‘El Dzalbay’ y su sobrio propietario | Alberto Cervera Espejo

Alrededor de la cantina El Dzalbay, sita en el cruce de la calle 53 y 64, se cuentan anécdotas dignas de ser registradas.

Ha incontable años la compró un señor de apellido Vega, oriundo de Tabasco. No le gustó el oficio tabernaril y se la vendió a un morigerado panuchero, sobrio austero y enemigo de las libaciones, tatas cualidades para quien administra una cantina y se supone que va a ganarse la vida con ella. Pero la cosa es curiosa. Tal vez anticipándose a lo que años después sería los «Cursillos de la Cristiandad», la compró para hacer una labor de «apostolado», como se dice.

Me informan personas que lo conocieron y trataron que cuando llegaba un cliente para pedir su cerveza o su copa bajo el quemante sol del mediodía, el nuevo propietario de El Dzalbay le contestaba:

—¿Por qué va usted a tomar una copa? ¡Se va a enfermar! El alcohol es malo para la salud:

El sediento cliente insistía. No era don Marco A. Almazán, por supuesto, porque en aquellas lejanas fechas ni vivía en Yucatán ni había bebido su primer trago. Tal vez ni había nacido o andaba en pantalones cortos.

Ante la insistencia del parroquiano, ahora más sitibundo que sediento, tal vez por deformación profesional, el panuchero metido a cantinero le decía:

—¿No quiere mejor comer un par de panuchos? Y ahora mismo le bato un chocolate bien calientito.

—¡Quiero una cerveza bien fría! Y sírvamela inmediatamente porque me muero de sed.

—¿Y el chocolatito?

—¡Váyase usted al demonio con su chocolatito!

Lógicamente la clientela habitual comenzó a desertar de El Dzalbay. El negocio desde luego quebró y el sobrio panuchero tuvo que venderlo. Aprovechó la situación el siempre caballeroso don Lupe Basteris y lo compró muy barato.  

Don Lupe ya no ofrecía «chocolatitos», sino cerveza bien helada, amén de los rones.

Y a propósito de rones, don Lupe comenzó a fabricar su famoso Ron Basteris, que era de obligado consumo para paladares fuertes y bolsillos pobres.

Cuando yo estudiaba el primer año de derecho en la Escuela de Leyes —y esto tiene más de treinta y cinco años— mi compañero de «machaque» y yo, todas las noches, nos íbamos al Parque de las Américas y ahí estábamos hasta muy entrada la madrugada. El sitio era ideal por su paz y silencio. Entonces el tránsito era mínimo, pero en invierno el frío era intenso, tanto como es el tránsito ahora.

Entonces, en un viejo automóvil que entonces tenía, todo destartalado aunque con carrocería de tanque de guerra, como eran los de antes, nos dirigimos a El Dzalbay y a comprar una cuartita de Ron Basteris, que nos calentaba el cuerpo y nos iluminaba el cerebro para entender los «intríngulis» del Derecho Civil.

Siempre estaba don Lupe Basteris sentado en un sillón colocado en la acera, en la puerta de su cantina, sin importarle la hora que fuera, con un grupo de amigos, conversando bajo la luz de las estrellas, porque la mercurial no había llegado a Mérida y el humilde foquito de la esquina apenas alumbraba.

Lo saludábamos, nos invitaba a una copa, y otra vez al Parque de las Américas a seguir descubriendo los secretos de Justiniano, hasta que el amanecer pintaba de rojo las nubes.

Desde esa cantina, el caballero don Lupe creó, levanto y sostuvo una familia hermosa. Tuvo un hijo que es ahora un reputado médico y otro que es un respetable sacerdote.

Tuvo derecho don Lupe a sentirse satisfecho, así en la Tierra como en el Cielo.


Texto tomado del libro Las cantinas de Mérida; Cervera Espejo, Alberto; Talleres Gráficos del Sudeste; 1984; Pp. 15-17


FICHA BIOGRÁFICA:

Fue abogado, poeta, periodista y hombre de teatro. Nació y murió en Mérida. Egresó de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Yucatán; se integró a la Judicatura local y fue Juez y Magistrado; representó al Departamento de Teatro del INBA en el sureste de México y en la Delegación del IMSS impartió clases de teatro. Fundó con otros poetas jóvenes de Yucatán el grupo literario “Voces Verdes”, así como la revista del mismo nombre en 1951. Posteriormente fue director de los suplementos culturales “Letras Yucatecas” del Diario del Sureste y “Artes y Letras” de Novedades de Yucatán. Viajó a Cuba y escribió un libro de sus experiencias en ese país. Colaboró en las revistas nacionales Cuadernos de Bellas Artes del INBA y Tramoya de la Universidad Veracruzana, entre otras. 
Obtuvo un premio de la Asociación Nacional de la Publicidad por la mejor columna periodística en 1972 y otro del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa. Fue alumno de dirección teatral con el maestro Salvador Novo; actor y luego director del grupo de teatro experimental “La Casona”; ejerció la crítica teatral con un alto sentido de la ética. Dirigió un diario vespertino y dos programas de televisión. Utilizó el seudónimo “Alceres”. 
Su bibliografía comprende: El derecho constitucional en Yucatán (1954), Lección y ejemplo de Juárez (1968), La obra legislativa del Gral. Salvador Alvarado en Yucatán (1972), Reflexiones sobre el teatro experimental (1973), El Teatro de la Revolución en Yucatán (1973), Historia morrocotuda de mi viaje a Cuba (1976), Poemas, versos y otros fantasmas (1977), Tres en un acto (1977), Cuando despierten los hombres mayas (Poema, 1978), Corriendo telones (ensayos teatrales), Poemas de sangre y amistad (1980), Mínimo canto para Miguel Hidalgo (1981), La poesía de la Revolución en Yucatán, De sangre y amistad (Homenaje 1987) y Las Cantinas de Mérida. Redactó también en colaboración con Leopoldo Peniche Vallado la actualización de la historia del teatro en Yucatán para la reedición de la Enciclopedia Yucatanense. Recibió en 1979 la Medalla Yucatán. (Diccionario de escritores de Yucatán)


Transcripción: Armando Pacheco

Archivo: Biblioteca de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca «Melba Alfaro Gómez»)

Acervo: Escritores mexicanos » Escritores de Yucatán

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