A 10 años de la desaparición de varios Monsiváis | Elena Poniatowska

En los años 50 apareció el primer Monsiváis, un muchacho de pelo chino y negro, enfundado en un suéter que le quedaba chico. Llegó al restaurante Bellinghausen, preferido por «Los Divinos», acompañado por Laura Oseguera, quien canta con voz de locutora un bolero de moda al que Monsiváis le ha puesto letra: «Romero, suba y dígale al Mangotas / que aquí lo espera su lambiscón».

O: «Pasarán más de mil años, mi curul».

Humberto Romero era el secretario particular del presidente Adolfo López Mateos a quién le decían El Mangotas porque las mangas de su camisa asomaban fuera de las de su saco en forma espectacular.

En los años 50, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco publicaron sus pininos en la revista Estaciones, del médico Elías Nandino, de bata blanca. Monsi publicó un cuento, «Fino acero de niebla», en el que un líder Héctor Fofoy acuchilla a Mario, El Perfil. Si no se leyera bien claro: «Por Carlos Monsiváis», podría pensarse que el cuento es de un maestro del suspense. En medio del diálogo, una frase memorable: «Si se estremece un cuerpo, otro cercano explica el movimiento». También en Estaciones, aparece una crítica a César Vallejo. Monsi, fanático de Mad, escribe parodias con héroes de cómic.

Manifestaciones, huelgas de hambre, mítines en el Zócalo, el Blanquita, la inolvidable Margo Su, los cafés de chinos, la Galería de Arte Mexicano, Bellas Artes y su cortina de Tiffany, las Librerías de Cristal, la avenida Madero, San Juan de Letrán, Carlos camina entre Sergio Pitol y Luis Prieto, sus dos cuates. También José Emilio lo acompaña. Nada les es ajeno. Carlos no bebe. (Años más tarde, en casa de Iván Restrepo dejará sin probar una copa de Chateau Neuf du Pape a pesar de mi advertencia: «Carlos, acabas de abandonar 500 pesos en la mesa».)

Carlos, el cronista, el testigo, el militante, el indignado, acompaña las marchas obreras: «Uno se descubre entre ellos y ante el porvenir». En 1958, observa cómo son golpeadas las antiguas maestras con sus trajes medidos por el gis y los maestros rurales que piden mejores sueldos. Testigo del movimiento de los ferrocarrileros, de los médicos, de los maestros, él mismo se pone en huelga y se tira envuelto en una cobija bajo una tienda de campaña al lado de José Emilio Pacheco. Las hermanas Galindo les llevan una almohada. Escritor huelguista, escucha a Othón Salazar y a Demetrio Vallejo. Ambos lo convencen y sin más entra al apasionado proceso (también el de la revista Proceso) que no abandonará jamás.

Si José Revueltas levanta el brazo y enseña su pluma en la mano izquierda para proclamar: «Esta es mi arma», Monsiváis, inconfundible, esgrime sus dos manos de 10 dedos cubiertos de curitas.

Monsiváis consignó lo mejor y lo peor de México y, al hacerlo, define toda una época, para mí la mejor, la más bella, la que todo lo define. Si alguien abrió puertas, denunció, señaló, creó conciencia y nos enseñó una nueva forma de ver (y de ser), ese fue Monsicat.

Desde Días de guardar hasta su Amor prohibido, pasando por A ustedes les consta, Monsiváis hace la crónica de la Zona Rosa, la de Raphael, la de Juan Gabriel (otro cantante de masas), la del teatro Blanquita, la del Archivo Casasola, la del PRI, la de la crema de la crema de la high society que reseña el Duque de Otranto, la del Día de la Madre, la de las tomas de tierras por los campesinos, la de Chiapas y el subcomandante Marcos sobre quien Jaime Avilés, otro grandísimo cronista, escribió Cara de trapo, la de las asambleas sindicalistas, las de la derecha, la de la Onda, la de México en la Cultura de Vicente Rojo, Benítez y Jaime García Terrés, la de la CTM. Susan Sontag inventa el camp y Monsiváis lo analiza y lo aplica a México. Va del camp a la trivia, al kitch, al frenesí de los rocanroleros, la Zona Rosa, su mejor amiga Margo Su, Iván Restrepo, Tongolele, Pérez Prado. Monsiváis sitúa a México en el contexto universal y lo «desprovincializa».

