la almohada sobre la cara rumiando imprecaciones y tuvieron que pasar algunos minutos para reconstruirlo todo y ponerlo nuevamente en su sitio y véngase para acá, mijito, agarró a Amilcarcito de la mano y lo llevó al cuarto de baño, que estaba tan deslumbrante que la Rosa, a lo mejor sin querer, advirtió no lo vayas a ensuciar, cielito; pero lo primero que te digo es lo primero que haces, muchacho puerco, mira nomás cómo mojaste toda la taza, ora la limpias; por favor, Rosa, por favor; ya voy, ya voy, no tengo veinte manos, Rebecaaá, fíjate que no se tire la leche, y ustedes apúrense, que ya son veinte para las ocho; te lo suplico, Rosa, cállate de una vez; ora tú. Pablo, ve a despertar a tui padre, no, que vaya Pepe, recojan sus cosas, córranle; un día de éstos me amanece de frente la voluntad y me largo, como que hay Dios que me largo, ya verás; mamá, la maestra me dijo que tenía que llevar cinco pesos, papá, que dice mi mamá que ya te levantes, tu maestra ha de creer que a nosotros nos mantiene el gobierno, ya nos vamos papá, ora pues, se me comportan derechitos, ¿he?, sí, papá; déjalos, Rosa, déjalos, ya se acostumbrarán, yo mismo todavía no me acostumbro; ¿te gusta la recámara?, ay viejo, seguía suspirando ella; y la cocina, ¿qué tal?, más de primera que la del anuncio del periódico, ¿verdad?, claro que sí, viejo, como con humildad y respeto, como con admiración por él, como con vergüenza de haberlo menospreciado tanto, de haberlo creído tan insuficiente; y los chamacos poco a poco menos achicados, poco a poco empezando a agarrarle seguridad a su neva casa, aunque sin perder esa cantidad de asombro que les enchulecía la cara; y para abundar en la sorpresa, Juan Antonio regresó al día siguiente en automóvil, uno más enorme y mejor que el que presumía don Amílcar, para que te des cuenta, Rosa, y es que como le avisó al ingeniero que ya había traído a la familia consigo y como para estas alturas él ya se había merecido integrita la confianza del ingeniero, pues de inmediato la empresa le facilitó el dinero para la compra. Qué orgullosísima se le veía a la Rosa, que confiada y erguida, si hasta parecía que de pronto se hubiera puesto más señora, y los niños preguntando y escandalizando allá en la parte de atrás, cuando salieron a dar la vuelta para que conocieran la capital y para estrenar el coche.

Y a lo mejor al cabo de cuatro meses Juan Antonio ya había ascendido a jefe de personal y al cabo de siete a subgerente de la compañía, haciéndose acreedor a todas las pequeñas y medianas satisfacciones que esta vertiginosa ventura trae consigo, y como es natural ya no le era permisible vivir en un departamento, por muy encondominiado que fuera, así que aportó el enganche para una residencia como debe de ser y adquirió otro coche, pequeño, aunque no compacto, para que la Rosa pudiera desplazarse convenientemente de una tienda a otra tienda y no anduviese con tantos contratiempos, y es que la capital, ay Dios de mis entrañas, es un verdadero martirio para una mujer si no se tiene automóvil, lo mismo que si no se poseen dos o tres sirvientas, mínimo; y los niños, por supuesto, acudían a uno de los más prestigiados colegios particulares y ya la Rosa estaba considerando enviarlos a estudiar y perfeccionarse en el extranjero, a la usanza de los hijos de don Amílcar, que dicho sea de paso fueron, vieron y regresaron igual de brutos, o peor, de tal palo tal astilla, más presumidos, eso sí, los nuestros en cambio; claro, Rosa,; la pobre se encontraba moralmente fastidiada de los fines de semana en Cuernavaca o Tequesquitengo y aun en Acapulco o Puerto Vallarta, lo que pasa es que en México no hay lugares bonitos para descansar, y no es sólo eso, sino que en todas partes dejan entrar a cualquiera, no es como los europeos o los norteamericanos, que disfrutan de unos lugares exclusivos muy preciosos donde no se permite la revoltura de clases, lo que no significa despreciar a nadie, sólo que cada uno en el sitio que le corresponde, como dice doña Beba, la mujer de don Amílcar, que por cierto me pidió el otro día que la acompañara a hacer sus compras a Suiza, ella trae todas sus cosas de allá, y no le falta razón, aquí no contamos con un almacén siquiera regularmente excepcional, es para echarle a perder los ánimos a cualquiera persona decente, pero eso sí, cuando menos a España me voy la próxima ocasión que necesite ropa, doña Beba me ha jurado que los españoles tienen unas cosas lindísimas, increíbles; claro que sí Rosa, claro que sí. Pero esto se compensaba con el reconocimiento, el respeto, incluso la envidia de los demás, lo que en última instancia valía por otras muchas cosas.

