‘Mayapán’ | Argentina Díaz Lozano | Prólogo (José Esquivel Pren)

Mayapán; Díaz Lozano, Argentina; Editorial Yucatanense Club del Libro; 1951

He doblado —hace cinco minutos— la última página de esta novela de Argentina Díaz Lozano que se enuncia en una sola palabra: «Mayapán», breve y aguda palabra que se pronuncia con el profundo sonido del tunkul, a cuya voz, hace cuatro centurias y más, se estremecían las selvas aborígenes de Yucalpetén.

He doblado la última página, después de varias horas de lectura continuada, sin posible desmayo, porque emoción y belleza son en este libro como dos centinelas que mantienen los ojos prisioneros; y al concluir, invadióme una sensación compleja en que había de todo: entusiasmo, embriaguez estética, turbulencia mental con alucinaciones auditivas en que he escuchado hablar, en diálogos fantásticos, voces difuntas grabadas en la discoteca de los siglos. Y había en esas voces —¿o en mí?— una infinita tristeza por lo que siguió, por lo que fué de esa última página.

Por mi fe aseguro que, en los comienzos, no creí que cautivase tanto mi espíritu, porque el asunto escogido por la poetisa y novelista es un tema tan llevado y tan traído en la literatura histórica de Yucatán, que parece ya muy difícil enfocarlo desde ángulos que no estén buídos y gastados por otras plumas.     

— ¡Ah! —me dije al iniciarla—. Es la vieja historia de Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar…

Y un gesto de desconfianza debió de haberse dibujado en mis labios escépticos. Sin embargo, continué. A pesar de una instintiva resistencia, continué, porque íbame saliendo al paso cosas muy bien dichas, frases que eran verdaderos hallazgos, que sobresaltaban mi insatisfecho sentido estético, escenas que, sin serlo, parecían nuevas; revivencias magníficas de la época, escenarios que resurgían de teatrales rincones olvidados, con remozamiento de teatro moderno, con diferente luz, audacias de imaginación en el movimiento de los personajes, que resucitan plenamente con toda la verdad de seres humanos, con pasiones humanas, llenos de vida y acción. ¡Vivos! No momias irremediablemente soterradas en las tumbas rigurosas de la Historia. Y por ello, momento hubo, finalmente, en que me sorprendí a mí mismo discutiendo con la autora:

—Si yo fuera un historiador, uno de esos hombres adustos que no conocen la palabra fantasía, uno de esos hombres fidedignos, para quienes los que hablan, viven y se mueven, no son los personajes, sino los documentos, le diría, calándome gravemente los anteojos, que esto no ocurrió así; ocurrió de este otro modo.

—Pero usted es un poeta… un novelista…

—Claro y… ¡qué bello es como usted lo ha escrito! ¡Cuánto más hermosos y no como sucedió en la realidad! ¿Qué importa que Zama o Sama no haya sido la ciudad en que Guerrero vivió sus aventuras y su romance nupcial, sino el pueblo del que huyó con sus compañeros para no ser también sacrificado, como lo habían sido otros de los suyos? ¿Qué importa que Kinoch, como usted le llama, o Kinich, como le nombra Pedro Sánchez de Aguilar en su «Informe contra Idolorum cultores», haya sido, sí, el cacique inhumano de Sama, pero no el bondadoso Kin-Cutz ni el Ah-May, ambos caciques de Xamancaan, de quienes Jerónimo y Gonzalo fueron prisioneros?¿Qué importa que el nombre de Aixchel, la doncella india con quien casó Gonzalo, no sea histórico, ni se sepa de fijo si era hija o sobrina o hermana de Nachancaan o pertenecía a otra familia de la nobleza guerrera, pues en esto hay disparidad entre cronistas o historiadores? ¿Qué importa que la vida y las aventuras de Jerónimo de Aguilar y de Gonzalo Guerrero se halla bifurcado, a partir del momento en que este último pasó a poder del caique de Chetemal y no hayan vuelto a comunicarse sino hasta que recibieron la noticia de que Hernando Cortés les esperaba en la costa? Una novela histórica no es precisamente la historia novelada. Parece que en la novelación de la historia el autor no tendría las mismas libertades que en la novela histórica. Lo importante en esta última es encuadrar los sucesos esenciales dentro del marco general de la historia, aunque no se obedezcan con rigor los puntos accesorios, las líneas del detalle, que, en suma, no son otra cosa que las luces y sombras, las tintas y mediastintas del cuadro.

