El Palacio Negro de Lecumberri | Carlos Monsiváis

El mayor espacio simbólico de la nota roja: la cárcel capitalina, la Penitenciaría, el Palacio Negro de Lecumberri, que sustituye a la cárcel de Belén. A lo largo del siglo XX en las galeras del «santuario del crimen» actúan, se pelean, negocian y se matan los seres-sin-nada-que-perder, la colección extremosa jamás convencida de la tesis moralista: «El crimen no paga». En la nota roja las lecciones de Lecumberri, las que sean, se disuelven en el «culto a la personalidad criminal», en los inacabables reportajes sobre los grandes inquilinos del Palacio Negro: Goyo Cárdenas, Jacques Mornard, José Ortiz Muñoz «El Sapo» (con la estadística funeraria en su haber: más de trescientos asesinatos), el falsificador Enrico San Pietro, el cantante Paco Sierra, el asaltante Fidel Corvera Ríos, el caballista Humberto Mariles.

A la fascinación «heterodoxa» contribuyen las tradiciones del lugar: el apando (el encierro), la fajina, los crímenes en las celdas, los usos amorosos que incluyen la violación de los recién llegados. Pero si la Penitenciaría es, en stricto sensu, un infierno, en la mitología popular Lecumberri es lo prohibido, la vecindad sin salidas, la continuación de lo mismo entre rejas. Al confinamiento se llega por razones de la crueldad incontrolable, las debilidades amatorias, los desfalcos, los robos, las explosiones del alcohol y la pasión. Y por la cercanía de la cárcel y lo cotidiano, en decenas de películas —Nosotros los pobres, 1947, de Ismael Rodríguez, la más famosa; El Apando de Felipe Cazals, la más violenta— Lecumberri es a la vez el recinto de la maldad, la concentración de vicios y desechos humanos, y lo contrario, un espacio de la solidaridad, la colectividad más extremosa en un país todavía comunitario. Y si al cine mexicano lo excede la tarea de dramatizar la corrupción, la indefensión social y la patología criminal, acierta en algo: el público, aunque vea en la cárcel a la degradación última, la asocia también con la injusticia («Tantos ladrones que andan sueltos») y con la desgracia infinita de ser pobre: «Si tienes dinero la pasas bien hasta en la cárcel».

El 26 de agosto de 1975 Lecumberri cierra sus puertas para reaparecer como Archivo General de la Nación.

Minibiografía. Las celebridades del delito

El Sapo: perteneció al ejército mexicano, adonde ingresa a los quince años y en donde se descuida: no saluda respetuosamente a un teniente; éste le da una paliza y el Sapo extrae una daga y lo mata. Enviado al fusilamiento, se le perdona. Un asesino tan precoz tiene su utilidad. En el inicio de su carrera, exterminó fríamente a los indicados por los superiores. Según su cuenta, a la edad de 45 años ya había asesinado a más de cien personas «por órdenes de la superioridad». Licencia para matar. En 1938 el Sapo se convirtió en cazador de cedillistas (los partidarios del ultraderechista Saturnino Cedillo), a los que extermina a su placer como hará después con los sinarquistas. En una entrevista, el Sapo relata: «Nunca tuve tanto placer y vuelo matando como cuando ametrallé a los sinarquistas en León, Guanajuato en enero de 1946. Vaya que la sangre corrió ese día. Fueron 27 personas incluyendo muchachas jóvenes que cayeron, varios de los cuales ni siquiera eran sinarquistas. Su crimen fue protestar contra el gobierno municipal impuesto por los caciques políticos».

El Sapo muere asesinado en una riña en las Islas Marías.

Fidel Corvera Ríos: «El que quiera vivir tiene que hacerlo dentro de una película». La escena ya se filmó pero de seguro ninguno de sus participantes vio las películas. Pudo ser Criss Cross o The Killers, de Robert Siodmak, con la atmósfera del film noir y la fotografía, en glorioso blanco y negro, que capta la inconcebible bruma del mediodía; pudo ser The Killing, de Stanley Kubrick, con la idea del asalto como la nueva toma de la fortaleza medieval. O pudo ser simplemente, como lo fue, un episodio legendario, si se le confiere e aura de lo irrepetible.

El 14 de octubre de 1958, Corvera Ríos, exprofesor de educación física, ataviado con una texana negra y una 45, asalta al frente de un grupo muy armado una camioneta de la Tesorería del Departamento del D.F. Botín: Un millón seiscientos mil pesos de la nómina de la Dirección de Aguas y Saneamientos. Sitio de la acción: la avenida Reforma. Huyen con la camioneta —Víctor Ronquillo describe vívidamente la persecución— y los hechos son, por si hace falta decirlo, cinematográficos. En la camioneta van los tres empleados, hechos un ovillo y el grupo. Un ciclista se descuida y lo atropellan y detrás va un camión de redilas que vio lo ocurrido con el ciclista. El agente de tránsito José Estévez Rosell se incorpora a la «caravana de la muerte» y, al disminuir su velocidad. Estévez salta a la parte de atrás de la camioneta. El líder de la banda abre apenas la puerta trasera y mata al agente de tránsito. A la cacería se añade un Volkswagen, conducido por Óscar Méndez Conde, testigo del asesinato de Estévez. No hay camarógrafos y en estas circunstancias los testigos son siempre parciales. Con rapidez mortal la camioneta se dirige al Desierto de los Leones, y luego opta por Magdalena Contreras. Siguen tras de ella el camión de redilas y el Volkswagen. Localizan una patrulla que los sigue atraída por el claxon.

