Chilam Balam | José Esquivel Pren

Ahora que voy a deciros cómo nació en el tiempo antiguo Chilam Balam y cómo vive todavía en el país del Mayab y en todos los lugares del mundo por donde van los hijos de los itzalanos, y también los que tenemos el rostro blanco y el alma india, vais a escuchar cosas ocultas que nunca fueron escritas, pero que están dentro de la cabeza y dentro del corazón de los que fuimos engendrados sobre la tierra y en medio del aire que fueron el aire y la tierra del viejo y poderosa Mayapán.

Fué hace muchos siglos, no se sabe ciertamente cuántos katunes. Algunos de los que estudian estas cosas dicen que fué en el principio de la décima tercia edad, cuando el aliento del mes Uo era de fuego. Los blancos llaman Agosto al mes Uo. Todas las ciudades mayas eran entonces adultas y resplandecían poderosas y maduras y quizá por eso iba a llegarles pronto el tiempo de su decadencia.

A las márgenes del pozo del Itzá, antiguo reino y ciudad de la estirpe itzalana, Itzen-Kín, el que era la substancia del sol, el rocío de la luz, llegó cuando Hatzcab abría los ojos. Los indios llamaban Hatzcab a la mañana; y la mañana se iluminó con la llegada de Itzen-Kín, príncipe de Maní.

¿Por qué fué a Chichén el noble hijo de reyes, la casta flecha de Maní? Ha ido a presentarse a los sabios para contarles cuál fué un sueño que tuvo y por qué deseaba quedarse en el Itzá. Y vino a su lado Ah-Miatz, el que es sabio por excelencia, y junto a él se sentó agachado, como se acostumbra entre ellos, bajo las ramas de la ceiba sagrada.  Y también vino Ah-Idzat, el que es humanamente sabio, y ese se sentó cabe el tronco de la ceiba; pero Itzin-Kín sólo dijo su sueño al oído del Ah-Tubtún, el señor que lanza piedras preciosas por la noca, aquel que es el dios de la elocuencia y sabe decir las cosas como si cantara, para que él repitiera sonoramente las palabras de su sueño. Y así dijo el príncipe Itzen-Kín, por boca del Ah-Tubtún:

—«Mi sueño fué, que a la hora del akab, que es la medianoche, fuí traído sobre las alas de los mensajeros de los cuatro Bacabes, que son los vientos, y no se movían las hojas de los árboles, y no se oían las palabras de la selva, y hube de quedarme solo. Pero yo soy Itzen-Kím, la substancia del sol y por eso la noche se hizo clara y con mis ojos se encendió del agua del cenote y yo acariciaba con la luz de mis ojos su rizada cabellera, que los vientos, al huir dejaron inmóvil y cantando un xobictún, un como sonido melodioso de pájaros.

«Mas de pronto, apareció en el hueco de los árboles, hacia la cueva donde se fugan las aguas del cenote, una voz desconocida, que no se sabe quién la decía, pero hablaba con la grandiosa majestad con que ruge Noh-Balam, el gran tigre. Y así era lo que hablaba: “Ox lahún ahau, uhé dziuil Katún”… “En el fin de la décima tercia edad”… ¿Quién era aquel que tenía el verbo y el acento de nuestros sacerdotes? Yo miraba hacia dentro de la cueva y ninguna sombra se fijaba en mi cuerpo no en mi presencia. Un momento más tarde, subió del fondo de las aguas otra voz me llamó por mi nombre: ¡Hadza-kin! ¡Hadza kin!  ¡Rocío del Sol! ¡Rayo de luz! ¿Estoy dentro de tu mirada y no me ves? ¡Soy Nenil-Há, el espejo de las aguas y tú eres hermoso como Yum-Ilbil

En medio de la cuenca del cenote parpadeaba despierta la asombrada Ek-Nicté, la estrella de las flores, pero ella no fué la que me habló. Fué Nenil-Ha y yo la vi y mis entrañas se quemaron con la frescura de sus caricias y ella me pedía para su tálamo; y antes de que acercara mis labios a su frente, Hatzcab se presentó en mi alcoba y llamó con los artejos de sus dedos floridos y mis ojos se abrieron y mis oídos resucitaron dela vida mortal del sueño, para recibir los buenos días que en su lenguaje triste me  daba Ucúm, la paloma torcaz, balanceándose sobre los juncos de la maleza que, desde mi lecho y a través de la puerta de mi casa se veía. Ah-Miatz, el sabio por excelencia; Ah-Idzat, el que es humanamente sabio, decidme ahora ¿qué significa mi sueño?

—«Oh, príncipe Itzen-kin, poderoso hijo de los reyes de Maní, tu sueño es cosa verdadera y no debes tomarlo como una mentira de la noche. Anda, ve, y despídete de tus padres, porque tu cuerpo ya no será visto en los límites de la ciudad de Maní. Chichén Itzá será tu patria desde ahora, pues en las aguas del cenote vive tu esposa y de ella nacerá tu hijo, la gloria futura del Mayab».

