Las Islas Marías | Las islas de los desaparecidos | Luis Spota

Vengo de las islas de los hombres marcados, de la isla del hampa, en la que he vivido durante una semana, acompañando a los reclusos en sus tareas; enterándome, a través de sus trabajosas palabras, de sus problemas, de sus sufrimientos, de sus vidas y de sus esperanzas. He ido con ellos, bajo el sol terrible del trópico, a la selva devoradora y peligrosa, donde acecha, inmóvil, el bejuquillo; donde zumba, enloquecedor, el zancudo palúdico; a las salinas, cegadoras por lo blancas, donde, con esfuerzo, le roban su riqueza al mar. He estado junto a ellos, también por la tarde, cuando han terminado su tarea y platican, sentados bajo cualquier sombra, en Balleto, en Nayarit, junto al mar ancho y parejo que un día los trajo y que un día, quizá, si salen vivos, se los volverá a llevar: Pero asimismo viviendo la realidad, he visto que la isla, aunque como la manigua se traga a los hombres, no es la tumba del Pacífico ni una sucursal del infierno. A mí, en lo personal, me dejó la impresión de ser una gran hacienda en donde los reos, para comer, tienen que trabajar en una hacienda, más que una cárcel.

Durante horas, disfrazando mi intención con cigarrillos, codiciados como el oro o la libertad, he querido llegar al fondo de sus vidas para conocer, por sus palabras, lo que piensan, lo que harían si en su mano estuviese libertarse. Y cada uno ha hablado, sin confiarse mucho, de distinta manera —y es que la prisión, aunque los alberga a todos por igual en el mismo barracón, y aunque, sin diferencias, les da idéntico alimento, no consigue igualar sus sentimientos y sus carencias.

—Somos como las olas —me dijo uno de ellos, en una tarde sentados en el muelle—. Nos juntamos pero no nos revolvemos. Por eso le digo que somos como el mar. De él surgen las olas, corren sobre su lomo, se estrellan y regresan nuevamente, sin obstáculos como antes y como siempre. Nuestro mar es el medio en que vivimos; la playa, el mundo; y nosotros, las olas. Nos estrellamos despedazándonos y cunado nos cogen, nos cogen con otras olas brotadas del mismo mar. Vivimos vecinos, sí, pero no sentimos ni pensamos igual que los demás. Siquiera en eso somos libres, libres como el oleaje.

Pero claro que no todos hablan así. Los más huyen del tema: son avaros de palabras para con el extraño; son, como dicen, «duraznos» para el de afuera, para el curioso. «Quizás ésos nos ven retratados en la cahuama, astuta y rápida que se aplana, encontrada, para escabullirse.» El ambiente, su historia, los golpes que han sufrido, los hacen tragarse sus pensamientos y sonreír irónicos. «Lo que le diga no lo comprenderá», me han dicho, «porque para comprenderlo, sin falsearlo, tiene que haberlo vivido. ¡Eso es todo!»

Temen y desconfían del visitante, pero se acercan a él para obtener, a más del tabaco, una imagen rápida de lo que está al otro lado de las noventa millas de agua que los separa del continente. Aventuran preguntas tímidas y esperan, ansiosos, la respuesta: «¿Ha crecido mucho México?», «¿qué tal es el edificio del Volador?» «¿Y el que se cayó? ¿Cómo quedó?» Y a medida que uno les va respondiendo, hilvanan recuerdos de otros tiempos: «¡Cuando yo estaba por allá, había de ver…!» Y otro: «¿No sabe si todavía va la Marlene al Leda? Aquellos eran mis comederos…»

Y así, casi todos. Algunos hay, sobre todo los viejos o los que tienen una larga condena que cumplir, a los que no les interesan las noticias y que, apartados, prefieren rumiar sus recuerdos o sus odios. Ésos, al acercárseles, le echan a uno miradas frías, de fastidio o de molestia. A ellos ni un cigarrillo, aceptado en silencio, les anima. El silencio es su defensa y de él no salen.

Aventuré una pregunta:

—¿Cómo te sientes preso? ¿Es distinta la vida para ti aquí, donde gozas de una libertad, aunque relativa, bastante amplia, a la que llevabas antes?

