Cuando Alvarado ocupó a Mérida | Leopoldo Peniche Vallado

De aquellos días tumultuosos y agitados de 1915, datan los primeros encuentros de nuestra infancia regalada con las duras realidades de la vida, Mérida se presentaba ante nuestros asombrados ojos, como una ciudad sobresaltada y confusa en la que toda inquietud tenía su asiento. Los comercios cerraban sus puertas a menudo; las gentes se guarecían medrosas en el interior de sus moradas; los salones de espectáculos languidecían nostálgicos de concurrencia, y sólo en las calles se advertía cierta efervescencia, mantenida por el continuo ir y venir de tropas y gentes armadas, sin que nuestra curiosidad infantil pudiera penetrar el sentido de aquella situación tan extraña en la que nos veíamos envueltos los habitantes.

Mediaba febrero y acabábamos de presenciar un espectáculo inusitado: la entrada triunfal a la ciudad de las fuerzas argumedistas, que se hicieron cargo del mando después de poner en fuga, sin derramamiento de sangre, al Gral. de los Santos y al grupo de sus fieles. Las personas mayores comentaban que Argumedo venía a salvarnos; que en sus manos Yucatán se vería libre de la tiranía «del centro», y todo mundo se aprestaba a cooperar para la consolidación del nuevo régimen. Los comerciantes y los hacendados, a simple llamado, acudieron aportando un considerable anticipo por concepto de contribuciones, a efecto de proveer de fondos al Gobierno, cuyas cajas se encontraban exhaustas como consecuencia del despojo cometido por de los Santos en su violenta huida. En los corrillos se hablaba de que era inminente el reconocimiento del régimen argumedista por la suprema jefatura de la Revolución, y que entonces ya Yucatán podría dedicarse al trabajo en un clima de paz y de tranquilidad. Argumedo era, por el momento, la figura de actualidad.

Pero pasaban los días y don Venustiano guardaba silencio; el líder comenzó a inquietarse y para salir de la incertidumbre, prohijó las gestiones de una comisión de notables yucatecos ante el Primer Jefe, con el objetivo de obtener el apoyo de éste al régimen de facto que presidía el rebelde. Eran ya los primeros días de marzo y los trabajos de la comisión, según se decía, habían sido infructuosos. La situación se hacía cada vez más difícil; los rostros de las gentes delataban la ansiedad en que se vivía. En los jóvenes, una violenta exacerbación del localismo exaltaba los ánimos y dictaba los más heroicos planes de lucha por la soberanía yucateca. El Instituto Literario, nuestro más alto centro de cultura en aquellos días, era un reducto argumedista en el que, decididos y tenaces, los estudiantes hacían guardia permanente armados de máusers y de marrazos.

Ya se tenían noticias de que Carranza había designado al General Salvador Alvarado Gobernador y Comandante Militar de Yucatán, y que éste se había dirigido telegráficamente con Argumedo demandando su rendición incondicional, y esto contribuyó a dar caracteres más dramáticos a la situación, pues cada yucateco se sentía un defensor tan celoso de su soberanía, que estaba dispuesto a morir antes que someterse a la ignominia de ser gobernado por la militarada carrancista. A mayor abundamiento, Alvarado venía precedido de una leyenda de crímenes y de infamias, que hacían su figura repulsiva para la sensibilidad sosegada del yucateco típico, que Argumedo había sabido, con suma habilidad, canalizar en su provecho.

Ese magnetismo que rindió la voluntad del pueblo yucateco habría causado muy serios reveses a la obra de la Revolución en Yucatán, de no haberse puesto al descubierto, demasiado pronto, la pobre contextura moral del improvisado líder que no obstante haber logado victorias tan señaladas, como la de ganar para su «causa» al mismísimo Gral. Arturo Garcilazo, jefe carrancista comisionado para batirlo, no pudo simular su apostolado por más tiempo y al verse en inminente peligro de pagar con su vida su tremendo golpe de audacia, huyó del Estado llevándose consigo todo el oro y la plata de las reservas del Banco Peninsular, y después de cometer otros latrocinios y numerosas depredaciones.

