Francisco Toledo habla del racismo | Lamberto Roque Hernández

Defensor y promotor del patrimonio cultural oaxaqueño, ambientalista, y ante todo artista plástico. El hombre que vuela papalotes para, si él pudiera, hacer el milagro de que los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa en septiembre de 2014 emergieran del cielo azul oaxaqueño para abrazar a sus padres. Fundador del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (AIGO), santuario del saber con su biblioteca única, galería, lugar de encuentro.

La cita es en el patio del instituto techado por las ramas de las bugambilias. Con el trinar de los pájaros, el ruido de muchachitos jugando en el patio y el tronar de cuetes en la calle como fondo sinfónico. Las doce. Como decimos en mi pueblo, la mera hora mala, cuando se aparece la Matlaxiuatl. Cuando el catrín baja de los cerros de María Sánchez y encanta a los lugareños. A esa hora Francisco Toledo atravesó el umbral del patio. Y fue una hora buena.

Entre broma, risas y peticiones de fotos por los visitantes al IAGO, hablamos de la educación pública. ¿Por qué no hay una revolución en México? Contestó con un «ah, chingaos». El país es muy grande geográficamente y se necesitaría una coordinación enorme. Una causa común. Y ahora no se ve por dónde. Tal vez la revolución ya está ocurriendo y viene del sur. Una revolución cultural de la que él forma parte. A preguntarle quién lo sucederá para continuar con su trabajo por Oaxaca, y qué pasará después, dijo entre risas: «Después de mí, el Diluvio».

En su momento se apostó a que los migrantes oaxaqueños fueran la solución para algunos problemas de Oaxaca. Posiblemente con las remesas. Posiblemente por volver y contribuir de manera más activa en el desarrollo económico, cultural e intelectual del estado. «Y fallamos», dije.

Ahondamos en algo que los oaxaqueños enfrentamos con frecuencia dentro y fuera del estado y del mismo país. Un tema que no siempre es fácil de tratar: el racismo. El practicado en la casa, entre oaxaqueños. El enorme grado de discriminación que enfrentan los oaxaqueños en todas partes. Aunque esto no sólo es entre mexicanos u oaxaqueños, entre indígenas o entre negros. Una condición humana que se adquiere. Se aprende a ser racista. No se nace racista.

Los oaxaqueños se cuentan entre los más discriminados en el país y fuera de él. Se han creado los términos «oaxaquita» o «pinche oaxaco». Frases que se utilizan por ignorancia y para darnos a entender que somos retrógradas, indios, ignorantes, morenos, feos, chaparros. De ahí resulta que el individuo niegue ser lo que es. El oaxaqueño enfrenta discriminación y racismo donde quiera que va. Y se hace fuerte. Resiste. Se organiza. ¿Pero qué pasa entre nosotros? ¿Nos desgarramos unos a otros en la misma casa?

Pregunté al maestro si hay racismo en casa, de oaxaqueños a oaxaqueños. Al instante me contestó «¿En dónde? «En qué calle? Bueno, en el Istmo, donde yo conozco mejor, ahí hay una raza superior que son los juchitecos. Éstos se creen que fueron soñados por Dios —ríe— y sí, los zapotecos son bastante discriminados o discriminadores con las otras gentes que vienen de las otras etnias. Con los chontales, los zoques, los mixes. Me tocó ver en mis tiempos cómo los zapotecos trataban mal a otras gentes que venían a comerciar en la región. Entonces hay un racismo entre los mismos indígenas. Entre más indio, entre más desligado estés a tu comunidad, entre más mal hables tu lengua, más te van a segregar o a discriminar».

Enseguida abordó la discriminación que desde hace tiempo se practica hacia la gente negra. Y se remontó a su abuela. «Al nacer un nuevo miembro de la familia, lo primero que hacían era mirarle los pies. Si el recién nacido tenía los pies de la tía Julia, la de rasgos más negros, entonces el recién nacido cuando grande no iba a encontrar zapatos, no iba a encontrar guarachos, no iba a encontrar marido… qué sé yo. La cosa era de no querer que salieran esos rasgos negros en la familia».

Y hablando de béisbol pero dentro del mismo tema, continuó: «En el sur de Veracruz, donde vivíamos, teníamos en mis tiempos otro tipo de racismo. Por ahí por finales de los años cuarenta, principios de los cincuenta, llegaban peloteros de las Antillas. Los mejores del momento. ¿Por qué llegaban al sur de Veracruz en esa zona costera? Pues porque en Estados Unidos no tenían entrada a las ligas mayores los jugadores negros. Entonces se quedaban en Veracruz, algunos se casaban, otros se regresaban. Como mi papá tenía cierto poder económico en esa época, fue socio del club la Sección Diez de Minatitlán. Nos podíamos sentar a ver de cerca a los jugadores. Y pues bueno, también había racismo hacia los jugadores. La gente les gritaba “ora, pinche negro”, cosas agresivas porque eran también muy buenos jugadores».

Hablamos de lo que actualmente sucede en el futbol. En algunos estadios de España la gente emite sonidos que imitan a los monos para ofender a los jugadores negros. Toledo dijo: «Posiblemente en Europa se entiende (por lo racista que son muchos españoles, pensé), pero en el sur de Veracruz, en aquellos tiempos, imagina a un negro gritándole a otro: “pinche negro”. Como que no va».

Recordó cómo él mismo al llegar a la ciudad de Oaxaca tuvo que lidiar con la discriminación entre paisanos. Y dijo: «Me recordó cuánto me molestaba que me dijeran que era el hijo del carbonero porque era el más moreno en la familia. Aunque Oaxaca ha cambiado. Hay gentes de todos lados. Ya no es tan raro ver un negro como cuando llegué a la ciudad en el cincuenta y tres. Los negros no paseaban. Los negros no eran turistas. La discriminación se iba sobre los tehuanos. Yo, por ejemplo, en algún momento escondí que lo era. Hasta que un día vieron salir de la casa donde yo vivía a unas mujeres tehuanas. Y entonces me señalaron: “¡Ah! Eres tehuano”».      

Charlamos de cosas que tienen en común los oaxaqueños que persiguen cambios sociales. Hablamos de libros, de bibliotecas. Al fin el maestro, risueño, enorme, desapareció en dirección a la calle. Afuera, la ciudad bullanguera en días de fiesta. El escenario donde el maestro es un personaje principal. Dentro del IAGO existe todo un campamento en el que se forman seres pensantes para continuar con el legado de Francisco Toledo.

Para que después de él, lo que llegue no sea el Diluvio.


Texto tomado del suplemento cultura Ojarasca del periódico La Jornada; Manzo, Carlos, et al…; Ojarasca Número 226; Febrero 2016; P. 16    

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s