El otro, el de los comedores del Leda, repuso, sin verme:

—Me siento como marcado: como si las rayas del traje se hubieran pasado a la piel para siempre. Quisiera ser como las boas, que la pueden cambiar. Pero no son más que suponeres. Todos nos sentimos igual: somos los rayados. Para usted y para todos seguimos siendo presos, y nuestros hijos serán los hijos de un presidiario, de uno que se acabó en esta tierra maldita.

¡Islas Marías: mundo de los desesperados!

La partida      

Dejamos Mazatlán con la luna en creciente. Desde la tarde el Tres Marías, blanco y panzudo, tenía listas sus máquinas, en espera de que el capitán, Federico Saint Raymond, viejo lobo con 40 años de correrías sobre el océano, ordenara poner toda la marcha. Desde el muelle, la guapa Esther Silva, que se había convertido como en nuestra marina, nos deseó suerte. Pero con Saint Raymond, que conoce la ruta como nadie, íbamos seguros. Nos había dicho al subir, después de las recomendaciones de otro Federico, el mayor Orozco, versátil y jovial.

—No es muy cómodo el barco, pero arréglenselas lo mejor que puedan.

Leo Matiz, mi fotógrafo, que le hacía la competencia al berrinchudo y preguntó reportero de Life, Jacob Lofman, desquitaba el sueldo como nunca, sacando las fotos de la maniobra. Cuando la marea comenzó a subir y en medio de un mar picadito y gris, el Tres Marías, repleto de provisiones y cemento, se lanzó mar afuera, lentamente.

En una de las sobremesas que se hacen en el Hotel de la señora Luisa Vda. de Briggs, el secote capitán D.E.M. Pancho Reyes, me advirtió:   

—En la isla, mi general Orozco hace trabajar a todos, quieran o no quieran. Tal vez al llegar usted allí se desilusione, pues las cosas no están como dicen los periódicos. Allí se hace todo a base de disciplina y de orden. Las familias de los presos y estos mismos, una vez cumplidas sus tareas, están en libertad de hacer lo que se les antoje, siempre y cuando lo hagan subordinados a los reglamentos dentro de las normas morales que privan en todas partes, pero sin puritanismo. Mi general tolera todo, hasta un límite. Pero su tolerancia, entiéndalo bien, no es signo de debilidad. Al que se porta bien, le va bien; al que no: la selva es muy grande y en ella pueden trabajar muchos rebeldes. No es, tampoco, déspota. Oye todo y desde luego responde sí o no. No es hombre, como lo verá, al que le guste el papeleo o el relajo. Con él, al grano.

Luego me contó algo para orientarme:

—Sucede una cosa curiosa: a muchos presos, a los flojos, les da por enfermarse. Se les manda ver al médico. Si éste, después del examen, ve que aquello no es más que truco, los encama y los pone a dieta rigurosa. Al otro día al «enfermo» pide a gritos que lo saquen de allí y prefiere el monte, el arado o el taller, a la intervención del Doctor Dieta. Y ése no es más que uno de los mil recursos de que se valen para no hacer nada.

Pero yo, no es que desconfiara de las palabras de Pancho Reyes, preferí convencerme de todo lo que me dijo. Así no habría aquello de que «me lo contaron».

Noventa millas

Sobre un cielo azul metálico brillaba, majestuoso, el véspero, la estrella vigía del marino, y bajo ella, hendiendo las olas que lo hacían balancearse bruscamente, el Tres Marías, abarrotado de soldados y soldaderas, ponía proa hacia el horizonte. Nos esperaban doce o trece horas de marcha por el mar gruñón. Matiz, que me había ganado en un volado el derecho a ocupar una litera del camarote, se acaloraba discutiendo en español con Jacob Lofman, que no le entendía nada, sobre sus derechos de dormir en la cama alta o en la baja.

Pero la discusión no duró mucho y un cuarto de hora más tarde, cuando aún el mar no se tragaba las últimas luces de Mazatlán, mi fotógrafo, que dice haber recorrido los siete mares, se paseaba por cubierta, mareadísimo y con la cara ceniza.

—Esto se hunde —gemía cuando el barco se inclinaba, peligrosamente, sobre las bordas—. Se hunde sin remedio y no tengo salvavidas.

Me dormí primero, hasta que una ola me empapó completamente, en el comedor, entre soldados, carabinas y olor de pies. Dormí hasta la madrugada. Tumbado sobre la tarima grasienta, ansiosa del baldeo, escuchaba bajo mi cabeza el latir del corazón del barco: un corazón de diésel.