Sin duda, el golpe de fortuna sólo fue posible por una inflexible consigna de voluntad, por haber emprendido el tantas veces imaginado y perniciosamente postergado viaje a la capital; lo que pasaba antes era que todo se le iba en esquivar la realidad, en figurarse lo que me gustaría ser si no fuera lo que soy, como por ejemplo ser boxeador, después de asimilar una pelea de box, o ser futbolista, después de clamorear un partido de futbol, o ser influyente, después de que alguna autoridad menor lo denigraba con una multa por cometer cualquier cosa, y así de inútil por el estilo; cada vez más los sueños dejaban de ser una mera manía para convertirse en un método que aspiraba a la perfección;: hasta que por fin se resolvió y ahí estaban en pleno ejercicio los resultados; ahora era lo que se dice un hombre fecundamente nuevo, práctico, legítimo, íntegro; cuántos años malbaratados, caray, quizá si se hubiera desprendido de sus lastres a tiempo, ahora la calidad de su persona sería distinta, acaso de todavía mayor importancia, quizá su prestigio de empresario le hubiese favorecido adherirse a la actividad política y contagiarse, en consecuencia, de más negocios, más concesiones, más respetabilidad, y pensándolo como debe de ser, quién quita y a estas alturas ya sería senador, tal vez hasta gobernador, y tal vez, uno nunca sabe; pero basta, no hay que perjudicarse nuevamente con eso, que pertenece al pasado, a ese pasado tan menesteroso, tan ahincado de pereza, de indecisión, tan amañado e indolente, tan injuriante de inercia, de acciones invariablemente pospuestas para mañana sí lo haré, tramposamente mañana sí me armaré de valor y no lo dejaré para mañana, a ese pasado sin propósito fijo, vapuleado de parte a parte de tan pretexto, envilecido de tan excusa; y para mejor, justo el día que cumplió un año de haber ingresado a trabajar fue nombrado, sin estupefacción para nadie puesto que era lo más lógico que cabía esperar, gerente general de la empresa, y el amigo Burgos se hallaba tan estruendosamente codicioso con su desempeño, que esa misma tarde lo convidó a ser su socio en la negociación, juntos abrirían una sucursal y con un poco más de esfuerzo, qué tal, Juan Antonio se miró a sí mismo, colmado de ese ponderable orgullo que se aposenta en el hombre que ha sabido arquitectar su propio destino.

