Ermilo Abreu Gómez, la inteligencia y la imposibilidad de gobernarla | Elena Poniatowska

Hace 7 años, el 14 de julio de 1971, murió Ermilo Abreu Gómez; Jesús Álvarez Amaya organizó un acto para recordarlo en el Museo de la Estampa Militante del Taller de Grá­fica Popular. Después de Vicente Magdaleno, Juan de la Cabada se le­vantó con intención de hablar, pero en realidad no lo hizo; bailó, sacu­dió la cabeza, alzó los brazos como aspas, rió y dijo con una gran sonri­sa luminosa, tan luminosa como sus cabellos blancos, que Ermilo estaba entre nosotros; que nada más aleja­do de él que un homenaje solemne y formal, que teníamos que sonreír, abrazarnos, dar unos cuantos pa­sos de baile, levantar los brazos en el aire, palmear, trenzar una ronda infantil para responder con risas a la risa de Abreu Gómez. Entre la concurrencia se le abrían los labios a Juana Inés Abreu, redonda y her­mosa como ella sola bajo su fleco de pelo rojo, a Margarita Paz Paredes, a Aurora Ocampo, a Germán Lizt Arzubide.

Ermilo Abreu Gómez escribió 77 obras, una por cada año de su vida, entre ellas destaca Canek, un relato muy hermoso sobre la rebe­lión del indio maya: Jacinto Canek, que lleva más de 20 ediciones y ha sido traducido al ruso, al alemán, al inglés, al portugués y al italiano. Canek es uno de los clásicos de la li­teratura mexicana: diáfano y miste­rioso, sencillo, lleno de energía y de profundidad.

Conocí a Ermilo en los últimos años de su vida. Viajaba en camión y tenía a mano, en la bolsa de su pantalón, «el cambio» para su pa­saje. Llevaba del brazo un pesado portafolio con los trabajos de sus alumnos. No era difícil encontrárse­lo en las calles del centro cubierto por su impermeable raído, el cuello rodeado de una bufanda también raída, o una bonita española, cuan­do calentaba el frío invernal o las tolvaneras de febrero y marzo. Yo siempre pensé que podía llevárselo el viento porque era muy pequeñi­to, muy delgado, muy menudo, una cosita así de nada, y lo visualizaba como al Principito de St. Exupery cuando los pájaros lo jalan por los aires amarrados a su bufanda. Ermi­lo iba a cobrar al periódico El Día, o El Nacional y no le importaba espe­rar humildemente en la caja a que lo atendieran. Al contrario, don Er­milo le pedía poco a la vida, poco a los demás; no se daba ninguna im­portancia. Frente a la caja se ponía a corregir alguna tarea rezagada de alguno de sus alumnos. A los seten­ta y tantos años iba hasta Toluca a dar clases, siempre con su impres­cindible mochila y su abriguito franciscano. Porque Ermilo Abreu Gómez tuvo mucho de San Francis­co y con razón escribió la vida del santo. Tenía como San Francisco un gran desapego por el dinero y por los honores (creo más bien que le estorbaban, le daban pena), nunca se hizo de bienes terrenales, nunca quiso nada para sí. Cuando se can­saba de caminar abría la puerta del café París y si ningún amigo se acer­caba, escribía sobre la mesa del café y con mucha cautela le pedía a la mesera otro café para vencer el frío, los años, la soledad. Porque a pesar de estar muy rodeado de amigos, a pesar del bullicio del café, regresaba al silencio y al encierro de su casa de la calle de Frontera, a la sombra de su pomarrosa, un árbol grande que da flores como hortensias, color rosa encendido.

Cuando lo conocí ya estaba muy enfermo, tanto, que fui a verlo al hospital «20 de Noviembre» pocos meses antes de su muerte. Se ha­llaba en una sala común, separado de los demás apenas por una lona azul cielo. Menos mal que era azul cielo, porque ese color siempre ha estado ligado a la vida de Ermilo, a Campeche, al mar. A Ermilo solían decirle las mujeres: «¡Tienes los ojos del color del mar de Progreso, azu­les verde mar!» Y él les respondía con tantita coquetería, muy poqui­ta, apenitas, un tantito así, porque él nunca fue frívolo ni lisonjero: «¡Pero si el mar de Progreso es ama­rillo!» Allá, en su cama de hospital, Ermilo Abreu Gómez parecía un pa­jarito a punto de perderse. Pero aun en medio de su gravedad, se pre­ocupaba por mi bienestar: «Una si­lla! Hay que conseguir una silla!» y hacía pequeños ademanes corteses e inquietos, aleteos transparentes, figuras en el aire, sombras chinas, sombritas que eran parte de la gran sombra que empezaba a cubrirlo. «Tengo frío, siempre he sido frio­lento, hasta en Yucatán lo era. Si no había agua caliente, no me bañaba. Le dije a Martín Luis Guzmán hace unos días: Martín, duermo con tres cobijas». «—Yo con cinco» —me con­testó. Y Ermilo me sonreía tranqui­lizado. En el hospital le dieron de alta. «Es mejor que esté en su casa, con los suyos». Recibía visitas a eso de la una de la tarde y le encantaba comerse una rebanadita de pan ne­gro muy delgada cubierta con una capa también inconsútil de Bovril. Preparar esa rebanada de pan era todo un rito. Yo le cantaba las bon­dades del Bovril: «Es concentrado de buey», le explicaba y él agran­daba los ojos. «¿De buey? ¡Válgame Dios! ¿De buey? Entonces no me lo dé…» Entonces Juana Inés inter­venía: «Elenita quiere decir de res, papá, ¿qué no ves que traduce del francés? ¡De res; no de buey». To­davía —después de tanto Bovril— pudo ir al café La Habana y todas las meseras lo rodearon; tiernas, maternales. «¿Sabe usted por qué me quieren? Porque yo las respeto, y ellas me tienen una especial con­fianza humana». Caminamos hasta la librería Robredo, muy despacio, el solecito sobre sus hombros bien forrados. Ermilo hojeó libros, tomó el de García Márquez entre sus ma­nos; también en la librería Zaplana sopesó uno de Rubén Romero y lue­go desistió: «Sabe usted, me basta El Quijote. ¿Para qué leer otra cosa que El Quijote?» y sonreía como pidien­do una disculpa.

