Respuestas a Trilce | Entrevista a Roberto Fernández Retamar

1) ¿Qué pretende poetizar su poesía?

Por supuesto, el mundo de que tengo noticia: mi mundo -lo que quiere decir también el de los otros, en cierta medida al manos.

2) ¿Cómo concibe la actividad creadora? ¿Cuál es su sentido?

Intentaré responder estas 2 preguntas con una sola respuesta: concibo la actividad creadora, tal como la conozco desde dentro (es decir: sólo hablo de una experiencia), como el resultado de una necesidad que me lleva, simultáneamente, a expresarme y a decir algo del mundo exterior. No veo manera de separar ambas opciones.

3) ¿Qué función atribuye Ud. a la poesía en el mundo actual, en el individuo, en la sociedad?

Hace más de veinte años que escribo algo que pueda llamarse poesía: a estas alturas, la función que yo pueda atribuirle a la poesía está tan mezclada en mí a recuerdos, ilusiones, esperanzas, rabias, alivios, que no me atrevería a intentar definir esa función al margen de toda esa carga que para mí es, también, propia de la poesía. Lo mismo parece ocurrirle a no pocos lectores: menos que sentirse con el ánimo de «leer poesía» -un sentimiento químicamente puro del que se sabe muy poco-, esos lectores se sienten tristes o exaltados, desgarrados o enamorados, desilusionados o aburridos, cuando toman entre sus manos un libro de poesía. No sé -no se sabe-, si lo hacen para ahuyentar o para ratificar esos sentimientos. Lo que se sabe con seguridad es que lo hacen. En cuanto a la función «en la sociedad», no veo cómo pueda ser otra, que la función «en el individuo», a menos que seamos, consciente o inconscientemente, unos redomados, platónicos, y andemos creyendo a mansalva en universales iranianos. (Para los maliciosos que me supongan más ignorante de lo mucho que ya soy, por esta dificultad para separar en mí la «función» de la poesía de otras funciones, quizás no esté de más agregar que, siendo ganapán enseñante, me he leído mis textos de teoría literaria como cualquier hijo de vecino universitario. Lo que pasa, es que me han preguntado la función que «atribuye Ud.», y no me han pedido que empiece a cantar la ópera donde saltan graciosamente los señores Wellek y Warren, Barthes, della Volpe, los luckasianos, los estructuralistas…)

4) ¿Qué función dentro de la poesía cubana atribuye Ud. a su poesía? ¿En qué sentido cree Ud. que se inserta su poesía, en la poesía cubana y qué significado le atribuye?

En primer lugar, debo decir que tengo una desconfianza enorme sobre lo que un autor pueda decir de sí. Trabado entre modestias y vanidades (que pueden ser lo mismo), y sobre todo impedido insalvablemente de mirarse con los ojos con que lo ven -y sobre todo lo verán- los otros, su testimonio sólo puede tomarse con las mayores cautelas. Desautorizadas así las líneas que siguen, añadiré que quizás en el futuro, si algún ocioso quiere ocuparse de mis versos, descubrirá que, después de ilusionados pastiches, a mis veintitantos años, voluntariamente influido por la poesía inglesa (que en general conocí y sigo conociendo mal, pero así son las cosas), y especialmente por Eliot (que acaso conocía un poco menos mal), y queriendo salir de un ambiente poético enrarecido, di en buscar una poesía que se acercara a la conversación en su idioma, a lo inmediato en sus asuntos. Con esa inspiración titulé mi tercer libro -que El Colegio de México editó en 1955-, Alabanzas, conversaciones. Las conversaciones, a la verdad (tal como lo veo ahora), casi estaban sólo en el título. Fui algo más lejos en los años inmediatos -por ejemplo, en un poema aceptable que se llama Los que se casan con trajes alquilados, y que J.M. Cohen tradujo al inglés como si lo devolviera-; pero no fue sino hasta el advenimiento de la Revolución Cubana, en 1959, que empecé a trabajar con ese idioma que había intuido, necesitado. La conmoción histórica y sicológica (¿cómo podría ser de otro modo?), que ha sido, que está siendo, este acontecimiento, y la violencia, la inmediatez de las cosas que me rodean, lo explican suficientemente. Mi poesía no se «inserta» en la poesía cubana: en un momento dado, «es» la poesía cubana. (No la única, por supuesto).

