Los lenguajes del 68 | Carlos Monsiváis

¿Cuántos lenguajes se cruzan en el 68? El más inaudible, o el que nace muerto en cuanto a alcances persuasivos, es el oficial y el de sus organismos títeres. Así, por ejemplo, la FNET denuncia (3 de agosto) la conspiración nacional e internacional en contra del gobierno de México «por parte de los provocadores tradicionales» organizados en las «corrientes del maoísmo y del trotskismo», preparados para la violencia, «si no en estos días sí en las épocas en las que México ofrecerá su corazón a la juventud del mundo en la XIX Olimpíada, lo que hubiera sido grave». Cursilería y macarthismo, fórmula perfecta.

Un segundo discurso: el de la catarata de la izquierda partidaria, inaudible e ilegible, cuya eficacia radica precisamente en que no será ni oído ni leído, sino aceptado sin reparos por quienes le conceden a la causa la «indulgencia plenaria» para los excesos verbales de su dirigencia. Este discurso no se toma la molestia de razonar con los lectores, hace tabla rasa sin más de su adversario, lo exige todo en cada ocasión, no mide fuerzas. Léase el documento del CNH publicado el 3 de septiembre, donde se advierte una perceptible influencia comunista:
Nuestro movimiento, por ello, no es una algarada estudiantil más; esto debe comprenderse muy bien por quienes se obstinan en querer ajustar sus realidades a los viejos sistemas obsoletos de su «revolución mexicana», de su «régimen constitucional», de su «sistema de garantías» y otros conceptos vacíos, engañosos, de contenido expreso a lo que expresan y destinados a mantener y perfeccionar la enajenación de la conciencia, a la hipocresía social y a la mentira que caracterizan el régimen imperante.

Que nadie pretenda llamarse a engaño. No estudiamos con el propósito de acumular conocimiento estáticos, sin contenido humano. Nuestra causa como estudiantes, es la del conocimiento militante, el conocimiento crítico, que impugna, refuta y transforma la realidad…

¿Cómo se explica en plena querella, con las fuerzas de seguridad patrullando la ciudad, los edificios de educación superior ametrallados, las detenciones constantes, ese desprecio al «régimen constitucional» y su «sistema de garantías», exactamente lo contrario a lo sostenido en cada manifestación por el Movimiento? Se explica, precisamente, por la ebriedad ideológica de una lucha en ascenso, y porque en definitiva no se confía en los documentos, sino en el lenguaje de las marchas, las pancartas, los lemas, el relajo, la emoción de persuadir y persuadirse.

Un tercer lenguaje es el de los brigadistas, que no cuaja de modo orgánico, pero es anárquico y vital mientras dura. ¿Cómo aprenden a dialogar con obreros, burócratas, amas de casa y estudiantes como ellos? No tienen programa, pero su convicción es profunda: esto debe cambiar, y ésta es la oportunidad. Y las carencias los vuelven, por necesidad, un programa vivo en su convicción y su fe contagiosa. La elocuencia de sus brigadistas es la gran oferta del Movimiento. Y, aparte del 2 de octubre, este lenguaje activo y corporeizado será lo más extraordinario a la hora de la evocación.

La modernidad del 68 se expresa a través de las brigadas de estudiantes, el ánimo de las concentraciones, la disciplina gozosa de las marchas, el dinamismo del relajo, la combinación de solemnidad y estrépito, la simpatía por el rock (que es el diablo), el gusto en una minoría significativa por novelas y poemas leídos como profecías.

Moderno es un estudiante de Ciencias que usa de los momentos muertos para abismarse en Rayuela de Cortázar o La estación violenta de Paz; moderna es la brigada de Ciencias Políticas que sube a un camión, se disculpa por no saber cantar boleros y reparte propaganda agregando: «Si les aburre, dénselo al vecino que peor les caiga»; moderno es el estudiante de Facultad de Música, apasionado de Alban Berg, que toca en la guitarra canciones rancheras para atraer el público del mitin; moderna es la Manifestación del Silencio, donde se calla o se habla en voz baja para cederle el sitio de honor al rumor de las multitudes, infinitamente novedoso como arma política. Esa modernidad muy rara vez se expresa en los documentos.

Un cuarto lenguaje, aportado por los sectores medios, mayoría en el Movimiento Estudiantil, es el de la modernización cultural. Ya estuvo bien de la cultura de la Revolución Mexicana, ese potpourrí que banaliza las luchas campesinas y revolucionarias de las prime ras décadas del siglo, y le añade a su escamoteo una moral conservadora, un chovinismo declamatorio, un nacionalismo cultural ya patético y la explotación recurrente de los Grandes Logros: el esplendor prehispánico, Sor Juana Inés de la Cruz, el churrigueresco la poesía modernista, la Escuela Mexicana de Pintura, la gran literatura «para minorías»… y las instituciones que exigen —y merecen— gratitud, del Seguro Social a la enseñanza primaria obligatoria. La demanda de modernización es muy de otra índole, y se concentra en el deseo de legitimar y hacer muy explícita la sensibilidad ya presente en las actitudes, pero no todavía en el lenguaje público. Si la modernidad se identifica con el crecimiento de la libre empresa, los conjuntos habitacionales de lujo, el ritmo de internacionalización de la clase dirigente y las joint ventures que atraen a los empresarios de fuera, la modernidad concede ventajas atmosféricas a la nueva sensibilidad, se aburre con la función estatal de guardián de las conciencias, y ve en la americanización no a una imposición externa, sino —en el orden de la tecnología y el comportamiento— una exigencia interna.

Si se revisan los documentos que en 1968 producen el Movimiento Estudiantil y sus aliados, se observará la debilidad por las parrafadas interminables, las translaciones mecánicas del habla de asamblea y partido, la cursilería para nada ocasional, el autoritarismo de un cúmulo de planteamientos, los rescoldos de luchas de los años cuarenta. Por eso, no es tan provechoso el análisis del Movimiento centrado en sus textos de coyuntura. Es más fructífero el examen de las actitudes.



Este texto aparece en el libro Parte de guerra: Tlatelolco 1968: documentos del general Marcelino Barragán. Los hechos y la historia; Julio Scherer García y Carlos Carlos Monsiváis; Editorial Aguilar; año de 1999



 

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