Gösta Berling, El poeta | Selma Lagerlöff

Por la Navidad preparábase una velada de baile en Borg. En aquel tiempo habitaba la posesión de Borg un joven conde de Dohna, nuevamente casado. La condesa era joven y bella. La velada prometía resultar brillante en aquel viejo castillo condal.

Los caballeros fueron invitados; pero resultó que de todos ellos sólo tuvo verdaderos deseos de asistir Gösta Berling el poeta, como le llamaban sus amigos.

Borg y Ekeby están separados por el lago de Leuven. Borg se halla situado en el distrito de Svartsiö; Ekeby en el de Broby. Cuando el lago está helado, la distancia es de cuatro o cinco leguas. Para esta fiesta el pobre Gösta fue equipado como un príncipe encargado de sostener el prestigio de un reino. Los caballeros le revistieron de un hábito nuevo con botones y brillantes y de una pechera bien almidonada de encaje. Calzáronle con relucientes escarpines. Cubriéronle con una pelliza del más fino castor y sobre su cabeza, de rubios cabellos ensortijados, calose un magnífico gorro de cibelina. Su trineo fue recubierto de una piel de oso con las garras de plata, y los criados le ofrecieron el orgullo de la cuadra, el negro Don Juan, para que condujera el coche. Gösta dio un silbido a su blanco Tancredo y empuñó las largas riendas trenzadas. Y partió así, jubiloso con este equipo espléndido que le daba tanto realce por su lujo y riqueza.

Era un domingo por la mañana. Al pasar por delante de la iglesia de Broby, oyó los sones del órgano y los salmos; después siguió por el solitario camino de los bosques que conduce a Borg, donde esperaba comer en casa del capitán Uggla.

La casa de Uggla no nadaba en la opulencia. La escasez de dinero conocía bien la puerta de esta pobre casa, de techumbre de turba; pero allí recibíase a la gente con sonrisas acogedoras, cantos y juegos alegres, y sólo con pena marchaba uno de la casa hospitalaria.

La vieja señorita Ulrica Dillner, la criada que gobernaba a todas cocineras y tejedoras de la casa, avanzó por la escalera y dio la bienvenida a Gösta. Le hizo una gran reverencia, y los papelitos sujetos a los rizos de los tirabuzones que caían en mil ondulaciones, a los lados de su cara morena y arrugada, pusiéronse a revolotear de alegría.

Una vez le hubo introducido en la sala, la señorita Ulrica comenzó a hablarle de los señores y de los incidentes de su vida.

Las penas y zozobras llamaban a la puerta…

Los tiempos eran duros; carecíase hasta de rábanos para la carne salada de la comida. Fernando y sus hermanas habían tenido que enganchar el potro Disa para ir a Munkerud en busca de algún préstamo. El capitán había partido de caza traería, sin duda, alguna liebre, que resultaría tan dura que la manteca que se precisaría para el asado costaría más que la liebre. Esto es lo que él llamaba «necesidad de atender al sustento de la familia». Y gracias si la liebre no resulta un zorro, porque todos saben que el zorro, muerto o vivo, es el animal más detestable que el Señor haya podido crear. ¿Y la capitana? No se había levantado todavía. Como cada día, continuaba leyendo novelas en la cama. Ciertamente, este ángel de Dios no había sido puesto en el mundo para trabajar. El trabajo se había hecho tan sólo para una vieja mujer canosa como ella, Ulrica. Desde la mañana a la noche tenía que trotar y pernear para evitar la ruina, y a duras penas podía hacer ambas cosas. Durante todo un invierno no habían tenido otra comida que jamón de oso. En cuanto a la paga a que se habría hecho acreedora por sus penalidades, no esperaba nada; aún no sabía qué color tenía el dinero de su sueldo; pero, al menos cuando ya no pudiera ganar su pitanza, no se la echaría a la calle como a un perro. Aquella familia guardaba consideraciones incluso a una criada vieja como ella, y si el día de su muerte hubiera en la casa el dinero justo para comprar el ataúd, estaba segura de que se lo gastarían en hacerle un entierro lo más decente posible.

