Antes y ahora (Carolina Luna) | Entre el silencio y la ira (1992) | Narrativa Contemporánea de Yucatán (VV.AA.)

Abandonamos la casa de techos altos un mediodía, sola quedó la terraza de ángulos perfectos e interminables, expuesta al sol, desnuda de pájaros y macetas.

Desde el umbral, intuía la próxima nostalgia mezclada con el entusiasmo de habitar una nueva casa.

Mi madre entraba y salía acarreando las últimas cajas. Me hice a un lado para no estorbar y permanecí en la sala. Desde ahí podía divisar parte de casi todas las estancias. La sala dominaba mi atención; los retratos amarillentos de los padres de mi abuela, unos muebles que nunca usé, el librero empolvado con menos libros que adornos; una vitrina semicircular, que entonces no sabía tan hermosa; y la araña de cristal, que a pesar de mis intensos deseos, nunca llegó a caer.

Giré la cabeza a la izquierda, miré la puerta altísima, cerrada. Volví la mirada al punto del principio; el comedor se recortaba con el arco que lo dividía de la sala. En él, seis sillas y la mesa rectangular, unas mecedoras; otra puerta alta y la terraza vecina a dos cuartos; estantes, pabellones, medias lunas. Un espacio brece e inútil entre la cocina y el baño, separado de otro mayor que tenía a los extremos los cuartitos del servicio y de la bodega. Un baño minúsculo, el lavadero, y hasta ahí con los ladrillos. Comenzaba, entonces, el patio: Bugambilias, ciruelos, maravillas, galán de noche y, espinoso junto al muro enmohecido, el árbol de naranja agria, escalera perfecta a la azotea.

Entre el verde habitaba un monstruo. Su cuerpo dejaba huellas sobre la tierra y tenía una mueca de risa forzada. Le perdí el miedo a tal punto que le puse un nombre imperdonable. En recompensa, le daba plátano o sandía directamente a la boca desdentada y le pinté el carapacho rojo bandera para que no se me perdiese entre las plantas. Tuvo hijos porque tenía marido, y salían todos en fila india cuando llovía o querían refrescarse en la pila de cemento que les hizo Pedro, carpintero o albañil, según las necesidades que tuviéramos cuando él se presentaba, por lo general, cada quince días.

El recorrido visual, percibido en parte, me llevó a caminar de nuevo por la casa. Pensaba en qué tan diferente disposición pudo tener antes de que mi madre y yo llegásemos; antes de que mi abuela fuese abuela de nadie. ¿Habría más plantas o menos, tendría la terraza interior el ajedrez rojo y blanco del piso, las mamparas no rechinaban al abrirse, los niños verían menos poderosas e infinitas las vigas del techo?

Cuando llegué al patio, la tortuga pretendía esconderse en un arbusto. Me preocuparon los zopilotes; con frecuencia bajaban a comer tortugas tiernas o, bien, el producto recién ovado. Sin estar yo, quién los espantaría.

La veleta del vecino rechinó moviéndose apenas. Sabina destendía una hamaca.  Morena en hipil blanquísimo, descalza entre agua y piedras, era el rostro más arrugado que convivía con nosotros. Veinte años al servicio de la casa.

Mi abuela surgió de la bodega.

—Guardé la olla de sancochar ropa, a lo mejor vuelve a servir; ya no hay de esas.

Yo seguía inquieta por el futuro de mis animales.

—Chichí, ¿qué van a comer el gato y las tortugas?

—Cuando Saby venga a limpiar, yo le voy a dar para el bofe y la fruta.

—¿No va a ir a la otra casa?

—Quién sabe, es el monte, le queda lejos.

—Pero está más cerca de su pueblo, mamá —mi abuela apretó los labios y no hizo caso del comentario.

Después de trancar puertas y ventanas, salimos. Yo, repito, aturdida de emociones contrarias.

