Las mil y una noches (El inicio y la fábula del asno, el buey y el labrador) | Anónimo

Se cuenta (pero Alá es más sabio, más juicioso, más poderoso y bienhechor) que en el tiempo ya huido y en lo lejano de las edades hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de China. Era dueño de ejércitos, auxiliares servidores y de un numeroso séquito. Tenía dos hijos; los dos eran heroicos jinetes, pero el mayor poseía aún más méritos que el pequeño. El mayor reinaba en el país, gobernando con justicia entre los humanos, y era amado por los habitantes del país y del reino. Su nombre era Schahriar. En cuanto a su hermano más joven, su nombre era Schahzaman y era rey de Samarkanda Al-Ajam.

Este estado de cosas duró mucho tiempo. Residían en sus países, y cada uno de ellos fue, en su reinado, gobernador justo de sus súbditos durante el espacio de veinte años. Y los dos alcanzaron los límites de la expansión y del poder.

Todo continuó así hasta que el rey mayor sintió el ardiente deseo de ver a su hermano más pequeño. Ordenó entonces a su visir que partiese y regresara con él. Y el visir respondió al oírle:

—Escucho y obedezco.

Después marchó, llegando a la otra ciudad, sin tropiezos, gracias a la bondad de Alá. Entró en casa del hermano de su señor, transmitiéndole la paz; también le hizo saber que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de este viaje era solo invitarle a que visitase a su hermano mayor. El rey Schahzaman respondió:

—Escucho y obedezco.

Y mandó hacer los preparativos para la partida, llevando sus tiendas, sus camellos, sus mulas, sus servidores y auxiliares. Seguidamente nombró gobernador a su visir, partiendo a las tierras de su hermano.

Pero cerca de la medianoche recordó algo olvidado en el palacio: precisamente el regalo que tenía destinado a su hermano. Volvió, y al entrar en el palacio, encontró a su esposa tendida sobre el lecho y abrazada a uno de los esclavos negros. Al ver esto, el mundo se ensombreció ante su semblante, diciéndose a sí mismo: «Si tal aventura sobreviene apenas yo salgo de la ciudad, ¿cuál será la conducta de esta libertina si me ausento y permanezco algún tiempo en casa de mi hermano?». Después de esto, desenvainó su alfanje, y acometiendo a los dos, los dejó muertos sobre las ropas del lecho. Seguidamente regresó, ordenando la salida del campamento. Después viajó durante toda la noche, hasta avistar la ciudad donde vivía su hermano, el rey Schahriar.

Éste se alegró de la llegada, y, saliendo a recibirle, le deseó la paz. Llegado al colmo de su alegría, mandó decorar y adornar toda la ciudad, hablando luego largamente con su hermano. Pero el rey Schahzaman recordó la aventura de su esposa, y entonces una nube de pesar vino a velarle el rostro, y su tez se volvió amarilla y débil su cuerpo. Cuando el rey Schahriar le vio en tal estado pensó para sí que ello sería acaso debido a la soledad que significaba para Schahzaman estar fuera de su país y de su reino; pero no preguntándole nada de todo esto, le dejó a solas con sus pensamientos. Mas un día le dijo:

—¡Oh hermano mío! No sé qué te ocurre, pero veo cómo adelgaza tu cuerpo y cómo tu tez amarillea.

Schahzaman respondió:

—¡Oh mi hermano! Dentro de mí hay una llaga viva.

Pero no reveló nada de lo ocurrido en la noche de su partida. Y el rey Schahriar le habló entonces:

—Deseo que vengas conmigo para una cacería a pie y a caballo; tal vez esto alegre tu corazón y ensanche tu pecho.