—A todo esto –añadió enjugándose los ojos, prontos a humedecerse–, ¿quién sabe la vuelta que pueden dar las cosas? Debemos dinero al malvado Sintram. Podría embargarlo todo y venderlo. Es verdad que Fernando es el prometido de la rica heredera Ana Stiarnhök, pero se cansará de él. ¿Y que será entonces de nosotros con nuestras tres vacas, los nueve caballos, nuestras alegres señoritas, que no piensan en otra cosa que en bailar, y nuestros campos yermos, en los que nada se siembra, y nuestro buen Fernando, que no será nunca un hombre de provecho? ¿Qué será entonces de esta casa bendita, donde todo medra, salvo el trabajo?

Pronto sonó la hora de comer y los miembros de la familia se reunieron. El buen Fernando, el hijo pacífico de la casa, y sus alegres hermanitas, habían vuelto con los rábanos adquiridos con el dinero prestado. El capitán regresó fresco y ágil, luego de un baño involuntario en el agua helada de la marisma y de una caza a través del bosque. Abrió de par en par las ventanas para tener más aire, y tras esto apretó fuertemente la mano de Gösta. Poco después llegó la capitana, con traje de seda, los anchos encajes caían sobre sus manos, que Gösta tuvo que besar. Todos recibieron a Gösta con gran alegría. Por todas partes no se oía más que chistes y bromas.

—Y bien –le preguntó sonriente–, ¿cómo le va allá, por Ekeby, la Tierra Prometida?

—Allí corren la leche y la miel –respondió–. Estamos agotando el hierro de las montañas y llenamos de vino las barricas de nuestras bodegas. En los campos crece el oro y nosotros doramos la pobreza de la vida; y abatimos los bosques para construir pabellones y cobertizos donde jugar a los bolos.

Pero la señora Uggla contestó con un suspiro, sonriendo taciturna, y limitándose tan sólo a murmurar:

—¡Poeta!

—Muchos pecados me pesan en la conciencia –contestó Gösta–; pero jamás el de haber hecho el más pequeño verso.

—Eres poeta sin saberlo, Gösta. ¡Tú no escaparás a esta injuria! Has vivido más poemas que los que han escrito nuestros poetas.

Y la capitana se puso a hablarle con ternura, como una madre, de su vida tan locamente gastada.

—Espero vivir lo suficiente –añadió– para verte convertido todavía en un hombre.

Gösta encontró muy dulce ser reprendido y exhortado por esta amiga fiel y novelera, cuyo valiente corazón se inflamaba ante los bellos relatos y las grandes acciones.

Cuando hubieron comido con gran regocijo la carne sajada y los rábanos y las coles y los pasteles y bebido la cerveza de Navidad, y cuando las historias relatadas por Gösta habían puesto a todos en el trance de reír y llorar con sus historias de la comandanta y de su marido y del predicador de Broby, oyéronse los cascabeles de un trineo ante la puerta y poco después apareció Sintram.

La alegría rebosaba desde lo alto de su cráneo pelado hasta sus largos pies planos. Agitaba sus brazos desmesuradamente y en su cara se sucedían las muecas. Nadie podía equivocarse: Sintram traía malas noticias.

—¿Habéis oído decir –preguntó maliciosamente– que hoy se han publicado en la iglesia de Svartsiö los próximos esponsales entre Ana Stiarnhök y el rico Dahlberg? Ella ha debido olvidar que era la prometida de Fernando.

Nadie había oído decir una sola palabra de todo eso, y todos quedaron espantados y afligidos.

En su fantasía veían ya su casa devastada en pago de las deudas al malicioso acreedor. Veían vendidos sus queridos caballos igual que su vetusto mobiliario.

Veían cómo tocaba a su fin esa vida de regocijos, con sus fiestas y bailes que se sucedían sin cesar.

