‘Mayapán’ | Capítulo I | Argentina Díaz Lozano

Mayapán; Díaz Lozano, Argentina; Editorial Yucatanense Club del Libro; 1951

El naufragio

El mar estaba de un color verde oscuro, violado por la espuma de grandes olas que encrespábanse y emprendían carreras de competencia sobre los lomos del gigante. Avanzaba el velero balanceándose graciosamente, con todas sus velas desplegadas al viento de aquella tarde del año de 1511. El calor intenso que hacía bañar en sudor las frentes de los tripulantes, la atmósfera pesada y las grises nubes que a trechos manchaban el azul del firmamento tropical, presagiaban tormenta.

—¡Vive Dios! Y que Él nos guarde. ¡Tempestad tendremos, mis valientes!

El hombre que así habló, más parecía un pirata que un conquistador español. En su semblante dorado por el sol que bañaba las inexploradas aguas y tierras del Nuevo Mundo, los rasgos prominentes que captaban la atención inmediatamente eran sus ojos color de acero, de mirada aguda que recordaba la del águila, y sus bigotes largos de puntas agresivas vueltas hacia arriba. Sujetaba sus cabellos con un pañuelo rojo anudado sobre la nuca, al igual que los demás tripulantes.

El velero comenzó a cabecear con más rapidez, la atmósfera se volvió densa, irrespirable. El viento, ya más fuerte, traía oleadas de calor, arremolinando las aguas en imponentes y efímeros promontorios. En esos momentos, el vigía gritó tres veces a cortos intervalos: ¡Tierra a baboor!

Un hombre de altas botas de cuero, de dominante ademán y espada de cinto brillante sobre la parte baja de su jubón de terciopelo rojo vino, apareció sobre el puente. Puestas las manos sobre las caderas abarcó con una mirada lenta el mar circundante, la volvió hacia el firmamento donde nubes grises seguían acumulándose, frunció el ceño y llamó a su voz en grito:

—¡Guerrero!

—¡Mi Capitán! —contestó el hombre de los acerados ojos, sonriendo agradablemente y mostrando al hacerlo, sus dientes blancos e iguales. Acercóse con lento paso para guardar el equilibrio, pues el barco ya no sólo cabeceaba con violencia sino que comenzaba a dar desordenados saltos.

—Ordenad y vigilad que todas las  velas sean arriadas. En estos mares las tormentas se forman con rapidez asombrosa; temo que la que se viene haga danzar a nuestro navío y nos dé mal rato. Que Luzardo Díaz y otro le ayuden al timonel.

El mar parecía una fiera amenazante ansiosa de lanzarse sobre su víctima. Rugía, se encrespaba en olas de envergadura inverosímil. Agua y cielo formaban una sola inmensidad, en la cual, el velero, parecía un minúsculo juguete. Sobre una enorme nube gris, el latigazo de fuego de un relámpago anunció la tormenta. Se desprendió la lluvia como si el cielo se hubiese abierto en cien torrentes, acompañada de viento tal, que hizo emprender veloz carrera a la frágil embarcación. Ora se quedaba breves instantes suspendida sobre una ola gigantesca, ora se precipitaba en el abismo. ¿Perecería en las fauces del monstruo?… No. Volvía a surgir para continuar la lucha, hermosa y terrible a la vez.

Tres veces había sido lanzado de la rueda el timonel. Lazurdo Díaz y otro marino acababan de llegar a prestarle ayuda. Los tres hombres, con las piernas firmes sobre el suelo, los músculos de los brazos en tensión hasta parecer romperse, las miradas fieras en los rostros cara al viento y la lluvia, eran la encarnación de la inteligencia y el valor humanos en pugna con los desencadenados elementos.

—¡Capitán Valdivia! —tronó la voz de Guerrero para hacerse oír en medio del fragor de la tormenta—. ¡Creo que estamos llegando a los Bajo de las Víboras y el peligro aumenta!

—¿No estamos ya cerca de Jamaica? —gritó uno.

—Sí. Pero ese es ahora el peor peligro porque los Bajos de las Víboras son famosos en estos traicioneros mares.

Las voces de la tripulación que se impartía señales y gritos de aliento apenas se podían percibir, tal el ruido del oleaje, los truenos y la tormenta.

Después… navío, agua del cielo, agua del mar y viento iracundo se arremolinaron en lucha a muerte, en trágico abrazo.

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Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Agradecemos la donación de libros hecha para este fin por la escritora Claudia Sosa. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía – Centro Yucateco de Escritores A.C.)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

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