El viaje | María Luisa Puga

Que estemos hechos de contradicciones, dijo en el momento en que nos cruzábamos con un camión y sentíamos un golpe de viento que estremecía nuestro pequeño volkswagen. La carretera era estrecha y ninguno de los dos vehículos había aminorado la velocidad. Quedó flotando un segundo la palabra: contradicciones. Pensé: estamos hechos de eso. Pero cómo, cómo lo ves tú, pensé al mismo tiempo que percibía que sobre la carretera ya no estábamos, sin embargo seguíamos la trayectoria delineada por ella con perfecta tranquilidad.

—¿Y cómo? —pregunté.

—Pues sí —y seguíamos flotando ya no tan sobre la carretera, charlando, cansados por el calor del mediodía, pacientes ante los kilómetros que nos faltaban para llegar a México—, las aceptas y ya.

¿Sí? ¿Será cosa sólo de aceptarlas? Reconocerlas, identificarlas, dejarlas estar. Tomarlas en serio, prestarles atención…, bueno, parecía posible en ese momento en que francamente volábamos hacia los montes verdes y yo no entendía por qué E. se molestaba en tomar curvas o meter segunda si estábamos flotando tan plácidamente.

Qué raro ¿no? —dijo L. atrás—. Nos salimos de la carretera.

—Lo mejor en estos casos —recomendó A.— es no pensar. Dejarse ir. Si no, te pueden salir mucho peor las cosas.

Yo no le creí. Su tono. No le creí. Era frío, no ecuánime. Yo sabía que estaba tan consternado como yo. Como los demás también, a lo mejor.

—Claro —dijo E. —, no es tan grave. Sencillamente no te colocas en ningún punto en particular. Te dejas flotar y ya.

—Así como ahora —dijo L., más preguntando que afirmando.

—Normal —puntualizó A. —. Por lo demás, no se puede hacer otra cosa.

—Bueno, si ustedes dicen, así ha de ser, pero no dejo de sentir que hay algo anormal en todo esto —insistí, mirando por la ventanilla.

E. manejaba sin prisa, escuchando y pensando quizás en sus cosas. Cada cual tenía algo que hacer en la ciudad, y nos dejábamos llevar tranquilos, sin ansiar demasiado llegar.

Sólo L. parecía seguir extrañándose de que hubiéramos dejado la carretera.

—No sé ustedes, pero a mí me parece raro. Es que los árboles nos van quedando tan cerca.

—Es lo bonito —dijo E. — ¿A poco no les gusta?

—Si uno los mira bien —señaló A. —, se da cuenta de que tienen expresiones muy distintas ¿no se han fijado? Allá está uno solemne, por ejemplo.

No lo vi. No lo busqué. No era el paisaje lo que me llamaba más la atención, sino esa nueva naturalidad que parecía querer decirme algo que tenía que ver con las contradicciones. Al mismo tiempo, era imposible ignorar que nos estábamos alejando de todo punto de referencia, a saber: la carretera.

—¿Y adónde se llega por aquí? —quiso saber L., y sonó totalmente fuera de lugar.

—Adonde queremos ir —aseguró E. —. Ustedes dicen.

—Yo estoy bien —dijo A.—. Por mí puedes seguir.

—Yo también —acepté mintiendo.

—¿Y tú, L.? —preguntó E.

—Me siento medio mal, mareada, pero como ustedes quieran.

—¿Y en dónde estábamos, entonces? ¿Alguien se acuerda?

—Las contradicciones —dije—. ¿De qué color son?

—Rojas, por supuesto, aunque a veces tienen unas tonalidades marrón ¿no?

—Azules —corrigió L.

—Esas afirmaciones categóricas de los piscis. No le hagan caso —dijo A. 

—Azules francamente no puedo aceptar —dije mirando el horizonte—. No me dice nada.

—No, entonces sí, rojas y marrones. Pedazos, pues. Nada es nada —se rió un momento—, dio, ninguna es completamente todo ¿sí?

—De acuerdo. Yo sí —dijo A.

—Las estoy tratando de reconocer —dije dudosa—. ¿O es posible que no las haya conocido antes? ¿Cómo te sientes L.?

—Pues… no muy bien. Quisiera bajar un momento. ¿Se podría?

E. miró por el espejo retrovisor para estudiarle la cara. Luego miró a su izquierda, disminuyó la velocidad y estupefacto, dijo: no sé si se pueda uno parar aquí.

—No sé si se pueda parar, punto —dije yo.

—Aguanta un poco L., es demasiado complicado detenerse ahora. —dijo A.

—Bueno, pero ¿ya no falta mucho?  

—Yo ya ni sé —Dijo E.