En la novela histórica el arte del novelista se halla tan oculto, que suele suceder que los lectores no especializados, el común de los lectores, no perciban fácilmente dónde comienza la historia y dónde la fantasía del autor, ni hasta dónde llega la historia y hasta dónde la intención del novelista; pero la fusión de ambos elementos debe ser, como usted lo ha logrado, de tal manera perfecta, que el resultado sea una genuina obra de arte. Porque mientras la misión del historiador es la de un implacable anatomista que pone de manifiesto la carne viva o muerta; que descubre los nervios y los huesos, las entrañas y las vísceras, así despidan fetideces o manifiesten fealdades, la del novelista, cuando no se lo es al modo de Zolá y de los naturalistas, sino se lo es a la manera sensitiva de quien, como usted, ha creado los poemas de «Perlas de mi rosario», es embellecer, con un leve y discreto maquillaje, los hechos que, física o moralmente, pudieran ser ingratos o repulsivos. Quien conozca minuciosamente  y paso a paso, todo el proceso histórico que comenzó con la aventura marítima de Valdivia y culminó con el retorno de Aguilar a la expedición de Cortés, y con él quedarse en tierras del Mayab, en el andaluz Guerrero, la semilla y el semillero de la nueva raza, no podrá menos de ir anotando mentalmente todos y cada uno de los sucesos y escenas que usted supo ennoblecer con infinito tacto, con sensibilidad de poeta, con pinceladas delicadísimas de belleza, porque no todo en ello fue noble y grande ni todos los personajes actuaron con la alteza y la altura que usted quiso darles, ni todos los detalles estuvieron exentos de repulsión y miseria. Podría citarle muchos…          

¿Qué importa, pues, a veces, la historia? ¡Ah, pero lo que sí importa es que haya usted concentrado toda su sensibilidad de novelista en la importante y magnífica figura de Guerrero, sin aprovechar ciertos excelentes elementos novelísticos que hay en ese otro personaje, de tan notables relieves psicológicos, que fue Jerónimo de Aguilar!

—¿Mi Jerónimo es una figura opaca, desvaída y sin relieve?

—Nada de eso; al contrario, ha acentuado usted, manejándolos con destreza insuperable, los rasgos principales de su carácter; pero se dejó en el tintero otros que habrían vigorizado el interés novelístico de su obra.

—¿Cuáles?