Y lo previsible, y aquí se puede recordar a The Asphalt Jungle, de John Houston, tiene lugar el gran desastre. La camioneta frena, el camión de redilas la alcanza y se estrella, y el Volkswagen se les une.  Los delincuentes se disponen a proseguir la fuga, pero tal vez su imaginario colectivo los obliga a una acción más del «Séptimo Arte». El jefe de la banda dispara contra la patrulla y hiere a un policía. Tiene lugar un enfrentamiento sin mayores consecuencias y los delincuentes huyen por las barrancas. La tradición se impone y las bolsas con el millón seiscientos mil pesos permanecen fieles en la camioneta. (Los hechos en Nota Roja 50’s de Víctor Ronquillo.)

Por varios días no se concibe en la Ciudad de México otro tema, un asalto como de Hollywood pero fuera de Los Ángeles. Se identifica a un asaltante: Hugo Izquierdo Ebrard, acusado junto con su hermano Arturo de homicidio del senador veracruzano Mario Angulo, muerte que favorece la carrera política de Miguel Alemán Valdés y del que milagrosamente, como en los cuentos de hadas corruptas, salen absueltos los asesinos. (La hermana de los Izquierdo, Norma, se casa con Arturo Durazo, y Ricardo Garibay describe el dúo en su novela Par de Reyes y en el guión de Los hermanos del hierro, de Ismael Rodríguez.) Otro detenido, Juan Galicia González, revela el nombre de tres asaltantes y del jefe de la banda, Fidel Corvera Ríos, que huye a Veracruz.

A Corvera no le funciona su análisis de los tiempos para el olvido. Regresa a la Ciudad de México y lo detiene un policía auxiliar que ve a un individuo estrellar u auto contra un poste y, en feliz ebriedad, ostentar su 45. El auto es robado. De nuevo en Lecumberri, ya un centro de distribución de droga (o de estupefacientes, como se decía), Corvera, empresario capitalista si alguno, se queda a cargo de la distribución en el penal, lo que consigue con apenas el trámite de unos cuantos cadáveres. Se organiza un grupo y el primer proyecto es la fuga, en una cárcel tal vez inspirada en La fuerza bruta, de Jules Dassin, sin un Burt Lancaster, pero con múltiples villanos a lo Hume Cronyn. Las cinco personas acaudilladas por Corvera atraviesan con celeridad el patio, se acercan a la parte interior de la barda con cuerdas y escaleras de madera fabricadas en el interior del penal, ascienden a la parte alta y… un vigilante los descubre y Corvera le dispara, se inicia la balacera.

En el plan deben descolgarse por la barda de unos diez metros de altura acudiendo a las cuerdas. Un recluso, impulsado por un disparo, cae al vacío; el siguiente cree posible saltar el alambrado eléctrico, se quema y se desploma; un tercero recibe un disparo en el pecho y cae muerto en el patio del penal; del cuarto fugitivo ningún reportero se ocupa, Corvera Ríos salta aferrado a la única cuerda que se había logrado amarrar. Una bala lo alcanza y sufre un golpe considerable al caer, pero la película debe continuar. Perseguido por los guardias, tal vez a la manera de The Defiant Ones, con Sidney Poitier y Tony Curtis, Corvera, al avistar el Gran Canal, se lanza al amparo de las aguas negras. (La información en el libro de Víctor Ronquillo, en Crímenes espeluznantes de David García Salinas y en Fugas de Norberto E. de Aquino.)

Cientos de policías en la búsqueda, hipótesis al mayoreo, un prófugo herido, una puerta que se abre y una familia que lo esconde, un policía que ve sábanas manchadas de sangre, una nueva captura. Corvera retorna a Lecumberri y de allí a Santa Martha Acatitla. Otra vez la lucha por el mercado de la droga. Otro film, del que ya se conocían algunas versiones. En el auditorio del penal los presos ven una película, con alguien como James Cagney entre el público. Disparos, luces que se encienden y dos secuaces de Corvera asesinados. Moraleja: si vas a traicionar al jefe no vayas al cine. Lo que sigue es breve: Corvera atrincherado en su celda, el sueño lo vence y un condenado a treinta y tres años de cárcel lo asesina con una «punta».

Texto tomado del libro Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México de Carlos Munsiváis publicado por la Asociación Nacional del Libro; Segunda edición, 2009; Pp. 55-60

Transcripción realizada por Armando Pacheco del acervo bibliográfico de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca Melba Alfaro Gómez).

Este texto se publica sin fines lucrativos. Arte y Cultura en Rebeldía es un medio de información y de promoción a la lectura. Algunos derechos reservados.   

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