El jamón de oso reaparecería en la mesa y las hijitas de su alma tendrían que buscar refugio en hogares extraños. La capitana acarició a su hijo; su dulce caricia recordaba al hijo que era el suyo un amor que nunca podría esperar la traición.

Pero Gösta Berling se hallaba entre ambos y daba vueltas y revueltas a mil proyectos que tenía en su genial cabeza.

—Oídme –gritó–; no es todavía el momento de abandonarse a la desesperación. El golpe viene, sin duda, de la mujer del pastor de Svartsiö. La habrá inducido a que abandonara a Fernando, casándose con el viejo Dahlberg. Tiene un gran ascendiente sobre Ana, desde que ésta vive en el presbiterio; pero la boda no se ha verificado todavía y espero que tampoco se verificará. Tú, Fernando, te esperas aquí. Yo me voy a Broby, a ver a Ana. Le hablaré, la arrancaré de la casa del pastor, y, si es preciso, de los brazos de su viejo novio. Y esta misma noche la traeré aquí, para aguarle la fiesta al viejo Dahlberg.

Gösta partió solo, sin ninguna de las alegres señoritas, pero acompañado de los mejores votos de todos los presentes. Sintram alegrábase del papel que iba a desempeñar Gösta, y resuelto a esperar en Berga para asistir al regreso de la infiel, en un acceso de amabilidad impropio de él ciñole el chal verde de viaje, que le había regalado personalmente la señorita Ulrica.

La capitana salió hasta el vestíbulo, y le entregó al joven tres pequeños libros encuadernados en tela encarnada.

—Tómalos –le dijo a Gösta, que había subido ya al trineo–; tómalos por si no consigues salir triunfante. Es Corina, la Corina de madame de Staël, y no quiero que sean vendidos en subasta.

—Saldré triunfante.

—Ah, Gösta, Gösta –dijo ella, pasándose la mano por la cabeza descubierta–, el más fuerte y el más débil de los hombres. ¿Cuánto tiempo te acordarás de que tienes en tu mano la felicidad de algunas pobres gentes?

Y de nuevo, arrastrado por el negro Don Juan, seguido del blanco Tancredo, Gösta voló por el ancho camino. La alegría de la aventura llenaba su alma. Sintiose de nuevo conquistador, lleno de nuevas energías.

El camino pasaba ante el presbiterio de Svartsiö. Subió la escalera y preguntó si le permitirían conducir al baile a Ana Stiarnhök, lo que le fue concedido. Y la hermosa joven, caprichosa, dejose conducir por el negro Don Juan hasta el trineo. ¿Quién hubiera podido rechazar una oferta de aquel caballero?

Los dos jóvenes permanecieron en silencio largo rato. Fue Ana, provocadora, la que, por fin, comenzó a hablar.

¿Sabía Gösta, por casualidad, lo que el pastor había publicado aquella mañana en la iglesia?

—¿Ha dicho que tú eres la joven más bella que existe entre el Leuven y el Klarelf?

—¡Santo Dios, si nadie lo ignora! Ha publicado mis esponsales con el viejo Dahlberg.

—De haberlo sabido, aseguro que no te hubiera dejado subir en mi trineo, yendo yo de pie, para conducirte al baile.

La orgullosa heredera contestó con menosprecio:

—Y probablemente me hubiera presentado en el baile sin Gösta Berling.

—Es una gran pena para ti no tener padres –repuso Gösta, pensativo–. Hay que tomarte como eres. Nada te cambiará; eres un misterio.

—Aún es mayor pena que no me hayas dicho antes todo esto. Me hubiera hecho conducir por otro.

—Evidentemente, la mujer del pastor debe pensar lo mismo y ha buscado uno que remplace a tu padre, sin lo cual no hubiera pensado uncirte a un vejestorio.

—No es la mujer del pastor la que ha decidido mi matrimonio.

—Entonces, ¡Dios mío!, ¿habrás escogido tú misma un hombre tan hermoso como ése?

—No me toma, por lo menos, por mi dinero.