—Alguna razón hubo para que prescindiera de ellos, y presumo, para explicármelo, la intercurrencia de motivos de técnica. Ya era suficiente personaje protagonista Gonzalo Guerrero, para, sin apagar su figura, trazar la de Jerónimo de Aguilar con relieves de mayor interés y significación, que pudieran desorientar la tendencia sociológica de la novela, tendencia que es de la mayor importancia. En efecto, ¿qué papel de primera calidad representa Gonzalo Guerrero en la historia de América y, por tanto, en la historia del mundo? Poca cosa: probablemente es el creador de la raza, el tronco del mestizaje americano, el origen, la prístina sémola de esto que somos nosotros, los hombres de la antaño virgen y virginal América, sémola primera que tenía que caer en alguna parte del nuevo mundo, y cayó en Yucatán, en medio de una selva racial, acaso la más poderosa del Continente; y cómo habrá sido de vigorosa y dominante en los siglos de su máximo esplendor, que, ya en el derrumbamiento de su decadencia, todavía presentó batalla formidable a la semilla blanca, en una pugna racial que aún no termina ahora, no concluirá, quizás, en muchos siglos. Tremenda resistencia a la penetración occidental, que usted muy bellamente señala en diversas páginas de su novela, pues mientras, por una parte, pone en boca de Cambal, el anciano indio, amigo de Guerrero, estas palabras: «Vuestra sangre y la de ella (Aixchel) serán la semilla para una nueva raza que se multiplicará en todas estas tierras», dice usted en otro lugar: «En todo obedecía ella a “su apuesto marido”, menos en lo que se refería  a la religión. Había aprendido el Padre Nuestro y el Ave María en español, escuchaba atenta y conmovida la vida de Jesús que Gonzalo le contaba a su manera, pero la pobre no podía prescindir de sus costumbres idolátricas. Continuaba quemando incienso a Ixbunic y al dios de la lluvia y del aire, aunque también mezclaba a sus oraciones el Padre Nuestro “para complacer al buen al buen Dios de su marido”. De vez en cuando visitaba también algún templo para ofrendar el sacrificio de una cándida perdiz. Dos veces habían tenido serios altercados por asuntos de creencias, pero luego Gonzalo comprendió que su instrucción era muy escasa para poder llevar la luz a aquella alma, y confió que poco a poco, a fuerza de paciencia y razonamientos, la haría cambiar. A él también se le embotaba a veces el pensamiento y se entibiaba su fe. El calor, la pereza del trópico amenazaba oscurecer lentamente su inteligencia, acabar su espiritualidad. Ni él mismo se daba mucha cuenta de tales cambios porque se sentía feliz con la posesión de aquella joven amable y bella, que le había dado dos hermosos hijos»

Manifestaciones de esa lucha en la que, paradójicamente, siendo vencedor habría de salir vencido el español por la fuerza de la sangre maya, son otros muchos pasajes de su obra, como estos: «Afuera esplendía el sol que ya pronto se ocultaría. En una plazoleta jugaban algunos niños; por allá, por una angosta avenida bordeada con arbustos en flor venía una india con un gran cántaro de agua sobre la cabeza, y un grupo de mujeres y hombres subían las gradas de un templo cercano llevando en las manos sus ofrendas de incienso y aves. Profundamente pensativo quedó Gonzalo. Con el pensamiento se trasladó al puerto español donde había nacido. Escuchó la música de su idioma hablado por bellos labios de mujeres blancas y rubias, evocó la ventana adornada con claveles donde una novia ingenia escuchara sus palabras de amor; paladeó el delicioso cocido español de carne de res con legumbres y garbanzos, los bodegones donde se comía una dorada costilla de ternera rociada con sorbos de vino añejo, escuchó las alegres coplas que los muchachos del barrio cantaban en las calles durante las noches de luna, y sintió que los deseos de vivir todo aquello se agolpaban en su cerebro y en su corazón formando una nostalgia dolorosa e inmensa… tan inmensa que le dolía como un dolor físico, lacerante…» «Una mañana, después de desayunar con una jícara de caliente y aromado atole de maíz, Gonzalo Guerrero encontró al viejo Cambal que acababa de bajar de uno de los templos:

«—Que gocéis de buena salud, amigo extranjero. ¿Cómo está la salud de vuestra mujer y niños?

«—Están muy bien, amigo Cambal.

«—Ayer los vi jugando frente a vuestra casa. El mayorcito se parece a vos cada día más. Es tan blanco como vos… bien os dije. Ella y vos sois la semilla de la nueva raza que se extenderá y se extenderá… con las nuevas creencias y el nuevo idioma. Escrito está y nuestra hora se acerca. También para vos viene la amargura, vuestros ojos tienen ya la expresión de un animal acosado… sólo por momentos, pero yo leo en ellos la angustia».

Ninguna de las intravasaciones de sangre humana, ninguna de las fusiones de razas en el occidente europeo ha tenido en la historia de las civilizaciones la trascendencia y las enormes consecuencias que el injerto del roble español en el árbol de canela americano. Es innegable que nuestro mestizaje cambió la faz del devenir histórico, y que la existencia de más de veinte naciones de origen hispanomestizo, constituye una fuerza política, económica, jurídica y social que ya las naciones que neciamente alardean de que sus pueblos son razas mal llamadas puras, comienzan a considerar como núcleos humanos importantes, cuya existencia no es posible despreciar ni mucho menos ignorar.