Cuentan los que lo oyeron decir, que Hadza-kin abandonó a su familia, renunciando sobre la cabeza de su hermano Itzen-caan, la substancia del cielo, el rocío de las nubes, a suceder en el reino de su padre, y otra noche volvió al cenote itzalano en busca de la que había hecho su casa dentro de las entrañas de su espíritu. Aquella vez no llegaba el llamamiento de su esposa, porque algo tenía que suceder para que ella pudiese hablar. Y de nuevo surgió del ojo negro de la cueva el verbo que podía ser la palabra de Noh-Balam, el gran Tigre, y que decía: «ox lahún ahau, uhé dzihuil Katún»… «En el fin de la décima tercia edad».

¿Qué voz era aquella que de la hondura de la cueva venía, y por qué tan enigmáticamente pronunciaba esas palabras?     

Cuando Hatza-kin se hubo repuesto del sobresalto, quiso saber si también era su sueño verdadero en el recuerdo de Nenil-Há, y entonces formuló en su pensamiento y en sus labios el poema de la promesa de amor: «en la noche mortal, cuando dormía, tú me ofreciste el presente de tu vida que quizá sólo a los dioses debo ofrecer. Te prometí, Nehil-Há, la veneración que sólo se le otorga a la propia Ix-Zuhuy-Kak, la señora virgen que manda en el fuego del amor; quemar para ti en los pebeteros sagrados el aromático nabá, más intenso y soñador que el perfume del copal; sentarse en un trono de piedra labrada por los gloriosos artistas que labraron los templos de Sací. Pero, dime: pues no siento tu presencia, ¿para qué la evocación de mi ensueño en la mentira de la noche que se fué? Yo recuerdo, Ha-dzudz, acunáan, divina Nenil-Há, que aquella vez me hablaste con la música del universo, y nunca podré olvidar lo que entonces me dijiste. Tú me dijiste así: “¡Hadza-kin Rocío del Sol! ¡Rayo de Luz! ¿Estoy dentro de tu mirada y no me ves? Soy Nenil-Há, el espejo de las aguas y tú eres hermoso como Yum-Ilbil».

«Hunab-Kú, el que manifiesta su grande amor a través de lo mucho que nos ha dado y que nos da, es pródigo hasta el exceso y nada nos niega. Así tú, Nenil-Há, llegaste a mis rodillas y me ofreciste lo que sólo a los dioses es debido ofrecer. Y mi carne se abrió como una flor al contacto de la gota de rocío. Mi carne ha podido amarte, Nenil-Há y ha podido abrirse a ti como una ofrenda. Tú me hablaste así y tus labios se posaron en los míos y mi sangre corrió dentro de mis venas como los venados en los caminos de la selva. ¿Olvidaste, oh espejo de las aguas, que en el amor nunca es bueno ofrecer nada, ni el más insignificante brazalete y que lo que ha de llegar llega por sí solo y a su tiempo, sin que las palabras lo anticipen?[1]».

Mientras Hadza-kin recitaba su poema de la promesa de amor, habían llegado a orillas del cenote sagrado los sabios y los Atantunes y también los Batabes y también los Ik-Thanes, que son los poetas, hombres iluminados que hablan con los espíritus, y el Nacón y los músicos, portadores de todos los instrumentos que suenan como la garganta de Xobictún, el dios del canto, el del sonido melodioso.

Hadza-kin no se dió cuenta, a pesar de que la cueva y los árboles del cenote se blanquearon con la luz de las antorchas, porque estaba poseído por sí mismo, y no salió de dentro de su alma hasta que la voz lejana de Nenil-Há se escuchó como viniendo del fondo de las aguas. Y así dijo Nenil-Há.

«Yo te ofrecí mi tálamo, Itzen-kin, substancia del sol, y he esperado que vengas, mientras la luna ha caminado y no es justo que de mí te quejes, pues eres tú quien me rechaza. Y si no, ¿por qué no te desposas conmigo y vienes a buscarme en el fondo de las aguas del cenote, donde hemos de ayuntarnos, bajo esa música del universo de que hablabas, para que de nosotros nazca el que ha de venir, para gloria futura del Mayab?».

Hadza-kín oyó la voz que le llamaba al fondo del cenote y como era la seducción del amor, dejó a la orilla sus armas y se arrojó desnudo al seno fresco y movible que le aguardaba para estrecharlo en el abrazo eterno de la Vida y de la Muerte. Y así fué como el príncipe, cuyo nombre significa «rayo del sol», penetró en el seno de Ninil-Há, que significa espejo de las aguas, y la poseyó y la fecundó, en el primer momento de su noche de bodas, mientras los sabios y Atantunes, los Nacones y músicos, todos en unísona algarabía, cantaban monótonamente esta palabra: ¡Halilí!, que quiere decir en el idioma de nosotros, «Ya no más. Ya esto se acabó», acompañando su canto monorritmo con los gritos agudos, como de novia primeriza, con que hendían los aires el tunkul y el zacatán y las flautas de lahté y los carrizos de pomoché, hasta que la grande U la que rueda todas las noches por el cielo, se dejó caer al otro lado de la tierra y comenzó a enfriarse el ambiente a la hora de potakab, que tanto quiere decir en romance como la madrugada.  