Pero el rey no quiso aceptar, partiendo su hermano solo para la cacería

Había en el palacio algunas ventanas que daban al jardín, y estando el rey Schahzaman acodado en una de ellas, vio cómo la puerta del palacio se abría, saliendo veinte esclavas y veinte esclavos; y la esposa de su hermano venía en medio de todos. Llegados a un estanque, se desnudaron, mezclándose entre ellos. Y, de pronto, la esposa del rey gritó:

—¡Oh Massud! ¡Massud!

Y en seguida corrió hacia ella un vigoroso negro, que la abrazó, mientras ella también lo abrazaba y disfrutaba. Luego, el negro la echó al suelo y la poseyó. A esta señal, los otros esclavos hicieron lo mismo con las demás mujeres. Y todos continuaron así mucho tiempo, sin poner fin a los besos, asaltos, copulaciones y otras cosas parecidas, hasta que se hizo de día.

Al ver esto, el hermano del rey se dijo a sí mismo: «Por Alá, mi calamidad es realmente bien ligera comparada con esta otra». Y seguidamente dejó desvanecer su aflicción y su pena, diciéndose: «En verdad, esto es más grave que todo lo que a mí me ha ocurrido». Y desde este momento volvió a comer como antes lo hiciera.

Mientras tanto, el rey, su hermano, había vuelto del viaje, y al encontrarse los dos se desearon mutuamente paz. Días después, el rey Schahriar observó cómo su hermano, el rey Schahzaman, había recuperado el color de su tez; observó, además, que comía con todo entusiasmo después de haber estado largo tiempo sin probar apenas ningún manjar. Y entonces, extrañado, le dijo:

—¡Oh hermano mío! He visto hace pocos días amarilla tu tez y tu cara enflaquecida, y he aquí que ahora tus antiguos colores han vuelto. ¡Cuéntame, pues, lo sucedido!

Y él le respondió:

—Te mencionaré la causa de mi primera palidez, pero dispénsame que no te cuente por qué he recobrado mi antiguo y buen color.
El rey dijo, al oír esto:

—Cuéntame entonces primeramente, para que yo lo entienda, la causa del cambio de tu rostro y de tu nueva tranquilidad.

Y él respondió:

—¡Oh hermano! Debes saber que cuando enviaste a tu visir, requiriendo mi presencia aquí, hice los preparativos para la partida y salí de mi ciudad. Pero en seguida recordé que había dejado allí una cosa que para ti tenía destinada y que más tarde te entregué en el palacio. Así es que volví sobre mis pasos y encontré a mi esposa acostada con uno de mis negros. Y los dos estaban tendidos sobre la ropa de mi lecho. Los maté y vine a verte. Pero después estuve mucho tiempo torturado con el recuerdo de esta aventura. Tal es el motivo de mi palidez primera y de mi adelgazamiento. En cuanto a la vuelta de mi salud y alegría, te repito que me dispenses mencionarte la causa.

Al escuchar su hermano estas palabras, le dijo:

—¡Por Alá! Yo te conjuro a contarme la causa de tu restablecimiento.

Entonces el rey Schahzaman le refirió todo aquello que había visto por la ventana, desde el comienzo hasta el fin y sin omitir un solo detalle de la aventura de la esposa desvergonzada y de los negros en el estanque. Después continuó:

—Tal calamidad me pareció más cruel y grande que la mía, y ello me forzó a la reflexión, y fue la causa de que volviese de nuevo mi buen color, como también la causa de que recobrase mi apetito. ¡Pero Alá es más sabio!

Y el rey Schahriar, al escuchar las palabras de su hermano, tornóse a su vez pálido de color, convulso y como sin razón en la cabeza. Y estuvo así durante una hora, pasada la cual, volviéndose a su hermano, el rey Schahzaman, le dijo:

—Necesito, antes que nada, ver todo esto con mis propios ojos.

Y respondió su hermano:

—Entonces haz como que partes de cacería, pero en lugar de alejarte, escóndete en mi cuarto y así serás tú mismo testigo del espectáculo y lo verás con tus propios ojos.

