Nuevetrusas y otros cuentos para no cambiar el mundo (Fragmentos) | Rígel Solís Rodríguez

El hombre es de la ciudad y viceversa. Por sus calles ha dejado mucha suela, mas en este café nunca había entrado, valga la expresión pues uno puede tomar asiento en el corredor externo del inmueble y mirar en primer plano la calle y sus automóviles pasar, enseguida la plaza y su flora y su fauna eternas y más allá, entre la altas ramas de los laureles, al menos una torre de la catedral. Se ha sentado en un rincón, demostrando timidez y alguna falta de propiedad, viendo que casi todos los que cenan, beben y conversan tienen pinta de turistas.

Dice también que no es difícil sentirse como extranjero en la ciudad propia. Basta con que casi todos alrededor tengan rasgos diferentes y sólo y precisamente los que se parecen a uno, en este caso los meseros, lo miren feo y hagan sentir menos. Este restaurante-café-bar tiene mesas en el corredor que en teoría pertenece al peatón que, esquivando mesas o bajando la banqueta, termina siendo parte del zoológico y de curiosidades para el visitante y comensal.

Por motivos que tienen que ver más con la paranoia que con cualquier pretexto, Nuevetrusas decide salir de casa justo a las seis de la tarde. Han pasado tres días y muere de ganas por ver a Gloria. También opta por dejar estacionado el Caribe de plata enmascarado e ir en autobús al centro histórico. En el trayecto la noche se mete sin pedir permiso pero sin armar escándalo junto al fresco del ambiente. El camión no se volteó y tampoco una hermosa chica se ha subido. Entre el paradero y el café al cual se dirige, para en una tienda de ropa casual, mira las camisetas y por fin compra una de Spiderman, sabiendo que es el único superhéroe maricón, pero vamos, se sacó la lotería con Mary Jane.

Ya pide un café americano y una orden de caballeros pobres. Alrededor de él nada ha cambiado, ni el barullo de la calle, ni los turistas, ni los meseros, ni los comensales. Pronto cumplirá treinta y cuatro años el único día que se honra a San Gilberto y siente más que nunca que ama esta ciudad femenina que se llama Mérida, sin duda, cree, un lugar sagrado. El postre de por sí es algo empalagoso mas no tanto como para infligir melancolía por la fuerza. Piensa en la literatura y en los libros que cualquiera tiene el vicio y derecho de escribir sobre asuntos que conoce poco. Cuando se quite del café irá a la librería de junto para comprar el otro librito de Kepsson Solovinsky.


Fragmentos de novela para Imágenes y Miradas 2

Nuevetrusas. Y otros cuentos para no cambiar el mundo

Rígel Solís Rodríguez

Ediciones Oblicuas, Barcelona, España 2014

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