Y este mestizaje, que en el siglo de las conquistas fue extendiéndose en el transcurso de una de las más inexplicables epopeyas, nació en la península de Yucatán, en un primer foco de irradiación, cuando —como canta la voz de Itzamatul en la garganta del izamaleño poeta Ricardo López Méndez:

hace ya cuatro siglos,

los graves sacerdotes de los mayas

miraron con asombro,

cómo sobre los templos de sus dioses

el puño de la espada castellana

crucificaba el corazón del viento;

cuando…

hace ya cuatro siglos,

el romance sonoro de Castilla

se modeló en aliento de los mayas,

y así el conquistador queda marcado

en su lengua con hierro del esclavo;

cuando…

hace ya cuatro siglos,

de la piedra florece sangre nueva

con su resentimiento y esperanza:

en las venas del blanco, sangre indígena,

bajo la piel de bronce, sangre blanca.

De éste que había de ser el extraordinario suceso de la generación de la nueva raza, informa Jerónimo de Aguilar a Hernando Cortés con tan sencillas frases, como si no se diera cuenta de que está recitando el primer capítulo de la historia de la nueva América; y sus palabras evangélicas (porque fueron de buena nueva, aunque él creyese lo contrario) las recoge Francisco de Terrazas en su poema «Nuevo Mundo y conquista» —Siglo XVI— de esta manera encantadora:

En Chetumal reside ora Guerrero,

que así se llama el otro que ha quedado;

del grande  Nachamcán es compañero,

y con hermana suya está casado:

está muy rico y era marinero,

agora es capitán muy afamado,

cargado está de hijos y se ha puesto

al uso de la tierra el cuerpo y gesto.

Rajadas trae las manos y la cara,

orejas y narices horadadas; 

bien pudiera venir si le agradara,

que a él también las cartas fueron dadas.

No sé si de vergüenza el venir para,

o porque allá tiene echadas;

así se queda y solo yo he venido,

porque él está ya en indio convertido. 

Los conquistadores españoles violaron América, porque le hicieron violencia y derramaron su sangre para poseerla; estos fueron los conquistadores que no la amaron a ella, a su tierra y a sus pueblos, sino que codiciaban sus dotes; estos fueron los que vinieron en busca de oro y nada más; pero otros hubo que la amaron por sí misma, y unos vinieron con el hábito, el cíngulo y la cruz, y otros vinieron con la toga justiciera de las Leyes de Indias; pero uno vino a quien la mar y el viento le despojaron de sus armas y le arrojaron inerme a las playas de Maíapan y que no fue conquistador, mas conquistado. Gonzalo Guerrero amó la tierra americana sin codicia y no la violó sino con el más casto y viril de los besos de amor, porque —de nuevo canta la «Voz en la piedra» y en la garganta de López Méndez—:

el beso de cortés y la Malinche,

no es semilla de raza,

ni tálamo de almas que se funden.

El beso de Cortés y la Malinche,

es un beso de llanto,

que nos quema las alas y los labios.

El beso de Cortés y la Malinche,

es un pecado blanco,

que arde en la piel morena del hombre americano.

¿Cuál es el beso que germina en raza

—fecundidad de caracoles mágica—

Ungido de la esencia del amor que no pasa?

Perdido allá en la «perla

de la garganta de la tierra»,

Yucalpetén lo guarda…

Oíd la historia del beso de la raza:

Era un conquistador de sangre hispana

Que Gonzalo Guerrero se llamaba.

Náufrago, en la aventura de una ola,

Yucalpetén se queda con la espuma y el ancla.

En ella, amó y sufrió; en la mirada

de una virgen indígena se copia

su nupcial ansiedad. Pasan las lunas

en largas caravanas, y los soles,

y la simiente humana se produce

en presencia de Dios y de la selva.