A la hora debida, el rey hizo que el pregonero proclamase su partida para la cacería; y los soldados salieron con las tiendas hasta fuera de la ciudad, y el rey salió también y se instaló en su tienda, diciendo a los jóvenes esclavos:

—Que no entre hoy nadie en mi aposento.

En seguida, salió disfrazado, ocultándose hasta llegar a las habitaciones donde le esperaba su hermano, y ya allí se asomó a la ventana que daba sobre el jardín.

Apenas transcurrida una hora, aparecieron las esclavas blancas rodeando a la dueña, y también los negros, e hicieron todo aquello que había dicho el hermano más pequeño: asaltos, besos, copulaciones y otras cosas parecidas. Y pasaron así todo el tiempo hasta el asr.

Cuando el rey Schahriar vio esto, la razón abandonó otra vez su cabeza, y dijo a su hermano Schahzaman:

—Vamos, partamos a ver cuál es nuestro destino sobre los caminos de Alá, porque nosotros no debemos tener por ahora nada de común con la realeza, y eso hasta que podamos encontrar a alguien que haya probado una aventura parecida a la nuestra, si no, nuestra muerte será, en verdad, preferible a nuestra vida.

Después salieron los dos por una de las puertas secretas del palacio. Y no cesaron de viajar día y noche hasta que llegaron, por fin, cerca de un árbol situado en el centro de una pradera solitaria, no lejos del mar. En esta pradera había un pozo de agua dulce; bebieron de ella, disponiéndose entonces a reposar.

Transcurrida apenas una hora, el mar comenzó a agitarse y, de pronto, surgió una columna de humo negro que, ascendiendo al cielo, se dirigía en dirección de la pradera. Al verla, se asustaron, y subiendo a lo alto del árbol, pusiéronse a mirar qué podría ser aquello. Súbitamente la columna se transformó en un efrit de alta talla, fuertemente constituido y de poderoso pecho, que llevaba sobre la cabeza algo que parecía un arca. Puso pie en tierra, y llegando hasta el árbol donde los dos hermanos estaban escondidos, se tendió bajo sus ramas. Abrió después la tapa del arca, sacando de ella un gran cofre de cristal. Y en seguida surgió del interior una joven bellísima, de espléndida y excitante hermosura, brillando como el sol cuando sonríe. Fue el pensamiento de ella, sin duda, lo que inspiró al poeta:

Antorcha en las tinieblas, ella aparece, y es el día. Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras.
Los soles se bañan en su claridad, y las lunas en la sonrisa de sus ojos. Que los velos de su misterio se desgarren y las criaturas vengan a postrarse, encantadas, a sus pies.
Y ante los dulces relámpagos de su mirada, las lágrimas apasionadas humedezcan los rincones de todos los párpados.

Cuando el genio hubo mirado a la bella muchacha, le dijo:

—¡Oh soberana, a quien yo rapté el día mismo de sus bodas! Quisiera dormir un poco en esta apartada soledad donde no pueden verte los ojos de ningún hijo de Adán. Y cuando yo me haya repuesto del largo viaje, marino y terrestre, entonces haré contigo la cosa ordinaria.

Y ella respondió:

—¡Oh padre de los genios, que te sea confortador y delicioso el descanso que apeteces!

Y el genio, posando su cabeza sobre las rodillas de la adolescente, durmióse sin más, quedando bien tranquilo.

Entonces la muchacha levantó la cabeza hacia las ramas del árbol, viendo a los dos reyes que allí estaban escondidos. Rápidamente, apartó la cabeza del genio de entre sus rodillas, colocándola muy suavemente sobre la tierra y, teniéndose en pie bajo el árbol, mediante señas les dijo: «¡Descended, no tengáis miedo!». A lo que ellos respondieron, también por señas: «¡Oh, por Alá! ¡Dispénsanos de tan peligroso asunto!». Entonces ella les dijo:

—Por Alá, descended aprisa, si no queréis que avise al efrit, porque él os hará morir con la peor muerte.