Con el azuzar del tiempo cayó un pelo en la sopa; la Rosa se transformó en un instrumento de gastar dinero y él en una máquina de trabajar; su matrimonio, por decir algo que no pasa de ser ordinario, no era ya sino una de tantas fórmulas de felicidad social, o para decirlo con palabras de don Amílcar cuando anda en tránsito de copas, en la vida de un hombre siempre hay dos mujeres, la que uno quiere y la que uno tiene en casa, que es hazte de cuenta como una cicatriz, a veces las miras y piensas caray, esto fue alguna vez una herida, mi vida dependió dulcemente, profundamente de ella alguna vez, y ahora ya no sangra, ya no duele, ya no es esa inquietud, esa ansiedad, ese peligro, sino un recuerdo que apenas si te ocasiona un poco de emoción de cuando en cuando, y casi siempre una lástima, un desagrado que tienes que llevar contigo quieras o no quieras; muy romántico, pero Florentina, aquella pulcra secretaria de escasamente un año atrás, que Juan Antonio diseñaba como imagen auxiliar para realizar cierto montaje de idilio, no estaba dispuestas a continuar en la sombra y exigía dejar de ser la que uno quiere para ocupar el sitio de la que tiene uno en casa, por más que Juan Antonio le había escenografiado un nidito de amor que era un primor y le consagraba casi íntegro el escaso tiempo libre que le quedaba y le juraba con lágrimas en los ojos, no es ninguna exageración, que si no fuera por sus hijos uuuy que tiempos que; sólo que Florentina ya no era la niña que se contenta con caramelos, había sufrido la excusa innumerables veces y la verdad es que estaba harta y por eso proclamaba esa disyuntiva consternante, tu esposa o yo, tu casa o yo, conste que nunca dijo tus hijos o yo, además de linda era inteligente, a los niños podía seguirlos viendo las veces que fuera necesario, conste que tampoco dijo nada de vivir al lado de ellos, y la Rosa acabaría tarde o temprano por comprender, como ocurrió en aquella película en la que la esposa, después de una desastrosa tentativa de suicidio, se encarrila de nuevo y empieza a salir con diferentes tipos y hasta vuelve a ser feliz, qué cosa; naturalmente, la Rosa no sería capaz de intentar siquiera con otro; estaba seguro, aunque la sola idea lo hizo sentir como si tuviera un ratón en el estómago; trató de visualizarla aparejándose con otros hombres pero no pudo, y a pesar de que no pudo le fermentó una especie de rencor contra Florentina por inducirlo tan adredísimamente a tales pensamientos, la mujer de uno es muy sagrada, qué caray, y porque él nunca se anduvo con subterfugios, ella sabía cuál era la situación y la aceptó, pues sí, pero ya no soporto que sigas viviendo con tu mujer, y persistía en que ello o yo, no se trata de tus hijos, se trata de ella o yo; está bien, voy a hablarle, entonces. Tendría que decidirse y decírselo de sopetón, pero resulta que para determinadas cuestiones es uno tan pequeñito, tan insignificante, tan de a tiro poquita cosa.

Y de repente la voz de la Rosa que lo sobresalta y lo apresura, ora tú, Juan Antonio, ¿no ves que ya está servido?, ¿qué esperas?, y él que se la queda mirando fijo y como espantado y que le dice, con expresión cautelosa, sabes, vieja, he estado pensando, ¿y si me fuera a la capital a hacer fortuna?; y ella, sin dejar de trajinar y sin volverse siquiera a verlo, que le rezonga ay, ya estás otra vez con tus cosas, no te hace bien pensar, por lo que veo; y él, como queriéndose engallar mira, Rosa, te voy a demostrar que sí puedo, y ya verás después, solo necesito que tú estés de acuerdo, para poder irme tranquilo; bueno, que le contesta ella, con una media sonrisa que es más bien una media mueca, pues si estás decidido, por mí no te detengas, me sé bastar sola; te lo estoy diciendo en serio, Rosa; yo también, ¿qué te creías?; y entonces Juan Antonio que respira hondísimo y que exclama atropelladamente pues ya está decidido, me voy; ¿y cuándo te vas?, que interroga ella, con un tono de voz como muy sentido, si se puede saber, claro; mañana, para dejarte todo arreglado como debe de ser, sí, mañana, o cuando mucho pasado mañana, pero esta vez sí va en serio, en cuantito arregle las cosas para que tú y los chamacos la pasen bien, me voy, un día de éstos, no pasa de esta semana, o cuando mucho la que viene, te lo aseguro; y entonces ella que suspira pesadamente y que murmura bueno, está bien, y luego, con una autoridad amarga y resignada, que le ordena pero mientras apúrate y vete a abrir la tienda de una vez, ¿quieres?, ya es muy tarde. Terminado. El hombrecito la mira, sin amor, sin odio. Punto. Se limpia los labios como una criatura obediente. Fin. Aparta con suavidad la silla, se levanta y sale a abrir la tienda. Se acabó.

Texto tomado de la revista El cuento No. 90; Año XIX; Tomo XV; 1984; Pp. 295-301

Transcripción: Armando Pacheco
Archivo: Biblioteca de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca «Melba Alfaro Gómez»)
Acervo: Revistas mexicanas

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