La espera | Raúl Maldonado Coello

Subió por las escaleras y se dirigió inmediatamente a la administración de la Clínica. Allí se encontró a una monja que le dio un número y le indicó una puerta lateral en la que estaba impresa con letras doradas la palabra «Maternidad». Se dirigió hacia ella y al abrirla sintió el olor a cloroformo y rosas. El corazón le latía fuertemente y sentía como si todo el silencioso pasillo, que ahora cruzaba, se llenara con los ruidos de su corazón. Buscó con la vista y no encontró a nadie. Se dirigió hacia una de las puertas, situada a un lado, y la abrió. No había nadie en el cuarto; solo encontró una pequeña maleta y junto a ella los zapatos de Elena, su esposa.

—No se preocupe señor Domínguez, su señora se encuentra bien. La acaban de pasar a la sala de partos.

La voz de la enfermera la sobresaltó y no supo qué responder.

—¿Desea permanecer en el cuarto o quiere pasar a la sala de espera?

—Al fin, respondió.  Gracias señorita, permaneceré aquí.

—¿Se le ofrece algo?, ¿no desea un café?

—No, gracias, muy amable…

Cuando la enfermera se retiraba, él con voz entrecortada le preguntó:

—¿Oiga… tardarán mucho los médicos?

—No se preocupe, su esposa está en muy buenas manos y en poco tiempo, usted se sentirá el hombre más feliz del mundo.

—Bueno… es la primera vez; y usted sabe…

—Comprendo. Tranquilícese; si se le ofrece algo toque el timbre.

—Gracias…

Domingo se dejó caer en una silla y encendió un cigarro. Pensó en Elena y en los padres de ambos que debían estar preocupados, sin poder hacer nada. Era necesario un día entero para poder llegar a la capital donde ellos vivían desde que se casaron. Pobres viejos, siquiera tuvo tiempo de avisarles. Todo había sido tan rápido. No tenía una hora de haber llegado a la oficina, cuando Elena lo llamó desde la Clínica. Era una suerte que ésta se encontrara a sólo cien metros del sitio en que vivían.

Sólo su respiración y el ruido del aire acondicionado, se escuchaban en el cuarto. Prendió otro cigarro y miró su reloj. Eran las 10:45 de la mañana; tenía menos de 15 minutos de haber llegado; a él, le pareció una hora. Se levantó y comenzó a caminar por el cuarto, miró por la ventana que daba hacia un hermoso jardín lleno de flores; de pronto, se dirigió hacia la mesita donde se encontraba el teléfono, lo tomó y apretó el botón del conmutador.

—Señorita, ¿podría enviarme un ramo de flores al cuarto siete?… ¿Qué color de lazo?… no, todavía no sé… Enviénmelo con un lazo de cada color. La tarjeta que diga: ¡GRACIAS!… Sí señorita, es todo…

—¡Puros y dulces! ¡maldita sea! a quién diablos se le ocurre pensar en ellos ahora. —Colgó la bocina y siguió pensando en voz alta—. Esta gente no busca cómo sacar dinero; lazo azul y puros, por si es niño; lazo rosa y dulces, si es niña: ¡buitres!

Abrió la puerta y salió dirigiéndose a la sala de espera, rencontrándose con la enfermera que lo había recibido.

—Señorita, ¿todavía?

—Siéntese, voy a preguntar cómo va.

La enfermera desapareció por una puerta y Domingo tomó asiento.

—¡Elena, Elena!, mi vida, cuánto estarás sufriendo, y yo, aquí sin poder ayudarte. Ya no quiero nada, no me importa si es niño o niña; sólo te quiero a ti. ¡Soy un maldito cobarde, cuántas veces me pediste que en estos momentos yo estuviera a tu lado; y siempre me negué!

Seguía sentado y con la cabeza entre las manos, luchaba por controlar sus nervios y su impaciencia.

—¡Instintos, deseo, sexo! —pensaba—. Eso es todo el principio; y después un torbellino de emociones nuevas. El tránsito vilente entre un mundo hecho a base de ilusiones, deseo y promesas; y la cruda realidad de la vida. ¡Elena perdóname! Siempre te hablé de un mundo que no conocía; imaginario; hoy lo estamos viviendo y qué distinto es. Nosotros también pensamos que cada uno conocía demasiado del otro y sólo era la ilusión de lo que ambos deseábamos. Cuan poco nos conocías Elena; esos dos años de novios no fueron nada, no sirvieron para nada ¡farsa! —pobres de aquellos que piensan que el noviazgo sirve de algo—. Todo es pasear, soñar y desearse, y aparentar algo que le llaman amor y no es. Dos años de novios, juntos, impulsados por el deseo físico a conceder todo aquello que en otras circunstancias nuestro orgullo no aceptaría. Yo era el macho deseoso de poseerte y sentirte mi trofeo, y tú, la dócil hembra conquistada. Esos son los papeles que nos dieron para interpretar en este mundo que heredamos; tú: la virgen, inocente, cándida e ignorante, y yo: el macho con licencia para deshonrar sin castigo. Tú, la imagen de mi madre, y yo, la de tu padre, ¡cuánta equivocación, Dios mío!

Domingo se levantó y comenzó a dar vueltas por la salita. Miró su reloj; eran las doce. La enfermera no había vuelto para informarle. Seguía solo y sus nervios en aumento.

—¡Elena, he sido muy egoísta. Perdóname! Te menosprecié siempre. Ahora estoy comprendiendo lo que es una mujer, una compañera, una madre; un ser humano lleno de ternura. Cuando salgas, mi vida, todo va a cambiar. No me importa si es niña o varón lo que traigas a ese mundo, sólo te quiero a ti… ¡pero, maldita sea,  como se tardan esos médicos!      

De pronto una voz interrumpió sus pensamientos:

—Señor Domínguez, aquí están sus flores que pidió…

Mientras tanto, en la sala de partos, el doctor decía a sus ayudantes:

—Báñenlo y avisen al viudo.


Texto tomado del Suplemento Cultural del Diario del Sureste; Peniche Barrera, Roldán et al…; Suplemento Cultural No. 1066; 22 de septiembre de 1974; pp. 2 y 5  


FICHA BIOGRÁFICA:

Raúl Maldonado Coello nació en la ciudad de Mérida en 1944. Editor, escritor y músico, fue fundador de la Maldonado Editores del Mayab y de la Feria Municipal del Libro y Libreros de Yucatán. Perteneció al grupo Platero y en 1973 ganó los Juegos Floreales de Valladolid. Colaboró en el Diario del Sureste. Publicó el libro Diez cuentos. Murió en 2002.

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