Tuvieron miedo y descendieron hasta ella, quien, levantándose para recibirlos, habló así:

—Vamos, atravesadme con un golpe violento y duro de vuestra lanza —y continuó—: De lo contrario, avisaré al efrit.

El pavor hizo que Schahriar dijera a Schahzaman:

—¡Oh hermano! Sé tú el primero en hacer lo que ella ordena.

Y contestó Schahzaman:

—Yo no haré nada hasta que tú, con tu resolución, me des ejemplo, ya que eres mi hermano mayor.

Y los dos se miraron, y se invitaron mutuamente a satisfacer los deseos de la joven, haciéndose con los ojos signos como de copulación.

Entonces dijo la muchacha:

—¿Por qué guiñáis de esa forma vuestros ojos? Si no os acercáis, rápidos, haciendo lo que he pedido, duro, seco y abundantemente, despertaré en seguida al genio.

Al oír esto, el miedo hizo que los dos se acercaran, realizando todo lo que la muchacha les había ordenado.

Al terminar, díjoles ella:

—Sois verdaderamente expertos.

Sacó después, de su bolsillo, un pequeño talego, en el que llevaba guardado un bello collar compuesto por quinientos setenta anillos, y les preguntó:

—¿Sabéis qué es esto?

A lo que respondieron ellos:

—No. Nosotros nada sabemos.

Y ella dijo entonces:

—Todos los propietarios de estos anillos han copulado conmigo sobre los insensibles cuernos de este efrit. También vosotros me entregaréis los anillos.

Y ellos, sacándolos de los dedos, así lo hicieron. Finalmente, dijo la adolescente:

—Sabed que este efrit me raptó en la noche de mis bodas, me encerró en el cofre de cristal que aquí veis y, guardando este en el arca, puso sobre ella siete candados, hundiéndome entonces en el mar rugiente que hace chocar y golpear unas olas con otras. Pero él desconoce que cuando una mujer desea alguna cosa, nada puede vencerla. Ya el poeta dijo por esto:

Amigo, no te fíes de la mujer que sonríe y promete; en ella el buen o mal humor depende de los caprichos de su vulva.
¡Prodigan el amor, mientras que la perfidia las invade, y es como la trama de sus vestidos!
¡Acuérdate de las palabras de Yusuf, y no olvides nunca que Eblis hizo expulsar a Adán por culpa de la mujer!
¡Cese asimismo tu censura, amigo; no sirve!
¡Eso que tú censuras pasará mañana de simple amor a locura apasionada!
Y no digas tampoco nunca: «Si yo amo, evitaré las locuras del amante». No lo digas nunca. ¡Sería un prodigio único, ver salir un hombre sano y salvo de la educación de las mujeres!

Al oir estas palabras, maravilláronse los hermanos y pensaron: «Si este de aquí es un genio y a pesar de su poder le suceden cosas más tristes que las nuestras, he aquí una aventura que debe consolarnos».

Y dejando en el mismo instante a la muchacha, después de las cortesías y saludos, consolados, tranquilos y llenos de confianza, tornó resueltamente cada uno hacia su ciudad.

Cuando el rey Schahriar llegó a su palacio, hizo decapitar a su esposa, a sus esclavos y esclavas. Después ordenó a su visir que cada noche trajese a su palacio una joven virgen. Y cada noche arrebataba a una joven doncella su virginidad. Y transcurrida la noche, hacíala matar. Y continuó durante tres años esta situación. Pero el pueblo estaba dolorido y vivía en el tumulto de los horrores, y todas las muchachas vírgenes, que aún quedaban en la ciudad, huyeron. De esta forma, ya no había ni una joven en estado de poder servir al rey.

Aun así, este ordenó, como siempre, que le trajesen una nueva muchacha. Salió el visir por toda la ciudad en su busca, no encontrando nada que pudiera satisfacer a su amo y, triste y afligido, regresó con el alma llena de miedo.