Todo el trayecto al lugar donde el diablo escondió la cola, como le decía mi abuela a la colonia donde viviríamos, lo hizo en silencio. Tenía sombras en la mirada.  Interrumpió su mutismo sólo una vez para decir: Esa casa tiene setentaidós años. Lo sé, mamita, contestó mi madre.

Tardemos algunas semanas en instalarnos por completo. Un olor a nuevo y a brisa renovada fueron las características de aquellas casas de fraccionamiento. Mi madre, feliz con la cocina estrecha, aunque dos años más tarde la mandó agrandar.

Mi primer gozo y mi primera lamentación coincidieron en provenir de ausencias. Debí al miriñaque la inexistencia de moscos y, por eso mismo, la inutilidad de pabellones.

Conforme nos incorporábamos a la rutina, las ausencias aumentaban. Las más visibles, a saber: veletas, zopilotes, el pichel que llenábamos con agua de lluvia, el panadero en bicicleta, en fin. Pero la ausencia más incomprensible, a mi modo de ver las cosas en esa época, fue la de mi abuela, pese a estar ahí, con nosotros.

Al anochecer, sentada en el porche, decía descansar de la inactividad del día. El centro de la ciudad le quedaba a media hora en camión, cuando antes, con caminar tres cuadras, llegaba ahí. Las conocidas y contemporáneas a quienes solía frecuentar, vivía relativamente cerca entre sí, todas en los primeros cuadros de la ciudad; ahora, para ir a verlas, necesitaba del autobús, y jamás lo usó, simplemente porque no sabía cómo. Para salir a comprar cualquier ocurrencia, debía recurrir al supermercado, y nunca quiso ir, ni le ofrecieron llevarla. Por lo tanto, no tenía a dónde ir.

Se limitó, pues, a conformarse con las visitas que sus amigas hacían los fines de semana, a manera de excursión, a las que, como ella ahora, vivían en el exilio de los fraccionamientos.

Sus pasos se acortaron, perdió la prisa; con frecuencia se limpiaba los lentes.

Algunas noches jugábamos damas o memoria; lotería ya no tanto; esto era cuando yo salía de mi cuarto donde empezaba a crear no sé qué mundo propio. Otras veces, callada, veíamos correr una jauría famélica detrás de un coche.

En una ocasión, o quizá varias, pero no muchas, tocamos el tema:

—Abue, extraño el ruido de los coches de cabello, creo que hasta a tus vecinas.

Ella jaló un poco de hilaza y luego de verme, la enrolló en el dedo índice y dio otra puntada al tejido: —Les queda lejos nena, respondió.

Sonreí: —¿Te acuerdas del caballo con plumero rosa en la frente?

—Sí, la yegua atabacada. Pero no sonrió.

Me preguntaba si alguna vez se iniciaría todo de nuevo. Entre semana, antes, almorzábamos a las doce treinta, luego, la siesta. A las cuatro o cinco, bañadas y entalcadas, mi abuela y yo, nos sentábamos a hacer mi tarea; a veces daba tiempo de costurar o jugar algo; torear al gato en la terraza, regar las plantas. La merienda a las siete: pan bueno, azúcar con leche, puntita de café para dar color; terminando, sacar sillones a la escarpa e iniciar el rito: «Buena noche Finita, buena noche doña Judith. Pilarcita ¿qué tal? Bien, aquí, acalorada. ¿Y Concha? Tiene gripa, no se quiere serenar». Abanicos de sándalo, zapatos de tacón corrido, vestidos frescos, pechos bien huesudos o abundantes en carne y arrugas; miradas dulces, reumas, artritis, arritmias, muertes de contemporáneos y artistas, el último beso atrevido de la telenovela.   

La inolvidable hora de dormir. MI abuela sentada en mi hamaca, yo en el «tup», batita ancha de algodón.

—¿Cuál quieres hoy?

El príncipe loro o Los siete hermanos. Mejor Rosa Blanca y Roja Flor.

—Bueno

—Y después la canción.

Para la canción ya tenía los músculos aflojados y escuchaba a distancia. «¿Dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de aquí? Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde la perdí».

