Los mexicanos las prefieren gordas | Salvador Novo

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En pocos países asume la lucha femenina contra la obesidad caracteres más angustiosos, ni tan estériles, como en México. De pocos años a esta parte el cine americano, con su avasalladora fuerza, ha imbuido a un público que rumia al contemplarlo cacahuates salados, de una idea de la belleza que consiste en que sus perfumadas encarnaciones se desencarnen hasta pesar los menos kilos posibles. A la prueba objetiva del cine viene a sumarse, ocasionalmente, la lectura de algún artículo o folleto de Ciencia Popular que demuestre las ventajas saludables de la esbeltez, y los libros no técnicos del Dr. Marañón —este Dr. Cabanes del mañana—, tal Gordos y flacos, han acabado por preocupar a nuestras caras mitades lanzándolas a la conquista de una figura ideal que las convierte en nuestras caras terceras partes.

Pero dejemos para más adelante discutir si este ideal es legítimo entre nosotros y si realiza sus fines ulteriores de provocar admiración. ¿Lo logran? Ayunos, masajes, caminatas, sentadillas y grajeas de tiroidina; abstinencia total de dulces en vez de lo cual se fuman un Lucky; la menos agua posible, la comida sin sal —todo este calvario no conduce sino a una perentoria convalecencia. Alcanzada la meta que registra la báscula, el espíritu se relaja, las enchiladas suizas —llamadas así por más que en Suiza no las conozcan, en virtud de la crema que las decora— están riquísimas, y los oleajes adiposos reanudan su pleamar. O bien la paciente era soltera: y el matrimonio empieza a desbordar, con su dicha, sus caderas y su papada. Aldous Huxley, hermano al fin de biólogo, percibe finamente la trayectoria de la belleza mexicana. «Etla —dice— estaba dolorosamente a la moda. Se había celebrado un concurso de belleza, y el resultado de este concurso se hallaba sentado junto a sus madres, cerca del Presidente Municipal. Parecían seis toros premiados en un concurso ganadero. Pero toda juventud posee cierto encanto. ¡Lo que horrorizaba era advertir en sus madres el futuro de aquellas carnes!»

No puede, por supuesto, esperarse que un extranjero diga la verdad sobre ningún país. Yo no cito a Huxley porque comparta ésta ni ninguna de las muy ofensivas descripciones que hace del bello sexo mexicano; sino precisamente, niñas, para demostraros hasta qué punto es inadecuado combatir una idiosincrasia latina por adquirir una sajona. Las institutrices inglesas de todas las novelas eran tan flacas como debe haber sido seca la que a Huxley no le permitía comer dulces de color sospechoso; y dice Freud que, aparte nuestra mamá, nuestra nodriza es nuestro amor ideal, el que conforma, ya para siempre, nuestros gustos e inclinaciones. Las puritanas de la Nueva Inglaterra resucitan, en el siglo XIX, en las sufragistas americanas. Son, como ellas y como las institutrices inglesas, verdaderas momias con anteojos y convicciones. Derrotadas de nuevo, verifican su resurrección de los huesos en el siglo XX valiéndose, arma pérfida, del cinematógrafo para su propaganda. Ellas sabrán lo que hacen y por qué, cuántos Huxleys prefieren, al abrazar a sus amadas, cumplir el simulacro crujiente de una pugna de sillas viejas. La Historia Patria, apoyada en el materialismo histórico y en la realidad mexicana, nos enseña que, en cambio, si queremos ser genuinos, hemos de conducirnos en nuestros gustos femeninos como nuestros ancestros, por una parte, y por otra más importante como las «masas» o los «conglomerados sociales» de nuestro dizque socialista país. Y es notorio que, si a las odiosas élites del pensamiento, nacidas entre las estrecheces mentales de un corset, les gustan hoy las flacas, campesinos, obreros y soldados —como quien dice, el nervio de nuestra nacionalidad— son los abanderados de una tradición impoluta que los impulsa, con decidida predilección, a enamorarse de las camaradas más rollizas y muelles.