Por ahí de las cuatro de la mañana aumentaron los movimientos del Tres Marías y oía, en cada salto, el zumbido de la hélice girando en el aire. Las olas, cada vez más altas, se metían por todas partes, mojando hombres, armas, maderas. Hubo una vez en que creí que el buquecito, echando sobre un costado, no saldría de la cuna del oleaje.

Y el tiempo malo duró hasta una hora antes de que, muy lejos, se avistara, aplanada como en carey, la más grande de las cuatro islas estratégicas que forman parte del archipiélago de las Marías.

La isla

Hacia la derecha, alargada como un caimán, avistamos los cantos rocosos de San Juanito, isla rica en billones de conchas de lapa y caracol, y nido de los grandes pelícanos y del veloz pájaro lobo, que pululan frente a Balleto, en parvadas atentas.

—¡Listos a dar fondo!

Maniobramos a media máquina en aguas transparentes y poco profundas, donde reina el veloz y audaz tiburón, que se aventura, sumergido, a retozar entre los pilotes del muelle de Balleto. Carreteras sobre cubierta, de los prietos marinos, renegridos y atezados por sol y brisa. Y por fin, a veinte metros del desembarcadero que se interna como unos treinta en el agua, se clavó el ancla, entre chirridos y chapoteos.

Ante nosotros se alzaron, cubiertas de niebla y selva —vello de la tierra—, las altas eminencias de la isla, bajo cuya protección, en el filo del monte, se alarga Balleto, sede de las oficinas directivas y talleres, tiendas, gimnasios, y metrópoli de la colonia.

Ni por ser periodistas nos escapamos del registro. Manos de soldados hurgaron en nuestras valijas, cámaras y paquetes, hasta quedar convencidos de que no llevamos ni mota —marihuana— ni coca o nieve, ni alcohol. Más tarde, el general Orozco Camacho me explicó: «Este registro se hace a todo el que entra al penal, para evitar el tráfico de estupefacientes. Es el único medio, revisar petacas y bultos, para nulificar la acción de los envenenadores.»

El coronel Baltazar González Vidal, al que la vida de la milicia no le ha quitado el buen humor y que además es un hombre finísimo con los periodistas, se hizo cargo de nosotros y nos presentó, inmediatamente, con el general Miguel Orozco Camacho y con los demás militares y empleados del penal.

El general Orozco, que no recibiera vestido campiranamente de blusa y pantalón blancos, nos invitó a su casa donde nos dijo:

—Todas las facilidades que ustedes quieran para moverse, se les darán. Vayan, pregunten, vean y fotografíen todo cuanto les interese. No tendrán dificultades ni con el personal ni con los reclusos, no estorbaremos, directa o indirectamente, su labor, vinieron a trabajar; ¡pues, a hacerlo! Cuando quieran algo, nada más lo piden. Con toda confianza que esta es su casa.

Después, a desayunar; atendidos por el diligente Rojo, dueño de interesantes hazañas: barbacoa, frijoles refritos, leche, dulce exquisito.

—Y ahora —nos dijo el director al terminar—, vamos a que les enseñe lo que la prensa de escándalo ha llamado la tumba del Pacífico. No me anticipo a decirles nada sobre ella para que ustedes no se formen prejuicios. Véanla, y piensen lo que quieran. Lo único que sí encontrarán es el esfuerzo que se ha hecho, que se hace, que se hará, para que esto produzca, para que esto se transforme.

El subteniente Rueda Flores, que es una fiera para el automóvil, nos puso de nuevo en el puerto. Yo iba a intentar penetrar a través del hosco silencio de los quinientos veintitrés hombres que en pago de un error, de una falta, se consumen moralmente en selvas, talleres y salinas de la isla nayarita, en esta prisión rodeada por el ancho y peligroso foso del mar.

Nota: Originalmente este escrito fue publicado en la revista Así en el año de 1941; en 2002, bajo la responsabilidad de Antonio Sabort, se editó juntamente con otros textos que complementan la crónica que Luis Spota hiciera para dicha publicación sobre Islas Marías; el título y cada apartado que conforman el libro fue realizado por el mismo Sabort.

Texto tomado del libro Las Islas Marías; Luis Spota; Colección Ronda de Clásicos Mexicanos; Planeta-Joaquín Mortiz-Conaculta; Primera edición, 2002; Pp. 9-16  

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