—No sé por qué no podríamos detenernos al pie de aquel monte. ¿Por qué no tratamos E.?

—Sí, a mí también me gustaría estirar las piernas.

—Qué bueno —dijo L.

El auto comenzó a descender suavemente. E. lo conducía con una mano, mientras con la otra se acariciaba el bigote, pensativo. Lo detuvo al lado de un árbol y apagó el motor. No abrió la puerta de inmediato sino que se quedó inmóvil un momento.

—Bueno —dijo con un bostezo—. Aquí estamos. ¿Quién quiere bajar?

Todos.

Qué sensación extraña ponerse de pie. Estirar las piernas, sentirse caminar, ver en torno. Yo temblaba, pero no era desagradable, era sólo nuevo.

—¿Y qué hora es, a todas éstas? —preguntó A.

Tuve que pensar un momento en el significado de la pregunta. Para eso tuve que tratar de imaginar qué podía estar queriendo A., qué lo obliga a formular algo tan extraño como «¿qué hora es?» Vi que E. miraba su reloj y fue entonces como si recordara un gesto mío. L. se apoyaba en la parte trasera del coche y miraba abstraída, sin parecer haber escuchado a A. E. y yo dijimos al mismo tiempo:

—Mi reloj está parado.

—Qué raro porque el mío también, por eso yo preguntaba…

—¿Dónde estamos? —preguntó en ese momento L.

—A qué altura exacta, no sé, pero yo diría que es más o menos la mitad del camino ¿no creen? ¿Hace cuánto que salimos de Cuautla?

Todos guardamos silencio igualmente asombrados. Cuautla. ¿Cuándo habíamos estado en Cuautla?

—Yo iba a Cuautla de niña… una vez fui con mis papás, me acuerdo —dije.

—Yo voy más seguido —dijo E. —, porque mis padres tienen una casa allá, pero ya hacer meses que no he ido.

—Fuiste tú el que dijo —le recordó L. —. Yo es la primera vez que oigo la palabra «Cuautla».

—No, L., claro que sí has oído hablar de Cuautla. Acuérdate. Para ir a Cuernavaca se pasa por ahí.

—«Para quienes conocen ya… la forma… de lo que vendrá, aquí en WFM» —suspiró el radio.

—Pero a Cuernavaca fuimos hace como seis meses. En el otro viaje ¿no?

—No, hace más…

—¿Qué sitio más extraño éste —murmuró L.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Siento que faltan los tallos. Algo. Fíjate en la yerba, en los árboles.

Me fijé y vi verde. Verde por todos lados, amorfo, compacto, vasto.

—¿Cómo los tallos? No entiendo.

—Sí, fíjate en la yerba. Crece a ras del suelo. Fíjate en la frondosidad de los árboles. Nunca había visto una cosa así.

Los árboles, a lo lejos, parecían suntuosamente frondosos, ricos, pesados casi. Abultando verdemente en las faldas del monte. La yerba, L. tenía razón, parecía una capa musgosa sobre la tierra. Nada se erguía, era cierto. Todo parecía yacer inerte aunque con una fuerza e intensidad de color bastante inusitadas. La tierra toda parecía acolchonada. Y de pronto noté otra cosa extraña: no había horizonte. Nos rodeaba esa especia de llanura verde que a la distancia se veía rodeada por montes también verdes.

—Oye —le dije a E.—, qué sitio más raro ¿ya viste? —quise señalar a la distancia, volviéndome consciente de que buscaba la raya divisoria con el cielo, y mi gesto salió circular, invitando a mirar en torno, cosa que E. naturalmente hizo, y dijo:

—Es lindo. 

A. Precedió a su vez a examinar los alrededores y observó: qué lindo color ¿Ya viste L.?

L. estaba boquiabierta.

—Yo quisiera ya irme —musitó.

E. la miró y pareció ensombrecerse. Me miró a mí y dijo:

—¡Por qué no podemos llegar nunca al mismo sitio los cuatro? Cuando no es uno es otro, pero siempre hay alguien que quiere irse, que marca un final del momento…

—Y eso que no somos más que cuatro. Imagínate una sociedad.   

Nos reímos todos, pero ya habían cambiado nuestras expresiones. Yo sentí el cambio en la mía al ver la cara de los otros. Estaban pálidos, angustiados. Miraban cohibidos en torno. Yo los miraba a ellos (sin valor, probablemente, para ver lo que pudiera estar viendo). Por sus caras me daba una idea de lo que me estaba pasando a mí.

—¿Qué hacemos? —le pregunté a E.

—Irnos, supongo, que más.