Puedo aducir en pro de mi tesis más pruebas de las que cabrían en un ensayo. Las mujeres que en nuestra historia han registrado más numerosos éxitos amorosos no han pesado nunca menos de doscientas libras, cuando ha habido básculas en que verificarlo. Al fuego juvenil y adiposo de la Tetrazzini opone nuestro recuerdo el de Ángela Peralta, el ruiseñor mexicano con hábitos de gallina y voz de soprano absoluta, que se casó tres veces —lo cual ya es mucho entre nosotros. Una de las razones por las cuales Carlota no cayó bien en la sociedad mexicana era su esbeltez, y el hecho de que, a diferencia de las damas aristócratas de su tiempo, tomaba solamente té, cuando ellas ponían grandes tazas de chocolate, que engorda tanto, entre el aprieto de su corset. Y, ya lo vimos, su esbeltez la condujo a desastrado fin. Maximiliano se mexicanizó en tal forma que se enamoró de una rolliza campesina; a tal grado se mexicanizó que lo mataron los mexicanos. Y Carlota adelgazó tanto que, ya lo vimos, se volvió loca.

Puesto que el arte precortesiano en México tiene la desgracia de ser tan futurista que desdeña, por regla general, pintar la figura humana, no podemos probar por su medio lo gordas que deben haber sido las huríes con sandalias de Moctezuma. Podemos, no obstante, deducir su peso por el de sus tataratataranietas morenas y que aun usan huaraches.

La Malinche fue la Eva de este Paraíso mexicano —y el robusto Cortés desempeñó el alegre papel de un Adán blanco y profusamente barbado. Y pues se enamoró de ella, debe haber ofrecido a su vista una personalidad exuberante. Él venía —y había durado mucho su viaje— desde un país en que el Gótico no había triunfado tanto como el barroco: un país en el cual Jimena, la honorable esposa de Cid, y aquella temprana Julieta llamada Melibea, «de dulce carne acompañada», plantan firmemente en la tierra un pie sólido de matronas; un país que el rey Rodrigo perdió a manos de los árabes por la única razón del gordo par de piernas que sorprendió a la Cava en el acto de mostrarlas a sus amigas en el jardín de su palacio. Un país en que los huesudos ángeles del Greco tienen en Velázquez una vigorosa respuesta carnal que puede aun llegar, en la Menina que está junto al perro, o, mejor aún, en la Niña Monstruosa de Carreño (Museo del Prado), a presentar caracteres mixedematosos.

Y Cortés traía consigo una tradición plástica latina que no viene a ser otra cosa que la cristalización de un gusto racial. Pensemos por un momento en el arte renacentista. Liquidado el gótico, se vuelve en la arquitectura a las líneas pesadas, que se adornan con figuras humanas ya recuperadas del ayuno medieval, bien musculadas y nutridas. Los Adanes y Evas que nos muestran en adelante todos los pintores a partir del bajorrelieve de Jacopo della Quercia; el Sodoma, Tiziano, el propio Van Eyck (en quien, si bien Eva es más esbelta, conserva un abdomen necesitado de masaje) son, como si quisieran ponernos el ejemplo completo, bien gorditos. Despojadas de los trajes que nos engañan, podemos sorprender a las mujeres en el baño, con la identidad revelada por completo, y cerciorarnos, con los dedos de la vista, de sus adiposidades. La Ninfa y el Pastor, o Diana y Acteón, del Tiziano, al abrirle a Rubens la puerta de su ventruda Bacanal, le preparan el baño a la Susana de Tintoretto, y le despejan el horizonte curvilíneo de su Vía Láctea. Las alegorías del Veronés no serán menos gruesas, ni la idea que, sucesivamente, tendrán Jordaens y Proudhon de la Fecundidad y de la abundancia. Las bañistas de Boucher, de Daumier, de Courbet, de Millet y de Renoir, que se complace en acariciarlas con el pincel mientras se peinan o se maquillan, todos estos ilustres ejemplos nos están gritando elocuentemente que lo legítimo es que los latinos prefiramos a las gordas. En las amplias mujeres de Picasso, en su Repos des Moissoneurs, hay que ver, mejor que otra cosa, la persistencia de un gusto racial que en los españoles se manifiesta de modo preeminente.

No ocurre lo mismo, naturalmente, en el arte sajón. Para no ir más lejos, si en Hogarth o en Reynolds mujeres y niños son saludables y de buena apariencia, su robustez es fofa y provisional como la de una manzana —artificial y debida a dietas y al deporte; nunca sensual ni golosa. El Portrait of Mrs. Mordey and her children de Gainsborough es el más cumplido ejemplo de una flaca belleza aristocrática, vaporosa e intelectual, que nada dice a los sentidos, y que si al flaco Mr. Huxley le extraña en México, habría decidido a Cortés a regresar a España más que de prisa si se la hubiera encontrado en vez de topar con la Malinche. ¿Y en dónde estaríamos ahora?