—No; los viejos sólo corren detrás de los ojos azules y los labios de rosa. ¡Son tan gentiles!

—¿No tienes vergüenza de decir eso, Gösta?

—Sobre todo conviene que te meta en la cabeza que tú no debes divertirte ya en compañía de gente joven. Ya se acabaron para ti los bailes y juegos. ¡Para ti sólo es buena la tranquilidad de un canapé! Pero ¿será posible que te divierta jugar a las cartas con el viejo Dahlberg?

Nada objetó ella, y los dos guardaron silencio hasta llegar a la escarpada roca, próxima a Borg.

—Gracias por el viaje –dijo la joven–. Seguramente pasará mucha agua por debajo de esos puentes antes de que yo vuelva a subir al trineo de Gösta Berling.

—Agradezco mucho la promesa. Conozco a más de uno que lamentó el día en que fue conducido a una fiesta en mi trineo.

La altiva reina de aquellos contornos, ya más calmada, entró en la sala de baile y paseó sus miradas sobre los grupos de invitados. Primero vio a Dahlberg, pequeño y calvo, al lado de Gösta Berling, esbelto y cuya belleza aparecía enmarcada por una hermosa cabellera. Hubiera querido ponerlos a los dos a la puerta.

Su novio corrió hacia ella y la invitó a un baile; pero ella le recibió con harto desdén.

—¿Queréis bailar? –preguntó, asombrada–. ¿Desde cuándo bailáis?

Las jóvenes se aproximaron a ella para dedicarle sus parabienes.

—Basta de comedia –les contestó–. Sabéis muy bien que nadie puede enamorarse del viejo Dahlberg; pero él es rico y yo también lo soy; nuestras fortunas concuerdan.

Las señoras de edad fueron después a estrecharle las blancas manos y le hablaron de la mayor felicidad de la vida.

—Más vale que saluden a la señora del pastor; su alegría es mayor que la que yo pueda sentir.

Mientras tanto, Gösta Berling, el alegre caballero, era saludado por todos con verdadero júbilo por su sonrisa joven y fresca y sus palabras inspiradas, que iban sembrando el oro sobre la trama gris de la vida. Jamás le había visto Ana tan esplendoroso como en aquella tarde. No era un hombre rechazado por la sociedad, un proscrito, un bufón sin hogar; era un rey de todos los hombres, un rey de nacimiento.

Él y todos los jóvenes se conjuraban contra ella. Les indignaba el crimen que ella cometía al entregar a un viejo su gran fortuna y su hermosa cara. La dejaron plantada durante más de diez bailes. Ella se sentía subir la sangre a la cabeza…

Al fin, un hombre, el más humilde entre los humildes, con quien ninguna había querido bailar, se acercó a ella y la invitó.

—A buen hambre, no hay pan duro –dijo ella.

Después se jugó a prendas. Las jóvenes aproximaron sus cabecitas rubias y murmuraron. Ana fue condenada a besar al que más amara su corazón. Los maliciosos esperaban entre risas intencionadas que la orgullosa beldad abrazara al viejo Dahlberg. Se puso en pie y, soberbia de cólera, preguntó:

—¿No puedo abofetear al hombre que amo menos?

Al mismo tiempo Gösta Berling sintió en su mejilla la quemadura de la manita cerrada de la joven. Quedó rojo como la grana, pero se dominó y, sosteniendo fuertemente la mano de la joven, murmuró:

—Dentro de media hora te espero abajo, en el salón rojo.

Media hora más tarde, erguida y áspera, estaba ante él.

—¿Por qué interesa mi matrimonio a Gösta Berling?

Él no quería emplear un tono de dulzura ni hablarle aún de Fernando.

—¿Es que ha sido demasiado duro el castigo de hacerte perder una docena de bailes, a ti, que has faltado a tus promesas y violado tus juramentos? Si un hombre peor que yo hubiera tenido el castigo en sus manos te lo hubiese infligido todavía más severo.