A pesar de haber sido amigo de todos los grandes de la literatura, caminar por las calles de Washing­ton con Juan Ramón Jiménez, Er­milo Abreu Gómez solía decir: «Fui jefe de una de esas tonterías inter­nacionales» y no ponía el menor én­fasis en su gran conocimiento de la literatura hispanoamericana, y en sus viajes como funcionario mexi­cano mar adentro, mar afuera en un barco de vela de tres palos, misione­ro de las letras, el único en conocer todas las islas del Caribe, porque según él, en ese mar, cada cinco mi­nutos surge un archipiélago, una constelación de islitas: Cuba, San Juan, Barbados, Santo Tomás, Santa Margarita, Kingston, Jamaica, Cu­razao, y Ermilo Abreu Gómez alias Robinson Crusoe las visitaba en­fundado en su traje de lino egipcio finísimo y por la noche caían esas tremendas lluvias tropicales que le recordaban Mérida y el patio de su casa en el que tenía en una palanga­na sus barcos y sus canoas de papel. A mí siempre me pareció que Ermi­lo Abreu Gómez veía todas las cosas de la tierra con cierta distancia, las estrellas, por ejemplo, para él eran luciérnagas, los árboles, semillas, a las voces las traía y las llevaba el viento. Por eso le hizo decir a Jacin­to Canek:

Todo depende del espíritu. Hay hombres de espíritu ele­vado e impaciente. Para ellos una mañana es ya el principio de una tarde. Hay hombres de espíritu lento, como dormido. Para ellos una tarde es apenas la continuidad de una maña­na. También hay hombres de espíritu recio para quienes to­das las horas están llenas del día. Para ellos se hizo, justo, el descanso de la noche.

Extraño a Ermilo, su leve pre­sencia, el espacio pequeño que ocu­paba sobre la tierra, sobre una silla, dentro de su camita. «¡Qué bueno es tener una camita ¿verdad?», son­reía, «sobre todo en estos días en que estoy cansado». Era juguetón, tenía malicia en los ojos. Una vez, para hacerme reír se escondió en el ropero. «Es el armario donde se guarda el alma», rió. Entonces le pregunté por su alma en ese cuer­po tan chiquito. «Con razón tiene un ropero, porque su alma no pue­de caber en su cuerpo tan chiqui­to». Sonrió halagado y respondió como Canek: «Bueno, en realidad, yo guardo mi cuerpo en el alma». Le gustaba jugar a las escondidas, como un duendecillo. Cuando to­caban a la puerta, como que quería correr, meterse debajo de la mesa, desconcertar al visitante. Al final, ya no podía moverse y el hecho de ya no poder jugar le dolía. Él me quería bien porque como tengo el labio superior muy corto no pue­do cerrar la boca, y por tanto casi siempre estoy sonriendo, o pelando los dientes. Creía mucho Ermilo en la alegría. Decía que Sor Juana fue una mujer fuerte y alegre. Decía que había que bailar. Decía que ha­bía que caminar horas y horas por las calles. Decía que no había que tomarse en serio. Decía que había que querer a los amigos. Y final­mente hizo decir a Canek:

Nunca te enorgullezcas de los frutos de tu inteligencia. Sólo eres dueño del esfuerzo que pu­siste en su cultivo; de lo que logra, nada más eres un especta­dor. La inteligencia es como una flecha: una vez que se aleja del arco, ya no la gobierna nadie. Su vuelo depende de tu fuerza, pero también del viento y ¿por qué no decirlo? del destino que camina detrás de ella.

Tomado de la revista Dos puntos, Mérida, año II, núm. 2, septiembre de 1978: 4-5, a través de la Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán; Números 258-259; Julio-Diciembre de 2011; Pp. 22-26

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