El tipo de las mujeres ha respondido siempre al de la arquitectura y las industrias de su época (la arquitectura, esta industria de ayer; la industria, esta arquitectura de hoy). No hace mucho que advertí una curiosa coincidencia entre las salpicaderas de los coches y las faldas (las salpicaderas, estas faldas de los coches; las faldas, estas salpicaderas de las mujeres). En los modelos anteriores a, digamos, 1931, salpicaderas y faldas eran altas, dejaban las ruedas al descubierto. De entonces acá, cada vez más, las cubren; más mientras más caro es el coche —o más formal el vestido. Así con el peso. Esas viejas y amplias casas de piedra que las esbeltas turistas americanas gustan de visitar en el encantador México Viejo, eran ocupadas por matronas perezosas y robustas. Una de ellas, Josefa Ortiz de Domínguez, que usaba mantilla española y papada, ayudó a Hidalgo a obtener para nosotros la independencia de España en 1810. Ahora viven allí, en esos delgados departamentos que son nuestra idea de los rascacielos, flacas muchachas que guardan un irremisible aire de familia con estas Machines à vivre que son las casas modernas, altas y de líneas escuetas. Nos dejamos arrastrar sin reparo por una corriente industrial y extranjerizante. Mr. Stuart Chase, a quien le encantaría que permaneciéramos primitivos y auténticos, va a sufrir una gran decepción. Detengámonos, pues, a meditar.

Un filósofo mexicano afirmó hace poco que el complejo nacional, y sus múltiples expresiones de bravuconería y asesinatos, es ese manoseado complejo de inferioridad. Yo lamento no compartir su opinión; pero mis observaciones me llevan a concluir que, si padecemos algún complejo nacional, alguna enfermedad que nos identifique como raza, éste es el complejo de Edipo. El Día de la Madre, recientemente importado entre nosotros, desde un país en que los hijos sólo la recuerdan ese preciso día, resulta inadecuado en el nuestro, en que todo el mundo vive con su madre hasta que se muere y ella sigue viviendo. Todas las personas que tropezamos en la calle nos hacen pensar, a todas horas, en sus madres. No decimos Fatherland, sino Motherland. Y todo esto no querría decir sino que somos, y es de aplaudirse, muy buenos hijos. Pero lo patológico empieza cuando empezamos a divertirnos. Al cine vamos, claro está, porque es un lugar oscuro —y ahí vemos incidentalmente bellezas americanas que pesan cuarenta libras. Las vemos indiferentes, la mano en la húmeda mano que le deja libre a nuestra novia la importante ocupación de consumir con la otra una torta compuesta. Pero preferimos el teatro. Y como no hay teatros en México, vamos a las carpas. Las carpas son unas barracas adorablemente repletas de toda clase de proletarios. Se invita cordialmente a los turistas a admirar estos pintorescos y salados teatritos. Tan semejantes a los del tiempo de Shakespeare. Allí vemos en realidad cuán inteligentes son los mexicanos, y cómo la Revolución Mexicana ha producido una mezcolanza comunista de los regocijos y los sudores de las clases trabajadoras. Pero para nuestro objeto vemos más. Una jovencita esbelta y sin voz aparece en el escenario (porque algunas veces producimos este tipo, pero siempre lo exportamos apresuradamente, como lo prueban concluyentemente Lupe Vélez y Dolores del Río). Sabe bailar y cantar, pero nadie la aplaude. Sigue luego la aparición de una sirena cuarentona, verdadera ballena de gelatina. El auditorio enloquece. Su canto es una canción de cuna morbosa para todos. Los jovencitos piensan en su mamá, los políticos prósperos la miran como la cima de sus abundantes aspiraciones. Y de sus alaridos podemos concluir que mediante anticipaciones indefinibles, pero no irrazonables, los mexicanos las prefieren gordas.


En defensa de lo usado, 1938.

Ensayo tomado del libro Toda la prosa; Novo, Salvador; Empresas editoriales; primera edición, 1964; Pp. 149-154

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