Todavía se agitan en nuestra memoria los recuerdos de aquella impresionante jornada a la que asistimos entre las brumas de nuestros años infantiles. Vemos con los ojos del espíritu las calles de Mérida silenciosas, transitadas tan sólo por soldados y gente de poder, mientras los vecinos atisbaban prudentemente tras las persianas de sus domicilios, el paso de los contingentes armados en una incesante actividad.

Una tarde al filo del crepúsculo, mi padre llegó a la casa presa de gran alarma. Había que partir inmediatamente. Todas las familias decentes estaban abandonando la ciudad, ya que se anunciaba que el Gral. Alvarado, capitán de un ejército de vándalos, se encontraba en Campeche aprestándose para avanzar sobre Mérida, Argumedo había huido al oriente y la ciudad se encontraba desguarnecida. Mis hermanos mayores hacían guardia en el Instituto.    

En un momento, con la vertiginosa rapidez que comunica el pánico, quedó hecho el equipaje. A las diez de la noche saldría un tren para Espita y Valladolid conduciendo a numerosas familias meridanas que iban a buscar refugio en pequeñas poblaciones, haciendas y rancherías. En el convoy viajamos hacinados como irracionales; a través de las ventanillas, mirábamos grandes lenguas de fuego a la vera del camino: eran bodegas de pacas de henequén incendiadas por órdenes de Argumedo el fugitivo.

Al amanecer, descendíamos en la estación ferrocarrilera de Espita, serenos los ánimos y calmada la ansiedad; atrás habíamos dejado a Mérida a merced de las hordas salvajes de los modernos hunos reencarnados en la soldadesca constitucionalista.

Era el 19 de marzo de 1915.

A nuestro pueblerino refugio llegaban las noticias de lo que estaba ocurriendo en Mérida, con las naturales deformaciones impuestas por las pasiones desbordadas. Se hablaba de saqueos, de asesinatos, de atentados al pudor de robos a mansalva… En fin, ¡el reinado del terror!

Tampoco podíamos afirmar que la relativa lejanía del teatro de los acontecimientos nos garantizara un clima de seguridad. A medida que los días iban pasando y Alvarado consolidaba su dominio, veíamos más cerca la inminencia de una agresión a nuestros interesas y quizá a nuestras vidas mismas, así nos ocultáramos en el último rincón del planeta. Pertenecíamos a un orden que la Revolución venía a destruir, y de allí que nuestros temores y nuestras zozobras se acrecentaron con el tiempo.

Con frecuencia teníamos que abandonar el poblado al aviso —casi siempre falsa alarma— de que las hordas alvaradistas caerían sobre él. Y a bordo de carretas primitivas o de «bolancochés» vernáculos, nos aventurábamos bien avituallados, por los pedregosos caminos en busca de un retiro campestre —un rancho o una finca— donde suponíamos poder estar a cubierto de los desmanes de la soldadesca. Nunca ocurrió nada de particular, y pasado un tiempo prudente —alrededor de dos meses— restablecida la calma, según los informes que íbamos recibiendo, mi padre dio la orden de regreso y toda la familia se encaminó de nuevo a la capital.   

Esperábamos encontrar a Mérida desolada y en ruinas, y encontramos a una ciudad que vivía su vida normal y apacible, dentro, naturalmente, de los desequilibrios derivados de la actividad revolucionaria y de la preconstitucionalidad del período que se estaba atravesando. Inmediatamente reanudamos nuestras interrumpidas labores escolares, y una tarde inolvidable, en el recinto del plantel a donde concurríamos —primaria anexa a la Escuela Normal de Profesores— tuvimos el primer contacto personal con él, para nuestra avidez infantil, legendario General Alvarado. Siguiendo su costumbre, éste se había presentado de improviso en visita a la Escuela y quiso presenciar el desarrollo de las labores en todas las aulas. Nuestro preceptor, un viejo y ameritado maestro —D. Lázaro Pavía Torres— no podía ocultar la emoción que le embargaba al encontrarse frente a aquel hombre extraordinario, y con voz entrecortada sólo pudo musitar: «Niños, de pie».

El General nos miró atentamente con aquellos ojillos penetrantes tras el cristal de sus espejuelos ovales. Vestía uniforme blanco y lo acompañaba un joven militar. Habló algunas palabras con el profesor y examinó el aula escrutando con la mirada todos los rincones; luego dio un paseíto por entre las calles que formaban las filas de mesabancos; acarició levemente con la mano las cabezas de los muchachos que permanecíamos de pie guardando respetuoso silencio y se retiró del salón después de decirnos con afectuoso timbre de voz «—Sigan sentados, muchachos».