—Pero ¿qué tiene usted que vengar contra mí? ¿Por qué no me deja usted en paz? Usted me persigue por mi dinero. Ah, si es por dinero, lo arrojaré al Leuven para que pueda ir a pescarlo.

Y poniéndose las manos sobre los ojos, echose a llorar de rabia. El corazón de Gösta se conmovió. Lamentó haberse portado tan duramente.

—¡Ay, hijita, perdóname! –dijo con voz acariciadora–. Perdona al pobre Gösta Berling. Sabes muy bien que nadie se preocupa de lo que un desgraciado como él pueda pensar. Su cólera hace llorar menos que una picada de mosquito. Ha sido una locura, pero sólo he querido evitar que la más bella y rica de nuestras jóvenes se case con el viejo Dahlberg. ¡Y sólo he conseguido ver cómo derramas tus lágrimas!

Ella se dejó caer sobre el canapé, y él, muy dulcemente, la ciñó por el talle para levantarla. En vez de separarse, se apretó contra Gösta y le echó los brazos al cuello; y su hermoso rostro, bañado en lágrimas, se apoyó en el hombro del joven.

¡Ah, poeta; estos blancos brazos no debían anudarse en el cuello del más fuerte y más débil de los hombres!

—De haberlo sabido –murmuró ella– no hubiera aceptado jamás al viejo Dahlberg. Te he mirado esta noche… Nadie es como tú.

Los labios pálidos de Gösta Berling articularon penosamente un nombre:

—¡Fernando!

Ella ahogó sus palabras con un beso.

—Excepto tú, no existe nadie más. Te seré siempre fiel.

—Pero yo no puedo casarme contigo. Piensa que soy Gösta Berling –contestó él amargamente.

—Eres el que yo amo, el más noble de los hombres. No me contradigas… Para mí eres rey de nacimiento…

Entonces Gösta Berling la besó apasionadamente y estrechó contra su corazón, rebosante de orgullo, a la joven, dulce y encantadora enamorada.

—Si quieres ser mía –le dijo– no puedes continuar en el presbiterio. Esta noche te conduciré a Ekeby, y una vez allí sabré defenderte hasta el momento en que celebremos nuestras nupcias.

 

 

Fue un zumbido rápido y embriagador a través de la noche. Don Juan les conducía como si el mismo amor le espolease. El crujido de la nieve bajo los pies del trineo parecía un gemido, el gemido de los que ellos traicionaban. Sin preocuparse del resto del mundo, ella estaba abrazada al cuello de Gösta. Y él, inclinado hacia adelante, murmuraba a su oído:

—Esta felicidad bien vale el agridulce de una alegría robada.

¿Qué importaban las amonestaciones publicadas y la cólera de los hombres? Tenían el amor. ¿Y quién se resiste a su destino? Es tan poderosa la fuerza del destino que aunque las estrellas del cielo hubiesen sido cirios encendidos para festejar sus nupcias con el viejo Dahlberg y los cascabeles de Don Juan las campanas de la iglesia, Ana hubiera seguido a Gösta Berling.

Habían pasado felizmente el presbiterio y Munkerud había quedado atrás. Faltaba casi una legua para llegar a Berga y otra legua hasta Ekeby. Iban bordeando el bosque. A la derecha se erguían las sombras de las altas montañas; A la izquierda se extendía blandamente un largo y pálido valle.

De repente, Tancredo, con una rapidez extraordinaria, estirándose hasta el punto de que hubiérase dicho que era una correa rasante en el suelo y ladrando de terror, saltó al trineo y se acurrucó a los pies de la joven. Don Juan se sobrecogió y apretó el freno entre los dientes.

—¡Los lobos! –gritó Gösta Berling.

Vieron a lo largo de las hondonadas cómo se deslizaba y serpenteaba una línea gris. Lo menos debían ser diez. Ana no experimentaba ningún temor. El día había sido rico en aventuras y la noche prometía parecerse al día. ¡Galopar sobre la nieve deslumbrante desafiando a las bestias feroces y a los hombre, era vivir!