MI abuela no era alta y tenía los ojos azules o grises según la hora. Cuentan que de joven tuvo buen cuerpo y rechazó a muchos por usar los zapatos sucios o el bigote mal cortado. Una vez sí, se enamoró; pero el muchacho murió en un asilo para locos. Ella lo iba a visitar. No, no sé qué tipo de locura sería ésa.

Una tarde de aquéllas, cuando mi abuela iba a supervisar la limpieza semanal de su casa, mi mamá la fue a buscar y ella informó que no regresaría al fraccionamiento; que podían irle mandando sus cosas porque de su casa sólo la sacaban con las patas por delante.

Su hija se alteró, que no era posible, que cómo le hacía eso, que jamás estaría tranquila sabiéndola sola.

—No estoy sola, Saby vendrá a limpiar y a hacer la comida.

—Pero mamita, me voy a preocupar.

—Para eso hay teléfono.

—¿Y tu nieta? Te va a extrañar.

—No qué… ya tiene otros relajitos. Además, puede venir cuando salga de la escuela el día que quiera.

Mi mamá se enojó, gimoteó y de vuelta al enojo; mi abuela la dejó hacer hasta que dio el motivo que finalizó la discusión: Me da la gana y punto.

La otra, impotente, se encaminó a la salida y oyó antes de abrir:

—No vayas a aporrear la puerta.

Se hizo como ella lo decidió. Le devolvieron sus cosas y yo pude pasarme todas las tardes e incluso noches que quise, en su casa.

Algún domingo regresamos a la misa de Santa Lucía. Sentí una verdadera lástima por mí misma cuando al sostener la mantilla, la observé distinta a pesar de oler como siempre, estar doblada de igual forma y tener atravesado, cuidadosamente, el alfiler con cabecita de perla que tanto me emocionaba en otros tiempos. Era plástico la mentada perla, nunca lo ignoré; pero no lo parecía y con eso me bastaba. Mi abuela me vio con la mantilla entre las manos, reticente o confusa. ¿No te la quieres poner?, preguntó; turbada, moví negativamente la cabeza.

—Está bien nena, sonrió triste. Mirándome a los ojos me la quitó despacio y después de guardarla en un cajón, musitó, creo yo, más para sí que para mí: ¿Verdad que ya no es igual?

Cada vez se espaciaron más mis visitas a su casa. Un distanciamiento lógico y cruel marcó la pauta; ella parecía entender. Después, sobrevino su primer infarto.

Regresó a vivir con nosotros hasta restablecerse. Pidió volver a su casa y no le fue concedido; pidió volver de nuevo y aceptó mi madre.

El segundo infarto la situó, otra vez, en la mía. Ya no protestó. Sentada o acostada en su hamaca practicó el juego que después adoptaría como oficio: mirar al vacío. El ese instante, por primera vez, la visualicé como a una anciana.

Lúcida, quizá demasiado; soportaba con altivez, ser considerada casi una menor de edad. A veces, conservando retazos de su antiguo humor, respondía irónica a mimos, cuidados y tabúes de esa casa que no era la suya. Sin embargo, iba con frecuencia a la propia y a veces le permitían unos días. Pero ya debía llevar la ropa en una de sus incontables bolsas, el gato se había largado y las tortugas… no se sabe.

Un día, al salir de la escuela, pasé el centro y fui a su casa. Cuando abrí la puerta, miré en el comedor el perfil enjuto de su cuerpo en un sillón. No se mecía. Volteó al oírme llegar. Mientras me acercaba observé sus labios como endurecidos, luego, el iris tan blanco que me pareció inconcebible no haberlo notado antes; las manos, más que descansar, se aferraban a sí mismas sobre su regazo. Lloraba, ¡qué decir! Entre los emblemas de la familia contaba un orgullo duro, incluso cruel, cuando se considerase necesario. Las veces que la había visto llorar habían sido tan solemnes y escasas; y en ese momento parecía sin razón, sin algo natural que lo justificara.