Monsi le dio la oportunidad a cuatro generaciones de jóvenes de aprender periodismo cultural. Ahí están José Joaquín Blanco, Jaime Avilés, Carmen Lira, Fabrizio Mejía Madrid y Javier Aranda, quienes echando a perder y volviendo a hacer cumplen con los requisitos de una buena crónica.

En los años 50, Carlos también consigna –convertido en juez y parte– las marchas de maestros, obreros, gays y, sobre todo, de estudiantes. «Uno se descubre ante ellos y ante el porvenir». En 1958 mira cómo son golpeadas las maestras de edad con sus pizarrones negros medidos por el gis y los maestros rurales quienes pretenden regañar y no pueden, porque a sus alumnos les gana el sueño por hambre. Testigo y partícipe de los movimientos camionero, ferrocarrilero, feminista, de la huelga de los médicos, aficionado al Paseo de la Reforma, papá del Ángel de la Independencia y mamá del Monumento a la Revolución, Monsi escuchó a Othón Salazar, a Demetrio Vallejo, a Valentín Campa, a Rosario Ibarra de Piedra y, sobre todo, a los estudiantes del 68.

Por ellos y para ellos, Carlos escribe dos de sus grandes crónicas sobre dos manifestaciones, la del rector de la UNAM, con la señera figura del rector Barros Sierra, el primero de agosto de 1968, y la del Silencio, el 13 de septiembre de 1968.

En Estados Unidos, la crítica literaria y maestra Linda Egan publica en 2014 Carlos Monsiváis: cultura y crónica en el México contemporáneo después de varios viajes para entrevistarlo, un verdadero viacrucis, ya que Carlos llegaba tarde a las citas o simplemente no aparecía. Lo asombroso es que a pesar de su impuntualidad Carlos conservó a todos sus amigos y relaciones laborales, y fue el consejero áulico de cuentistas, políticos, poetas, divorciadas y hasta directores de periódico.

En los años 70, Monsiváis viaja a Inglaterra como maestro y escribe desde la Universidad de Essex: “Quizás el método que me funciona es la exigencia económica. Cuando regrese y no tenga un centavo, colaboraré donde pueda. O entraré a la publicidad (…) Sigo suponiendo que la publicidad desgasta, atrofia. Necesito integrar un prepuesto de cinco o 6 mil pesos mensuales. Con menos no creo que se viva (vivir incluye cine, revistas, libros y recorrido por el país). En fin, no quiero obsesionarme demasiado con el problema de aquí a diciembre”. Su letra es perfectamente redonda y legible, letra de estudioso, letra de pensador, letra de filósofo y de comunicador.

En otra carta de Londres, el 14 de septiembre de 1971, insiste: «Ir hacia la clase obrera por desalentador que resulte al principio será lo más útil. Primero, porque será una experiencia reveladora. Y segundo, ¿qué caso tiene participar en la rutina, irte adueñando de tu “Sitio” en “La Gran Familia”, de tu lugarcito en el “Establishment” cultural? No quiero sitios, sino posibilidad de evolución personal».

Los intelectuales suelen aspirar al Colegio Nacional, a la beca de por vida, al reconocimiento oficial. Si José Revueltas nunca se forjó un lugar en la familia cultural tampoco Monsiváis. Optó por «la plebe», los grafitis, las pintas que su pluma salvó del olvido; el Blanquita (la única vez que lo vi llorar fue cuando murió Margo Su), las Marías Victorias y las Tongoleles. Nada de entierro bajo coronas mortuorias y oraciones fúnebres, nada de viaje en la suntuosa carroza negra de la cultura oficial. Por mi madre, bohemios nunca lo habría permitido. Todavía hoy, Carlos inquiere por teléfono: «Oye, y ¿de veras te gustó mi bodrio?» Y respondo despacio, para que me oiga: «Sí, Carlos, sí me gustó el bodrio de tu libro, el bodrio de tu sentido del humor, el bodrio de tu vida, el bodrio de tu hilo telefónico, el bodrio de tu solidaridad, el bodrio de tu humor despiadado, los bodrios de tus cochinos gatos. Extraño a tal grado el bodrio que fuiste, que en ocasiones miro el aparato creyendo que con sólo levantar la bocina sonará tu voz de bodrio preguntando: “¿Ya despertaste?”»


Texto tomado del periódico La Jornada (https://bit.ly/313HLAX) en su edición del domingo 14 de junio del 2020

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