Gösta Berling dejó escapar un juramento, inclinose y fustigó fuertemente a Don Juan.

—¿Tienes miedo? –preguntó.

—No; pero ellos esperan cortarnos el paso en el recodo que allá hace el camino.

Galopando Don Juan en loca carrera perseguido por las fieras del bosque mientras Tancredo ladraba de terror y rabia, pudieron llegar al recodo al mismo tiempo que los lobos. Gösta rechazó al primero de un fuerte latigazo.

—¡Ah, mi Don Juan, hijo de mi corazón –exclamó–, cómo escaparías hasta de doce lobos si no tuvieras que llevar tanta carne en el trineo!

Con el fin de asustar a los lobos, Gösta puso su bufanda verde en la parte trasera del trineo. Efectivamente, los lobos, amedrentados, detuvieron su carrera por algún momento; pero cuando les hubo pasado su asombro, uno de ellos, seguido de los demás, lanzose tras el trineo con las fauces abiertas y la lengua fuera. Gösta cogió entonces la Corina de madame de Staël y se la arrojó en el gaznate. Los dos jóvenes tuvieron un momento de descanso mientras las fieras se encarnizaban con su presa. Poco después volvieron a oír muy cerca sus respiraciones jadeantes, y pudieron ver los movimientos convulsivos de las fieras desgarrando el chal. ¡Ninguna casa donde guarecerse hasta llegar a Berga! ¿Podrían escapar a la terrible persecución? Pero peor todavía le parecía contemplar a la víctima de su engaño. El caballo daba evidentes señales de la fatiga que se iba apoderando de él. ¿Qué sería de ellos si Don Juan se resistiera a continuar su desenfrenada carrera?

Terminaba el bosque, y la posada de Berga ofreciose a su vista con las ventanas iluminadas. Gösta sabía muy bien por qué estaban iluminadas. Los lobos, olfateando la proximidad de las casas, retrocedieron; y el trineo, devorando el espacio, dejó tras sí la casa iluminada. Pero, en el sitio en que el camino se vuelve a hundir en el bosque, los jóvenes descubrieron un grupo sombrío; los lobos estaban allí, apostados, esperándoles.

—Regresaremos al presbiterio –dijo Gösta– y así podremos decir que deseábamos dar un delicioso paseo a la luz de la luna. De este modo no podemos seguir.

Hicieron marcha atrás y volvieron a pasar ante Berga; pero pronto les fue barrido el camino por unas sombras grisáceas que mostraban largos colmillos en sus desmesuradas fauces y unos ojos encendidos como brasas. Los lobos, hambrientos y sedientos de sangre humana, aullaban y saltaban sobre el caballo, asiéndose a sus arneses y poco les faltó para que le hincasen sus agudos dientes. Ana, aterrada, preguntose si no sería devorada en unión de Gösta y si al día siguiente no encontrarían sus miembros roídos por las fieras, esparcidos sobre la nieve ensangrentada.

—¡Lo hago por nuestra vida! –dijo, aferrándose al cuello de Tancredo.

–¡Déjale! ¡Déjale! –añadió Gösta, para contenerla. Los lobos no cazan perros esta noche.

Y de un golpe brusco hizo dar la vuelta al trineo y lo lanzó por la pendiente de Berga, hostigado por las fieras exasperadas que temían que se les escapara la presa. Tuvo que defenderse con el látigo…

—Ana –dijo él, poniendo el pie en el primer peldaño de la escalera–, Dios no lo quiere. Si eres la mujer que yo creo, te conformarás a todo. ¿Me oyes?

Al oír las campanillas del trineo, todo el mundo salió de la casa.

—¡Son ellos! ¡Son ellos! ¡Viva Gösta Berling!

Se les recibió con los brazos abiertos.

No les hicieron muchas preguntas; la noche estaba muy avanzada y los viajeros volvían aturdidos y fatigados de su aventura. Ana había regresado; nadie quería saber más. Tan sólo Corina y la verde bufanda, aquel precioso regalo de la señorita Ulrica, había quedado entre los dientes de los lobos.