Tan simple, claro, meterse al coche y arrancar. Pero de pronto, al menos yo, no pude pensar en el coche o en irnos. Resultaba tan delirantemente absurdo. Como preguntarse ya en la cama ¿a qué hora nos acostamos? Pensé que era un juego de los otros, y me reí. Y de inmediato ellos comenzaron a reírse también, se reían como locos, doblándose, apoyándose en el coche, dejándose caer en la yerba, limpiándose las lágrimas de risa (lo que redoblaba la mía), y me dejé caer junto a ellos, dejándome ir en la hilaridad incontenible que no se alimentaba de nada más que del eco de la risa de los otros. Creo que por un segundo pensé en el futuro y sentí que había dejado pasar mi última oportunidad de conocerlo, pero la risa abultaba demasiado pesada en mi pecho y con tristeza dejé caer, al mismo tiempo que reía, todo un manojo de intenciones frescas. Sólo que ese momento de recostarme fue delicioso. Fue un verdadero llegar adonde pertenecía. A mi sitio.  

—Oigo voces. Alguien viene —dijo E.

La risa nos impedía erguirnos.

—Pero sí, dijo A. —, es cierto, yo también.

Y entonces oí rumores lejanos, como de multitud contenta. Recordé una época en que vivía en una casa cerca de un teatro. El rumor a las dos de la mañana cuando la gente salía de la última función. Yo despertaba y sentía las risas, las voces, los sonidos de motor que me sobresaltaban dulcemente, como alguien que me viniera a arropar.

—Ah, sí —dije tranquila—, vienen del teatro.

Se rieron más de lo normal.

—Pero no se rían así —dije—, van a pensar que estamos de fiesta o algo.

Lo que hasta a mí me sonó absurdo. Los otros ya se revolcaban por las carcajadas.

—Cállense, caramba, ni que fuéramos qué.

Insoportables. Lloraban de risa. Y la gente se acercaba. Ellos venían con su ruido, por su lado. Y de pronto me sentí angustiada: por favor —les dije—, no hagan tanto ruido, se van a dar cuenta de que estamos aquí.

—Pero si vienen para acá precisamente por eso, porque nos vieron.

—Pero no —dije cada vez más angustiada—. E., hay que hacer algo, están llegando.

—No importa. Van a entender —dijo calmándome.

Y entonces, confiado, me quedé quieta, con el cosquilleo de la risa pero sin el placer. Esperando oír simplemente:

—Sí, se mataron todos, pobres.



Texto tomado del libro Accidentes de María Luisa Puga; Martín Casillas Editores; Primera edición; año de 1981; pp. 19-28

Captura: Armando Pacheco

Archivo: Biblioteca de Ediciones Letras en Rebeldía (Biblioteca «Melba Alfaro Gómez»

Acervo: Escritores mexicanos


BIOGRAFÍA:

María Luisa Puga (1944-2004). Escritora mexicana nacida en la colonia de Anzures de la Ciudad de México, el 3 de febrero de 1944, y fallecida el 25 de diciembre de 2004. Premio Nacional de Novela en 1983 por Las posibilidades del odio, y Premio Juan Ruiz de Alarcón en 1996, por el conjunto de su obra publicada.

Su infancia transcurrió en Acapulco y posteriormente, tras fallecer sus padres en un accidente, se trasladó a Mazatlán a vivir con sus abuelos. Desde su juventud tuvo la ilusión de ser escritora y se vio influenciada por las historias de Corín Tellado. La lectura del Diario de Ana Frank le sirvió de inspiración para comenzar su propio diario personal, que escribía en las madrugadas y después transcribía.

Luisa Puga se trasladó a Europa en abril de 1968 tras dejar Ciudad de México, y durante diez años recorrió varios países. A causa de diversos problemas económicos y personales, recaló en la capital de Kenia, Nairobi. Sus vivencias y visiones en esta ciudad le inspiraron su obra Las posibilidades del odio, novela que publicó en 1978 y en la que trata el colonialismo desde la perspectiva de un joven blanco heredero inglés que vivía en Nairobi denunciando las injusticias y la corrupción que infectaban el tercer mundo. Esta obra fue muy bien recibida por la critica literaria, que elogió la escritura fluida y precisa de la autora, y consideró exótico el tema de la novela. Tras la publicación de esta obra regresó a México, donde se afilió al Partido Comunista Mexicano, por el que se fue candidata a diputado suplente de su distrito.

Seguidamente publicó El aire es azul, obra en la que presenta una sociedad utópica donde la gente ha logrado desarrollarse en la coherencia social y económica, el aire respirable es azul y los días tienen 28 horas, siendo las cuatro horas extras utilizadas por la población para realizar sus actividades preferidas. En esta época publicó algunos libros de cuentos como Inmóvil sol secreto y Accidentes, donde la autora encontraba un descanso contrapuesto a la escritura de sus novelas. Cabe destacar que la obra de Puga se caracterizó por una profunda preocupación social, pero aún así siempre separó su trabajo literario del de la militancia política.

