El libro de texto gratuito y sus opositores (1962) | Ermilo Abreu Gómez

Los libros de textos gratuitos que elabora y distribuye el Gobierno de México, constituyen un modelo en su género y son dignos del mayor elogio por lo que significan para la educación de los niños. Es bueno recordar que ni en México ni en el resto de Hispanoamérica jamás se habían puesto en manos infantiles, páginas de tan clara orientación humana. En ellos todo está calculado con ciencia, orden y espíritu constructivo. Más que divulgar noticias diversas, ensamblan las más esenciales, a fin de hacer más honda la función vital de la escuela. Desarrollan normas didácticas que estimulan la comprensión y la asimilación de las materias y teorías que exponen. Están escritos con pulcritud, con una bien estudiada frecuencia de vocabulario, acorde con el proceso natural que señala la edad del niño. Por último, la expresión estética que difunden es tan sencilla, diríamos tan tierna, de tanto sabor mexicano, que puede desenvolverse, de modo fecundísimo, en la mente y en el corazón del estudiante.

Por otro lado, estos libros —dentro de los límites que señalan los programas oficiales vigentes— han sido concebidos y redactados por notables y experimentados maestros en cada materia. Los artistas que los ilustran no pierden de vista el propósito pedagógico que se persigue, de ahí que líneas, colores y figuras constituyan un todo armónico y propicio para la capacidad del lectorcito.

Pero, tomando en cuenta que toda obra humana es perfectible, la comisión que los edita cuida de que, para cada nueva impresión, se revisen y mejoren y hasta dispone se introduzcan en ellos reformas para hacerlos más claros y más eficaces. Esta tarea de revisión es continua y es así como, día a día, los textos se acercan más y más al depurado propósito del plan original. Pero no obstante estos méritos, tan fáciles de comprobar, una y otra vez y en diversos lugares del país, los libros de texto gratuitos han sido objeto de ataques, atribuyéndoles, sin el menor fundamento, un contenido que no tienen ni por asomo.

Quienes levantaron, con aires de bullicio callejero, semejante campaña calumniosa y desorientadora, han acabado por enmudecer y por batirse en retirada. La noble verdad de estos libros se ha impuesto; y sus doctrinas, sin sectarismo de ninguna especie, han llegado a la conciencia nacional. Y no se olvide que si alguno de estos libros hubiera tenido siquiera una leve señal equívoca, sus detractores la habrían exhibido como trofeo de triunfo irrecusable. Con aquel destello de error tendríamos una hoguera encendida y destructora.

Claro que los autores de tan falaz diatriba no se cansan y, por todos los medios, se empeñan ahora en descubrir nuevos y posibles errores. Destruido el ataque contra el contenido, quieren hoy apoyarse en un punto que, de antemano imaginan vulnerable y, por lo mismo, útil para defender su tesis.

Los nuevos enemigos afirman que los tales libros, amén de ser gratuitos y obligatorios, son, arbitrariamente, únicos. En lo primero no se engañan; en efecto son gratuitos y obligatorios porque gratuita es la educación primaria que se imparte en la nación y porque ésta, necesariamente, debe responder a un sentido acorde con las normas expuestas en la Constitución, que implican una filosofía de auténtica libertad de conciencia.

Gracias a que los libros se reparten sin costo alguno, miles de niños de la ciudad y del campo tienen hoy un medio adecuado para educarse. Gracias a ellos, otros niños pueden recordar mejor sus lecciones escolares, o pueden, por sí mismos, disponer de un caudal informativo y de orientación, capaz de hacerlos sentir el valor de la cultura, el significado de la historia y de la ciencia y el alcance de sus futuros deberes cívicos.

Pero no son únicos. Al propalar que son únicos, se falsea a sabiendas la verdad; aún más, se engaña a la opinión pública. Se comete así un delito. Los textos no son únicos. La ley misma autoriza el empleo de otros textos cuando satisfacen las necesidades del espíritu de la educación nacional. Estos textos siempre han estado a la vista de todos; en las manos de maestros, de niños y de padres  de familia. Se encuentran en las escuelas, en las bibliotecas, en las librerías y en las tiendas donde se venden artículos escolares. Sin trabas ni distingos han hecho su oficio.

Pero, como es natural, también se sujetan a normas pedagógicas oficiales porque el Gobierno no puede dejar su elaboración en manos mercenarias o incultas o, lo que sería peor, en manos capaces de enturbiar la verdad a costa de un prejuicio. El alma del niño es sagrada y, por lo mismo, debe ser protegida. La libertad de imprenta o de expresión, en México como en todo país civilizado, tiene una sola taxativa: el respeto al derecho ajeno. Y el derecho ajeno no sólo es individual sino también colectivo. Así, nadie, a nombre de ninguna libertad, puede fomentar el fanatismo, ni enseñar fábulas con visos de ciencia, ni ciencia basándola en mitos, ni alterar la moral invocando doctrinas de privilegios. Nadie tampoco puede desvirtuar la historia patria para salvar un credo o un repique de partido. Es necesario que el mexicano, desde su infancia, esté en condiciones de verificar la verdad de su cultura. Por lo mismo debe apartársele de toda doctrina fundada en supuestos. Aunque nada de eso será rémora para que goce de la belleza y, libremente, ejercite su imaginación, cuna insobornable de la poesía.

El Gobierno sabe que es indispensable dar a los niños un producto limpio, capaz de contribuir a su formación espiritual, como individuo y como miembro de la familia mexicana. Y no sólo los maestros sino también los padres de familia deben estar seguros de esta realidad objetiva.

Texto publicado el 7 de junio de 1962 en el periódico Novedades y tomado de los libros del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, Ciclo Presidente López Mateo, Número 41, Junio 1962, Pp. 167-170. Transcripción realizada por Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía; septiembre del 2020)    

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