La nueva realidad: terror contemporáneo y aislamiento social | Edgar Rodríguez Cimé

El genuino terror no es el que nos pintó el «cine norteamericano»: del vampiro humano Drácula al payaso demoníaco It, sino el vivido desde principios de 2020 por los siete mil millones de seres humanos de los seis continentes que permanecemos espantados y encerrados para no contagiarnos del mortal Coronavirus.

Dicen epidemiólogos y filósofos que después del arrasamiento de la humanidad al mitigarse este mortal virus, al parecer creado en los laboratorios de las potencias capitalistas (Estados Unidos y Rusia) y capitalistas-socialistas (China), ya nada volverá a ser igual que antes de 2020.

Para empezar (sobre) viviremos en un mundo económicamente nuevo donde seremos rehenes de los nuevos dueños del mundo: antes quienes decidían políticas económicas globales era el gobierno de los Estados Unidos, leal a los intereses de las grandes empresas multinacionales, y desde ahora quien lo hará será el gobierno chino, también leal a los intereses de los multimillonarios orientales, en alianza geopolítica con Rusia, ayer socialista y hoy capitalista.

Lo triste de esta nueva realidad, similar a los tétricos escenarios virtuales del mundo cibernético, es la estética inaugurada en las calles de los seis continentes de la Madre Tierra: ya no es posible «reconocer» los rasgos físicos de personas conocidas y amigas, por llevar cubierto el rostro con cubrebocas y lentes oscuros, por lo que semejamos «ladrillos» parecidos del «muro» capitalista, como dice el grupo de rock progresivo Pink Floyd.

Pero lo peor es ese ambiente de terror vivido en los hogares de la Humanidad, debido al stress permanente de estar «alimentado» con noticias negativas -tanto oficiales del gobierno como noticias falsas del Facebook– sobre los destructores avances de este mortal virus, generando pánico, o cuando menos miedo, entre la población, sobre todo niños y jóvenes, contribuyendo a la mortalidad, ya no por el letal virus sino por debilitamiento del sistema inmunológico protector,  permitiendo el avance mortal de otras enfermedades crónico-degenerativas.

Nos sumimos en el aislamiento social. Ya no solamente permanecemos encerrados «para evitar contagios», sino que, también, evitamos no solo saludar o visitar a parientes y amigos, con lo cual aumenta nuestro aislamiento social, sino que, además, también evitamos nuevos contactos con otras personas, reduciendo nuestras relaciones personales.  

Para acabarla de amolar, si las sonrisas y fiestas que las promueven son muy importantes para la conservación del sistema inmunológico que nos protege de enfermedades, en la «nueva realidad” ya no es posible esto porque ahora están prohibidas las celebraciones con más de 50 invitados, por lo cual los festejos se reducirán a ambientes con pocas personas.

Del mismo modo, los espacios de entretenimiento del pueblo trabajador, maya y urbano: gremios de los santos patronos, protectores de los pueblos mayas de Yucatán; charlotadas (corridas cómicas); salones de baile populares; kermeses; funciones de box y lucha libe; o torneos de béisbol y fútbol, donde «indígenas», obreros, campesinos, trabajadores por su cuenta, estudiantes e hijos y madres de familia se divierten, se han visto prohibidos de ahora en adelante.      

  Además, se alteraron los modos convencionales de «saludar». Si antes un «buenos días» servía no sólo para socializarnos sino también para «ponernos de buen humor», hoy eso no es posible por miedo a «contagiarnos». Asimismo, si entre los chavos, la «banda», saludarse significaba todo un intercambio de símbolos y apretones de manos y antebrazos, extraños para los viejos, pero con significado social para ellos, hoy eso tiende a obstaculizarse.

Concluyo con una experiencia reciente para demostrar que todo cambió entre las personas que transitan por las aceras de las calles de «la Mérida de los blancos»: iba un poco distraído cuando vi venir a una persona; al cruzarme con ella y mirar su ropa lo reconocí, a pesar que él no me reconoció por llevar cubrebocas y lentes oscuros, igual a él: era «Tino» Carrillo, cantante y actor de teatro regional, quien siempre me saluda muy efusivo y esta vez me perdí su amable forma de saludarme.

Muy triste el hecho, porque con los rostros cubiertos con los cubrebocas y lentes oscuros nunca nos reconocimos dos buenos amigos.

Contacto del autor:

Correo: edgarrodriguezcime@yahoo.com.mx
Colectivo cultural «Felipa Poot Tzuc»

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