Un sueño vigente | Cristóbal León Campos

El 28 de agosto de 1963, Martín Luther King, pronunció su histórico discurso Tengo un sueño, delante del monumento a Abraham Lincoln en Washington, DC, capital de los Estados Unidos, durante una de las más grandes y memorables manifestaciones por los derechos civiles a favor de los afroamericanos con la participación de por lo menos doscientas mil personas, en su mensaje cargado de un profundo sentimiento de dolor y esperanza, Luther King mencionó: «…cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra». El discurso denunció los atropellos y abusos sufridos por los afroamericanos debido a la existencia arraigada en el ideario americano del racismo por más de cien años de historia estadounidense, así como manifestó la exigencia de que se cumplan cabalmente para todos y todas los ciudadanos de esa nación la justicia y la libertad como derechos inalienables establecidos en letra en la constitución pero negados en los hechos por la segregación y odio irracional fundado en el falso conflicto entre razas y la creencia de la supremacía blanca. Luther King, buscaba la conformación de una sociedad basada en los valores de fraternidad e igualdad cuyos principios cristianos condujeron su actuación y credo en la no violencia, soñaba con el reconocimiento pleno de los derechos civiles y las libertades individuales de la comunidad afroamericana. Soñaba en sí, con la justicia histórica elemental para un nuevo pacto social al interior de los Estados Unidos.

La deuda histórica que se denuncia en el discurso, ejemplificándola como un cheque que aún no ha sido pagado, y que al pagarse al fin significaría el establecimiento de las bases elementales de la justicia y la igualdad, retumbó en esa tarde histórica ante miles de afroamericanos deseosos de ver sus sueños concretados. Luther King usa el cumplimiento en ese mismo año de 1963 de los primeros cien años de la Proclamación de Emancipación de Abraham Lincoln, como un referente moral para dar fuerza y soporte a sus palabras, pues en la Proclamación de Emancipación, se estableció el fin de la esclavitud, pero no significó en los hechos el fin del racismo ni el verdadero gozo por la comunidad afroamericana de sus derechos negados. En otro párrafo del mismo discurso puede leerse: «También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial». La historia como presente resalta la interpretación del tiempo del orador, ya que la justicia no es un eufemismo insustancial, es siempre, la condición de vivir sin opresión para todos los seres humanos, el ahora es ya, por lo tanto, cambiar las condiciones de vida de los miles de afroamericanos requería de la acción consciente por la causa, de la permanencia en la lucha y la organización, cosa que Luther King supo muy bien, esa misma tarde, llamó a continuar sin descanso ni reparo el camino a la reivindicación definitiva.

La fuerza del movimiento alcanzó logros importantes, en 1965 se aprobaron la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Derecho al Voto, pasos en la construcción del sueño de Martín Luther King, recuérdese que los afroamericanos en el contexto de la negación de sus derechos y libertades, no podían votar en muchos estados de la unión americana y eran discriminados para ocupar puestos de trabajo debido al color de su piel, tenían prohibido entrar en locales señalados, tampoco podían los infantes asistir a cualquier escuela u ocupar los asientos que desearan en los autobuses, el abuso policial estaba a la orden del día, además de la sombra de negra del Ku Klux Klan, organización orientada por su extremismo racista y xenófobo que cobró y cobra cientos de vidas cometiendo crímenes atroces. En el mismo acto de 1963, Luther King refirió la larga lucha afroamericana, su importancia para la construcción de otra nación cimentada en valores concretos y no en discursos huecos, sus palabras, guardan plena vigencia en el panorama actual de la sociedad estadounidense sacudida por el violento y atroz crimen de George Floyd perpetrado por la brutalidad policiaca en Minneapolis, esa histórica tarde se escuchó decir al gran líder por los derechos civiles afroamericanos que: «No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia».

En pleno 2020, no hay paz en los Estados Unidos debido a la continuidad de racismo y la xenofobia, debido a la pobreza y la explotación a la que son sometidos millones de ciudadanos y ciudadanas de todos los orígenes, particularmente la comunidad afroamericana y latina. Las estructuras del capitalismo están basadas en la desigualdad e impiden el cumplimiento cabal del sueño de Martín Luther King, un sueño que permanece vigente sin importar que fuera asesinado el 4 de abril de 1968, en la ciudad de Memphis, Tennessee, con las balas del extremismo racista, como mencionara el ministro Ronald English, ante el féretro del líder abatido: «Como bestia carnívora, la historia ha caído sobre nosotros, porque no soporta la verdad». El sueño de Martín Luther King es el mismo que el de todo afroamericano en los Estados Unidos, es en realidad, el de todas las minorías segregadas, discriminadas, explotadas y oprimidas en el mundo entero, ese sueño reivindicado hoy por los millones que con dignidad luchan contra el racismo al interior del imperio y en países de todos los continentes, porque la justicia e igualdad son derechos inalienables que garantizan la supervivencia de la humanidad.

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