—No llores, le dije, y apretó los labios; no llores, repetí.

—Nena, ya me quiero morir.

No agregué nada a lo que dijo y me sentí estúpida

—Tú lo sabes —afirmó.

— Sí —contesté.

— Hay que empacar las cosas.

Volví a mi casa, no pidió regresar a la suya, ni siquiera para supervisar la limpieza. Le costaba más caminar, comer, hablar, esto último lo hacía poco; sólo con aquellos que mostraban un interés auténtico por conversar con ella. Hubo un espectro (de la edad, de la muerte) que nos hacía a otros rehuir, por instinto, su cercanía. No. Es demasiado fácil plantearlo así, cuando en realidad es brutal que salgan manchas en la piel, los dientes se desprendan, que huela uno distinto, que cualquier capricho sea un chochera. Arrastrar los pies pequeños para llegar a tiempo al baño y no dar trabajos, y no pasar la vergüenza de orinar a gotas en el camino. Que, a fin de cuentas, disimulado o no, uno sea un estorbo.

Aquel pensar «de veras te amé» cuando la vi ridículamente maquillada en un ataúd que le quedaba grande.

Abandonamos la casa de techos altos un mediodía. Muchas de sus vecinas actualmente son comercios o casas en venta.

Yo paso ahora, cualquier noche. He tenido la suerte de no ver ningún borracho vomitado al pie de la puerta angosta, descascarada. En cambio, pude meter los dedos en la herrería garigoleada de los postigos e intentar, por una hendidura, atisbar un recuerdo luminoso. Sonidos que rememoren tanta vida que hubo detrás de esa puerta, que el ruido de camiones y otros vehículos, ahora tan frecuentes, hace deshacerse día a día.   

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

Foto: Adriana Carrillo Alemán

Carolina Luna nació en la ciudad de Mérida. Escribió cuento y ensayo y fue integrante del Centro Yucateco de Escritores. Premio y Mención de Honor en el Certamen Nacional de Cuento convocado por la revista La Pluma y El Jaguar de la Universidad de las Américas en Puebla (1990); Primer lugar en el Premio Estatal de Cuento organizado por el Instituto de Cultura de Yucatán y Mención honorífica en el Certamen de Literatura Antonio Mediz Bolio (1990); y Mención de calidad en el Primer Concurso de Narrativa Erótica “Papanicolau”, convocado por la revista El Correo Chuan de Monterrey (1998). Becaria del Centro Yucateco de Escritores, (1992), del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Yucatán en la categoría de Jóvenes Creadores y de trayectoria (1993, 1996, 2005), del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1997), y del Centro de Escritores Juan José Arreola, Casa Lamm (2000). Está incluida en el Diccionario de escritores de Yucatán (CEPSA editorial, 2003). Publicó en Blanco Móvil, Cantera Verde, Castálida, Contraseña, Cuadernos Literarios de la  Universidad Autónoma de Yucatán, Cultura Norte, Cultura Sur, El Ángel, de Reforma, El Cuento, El Juglar del Diario del Sureste,   Fronteras, La página Gorgona de Novedades de Yucatán, La Revista (Yucatán), Lectura de El Nacional, Navegaciones Zur, Páginas, Parva (Tabasco), Playboy, Sábado del Unomásuno, Tierra Adentro, Unicornio de Por Esto! (Yucatán), Voices of México, X-X. Publicó los libros Nocturno (La Gorgona,1990); Límites de sangre (1991); Cuentos de sangre para antes de dormir (Colección La Hoja Murmurante, editorial La Tinta del Alcatraz, Toluca, 1992); El caracol (Conaculta / ICY, 1993); Prefiero los funerales (Conaculta / Fondo Editorial Tierra Adentro 1996 y 2001)  || El Matagatos y otros cuentos (UAM, 2002); y Los espacios que nos ocupan (Conaculta / DGP, 2004). Murió en Mérida, Yucatán el 18 de noviembre del año 2018

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