Y pasaron los días y cayeron las lluvias y a la orilla del cenote de Chichén Itzá, Lol-Luum, Flor de la Tierra, abrió sus pétalos, mojados con la sangre de los guerreros enemigos. Porque cuando vienen las lluvias, Lol-Luum brota del suelo, y es como el corazón de la sandía, cuyas pepitas negrean en el centro. Lol-Luum es bella, como la luna del cuarto mes; pero las Xmenes, la utilizan para sus brujerías, y cuando la encuentran la recogen y hacen sus conjuros. La queman y dejan caer el polvo en el camino de sus enemigos, que al pasar sienten como si crecieran espinas bajo sus plantas.

Aquella vez los sacerdotes mandaron cortar la Flor de la Tierra que había brotado a orillas del pozo de Chichén, porque esperaban el noveno mes, que era cuando nacería el hijo de Nenil-Há, la fecundada por el príncipe Hadza-kin, con la ofrenda de su propia vida. Y por fin hubo de llegar el noveno mes y todos los sabios y los sacerdotes se reunieron alrededor de la boca del cenote, a la hora del Chumuckin, que es la del mediodía, porque el sol llueve en línea recta y deja ver el fondo de las aguas, de donde iba a nacer el que vendría. Pero en vano esperaron mucho tiempo, hasta que, de pronto, vino de lo hondo de la cueva una voz grande, como el rugido de Noh-Balam, el gran tigre, y oyeron que decía estas palabras: «Ox-lahún ahau, uhé dzihuil Katún»… «En el fin de la décima tercia edad»… y volviendo a mirar por donde la voz se escuchaba, vieron que flotando sobre las aguas del cenote venía un acalché, o balsa de bejucos cubierta con una piel de tigre, que arribando hasta el sitio en donde sacerdotes y sabios se encontraban, se detuvo, y ellos tomaron de sobre la balsa un niño, que era enviado por lo desconocido, nacido de las aguas, hijo de Lol-Há y de Rayo de Sol, hijo del cielo y del jugo de la tierra. Fué escogido y amamantado con la leche de los caimitos del bosque y guardado en el templo, para ser más adelante Sumo Sacerdote del Mayab, poeta y profeta de Maní, a quien llamaron Chilam Calán y no Chilam Balám, como luego dijeron los hombres blancos, queriendo decir que era también un profeta como aquel otro profeta de Israel que se llamó Balam. Otros dicen que fué Balam porque esto tanto quiere decir como tigre y en memoria de haber sido encontrado sobre las aguas del cenote en una piel de tigre y agregan que fué él mismo el que habló o que por su lengua habló el Destino, en la voz que dentro de la cueva sonaba, como una fórmula cabalística, con los versos primeros del poema de Chilam Balam, que predijo que vendrían los hombres blancos y que acabaría el reinado de Chichén «en el fin de la décima tercia edad».

Y ved cómo ha sucedido todo así como lo auspiciara nuestro arúspice indio; y ved cómo ha caído Sací para no levantarse nunca; cómo no quedan ya ni las ruinas de Sihó, y la raza de los itzalanos sufre ahincadamente, sin redención posible, porque su cultura no es la cultura de occidente, ni su lengua es la lengua de los hombres rubios y barbados; pero de unos y otros han surgido hombres con el rostro blanco y con el alma india, nacidos unos en el Mayab y otros en tierras hermanas; pero todos con un mismo pensamiento y un espíritu común, en medio de los cuales vive todavía y vivirá siempre Chilam Balam, el hijo del sol y del agua, el que tiene consigo el fuego del entusiasmo y la clara linfa de la verdad.  


[1] José Díaz Bolio, El Mayab Resplandeciente



Texto tomado del libro El violín de Liliencrona. Novelas y cuentos; Edición Cultura; año de 1947; Pp. 193-202


José Esquivel Pren nación en Mérida, Yucatán el 30 de marzo 1897 y murió en la Ciudad de México el 27 de noviembre de 1982. Fue poeta y en 1921 se graduó de abogado en la Escuela Libre de Derecho de la ciudad de México. Al año siguiente retornó a Mérida, fundó el grupo literario Esfinge y perteneció a la Liga de Acción Social. En 1926 se estableció definitivamente en el capital del país y desempeño cargos en el Poder Judicial y el IMSS. Fue jefe jurídico y maestro de la UNAM. Perteneció a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; al Ateneo Paysandú, en Uruguay; Ateneo Iberoamericano, en  Argentina, y Academia Nacional de Historia y Geografía de México. Sus poemas figuran en antologías editadas en México, Perú, Uruguay y Argentina.

Es autor de la “Historia de la Literatura en Yucatán”, en 18 tomos, editada por la Universidad Autónoma de Yucatán de 1957 a 1981. Ricardo Palmerín le musicalizó siete temas, entre ellos, “Las dos rosas”, “La ofrenda”, “Para cuando muera” (Que entierren mi cuerpo) y “Cuando ya no me quieras”.

El 29 de agosto de 1976 recibió la Medalla Guty Cárdenas.

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