En 1982 se publicó Cuando rinde el horno, y comenzó a trabajar como correctora de galeras en la editorial Siglo XXI, además de impartir talleres literarios. En 1983, fue galardonada con el Premio Nacional de Novela por Las posibilidades del odio. En uno de esos talleres literarios conoció a Isaac Levín, que se convirtió en su pareja para el resto de su vida. Levín había trabajado como gerente de multinacionales, consultor del gobierno estadounidense y auditor en Costa Rica, pero decidió dejarlo todo para ser escritor de cuentos.

En 1983, Puga sufrió una intervención quirúrgica a causa de un problema de espalda, y mientras se recuperaba escribió la novela Pánico o peligro. En ella narra la historia de tres grandes amigas a modo de diario personal, en un recorrido a través de la Avenida Insurgentes de la Ciudad de México, así como la lucha constante de los ciudadanos de la capital de darle sentido a sus actos en contraste con la violencia de la megalópolis. Esta obra fue reconocida con el Premio Xavier Villaurrutia ese año, aupándola a ser considerada una de las grandes escritoras de la literatura mexicana.

En 1985 recorrió los poblados rurales del norte del país junto a Mónica Mansour; además, encabezó varios eventos literarios e impartió conferencias sobre la mujer en la literatura y el rol social de la mujer, que le llevaron a criticar en algunos foros la política cultural y educativa de la nación.

Su marido le propuso abandonar la ciudad para vivir en el bosque en una cabaña que él mismo construyó frente al lago Michoacano de Zirahuén, donde prosiguió con su disciplina de trabajo de escribir en la madrugada y transcribir por la noche. Durante este retiro escribió la novela La forma del silencio, haciendo uso de paralelismos entre los personajes, los escenarios de Acapulco y Mexico. D.F., y las culturas mexicana y estadounidense. En esta obra expuso la importancia del silencio como eje central de la sociedad actual.

Otras obras de esta época son: Intentos, donde explora desde distintas perspectivas la llegada súbita de la muerte; Antonia, trata la amistad de dos amigas de la infancia y sus vivencias en Londres y Mazatlán hasta que el personaje que da título a la obra, muere por un cáncer de pecho; Las razones del lago, retrata el pueblo de Zirahuén a través de la concepción de dos perros que deambulan entre las conversaciones de unas mujeres lavanderas; y La viuda, en la que expone las trágicas vivencias de una mujer sumisa a su marido y la libertad repentina a causa de la muerte de éste. A estas obras le siguieron La reina e Invertir ciudades.

El conjunto su obra publicada tuvo su reconocimiento con el Premio Juan Ruiz de Alarcón, que le fue otorgado en 1996, año en el que empezó a impartir el primer taller literario de México a través de Internet.

De carácter autobiográfico es su obra Nueve madrugadas y media, que consta de un largo diálogo entre un escritor y una escritora acerca de los procesos de creación y que transcurre en el tiempo que indica el título. En esta obra, Puga hizo referencia al secuestro que sufrió en la cabaña a la que se había retirado, que le produjo artritis reumatoide por caídas sufridas varias veces al ser conducida a través del bosque por sus captores. Esta enfermedad unida a un efisema pulmonar causado por su hábito de fumar la postraron en una silla de ruedas. El sufrimiento que padeció en esta etapa de su vida lo expresó en la obra Diario del dolor, su último libro publicado, estructurado en 100 pequeños relatos donde narra su relación con Dolor, el personaje principal y que le sirvió como vía de escape. Esta obra contiene un disco compacto donde se puede escuchar la voz de Puga leyendo el relato, y que incluso sirvió a la Secretaría de Salud de México para las terapias con enfermos desahuciados.

En diciembre de 2004, la escritora comenzó a caminar con la ayuda de un bastón, pero la esperanzadora recuperación se vio truncada cuando en un chequeo rutinario se le detectó un cáncer avanzado en los ganglios y el hígado. El día de Navidad de ese año falleció en una clínica de Nutrición de la Ciudad de México y dejó inconclusas dos novelas, en las que trataba nuevamente el concepto del dolor. Gran cantidad de cuadernos de apuntes fueron puestos a buen recaudo por su amiga Elena Poniatowska. A petición de la escritora, fue incinerada y sus cenizas fueron enterradas al pie del árbol que había delante de la cabaña donde tantas obras escribió. (Pablo Alcalde Fernández | http://www.mcnbiografias.com/)

 

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