Mas el visir tenía dos hijas bellísimas, llenas de encanto, de perfección y educadas de modo delicioso. La mayor llamada Schehrazada y la pequeña Doniazada. Schehrazada había leído muchos libros, historias y leyendas de los antiguos reyes y pueblos. Se decía también que guardaba en su casa más de un millón de libros de poetas y otras escrituras y antiguas historias. Schehrazada era, además, gran conversadora, agradable y elocuente hasta todo límite. Al ver a su padre, le dijo:

—¿Por qué has cambiado de ese modo y llevas ahora en ti el luto de la aflicción y de la pena? Recuerda, pues, ¡oh padre!, lo que el poeta cantó:

¡Oh tú, que te apenas y vives en la aflicción: consuélate!

Nada será duradero. Toda alegría se desvanece y toda pena se olvida.

Al escuchar estas palabras, el visir contó a su hija todo cuanto había sucedido, desde el principio hasta el fin, con relación a las aventuras del rey. Y dijo entonces Schehrazada:

—Por Alá, padre mío, haz que yo me case con ese rey, pues, si consigo que no me mate, serviré de rescate a muchas hijas de musulmanes, librándolas de sus manos.

Y contestó a esto su padre:

—¡Por Alá, jamás te expondré, oh hija mía preferida, a tan gran peligro!

Y contestó Schehrazada:

—Sí, es absolutamente necesario que hagamos lo que te dije.

Y contestó su padre:

—Cuida bien, no te ocurra lo que al asno y al buey con el labrador.

Y preguntó Schehrazada:

—¿Y qué es lo que al buey y al asno les sucedió con el labrador?

Entonces el visir comenzó a contar lo siguiente a Schehrazada:

FÁBULA DEL ASNO, EL BUEY Y EL LABRADOR

—Debes saber, ¡oh hija mía!, que hubo una vez un comerciante dueño de grandes riquezas y extensas tierras, y que poseía, además, muchas bestias y ganados, y estaba casado y tenía algunos hijos. El gran Alá le otorgó el conocimiento del lenguaje de los animales y de los pájaros. Este comerciante habitaba en un país muy fértil, al borde mismo de un caudaloso río. Y en los territorios de este comerciante había también, entre otros animales, un asno y un buey. Cierto día, el buey llegó al lugar ocupado por el asno, pareciéndole aquel sitio bien barrido y regado, y había buena cebada en el pesebre y la paja había sido bien escogida. El asno estaba acostado, reposando. El buey vio entonces que, si bien el amo montaba el asno, era solo para hacer muy cortos viajes y realizar cosas urgentes, y el asno regresaba pronto a su lugar de descanso. Así es que, este día, el comerciante escuchó cómo el buey decía al asno: «Come feliz, y que te sea sano, aprovechable y de buena digestión. Yo estoy cansado y tú reposas casi siempre, comes la mejor cebada y estás bien atendido. Y si algunas veces el amo te monta, pronto vuelves aquí a tumbarte. En cuanto a mí, yo no sirvo ya sino para labores trabajosas que realizo en el campo y también en el molino». Entonces el asno contestó: «¡Oh padre del vigor y de la paciencia!, en lugar de lamentarte, haz esto que vas a oírme: cuando salgas al campo a trabajar y te coloquen el yugo sobre el cuello, échate en tierra y no hagas ningún movimiento para levantarte, incluso si te golpean, y en el momento de ir a levantarte, échate otra vez de prisa. Y cuando te hagan retornar al establo y veas allí las habas, no comas nada, haz como si estuvieras enfermo; de este modo, ayunarás un día o dos y así podrás reposar de la fatiga y de las penas». Todo esto lo había venido escuchando el amo, que allí estaba escondido. Al día siguiente, cuando uno de los servidores vino a dar el forraje al buey, le vio comer muy poco y, después, al sacarle al trabajo, notó como si estuviera enfermo. Entonces el comerciante dijo a su servidor: «Coge al asno y hazlo trabajar en las ocupaciones del buey durante toda la jornada». Y el hombre llevó al asno hasta el campo, obligándole a trabajar hasta que terminó el día. Cuando, al final de la jornada, el asno regresó al establo, el buey le agradeció su benevolencia por haberle dejado reposar de la fatiga durante tanto tiempo. Pero el asno nada contestó, y estaba muy arrepentido de lo que había hecho. Al día siguiente, el sembrador vino para llevarse al asno y le hizo trabajar hasta llegada la noche. Y volvió el asno al establo con el cuello desollado y extenuado el cuerpo por la fatiga. El buey, viéndole en tal estado, le manifestó su gratitud y le prodigó sus alabanzas. Entonces el asno le dijo: «Yo estaba antes tranquilo, y nada me alegra tanto como las buenas acciones, pero es necesario que te dé un nuevo consejo, porque escuché hace un momento a nuestro amo cuando decía: “Si el buey no se repone de su enfermedad, lo entregaremos al matarife y haremos con su piel un mantel para la mesa”. Y tuve miedo por ti; así es que te aviso de todo corazón». Cuando el buey oyó las palabras del asno, le dijo agradecido: «Mañana iré libremente a mis ocupaciones». Luego se puso a comer, y acabó con todo el forraje. Después dio grandes lengüetazos al pesebre en señal de satisfacción. Mientras tanto, el dueño había escuchado toda la conversación. Y al llegar el nuevo día fue con su esposa al establo donde estaban el buey y el asno. Entonces llegó el mayoral acompañado del sembrador, cogiendo al buey para sacarlo. Pero al ver a su dueño, el buey comenzó a patear con gran estruendo y a galopar locamente en todas las direcciones. Entonces el comerciante experimentó tal ataque de risa que cayó hacia atrás. Y preguntó su esposa: «¿Cuál es la causa de tu risa?». Y respondió el comerciante: «Me río de algo que he visto y oído y no puedo divulgar, ya que si así lo hago, moriré». Ella le dijo al oírle: «Es absolutamente necesario que me refieras la causa de tu risa, aunque ocasione tu muerte». Y contestó él: «No puedo, pues es grande mi temor a la muerte». Y dijo ella: «Entonces pienso que tan solo te burlas de mi». Y comenzó a discutir con él y a lanzarle palabras ofensivas y violentas, al punto que lo dejó tan extrañado y perplejo que hizo venir a sus hijos y al cadí y los testigos. Porque había resuelto hacer su testamento antes de revelar el secreto y morir. Y él amaba a su mujer con un amor considerable, puesto que era la hija de su tío paterno y la madre de sus hijos, y habían vivido ya muchos años juntos. Además, mandó llamar a todos sus parientes y a los habitantes de las cercanías, contando a cada uno de ellos lo sucedido. Y expresó que una segura muerte le esperaba cuando confesara su secreto. Al oír esto, todos los que allí se encontraban dijeron a la esposa: «¡Por Alá!, olvida esa historia de miedo y procura que no muera tu marido, el padre de tus hijos». Y contestó la mujer: «No le dejaré en paz hasta que no me cuente su secreto, aunque él tenga que morir para eso». Entonces todos callaron y el comerciante salió, dirigiéndose al jardín, para hacer sus abluciones y regresar rápidamente a revelar su secreto. Había también entre los animales que el dueño poseía un valiente gallo, capaz de satisfacer a cincuenta gallinas, y había también un perro; y el comerciante, ya en el patio, pudo escuchar cómo el perro llamaba al gallo, injuriándole y diciéndole: «¿No te avergüenza estar alegre cuando nuestro amo va a morir?». Y contestó el gallo: «Pero ¿cómo es esto? ¿Qué sucede?». Y el perro comenzó a contar la historia. Al acabar de oírla, el gallo dijo: «¡Por Alá!, nuestro dueño es bien pobre de inteligencia. Yo tengo cincuenta esposas y sé valerme con todas ellas, contentando a unas y castigando a otras. Y él solo tiene una esposa e ignora lo que ha de hacer. Realmente, es muy sencillo: basta cortar unas varas de morera, hacer con ellas un látigo, entrar en su aposento y golpearla hasta que muera o se arrepienta; y así no le importunará ni molestará jamás». Al escuchar esto, el comerciante entró nueva vez en razón y resolvió castigar a su esposa.