En aquellos días infantiles nuestro concepto —si es que teníamos alguno— acerca de aquel hombre que por primera vez se presentaba ante nuestros ojos con todo el magnetismo de su presencia física, era el que nos había imbuido las pláticas hogareñas, reflejo del consenso público en el seno de la pequeña burguesía a la que estábamos ligados: era un soldadote cruel y desalmado, desprovisto de todo sentido moral. Se le atribuía horrores: en Hecelchakán había fusilado a un soldado y en Maxcanú a otro; en Halachó había pasado por las armas a numerosos jóvenes de la mejor sociedad de Mérida, por el único delito de ser ricos; el roble del paseo de Montejo se ornaba a menudo a su conjuro con racimos de horca… Todo esto confirmaba la leyenda negra de que había venido precedido, y ponía estremecimientos de espanto en nuestro espíritu de niño. Sin embargo, al mirarle por primera vez, algo se resistía en nosotros contra tan siniestras realidades. Su persona física lejos de infundir pavor, despertaba confianza y seguridad ¡Don de los hombres superiores!

No fue sino muchos años después, adentrados por los caminos de la edad y del conocimiento, en la verdad de los sucesos que habíamos vivido y que continuábamos viviendo, que nos dimos cuenta de cómo el interés faccioso de la clase a que pertenecíamos, retorcía y adulteraba los hechos con una clara intención defensiva que entonces no estábamos en condiciones de captar.

El soldado victimado en Hecelchakán había antes violado a una infeliz mujer; el de Maxcanú era un delincuente de homicidio en la persona de un pacífico ciudadano; en Halachó, Alvarado no hizo sino contener la euforia sanguinaria de sus subordinados, impidiendo que se sacrificara a mayor número de jovenzuelos encendidos por la fiebre argumedista; los ahorcado en el roble, habían sido también reos de repugnantes delitos… Esta era la verdad. ¿Que hubo  desmanes? ¿Que se cometieron injusticias? ¿Que se derramó sangre yucateca inocente? Era inevitable que así ocurriera; vivíamos el lapso de ardor bélico y de desenfreno que acompaña a todas las grandes conmociones sociales. ¿Acaso las cabezas que hizo rodar la guillotina en Francia restan grandeza épica a la gloriosa revolución del 89 y solidez y trascendencia a la obra de Mirabeau, Dantón y Desmoulins?

Depurada la figura de Alvarado por el tiempo y la serenidad de las pasiones, el gran reformador adquiere su verdadero relieve histórico en la vida yucateca, a la que legó una obra social cuya madurez es el signo más claro de nuestro tiempo.

Mayo 17-20-54



Texto tomado del libro Teatro y vida (ensayos y artículos); Peniche Vallado, Roldán; Ediciones del Liceo Peninsular de Estudios Literarios; Primera edición; año de 1957; Pp. 165-170

Transcripción: Armando Pacheco

Archivo: Libro Propiedad del artista visual Samuel Barrera Ceballos 


FICHA BIOGRÁFICA: 

Leopoldo Peniche Vallado estudió Jurisprudencia en Mérida, Yucatán. Participó en la fundación del Diario del Sureste, en 1931, y jefe de redacción y subdirector del mismo. De 1942 a 1946 fue titular de la Dirección General de Bellas Artes de Yucatán. Fue diputado local y gobernador interino de su estado y más tarde director de la Biblioteca Central “Manuel Cepeda Peraza”; miembro de la Comisión Editorial de Yucatán y de la Academia Yucatanense de Ciencias y Artes, así como Presidente del Consejo Editorial de Yucatán.

Leopoldo Peniche Vallado, periodista y crítico literario, se interesó por estudiar el teatro yucateco y escribió más de una decena de obras para la escena, como Henequén, evocación dramática y denuncia de la secular esclavitud del indio que, a pesar de la Guerra de Castas, no ha sido aún liberado, se transpone los linderos de lo meramente anecdótico de la trama para abordar con valentía un problema social vigente; La batalla perdida en la que plantea la problemática de la clase media en Yucatán, su desorganización y el desequilibrio de sus relaciones con las otras clases.

 

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