5) ¿En qué sentido o de qué modo cree Ud. que la poesía es un reflejo de la realidad?

De alguna manera, he respondido parcialmente est pregunta en las líneas anteriores. Ahora debo añadir que expresiones como «reflejo de la realidad», en relación con el arte, me ponen la carne de gallina. ¿Qué es «reflejo»? ¿Qué es «realidad»? Por ahí no vamos a ninguna parte. Si una manzana se pone frente a un espejo, éste, dócil, refleja la imagen de una manzana. Pero si una manzana se pone frente a la poesía, ésta, extrañamente, «refleja» ¡un poema! Aceptamos que el verbo no parece el más apropiado. Que la poesía tiene algo, tiene mucho que ver con la realidad que la rodea, es evidente. Pero que esa relación pueda reducirse a un «reflejo» me parece por lo menos no tan evidente. (Nueva advertencia a los maliciosos: también ha leído a Lenin… y a Garaudy, ¡ay!) Recordemos este hecho obvio: ocurre un acontecimiento que impresiona al poeta; el poeta se sienta y escribe un poema. Ni el poeta ni nadie tiene interés en negar la relación entre ambas cosas. Incluso la relación determinante (parcialmente determinante) de la primera respecto a la segunda. Sucede, sin embargo, que el poema es, en sí mismo, un objeto, acrecienta la realidad: en lo adelante, para los demás (y para el propio poeta), la realidad es lo que era antes, más ese poema. ¿Es eso «reflejo»?

6) ¿Qué opina Ud. de la poesía cubana actual? ¿Qué tendencia de ella considera legítimas? ¿Cuál sería a su juicio la dirección adecuada de ella?

A estas tres preguntas, daré tres respuestas:

a) Me parece muy buena; en conjunto, la mejor que hemos tenido, y digna de leerse en cualquier parte.
b) Todas, por supuesto: las que ya existen y las que todavía no existen. Estas últimas me atraen particularmente.
c) La que logre la más alta calidad.

7) ¿Qué podría decir Ud. acerca de la comunicación poética? ¿Para quién se escribe? ¿Cómo ha de concebirse, a qué nivel ha de concebirse la comunicación poética?

Voy a reducir estas numerosas preguntas a un denominador común -cercano a la pregunta segunda-, para poder responder diciendo que, según mi experiencia personal (que es muy modesta, pero que es la única que tengo), se escribe para todo el mundo. Lo que uno quisiera, es que el adolescente aterrado por la muerte, lo leyera a uno, como uno leyó, entre escolares y deslumbrado, a Quevedo; que el joven enamorado que pasea por un parque lo recitara a uno como uno recitó las Rimas; que en el grave, el importante momento de decidir el sesgo de una vida, algunos versos de uno pudieran tener el inolvidable efecto que sobre uno tuvieron ciertas líneas de Martí, de Unamuno, de Antonio Machado, de César Vallejo. Que la poesía, en fin, sea leída como uno leyó la poesía: porque era la vida misma, incandescente. Lo que no sea leerla así -y escribirla así-, no tiene el menor interés, y debe ser inmediatamente quemado en la plaza pública -si es posible, con el autor dentro-.


Texto tomado de la revista Trilce de poesía (Chile); Año V; Número 14; Diciembre-Enero; Años 1968-1969; Pp. 39-41

Transcripción: Armando Pacheco

Enlace a fuente original: http://www.memoriachilena.gob.cl/

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