Al llegar aquí, el visir se detuvo en su narración y dijo a su hija Schehrazada:

—Es posible que el rey haga contigo lo que el comerciante con su esposa.

Y contestó Schehrazada:

—¿Y qué fue lo que hizo el comerciante?
Y continuó el visir:

—Entonces el comerciante entró en el cuarto de su esposa, llevando escondidas las ramas de morera que había cortado. Y dijo: «Ven, ven al cuarto, y aquí te contaré mi secreto, sin que nadie pueda verme ni oírme; después moriré».

Entró ella al escucharlo, cerró el marido la puerta y quedaron allí solos. Entonces la arrojó al suelo y comenzó a golpearla hasta verla desvanecida. Y dijo su esposa: «Me arrepiento, me arrepiento». Y seguidamente besó los pies y las manos de su marido, en verdad arrepentida. Luego ambos salieron fuera, y todos los parientes y circunstantes se abrazaron al verlos. Y vivieron felices y llenos de bienestar hasta que les llegó la muerte.

Habló así el visir, y cuando Schehrazada, su hija, escuchó el final de la historia, dijo a su padre:

—¡Oh padre mío!, deseo me concedas lo que te he pedido.

Y el visir, sin insistir más, ordenó que preparasen el ajuar de Schehrazada, marchando después para avisar al rey Schahriar.

Mientras tanto, Schehrazada hizo algunas recomendaciones a su joven hermana, y le dijo:

—Al punto de hallarme yo con el rey, te mandaré llamar y tú acudirás cuando este haya dado fin a su escena amorosa conmigo, y entonces me dirás: «¡Oh hermana!, cuenta esas maravillosas historias que nos harán pasar una entretenida noche». Y yo, entonces, contaré tales historias que, si Alá lo quiere, habrán de salvar y liberar de la crueldad del rey a muchas jóvenes musulmanas.

Más tarde llegó el visir a buscar a su hija Schehrazada y partieron los dos hacia el palacio. El rey, al verla, se llenó de alegría, y dijo al visir:

—¿Puede ella complacerme en lo necesario?

Y contestó el visir respetuosamente:

—Sí.

Después, cuando el rey trató de acercarse a la joven, comenzó ella a llorar, y el rey al ver esto le preguntó:

—¿Qué te ocurre?

Y contestó Schehrazada:

—¡Oh rey mío!, tengo una hermana pequeña de la que deseo despedirme.

El rey ordenó que la buscasen, y ella vino, sentándose muy cerca de Schehrazada. Pero el rey, tomando a Schehrazada, le robó su virginidad. Y dijo Doniazada a su hermana:

—¡Por Alá, hermana mía, cuéntanos una historia que nos haga pasar agradablemente la noche!

Y respondió Schehrazada:

—Lo haré de todo corazón y como justo homenaje, si este rey, tan generoso y dotado de buenas maneras, me lo permite.

Cuando el rey, que padecía de insomnio, escuchó estas palabras, encontró buena la idea de oír una historia a Schehrazada.

Y Schehrazada dio comienzo al relato…

(Continuará en la edición del próximo domingo)



Texto tomado del libro Las mil y una noches. Volúmen uno (versión digital); Traducciones de Eugenio Sanz del Valle, Luis Aguirre Prado y Alfredo Domínguez.

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