 

 

Todo dormía en la casa. Gösta se levantó, se vistió y dirigiose al patio. Sin que nadie le viera sacó a Don Juan de la cuadra, lo enjaezó y cuando se disponía a partir apareció Ana.

—Te he oído y me he levantado –le dijo–; ya estoy preparada para seguirte…

Gösta se aproximó a Ana y la cogió de las manos.

—¿No comprendes que Dios no lo quiere todavía? Escúchame y trata de comprenderlo todo: yo he comido hoy aquí; he visto cuán desesperados estaban a causa de tu traición, y fui a Berga con el fin de conducirte al lado de Fernando. Pero yo he sido y seré siempre un miserable. He querido hacerte mía jugándole una mala pasada. ¡Pobre mujer que cree que yo puedo convertirme todavía en un hombre ordenado! También a ella le he jugado una mala pasada. Y, además hay aquí una pobrecita que está dispuesta a soportar las privaciones y que se consuela con la idea de morir en medio de amigos; pero yo la he traicionado igualmente, valiéndome del malvado Sintram. ¡Eres tú tan bella, tan dulce el pecado y es Gösta Berling tan fácil de tentar! ¡Oh, qué miserable soy…! Bien sé lo mucho que estos pobres aman a su hogar… Y, con todo, hubiera sido capaz de saquearlo y devastarlo… ¡En mi obcecación todo hubiera hecho por ti, que tan encantadora eres en tu amor!

»Pero, desde que he visto su alegría, yo no quiero, no, conservarte. ¡Oh, mi bien amada, alguien juega con nuestros deseos y nuestras voluntades! Es preciso buscar, por fin, un seguro refugio… Dime que desde hoy quieres soportar esta carga… En esta casa todo vive bajo la fe de tu ternura…

»Diles que tú vivirás con ellos, que tú serás su ayuda y su sostén. Si me amas, si encuentras alegría en aligerar mi pena, prométemelo. ¿Tienes el corazón bastante firme para vencerte a ti misma y sonreír ante tu victoria, amada mía?

—Sí –gritó ella con resignada exaltación–; sí. Yo me sacrificaré y sonreiré.

Y luego, sonriendo con amargura, Gösta añadió:

—¿Y no odiarás a mis pobres amigos?

—Tanto como te amé a ti, les amaré a ellos –respondió Ana melancólicamente.

—Sólo en este momento he comprendido lo que tú vales –suspiró Gösta–. Me es doloroso abandonarte.

—¡Adiós, Gösta! Mi amor no te inducirá al pecado.

Dio algunos pasos hacia la puerta. Él la siguió.

—¿Me olvidarás pronto?

—Adiós, Gösta, adiós. Sólo somos débiles criaturas humanas.

El joven saltó a su trineo; pero ella corrió hacia él.

—¿No piensas en los lobos?

—Precisamente en ellos estaba pensando. Han hecho lo que debían hacer, y ya nada más tienen que hacer conmigo esta noche.

Gösta le tendió la mano; pero Don Juan, impaciente, partió al galope. Gösta, sin empuñar las riendas, volvió la cabeza, y así permaneció durante largo tiempo mirando a la que acababa de abandonar. Después dejó caer su cabeza sobre el borde del trineo y lágrimas de desesperación corrieron por sus mejillas.

—¡Oh! He tenido la felicidad en mis manos y la he rechazado, la he rechazado yo mismo. ¿Por qué no la he guardado? ¡Ah, Gösta Berling, el más débil y el más fuerte de los hombres!



NOTA: Gösta Berling, El poeta es el capítulo cuatro de la novela La leyenda de Gösta Berling (La saga de Gösta Berling). La revista El cuento lo publicó en 1939 como un cuento, pero la primera edición de la novela fue en el año de 1891. 

Texto tomado de la revista El cuento; Primera época; Número 1; año de 1939; Pp. 79-88

Enlace a fuente original: https://bit.ly/3fn9yRI

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