Tiene luz este amor, es limpio y fuerte,

como nacido de la angustia buena,

del aliento del mar que lleva esencias,

y del oriente puro de la «perla

de la garganta de la tierra…»

Por ello la admirable biografía que es esta novela —«Mayapán»— no es un libro más de aquellos que deleitan a la par que instruyen, según el lema horaciaco delectando pariterque monendo monendo, sino una recordación de lo que ningún hombre de América debe olvidar jamás, señorita Argentina Díaz Lozano: que la grandeza de Gonzalo Guerrero, tan callada, tan gris, tan esfuminada, no está en haber traído muerte y desolación a nuestras tierras —como lo trajeron los Cortés, los Pizarro, los Almagro— sino vida y amor, como otro bíblico Adán creado de barro español por el Destino.

—Pero… ¿no ha divagado usted? Tal vez iba a decirme cuáles rasgos del carácter de Jerónimo de Aguilar me dejé en el tintero, que habrían vigorizado el interés novelístico de mi obra, y aunque no está fuera de lugar lo que ha especulado sobre Gonzalo Guerrero, acaso estaría bien que, volviendo al redil, señalara usted esos rasgos.

—Verdad es. Perdón por el extravío. Pienso, sin embargo, como usted: Gonzalo Guerrero y no Aguilar es el personaje central, el gran eje y columna vertebral de «Mayapán». ¿Para qué desviar el interés hacia otro personaje que históricamente sólo comenzó a tener importancia al lado de Hernán Cortés, como su intérprete, fuera de Yucatán, en la aventura mexicana del extremeño? Aguilar, durante su cautividad en el suelo de los Mayas, fue como usted sabe, servidor de Ah-May, cacique de Xamancaan, y le sirvió no únicamente en menesteres domésticos, sino también militares. Como Guerrero en la tribu de Nachancaan, combatió contra los enemigos de su amo y señor, y con tácticas militares españolas también, ayudó a la victoria. Como era religioso, es decir, había recibido órdenes mayores, observaba la castidad más rigurosa; y uno de los episodios más novelescos de este hombre en su cautividad, fue el de las tentaciones amorosas a que le sometió el cacique Ah-May con una india de catorce años, la más bella y apetecible de su reino. La historia (Eligio Ancona,, Historia de Yucatán, Tomo I, y Juan Francisco Molina Solís, Historia del Descubrimiento y Conquista de Yucatán) consigna muy galanamente los detalles de este sabroso y picaresco suceso.

Con esto di fin y remate a mi diálogo con la autora; pero todavía quedé bajo la deliciosa impresión de la lectura de esta seductora novela, cuyos capítulos XXIX, XXX y XXXI se recomiendan, especialmente, como verdaderas obras maestras. Pinceles velazquinos harían falta para trazar con la singular maestría con que lo ha hecho la ilustre escritora centroamericana, Argentina Díaz Lozano, los lienzos de acabada belleza al par que de verdad histórica insuperables, que animan, como la más alta expresión de arte literario, las páginas plenas de emoción y de grandeza, de esos capítulos.

Editorial Yucatanense Club del Libro, enriquece, con atingencia y fortuna, sus colecciones, editando esta novela que merece la más amplia difusión en los ámbitos hispanoamericanos de nuestra cultura.

José ESQUIVEL PREN

México, D. F. julio de 1951

Esta transcripción se realiza como parte del proyecto «Rescate Bibliográfico de Yucatán y de Autores Peninsulares», impulsado por Ediciones Letras en Rebeldía en coordinación con el Centro Yucateco de Escritores A.C. Agradecemos la donación de libros hecha para este fin por la escritora Claudia Sosa. Este proyecto es sin ánimos de lucro, no recibe financiamiento público ni privado. Para donaciones económicas y/o aportes bibliográficos, mandar correo electrónico a arteyculturaenrebeldia.prensa@gmail.com

Transcripción, digitalización y edición para plataformas digitales: Armando Pacheco (Ediciones Letras en Rebeldía)

Acervo: Biblioteca Melba Alfaro Gómez (Colectivo Letras en Rebeldía – Centro Yucateco de Escritores A.C.)

Responsable del proyecto: Armando Pacheco

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